• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Relatos Eróticos
    • Publicar un relato erótico
    • Últimos relatos
    • Categorías de relatos eróticos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Publicar Relato
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (4 votos)
Cargando...
Dominación Mujeres, Fetichismo, Infidelidad

El negrote Johan ¿y primera infidelidad? Parte 1

Esta es la anécdota en un viaje que tuve de estudiantes, a una playa; donde fui con mi mejor amiga y dos amigos de otro curso. Y tuve una experiencia única que marcó toda mi vida al pasar esa línea de mis propios prejuicios y del qué dirán..
Parte 1

¡Hola! Gracias por leer mi relato.

Me voy a presentar para ti, tanto personal como físicamente. Mi nombre es Victoria Gemma, tengo actualmente 21 años y soy de Colombia. Cumplo el 14 de febrero, soy del signo Acuario y mido 1,55 m (5’1″).

Mi tez es blanca, mi cabello es negro y me gusta mantenerlo largo. Realmente no tengo idea de cómo describir mis labios, pero, en lo que cabe, diría que son normales. Mis ojos son de color café, algo claros.

En cuanto a mi contextura, diría que estoy dentro de lo normal. Tengo “cuerpito”, como dirían, hay de dónde agarrar. Tengo senos copa E y unas nalgas que considero bastante bien formadas. Todo esto me hace sentir a gusto conmigo misma, ya que me gusta mirarme en el espejo y ver lo “buenota” que estoy.

Pero lo que les voy a contar es de mucho tiempo atrás. En ese entonces tenía una contextura diferente a la que tengo ahora.

Era delgada y, aunque sí tenía algo de nalgas, no tenía los senos que tengo hoy. De hecho, hasta me asustaba pensar que no crecerían y que me quedaría con unos “limones” de por vida.

Si hay algo que siempre me caracterizó, y que sigo teniendo, es mi carita de “angelita”, ya que muchas veces me ha ayudado a salir de problemas o a conseguir lo que quiero. Yo soy la última persona de la que los demás sospecharían, porque incluso mi forma de tratar a los demás es demasiado tierna y cordial.

Por eso, hasta mis familiares me tienen —metafóricamente hablando— en un altar, sudando agua bendita. Y la verdad es que antes sí lo era: yo era muy angelical, hasta que conocí a alguien que me volvió loca y sacó mi lado de diablilla.

Todo empezó a finales del 2019. Se organizó un viaje a una playa para todos los que estudiábamos, con una duración de dos días y una noche, noticia que me hizo mucha ilusión.

Todas y todos hablábamos sobre aquel evento: cómo nos organizaríamos y con quién iríamos. Yo lo tenía súper claro: quería ir con mi novio.

Yo hablaba de eso con mi mejor amiga, a quien aquí me referiré como “Angy” para mantenerla en el anonimato. Ella me preguntó a quién llevaría, si acaso iría acompañada por algún familiar, a lo que le respondí que no tenía intenciones de irme a la playa con un familiar; yo quería irme con mi novio.

Algo que a ella le emocionó mucho, y me dijo de forma coqueta:

—¡Uy, loquilla! Ya veo cuáles son tus intenciones, eres una desgraciada.

—Aprendí de la mejor —le respondí, vacilona.

Y es que, en cierta forma, sí: yo me había dejado influenciar bastante por ella, pero aun así no rompía los récords ni las locuras que había hecho Angy. Solo me había vuelto un poco más “avispada”, aprendí a responder con groserías y a hacer burlas o comentarios con doble sentido, cosas que no hacía antes de conocerla.

—¿Y tú? ¿A quién piensas llevar? —le pregunté mientras la miraba fijamente.

—A un buen amigo que tengo —me respondió de inmediato, mirando su celular.

—¡Uh! ¿Y quién será ese amiguito? Con tantos “amiguitos” que tienes y me cuentas, ya no sé de quién hablamos —le dije.

—Tú sí eres sapa pelada, jajaja —me dijo mirándome fijamente a los ojos y riéndose—. Es el “man” de Parra.

Me quedé callada. “Mierda… ¿ese?”, pensé.

Yo ya lo conocía. Era un muchacho que solía ver en los recesos de clases. Siempre andaba acompañado de otros dos chicos que eran entre cuatro y cinco años mayores que nosotras, en especial de uno que nunca faltaba: un “negrote” llamado Johan. Este último era seis años mayor que mi amiga y yo.

Y le digo “negrote” porque era enorme: medía 1,90 m, y yo quedaba súper pequeñita a su lado. Aparte, era muy futbolero; casi siempre que lo veía estaba jugando fútbol o sudado por el deporte. Era imposible no notar su cuerpazo: aunque era algo delgado, estaba acuerpado de forma natural. Tenía músculos, pectorales normales —ni exagerados ni muy pequeños— y un abdomen bien marcado, que daba a notar sus cuadritos.

Tuve el placer de conocerlo porque Angy se juntaba con casi todo el mundo y, por ende, a mí también me tocaba presentarme con ellos. Solo que con estos últimos Angy se acercó mucho más.

La cuestión es que Johan siempre me pareció súper gracioso. Conmigo salía con cualquier ocurrencia que me mataba de la risa. Aunque, siendo sincera, al principio yo tenía cierto recelo hacia los negros; no me agradaba acercarme a ellos ni que se me acercaran. Pero Johan fue rompiendo ese hielo poco a poco.

Después, hasta yo misma empecé a hacerle alguna broma o comentarios de amigos, e incluso muchas veces le tocaba el cabello. Ese cabello “afro” con el que se hacía todo tipo de looks, en especial trenzas. Había peinados que le quedaban muy bien y me gustaba cómo se le veían, y cuando ya tuve esa confianza de amiga, se lo hacía saber con elogios.

Muchas veces lo analizaba más de cerca: esos labios carnosos, esos ojos pequeños y negros con pestañas increíbles. ¡Dios mío! Qué pestañas tan tupidas y qué buenas cejas, que por lo general siempre estaban perfectas porque se las cuidaba. También me llamaban la atención las manotas que tenía; algunas veces me las ponía en la cara y literalmente me la tapaba toda, y aún le sobraban dedos.

Recuerdo que, justamente por eso último, ya empezaban a llegarme pensamientos medio obscenos con Johan, pero una parte de mí los eliminaba rápido. ¿Dónde una chica como yo, de tez blanca, iba a meterse con un negro? Y más siendo yo tan pequeñita al lado de ese “negrazo”, ¿cómo nos verían juntos por la calle?

Y peor aún, mostrárselo a mi familia, ya que una parte de ellos es hasta racista y no les agradan los negros. Ellos esperan que yo esté con un blanco como novio, novio que, justamente, tuve dos meses después de haber conocido a los amigos de mi mejor amiga, incluido Johan.

Cuando se supo la noticia de que yo tenía novio, todos a mi alrededor se enteraron, en especial Johan. Obviamente, me hizo comentarios al respecto; uno de ellos fue:

—Pensé que no me ibas a ser infiel.

Yo, riéndome y con cara de extrañada, le respondí:

—¡Ve! Yo y usted somos amigos, nada más.

Pasaba más tiempo con mi novio y, por eso, me alejé un poco de esos chicos y, por ende, de Johan, aunque no fue del todo. De igual manera, nos saludábamos o intercambiábamos algún comentario rápido e increíblemente, en ese poco tiempo siempre se mantenía esa química de hacerme reír con cualquier cosa u ocurrencia.

Me daba cuenta de cómo, a veces, estando yo con mi novio, él pasaba, me miraba y esperaba que yo lo viera para saludarme y que le devolviera el saludo.

Un día, mientras mi novio y yo estábamos acostados compartiendo unos cariñitos, noté que Johan me observaba y fue tan descarado que me llamó con tanta insistencia desde donde él estaba. Yo fui, dejando a mi novio por un momento, pensando que era algún mensaje importante de mi amiga para mí o algún “chismesito” que me correspondiera. Pero no: solo era para saludarme y abrazarme bien fuerte.

Eso no le agradó a mi novio y le causó algo de celos, pero yo le dejé claro que Johan era solo un amigo, que lo conocía desde hace rato y que así era su forma de tratar. También le dejé claro que solo lo amaba a él.

Lo convencí, como siempre; tenía ese poder con mis encantos y mi carita. Y no mentía: yo amaba bastante a mi novio.

Bueno, después de la información de mi amiga pensé que, a lo mejor, Johan no iba a ir. ¿Cómo iba a terminar yendo a la playa acompañando también a su amigo?

Me fui a casa sola, porque mi novio había salido muchas horas antes. Al llegar, le empecé a escribir contándole sobre el viaje y diciéndole que quería que fuéramos juntos. Tardó en responder, así que después de un rato lo llamé, pero no obtuve respuesta.

Eso me frustró bastante. Ya teníamos algunos problemas en la relación desde hacía meses; sentía que le prestaba más atención a sus videojuegos y a sus amigos que a mí. De hecho, ya había tenido inconvenientes por encontrarlo en salas de videojuegos, muy concentrado y riéndose con amigos. Sabía que, cuando no lo veía, pasaba lo mismo, y por eso no me respondía rápido.

“Sería maravilloso, mi amor ❤️”
“Igual ya te confirmo bien, porque no sé si mi mamá vaya a ir a una cita médica importante ese día”, me escribió horas después por chat.

Le respondí: “No te preocupes, bb. Ojalá sí podamos irnos juntitos a pasar en la playita”. Después seguimos chateando de otras cosas.

Así pasaron los días. Un día antes del viaje, pasé por la casa de mi novio para hablar con él en persona, aunque en realidad fui más con la intención de encontrarme con mi suegra y preguntarle por su salud y sus exámenes médicos, porque tonta no soy.

Y se dio justo como quería: saludé primero a mi suegra y, antes de que ella llamara a mi novio —sin saber que nosotros éramos novios—, le saqué la información. Solo con ver su cara de extrañeza supe que él me había mentido. Me fui de ahí muy molesta y completamente destrozada.

Llegué a casa llena de rabia. Quería terminarlo, así que lo primero que hice fue mandarle un mensaje dejándole en claro que ya sabía que su mamá no tenía nada y que, seguramente, solo había buscado una excusa para no ir conmigo, demostrando que amaba más a sus videojuegos que a mí. Al final le escribí: “No quiero saber nada de ti nunca más, ¡jódete!”.

Lo bloqueé de mis redes sociales. Estaba muy molesta y ya sabía que ese viaje tendría que hacerlo sola. Lo único que hice después fue desahogarme con mi amiga en una llamada, contándole todo lo que me había hecho ese muchacho.

Llegó el día y me encontré con mi amiga en la ubicación donde tres buses listos nos iban a llevar a todos los estudiantes. Ahí estábamos, con nuestras mochilas, sin subirnos todavía porque ella estaba esperando al chico que había invitado.

Pasó un poco de tiempo y, mientras hablaba con ella, por mi espalda apareció su chico… y, para mi sorpresa, Johan también había llegado. Ambos me saludaron con un beso en la mejilla, aunque Johan me sostuvo de una forma un poco más cariñosa. Pensé que quizá era mi imaginación, porque su trato siempre había sido así.

—¿Cuándo no? Las novias juntas —les dije, en tono burlón.

Johan se me gozaba y respondió:
—Yo voy a ver si me consigo una extranjera guapísima que me dé papeles para salir del país y, de paso, a ver si no te lleva el mar, chaparrita.

—No necesito salvavidas personal, muchas gracias. Como si fuera tan tonta de meterme hasta el fondo… con la orillita estoy bien —le respondí.

—¿Entonces para qué va a la playa? ¿Solo a mojarse los pies? —me dijo.

—También voy a ver extranjeros, a ver si me sacan del país —se la devolví.

—¡Epa! Allá las extranjeras van más porque quieren probar a un negro sabroso como yo. Voy a estar en mi gallinero. ¿Y usted qué habla de hombres extranjeros? ¿Y el respeto por el novio? —me preguntó.

Yo me subí al bus sin decirle nada. Por un momento me había olvidado de mi novio, y esa pregunta me fastidió.

Y así empezó el viaje. La suerte estuvo tan de nuestro lado que la parte que nos tocó, la de atrás, estaba completamente vacía; las tres últimas filas del bus no tenían a nadie.

Yo, como andaba algo fastidiada, me fui hasta la última fila. Quería escuchar música mientras miraba el paisaje. Después de una hora de viaje, Johan se me acercó. Me quité los audífonos para ver qué quería y me preguntó, muy respetuosamente, qué había pasado con el tema de mi novio y su ausencia en este viaje, mientras me ofrecía unos helados.

Ahí fui contándole todo lo que estaba pasando en mi relación: desde cuándo y por qué se había ido arruinando, y lo último que le había dicho a mi novio por chat de texto.

Entonces me dijo:
—Entonces vamos los dos solteritos a la playa.

—Yo no, yo aún sig… —no pude terminar la frase.

—No, no. Discúlpeme. Así como usted le puso y le escribió a ese “man”, eso ya fue terminarlo definitivamente. Y está bien que haya terminado a ese maricón. ¿Cómo se va a portar así, teniendo una mamacita como usted de novia? Uff… es para que se olvide de los jueguitos esos y pasemos jugando de otra forma todos los días —me respondió, firme y algo coqueta.

—¡Oye! Jajaja, tampoco así. Es que estaba muy molesta y le mandé lo último sin pensarlo, llevada por el coraje —le dije.

—Igual no está bien que usted le aguante tanta “huevada”. ¿Qué es mejor que pasar con la novia en la playita, en un hotel o en una cabañita arrendada, y estar juntitos a solas? —me dijo, mirándome de reojo.

Luego me soltó un:
—Ahí… uff, la culeada que le daría —añadió, coqueteando y burlón, mientras me volteaba a ver.

Yo, mirándolo y riéndome, le dije:
—Qué asco. Tú solo piensas en sexo, andas re hormonal.

—¡JAJAJAJA! —se rió—. Yo solo digo lo que yo, en ese caso, haría cumpliendo el papel de su novio.

No voy a mentir: mi imaginación ya estaba armándome una escena, y curiosamente más con la última parte que me había dicho. Pero llegó ese instante en el que mi lado decente reaccionó, obligándome a dejar de pensar en esas cosas y a mantener la compostura.

—¿Se da cuenta? —me preguntó, de pronto.

—¿Qué? —le respondí, mirándolo a los ojos.

—Mire que no fue malo que yo haya venido de colado. Después iba a pasar usted solita —me respondió, cambiando el tema.

—Tienes razón, muchas gracias por ser un colero de viajes —le respondí, burlándome.

Pasamos el resto del viaje hablando de otras cosas y ya después se incorporaron a las pláticas mi amiga Angy y el otro chico Parra… hasta que llegamos.

Buscamos un comedor, comimos y luego pasamos un rato viendo la playa mientras los chicos se encargaban de buscar hospedaje. Cuando por fin lo encontraron, fuimos a dejar nuestras cosas.

Eran una especie de cabañas que contaban con una gran piscina en el patio. Nos tocaría compartir el cuarto los cuatro. Obviamente, la intención de los chicos era dividirnos en dos cuartos, pero eso a mí me parecía raro, y a mi amiga también. Así que, por nuestro descontento, se decidió quedarnos todos en un solo cuarto.

Acto seguido salimos a lo que habíamos ido. Los hombres se metieron al mar, mientras mi amiga y yo nos quedamos en la arena tomando algo refrescante. Cuando los chicos venían hacia nosotras, supuse que querían meternos al agua. Me levanté antes y salí corriendo para escapar, mientras veía cómo Johan atrapaba a mi amiga. Yo por suerte logré esconderme; no tenía ganas de meterme a la playa en ese instante.

Más tarde volví al hospedaje y me senté en el filo de la piscina, con los pies dentro del agua. Al rato llegaron los muchachos y mi amiga; se quitaron la sal y la arena del mar en las duchas y luego se metieron a la piscina. Ya era tarde, casi estaba oscureciendo.

Entonces vi a Johan quitarse la pantaloneta, quedándose solo con su ropa interior antes de meterse a la piscina. Usaba un bikini negro para hombres. Debería haber pensado primero en lo extraño que era ver a un hombre usando ese tipo de prenda hoy en día, pero no. Lo primero que llamó mi atención —y me hizo desconectar el cerebro— fue el paquete que se le marcaba bajo la tela.

Mi mente hizo comparaciones que no debía: la verga de mi novio frente a la de él. Siempre se dice que las vergas de los negros suelen ser enormes, y yo tenía la duda de si aquello que estaba mirando fijamente yacía despierto o dormido. Pensé que quizá se veía así porque sí estaba despierta, presionando la tela de su ropa interior.

Pero de pronto hizo un movimiento: con una mano se acomodó la ropa interior y, enseguida, se lanzó de clavado al agua.

Eso fue suficiente para darme cuenta de que aquello que tenía entre las piernas no estaba despierto… y, aun así, mi cabeza ya iba por otro lado. Me llegaron pensamientos nada santos y vulgares, mezclados con la imagen de su cuerpo delgado, marcado y firme.

Ese lado mío que siempre me frenaba intentó reaccionar, obligándome a borrar esas ideas y volver a la realidad. Pero esta vez fue distinto: eran demasiados pensamientos, y resultaba muy difícil soltarlos.

Después de eso, mientras los chicos estaban en el agua, empezaron a hablar de salir esa noche a bailes nocturnos y, claro estaba, a tomar.

Yo seguía distraída, sentada en el filo de la piscina, cuando Johan lo notó y, con una rapidez que no me dio tiempo a reaccionar, me metió al agua. Me asusté de inmediato, ya que no sé nadar, y para colmo me llevó hacia una parte más profunda. Empecé a desesperarme.

Entonces intentó calmarme, pegándome bien a su cuerpo, y yo quedé aferrada a él —como un monito a su árbol— abrazándolo con todas mis fuerzas para no ahogarme. Mientras los demás se reían, yo cerraba los ojos con pánico.

—No sé nadar, Johan, ¡No sé nadar! No me suelte —dije con los ojos completamente cerrados

—No puedo creer que no sepa nadar. Venga, yo le enseño —me dijo.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡SÁQUEME DE AQUÍ, ME VOY A AHOGAR! —le supliqué, gritando.

—Confíe en mí, la voy a “cuchar” para que pierda el miedo —me dijo, riéndose.

—¡NOOOOO! YO N… —no alcancé a terminar.

En ese instante me sumergió haciendo como una sentadilla, saliendo del agua casi al mismo tiempo. Quedé impactada, sin saber de dónde agarrarme.

Cuando sentí que otra vez bajaba para volver a zambullirme, empecé a patalear y a pegar con todo lo que podía. En una de esas, mi rodilla le dio directo en la zona íntima.

Él reaccionó de inmediato, llevándome al filo de la piscina, pero con una mueca de dolor marcada en el rostro.

—Lo siento… ¡LO SIENTO MUCHO! —le dije con toda sinceridad, mientras los demás se gozaban la escena.

—No te preocupes —respondió, dándome la espalda y agachándose algo por el dolor.

Ya cuando me sentí a salvo, mi cerebro me regresó a la parte del golpe que le había dado con la rodilla a Johan… y a lo que sentí al hacerlo: un gran y buen pedazo de carne.

Ya al salir todos de la piscina, nos fuimos a bañar al hospedaje. Primero se bañó el chico que invitó mi amiga, mientras los demás esperábamos viendo una película en el televisor. Al rato, cuando él salió y se vistió, se le pidió que se adelantara y buscara dónde hubiera un buen baile y acto seguido, nos enviara un mensaje para no perder tiempo.

En sí, yo iba a bañarme con mi amiga, pero por haberme ido a ver qué menú había en el hospedaje para la noche, me tocó esperar.

Mi amiga salió y yo entré al baño, creyendo que ella me esperaría hasta que yo terminara para irnos juntas y no dejarme sola con Johan, aunque admito que había una pequeña parte —como una semilla— que ya se había introducido en mí, pensando que la idea no estaría tan mal para ver qué pasaba. Aun así, yo peleaba por no hacerle caso.

Cuando salí del baño, mi sorpresa fue tal al darme cuenta de que mi amiga sí se había ido y yo estaba sola con Johan, quien yacía acostado viendo la TV, aún en ropa interior. En eso caminé hacia mi mochila para sacar ropa y, para no darle la espalda, me puse frente a él mientras buscaba, y fue entonces cuando vi que empezaba a tocarse el paquete con tanta delicadeza.

—¡Auch! Usted sí me pegó fuerte a mi amiguito —me dijo mientras seguía tocándose lentamente.

—¡AY! ¡Ya te pedí perdón! —le respondí.

—Yo sí te perdono, pero mi amiguito no está muy bien con ese perdón —me dijo, mirándome fijamente.

En ese momento, esa nueva parte de mí se adelantó, dándome la respuesta rápida en mi cabeza con lo que tenía que decirle, pero mi otra parte, la sensata, no lo permitía. Si yo lo decía iba a estar tan mal que me estaba dando yo misma en bandeja de plata. Pero, increíblemente, quise jugar con fuego e hice la pregunta, dejando de lado mi parte sensata.

—¿Y qué quiere que haga tu amiguito para que ya me perdone? ­—se lo dije sensual y suavemente.

Me encendió tanto saber que acababa de regalarme para él y que, por primera vez, hice caso a ese lado mío que me venía hablando desde dentro.

Él, sabiendo que ya me tenía donde quería:

—Unos masajitos de parte suya no estarían mal, o quizás con solo unos besitos se conforma —me dijo, mientras yo veía claramente que empezaba a tener una erección.

Esa misma parte de mí quería hacerlo: acercarse y pagar la deuda. Me estaba costando controlarme. Pero volví a tomar el control y, para librarme de todo, le dije:

—JAJAJA, ¡sí, claro! Yo voy a hacer eso. Tan delicado y crédulo tu amiguito.

Agarré mi ropa y caminé hacia el baño.

Justo cuando me daba la vuelta para cerrar la puerta, vi la última escena: cómo se hacía a un lado la ropa interior y quedaba con esa verga negra en la mano, sujetándola. Cerré la puerta, pero no podía concentrarme mientras me vestía; estaba algo caliente y lo noté en mi parte íntima. No sabía qué me esperaba al salir del baño.

Cuando terminé de vestirme, me llené de valor, salí y lo vi igual que antes, solo que esta vez con esa verga negra completamente enorme, masturbándose. Me fui a una esquina para tratar de ponerme las zapatillas de salir. Yo intentaba no mirarlo mientras se masturbaba, pero ¡maldita sea!, me ganaron las ganas de verlo un ratito, y para desgracia mía, él se dio cuenta de que lo había vuelto a mirar. Me quedé observando esa escena como una estúpida, quieta, durante unos segundos, y le dije algo burlona, riéndome:

—¿Qué chucha haces? —mientras cruzaba los brazos.

—Dándole un cariño a mi amiguito —respondió, mientras seguía moviendo la mano.

—¿Delante mío? ¿No tienes otro tiempo o lugar? —le respondí.

—Ya toca, ya que usted no quiso hacerlo después de haberme golpeado —me dijo, coqueteando.

—¿Quién te manda a llevarme al fondo de la piscina y no sacarme rápido sabiendo que no sabía nadar? —le dije, sin dejar de mirar lo que hacía.

—Bien dicen que el comedido nunca sale con la bendición de Dios. Yo quería enseñarle a nadar, pero ya ve lo que recibí a cambio —decía, mirándome a mí y luego a su verga.

Quedamos en silencio, solo observándonos. No sé qué cara habré tenido, porque mis pensamientos estaban puestos en esa vergota negra que ya me parecía demasiado apetitosa, cuando de pronto lo escuché decir:

—¿Le gusta lo que ve?

Lo miré fijamente y luego sonreí, desviando la mirada hacia otro lado. Me quedé unos segundos observando ese punto cualquiera y después volví a mirar esa verga directamente.

—Esa cosa tuya es un monstruo… ¿cuánto te mide esa cosa? —le pregunté.

—No tengo idea. ¿No quiere medírmela usted y nos sacamos la duda? —me respondió, mientras se acomodaba sentándose en la cama, recostándose contra la pared.

—¡Estás loco! Jajaja. No me pienso acercar a ti —respondí al instante.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque puede pasar algo —le dije, casi sin fuerzas para hablar.

—¿Qué cree usted que pasaría? —respondió, y vi cómo hizo que su verga se moviera sola, arriba y abajo, sin necesidad de usar las manos.

Eso me volvió loca. Si ya estaba algo caliente, eso terminó de hacerme perder la dignidad. En ese instante dejé que ese lado nuevo mío de perra en celo tomara el control y solté, sin pensar:

—Que te mida esa vergota con mi lengua.

Ya me daba igual lo sensual y coqueta que sonó. Yo ya me había regalado, y él lo sabía. Entonces se movió un poco más hacia el centro de la cama, y yo me acerqué lentamente.

Me puse frente a él; ya no me importaba nada.

—Voy a darle una disculpa a tu vergota para que me perdone —le dije, mientras miraba fijamente su verga negra, atontada.

—Sí —me respondió casi en un susurro.

—Haz saliva en tu boca y después te la escupes —le pedí, mientras ponía mis manos en sus muslos e iba inclinándome.

Yo también estaba acumulando mucha saliva en la boca, hasta que vi cómo él escupía toda la saliva en la puntita de su monstruoso amigo. Justo esa era mi idea, y al rato hice lo mismo yo. Empecé a chupársela con nuestras salivas mezcladas.

Estaba hipnotizada con esa verga negra, brillando con nuestras salivas y el reflejo de la luz del televisor. Aparte tenían algo sus vellos “afros” completamente intensos de color negro, decorando su aparato que me encantaba, y ver uno que otro fluido quedado atrapado en la superficie de estos, me daba tanto morbo. Era especial.

No podía tragármela toda. Yo estaba desesperada, besando y chupando por todos lados esa verga, dejándosela bien babosa. Bajé incluso para escupirle las bolas y lamerlas.

Después él me alzó el rostro para darme un beso apasionado y, al volver a chupársela, me di cuenta —viendo mi mano recorriendo todo su vientre negro— de que acababa, por primera vez, de doblegarme ante un negro; algo que años atrás te habría jurado que nunca iba a pasar.

Seguí dándome gusto con esa vergota negra. Era la primera vez que tenía algo tan enorme en la boca. Me incliné más y le dije, súper excitada:

—Vamos a ver cuánto mide esa cosa rica con mi lengua.

Empecé a darle lengüetadas de forma horizontal a su verga: una lengüetada, dos lengüetadas, tres, cuatro, cinco, seis, y una última, porque quedaba un poco más.

Después metí su verga al costado de mis cachetes, por dentro, hundiéndome con fuerza, como si fuese un cepillo de dientes. Yo estaba completamente perdida en mí misma. Lo escuchaba gemir tan rico.

En eso me sacó su verga de la boca y me la dio contra los cachetes por fuera, para luego volver adentro. Noté que intentaba ver hasta dónde podía metérmela y cuál era mi límite, pero yo no podía mucho porque me ahogaba. Cuando la expulsé de mi boca porque ya no podía respirar, la miré y, ¡Dios!, lo apetecible que se veía era algo imposible de comprender. Volví a mamársela y a escupirla con demencia.

—Ufff, mi amor, cómo te gusta mi verga. Y qué bien la sigues chupando —me decía, con una voz gruesa y ronca.

En eso se levantó y me apegó a él. Me dio la vuelta y me soltó una nalgada. Como yo tenía un short jean, me lo bajó rápido junto con la ropa interior. Empezó a mover su verga negra y a tocarme las nalgas con ella; era obvio lo que seguía a continuación, no dejaba de pensar que estaba a punto de recibir mi primera verga negra y, siendo sincera, con ese tamaño, hasta de ser destruida. Entré en nerviosismo total.

Sentí toda su verga mojada por los fluidos y me empinó un poco, ya queriéndomela meter, restregándola entre mis labios vaginales. Sentí la punta, con mi chepita bien mojadita, y en ese momento me asusté horrible porque recordé que no tenía condón. Me la iba a meter así y podía incluso dejarme preñada. ¡Preñada por un negro que no era mi novio, solo un amigo!

Logré reaccionar y le quité mi chepita de su verga a tiempo. Me di la vuelta y le pregunté:

—¿Tienes condones?

—No, no tengo ninguno —me dijo, desesperado.

—Entonces no. Yo sin condón no hago nada.

—Déjame solo la puntita, no te la meto toda, te lo juro. Si llego a sentir que me voy a venir, te la saco —me dijo.

Una parte de mí sí quería sentir esa vergota negra al natural dentro de mí, pero era correr demasiados riesgos.

—No, Johan. Yo no hago nada sin condón.

—No seas así, mi amor. Estaba tan rico… ¿segura que no quieres sentirla dentro de ti? —me preguntó.

—Sí, pero no. Discúlpame, yo no lo hago sin condón. No quiero quedar embarazada —le respondí.

—Termino afuera, te lo juro —me prometió.

—¡No! Lo siento, Johan, no insistas —lo miré fijamente, acerqué su rostro y le di un pico en la boca.

Entonces me agarró y me dijo:

—¿Y por el otro lado? ¿Podemos?

—¿Qué? ¡¡¡NOOO!!! —le dije, impactada por la petición.

—Ahí no quedas embarazada y no me dejas con estas ganas que cargo —me dijo, mirándome fijamente a los ojos.

Yo ya lo había hecho por ahí antes con un novio que tuve, pero no me gustaba ese sexo para nada. No era de mi agrado y, aparte, por el tamaño de la verga de Johan me daba aún más miedo; pensaba que a lo mejor me iba a lastimar.

—¿No hay un lubricante? —le dije, tratando de no darle un “no” por respuesta y no hacerlo sentir mal.

—Hay un aceite de coco que vi que tiene Angy —me dijo, convencido.

—¿Y eso sirve? —pregunté.

—¡Claro! Espéreme —me respondió, ya moviéndose a buscar el aceite.

Yo dije en mi cabeza: “Mierda, estoy jodida”. Ya me tocó aguantar por ese lado por dármela de muy “macha” y no decirle “no”. Estaba esperando nada más a que encontrara el aceite para resignarme y darle mi culito para contentarlo, aunque no me gustara ese sexo.

En eso sonó mi celular. Contesté y era Angy, preguntándome dónde estaba yo, porque ya era rato de que saliera y estuviera por allá en el baile.

—¡Ya voy, ya voy saliendo! Dame la dirección y dime qué discoteca es —le dije.

En eso vi que Johan venía con el aceite en la mano.

—Ya Parra va para allá; va a ver más dinero y te vienes con él —me dijo Angy.

Me despedí de ella y le conté a Johan que su amigo ya estaba por llegar.

—Entonces tenemos muy poco tiempo. Un rapidito y ya —me dijo.

—¡Ya! Está bien—le dije, muerta de miedo por dentro.

—Ya, mi amor, entendido —me respondió mientras procedía a darme la vuelta.

Yo me bajé el short esta vez con bastante temor, tanto que el cuerpo empezó a temblarme, y él terminó de bajarme la ropa interior. Me empinó en la cama y empezó a tocarme ahí atrás con las yemas de los dedos, poniéndome primero el aceite. Volteé a ver y empezó a untarse el aceite en la verga, a lo que yo, suplicando, le dije con voz suave:

—Métamela suavecito, por favor.

Rozaba la punta de su durísima verga por todo mi culito; sentí claramente cómo iba intentando entrar.

¡PUM, PUM! Sonó la puerta. Rápidamente me acomodé la ropa interior y el short, y con mi mano limpié los fluidos que aún quedaban en mi boca. Vi cómo Johan entraba en rabia y frustración. Ya se iba a meter al baño cuando lo agarré y le di un beso apasionado, para agradecerle la experiencia y tratar de motivarlo.

Johan se metió al baño. Yo abrí la puerta y entró Parra, preguntando por su amigo y cuánto tiempo llevaba bañándose. Agarró su dinero y salimos juntos a la fiesta nocturna.

Mientras caminaba, iba con la sensación de que me había quedado aceite allá abajo y el sabor de la verga negra de Johan aún en la boca, incluso su olor… cosa que me volvía otra vez caliente.

Por ahora lo dejaré aquí. Espero que les haya gustado. Subiré la segunda parte pronto, así que déjenme saber si les gustó para ver si les comparto más contenido. Gracias por leerme.

117 Lecturas/15 enero, 2026/0 Comentarios/por Victoria2004
Etiquetas: amiga, amigos, amiguito, infidelidad, mayor, mayores, playa, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Mi primo me inicio en el sexo 2
Modelo de Webcam y Dos Niños Jóvencitos
UN SUEÑO QUE DESEO HACER REALIDAD
POR EMBRAMADA
Mi hijastra tiene el sueño muy pesado
Infiel
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar Relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.357)
  • Dominación Hombres (4.085)
  • Dominación Mujeres (3.002)
  • Fantasías / Parodias (3.261)
  • Fetichismo (2.709)
  • Gays (22.099)
  • Heterosexual (8.240)
  • Incestos en Familia (18.237)
  • Infidelidad (4.511)
  • Intercambios / Trios (3.136)
  • Lesbiana (1.157)
  • Masturbacion Femenina (992)
  • Masturbacion Masculina (1.902)
  • Orgias (2.054)
  • Sado Bondage Hombre (449)
  • Sado Bondage Mujer (183)
  • Sexo con Madur@s (4.300)
  • Sexo Virtual (265)
  • Travestis / Transexuales (2.434)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.514)
  • Zoofilia Hombre (2.208)
  • Zoofilia Mujer (1.670)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba