El fútbol visto con ojos de niña
Algunos recuerdos están permitidos y otros no, pero solo pensarlos me deja un nudo en el pecho que no se va. A veces cierro los ojos y es como si los escuchara de nuevo. No son gritos, pero sí palabras duras. Mi madre y mi padre discuten, y yo finjo que no oigo, aunque siempre oigo..
Cuando eso pasa, pienso en el fútbol. En el campo todo parece más claro. Las líneas están marcadas y las reglas se cumplen. Por eso me gusta jugar: porque durante un rato puedo olvidar lo que ocurre en casa y lo que no entiendo.
La primera vez que vi algo raro no fue por accidente. Fue una noche en la que hablaban más bajo, y eso daba más miedo. No había gritos, solo un silencio pesado que llenaba toda la casa. Me acerqué despacio y miré por una rendija de la puerta de su cuarto. La luz de la luna entraba por la ventana y dejaba una mancha blanca sobre la cama. Mi padre estaba de pie, al lado de la cama, desabrochándose la camisa. Mi madre estaba sentada en el borde, con la espalda recta. No se miraban.
—No quiero que esto se convierta en una escena, Ana —dijo mi padre, y su voz era baja y cortante—. Sabes las reglas.
Mi madre no respondió. Se levantó y se quitó el camisón que usaba para dormir. Se quedó desnuda. Su cuerpo era delgado. Mi padre se acercó a ella. No la tocó. La rodeó. La examinó con los ojos, y yo vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
—Siempre tan hermosa. Siempre tan… dispuesta.
Se paró detrás de ella. Le pasó las manos por los hombros, bajando por sus brazos, hasta sus manos. Entrelazó sus dedos con los de ella.
—Recuerda quién está al mando, Ana —susurró en su oído—. Recuerda tu lugar.
Mi madre asintió, un movimiento casi invisible. Él la obligó a inclinarse hacia adelante, a apoyar las manos en la cama. Su espalda quedó arqueada, ofrecida. Él desabrochó su cinturón, y el sonido del metal me heló la sangre. Se liberó de su pantalón, y su miembro, ya duro, se alzó en la penumbra. No entró en ella de inmediato. Se frotó contra sus nalgas, contra el surco profundo de su espalda. La excitaba, la torturaba con la anticipación.
Yo no podía apartar la mirada. Estaba quieta. Ya no sentía en el pecho tristeza. Era un nerviosismo raro, un calor que me subía por la panza, como cuando sabes que algo va a pasar y no puedes evitarlo. Mis piernas temblaban, y sentía una cosa húmeda entre mis piernas, una cosa que nunca había sentido antes.
Finalmente, él entró en ella. Con un movimiento lento y profundo. Mi madre no gimió. No se movió. Solo apretó las manos en el edredón de la cama muy fuerte. Él comenzó a moverse, con un ritmo lento y constante. Cada embestida la hacía lanzarse hacia adelante, pero ella siempre volvía a su posición, siempre lista para el siguiente golpe. No era amor. No era ni siquiera lujuria. Era una danza de poder, un ritual que seguramente habían perfeccionado durante años.
Yo metí una mano en mis pantalones cortos de pijama. Mis dedos encontraron mi sexo, el mismo que tenía mamá y que en alguna oportunidad había explorado antes, pero nunca así. Estaba húmedo, caliente. Empecé a frotarlo, imitando el ritmo de mi padre. Cada vez que él empujaba, yo apretaba. Un calor se fue construyendo dentro de mí, una ola que crecía y crecía, hasta que me estremecí toda, apretando la boca con la mano para no hacer ruido. El placer fue agudo, casi doloroso, y me dejó temblando y sin aliento.
Desde ese día, empecé a buscar esos momentos. Esperaba a que discutieran, a que el silencio pesado llenara la casa. Me escondía en mi cuarto, con la puerta entreabierta, y esperaba. A veces, él la ataba a la cama con sus corbatas. A veces, la hacía arrodillarse en el suelo y le tiraba el semen, que en ese momento no sabía lo que era, en la boca. A veces, usaba cosas, cinturones, cosas que le dejaban marcas rojas en su piel que duraban días. Y yo lo veía todo, sintiendo ese mismo calor, ese mismo placer culpable que me consumía.
Pero una noche, la discusión fue diferente. No hubo silencio pesado. Hubo palabras, palabras bajas y venenosas que se colaban por la rendija de la puerta.
—Es hora, Ana —decía mi padre, y su voz tenía una urgencia que nunca había oído—. Ya tiene once años. Es el momento. Mi madre aprendió a los nueve. Yo tuve mi primera lección a los diez. Es nuestro legado. Es lo que nos hace fuertes.
—¡No! —La voz de mi madre fue un susurro desgarrado—. ¡Te lo ruego, Marcos! No es lo mismo … Helena no es así. Es una niña. Juega al fútbol, dibuja… No la arruines. Por favor.
—¿Arruinarla? —La risa de mi padre fue seca, cruel—. ¿La arruino? La quiero iniciar. hacerla parte de algo más grande que nosotros. ¿O prefieres que se case con un cualquiera y que toda esta sangre, todo este poder, se diluya en nada? ¿Prefieres que sea una común, una mediocre?
—¡Prefiero que viva! —gritó mi madre, y luego bajó la voz, como si se arrepintiera del grito—. Usame a mí, Marcos. Úsame a mí como quieras. Soy tu puta, tu esclava, lo que sea. Pero déjala a ella fuera de esto. Déjala tener su fútbol, sus reglas simples. No la metas en este juego.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
—No te das cuenta, ¿verdad, Ana? —dijo mi padre, y su voz era peligrosamente tranquila—. Ya está dentro. Desde que nació, ya está dentro. Es como tú. Solo que no lo sabe. Y mi trabajo, nuestro trabajo, es enseñárselo. Es guiarla. No es arruinarla. Es hacerla florecer.
No vi nada esa noche. Me quedé en mi cuarto, con la cabeza entre las rodillas, temblando. Las palabras de mi padre daban vueltas en mi cabeza. No entendía nada, pero sentía el peso de esas palabras, como si fueran una losa sobre mi futuro.
Una vez, mi madre me encontró. No fue en el momento, sino después. Había salido de su cuarto, con la marca de un cordón en su espalda, y me encontró en el pasillo, con la cara roja y la respiración agitada. Me miró, y en sus ojos no hubo enojo. Hubo… entendimiento. Una pena profunda y compartida.
—¿Nos viste, hija? —preguntó, y su voz era un susurro.
Asentí, sin poder hablar.
Me acarició el pelo. —No es tu culpa. Quizás tu padre tiene razón…
Mamá lloró en ese momento.
Era el secreto más oscuro de mi familia.
Después de eso, nada volvió a ser igual, aunque por fuera todo siguiera igual. En casa aprendí a hablar menos y a escuchar más. Por eso me gustaba ir al colegio.Yo era trigueña, como mis padres, bajita, más pequeña que casi todos. Mi pelo era crespo y negro, y siempre se me despeinaba cuando corría. No era la más rápida ni la más fuerte, pero cuando jugaba al fútbol sentía que era buena.
Las clases de educación física las daba el profesor Óscar, aunque todos le decían Toto. Nunca supe por qué. Toto tenía veintiséis años, era blanco, muy musculoso, y tenía el pelo castaño oscuro y enrulado, parecido al mío. Además de profesor, era el técnico del equipo infantil de fútbol del colegio. A veces, durante los entrenamientos, veía a su hija sentada al borde de la cancha. Tenía seis años y lo miraba jugar y gritar indicaciones. Me hacía pensar si en su casa ella padecería de los mismos conflictos que padecía yo en la mía, o si su mundo era tan simple como parecía, un mundo de padres que la querían sin reglas secretas.
Pero yo ya no podía pensar en mundos simples. Después de haber visto tantas veces el miembro de mi padre, esa vara de poder y dolor que se usaba en mi madre, mis ojos habían cambiado. Habían aprendido a buscar la forma oculta debajo de la ropa. Empecé a ver el bulto que se hacía en la pantaloneta de nylon del profesor Toto. No era como el de mi padre, que se veía amenazante y duro bajo el pantalón de vestir. El de Toto era diferente. Era grande, sí, pero parecía más blando, más pesado. Se balanceaba cuando corría, un movimiento libre y poderoso que me inquietaba. Me quedaba mirándolo cuando me daba instrucciones, mis ojos fijos en su entrepierna mientras él me explicaba una jugada. No podía evitarlo. Era como un imán.
Y él se daba cuenta. Lo sabía. Creo que desde el principio. No me regañaba ni me apartaba la mirada con fastidio. Al contrario. Cuando me pillaba con los ojos pegados a su pantaloneta, una sonrisa se dibujaba en sus labios. No era una sonrisa de burla. Era una sonrisa cómplice, una sonrisa de hombre que sabe que está siendo observado y que le gusta. A veces, se quedaba hablándome más tiempo de lo necesario, con las piernas un poco abiertas, dándome tiempo para mirar. Otras, se pasaba la mano por su entrepierna, un gesto casual que para mí era una provocación. Y yo sentía ese calor, esa humedad que me volvía a aparecer entre las piernas, el mismo calor que sentía espiando a mis padres. Era un placer sucio y secreto, mi pequeño tesoro en medio de un mundo de reglas.
Un día, llovía a torrentes. El entrenamiento se canceló y todos los niños fueron recogidos por sus padres. Todos menos yo. Mi madre me había dicho que caminara, que tenía una reunión. Me senté en el vestuario, en un banco de madera fría, escuchando el golpeteo de la lluvia en el techo de zinc. La puerta se abrió y entró Toto. Estaba solo.
—¿Helena? ¿Qué haces aquí todavía? Te quedaste, ¿verdad?
Asentí, sin mirarlo. Tenía miedo de que mi mirada me delatara de nuevo.
—Tu madre no viene, ¿eh? —dijo, y se sentó a mi lado, no muy cerca, pero lo suficiente como para sentir su calor—. Bueno, vamos a esperar un rato. Si no deja de llover, te llevo yo.
Se quedó callado, secándose el pelo con una toalla. El olor a su sudor, a jabón y a hombre me llenaba la cabeza. No podía evitarlo. Mi mirada bajó, hacia su pantaloneta. Estaba mojada por la lluvia y se le pegaba al muslo, marcando la forma de lo que había debajo. Parecía todavía más grande.
Él no dijo nada. Solo se recostó en el banco, apoyando las manos detrás de su cabeza, un gesto que abrió aún más sus piernas. El bulto estaba ahí, a la vista, una invitación silenciosa. Sentí la respiración cortarse. El calor se extendió por mi panza, bajando hacia mis piernas.
—Te gusta mirar, ¿verdad, Helena? —dijo de repente, y su voz era un murmullo bajo que me hizo saltar.
Levanté la vista, asustada. Su cara estaba seria, pero sus ojos brillaban con esa misma sonrisa cómplice.
—No… no sé de qué habla —mentí, con la voz temblorosa.
—Claro que sabes —dijo él, y se acercó un poquito más—. No es malo. Es natural. Las chicas curiosas son las más interesantes.
Bajó la mano y se la puso encima del bulto, acariciándolo despacio, sobre el nylon mojado. Yo no podía apartar la mirada. Era como si estuviera hipnotizada. Vi cómo la cosa se movía bajo su mano, cómo crecía, cómo se ponía más dura, más definida. Era como ver una flor abrirse en cámara rápida, una flor grande y oscura.
—Mírala bien, Helena —susurró él—. No tengas miedo. Es solo una parte de mí. Como el fútbol es parte de ti.
La cerró en su puño, apretándola. La forma era ahora perfecta, una vara gruesa y poderosa que apuntaba hacia mí. El calor en mi entrepierna era insoportable. Sentía que me iba a derretir en el banco.
—Tú también sientes calor, ¿verdad? —dijo, y su mano libre se acercó a mi rodilla—. Siento cómo quemas desde aquí.
No me tocó. Solo dejó su mano cerca, sintiendo el calor que salía de mi piel. Me miró a los ojos
—Algún día —dijo él, y su voz era casi un beso—. Te enseñaré a jugar este juego
Se levantó, ajustándose la pantaloneta. El bulto seguía ahí, imponente. —Bueno, creo que ya es hora de llevarte a casa.
Me levanté, con las piernas temblando. Mientras caminábamos hacia su coche, bajo la lluvia, no hablamos. Pero yo sabía que algo había cambiado.
El coche de Toto estaba estacionado cerca de la cancha. La lluvia caía fuerte, pero no hacía frío. Sonaba suave sobre el techo, como si alguien tocara despacio con los dedos. Cuando entré, me senté derecha al principio, con la mochila apretada contra el pecho.
Toto cerró la puerta y el ruido de la lluvia quedó afuera, aunque todavía se oía. El coche olía a jabón y a pasto mojado. Mis piernas estaban cansadas y me dolían un poco, pero de a poco se fueron aflojando. Me apoyé contra el asiento y respiré hondo.
No hablamos mucho. Toto miraba el camino y yo miraba cómo las gotas bajaban por el vidrio. Se juntaban y luego desaparecían rápido. Sentí el cuerpo pesado, como después de un partido largo, pero no era una sensación fea.
Cuando llegamos a mi casa, la lluvia seguía cayendo. Le di las gracias en voz baja. Bajé del coche con cuidado.
Cuando entré a la casa, no había nadie. A mis once años, mamá y papá decían que yo era muy madura y que no pasaba nada si estaba sola un rato. Papá trabajaba hasta tarde y mamá también. Yo ya sabía calentar la comida y hacer las tareas sin ayuda.
Cerré la puerta despacio. La lluvia seguía sonando afuera, pero adentro todo estaba quieto. Demasiado quieto. Dejé la mochila en una silla y me quedé parada en el pasillo, sin saber bien qué hacer. El silencio de la casa me cayó encima, como una manta pesada.
Me quité los zapatos y caminé hasta mi cuarto. Me senté en la cama y abracé una almohada. El cansancio del cuerpo seguía ahí. Pensé en el profesor Toto, en su miembro.
En mi habitación me miré en el espejo. Estaba despeinada por la lluvia y el pelo crespo se me había encogido más de lo normal. Tenía la cara cansada y la piel trigueña un poco brillante por el sudor. Me vi pequeña, con las medias todavía húmedas y las piernas marcadas por el esfuerzo del entrenamiento.
Me tiré en la cama. Afuera la lluvia seguía cayendo. Yo cerré los ojos y dejé que ese sonido me acompañara. El cansancio me venció, un sueño pesado y profundo, como caer en un pozo de agua tibia. No hubo sueños, solo oscuridad y el lejano golpeteo de la lluvia en el techo.
Desperté sin saber cuánto tiempo había pasado. La habitación estaba oscura, pero no era la oscuridad de la noche. Era el atardecer, esa luz gris y morada que se filtra por las cortinas cuando el sol ya se ha ido. La lluvia había amainado, y ahora solo se oía el goteo constante del desagüe afuera. Me moví un poco, y sentí la tela de mi uniforme pegada a mí. La falda se me había subido mientras dormía, y ahora estaba casi al principio de mis nalgas, dejando al aire la piel de mis muslos.
Abrí los ojos del todo, y entonces lo vi.
Era una figura alta y oscura, de pie en el marco de mi puerta. No se movía. Solo estaba ahí, mirándome. Mi corazón se paró. Era mi padre.
Me quedé quieta, sin respirar, fingiendo que todavía dormía. ¿Desde cuándo estaba ahí? El miedo me heló la sangre, pero debajo de ese miedo, algo más se despertó. Ese mismo calor extraño que sentí en el vestuario, con Toto. Era un miedo mezclado con una expectación terrible.
Caminó hacia mi cama. No hizo ruido. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra. Se arrodilló junto a mí, y pude oler su olor, a perfume caro, a tabaco y a esa cosa que era solo de él, ese olor a hombre y a poder. Me pasó una mano por el pelo, con un toque que parecía tierno, pero que sentí como una posesión.
—Lamento que no haya podido ir por tí hoy, Helena —dijo, y su voz era un murmullo bajo, un susurro que vibró en mi oído—. Sé lo que hay en esa cabecita tuya. Lo mismo que había en la mía a tu edad. Lo mismo que hay en la sangre de nuestra familia.
Su mano bajó de mi pelo a mi espalda, y luego más abajo, hasta la falda subida. Su dedo rozó la piel de mi nalga, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No era la caricia de un padre. Era la inspección de un dueño.
—Te voy a enseñar lo que es un hombre de verdad. Te voy a enseñar tu lugar.
Se levantó y se desabrochó el pantalón. El sonido de la cremallera me cortó el aire. Se liberó, y su miembro, ya duro, se alzó en la penumbra de mi cuarto. Era más grande ahora que lo tenía tan cerca, más oscuro, más… amenazante. Las venas eran como mapas de un territorio que yo no quería explorar. Se acercó a mi cara, y el olor se hizo más fuerte, un olor a sexo, a mi madre.
—Ábrela —ordenó.
No pude. Mi boca estaba sellada por el miedo.
—Ábrela, Helena. O la abro yo. Y no quiero hacerte daño.
Con un temblor que me sacudía hasta los huesos, abrí los labios un poquito. Él no esperó. Metió la cabeza de su pene en mi boca. Era caliente y suave al mismo tiempo. El sabor era salado, un poco amargo, y me llenó la cabeza, borrando todo pensamiento. Era el sabor de mi padre.
—Lámela —susurró—. Con la punta de la lengua. Como si fuera un helado. Helena. Pruébalo.
Obedecí. Salí mi lengua y la pasé por la punta, por ese pequeño agujero del que ya había visto salir la cosa blanca. Él gimió, un sonido bajo y profundo que me hizo vibrar. Me tomó la cabeza con las dos manos, pero no me obligó a nada. Solo me sostuvo, como si quisiera asegurarse de que no me escapara.
—Así… así se hace. Eres una buena alumna. Una heredera digna.
Empecé a mover la lengua con más confianza, explorando cada pliegue, cada vena. Esto era real. Esto era lo que mi madre sentía.
—Ahora… chúpala —dijo él, y su voz era más tensa—. Métela más adentro. Hazlo como lo haría tu madre.Cerré los labios alrededor de él y comencé a chupar, suavemente al principio, luego con más fuerza, como si estuviera tratando de sacarle el jugo. Él comenzó a moverse, empujando un poquito más cada vez, pero sin llegar a ahogarme. Quería que lo disfrutara. Quería que lo aprendiera. Quería que lo amara.
El calor en mi entrepierna era un fuego. Sentía mis panties mojadas, pegadas a mi piel. Me froté contra la cama, buscando una fricción que aliviara la presión que crecía dentro de mí. Él lo notó y se rio, un bajo y excitado rumor.
—Ya lo sientes, ¿verdad? Ya sientes el llamado. Es tu naturaleza, Helena. No luches contra ella.
Él aceleró su ritmo, y sus embestidas se hicieron más profundas. Sentía cómo golpeaba el fondo de mi garganta, y en lugar de asustarme, me excitaba. Era una prueba. Era mi iniciación. Y yo la estaba pasando.
—Estoy cerca… —gimió él—. Trágate todo, mi semen. Trágate tu futuro.
Con un último empujón profundo, se corrió en mi boca. Sentí el primer chorro, caliente y espeso, que golpeó el fondo de mi garganta. Luego otro, y otro. Me llenó la boca, me derramó por los labios, por la barbilla. No sabía qué hacer, si tragar o escupir. Él, con su miembro todavía en mi boca, me ordenó con la mirada. Y yo tragué. Tragué todo, el sabor salado y amargo de mi padre. Me quemó la garganta, pero me sentí… completa.
Cuando terminó, se retiró lentamente. Me limpió la boca con el dorso de su mano, un gesto casi tierno. —Bienvenida al club, Helena. Bienvenida a la familia.
Se abrochó el pantalón y se fue de mi cuarto, dejándome sola en la penumbra, con el sabor de él en mi boca.
La noche cayó con pesadez, pero el aire en la casa era diferente. Mi madre llegó poco después de que mi padre saliera de mi cuarto. La oí entrar, el sonido de sus tacones en el pasillo, el suspiro de cansancio que soltaba al dejar el bolso en la mesa. No me buscó. Fue directamente a la cocina para empezar la cena.
Cenamos en el comedor, bajo la luz amarilla de la lámpara que colgaba sobre la mesa. Mi madre había servido lentejas, con chorizos que chisporroteaban en el plato. El olor a comida caliente llenaba el aire, pero a mí me sabía a otra cosa. Me sabía al sabor salado y amargo que todavía tenía en la boca. Me sabía a mi padre.
Comíamos en silencio, como siempre. El único sonido era el de los tenedores chocando contra los platos. Yo no tenía hambre. Revolvía las lentejas con mi tenedor, haciendo montañas pequeñas y luego derrumbándolas. Sentía la mirada de mi padre sobre mí, no era una mirada de orgullo, sino de posesión, como si ahora yo fuera una cosa más que le pertenecía, como el coche o el reloj de muñeca.
Mi madre notó el cambio. Levantó la vista de su plato y me miró, luego a mi padre. —¿Qué pasa? —preguntó, y su voz estaba llena de esa antigua tensión—. ¿Se pelearon?
Mi padre dejó el tenedor con un delicado chasquido sobre el porcelana. Se secó la boca con la servilleta, doblándola con cuidado. —No, Ana. No hemos discutido. Al contrario. Hemos avanzado. —Se recostó en la silla, cruzando los brazos, y su sonrisa era la de un hombre que acaba de ganar una partida importante—. Helena ha dado el primer paso.
El tenedor de mi madre se le cayó de la mano, haciendo un ruido estridente que resonó en el silencio. Se quedó mirándolo, como si no pudiera creer lo que estaba en el suelo. Luego levantó la vista hacia mi padre, con los ojos muy abiertos, llenos de una incredulidad que se mezclaba con un pánico puro.
—¿Qué… qué quieres decir? —susurró—. Marcos, no me digas que…
—Sí, Ana —la interrumpió él, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—. La he iniciado. Hoy. Ha aprendido cuál es su lugar. Ha probado el poder de nuestra sangre.
Mi madre se puso blanca. Blanca como una sábana. Se miró las manos, que temblaban sobre el regazo. —No… no puede ser… —murmuraba, como si hablara con un fantasma—. ¿Cuándo? ¿Cómo? Yo… yo no estaba. Yo debí estar ahí. Siempre he estado ahí para… para guiarla.
—No era necesaria tu guía esta vez —dijo mi padre, y su voz se endureció un poco—. Era mía. Es mi deber, mi derecho como padre y como cabeza de esta familia. Lo hice solo. Y lo hice bien. Fue… receptiva.
Mi madre levantó la vista y me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Y yo qué? ¿Yo qué soy ahora, Marcos? ¿La vieja guardiana, mientras tú la educas a ella? ¿Me estás reemplazando?
—No seas dramática, Ana —dijo él, con impaciencia—. Siempre serás la madre. Pero ella es la heredera. Necesita aprender de ambos. Pero sobre todo, necesita aprender de mí.
Mi madre se levantó de golpe, la silla cayendo hacia atrás con un estrépito. Se acercó a mí, se arrodilló a mi lado de la mesa, y me tomó las manos. Las suyas estaban heladas. —Hija… miamor… cuéntame. Cuéntame todo. ¿Qué te hizo? ¿Cómo fue? ¿Dolió mucho? Quería saberlo todo, quería vivirlo a través de mí, robarme mi momento.
Mi padre intervino, su voz como un látigo. —Deja que hable ella, Ana. Sin tus sugerencias.
Yo me quedé mirando a mi madre, a sus ojos suplicantes, y luego a mi padre, a su mirada autoritaria. Sentí el peso de sus dos expectativas. Tragué saliva, y el sabor a él volvió a mi boca.
—Fue… hace un momento —empecé, y mi voz sonó extraña, como si no fuera mía—. Llegué del colegio, me dormí. Y cuando desperté, papá estaba ahí. En mi puerta.
Mi madre apretó mis manos, animándome a seguir. —Y luego… ¿qué pasó?
—Me dijo… que él me iba a enseñar.
Mi madre cerró los ojos, como si le doliera escucharlo —Y… ¿te enseñó?
Asentí. Sentí el rubor subirme por las mejillas. —Salió… su cosa. Su verga.
La palabra colgó en el aire, cruda y real. Mi madre abrió los ojos —Sí… sí, mi amor… y después…
—Me dijo que la abriera. Que la lamiera —dije, y las palabras salían más fáciles ahora —. La lamí. Sabía… salado.
—¡Dios mío! —exhaló mi madre, llevándose una mano a la boca.
—Y luego… luego me dijo que la chupara —seguí, perdiéndome en el recuerdo—. Y lo hice. Era… muy grande. Sentía que me llenaba toda la boca. No cabía. Y él se movía, despacio al principio, y luego más rápido. Y sentía cómo golpeaba en mi garganta.
Mi madre me miraba, hipnotizada, viviendo cada palabra. —¿Y… y él se corrió? ¿Se corrió en tu boquita?
—Sí —dije, y mi voz era apenas un susurro—. Se corrió mucho. Era caliente y espeso. Me llenó la boca. Me dijo que me lo tragara. Y me lo tragué todo.
Mi madre me soltó las manos y se sentó en el suelo, con las piernas dobladas. Se miró las manos, y luego a mi padre. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. —Yo debí estar ahí —dijo, y su voz estaba llena de una pena infinita—. Yo debí guiarla, sostenerla, decirle que está bien, que es hermoso… Yo debí ver la cara de mi hija la primera vez que probaba el fruto de su padre.
Mi padre se rio. Un sonido bajo y satisfecho. —No, Ana. Tú no debías. Esta vez fue mío. Y fue perfecto. Ella lo aprendió sola. Y ahora es nuestra. De verdad nuestra.
Se levantó, se acercó a mí y me pasó una mano por el pelo. —Has hecho a tu padre orgulloso, Helena. Mañana empezaremos la segunda lección.
Yo me sentía extrañamente orgullosa. No era una niña. Era parte del club.
El día siguiente en el colegio fue como soñar despierta. Las palabras del profesor, los números en el pizarrón, las risas de mis amigas en el recreo, todo sonaba lejano, amortiguado bajo el eco de lo que había pasado en mi cuarto. En el entrenamiento, corría con una furia que no era mía, una energía que me quemaba por dentro. Cada vez que el balón golpeaba mi pie, sentía el impacto en toda mi piel, como si aún estuviera sintiendo el golpe del miembro de mi padre en el fondo de mi garganta.
Cuando Toto silbó el final del entrenamiento, mi corazón dio un vuelco. No lo había mirado casi en todo el día, temiendo que mis ojos delataran el secreto, pero sentía su presencia como una brasa cerca de mí. Mientras los demás niños corrían hacia las duchas, gritando y empujándose, él se me acercó. Tenía el pelo mojado y una toalla colgada del cuelro.
—Helena —dijo, y su voz era casual, pero sus ojos eran intensos—. Quédate un momento, por favor. Necesito hablar contigo sobre el próximo partido. Pásate por los vestuarios cuando termines de guardar tus cosas.
Asentí, sin poder decir nada. Mis piernas se convirtieron en gelatina. Esperé a que todos se fueran, recogiendo mis cosas con una lentitud dolorosa. El vestuario de los niños estaba vacío y olía a sudor, a jabón barato y a humedad. Entré con el corazón martilleándome en el pecho. Él estaba allí, sentado en uno de los bancos de madera, con las piernas abiertas y los brazos cruzados. No se había cambiado. Todavía tenía su pantaloneta de entrenamiento y una camiseta sin mangas que le marcaba los músculos de los brazos y los hombros. Parecía un león esperando en su guarida.
—Cierra la puerta —dijo, sin levantar la vista.
Cerré la puerta y el click del cerrojo sonó como un disparo en el silencio. Me quedé de pie, sin saber qué hacer. Él por fin me miró, y su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, despacio, como si estuviera desvistiéndome con los ojos.
—Ven aquí —ordenó, y su voz ya no era la de un profesor. Era la voz de un hombre que sabe que tiene el control.
Me acerqué, paso a paso, hasta estar frente a él. Me tomó de la muñeca. Su mano era enorme y caliente, y mi muñeca parecía la de una muñeca dentro de ella. Me jaló hacia él, obligándome a sentarme en su regazo. Sentí el bulto de su miembro, duro y poderoso, presionando contra mi trasero. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
—He estado pensando en ti todo el día —susurró en mi oreja, y su aliento caliente me hizo estremecer—. En esa mirada curiosa que tienes. Esa mirada que ahora sé lo que quiere.
Me pasó una mano por el pelo, despeinándome más. No se porque en ese momento, si lo hice como un mecanismo de defensa, pero las palabras salieron de mi boca como si se tratara de mi respiración, se lo conté, le conté lo que mi padre me había hecho.
—Y tú… ¿lo hiciste? —preguntó, y su mano bajó de mi pelo a mi espalda, bajando lentamente hasta mi trasero, que apretó con fuerza.
—Sí —logré decir, con una vocecita temblorosa.
Él gimió, un sonido bajo y animal. Su bulto creció bajo mí, haciéndose más grande, más duro. —Sí… lo sabía. Lo sabía que eras especial. ¿Y cómo fue? ¿Cómo se sintió?
Miré sus ojos, que ardían de curiosidad y de lujuria.
—Fue… grande —dije, repitiendo las palabras que le había dicho a mi madre—. Muy grande. Sentía que me llenaba toda la boca. Que no cabía.
Toto cerró los ojos, como si estuviera saboreando mis palabras. —Y… ¿te gustó?
—No… no sé —dije, y era verdad—. Fue extraño. Me molestó un poco. Pero… también sentí calor. Mucho calor.
Él abrió los ojos y sonrió. Una sonrisa de triunfo. —Claro que sentiste calor. Es el poder, Helena. Es el poder de ser una mujer. De tener a un hombre en tus manos.
Su mano se deslizó bajo mi falda del uniforme. Sus dedos largos y fuertes encontraron el borde de mis panties de algodón. —¿Sientes calor ahora, Helena?
Asentí, sin poder mirarlo.
—Yo también —dijo él, y me levantó como si no pesara nada. Me sentó en el banco, de pie frente a mí. Se arrodilló y me quitó los zapatos y los calcetines. Sus manos eran tan grandes que mi pie cabía completamente en su palma. Me acarició los tobillos, los gemelos, la parte de atrás de mis rodillas. Cada uno de sus dedos era un explorador en mi piel, descubriendo cada hueco, cada textura.
—Eres tan pequeña… tan delicada —murmuraba, casi para sí mismo—. Como una muñeca de porcelana. Una muñeca que se puede romper tan fácilmente.
Se levantó y se quitó la camiseta. Su torso era una pared de músculos, con el abdomen marcado en cuadros y una línea de vello oscuro que bajaba desde su ombligo y se perdía en el borde de su pantaloneta. Se inclinó y me besó. No fue un beso de niño. Fue un beso de hombre, con su lengua entrando en mi boca, explorándola, sabiéndome. Me devoró, y yo lo dejé, sintiéndome pequeña y frágil en sus brazos. Sus manos ya no estaban en mis hombros. Se habían deslizado hacia mi pecho chato, y me las apretaba a través de la tela del blusa. Sentía sus palmas calientes y ásperas contra mis pezones, que se pusieron duros como piedritas.
—Quiero verte —dijo, y su voz era ronca de deseo.
Con manos que temblaban, desabrochó los botones de mi blusa. La abrió y me quedó el torso desnudo. Mis pechos eran solo dos pequeños montículos con unos pezones morenos en la punta. Él los miró como si fuera la primera vez que veía unos, como si fueran un tesoro.
—Dios… qué hermosos… —susurró, y se inclinó para tomar uno en su boca.
Me tiró sobre el banco, y yo quedé tumbada con él encima de mí, laméndome y chupándome los pechos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos. Una de sus manos bajó, volvió a meterse bajo mi falda y esta vez se deslizó dentro de mis panties. Sus dedos encontraron mi sexo, ya húmedo y caliente. Me rozó con la yema de un dedo, y un gemido se escapó de mis labios.
—Sí… gime, mi niña… gime para mí —me ordenó, y empezó a frotarme, con un ritmo lento y experto.
Yo me perdí en la sensación. El dolor y el placer se mezclaban en una espiral creciente que me llevaba hacia un lugar que no conocía. Sus dedos eran magos, sabían exactamente dónde tocar, cómo presionar. Sentí cómo uno de sus dedos se deslizaba dentro de mí, poco a poco, explorando mi interior.
Era una sensación completamente nueva. Mi padre me había llenado la boca, me había hecho tragar su esencia, me había marcado como suya con el sabor y la sumisión, pero nunca había tocado allí. Aquel lugar era un territorio virgen, un secreto que solo yo conocía en la oscuridad de mi cuarto, con mis propios dedos torpes y curiosos. El dedo de Toto era diferente. Era largo, fuerte, y sabía exactamente dónde encontrar el punto que me hacía ver estrellas. Se movía con una lentitud tortuosa, frotando una pared interior que me enviaba sacudidas eléctricas a todo el cuerpo. Mi espalda se arqueó sobre el banco de madera, y mis piernas se abrieron más, invitándolo a continuar, a poseer ese lugar que nadie había poseído antes.
Mientras su mano derecha se perdía en mi humedad, su mano izquierda se deslizó hacia mi cabeza. La metió entre mi pelo crespo y enredado, que estaba hecho un desastre por el sudor y la posición en la que estaba. Me agarró una mata de pelo, bien cerquita del cuero cabelludo, y la jaló. El dolor fue agudo, pero no fue un dolor feo. Fue un dolor que me ancló a la realidad, que me recordó quién estaba al mando. Me obligó a levantar la cabeza, a dejar de mirar el techo del vestuario y a mirarlo a él, a sus ojos azules que ardían con una lujuria que casi me asustaba.
—Mírame —dijo, y su voz era un gruñido bajo, animal—. Mírame mientras te hago sentir esto. Mientras te abro por primera vez.
Sus palabras me golpearon como una bofetada. Y yo, que me sentía tan orgullosa de mi iniciación, me sentí de repente como una novata, como una niña que está aprendiendo a gatear
—¿Sientes eso, Helena? —siguió, mientras su dedo se movía más adentro, curvándose para frotar ese punto mágico una y otra vez—. Eso es mío. Este lugar es mío. Tu padre te llenó la boca, te enseñó a ser su sumisa, pero yo soy el primero en entrar aquí. El primero en conquistar este terreno. ¿Lo entiendes?
Asentí, con los ojos llenos de lágrimas que eran de placer y de confusión. El dolor en mi cuero cabelludo, la presión de su dedo dentro de mí, su olor a hombre y a sudor, todo se mezclaba en un torbellino que me robaba el aliento.
—Dilo —ordenó, jalandome del pelo otra vez, más fuerte esta vez—. Di que este lugar es mío.
—Es… tuyo —logré decir, con la voz rota—. Es tuyo, profesor.
Él sonrió, una sonrisa de depredador que acaba de atrapar a su presa. —Buena chica. Buena alumna.
Su mano derecha se aceleró. El dedo que estaba dentro de mí empezó a moverse más rápido, y su pulgar encontró mi clítoris, ese botón sensible que yo misma había descubierto pero que él manipulaba con una maestría que me dejó sin aliento. La ola que había estado creciendo dentro de mí explotó. Un grito se escapó de mi garganta, un grito que él ahogó con un beso profundo, metiéndome su lengua mientras mi cuerpo se sacudía en un espasmo incontrolable. El placer fue tan intenso que casi dolió, una onda expansiva que me recorrió de pies a cabeza, dejándome temblando y sin fuerzas, como una muñeca de trapo.
Cuando se retiró, me quedé tumbada en el banco, con la blusa abierta, la falda subida y los ojos vidriosos. Él se arrodilló frente a mí, limpiándose sus dedos con una toalla, como si acabara de hacer un trabajo sucio.
—Ahora sabes la diferencia, Helena —dijo, y su voz ya no era la de un amante, sino la de un técnico, la de un profesor que da una lección
Se levantó y se puso la camiseta. Me arregló la falda y me abrochó los botones de la blusa con una torpeza tierna. —Ahora vete. Y no se lo cuentes a tus padres. Aún no. Este es nuestro secreto. Nuestro juego.
Me levanté, con las piernas temblando. Me sentía vacía y llena a la vez. Salí del vestuario y el aire frío de la tarde me golpeó la cara. Miré el campo de fútbol, con sus líneas blancas y perfectas.
Los días se convirtieron en una rutina de doble vida. En casa, mi padre continuaba con sus lecciones nocturnas. Lecciones que se centraban en la sumisión, en el ritual, en el sabor de su poder. Me hacía arrodillar, me enseñaba a usar mi lengua con una precisión casi quirúrgica, me obligaba a tragar su semilla como si fuera un sacramento. Cada noche, yo era más suya, más la heredera de ese legado oscuro. Mi madre, por su parte, se había convertido en una espectadora silenciosa y celosa. A veces, mi padre la obligaba a mirar, a sentarse en un rincón mientras yo practicaba mi nueva habilidad. Veía el dolor y la envidia en sus ojos, y una parte de mí, una parte oscura y retorcida, se sentía poderosa.
Pero en el colegio, era la alumna de Toto. Nuestros encuentros en el vestuario se volvieron más frecuentes, más audaces. Él me enseñaba otra cosa. Me enseñaba el placer. Me enseñaba que mi cuerpo no solo servía para recibir el dolor y el deber, sino también para sentir el éxtasis. Sus dedos, su boca, su forma de dominarme con una caricia que era a la vez una orden, me abrían un nuevo mundo. Un mundo donde yo no solo era un recipiente, sino una participante activa en mi propia corrupción. Vivía en un estado de tensión constante, dividida entre el deber con mi padre y el placer con mi profesor. Y en medio de esa tensión, algo nuevo empezó a crecer: una necesidad de probar, de empujar los límites, de ver hasta dónde podía llegar.
Esa necesidad se hizo presente un martes por la tarde. Llovía de nuevo. El entrenamiento había sido duro, y yo estaba agotada. Cuando Toto me pidió que me quedara, no dudé. Entré en el vestuario y lo encontré sentado en el banco, como siempre, pero esta vez su mirada era diferente. No era solo lujurosa. Era calculadora, como si estuviera planeando una jugada compleja.
—Hoy vamos a aprender algo nuevo, Helena —dijo, mientras me cerraba la puerta con llave
Me senté en su regalo, como se había convertido en nuestra costumbre. Sentí su miembro duro contra mí, y mi cuerpo reaccionó de inmediato, con ese calor familiar que me inundaba las entrañas. Me besó, una de esas besos profundos y posesivos que me robaban el aliento. Mientras me besaba, sus manos recorrían mi cuerpo, desabrochando mi blusa, acariciando mis pechos, metiéndose bajo mi falda.
—Te he enseñado a sentir placer aquí —dijo, y su mano derecha se deslizó dentro de mis panties, sus dedos encontrando mi sexo ya húmedo—. Pero hay un lugar más.
Su mano izquierda bajó por mi espalda, más y más abajo, hasta que encontró el surco entre mis nalgas. Me pasó el dedo por allí, arriba y abajo, muy despacio. Un escalofrío diferente me recorrió el cuerpo. Era un escalofrío de miedo y de una curiosidad morbosa.
—Tu padre te usa la boca. Es un hombre tradicional. Un poco anticuado —dijo, con un dejo de desprecio—. Pero el verdadero poder, la verdadera sumisión, está en otro lado. Está en cederlo todo. En abrir todas las puertas de tu cuerpo. ¿Me entiendes?
No entendía, pero asentí. Confundía sus palabras con el placer que sus dedos me estaban dando en mi sexo.
Se levantó, llevándome con él. Me acostó boca abajo en el banco de madera, con una almohada debajo de mi panza. Me bajó la falda y mis panties, dejándome desnuda desde la cintura hasta los pies. El aire frío del vestuario me hizo temblar. Él se arrodilló detrás de mí, y sentí su aliento caliente en mi espalda, en mis nalgas.
—Relájate, Helena —susurró—. Confía en mí. Voy a llevarte al cielo.
Sentí la punta de su lengua en mi espalda baja, trazando una línea húmeda hacia abajo. Bajó por el surco de mis nalgas, y yo me quedé sin respirar. Era un lugar impensable, un lugar sucio y prohibido. Su lengua dio vueltas alrededor de mi ano, y una sensación extraña, una mezcla de asco y de un placer intenso, me recorrió como una descarga eléctrica.
—Sí… así está bien —murmuró él, y entonces sentí la presión de su dedo, húmedo de su propia saliva, en la entrada de mi ano—. Voy a entrar aquí, Helena. Voy a poseerte por completo. Y tú vas a abrirte para mí. Vas a ser mía de una forma que tu padre nunca podrá ser.
El miedo me paralizó. Mi cuerpo se tensó, y cada uno de mis músculos se contrajo en un intento instintivo de protegerse. Sentí la presión de su dedo, más fuerte, insistente en entrar en un lugar que estaba diseñado para ser una salida, no una entrada. El pensamiento de mi padre me golpeó como una ola fría. ¿Qué pensaría si supiera esto? ¿Qué pensaría de su heredera, de su hija perfecta, si supiera que estaba permitiendo esto, que estaba disfrutando de esta profanación?
—No… no puedo —gemí, con la voz ahogada por la almohada—. Es… es malo.
—No es malo, Helena —dijo él, con una paciencia que era más aterradora que la fuerza—. Es solo diferente. Es el siguiente paso. Y tú quieres darlo. Sé que quieres darlo.
Seguí apretando, luchando contra su dedo, contra mi propio deseo. Y entonces, recordé las palabras de mi padre. «Recuerda tu lugar». ¿Cuál era mi lugar? ¿Era el de la sumisa que obedece, o el de la niña que tiene miedo? No lo sabía. Pero sabía que no podía decepcionar a Toto.
Y entonces, respiré hondo. E inspiré todo el aire que pude, llenando mis pulmones, y mientras lo hacía, apretaba el ano lo más que podía para que el profesor… para que el profesor sintiera mi resistencia, mi miedo, mi última batalla. Era una forma de decirle: «Puedes entrarme, pero no será fácil. No me rendiré del todo».
Él sintió mi resistencia, y en lugar de frustrarse, se rio. Un bajo y excitado rumor. —Sí… lucha, mi pequeña guerrera. Lucha todo lo que quieras. Eso solo lo hará más dulce cuando te rindas.
Y siguió empujando, con una presión constante y firme. Sentía cómo mi músculo luchaba, cómo se negaba a ceder, pero también sentía cómo mi propia resistencia lo excitaba, cómo me daba un control que no tenía en otras situaciones. Y entonces, en medio de esa lucha, algo en mí cedió. No fue mi cuerpo, fue mi mente. Fue mi voluntad. Y en el momento en que me rendí, en el momento en que acepté que iba a pasar, el músculo se relajó un segundo, un segundo suficiente.
El dedo de Toto entró en mí. Fue una sensación extraña, dolorosa y llena de una plenitud que nunca había sentido. Era una invasión total, una posesión absoluta. Él se quedó quieto, dejándome acostumbrar a la sensación, a la presencia de su dedo dentro de mí, en un lugar que ahora era suyo.
—Mírate —dijo él, con una voz llena de triunfo—. Mira lo que has hecho. Te has abierto por completo. Eres mía, Helena.
Y mientras su dedo empezaba a moverse dentro de mí, abriéndome, ensanchándome, yo sentía dolor. No sentía asco. Sentía el poder. Sentía que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás, y en ese momento, su dedo se detuvo. Se quedó quieto dentro de mí, una presencia extraña y llena que me desgarraba y me completaba al mismo tiempo. Sentía sus nudillos contra mis nalgas, sentía cada latido de su corazón a través de esa parte de su cuerpo que estaba dentro de la mía. El dolor se estaba convirtiendo en otra cosa, en una especie de calor profundo, una plenitud que me hacía sentir viva de una manera nueva y aterradora.
Empezó a moverse, muy despacio. Un movimiento sutil, de adentro hacia afuera, explorando, ensanchando. Cada pequeño movimiento era una nueva ola de sensación, una mezcla de dolor agudo y un placer subterráneo que me hacía gemir contra la almohada. Mis manos se aferraban a los bordes del banco de madera, mis nudillos blancos por la fuerza con que los apretaba. Me sentía dividida, partida en dos.
—Sí… así… gime para mí, Helena —susurraba él, con la voz rota por el deseo—. Eres tan apretada… tan virgen …
Su dedo se movió un poco más adentro, y yo sentí cómo mi cuerpo se rendía por completo, cómo el músculo que luchaba por mantenerse cerrado se abría como una flor a la fuerza. El placer se hizo más intenso, y empecé a mover mis caderas, empujando hacia atrás, buscando más de esa sensación, más de ese dolor que era delicia.
Y entonces, él retiró el dedo.
La sensación de vacío fue inmediata y brutal. Me quedé temblando, con el ano palpitando, esperando su regreso. Lo oí moverse detrás de mí, y luego un silencio. Levanté la cabeza un poco, para mirarlo por encima de mi hombro. Él estaba mirando su dedo, el dedo que había estado dentro de mí. Y vi por qué se había detenido.
Estaba sucio. No solo húmedo, sino manchado. Cubierto de una sustancia oscura y pastosa, de un marrón que me heló la sangre y me llenó de una vergüenza tan profunda que sentí que me iba a morir allí mismo. Era mierda. Mi mierda. La prueba de que lo que habíamos hecho no era limpio, no era un juego. Era algo sucio, algo de animales.
Él no pareció disgustado. Al contrario. Una sonrisa curiosa se dibujó en sus labios. Llevó el dedo a su nariz y lo olió, como si fuera un catador de vinos probando una cosecha rara. Luego me miró, y en sus ojos no había asco, solo una especie de comprensión clínica, de profesor que ha encontrado un problema interesante que resolver.
—Bueno… —dijo, y su voz era sorprendentemente tranquila—. Veo que este lugar necesita un poco más de… preparación. No es como tu sexo, que está hecho para recibir. Este es un músculo, Helena. Un músculo muy fuerte que necesita ser entrenado, relajado.
Se levantó y fue a los baños. Volvió con un trozo de papel higiénico y se limpió el dedo sin dejar de mirarme. —Por ahora, usaremos mis dedos. Y quizás algunos… juguetes. Una verga como la mía no te entraría aquí sin un entrenamiento adecuado. Te desgarraría, y eso no es lo que quiero. Quiero que disfrutes el proceso, que te conviertas en una experta en esto también. Quiero que seas perfecta en todos los sentidos.
Sus palabras me tranquilizaron y me aterrorizaron a la vez. ¿Juguetes? ¿Entrenamiento? ¿Era esto un nuevo curso, una nueva materia en la que tenía que sobresalir?
Se acercó de nuevo detrás de mí, pero esta vez no me tocó. Se limitó a mirarme, a admirar mi cuerpo expuesto, mis nalgas abiertas, mis agujeros humedecidos y a la espera. Se abrió la pantaloneta y sacó su miembro. Estaba duro, rojo y pulsante, con la vena principal hinchada y oscura. Empezó a masturbarse, con movimientos lentos y seguros. Su mano se deslizaba arriba y abajo, frotando la cabeza, apretando la base. Me miraba mientras lo hacía, y sus ojos ardían de una lujuria que era casi una locura.
—Mírame, Helena —ordenó, con la voz tensa por el esfuerzo—. Mírame mientras te pienso. Mientras pienso en tus agujeros que voy a llenar. Que voy a poseer. Eres mía. Toda mía.
Aceleró el ritmo, su mano se convirtió en una mancha borrosa sobre su miembro. Yo no podía apartar la mirada. Era fascinante, ver a un hombre perdiendo el control, viéndolo entregarse a su propio placer, un placer que yo había provocado. Sentí el calor subir de nuevo entre mis piernas, a pesar de la vergüenza, a pesar del miedo.
—Te voy a marcar, Helena —gimió él, y su voz ya no era humana—. Te voy a marcar como mía.
No tardó mucho en comenzar a… a venir. Un chorro espeso y blanco salió de la punta de su miembro, cayendo sobre mi espalda, tan caliente que me hizo gritar. Le siguió otro, y otro, cubriéndome, bañándome con su semilla. Me cayó en el pelo, en el cuello, en mis nalgas, en la espalda baja, justo encima del lugar que acababa de profanar. Era una marca, una declaración de propiedad. Un bautismo de semen.
Cuando terminó, se quedó jadeando sobre mí, apoyando las manos en el banco a ambos lados de mi cuerpo. Me limpió con una toalla, pero su olor, su esencia, ya había impregnado mi piel.
—Ahora eres mía de verdad —dijo, y su voz era un murmullo satisfecho—. Tienes mi olor en la piel. Y pronto, muy pronto, también tendrás mi verga en tu culo.
Me ayudó a vestirme, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acabábamos de hacer. Salí del vestuario tambaleándome, con el cuerpo temblando y el alma en pedazos. Llovía afuera, y las gotas frías me golpearon la cara. Corrí a mi casa. No caminé, corrí. Las gotas de lluvia fría me golpeaban la cara como pequeños puñetazos, como si el cielo intentara azotarme por lo que había hecho. Cada zancada era un intento de escapar, de dejar atrás el olor a semen y a sudor del vestuario, la sensación de su dedo dentro de mí, la imagen de mi mierda en su piel. Pero no podía escapar. Llevaba todo eso encima, como una segunda piel pegajosa y sucia. El olor de Toto se mezclaba con el olor a tierra mojada, creando un perfume de pecado que me perseguía.
La llave temblaba en mi mano cuando intenté abrir la puerta. Casi se me cae. Entré y el calor de la casa me envolvió como una manta húmeda. La casa estaba en silencio. El reloj de la sala daba las campanadas, una por una, y cada una sonaba como una acusación.
Mi padre estaba sentado en su sillón favorito en la sala de estar, con un vaso de whisky en la mano. No leía, no veía la televisión. Solo me esperaba. La luz de una lámpara de lectura lo iluminaba desde un lado, creando sombras largas y retorcidas en la pared, sombras que parecían tener vida propia.
—Donde estabas? —preguntó, y su voz no fue un grito. Fue peor. Fue un murmullo bajo y peligroso, el sonido de una serpiente antes de atacar.
—En… en el colegio. El entrenamiento se alargó —mentí, con la voz temblorosa.
Se levantó lentamente, y el líquido ámbar del whisky se movió en su vaso. Se acercó a mí, y sentí su olor, a tabaco y a poder, un olor que antes me daba seguridad pero que ahora me ahogaba. Me miró de arriba abajo, con esos ojos que parecían ver a través de mi ropa, a través de mi piel, hasta el fondo de mi alma corrompida.
—Frunció el ceño, como un perro de caza que ha husmeado algo que no le cuadra
Mi sangre se heló en mis venas. Él olía a Toto. Olía a mi traición.
—Es… es que me mojé, el profesor Toto me… me dio su abrigo para que no me resfriara —balbuceé, sabiendo que era una excusa patética, una mentira que se desmoronaba antes de terminar de decirla.
Él soltó una risa seca, sin alegría alguna. —¿El abrigo de Toto?
La bofetada me llegó antes de que pudiera reaccionar. No fue una bofetada de enojo. Fue una bofetada de propiedad. Un golpe seco y certero que me hizo girar la cabeza y me dejó la mejilla ardiendo. Me caí al suelo, y la alfombra me raspó las rodillas.
—¡Mientes! —gritó, y por fin su voz se quebró, revelando la furia que contenía—. ¡Te acuestas con ese imbécil de tu profesor! ¿Después de todo lo que te he dado? ¿Después de haberte iniciado en nuestro legado? ¿Te vas con un simple maestro de escuela?
Se agachó y me agarró del pelo, del mismo pelo crespo que Toto había halado con deseo. Me jaló hacia arriba, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos brasas de fuego.
—¿Crees que él puede darte algo que yo no te pueda dar? ¿Crees que sabe lo que es el verdadero poder?
Me lanzó hacia el sofá, y caí de golpe, con el aliento cortado. Él se paró frente a mí, desabrochándose el cinturón. El sonido del metal era como el de una cuchilla desenvainada.
—Te he enseñado a usar la boca, a recibir mi esencia, a ser mi continuidad —dijo, mientras se abría el pantalón—. Pero veo que he sido demasiado blando. Veo que te he dejado creer que tienes opciones. Que puedes elegir.
Se liberó de su ropa, y su miembro, ya duro y furioso, se alzó entre nosotros. No era el miembro paciente y didáctico de las noches de lección. Era un arma. Una vara de castigo.
Él sonrió, una sonrisa cruel y sabia. —Soy tu padre, Helena. Y sé más de lo que crees. Yo te enseñaré a ser la puta de un rey. La puta de tu linaje.
Me dio la vuelta, con una brutalidad que me dejó sin aire. Me puso de rodillas en el sofá, con la cara apoyada en el respaldo y el trasero en el aire, expuesto y vulnerable. Sentí el pánico frío recorrerme. Recordé el dedo de Toto, el dolor, la vergüenza. Pero esto… esto era otra cosa.
Mientras me subía la falda y me arrancaba las panties de un tirón
Sentí la presión de su miembro en mi ano, una presión mucho más grande, más dura, más real que la del dedo de Toto. Era una presión imposible, una fuerza que no podría resistir.
—¡No! —grité, con una voz que no reconocía—. ¡Por favor, no! ¡No puedo!
—Claro que puedes —dijo él, y su voz era un susurro seductor, la voz del diablo—. Tu cuerpo está hecho para esto. Tu sangre te pide esto. Y vas a recibirlo. Vas a recibir todo.
Y entonces, empujó.
No hubo una entrada lenta. No hubo una preparación. Hubo un desgarro. Un dolor tan agudo, tan absoluto, que me arrancó un grito que se perdió en los cojines del sofá. Sentí como si me partieran en dos, como si una vara de fuego me atravesara por completo. Era una tortura, una violación en toda regla. El mundo se redujo a ese dolor, a esa sensación de ser rota, de ser destruida.
Él no se detuvo. Me entró hasta el fondo, hasta que sentí sus testículos contra mi piel. Se quedó ahí, dentro de mí, disfrutando de mi temblor, de mi llanto silencioso. —Ahora sí —gimió, con una voz llena de triunfo—. Ahora sí eres mía. Del todo. ¿Lo sientes, Helena? ¿Sientes cómo te poseo?
Empezó a moverse. Cada embestida era un nuevo dolor, una nueva ola de fuego que me recorría el cuerpo. Pero en medio de ese dolor, algo extraño empezó a pasar. El dolor se fue volviendo familiar, casi… bienvenido. Era el dolor de mi padre, el dolor de mi legado. Era un dolor que me decía quién era yo.


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