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El pacto: última cita

Era la última, la cita definitiva, para sellar mi compromiso y mostrar que cumplí. Todo sería, según lo pactado, como las dos veces anteriores, excepto por un detalle: esta vez tocaba estrenar mi colita..
Parte 1

Llegué tarde y me iba a costar, lo sabía. El chofer que me trajo las dos veces anteriores sabía que debía estar puntualmente en el sitio a la hora acordada. Pero este lo habría entendido mal y paso a recogerme recién a esa hora.

Bajé del taxi y fui directo a la discreta puerta. Nadie imaginaría siquiera las cosas que pasaban detrás de ella. Como antes, acerqué la tarjeta que me habían dado y la puerta se abrió. Ya conocía el largo pasillo y me sabía de memoria las puertas interiores que había que pasar para llegar al vestidor que me correspondía. Entré y fui directo a la banca que estaba contra la pared, que junto con un pequeño armario, era todo lo que había allí. Me desnudé y puse mi ropa en el bolso que llevaba.

Entre al cuarto de baño, abrí el agua de la ducha y ajusté la temperatura. Por supuesto que había tomado un buen baño antes de salir del hotel, pero era parte de la rutina que me lavara y frotara con entusiasmo, hasta la exageración, mis pequeños pechos, mi pubis, mis pies, mis nalgas, y todo el cuerpo. Era para que las ya ni sé cuántas cámaras instaladas desde la puerta de entrada me vieran, me espiaran, mientras mi amo se regodeaba imaginando lo que estaba por venir.

Luego de secarme volví, desnuda como estaba, al vestidor. En el armario me esperaba mi atuendo de ese día: ropa interior y portaligas, todo de encaje en riguroso negro, las correas, y demás accesorios de cuero y tachas metálicas, que como las veces anteriores, era lo único que me quedaba luego de que mi amo, mi Master, como él me había ordenado llamarle, cortaba y arrancaba todo lo demás.

Como novedad, junto a mi ropa, había también una bolsa transparente que tenía dos cosas: una botellita plástica, que decía “Lubricante”, con lo que no había dudas, y una especie de fresa de goma rosa, con punta fina y que sin ser muy experta, supuse que era para dilatarme el culito.

No me animé a meterme el juguetito en la cola, pero supuse, y bien, que mi Master me lo iba a exigir. Tomé la bolsa, y me encaminé a la puerta que llevaba a la sala. Entré y dejé la bolsita en la mesita que estaba al lado de la puerta. En la esquina opuesta de la habitación estaba él, mi Master, sentado y todavía miraba el monitor que mostraba lo que espiaba cada cámara.

-Llegaste tarde. Te va a costar.- me dijo.

No quise ponerme a explicar que no era mi culpa. Ese tipo de argumentaciones no estaban permitidas.

-Al potro.-, me ordenó.

El potro no era otra cosa que una viga de madera, montada en cuatro patas que formaban dos triángulos sobre el suelo.

Mi Master me guió hasta dejarme con el vientre apoyado en la viga, me hizo agachar más, y ató mis manos a dos de las patas, y mis tobillos a las otras dos. Quedé abierta, humillada, y a su antojo.

-Diecisiete minutos tarde-dijo-, son diecisiete azotes.

Durante las tres noche hubo motivos para los azotes, pero esta vez fue la más evidente. Después del cuarto o quinto latigazo, empezó a rasgar y arrancarme la ropa interior. Salvo por las correas de cuero, quedé desnuda.

No me dolían los azotes, no puedo decir que me dolían, pero me daban escozor, como ganas de rascarme, de pasarme la palma de la mano por las nalgas. Algunos golpes eran un poco más, cómo explicarlo, verticales se puede decir, y las puntitas del látigo, cómo no, de varias tirillas de cuero, me daban entre mis nalgas, cerca de mi ano, y en los labios de mi vulva. Me excité, mucho, y empece a “culear en el aire”, moviendo la cadera hacia adelante y hacia atrás. “¡Basta!”, me gritó mi amo, mi Master, junto con uno de los últimos latigazos, que por cierto, fue el más fuerte de todos. Había sido una mala chica y todavía no merecía gozar.

Luego de contar los diecisiete azotes, solté un breve suspiro, como de alivio, supongo. Mi Master me manoseó el culo con ganas, haciéndome sentir sus dedos entre las nalgas, en la entrada de mi ano, y más abajo, en mi clítoris, entre mis labios, y en la entrada de mi vagina.

No solo sus dedos habían estado allí. La primera cita me dio una dedeada que me dejó al borde del orgasmo. No podría asegurarlo, pero sí sé que estaba “colgada”, literalmente, de su artilugio favorito, le estaba chupando el pene y el me hacía el “candadito”: su dedo pulgar en mi vagina y la punta de su dedo medio en mi culito. Nunca había sentido nada igual, casi me meo encima. En la segunda cita no solo me había dado dedo, sino que su pene también se había metido profundo en mi vagina, hasta hacerme ver las estrellas. Y no tanto por que yo fuera virgen, que no lo era, ni porque mi Master fuera especialmente dotado. El motivo era más bien la sensibilidad. Las sesiones duraban, más o menos, tres horas, y cuando finalmente se decidía a penetrarme, mi boca, mi vagina, mi culo y mis tetas estaban ya tremendamente sensibles. Esa vez si tuve un orgasmo.

-No te has puesto el regalo que te traje- dijo y me dio un azote en el culo, con la mano abierta y bastante más fuerza que los anteriores. Trajo la bolsa que yo había dejado en la entrada, sacó el lubricante y empezó a untarme el ano. No podía ver, pero sentía que apretaba la entrada de mi culito con la yema de sus dedos.

Sin darme cuenta, empecé a empujar la cadera hacia atrás, como tratando de que su dedo me penetrara el culo, pero con un movimiento casi involuntario. -¡Uy! Qué ganas de comer que tiene esa colita- me dijo, y sin mucho cuidado tomó el plug, lo ubicó de punta en la entrada de mi culo, y empujó hasta que me entró todo. No pude contener un “ahhhh” cuando sentí que lo grueso había entrado en mi trasero.

Parte 2

Mi Master me desató y me llevó finalmente a su aparato preferido, que llamaba “columpio”. Una tabla, fina y corta, colgada de cuatro cuerdas. Me hizo recostar allí, con la espalda sobre la tabla, esposó mis manos debajo de la tabla, y haciéndome doblar las rodillas, ató mis pantorrillas con mis muslos, lo que dejo a mis talones tocando mis nalgas. En resumen, posición de ranita con las manos atadas a la espalda. Se acercó a mi cara, sacó su pene y lo puso en mi boca. Estiró la mano y empezó a frotarme el clítoris y la vulva, apretando de vez en cuando el plug en mi culo y metiendo algún que otro dedo en mi vagina, como la vez anterior. Al igual que en la segunda cita, tuve un orgasmo y mi cuerpo reaccionó tensándose, contrayéndose, arqueándose y varias cosas más. Sentí que los dedos de mi Master ahora corrían suavemente por mi intimidad, y supuse que era debido a mis fluidos vaginales.

Mi Master también notó mi orgasmo, y orgulloso levantó el rostro y miró hacia el espejo de la pared y mostrando que tenía los dedos mojados me señaló. Para ese entonces yo ya sabía que aquello era una especie de mazmorra llena de pasajes y salas, donde señores (y luego supe que también señoras) de buen pasar llevaban a sus mascotas, como yo, para cumplir sus fantasías, darse gusto y también presumir de sus esclavos sexuales frente al resto.

Fue a buscar su maletín. Sacó una venda y me tapó los ojos. Me puso una bola en la boca, que ató con dos cintas detrás de mi cabeza, y me puso algo en los pezones, que se sentían como pellizcos interminables. Escuché que dio un par de pasos hasta ubicarse entre mis piernas, y me penetró por la vagina. Me folló, me cogió, me dio caña, me dio bombeó, me culió, o como sea que se diga. Después de ocho o nueve minutos sacó su pene de mi interior y sentí como los chorros de su semen me caían en el pubis y cerca de mi ombligo.

Se fue. Lo sabía porque escuché sus pasos alejándose, y la puerta abrir y cerrar. Desde detrás del espejo empezaron a sonar murmullos, risas y algún que otro aplauso. Yo seguía acostada, boca arriba en el columpio, completamente abierta, con los ojos vendados, la bola en la boca, los pezones ya ardiendo, un plug en el ano, y ahora llena de semen. Me sentía rara, mareada.

Escuché que se abrió la puerta, y para mi sorpresa no había duda de que varias personas habían entrado. Era la primera vez que entraba alguien más que mi Master. Yo sabía ya de las cámaras, sabía del espejo, de las personas que espiaban, pero esta tercera noche era la primera en la que alguien se acercaba a mí. Y en este caso eran varios.

Nadie me tocó, pero estaban muy cerca. Muy, muy cerca. Hasta sentí que me olieron. La vagina, el culo, las axilas y los pies. Me olieron el pelo y el aliento, incluso me olieron el vientre, donde seguía el semen de mi Master. De nuevo me sentí excitada. Y de nuevo, mucho.

Sentí una mano que me tomaba por la parte de atrás de mi cabeza y me ayudaba a levantarla. Supe que era mi Master, por su perfume, pero también por su voz, cuando me dijo: -Shhhhh. No digas nada.-

Me quitó la bola de la boca y me acercó un vaso. Tenía agua fresquísima, deliciosa, que bebí con mucho gusto. Me sentí mejor, reconfortada, y cuando parecía que la bola volvía a mi boca, alguien más algo más. Olía a vino, pero al beberlo me resultó algo dulce y con burbujas. Supongo que era champagne. Lo bebí con ganas, me pusieron la bola en la boca, y volví a recostarme.

No sé si los varones son capaces de hacer los mismo, pero las mujeres podemos hacer varios movimientos, apretando las piernas, incluso con contracciones similares a las que hacemos para aguantar el pis, y lograr un orgasmo. No me importó que estuviera lleno de gente, y empecé a hacer todo eso junto, aparte de “culear en el aire” igual que hacía un rato, moviendo la cadera hacia arriba y abajo. Los murmullos y las risas por mi incontenible excitación no se hicieron esperar, pero no me importó. Escuche la puerta y que todos salían. Yo seguí buscando otro orgasmo y lo conseguí.

Parte 3

Aliviada, reconfortada, empecé a tomar conciencia del adormecimiento de mis piernas, dobladas ya por tanto tiempo. Al moverme, lo que sea que estuviera apretándome los pezones se movía y me causaba dolor. Estaba a punto de dormirme cuando escuché que la puerta se abría, unos pasos, y que me retiraban otra vez la bola de la boca. Sabía que era mi Master, por su perfume, pero el me quitó la venda y me miró con sus preciosos ojos, detrás del antifaz que usaba. Volvió a sacar su pene y me lo metió a la boca y yo empecé a chupar. Mientras se la chupaba, me quitó las pinzas, que ahora veía, de los pezones. Me acarició las tetas pero de verdad que la sensación no fue muy agradable. Estaba ya demasiado sensible y creo que mi Master se dio cuenta. Sentía la dureza de su pene en mi boquita y su mano acariciando mi frente, mi pelo, mi cabeza.

Salió de mi boca y me rodeó. Me desató las piernas y las levantó, dejando mis tobillos en sus hombros. Metió una mano entre mis nalgas, sacó el plug, y penetró mi culito. Claro que lo sentí, pero menos de lo que me imaginaba. Cierto es que no era la primera visita a mi anito, pero si el primer pene, y supongo que mi saliva, mi sudor, y algún resto del lubricante del plug hicieron fácil la tarea.

Mi culo se adaptó rápido y empecé a “culear en el aire” otra vez. Mi Máster casi no se movía. Solo empujaba la tabla en la que yo estaba recostada hacia adelante y atrás, reventándome la cola. Se veía hermoso, con su pelo rubio, salpicado por algunas canas, que a sus casi cincuenta años le sentaban muy bien. Su torso sin un solo vello, sus brazos musculosos, su rostro anguloso y su pecho torneado me daban la mejor vista que podía pedir. MI hermosos Master me había propuesto este trato de tres citas y hoy yo estaba cumpliendo con mi parte, la última, satisfecha y feliz.

Caminé hasta el vestidor y entré directo al baño. Sentía que algo líquido, semen obviamente, me salia del trasero, pero no era capaz de retenerlo. Me metí a la ducha, prácticamente me arranque las pocas cosas de cuero que llevaba y las tiré directo a la basura.

Terminé de asearme, me vestí, y al salir mi coche ya me esperaba tras la discreta puerta. Camino al hotel, me preguntaba en silencio si el chofer sabría que por su culpa me habían dado diecisiete azotes, que un montón de desconocidos me habían olisqueado mis partes más íntimas, que me acababan de romper el culo, que además me había encantado, y que por todo eso apenas podía sentarme en su taxi.

Conclusión y final

Al volver al hotel, la recepcionista me esperaba con una caja, de esas tipo térmicas, con comida. Me preguntó si me quedaría otra noche y le dije que no, que saldría por la mañana.

Volví a la ducha. Me ardían los pezones. Creo que eso era lo único que no me había gustado. Bajo el agua tibia me toqué el agujero del culo. Lo tenía cerrado, pero los dedos me entraban con toda facilidad.

Por la mañana, salí del hotel habiendo tomado solo un poco de café. Sabía que habría abundante desayuno en casa. Me costaba un poco caminar, y recordaba la sensación de andar con algo metido en el culo. En pocos minutos estaba camino a casa.

Como suponía, mi familia me esperaba con una mesa de ensueño: chocolate caliente, zumo de naranja, bollos, dulces y un pastel. Luego de los besos y abrazos de mis padres y mi hermanita, compartimos el banquete, pero yo estaba desesperada por recibir mi regalo. Por fin, mi papi salió de la sala y volvió con una pequeña caja entre las manos que, como yo sabía, tenía la llave de mi primer automóvil. Mil frases sonaron casi a coro: “estamos orgullosos”, “tu padre ha hecho un gran esfuerzo”, “te lo mereces”, “cumpliste con lo que te pedimos”, “fuiste responsable”, “sigue así”.

Me sentí feliz. Era por fin mi cumpleaños número dieciséis, había honrado mis compromisos, y se habían cumplido mis deseos. Mi madre me abrazaba, y mi hermanita menor ya estaba montada en el asiento del conductor tocando todos los botones de mi nuevo coche. Desde la puerta de salida al patio trasero, con su hermosa sonrisa, y ya sin su antifaz ni su ropa de cuero, me miraba él, mi amigo, mi protector, mi Master: mi querido padre.

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14 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Moxe
Etiquetas: baño, cumpleaños, hermanita, heterosexual, hotel, madre, masturbacion, padre
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