El despertar de Deyany en una familia disfuncional
De como la educación es la base de la iniciación sexual, empezando en casa..
Hola a todos.
Mí nombre es Dolores Guadalupe.
Mi otro nombre, el de trabajo es Deyany que es como me conocen muchos.
Soy una mujer con curvas y muy hambrienta de sexo, rozando lo enferma y depravada.
Ésta es mi historia de pequeña.
Mi vida no ha sido fácil, mí padre era un hombre macho, tosco, abusivo y musculoso por su trabajo en la construcción.
Siempre llegaba alcoholizado a casa a gritonear, golpeaba a mí mamá por cualquier cosa que no le pareciera.
Incluso a mí me llegó a poner unos buenos golpes pero siempre decia que era para que aprendiera y por amor a nosotras.
Nos recordaba lo inútiles e inservibles que éramos, porque él se jodía trabajando para traer un poco de dinero y que lo demás que hiciera no nos interesaba.
Si trabajaba y regresaba era porque nos amaba y que en cualquier momento se podría largar y dejarnos abandonadas como perras sin dueño para morirnos de hambre.
Llorábamos y pedíamos su perdón.
Jurábamos que todo sería mejor, pero siempre había algo…ropa mal planchada, comida sin sabor, malas calificaciones o problemas en la escuela, etc.
Siempre algo mal, algo que nos recordaba el poco valor que teníamos si no nos esmeramos en el día.
La idea de abandono a mis nueve añitos me daba terror porque no sabía que sería de nosotras, pero a veces, sobre todo después de una golpiza. Me daba un poco de alivio.
Aunque la incertidumbre me atenazaba el corazón lo suficiente para seguir con la vida así, nunca me escape aunque lo llegue a pensar en más de una ocasión.
Era apenas una niña y no veía la maldad que puede llegar a oscurecer el mundo allá afuera, así me lo recalcaron constantemente y yo lo asumí como la verdad.
En cambio, con mi papá, bien que mal ya conocía la rutina y lo necesario para sobrellevar todo. El era el hombre de la casa, mi mamá su pareja y yo la hija pequeña y flaca que casi siempre vestía como niño, pues mi mundo ideal era jugar y jugar… aunque raramente era así.
Mi papá, no puedo decir que era guapo pero tampoco era feo.
Eso sí, era varonil y proveía lo que hacía falta en casa, incluso pequeños regalos de vez en cuando.
Pero así como él era el varón y macho, mi mamá era la mujer y sobre todo la hembra que debía saciar su apetito sexual.
A veces ni terminábamos de cenar cuando el ya estaba molestando a mi mamita.
Siempre empezaba igual.
Cuando se quedaba callado, mironeandola y su clásica pregunta era
—¿Qué trae puesto mi putita hoy?—
El ambiente se relajaba de inmediato porque eso significaba que ya había pasado el momento de las peleas e iba a halagar a mi mamá.
Ella se paraba y se daba unas vueltas exhibiendo sus curvas para mí papá.
El no le quitaba las manos de encima y ella se desvivía por alentar su lujuria y buen humor.
A veces le bailaba, restregándose como teibolera que quiere propina y terminaba sólo con una lencería barata que no dejaba mucho a la imaginación.
También era el momento para que yo trajera un cenicero, cigarros y una cervezas para «cerrar el día» como decía mí mamá.
Mi rutina era
Traer dos cervezas frías.
Destaparlas.
Acercar el cenicero y prender su cigarro a mi papá.
El me daba el único «gracias» del día y casi me sentía como en una familia normal y sin problemas.
A veces me acariciaba la cabeza y a veces me daba una nalgada con cariño. Nada tosco como cuando estaba enojado, sino juguetón y casi amoroso.
La ropa que «obligaba» a mi mamá a vestir para él era de zorra.
Tal cual.
Decía que así la conoció y así tenía que seguir.
Y si, mi mamá se dedicó de joven a la prostitución, no por gusto sino por circunstancias y presión de la familia que la obligaron a ello. La vieron crecer jugosa y antojable y la explotaron mientras pudieron.
Mi mamá tenía unas piernas y nalgas para nada modestas. Era bien carnuda y deliciosa y con la ropa de puta que usaba era más que obvio.
Mi papá con todo y lo tomado que estaba no tardaba en tener una erección y era más notorio cuando se levantaba y se acariciaba el bulto por encima del pantalón.
Se notaba su chile erecto mientras se lo restregaba por el culo a mi mamá sin pudor.
Que dizque bailando.
Sin ningún miramiento le agarraba las tetas y se las sacudía para que yo viera todo.
—Aprende.—
Me decía el, mientras mi mamá asentía levemente, mirándome y le daba un trago a su cerveza o una fumada a su cigarro.
Los pezones erectos de mi mamá eran obvios, grandes y oscuros.
Muy visibles en las blusas escotadas ó a través de la lencería que usaba para el.
Sin duda le excitaba cumplir su papel, aunque tuviera sus malos ratos.
Ella solía decir que eso le daba buen humor a su «amorcito» y que ella tenía que hacer todo lo posible para aliviar la carga del día a día.
El punto final de la cena usualmente era cuando mi papá me daba la espalda y mi mamá le bajaba el pantalón y le daba una mamada ahí mismo.
—Eso perra…complace a tu macho.—
Le ordenaba.
Yo me paraba aunque no hubiera acabado y limpiaba la mesa y lavaba los trastes. Los dejaba hacer sus cosas y ellos a cambio pretendían que no estaba ahí, no me molestaban ni regañaban en nada.
Por un momento vivía yo sin preocupaciones.
Era una media hora escuchando y viendo sus aberraciones sexuales en la cocina, junto a mi, pero al relacionarlo con mi tranquilidad aprendí que eso era bueno y hasta deseable.
—Si cogen, no molestan.— Pensaba yo para mis adentros, así que procuraba no interrumpir ni hacer demasiado notoria mi presencia.
Era una relación tóxica de dependencia emocional y económica porque a pesar de todo el maltrato mi mamá mimaba a mi papá en todo lo posible y el sentía que la vida tenía razón de ser.
Por unas horas era tranquilidad en un hogar violento y caótico y lo agradecimos enormemente.
Mi mamá como puta que fue sabía muy bien lo violentos que pueden llegar a ser algunos hombres y mí papá le parecía en comparación no sólo tolerable sino hasta deseable, pues un macho que se aprecie debe marcar su territorio y dejar en claro que el manda y se hace lo que desea, siempre que también cumpla con lo que manda su condición de hombre y proveedor de la casa. Era muy estricto en ese punto.
—Cada quien cumple y todo bien.—
—Si no haces lo que se espera de ti, atente a las consecuencias.—
—A cada acción hay una reacción.— era su frase cuando mi mamá lo empujaba a aplicarle un par de correctivos por no hacer su labor.
A veces pienso que a mí mamá le gustaba un poco recibir unos cuantos golpes, no sé.
Ella, con todo el miedo y amor que tenía lo dejaba hacer aunque a veces se notaba incómoda por ello, al menos eso me parecía en ese momento, hoy pienso que no sabía vivir de otra manera y aguantaba porque decía que amaba a nuestra pequeña familia a pesar de sus problemas y defectos.
Su función como madre y puta de la casa era clara y ella no iba a contradecir a la vida misma.
—Así era y así tiene que seguir.— me indicaba sin posibilidad de contradecir.
Mi papá me recordaba que yo tenía que aprenderlo muy bien porque también me llegaría el día y ella me hacía entender que era cierto.
No sabía en ese entonces si lo decía porque un día me casaría y tendría que cumplir mi rol de mujer ó si tenía en la mente la idea enferma de estrenarme, lo cual me asustaba horrible porque a mis nueve años que tenía en ese entonces y ver como abusaba de mi mamá y la forma en que gritaba cuando la arrinconaba para cogérsela me ponía los pelos de punta.
La manera en que llegué a ver cómo le metía la verga me hacía creer que yo no aguantaría tremendas embestidas en mi panochita infantil y virgen.
Mi mamá gritando y gimiendo como desquiciada con cada estocada era un placer que no sabía si podría soportar.
Lo único claro era que el placer sexual me era extraño pero no indiferente.
Cuando tenía oportunidad de tener la casa sola para mi, hurgaba la ropa de mi mamá y me ponía algo de su lencería y tacones
. Era yo, toda plana e infantil. Modelando como putita para mí misma ante el espejo.
Bailaba y me admiraba, preguntándome cuando tendría las curvas para llenar esa ropa tan sugerente y sensual.
Si mi mamá hacía feliz a mi papá vistiendo así. ¿Porque yo no podría hacer igual?
Pero otra vez… recordaba el sexo.
Me imaginé casada y complaciendo a mi hombre y cuando en mi cabeza volteaba a ver a mi hombre…era mi papá quien me veía con la misma lujuria que veía a mi madre.
El pensamiento incestuoso vivía en mi cabecita y no había florecido… hasta ese momento.
—¿Que trae puesto mi putita hoy?…me imaginé a mi papá preguntándome.
Me congelé ante ese pensamiento pero también sentí correr por mi espalda el deseo que se hizo visible en mis escasa labia mayor…hinchándose ante el placer de ser mirada como un pedazo de objeto sexual.
Me sobe la entrepierna a dos manos… mirándome al espejo.
Vestida en lencería de puta barata y con la boca entreabierta, excitada.
La imagen de mi físico sin desarrollar me decía…—No estás lista.— pero mi pulsante raja me exigía placer sin demora.
La fuerza con que mí papá se cogía a mi mamá me asustaba.
—Tal vez si tuviera práctica…—
y esa fué la primera vez que pensé en insertarme algo…lo que sea… pero ya.
Fuí a la cocina y encontré una zanahoria, no muy grande. Pero lo suficiente como para empezar a jugar con mi conchita sin pelos y sin desarrollar.
Me regresé a la habitación de mis papás y frente al espejo di rienda suelta a mi primera exploración abiertamente sexual.
Recordando cuanto había aprendido en estos años empecé a chupar la zanahoria, primero poco a poco, luego la empecé a empujar hasta que me daban náuseas como cuando el doctor me mete la espátula desechable en la boca cuando voy a consulta pediátrica donde me lleva mi mami.
Recordar lo que pasa cada noche me hizo insistir con la mamada que le estaba dando a la zanahoria y con la otra mano empecé a manosearme la rajita.
Me miraba en el espejo, imaginando un chile real, una verga real.
El miembro erecto de mi padre.
Con mi mano en mi cuca descubrí un poquito de humedad ahí…pegajosa y sin olor a miados.
Diferente… placentera…
Me metí apenas la punta de mi dedo índice y frote de arriba a abajo.
Embarrando toda la humedad que me escurría.
abrí las piernas frente al espejo y mi pequeña fisura estaba enrojecida de la excitación.
Un par de mamadas después dirigí la zanahoria a mi hoyito suplicante y empecé a jugar con la puntita.
Poco a poquito fue desapareciendo en el interior de mi misma. mientras en el reflejo no perdía ni un sólo detalle de mi penetración.
La zanahoria era delgada y no muy grande, pues me daba miedo por la manera en que mi mamá gritaba cuando lo hacían.
Empecé a restregar el vegetal de manera frenética hasta el punto que completamente mojada lo introduje de un golpe.
Abrí los ojos ante la sensación.
Lo que siguió fue una catarata de gemidos y berridos mientras la zanahoria horadaba mi vagina virgen con su dureza y mi necesidad de más y más.
Mirándome a los ojos en el reflejo supe que había nacido para ser cogida, si mi madre gritaba como lo hacía era por placer, por puta… no por miedo aunque tal vez si con un poco de dolor, pues al estar adentro de mí la zanahoria sentí como algo dentro de mí se estiraba hasta que de golpe dejó entrar en todo su esplendor al delicioso trozo de verdura que me causaba tanto placer.
Gemí como gime una hembra educada para ser puta.
Para complacer y para llenar la habitación con la prueba de que ser ensartada era lo que más necesitaba en ese momento.
Tuve lo que después supe fue mi primer orgasmo y no pude dejar de apreciar lo indudablemente lujuriosa que era mi mirada ante el espejo.
Segundos donde no existió nada más que placer y placer.
Orgasmo.
Algo dentro de mi se rompió ese día y más que mi virginidad fue mi niñez haciéndose pedazos ante mi naciente necesidad de llenar mi rol como hembra y mujer a plenitud.
fin.




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