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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

El experimento

Esta historia es una exploración psicológica sobre los placeres a los que negamos por pudor .
Cuando aquella desconocida apareció en su campo de visión, el aire se le atascó en los pulmones, arrancándole una serie de tosidos.

—¿No me reconoces, hijo? —La voz era un instrumento afinado a la perfección. Demasiado suave para los gritos que lo habían criado, demasiado joven para los susurros cansados de medianoche.

—Mamá… —La palabra le quemó la lengua. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, retrocediendo hasta chocar contra la pared con un golpe sordo. Estaba paralizado por una mezcla nauseabunda de repulsión y fascinación. Aquella piel luminosa, esos labios carnosos, ese vientre plano que ya no llevaba las marcas de su nacimiento… era como si alguien hubiera tomado sus peores fantasías incestuosas y les hubiera dado forma.

—Felipe… hijo… ven, amor… dale un beso a mami…

En su mente se formó una voz que no le pertenecía. Un pensamiento suelto tomó vida propia, adueñándose de su voluntad.

“Mi niño… mi pequeño niño llorando y yo con… con…”

La imagen lo asaltó sin aviso: Felipe a los seis años, acurrucado en un rincón de la cocina, los ojos hinchados de tanto llorar, mientras ella se emborrachaba con un desconocido en la habitación de al lado. El recuerdo le perforó el pecho con un dolor que no existía, pero que se sentía real, atravesándolo de lado a lado.

La sustancia le serpenteaba por las venas, convirtiendo el amor en algo húmedo y posesivo. Felipe la observaba, sin saber qué hacer ni cómo actuar.

—Mamá, no… yo… lo siento. Te hice algo horrible. Perdóname. No podía pensar y tú… no fue tu culpa…

Su voz era la de un adulto, pero para Teresa sonó igual que la de un niño. La misma que escuchaba en sus sueños más oscuros. Antes de que pudiera reaccionar, sus propias manos se abalanzaron sobre él; sus labios buscaron los suyos con una ferocidad que no supo si era maternal o depredadora.

—¡No! ¡Suéltame!

Felipe forcejeó hasta liberarse. Subió las escaleras huyendo, mientras los investigadores observaban con indiferencia.

«¡Le hice algo horrible!» comprendió Teresa, aterrorizada.

El asco le subió por la garganta en una oleada ácida que le quemó la lengua antes de estallar en un vómito violento. Bilis negra y una sustancia lechosa se mezclaron en el suelo, burbujeando. El líquido brillaba bajo la luz del amanecer y, por un instante grotesco, Teresa juró ver su propio reflejo distorsionado en el charco.

El reflejo del espejo habló con su voz, pero los labios no se movían. Eran los ojos los que cambiaban: primero los de una madre agotada, luego los de una adolescente borracha y, finalmente, los de la Teresa de ahora, rejuvenecida y manchada de culpa.

—¡Claro, para ti es fácil! Arruinaste tu juventud por acostarte con el primero que te compró rosas baratas, ¡y ahora lo culpas a él!

—¡Yo… nunca lo culpé! Él es mi hijo y siempre lo respeté hasta…

—Admítelo, te gustó. Y no solo eso: por fin, nuestro pequeño se sintió amado. Pobre de él, solo te pedía migajas: un beso, una sonrisa ante sus dibujos, que le preguntaras por su día… Pero tú, perra egoísta, preferías al maldito taxista de los chocolates rancios.

Teresa golpeó el espejo. El vidrio se fragmentó, pero ninguna esquirla logró herirla. La magia incontrolada de su cuerpo hizo que los pedazos reflectantes quedaran suspendidos en el aire.

—¡Basta! ¡No sabes nada! El trabajo, las noches vacías, las oportunidades perdidas por esta maldita panza de embarazada.

Un espasmo le recorrió el vientre, el mismo que una vez se había estirado para albergar a Felipe. Las estrías ya no estaban, pero el dolor fantasma de su piel desgarrada al parir era más real que nunca. El reflejo le arrojó otro recuerdo: Felipe recién nacido, tan pequeño que cabía en sus dos manos.

—Mamá te quiere… Mamá te protegerá… —murmuró inconscientemente.

—¿Y dónde estaba mamá cuando llorabas solo? ¿Nunca te preguntaste por qué siempre era él quien te recibía? Nuestro pobre y fiel cachorrito… ¡Y tú lo vendiste por horas de silencio! Lo dejaste llorar mientras te follaban en la habitación de al lado. ¿Crees que no escuchaba? ¡Felipe siempre escuchó!

Una nueva voz surgió, la de Alex, el padre biológico nunca reconocido:

—¿Por qué no lo abortaste, como te sugerí? Ignacio nunca fue su padre. Yo sí, y por eso te usé y te abandoné.

Quiso gritar, pero solo le salió un sollozo, el mismo que soltaba a los dieciséis años, cuando Felipe pataleaba en su vientre y ella soñaba con arrancárselo.

—Porque… porque es mi hijo… —gimoteó, mirando sus manos rejuvenecidas, esas mismas que una vez acunaron a un bebé que solo quería amor.

—Él es… tu hijo. Tu carne. Lo construiste tú sola, en tu interior. Y ahora que más te necesita, es tu deber reclamarlo.

Teresa apretó los muslos, sintiendo el eco de la violación reconvertido en placer culpable.

—Eso no borra lo que le hice.

—¿De verdad? Ayer, ese hijo al que abandonaste te dio lo que ningún hombre pudo: placer y culpa en la misma dosis. ¿No es eso lo que siempre buscaste?

—No puedo… hacerle eso.

—¿Por qué no?

—Porque lo amo. Porque… todavía es mi niño.

La voz se partió en carcajadas; había encontrado una grieta en su armadura.

—¿Y qué se les da a los niños, Teresa?

—Leche… Para que crezcan fuertes. Para que cuiden de mamá cuando ella no pueda.

—¿Y a los hombres? Para que no te abandonen por una más joven…

El silencio fue condenatorio.

—Te los coges. Así les recuerdas que tus caricias valen más que las de una puta.

—¿O prefieres que otra lo haga?

Una imagen invadió su mente: Felipe enredado con otras mujeres.

El espejo se silenció. Las ideas nunca habían estado tan claras. Los pedazos distorsionados de cristal se rearmaron en una sola imagen: Teresa pasando su lengua por la comisura de los labios, deseosa de repetir lo vivido la noche anterior. Todo esto mientras los investigadores anotaban resultados; uno de ellos sonrió apenas cuando informó a su supervisor:

—Señor, parece que lo ha aceptado. Intentaremos ahora estabilizarla para futuras pruebas.

Teresa encontró a su hijo mirando por la falsa ventana que tenía dibujado un detallado paisaje.

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Felipe cuando la vio llegar. Teresa sintió un agudo pinchazo en el pecho.

—Lamento que hayamos terminado en esto —se disculpó con voz temblorosa.

Felipe se tensó.

—No es tu culpa que el maldito taxista se metiera en el callejón equivocado.

Eso la destrozó.

—¿De qué hablas? ¿Tú me… tú me seguiste?

Felipe apartó la mirada.

—Olvídalo. Solo me preocupé por ti y, cuando esos hombres aparecieron para llevarte, me fue imposible no tratar de detenerlos.

—Él… —Pensó rápido en una mentira— solo hablamos, nada más. Te juro que las cosas terminaron hace mucho tiempo.

La rabia gobernó el rostro de Felipe. Un recuerdo lo golpeó con la fuerza de un puño.

Era verano. Él había cumplido doce años hacía poco. El calor era una lengua pegajosa que le lamía la nuca mientras se acercaba sigiloso al dormitorio de su madre. La puerta, entreabierta, fue una invitación perversa a la que no supo resistirse. Dejaba escapar sonidos que su mente infantil no lograba descifrar al principio: gemidos guturales y jadeos entrecortados que no sabía si eran de dolor o de placer.

Entonces lo vio

Teresa, desnuda y arqueada sobre la cama, parecía una de esas perras que rebuscaban en la basura. Las estrías de sus senos, esas marcas que él asociaba con su propia infancia, bailaban grotescamente al ritmo de los empujones de un hombre que no era su padre, sino un tipo cualquiera que un día llegó en un taxi. El hombre apestaba a alcohol barato y colonia rancia, y sus manos, gruesas y callosas, agarraban las caderas de Teresa con una brutalidad que le encogió el estómago.

Pero lo peor fueron sus palabras.

—¡Rómpeme, papi! —gritó su madre con una voz que no le pertenecía, áspera y quebrada por el placer.

El colchón crujió cuando el hombre soltó una risa ronca y aumentó el ritmo, sus caderas golpeando la carne de Teresa con un sonido húmedo y obsceno.

Fue entonces cuando, en el espejo del armario, sus miradas se encontraron. Un instante de reconocimiento mutuo. Los ojos de Teresa, vidriosos de placer, se abrieron. Por un segundo, Felipe creyó ver horror en ellos. Vergüenza. Tal vez incluso arrepentimiento.

Pero entonces ella cerró los párpados con fuerza, apretó los labios y siguió moviéndose, fingiendo que no estaba allí. Fingiendo que no existía.

Felipe retrocedió, tragando el vómito que le subía por la garganta. El sonido de sus puños golpeando la ventana lo devolvió a la realidad. El dolor de las cortaduras le importaba poco.

—Siempre fuiste una puta.

Esa fue la puñalada final. Teresa se acercó furiosa y lo obligó a mirarla.

—Tú… no sabes nada y no merezco que me llames así —su voz se quebró—. Lo sé, debí ser más atenta contigo, más cariñosa. Te sentías tan solo y yo te ignoré. ¡Pero nunca más! ¿Me oyes? ¡Nunca más! Mami será solo tuya para…

Felipe la apartó con un empujón.

—De nada me sirve eso ahora. Solo olvídalo.

Teresa no escuchó. Sus muslos se cerraron para evitar que escapara, sus caderas presionando con urgencia. Solo el pantalón evitaba que el acto se consumara.

—Te amo, hijo. Y solo quiero… demostrártelo —murmuró mientras sus dedos desabrochaban sus jeans con destreza experta. El sonido de la hebilla al abrirse resonó como el de una lata de cerveza.

Felipe apretó los puños en las sábanas, defendiéndose de la única manera que podía:

—Solo lo dices por el efecto de la sustancia. Cuando termine, volverás a ser la misma.

—¡No, eso jamás! —El aullido de Teresa hizo temblar los vidrios del laboratorio—. ¿No lo entiendes? Te amo, y preferiría morir antes que perderte.

—¿Y papá? ¿Lo traicionarás otra vez? —La pregunta hizo que Teresa frunciera los labios con desprecio.

—¿Nunca lo entendiste? —escupió, afilando la mirada—. Ese cerdo fue el primero en violarme el alma. Se aprovechó de mí solo para presumirle a sus amigos que me tuvo en su cama. Y luego el malnacido de su hermano me tomó porque necesitaba una esposa. Tú fuiste lo único bueno que obtuve de ellos.

Sus senos se aplastaron contra su boca. Felipe sintió el pezón endurecido rozar sus labios. Un escalofrío le recorrió la columna, tan intenso que no supo si era repulsión o excitación. Aunque no lo admitiera, parte de él quería rendirse. Pero era su madre. El poco respeto que todavía le tenía le impidió corresponder.

—¿Eso justifica a esos otros hombres? ¿Por eso lo hiciste?

La cachetada le dejó el sabor a sangre en la boca. Lo más perturbador fue que, incluso en su furia, los dedos de Teresa no dejaban de acariciar su erección a través del pantalón. Su cuerpo y su mente estaban en guerra, pero el final era inevitable.

—¡Respeta a tu madre! ¿Quién te crees para hablarme así? Yo te parí. Ni siquiera debería preguntarte si quieres… solo tomarte —bufó Teresa, sus propias contradicciones haciéndola temblar.

Felipe apartó la mirada.

—Sigues siendo la misma. Prefieres satisfacer tu placer antes que entender mis problemas —murmuró con asco.

Teresa captó el brillo en sus ojos. Eso bastó para que el ataque cesara, pero no para soltarlo.

—Lo siento, amor. No sé qué me pasa. Esa maldita cosa me susurra ideas… Yo… no quiero hacerte daño.

Las luces rojas y una alarma no le permitieron replicar. Disparos y explosiones se escucharon a lo lejos.

—Son ellas —sentenció Felipe con una sonrisa. La Hechicera capturada se había liberado y estaba desatando un infierno en las instalaciones.

12 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Boltuck
Etiquetas: amigos, hermano, hijo, joven, leche, madre, padre, puta
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