El origen de la grieta
Yo tenía veintisiete años cuando conocí a Valeria. Ella apenas tenía veinticuatro y me miraba como si yo fuese todo lo que alguna vez había deseado. Tenía esa mezcla peligrosa entre arrogancia y fragilidad que te obliga a quedarte, aunque sepas que estás jugando con fuego..
Nos encontramos en un café abarrotado. Valeria no fingía nada: estaba de pie, con un cuaderno bajo el brazo, esperando su café. Yo llevaba mi cámara colgando al cuello, y cuando nuestras miradas se cruzaron, fue como si el lente enfocara por primera vez después de mucho tiempo.
Nos enamoramos rápido. Demasiado rápido.
Era sexo contra la pared. Valeria me mordía el labio hasta hacerme sangrar, como si quisiera dejar su marca adentro y afuera. Yo le devolvía la violencia con ternura, convencida de que la intensidad era lo mismo que el amor.
Durante años vivimos de esa llama. Teníamos todo lo que dos mujeres jóvenes podían desear: libertad, un apartamento pequeño donde las sábanas nunca alcanzaban a secarse del todo, y una complicidad que a veces dolía de tan honda.
Pero el fuego también consume.
Valeria empezó a necesitar más. Más de mí. Más de todo. Se volvió exigente, celosa, como si mis ojos fueran una ofensa cada vez que miraban más allá de ella. Yo, que siempre había vivido entre luces y sombras, empecé a sentir que la estaba asfixiando sin querer… o que ella me estaba asfixiando a mí.
Tenía veintinueve cuando me atreví a decirlo:
—Nos estamos apagando, Valeria.
Ella rió, pero no era risa. Era un filo de dolor disfrazado de burla.
—¿Apagando? No seas ridícula. Tú simplemente quieres mirar a otra.
Tal vez tenía razón. Tal vez mis ojos ya habían empezado a buscar algo que Valeria no podía darme. Pero no era otra mujer lo que yo quería: era aire. Espacio. El derecho a no ser consumida por completo.
Las discusiones se volvieron rutina, tan habituales como las caricias alguna vez lo fueron. Teníamos veintinueve y veintiséis, y ya hablábamos como dos viejas cansadas que habían agotado todo lo que podían ofrecerse.
La noche en que terminé de entenderlo, Valeria me miró con un odio que nunca había visto en ella:
—Jamás encontrarás a alguien que te ame como yo.
Quizá tenía razón. Quizá la destrucción estaba en mi naturaleza.
Lo cierto es que me fui con la certeza de que, aunque Valeria me había amado con un amor feroz, yo necesitaba algo diferente. Algo que todavía no sabía nombrar.
Los meses después me despertaba en mi nuevo apartamento—un estudio diminuto donde solo cabían mi cama y mi mesa de revelado
Fue en una de esas tardes grises de marzo cuando la vi.
Sofía estaba sentada en la misma librería donde solíamos estudiar juntas en la universidad, hace casi diez años.
Se había vuelto hermosa de una manera que me tomó por sorpresa. No es que no lo fuera antes, pero había algo diferente.
—¿Jay? —su voz seguía siendo la misma: suave, cautelosa, como si cada palabra fuera una pregunta.
Me acerqué con esa sonrisa que se pone cuando el pasado te encuentra sin avisar. —Sofía. Dios, han pasado años.
Se levantó para abrazarme, y por un momento inhale su perfume: algo floral y tímido que contrastaba completamente con los olores intensos que había conocido con Valeria. Todo en ella seguía siendo pausado
—Te ves… diferente —dijo, estudiándome con esos ojos que siempre habían sido demasiado perceptivos.
—Diferentes tiempos —respondí, y no mentía. Llevaba el cabello más corto, tenía nuevas líneas alrededor de los ojos. —¿Y tú? Sigues igual de…
Me detuve. Iba a decir «igual de tímida», pero no era eso. Había algo en Sofía que me desconcertaba. A los veintinueve años tenía una belleza serena que parecía intocada por el mundo, como si hubiera vivido estos años en una burbuja de cristal.
—¿Igual de qué? —preguntó, con una sonrisa pequeña que no llegaba a sus ojos.
—Igual de misteriosa.
Nos sentamos en un café cualquiera. Sofía pidió té—por supuesto—y yo un café.
Mientras hablábamos de trabajos y años perdidos, no podía dejar de observarla. Había algo que me resultaba casi hipnótico.
—¿Estás…? —empecé, pero la pregunta se me atoró en la garganta.
—¿Qué?
—¿Estás con alguien?
La pausa fue larga. Demasiado larga. Sofía bajó la mirada hacia su taza, y cuando la levantó había algo vulnerable en sus ojos que me desarmó completamente.
—No —dijo, y esa palabra cargó todo el peso de una confesión. —No he encontrado a la persona correcta.
Había algo en la forma en que lo dijo que me hizo entender que no se refería solo a una relación seria. Había algo más profundo ahí.
—¿Y tú? —preguntó, cambiando el tema con esa delicadeza que siempre había tenido para esquivar sus propias revelaciones.
—Terminé con alguien hace unos meses —dije, y la imagen de Valeria se coló entre nosotras como una sombra. —Fue… intenso.
Sofía asintió sin preguntar más.
Cuando nos levantamos para irnos, Sofía dudó un momento antes de hablar.
—Me da mucho gusto haberte encontrado, Jay. Había pensado en ti… más de lo que debería, tal vez.
La confesión flotó entre nosotras.
—¿Te gustaría que nos veamos otra vez? —pregunté, y algo en mi voz sonó más urgente de lo que había pretendido.
—Me encantaría —respondió, y por primera vez desde que la había encontrado, su sonrisa llegó completa hasta sus ojos.
Mientras la veía alejarse por la calle, caminando con esa gracia silenciosa que la caracterizaba, me quedé con la sensación de haber tocado algo frágil y poderoso a la vez. Algo que Valeria, con toda su intensidad y su fuego, nunca había tenido.
Esa noche, en mi apartamento vacío, no pude dejar de pensar en Sofía, en la forma en que había bajado la mirada cuando mencionó que nunca había encontrado a la persona correcta.
Mme quedé despierta más de lo habitual. Eran cerca de las diez cuando apagué todas las luces y me senté junto a la única ventana de mi estudio. El vidrio estaba empañado y la calle casi vacía, apenas iluminada por un farol parpadeante.
Me quité la camiseta, quedándome solo con las bragas. El aire nocturno era frío, pero lo agradecí: me recorría la piel como una caricia que necesitaba. Quería despejarme, olvidar el temblor extraño que Sofía me había dejado en el cuerpo con su sonrisa tímida.
Me recliné contra la silla, con los muslos abiertos y la cabeza apoyada en el respaldo, intentando vaciar mi mente. Fue entonces cuando lo escuché.
Un gemido. Bajo, ronco, inconfundiblemente masculino.
Me incorporé de golpe. El sonido venía de la pared izquierda, esa que dividía mi apartamento del del vecino al que nunca había visto.
Pensé que sería un televisor, alguna película a deshoras. Pero los segundos siguientes despejaron la duda: eran gemidos reales, profundos, entrecortados, cargados de placer. Después, un golpe seco contra la pared, como un cuerpo empujando el ritmo del deseo.
Me mordí el labio, sorprendida por lo rápido que el calor subió a mi pecho. No esperaba que ese sonido me tocara de esa manera, pero lo hizo. En el silencio de mi estudio vacío, los jadeos masculinos parecían dirigirse a mí.
Me levanté, caminé descalza hasta la pared y apoyé la palma contra el yeso. El sonido vibraba a través de ella, directo a mi piel. Cerré los ojos. Sentí que estaba espiando algo íntimo, prohibido, pero no me alejé. Al contrario: me acerqué más.
Los gemidos se intensificaron, mezclados con palabras ininteligibles, hasta que finalmente un rugido ahogado cerró la secuencia con un silencio abrupto.
Mi respiración estaba descontrolada. No sabía si reír, maldecir o dejar que ese calor me consumiera. Me quedé quieta, con la mano aún apoyada en la pared, como si necesitara robar el eco de lo que acababa de escuchar.
Y entonces lo decidí.
Me puse de pie, recogí a medias la camiseta del suelo —sin molestarse en cubrir del todo mi cuerpo— y salí al pasillo. Los latidos de mi corazón me retumbaban en los oídos mientras caminaba descalza hasta la puerta del vecino.
Golpeé tres veces.
El silencio que siguió me heló y me excitó al mismo tiempo. Apenas unos segundos después, escuché pasos acercándose. La cerradura giró y la puerta se abrió despacio.
Ahí estaba él.
Alto, con el cabello oscuro revuelto, el torso desnudo y los pantalones de algodón colgando bajos sobre la cadera. Su respiración seguía agitada, y había un brillo insolente en sus ojos, como si supiera perfectamente por qué estaba yo en su puerta.
—Vecina —dijo, con la voz grave, arrastrada—. No esperaba visitas.
Me sostuve en el marco, todavía temblando de adrenalina.
—Y yo no esperaba… lo que escuché.
Él sonrió, ladeando los labios. Una sonrisa peligrosa.
—Entonces supongo que estamos a mano. Me llamo Leo.
No me ofreció la mano. No pidió permiso. Solo me miró, de arriba abajo, como si ya me hubiese desnudado mucho antes de abrir la puerta.
No sé qué hizo Sofía la noche en que volvimos a encontrarnos. O tal vez sí lo sé, porque después me lo confesó con la voz temblorosa de alguien que se sabe desnuda incluso al hablar.
Tenía veintinueve años y seguía virgen. Había convertido esa condición en un refugio y en una condena. Nunca había estado con un hombre, no porque le faltaran oportunidades —era hermosa, demasiado hermosa para pasar inadvertida—, sino porque cada gesto masculino le parecía casi vulgar. Los hombres, con su ansia rápida y sus manos torpes, nunca le despertaron otra cosa que repulsión.
Lo que sí la perseguía era la culpa. La vergüenza de sentir deseo por las mujeres, de mirarlas demasiado tiempo, de fantasear con labios que no se atrevía a tocar. Sofía siempre había cargado con ese tormento en silencio, como si hubiera algo torcido en ella por querer lo que no debía.
Pero esa noche, después de nuestro encuentro, algo se quebró.
Me dijo que no podía sacarme de su cabeza. Que recordaba el perfume que llevé en el pelo, la forma en que la abracé y que la certeza de mi cuerpo cerca del suyo la había dejado sin aire.
Y entonces lo hizo.
En la penumbra de su habitación, Sofía se llevó las manos a su vagina, temblando como quien cruza un límite invisible. Cerró los ojos y pensó en mí. En mis labios. En mis manos. En cómo sería entregarse por primera vez no a un hombre torpe, sino a mí: a Jay, su amiga de juventud, la única que podía arrancarla de ese ensimismamiento que la estaba asfixiando.
Se masturbó lentamente, como si cada roce fuese una culpa y un alivio a la vez. Y cuando llegó, lo hizo susurrando mi nombre.
Lo que tuve con Leo no fue amor. Nunca pretendimos que lo fuera.
Era sexo, puro y sin adornos. Un desahogo que me mantenía viva en las noches en las que el silencio me comía. Él tocaba con descaro, me tomaba como si el cuerpo fuera suyo y yo lo permitía porque había algo en esa vulgaridad que me arrancaba de mis pensamientos.
En esas madrugadas, entre jadeos y sudor, no hablábamos de nada importante. O al menos no hasta aquella noche.
Habíamos terminado de follar contra la pared, la piel aún húmeda y el corazón acelerado, cuando encendí un cigarro y me quedé mirando el humo. No sé por qué lo hice, pero le hablé de Sofía.
Le conté cómo nos reencontramos, lo hermosa que estaba a sus veintinueve años, lo delicada que era, lo intacta que se veía, como si aún no hubiese sido tocada por nadie. Hablé demasiado, lo sé. Mi voz sonaba distinta, casi reverente, como si no pudiera ocultar que Sofía me importaba de una forma que iba más allá del deseo.
Leo me escuchaba con una sonrisa torcida, apoyado en la cama, los ojos brillando con esa mezcla de morbo y curiosidad que lo definía.
—Suena como si estuvieras enamorada —dijo, divertido.
No respondí. Solo inhalé el cigarro y dejé que el humo se me quedara en los pulmones. Quizás era verdad.
Leo se incorporó, acercándose a mí. Su voz bajó un tono, grave, insinuante.
—Quiero conocerla.
Lo miré, sorprendida.
—¿Qué?
—A esa Sofía tuya. Esa chica preciosa, que hablas como si fuera de cristal. —Sonrió con un descaro feroz—. Me la imaginé mientras hablabas… y quiero verla.
Me quedé helada. Una parte de mí sintió rabia. Otra parte, vergüenza. Pero también había un eco de excitación en su propuesta, algo oscuro que me hizo estremecerme.
—No es como tú piensas —dije, aunque mi voz sonó débil incluso para mis propios oídos.
Leo se encogió de hombros, inclinándose para besarme el cuello con esa insolencia que siempre lo acompañaba.
—Tráela. Solo quiero conocerla.
No lo aclaró más. No hizo falta. En su mirada estaba todo lo que no se atrevió a decir en voz alta.
El apartaestudio nunca había parecido tan diminuto como aquella tarde. Apenas había espacio para moverse entre la cama, la mesa de revelado y la ventana. Cuando Sofía llegó, con su vestido claro y su paso tímido, entendí que no había otro lugar donde sentarnos que no fuera en la cama.
—Es chiquito… pero es mío —le dije, riendo nerviosa, mientras corría un par de libros y le hacía un hueco a mi lado.
Se sentó con cuidado, como si temiera arrugar la colcha. El perfume floral que siempre la acompañaba llenó la habitación.
—Me gusta. Tiene tu aire —respondió con esa voz suya, serena, que parecía venir de muy adentro.
Por un momento la observé en silencio. Sus piernas juntas, sus manos apoyadas sobre ellas, los labios apenas pintados. Había algo en Sofía que me desarmaba. No era solo su belleza; era esa pureza obstinada que parecía cargar con vergüenza, como si ser intacta a sus veintinueve años fuera una culpa.
Me acerqué un poco más, lo suficiente para que nuestras rodillas se rozaran.
—Estás muy linda, Sofía. Más de lo que recordaba.
Ella bajó la mirada, nerviosa.
—Siempre dices cosas así. No sé si creerlas.
—Créelas. —Le toqué suavemente el cabello, como quien aparta un mechón rebelde. —No sabes lo hermosa que eres.
La vi estremecerse, como si esas palabras tocaran un sitio prohibido dentro de ella. Tragó saliva y sus manos se apretaron sobre el vestido.
—No estoy acostumbrada a que me digan eso —susurró.
Yo sonreí, con la voz más baja, casi cómplice.
—Entonces voy a tener que repetirlo muchas veces.
La habitación estaba en silencio, salvo por el rumor lejano de la calle. El contacto era mínimo, apenas mis dedos jugando con un mechón de su pelo, pero se sentía como un roce íntimo, cargado de una tensión que ella misma no sabía cómo manejar.
Sofía levantó la vista y me encontró de frente. Sus ojos grandes tenían algo vulnerable, casi asustado, pero no apartó la mirada.
—Jay… —dijo, y dejó el resto de la frase en el aire, como si no supiera o no se atreviera a completarla.
Yo solo sonreí, sin quitar mi mano de su cabello, inclinándome apenas hacia ella, como si el cuarto pequeño nos empujara inevitablemente la una contra la otra.
Nuestros labios se rozaron primero con torpeza, como si Sofía no supiera muy bien qué hacer con la boca. Después, con un segundo intento, más profundo, sentí el sabor tímido y fresco de ella: té verde y algo dulce, como fruta madura que nadie había probado antes.
Al sentir mi lengua abrirse paso entre sus labios, Sofía se tensó de golpe. Sus manos, que hasta entonces habían descansado dóciles sobre su regazo, se aferraron a mi muñeca como si necesitara sostenerse para no derrumbarse. Su respiración se volvió entrecortada, temblorosa, casi un gemido ahogado cuando recorrí con mi lengua la curva de su labio superior, y luego descendí por la comisura, lamiendo su mejilla, su mandíbula.
No se apartó. Al contrario: cerró los ojos con fuerza, y ese leve estremecimiento de su cuerpo me dijo que estaba descubriendo por primera vez cómo el miedo podía mezclarse con un deseo tan feroz que dolía.
Me separé despacio, dándole un respiro, recostándome contra la pared que estaba junto a la cama. Con un movimiento casi automático, me deshice de la blusa, dejándola caer al suelo, y en seguida bajé los tirantes de mi sostén hasta liberarme por completo. El aire tibio de la habitación recorrió mi piel desnuda, y vi cómo Sofía se quedó petrificada frente a mí.
Mis tetas, grandes, se elevaron con cada respiración agitada; los pezones duros, tensos, con ese tono rosado que el contraste de la penumbra volvía aún más evidente. Sofía no parpadeaba, con el rostro todavía húmedo por mi saliva, como si hubiera quedado marcada por mí.
Se llevó una mano temblorosa al rostro, como queriendo limpiar lo que quedaba de mí en su piel, pero no lo hizo. Se quedó observando, hipnotizada, y entonces lo vi: ese brillo contenido en sus ojos, mezcla de vergüenza y hambre.
La vi tragar saliva, mover apenas sus labios sin atreverse a decir nada, y en ese instante dio un paso hacia mí. Sus dedos, inseguros, rozaron apenas la curva exterior de uno de mis senos, y cuando lo hizo, un estremecimiento sacudió todo su cuerpo.
—Son… hermosos —susurró, casi inaudible, como si estuviera confesando un secreto que llevaba años escondido.
El primer contacto de Sofía con mis pechos fue apenas un roce, como si tuviera miedo de quebrar algo. Pero yo no era de cristal, nunca lo había sido. La miré desde arriba, con esa mezcla de ternura y hambre que solo me nacía en medio de la excitación, y le solté en voz baja, ronca, casi un gruñido:
—¿Eso es todo? ¿Solo vas a tocarme como si fueras una niña asustada? Míralos bien, Sofía… son para que los chupes, para que los muerdas. ¿Quieres eso?
Ella se estremeció, bajó la vista, pero no retiró la mano. La vergüenza la estaba devorando, pero también la mantenía ahí, clavada frente a mí, con los dedos temblando en mi piel.
—Quiero que abras la boca… que uses esa boca tuya para algo más que hablar con miedo —continué, dejando que cada palabra la marcara por dentro.
De un tirón le agarré el cabello, hundiendo mis dedos en esa melena suave, y guié su cara hacia mis pechos. Sofía soltó un gemido ahogado, mezcla de sorpresa y rendición, y sentí su respiración caliente rozar mi pezón antes siquiera de que se atreviera a tocarlo con los labios.
—Así… —susurré, apretándola contra mí, obligándola a hundirse en la carne que le ofrecía—. Vas a aprender a adorarme aquí, ¿entiendes? Vas a tragar cada gota de mí.
Su boca se abrió finalmente, tímida al principio, pero el sonido húmedo de su lengua contra mi pezón me arrancó un gemido bajo. Sofía temblaba entera, como si ese gesto simple la estuviera quemando viva, y yo solo apreté más fuerte su cabello, asegurándome de que no pudiera escapar de mí aunque quisiera.
Su lengua se movía torpe al principio, como si cada roce sobre mi pezón fuera un error del que tuviera que disculparse. Yo la miraba desde arriba, tirando de su pelo con fuerza suficiente para recordarle que no había marcha atrás. Y poco a poco, ese temblor fue cambiando. El miedo de Sofía empezó a confundirse con otra cosa: hambre.
Sus labios, antes inseguros, se aferraron con más firmeza a mi piel. La oí gemir contra mi pecho, ese sonido ahogado y húmedo que me erizó hasta la médula. Yo sabía lo que pasaba: Sofía no tenía práctica, pero tenía deseo. Y el deseo, cuando se le abre la puerta, es un animal imposible de domesticar.
—Eso es… así… no pares —le ordené, y sentí cómo obedecía, cómo dejaba que su lengua trazara círculos cada vez más amplios, más atrevidos, como si quisiera beberse todo de mí.
Por dentro, podía leerla. Creía estar desbordada, que se estaba traicionando a sí misma con cada lamida. Pero también había otra verdad en su gesto, una que me excitaba más que cualquier gemido: Sofía estaba disfrutando. Aunque pensara que era culpa, aunque creyera que era debilidad, su cuerpo me gritaba que lo que lamía y mordía no era pecado, sino la primera certeza real de placer que había sentido en su vida.
Yo la miraba, jalándola más fuerte contra mi pecho, y sonreía con el orgullo oscuro de quien sabe que acaba de romper un candado que llevaba demasiado tiempo cerrado.
Al principio obedecía como una niña dócil, siguiendo cada orden que le lanzaba entre jadeos. Pero de repente, sentí algo distinto: su mano, temblorosa pero firme, se deslizó desde mi cintura hasta mi vientre. No se lo había pedido. No le había dado permiso. Y sin embargo lo hizo.
Levanté la cabeza y la miré: los ojos cerrados, la cara húmeda todavía de mi saliva, los labios encendidos de tanto lamerme. Había un rastro de miedo en su gesto, sí… pero también un brillo nuevo, algo que parecía decirme que quería explorar más, aunque no supiera cómo.
—Así que ya no esperas mis órdenes… —le susurré, apretando sus dedos contra mi piel. Y en ese instante …un golpe seco en la puerta nos sacudió el aire de golpe. Sofía se apartó de mí, con los ojos desorbitados.
—¿Quién…? —susurró ella, la voz temblando.
Yo sonreí. Claro que sabía quién era. Leo no tenía llaves, nunca las tendría. Ese era mi espacio, mi guarida, y él sólo podía entrar si yo lo dejaba.
—Tranquila —le acaricié el rostro aún húmedo de saliva, pegándola de nuevo contra mis pechos desnudos—. Es él.
El silencio volvió, roto apenas por nuestra respiración agitada. Otro golpe, más insistente. Tres toques rápidos, como un código secreto.
—Jay… —me llamó, desde afuera, con su voz grave y algo áspera—. Ábreme.
Vi cómo la piel de Sofía se erizaba. Su vergüenza, su miedo y algo más… esa chispa que la delataba.
—Mírame —le ordené, apretando un poco su nuca—. Él está aquí porque yo quiero. Y tú, Sofía… ¿quieres?
—Sí… —murmuró Sofía al fin, tan bajo que apenas si se escuchó. No fue un grito ni una afirmación rotunda, fue una confesión, como si acabara de rendirse al deseo y a mí.
Sonreí satisfecha, le acaricié el pelo enredado y la solté con suavidad. Caminé hacia la puerta sin cubrirme, con mis pechos al aire, duros y orgullosos bajo la luz tenue del cuarto. El frío del metal en la manija contrastó con el calor de mi piel. Abrí.
Leo estaba allí, apoyado contra el marco, sus ojos descendieron de inmediato hacia mi pecho descubierto, deteniéndose en mis pezones tensos. Ni siquiera trató de disimularlo. Esa mirada voraz me atravesó como un elogio silencioso.
—Jay… —dijo con esa calma grave, y luego miró por encima de mí. Sus pupilas se encontraron con la figura de Sofía, que seguía en la cama.
Ella parecía petrificada: con el cabello alborotado, el rostro aún húmedo por mis besos, la blusa desordenada revelando un hombro desnudo. Su respiración era tan agitada que hasta Leo debió notarla desde la puerta.
—Ella es Sofía —anuncié, dándole paso con un gesto de la mano, disfrutando de cada segundo de tensión que se acumulaba—. Mi amiga.
Leo entró despacio, cerrando detrás de sí. Sofía bajó la mirada, roja de vergüenza, pero sus ojos se desviaban una y otra vez a mis pechos expuestos, como si no pudiera luchar contra ese imán.
Yo, de pie entre los dos, sabía que esa noche acababa de empezar.


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