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Dominación Mujeres, Heterosexual

El Peso del Azabache

PRÓLOGO: LA GÉNESIS DEL FRÍO (Hace 10 años. Despacho de la familia en Ciudad de Guatemala). El silencio en el despacho de Doña Margarita no es ausencia de ruido; es una presencia física, densa como el humo de un cigarro que se niega a disiparse. Sobre el escritorio de caoba, una pluma de oro espera.
Capítulo 1:

 

La clínica huele a una pulcritud que me agrede. Es ese aroma a alcohol isopropílico y a desinfectante industrial que intenta, sin éxito, ocultar el rastro metálico de la enfermedad. A mi lado, el goteo de la quimioterapia marca un compás lento, una tortura líquida que se filtra en mis venas como veneno helado. Cada gota es un segundo de mi vida que se transmuta en náusea.

Entonces entró ella.

 

Doña Margarita no camina; ella coloniza el espacio. Su perfume, ese Carolina Herrera que usa como una armadura de casta, inundó la habitación desplazando el olor a medicina. Traía consigo el aire frío de la Ciudad de Guatemala, ese que solo sopla para los que tienen el privilegio de ignorarlo.

 

—Rodrigo —dijo ella, ignorándome con una precisión técnica que solo se adquiere en los salones de la zona 14—. Ya es hora. Las reservaciones en el resort no esperan a nadie, y menos por una… indisposición.

 

Yo miré a mi esposo. Busqué en sus ojos aquel refugio que nos prometimos hace cinco años frente al altar de la Merced, pero solo encontré una superficie plana y vidriosa. Rodrigo estaba calibrando el peso de su maleta contra el peso de mi supervivencia. La balanza, lo supe por la forma en que evitó mi mirada, ya se había inclinado.

 

—Elena, amor… —su voz sonó como un engranaje sin aceite—. Mamá ya reservó todo. Es el cumpleaños de ambos. No puedo dejar que pierda ese dinero. Solo será una semana.

 

El zumbido empezó en mis oídos. Un ruido blanco, estático, una geometría de desprecio que se expandía desde Margarita hacia mí.

 

—¿Vas a dejarme? —mi voz era un hilo de cobre, oxidado—. Mañana es Acción de Gracias, Rodrigo. Es mi tercera sesión. No puedo… no puedo ni sostenerme en pie.

 

—Estarás bien, hija —intervino Margarita, ajustándose un broche de oro en la solapa con dedos de hierro—. Tienes a las enfermeras. No quiero que arruines el viaje con caras largas. Rodrigo necesita un respiro de todo este… ambiente.

 

Ella nunca decía la palabra cáncer. Para ella, mi cuerpo muriendo era una falta de etiqueta, una grosería estética que perturbaba su linaje.

 

Rodrigo no dudó más. La gravedad de su madre era superior a la mía. Empacó su maleta de piel frente a mis ojos, doblando camisas de lino mientras yo sentía cómo el suero me quemaba por dentro. Cada clic de la cerradura era un clavo en el ataúd de nuestra lealtad.

 

Se acercó a la cama. Se inclinó y besó mi frente. Fue un contacto breve, una profanación de la piedad. Sus labios estaban secos, carentes de la urgencia del que ama. Era el beso de un verdugo que pide disculpas antes de accionar la palanca.

—Lo siento —susurró.

La puerta se cerró. El silencio que dejaron fue más pesado que el tratamiento. Me quedé sola, acurrucada bajo la manta de la clínica que ahora se sentía como un sudario. Imaginé el avión despegando, imaginé el brindis con champán caro, imaginé a Doña Margarita sonriendo mientras brindaban por una libertad que me habían robado a mordiscos.

 

Encendí el televisor solo para que el ruido llenara el vacío de mis huesos. En la pantalla, las noticias locales hablaban de una intervención judicial, de cuentas congeladas, de una red de fraude que vinculaba a las constructoras más grandes del país con el apellido de mi esposo.

Sentí una punzada de algo que no era dolor. Era el primer latido de mi «Ejecutor».

 

Rodrigo se había llevado su ropa. Pero me dejó su descuido. Olvidó que yo era la firmante de cada uno de sus fideicomisos. Olvidó que, en su afán por evadir al fisco, me había convertido en la dueña absoluta de sus pecados.

 

Él no se llevó su ropa; se llevó el aire que yo necesitaba para no morir esa noche. Y ahora, yo iba a quitarle el suelo donde pensaba aterrizar.

 

El cáncer me está quitando la carne, pero Rodrigo me acaba de regalar el alma de un monstruo.

 

 

Capítulo 2:

 

El espejo del baño es un juez implacable que no admite sobornos. Me desnudé con la lentitud de quien desenvuelve un regalo que ya sabe roto. Bajo la luz fluorescente, mi cuerpo era un mapa de guerra: la piel, antes del color de la arena de Monterrico bajo el sol de la tarde, ahora tenía la palidez traslúcida del mármol frío; las venas se dibujaban como ríos azules en una tierra que se queda sin agua.

 

Pasé la mano por mi cadera. Recordé los dedos de Rodrigo ahí, meses atrás, cuando su tacto era un incendio y no una despedida.

 

Recuerdo la última vez que fuimos «nosotros». Fue en el loft de la zona 10, antes de que el primer bulto apareciera. Rodrigo me poseía con una urgencia que yo confundía con amor, pero que ahora entiendo que era propiedad. Su boca sabía a vino tinto y a ambición. En ese entonces, mi cuerpo era su templo; ahora que el templo necesita reparaciones, él ha preferido mudarse a un resort de cinco estrellas.

 

El contraste me produjo una náusea que no venía de la quimioterapia. Era el asco de la lucidez.

Me puse una bata de seda negra. El roce de la tela sobre mi piel sensible era un recordatorio de que sigo viva, de que el sistema nervioso aún emite señales de auxilio. Me senté frente al tocador y empecé a cepillar los pocos restos de mi cabello con una precisión de relojero. Cada hebra que caía era un lastre menos.

 

—Ya no eres la esposa de un cobarde, Elena —susurré al vidrio—. Eres el error de cálculo de una dinastía.

 

El timbre sonó. Tres golpes secos.

 

Abrí la puerta esperando a una enfermera o a una vecina con lástima enlatada. Pero era él. Javier.

 

Javier no traía flores. Traía un maletín de cuero gastado y una mirada que me recorrió de arriba abajo sin el menor rastro de piedad. No me miró como a una enferma; me miró como un cazador mira a una loba herida: con respeto y con hambre.

 

—Rodrigo cometió un error, Elena —dijo, sin saludar, entrando en mi sala con la familiaridad de un invasor—. No solo te dejó sola. Dejó abierta la caja fuerte de sus pecados. Y yo soy el único que tiene la combinación.

 

Él era el antiguo socio de Rodrigo, el hombre al que Doña Margarita intentó destruir hace tres años. Javier olía a tabaco caro y a una paciencia que asustaba. Se acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo, un calor que contrastaba con el frío crónico de mis huesos.

 

—¿Qué quieres, Javier? —pregunté, sintiendo cómo mi pulso despertaba.

 

—Quiero lo mismo que tú —su voz bajó una octava, volviéndose líquida, peligrosa—. Ver cómo el imperio de Margarita se deshace como papel mojado. Pero para eso, necesito que dejes de morir de pena y empieces a vivir de rabia. Tu firma es el arma. Yo solo soy el gatillo.

Me tomó de la barbilla. Sus dedos estaban calientes, firmes. Por un segundo, el erotismo de la autoridad reemplazó al dolor del tratamiento.

 

No era amor. Era una alianza de ceniza.

—Rodrigo cree que estás en casa llorando —continuó Javier, sus ojos fijos en los míos—. No sabe que estás a punto de ejecutar el divorcio más caro de la historia de Guatemala.

Sentí un escalofrío que no era fiebre. Era el primer espasmo de la venganza.

 

Javier no venía a salvarme la vida; venía a enseñarme a usar el veneno que ya llevaba en las venas.

 

Capítulo 3:

 

El aire de la costa hondureña es una bofetada de humedad y sal, un contraste obsceno con la sequedad aséptica de mi habitación en la capital. Aquí, en Roatán, el lujo no se siente como comodidad; se siente como una agresión.

 

Rodrigo ajustó sus gafas de sol Tom Ford, observando el horizonte turquesa desde la terraza privada de la suite presidencial. A su espalda, el tintineo del hielo contra el cristal de una copa de cristal de Baccarat marcaba el ritmo de su ansiedad. Doña Margarita estaba sentada en una silla de mimbre, impecable en su lino blanco, como una deidad colonial que ignora el paso del tiempo y el sufrimiento de los plebeyos.

 

—Deja de mirar el teléfono, Rodrigo —sentenció ella, su voz era una línea de seda que estrangula—. Elena está donde debe estar. En manos de profesionales. Tú estás aquí para celebrar que la sangre es más espesa que el suero.

 

Rodrigo bebió un trago largo de whisky. El alcohol bajó quemando, pero no logró disolver el parásito que le roía el estómago. Cada vez que cerraba los ojos, veía la frente de Elena bajo sus labios: fría, sudorosa, marcada por la traición. La imagen de su esposa se le aparecía como una interferencia estática en medio del paraíso.

 

Esa noche, el bar del hotel era un santuario de luces ámbar y susurros de seda. Rodrigo buscaba la anulación, no el placer. Se fijó en una mujer de rojo, una turista argentina que lo miraba con la invitación de un abismo. No hubo palabras, solo el magnetismo del vacío.

 

Subieron a una habitación que no era la suya. El encuentro fue una evasión táctica. Rodrigo la tomó con una violencia mecánica, buscando silenciar el eco de la voz de Elena en su cabeza.

 

Sus manos recorrían una piel que no conocía, pero su mente proyectaba la fragilidad de los huesos de su esposa. En el momento del clímax, el cuerpo de Rodrigo lo traicionó: un espasmo de rechazo, una disfunción nacida de la culpa biológica que lo dejó vacío, sudando y temblando bajo el ventilador de techo.

 

La mujer se apartó con un gesto de desprecio. Él se sintió como un cadáver que aún respira.

Bajó de nuevo al bar, solo, derrotado. Pidió la botella más cara de la carta. Al primer sorbo, una mueca de asco deformó su rostro. El champán, que debería saber a frutas blancas y brioche, tenía un regusto ferroso, insoportable.

 

—Está rancio —le espetó al barman.

 

—Es una cosecha perfecta, señor —respondió el empleado, confundido.

 

Rodrigo volvió a probarlo. No era el vino. Era él.

La culpa había empezado a segregar su propio veneno, alterando sus papilas gustativas, recordándole que mientras él intentaba ahogarse en oro, Elena se ahogaba en soledad.

De repente, el televisor del bar, sintonizado en una cadena de noticias internacionales de finanzas, mostró un cintillo rojo que hizo que el vaso se le resbalara de las manos.

 

«FISCALÍA GUATEMALTECA INTERVIENE GRUPO MARGARITA POR LAVADO DE ACTIVOS».

 

Vio el rostro de su madre en la pantalla. Y luego, un flash de una mujer saliendo de una oficina jurídica en la Ciudad de Guatemala. Era una mujer delgada, de seda negra, que caminaba con la seguridad de una reina que acaba de declarar una guerra.

Era Elena.

 

El champán sabía a metal. Como el sabor de la sangre en una encía enferma.

 

 

Capítulo 4:

 

El televisor no emitía imágenes; emitía sentencias.

 

En la pantalla, el logotipo dorado del «Grupo Margarita» se fragmentaba bajo un rótulo rojo de Última Hora. Los reporteros, con esa urgencia ensayada de la televisión guatemalteca, hablaban de allanamientos en la zona 14, de cajas fuertes abiertas y de una contabilidad que era, en realidad, una confesión de parte.

Elena observaba desde su sofá. Ya no era una enferma. Era una espectadora en la primera fila del colapso.

 

—Mira eso, Javier —dijo ella, su voz recuperando una vibración metálica que no conocía—. El desmorone.

 

—Es el efecto dominó, Elena —respondió Javier desde la sombra, su silueta recortada contra el ventanal—. En el momento en que firmaste la revocación de poderes, el sistema detectó la inconsistencia. Rodrigo fue tan arrogante que olvidó que su «escudo fiscal» tenía voluntad propia.

 

El teléfono de Elena empezó a vibrar. No era una llamada; era un bombardeo.

Notificación: Rodrigo (14 llamadas perdidas).

Notificación: Doña Margarita (3 mensajes de voz).

 

Elena tomó el aparato. Sus dedos, aún finos por el tratamiento pero firmes como cables de acero, deslizaron la pantalla. Escuchó el primer mensaje. La voz de Margarita ya no era una seda que estrangula; era el graznido de un ave de rapiña atrapada en una red.

 

«¡Elena! ¡Niña tonta! ¡¿Qué has hecho?! ¡Llama a los abogados ahora mismo y diles que hubo un error con la transferencia de activos! ¡Rodrigo está desesperado! ¡¿Elena?!»

 

Elena borró el mensaje. Sin asco. Sin duda.

Entonces, tomó el control de la habitación.

 

El timbre. Gritos afuera. Periodistas. El mundo quería una declaración de la «esposa sufrida». Javier se acercó a ella y le entregó una carpeta de piel negra.

 

—Aquí está la prueba final —susurró Javier, inclinándose sobre ella. Su aliento sabía a café y a victoria—. Rodrigo no solo lavaba dinero. Usaba los fondos de tu tratamiento para financiar los sobornos de las licitaciones en Roatán. Tu medicina, Elena, era el cambio sobrante de sus pecados.

 

El aire se volvió sólido. El «ejecute» nació en ese instante. No era solo dinero; era su vida lo que ellos habían usado como moneda de cambio.

Elena se levantó. Caminó hacia el espejo, pero ya no vio una loba herida. Vio una estructura de poder. Se puso un labial rojo, intenso, el color de la sangre oxigenada.

 

—Abre la puerta, Javier —ordenó ella—. Que entren. Pero diles que hablo como la dueña de la empresa, no como la viuda de su moral.

 

Elena descubrió en ese momento la traición de Rodrigo ya no era algo que él «hacía», era un objeto físico que ella ahora poseía. Ella tenía las llaves, los códigos y el odio necesario para cerrar la puerta desde afuera, consciente de que el karma no es un rayo que cae del cielo; es una cuen

ta bancaria que ahora controlo y una celda que yo misma he decorado.

 

 

Capítulo 5:

 

La mansión de la zona 14 estaba sumida en una penumbra dorada, el tipo de iluminación que solo se consigue cuando el dinero intenta comprar la paz. Rodrigo entró con la llave que aún funcionaba, aunque sus pasos ya no tenían la arrogancia de un dueño, sino la vacilación de un intruso. Venía empapado por una lluvia torrencial, con el traje de lino de Roatán arrugado y manchado, una metáfora textil de su caída.

 

—¿Elena? —su voz era un ruego quebrado.

Ella no respondió con palabras. Estaba sentada en el gran salón, bajo el cuadro de la familia que ahora parecía una reliquia de una civilización extinguida. Llevaba un vestido de seda color azabache que se ceñía a su figura, revelando que, aunque la enfermedad le había quitado peso, la rabia le había devuelto la estructura.

 

—Llegas tarde para la cena, Rodrigo —dijo Elena, sin mirarlo—. Pero llegas justo a tiempo para el inventario.

 

Él se desplomó a sus pies, un acto de sumisión que meses atrás hubiera conmovido a Elena, pero que ahora solo le producía una curiosidad clínica. Rodrigo intentó tomar sus manos, esas manos que él había abandonado en la esterilidad de una clínica, pero ella las retiró con una elegancia que dolió más que una bofetada.

 

—Perdóname… mamá me volvió loco, los negocios, el estrés… yo no sabía que esto pasaría —sollozó él, escondiendo el rostro en el regazo de ella.

 

Elena dejó que él se quedara allí un momento. Entonces lo tocó con una ternura. Que era solo el preludio del filo. Sus dedos recorrieron el cabello de Rodrigo, trazando la línea de su nuca con una suavidad eléctrica. Rodrigo, creyendo estúpidamente que había sido perdonado, buscó sus labios.

 

El encuentro que siguió no fue amor; fue una inspección técnica de su derrota. Elena lo condujo a la habitación con una autoridad que lo desarmó. En la penumbra, ella tomó el control absoluto, usando su cuerpo para recordarle a Rodrigo cada milímetro de lo que había despreciado. Fue un acto erótico cargado de una hostilidad refinada. Rodrigo se entregó con la desesperación del que se ahoga, sin notar que cada caricia de Elena era una firma en su sentencia de muerte.

 

Mientras él la poseía buscando redención, ella mantenía los ojos abiertos, observando el techo, calculando los minutos. Para ella, ese contacto era el «zacapismo» final: un último trago de una vida que ya no le pertenecía.

 

—Eres tan predecible, Rodrigo —susurró ella al oído de él en el clímax, una frase que no nació del placer, sino del desprecio—. Crees que porque mi cuerpo está enfermo, mi voluntad también lo está.

 

Se apartó de él con una frialdad quirúrgica. Se

puso la bata de seda y caminó hacia el escritorio de caoba donde descansaba una carpeta de piel negra y una pluma estilográfica que pertenecía al abuelo de Rodrigo.

 

—Ya terminé contigo —sentenció ella, encendiendo la luz principal, cuya blancura cegó a un Rodrigo desnudo y vulnerable en la cama—. Javier está abajo con la policía militar. Tu madre ya está en custodia. Y tú… tú acabas de darme la última confesión que necesitaba bajo juramento digital.

 

Rodrigo la miró, horrorizado. En la mesita de noche, el teléfono de Elena había estado grabando no solo el encuentro, sino la confesión de culpabilidad que él había susurrado entre sollozos minutos antes.

 

Lo toqué como se toca a un animal que vas a sacrificar: con una ternura que es solo el preludio del filo.

 

 

Capítulo 6:

 

La mañana en la Ciudad de Guatemala nació con una luz cruda, una claridad que no perdonaba las arrugas del alma. En la suite principal, el aire estaba viciado por el rastro del miedo de Rodrigo, un olor acre que ni siquiera el sistema de ventilación más costoso podía filtrar.

 

Elena se vistió con la presión de un relojero. Cada movimiento era un engranaje perfectamente calibrado: el cierre de la falda, el ajuste del reloj de platino, el nudo de la pañoleta de seda que ocultaba la cicatriz del puerto de la quimioterapia. Ya no era un cuerpo en resistencia; era una maquinaria de precisión legal.

 

Rodrigo seguía en la cama, envuelto en las sábanas como un niño que teme al monstruo que él mismo alimentó. Sus ojos, enrojecidos y vacíos, seguían a Elena mientras ella colocaba los papeles sobre la mesa de noche.

 

—Firma —ordenó ella. En su voz no admitía réplica—. Es la cesión total. El edificio en zona 10, las cuentas en Panamá, la casa de Roatán. Todo lo que usaste para comprar el silencio de tu madre.

 

—Elena, por favor… no tengo a donde ir. Mamá está incomunicada en el cuartel de Matamoros. Me lo vas a quitar todo —sollozó él, su virilidad reducida a un residuo patético.

 

—No te lo estoy quitando, Rodrigo —corrigió ella con una calma letal—. Te estoy liberando de la carga de ser un hombre poderoso. Ahora puedes ser lo que siempre fuiste: nada.

 

Él firmó. El rasgueo de la pluma contra el papel fue el único sonido en la habitación, un susurro que marcaba el fin de una dinastía de papel y sangre. Elena tomó la carpeta y caminó hacia la puerta. Al llegar al umbral, se detuvo, pero no se dio la vuelta. Su mirada se enfocó en un pequeño detalle una mota de polvo bailando en un rayo de sol sobre la alfombra persa que Rodrigo tanto amaba.

 

—¿Cuándo vuelves? —preguntó él, con la esperanza estúpida del que no entiende que ya está muerto.

 

—Nunca —respondió ella—. Hoy tengo mi última sesión de quimioterapia. Javier me espera abajo. Él sabe que la mejor medicina para el cáncer no está en un hospital, sino en la limpieza profunda de los parásitos.

 

Elena bajó las escaleras. Afinal de cuentas, el tratamiento había funcionado. Su cuerpo estaba en remisión, pero su humanidad había mutado en algo más resistente, algo tallado en diamante. Al salir a la calle, el aire de la montaña le llenó los pulmones por primera vez en años. Vio a Javier apoyado en el coche, esperándola con una mirada que prometía otros incendios, otros imperios que quemar.

 

Rodrigo se quedó solo en la mansión vacía, escuchando cómo las sirenas de la policía se acercaban para cobrar la deuda que su madre no pudo pagar. El silencio de la casa empezó a oler a desinfectante industrial, el mismo que Elena había soportado sola mientras él brindaba en la playa.

 

Rodrigo quería vacaciones de mi enfermedad; ahora tiene toda una vida para enfermarse de soledad en una celda que huele exactamente como el miedo que me dejó.

 

EPÍLOGO: LA RIMA DE LA TRAMA

(Un año después. Costa del Pacífico)

 

El sol de la tarde sobre la arena volcánica de Guatemala no quema; acaricia. Elena camina por la orilla, donde el mar es tan oscuro como su vestido. Su piel ya no es mármol enfermo, sino seda recuperada. A su lado, Javier mantiene una distancia respetuosa, una tensión erótica que no necesita palabras, solo la complicidad de los que han sobrevivido a un incendio.

 

Elena se detiene y saca un sobre de su bolso. Es

una carta con el sello de la Granja Penal de Pavón. La letra de Rodrigo es un garabato desesperado, lleno de promesas de cambio y súplicas de perdón.

 

Ella no la abre. No necesita leer las cenizas de un hombre que ya se extinguió en su memoria.

Elena rompe el sobre en pedazos minúsculos. Deja que el viento de la costa se los lleve, viendo cómo los fragmentos blancos desaparecen en la inmensidad del azabache del mar. Se vuelve hacia Javier. Él le ofrece una copa de vino que esta vez sabe a tierra, a sol y a victoria. Ya no hay rastro de metal en su boca.

 

Sus figuras se desdibujaron en la distancia mientras caminaban hacia la casa de la playa.

En la arena, las huellas de Elena son profundas y firmes, mientras que los restos de la carta de Rodrigo son devorados por una ola que no deja rastro de su existencia.

 

Elena caminaba con la certeza de que el cáncer había sido una batalla y Rodrigo una lección; pero el silencio que ahora disfrutaba… eso era su verdadera fortuna.

 

 

 

«Escribir sobre el placer después de la traición es como describir el primer trago de agua en el desierto. Elena no solo sobrevivió a la enfermedad; sobrevivió al abandono de quien debía ser su refugio. En estas páginas, el erotismo no es solo piel; es un arma. Porque no hay mayor orgasmo que ver caer a un gigante desde la altura de tu propio desprecio. Disfruten del fuego, pero cuidado con las cenizas.»

— AGJH

5 Lecturas/14 enero, 2026/0 Comentarios/por AGJH301xd
Etiquetas: cumpleaños, hija, madre, mayor, militar, montaña, playa, vacaciones
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