El laberinto de tortas
Este cuento me lo envió una seguidora de Ig, cuando le comenté que trabajaba sobre el acoso a niñas por medio de emojis.
Memorias de 2014: El laberinto de «Tortas»
Todo comenzó en 2014, cuando apenas tenía diez años. Recuerdo la euforia de tener mi primera laptop; era una ventana abierta al mundo. Me fascinaba la posibilidad de conocer personas de todo el país, e incluso del extranjero, entablando amistades en México y España.
Sin embargo, el tono de mi aventura cambió el día que una mujer de treinta y cinco años, bajo el seudónimo de Miri Dancer, me invitó a unirme a un grupo de Facebook. Lo administraba junto a una española llamada María Auxi. El grupo se titulaba «Tortas» y era, esencialmente, una comunidad para mujeres lesbianas.
Mi ingreso a aquel entorno, dada mi escasa edad, desató una tormenta de reacciones opuestas. Por un lado, me vi sepultada por una avalancha de mensajes privados de personas que buscaban tener sexo conmigo; algunas incluso llegaron a ofrecerme dinero. Abrumada, acudí a Miri y a Mari Auxi. Ellas expulsaron a las acosadoras, y por un momento creí estar a salvo.
Pero pronto surgió el problema inverso. Un día, saludé al grupo mencionando que escribía desde el recreo del colegio. Aquella confesión desató la furia de otro sector de «Tortas», que se indignó al descubrir a una niña de primaria entre ellas. Miri decidió sacarme del grupo, pero con un plan: debía bloquear a las que se quejaron y reintegrarme bajo un perfil bajo, sugiriendo que era mayor. Acepté.
Seis meses después, apareció Katalina S. Su conversación era magnética. Yo le aseguré que tenía diecisiete años, hasta que un día ella soltó la bomba:
—Vos no tenés diecisiete años. Como mucho, tendrás doce.
El pánico me paralizó, pero Miri me tranquilizó asegurando que con «Katy» no necesitaba fingir. Confié y le confesé la verdad.
—¿Diez años y ya sos lesbiana? ¿Sos virgen? —preguntó ella. A partir de ahí, Katy empezó a sembrar referencias sexuales en nuestras charlas que yo respondía desde mi nula experiencia.
Todo culminó un viernes, el 19 de septiembre. Tras la charla más audaz que habíamos tenido, me preguntó:
—Diana, ¿tenés camarita? ¿No querés que nos veamos?
Inocente, acepté. Finalmente, encendimos las cámaras. Yo vestía mi pijama; ella, un salto de cama muy fino. De pronto, la charla se quebró:
—Diana, si yo te muestro las tetas, ¿vos me mostrás las tuyas?
Me quedé helada, pero ella le restó importancia con una naturalidad aterradora.
—A mí me encantaría que te desnudaras para mí —añadió. Sentí el calor subirme a la cara y ella lanzó la estocada final—: Desnuditas las dos nos podemos masturbar, a ver si acabamos juntas.
El Despertar y la Emboscada
—Es que me enloquecés, Diana —argumentó ella. Yo me reía, sin entender cómo podía estar «caliente» con alguien que ni pecho tenía. Sin embargo, su experiencia se impuso. Siguiendo sus instrucciones, me llevó a masturbarme frente a ella por primera vez.
Fue algo inédito. Días después comprendería que ella me había «calentado» sexualmente. Le seguí el ritmo hasta que una satisfacción desconocida me invadió. Antes de que ella reaccionara, apagué la cámara y solté un alarido de placer. Mi madre entró al cuarto alarmada y le mentí diciendo que me había golpeado el dedo del pie.
Pasaron tres días de miedo antes de que me atreviera a entrar de nuevo a «Tortas». El viernes siguiente, Katy se conectó y me escribió por privado:
—¡Tuviste tu primer orgasmo, mi amor! ¡Tengo que cogerte!
—¿Es en serio? ¡Tengo diez años nada más! —le dije riendo.
—Es que te amo y no puedo contenerme —sentenció ella.
Finalmente, cedí. Le dije que los viernes mi mamá no estaba en casa. Le pasé mi dirección y solo quedó esperar a ver qué sucedería.
El Encuentro: La pérdida de la inocencia
Cerca de las trece horas de aquel viernes, divisé un Peugeot 504 frente a mi casa. Era Katy. Bajó del auto cargando un bolso con comida, bebida y whisky.
—Traje esto para que no tengas problemas con tu mamá si falta comida —dijo con frialdad técnica.
Le pedí cinco minutos para ducharme, pero ella entró desnuda a la bañera conmigo. Sus manos despertaron en mí un estremecimiento desconocido. Me pidió que saliera y me quedara desnuda; tenía un regalo: un body erótico confeccionado a mi medida. Me lo puso y me dio a probar whisky con Coca-Cola.
Se sentó a la mesa y me atrajo hacia ella. Sus caricias traspasaban los límites; buscaba mi lengua y, aunque al principio me resistí, mis defensas terminaron por desmoronarse. Le devolví un beso profundo. Ese fue el permiso para todo lo que ocurrió durante las siguientes dos horas en mi cama.
Katy se desplazó sobre mi cuerpo con maestría profesional. Sus dedos y su lengua me llevaron a un estado de trance. Cuando llegó el orgasmo, solo alcancé a suplicar que no se detuviera. El resto de la tarde fue una repetición: ella me pidió que imitara sus movimientos en su cuerpo. Lo hice, y aunque yo era una niña, ella alcanzó su clímax.
Repetimos el acto cinco veces más. Antes de marcharse, me lanzó una promesa final:
—La próxima vez, te voy a penetrar.
Me selló los labios con un último beso, puso primera y se perdió en la calle, dejándome sola con el peso de lo sucedido.
FIN


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