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Dominación Mujeres

El folio en blanco

Sobre la mesa del comedor había un folio blanco. Vacío como el silencio que llenaba la habitación..

Laura estaba sentada. Su cuerpo joven y hermoso irradiaba nerviosismo. Pensaba en el día siguiente, en lo que diría su hermano, en cómo su vida se cruzaba peligrosamente con la de Conrado. Su corazón latía más rápido al recordar la intensidad de lo que compartían, la forma en que él la miraba, la manera en que sus manos la tocaban.

Conrado estaba de pie cerca de la puerta con la oscuridad que inundaba el lugar. No encendió la luz. Miraba el celular sin desbloquearlo, pero en realidad su mente estaba en ella: en cómo la piel de Laura se sentía bajo sus dedos, en cómo sus nalgas se arqueaban ligeramente cuando se acercaba. Desde hacía semanas sentía que alguien lo seguía. No siempre podía verlo, pero lo percibía en la calle, en el transporte, frente al edificio.

No hablaba de ello. No podía. Laura lo sabía. Y aun así, su presencia lo dominaba. Lo excitaba y lo inquietaba al mismo tiempo.

Laura lo miró con intensidad. Sabía que estaba tenso, que dormía poco. Su respiración se aceleró al verlo así, en silencio, con los músculos de los brazos tensos, con la sombra de la ansiedad marcando su rostro.

Laura no había deseado confesarse tanto como en ese momento. Estaba harta de esconderse, harta de ocultar su relación con Conrado, el hombre que la tenía felizmente atrapada. El folio sobre la mesa no era un simple papel: podía ser su verdad, su confesión para Martín, la revelación de la pasión prohibida que los consumía a ambos. Cada minuto que lo miraba la hacía sentir viva y aterrada al mismo tiempo.

Conrado permanecía de pie, cerca de la puerta, pero ya no podía apartar la mirada de ella. Su respiración se volvió más profunda al ver cómo Laura, lentamente, se acercaba a la mesa.

—Podríamos… —susurró Laura, con la voz quebrada por el deseo y la tensión— podríamos escribirlo… todo. Martín debería saber la verdad.

Conrado negó con la cabeza.

Laura se acercó, apoyando una mano sobre su pecho. Sintió cómo él reaccionaba, cómo sus músculos se tensaban y su respiración se volvía corta. Con un gesto lento y deliberado, Conrado recorrió con sus dedos la espalda de Laura, bajando hasta la curva de sus nalgas. Laura gimió apenas, un sonido bajo.

—Te quiero… —dijo Conrado, su voz un susurro áspero— y esto… esto es peligroso.

—Lo sé —contestó Laura, mordiendo su labio—, pero no puedo más…

El deseo se volvió imposible de ignorar. Laura dió media vuelta y se apoyó contra la mesa, rozando el folio con sus pechos y dejando que Conrado la tocara.

—No puedo resistirme —susurró Conrado, acercándose lentamente, dejando que sus manos exploraran con delicadeza la forma de su cuerpo—. Eres imposible…

Laura gimió suavemente, la respiración entrecortada. Sintió la presión de sus dedos subiendo y bajando, rozando la curva de su cola, marcando la piel que apenas el vestido cubría. Cada toque enviaba una corriente de electricidad entre ellos.

Conrado rodeó su cintura con un brazo, acercándola más a él, mientras la otra mano recorría lentamente sus nalgas, presionando, acariciando, descubriendo la firmeza y la suavidad al mismo tiempo. Laura arqueó la espalda instintivamente, acercándose al contacto, apoyando sus manos sobre la mesa.

—Te necesito… —susurró

El folio seguía allí, olvidado bajo sus senos.

Conrado no podía apartar las manos de Laura. Sus dedos recorrían su cola con firmeza y delicadeza a la vez, presionando, deslizando, descubriendo cada curva que la tela apenas cubría. Laura arqueaba la espalda, rozando sus pechos contra el folio, dejando que él sintiera cada reacción. Su respiración era un jadeo contenido, pero sus labios formaban sonrisas y sus ojos brillaban con picardía y deseo.

De repente, el celular de Laura sonó sobre la mesa. La pantalla iluminó débilmente la habitación, interrumpiendo apenas el silencio cargado de tensión. Sin apartar la vista de Conrado, Laura lo tomó y deslizó el dedo para contestar.

—Hola, hermanito… —dijo, su voz suave y juguetona, con una sonrisa que iluminó sus labios y una chispa traviesa en sus ojos.

Conrado sintió un escalofrío recorrer su espalda. Ese “hermanito” pronunciado con tanta familiaridad y a la vez provocación lo dejó tenso y excitado al mismo tiempo. Sus manos, lejos de detenerse, se intensificaron en su contacto con la cola de Laura, presionando más fuerte, recorriendo con los pulgares cada contorno mientras ella sostenía la llamada con naturalidad.

—Sí, claro… —Laura murmuraba palabras que él no escuchaba, pero su sonrisa y sus gestos hablaban por ella. La manera en que arqueaba la espalda, cómo sus caderas se movían ligeramente al ritmo de sus caricias, hacía que Conrado perdiera casi toda contención.

Ella dejó escapar un pequeño jadeo, divertido y tentador, mientras su cola se ofrecía aún más, como invitándolo a explorarla sin límites.

—Hermanito… —repitió Laura, su voz traviesa, arrastrando la palabra—, ya sabes que no puedes conmigo…

Conrado no resistió más el impulso que lo consumía. No podía contenerse ante la curva perfecta de la cola de Laura, la suavidad de su piel bajo sus dedos, ni la forma en que arqueaba la espalda instintivamente hacia él. Con un suspiro profundo, deslizó una mano más abajo, recorriendo la línea de su cintura, mientras la otra seguía explorando con insistencia su cola, apretando y deslizándose con precisión sobre cada contorno que la tela apenas cubría.

Laura era un espectáculo imposible de ignorar: su cabello rubio caía en ondas sobre los hombros, rozando su espalda, contrastando con la piel tersa y luminosa que Conrado sentía con cada roce. Sus ojos azules lo miraban con picardía y desafío, brillando con la mezcla de deseo y travesura que lo hacía perder el control. Sus labios ligeramente entreabiertos, húmedos y suaves, jadeaban con cada caricia que él le daba, y su respiración acelerada llenaba la habitación de un ritmo que él sentía en cada fibra de su cuerpo.

—Hermanito… —murmuró Laura nuevamente, jugando con la llamada, mientras su sonrisa traviesa lo provocaba aún más—. No sabes lo que me haces sentir…

Cada palabra, cada gesto, hacía que Conrado presionara sus manos más firme y suavemente al mismo tiempo, como si quisiera grabar en su memoria la perfección de su cuerpo, la curva de su cola, la suavidad de sus muslos. Laura arqueaba la espalda, inclinando su torso sobre la mesa, dejando que el folio quedara aplastado entre sus pechos, mientras sus manos se aferraban al borde, sosteniéndose con fuerza para poder recibir cada caricia.

Conrado no podía apartar la mirada: sus dedos recorrían con urgencia la curva de sus nalgas, sintiendo la firmeza y la suavidad al mismo tiempo. Cada roce provocaba un gemido contenido de Laura, un escalofrío que se le subía por la columna y lo desarmaba. Su cuerpo reaccionaba sin control, y aún así la tensión de que Martín pudiera sospechar lo mantenía en alerta, aumentando la intensidad de su contacto.

—Te necesito… —jadeó Laura, apoyando sus labios sobre el hombro de Conrado, mientras su cuerpo se ofrecía con completa entrega, una mezcla de desafío y deseo que lo volvía loco.

 

El folio permanecía allí, testigo silencioso de la escena, mientras sus cuerpos se movían con un lenguaje que no necesitaba palabras. Con cada caricia más firme, con cada desliz de sus manos sobre su cola y caderas, Conrado sentía cómo la pasión contenida durante semanas se liberaba, mientras la presencia imaginaria de Martín hacía que cada toque fuera aún más peligroso, más excitante.

52 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: culo, hermanito, hermano, joven
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