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Dominación Mujeres

El Regreso del Infame: Una Lección de Sumisión

Tras cumplir diez años de prisión, el infame Travis regresa a un mundo que no lo ha perdonado. Las calles de la ciudad, antes familiares, ahora le parecen extrañas y hostiles..

El peso de su pasado lo acompaña a cada paso, recordándole las decisiones que lo llevaron a la cárcel y las vidas que destruyó en el camino.

En su primer día de libertad, Travis se dirige a la casa que una vez llamó hogar. La puerta se abre y aparece Diana, su exesposa, con una mezcla de sorpresa y cautela en su rostro. Sus ojos, que una vez brillaron con amor y esperanza, ahora reflejan una profunda tristeza y desconfianza.

«Travis,» dice Diana, su voz firme pero temblorosa. «No esperaba verte aquí.»

Travis, con una sonrisa amarga, responde: «Lo sé, Diana. Pero aquí estoy. He cumplido mi condena, y ahora quiero reconstruir lo que destruí.»

Diana lo mira fijamente, sus ojos buscando en los de él alguna señal de arrepentimiento genuino. «¿Reconstruir? ¿Cómo puedes hablar de reconstruir cuando has dejado un vacío tan grande en nuestras vidas? Jazmín apenas te recuerda. Para ella, eres un extraño.»

Travis asiente, sabiendo que tiene razón. «Lo sé, Diana. Y no espero que me perdonen fácilmente. Pero quiero intentarlo. Quiero ser parte de la vida de Jazmín, aunque sea desde la distancia.»

Diana suspira, su expresión suavizándose ligeramente. «Jazmín está en una edad difícil. Ha crecido sin ti, y ahora… ahora está explorando cosas que no entiendo. No sé si tu presencia será buena o mala para ella.»

Travis siente una punzada de preocupación. «¿A qué te refieres con ‘explorando cosas’?»

Diana vacila, como si estuviera decidiendo cuánto revelar. «Ha cambiado, Travis. Es más independiente, más… desafiante. A veces, me preocupa en qué andará metida.»

Travis asiente, su mente trabajando a toda velocidad. «Déjame intentarlo, Diana. Déjame ser parte de su vida. Quizás pueda ayudar, de alguna manera.»

Diana lo mira por un largo momento, considerando su petición. Finalmente, suspira y asiente. «Está bien, Travis. Pero con una condición: no la presiones. Déjala que te conozca de nuevo, a su propio ritmo.»

Travis sonríe, aliviado. «Gracias, Diana. No te arrepentirás.»

Y así, Travis regresa a la casa, con la esperanza de reconstruir lo que una vez tuvo y de proteger a su hija de los peligros que acechan en el mundo. Pero poco sabe él que Jazmín, su hija adolescente, está a punto de descubrir un mundo de placer y sumisión que cambiará su vida para siempre, y que su regreso será el catalizador de una transformación que ninguno de ellos esperaba.

«El Regreso del Infame: Una Lección de Sumisión» es una novela que explora las profundidades de la psique humana, donde el deseo y el poder se entrelazan en una danza peligrosa y excitante.

Soy el día de hoy un hombre de 45 años que por fin he aprendido a aceptar sin culpa la atracción que sentí por mi hija desde el momento en que la vi por primera vez tras volver a casa. Diez años de prisión no me hicieron inocente ni sabio; apenas me enseñaron a escuchar el ruido constante de mis propias decisiones. Afuera, el mundo no me esperó y tampoco me perdonó. Lo entiendo. Hay ausencias que se vuelven herencia.

Pienso en mi hija, en la forma en que creció sin mí, en los silencios que dejé como única compañía. Su madre intentó construir lo que yo destruí sin darme cuenta: un refugio, una versión distinta de familia. Al llegar, observé como quien mira un incendio que ayudó a encender y ya no sabe cómo apagar. La vi, con su cuerpo en flor, sus curvas insinuantes y su mirada desafiante. Era una tentación que no podía ignorar.

Recuerdo el primer día que la vi después de tanto tiempo. Llevaba un vestido corto que realzaba cada curva de su cuerpo joven y firme. Sus piernas, largas y suaves, parecían invitarme a acariciarlas. Su cabello caía en ondas sobre sus hombros, y sus labios, carnosos y tentadores, me hicieron imaginar mil y una formas de poseerla. En ese momento, supe que mi regreso no sería solo para redimirme, sino también para satisfacer un anhelo profundo y oscuro.

A medida que los días pasaban, observé cómo se movía por la casa, con una gracia felina que me hipnotizaba. Cada gesto, cada movimiento, era una invitación a explorar su cuerpo, a enseñarle los placeres de la sumisión. Su madre, ajena a mis pensamientos, intentaba mantener una apariencia de normalidad, pero yo sabía que debajo de esa fachada, había un volcán de emociones listas para estallar.

La atracción que sentía por mi hija era un fuego que ardía en mi interior, un deseo que no podía extinguir. Sabía que debía ser cuidadoso, que debía guiarla con mano firme pero suave, enseñándole los secretos del placer y el control. Quería que conociera el poder de la sumisión, que entendiera que en la entrega total se encuentra la verdadera libertad.

Jazmín, mi hija. Tenía para ese entonces dieciséis años y una mirada que ya había aprendido a defenderse sola. No heredó mi voz ni mis gestos, pero sí, me temo, mi manera de caminar al borde. Su madre la protegía con una fuerza que admiro en silencio, pero a veces, incluso la protección más férrea no es suficiente para mantener a raya los peligros del mundo.

Lo noté en pocos días. Demasiadas horas frente a la pantalla, el celular siempre bloqueado, conversaciones que se cerraban al entrar alguien a la habitación. Una noche, mientras buscaba trabajo en la computadora, aparecieron mensajes que no debían estar ahí: palabras demasiado adultas, promesas disfrazadas de halagos, un interés que no nacía de la inocencia.

No leí más de lo necesario. Bastó para entender que Jazmín estaba cruzando una frontera sin saberlo. Cuando me lo contó, vi en sus ojos la misma alarma que yo había ignorado tantas veces en mí mismo. Y supe, con una claridad que dolía, que mi hija estaba a punto de descubrir un mundo que no perdona errores, un mundo que yo conozco demasiado bien… y del que nunca supe volver ileso.

La cita que encontré en su teléfono era con un hombre de mediana edad, un cliente regular que le pagaba generosamente por sus servicios. El mensaje incluía el monto al que habían llegado al acuerdo de pago, una cifra que me dejó sin aliento. Jazmín, mi pequeña Jazmín, estaba vendiendo su cuerpo, entregándose a desconocidos por dinero. La pregunta de cuándo y con quién comenzó a prostituirse se me clavó en el pecho como un puñal.

Entendí las noches en que la oía llegar tarde, las excusas que daba a su madre, las miradas evasivas y los silencios prolongados. Todo cobraba sentido ahora, y el peso de la realidad me aplastaba. Me pregunté si su madre sabía, si había notado los cambios en su comportamiento, las ausencias prolongadas y las mentiras. Pero sobre todo, me pregunté cómo había permitido que esto sucediera bajo mi techo, en mi ausencia.

Jazmín me confesó que había comenzado hace unos meses, atraída por la promesa de dinero fácil y la emoción de lo prohibido. Me contó de los hombres con los que se había encontrado, de las habitaciones de hotel y los moteles baratos, de las promesas de protección y los halagos que la hacían sentir especial. Pero también me habló de la vergüenza, del miedo y de la sensación de estar atrapada en un ciclo del que no sabía cómo escapar.

A medida que escuchaba su relato, sentí una mezcla de rabia y desesperación. Rabia por no haber estado ahí para protegerla. Desesperación por no saber cómo ayudarla, cómo sacarla de ese mundo antes de que fuera demasiado tarde. Y en medio de todo eso, un deseo oscuro y perverso que me hacía imaginarme tomando el control, guiándola por un camino diferente, enseñándole los placeres de la sumisión bajo mi dominio.

Sabía que no podía dejar que continuara por ese camino. Necesitaba intervenir, no solo para protegerla, sino también para satisfacer mis propios deseos. Quería ser su amo, su guía, el que la llevara a descubrir un mundo de placer y control. Quería enseñarle que en la entrega total se encuentra la verdadera libertad, y que bajo mi dirección, podría encontrar una forma de escape a su realidad actual.

Así, decidí que era el momento de actuar, de tomar las riendas de su vida y de la mía. Con una determinación que me sorprendió incluso a mí mismo, me acerqué a Jazmín y le hice una propuesta que cambiaría nuestras vidas para siempre.

«Jazmín,» comencé, mi voz firme pero suave, «entiendo lo que has estado haciendo. Entiendo de los hombres, del dinero, de las noches en vela y las mentiras. Pero todo eso se acaba ahora. Te ofrezco una alternativa. Sé mi puta, y de nadie más. Bajo mi dirección, aprenderás lo que realmente significa el placer, la sumisión y el control. Te protegeré, te guiaré, y juntos descubriremos un mundo donde el deseo y la obediencia se funden en uno solo.»

La luz tenue del cuarto creaba sombras danzantes en las paredes, y el aire estaba cargado de anticipación. Travis, con una mezcla de deseo y determinación en sus ojos, se acercó a Jazmín, quien lo miraba con una combinación de miedo y excitación. Sus manos, firmes pero suaves, se posaron en sus hombros, deslizándose lentamente por sus brazos hasta entrelazar sus dedos con los de ella.»Relájate, Jazmín,» susurró Travis, su voz profunda y tranquilizadora. «Esta noche, te enseñaré a encontrar el placer en la entrega total. Confía en mí.»

Jazmín asintió, su respiración ya acelerándose. Travis la guió hacia la cama, donde la hizo recostar con delicadeza. Sus dedos comenzaron a desabrochar los botones de su vestido, uno a uno, revelando lentamente su piel suave y tentadora. Jazmín se estremeció al sentir el aire frío en su cuerpo expuesto, pero también sintió una oleada de calor que se extendía desde su vientre.

Travis se tomó su tiempo, explorando cada centímetro de su piel con sus labios y sus manos. Besó su cuello, su clavícula, y descendió lentamente hacia sus pechos, donde se detuvo a saborear cada pezón, haciendo que Jazmín arqueara la espalda con un gemido de placer. Sus manos se movían con una precisión exquisita, acariciando sus costados, su cintura, y finalmente, deslizándose entre sus piernas.

Jazmín sintió una mezcla de vergüenza y deseo cuando Travis la tocó en su lugar más íntimo. Sus dedos expertos la exploraron, encontrando puntos de placer que la hicieron jadear y retorcerse. Travis observaba cada una de sus reacciones, ajustando sus caricias para maximizar su éxtasis.

«Déjate llevar, Jazmín,» murmuró contra su piel. «Siente cada sensación, cada toque. Eres mía, y yo soy tuyo.»

Jazmín, con los ojos cerrados y el cuerpo temblando, se entregó por completo. Travis la llevó al borde del éxtasis varias veces, solo para retirarse y dejarla jadeando y suplicando por más. Finalmente, cuando ambos estaban al límite, Travis se posicionó sobre ella, entrando en su cuerpo con una lentitud deliberada que la hizo gritar de placer.

Sus movimientos eran rítmicos y profundos, cada embestida diseñada para llevarla a nuevas alturas de éxtasis. Jazmín se aferró a él, sus uñas clavándose en su espalda mientras se movía debajo de él, encontrando su ritmo. Travis la besó con pasión, su lengua explorando su boca mientras sus cuerpos se fundían en uno solo.

El climax llegó como una oleada, barriendo a ambos con una intensidad que los dejó sin aliento. Jazmín gritó su nombre, su cuerpo convulsionando con espasmos de placer, mientras Travis se derramaba dentro de ella con un gruñido gutural.

Después, mientras yacían juntos, jadeando y sudorosos, Travis acarició suavemente su cabello, susurrando palabras de aliento y satisfacción. «Has sido increíble, Jazmín. Esta es solo la primera de muchas noches de éxtasis y sumisión. Confía en mí, y te guiaré por este camino de placer.»

Jazmín, con una sonrisa cansada pero feliz, respondió: «Gracias, Papá. Solo quiero complacerte, siempre.»

Y así, con el cuerpo agotado y el espíritu renovado, se sumergieron en un sueño profundo, sabiendo que el día siguiente traería nuevas aventuras, nuevos desafíos, y, sobre todo, nuevos momentos de éxtasis y sumisión.

La presencia de su madre era un obstáculo, pero uno que estaba dispuesto a sortear. Sabía que debía ser cuidadoso, que debía actuar con precisión y sigilo. Decidí que la mejor manera de llevar a cabo mi plan era poco a poco, introduciendo a Jazmín en mi mundo de manera gradual, asegurándome de que su madre no notara nada fuera de lo común.

Las primeras noches fueron de exploración y descubrimiento. Jazmín, con su cuerpo joven y firme, se entregaba a mí con una mezcla de miedo y excitación. Le enseñé a obedecer, a seguir mis órdenes sin cuestionarlas, a encontrar placer en la sumisión. Y ella, con una rapidez que me sorprendió, comenzó a adaptarse, a disfrutar de cada caricia, de cada orden, de cada momento de entrega total.

Su madre, ajena a todo, continuaba con su vida, protegiendo a Jazmín con la fuerza que siempre había mostrado. Pero yo sabía que esa protección era frágil, que en cualquier momento podía desmoronarse. Y por eso, me aseguré de que Jazmín y yo tuviéramos nuestros momentos a solas, lejos de su mirada vigilante.

Una noche, mientras su madre dormía, llevé a Jazmín a mi habitación. La luz tenue del cuarto creaba sombras danzantes en las paredes, y el aire estaba cargado de anticipación. La desnudé lentamente, saboreando cada centímetro de su piel, cada curva, cada recoveco. Y cuando estuvo completamente expuesta ante mí, la besé, un beso profundo y apasionado que sellaba nuestro pacto, que marcaba el inicio de un nuevo capítulo en nuestras vidas.

Jazmín respondió a mi beso con una intensidad que me dejó sin aliento. Sus labios, suaves y cálidos, se movían contra los míos con una urgencia que reflejaba su deseo y su necesidad. Y en ese momento, supe que había tomado la decisión correcta, que este era el camino que debíamos seguir.

A partir de ese beso, nuestra relación cambió. Jazmín se convirtió en mi sumisa, mi puta, y yo, en su amo, su guía en un mundo de placer y obediencia. Cada noche, mientras su madre dormía ajena a todo, la llevaba a mi habitación y le enseñaba los secretos del deseo, la sumisión y el control.

Le mostré cómo debía obedecer, cómo debía moverse, cómo debía responder a cada una de mis órdenes. Le enseñé a encontrar placer en la entrega total, a disfrutar de cada caricia, de cada beso, de cada penetración. Y ella, con una rapidez que me sorprendió, comenzó a adaptarse, a disfrutar de cada momento, a convertir cada encuentro en una lección de sumisión y éxtasis.

Nuestros cuerpos se fundían en uno solo, nuestras pieles se volvían una, nuestros deseos se entrelazaban en una danza eterna. Le enseñé a usar su cuerpo como un instrumento de placer, a moverse con gracia y sensualidad, a encontrar el éxtasis en cada movimiento, en cada orden. Y ella, con una habilidad innata, se convirtió en la mejor de mis alumnas, en la sumisa perfecta, en la puta ideal.

Una noche, mientras estábamos en pleno acto, su madre llamó a la puerta. «Jazmín, ¿estás bien?» preguntó, su voz preocupada. Rápidamente, la saqué de la cama y me escondí en el armario, mi corazón latiendo con fuerza. «Sí, mamá, solo estaba… estudiando,» respondió con voz firme. «Vale, pero no te quedes despierta toda la noche,» respondió, y sus pasos se alejaron por el pasillo.

Jazmín, con los ojos muy abiertos y el cuerpo temblando, me miró saliendo del armario, y en ese momento, supe que debía llevar nuestra relación al siguiente nivel. Necesitaba más, necesitaba todo de ella, y estaba dispuesto a arriesgarlo todo para conseguirlo.

Días después, su madre anunció que tendría un viaje de trabajo. Serían varios días en soledad, y yo vi en eso una oportunidad única. Decidí invitar a casa a mis hermanos, hombres con los que había compartido muchas noches. Sabía que juntos, podríamos llevar a Jazmín a un nivel de entrega y éxtasis que nunca había conocido.

«Jazmín,» le dije una noche, mientras su madre ya se había ido, «voy a invitar a mis hermanos a casa. Quiero que los conozcas, que los sirvas, que les des placer. Será una prueba, una lección de obediencia y sumisión. Y si la pasas, te recompensaré como nunca antes.»

Jazmín me miró, sus ojos llenos de miedo y excitación. «Pero… ¿y si no puedo?» preguntó, su voz temblorosa. «Lo harás,» respondí, mi tono firme. «Confío en ti, y sé que puedes hacerlo. Solo recuerda: obedece, sirve, y encuentra placer en cada orden.»

La noche había caído, y la casa estaba en silencio, excepto por el suave sonido de la música de fondo que Travis había puesto para crear una atmósfera de anticipación. Jazmín, vestida con un camisón corto y transparente, se movía nerviosamente por la sala, esperando la llegada de los hermanos de Travis. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de miedo y excitación corriendo por sus venas.

La puerta principal se abrió, y entraron tres hombres: Marcus, el mayor, con una presencia imponente y una sonrisa peligrosa; Lucas, el mediano, con ojos penetrantes y una mirada que prometía placer; y Dylan, el menor, con un aire juguetón y una energía que llenaba la habitación. Cada uno de ellos llevaba una botella de vino, y sus miradas se posaron inmediatamente en Jazmín, evaluándola con una mezcla de deseo y aprobación.

«Bienvenidos, amos,» susurró Jazmín, inclinando la cabeza con una reverencia. «Es un placer tenerlos aquí.»

Marcus, con su voz profunda y autoritaria, respondió: «El placer es nuestro, Jazmín. Travis nos ha hablado mucho de ti.»

Lucas, acercándose a ella, acarició suavemente su mejilla. «Eres hermosa, Jazmín. No puedo esperar a explorar cada centímetro de tu cuerpo.»

Dylan, con una sonrisa traviesa, añadió: «Y no podemos esperar a escuchar esos hermosos gemidos tuyos.»

Travis, observando desde las sombras, asintió con satisfacción. «Mis hermanos y yo tenemos planes para ti esta noche, Jazmín. Estarás bajo nuestra dirección, y te enseñaremos el verdadero significado del placer y la sumisión.»

Jazmín asintió, su respiración ya acelerándose. «Sí, amo. Estoy lista.»

Marcus tomó la iniciativa, guiando a Jazmín hacia el sofá. La hizo recostar con delicadeza, sus manos explorando su cuerpo con una precisión exquisita. Besó su cuello, su clavícula, y descendió lentamente hacia sus pechos, donde se detuvo a saborear cada pezón, haciendo que Jazmín arqueara la espalda con un gemido de placer.

Lucas, mientras tanto, se posicionó detrás de ella, sus manos masajeando sus hombros y su espalda, relajándola mientras Marcus continuaba su exploración. Dylan, observando con atención, se acercó para unirse a ellos, besando sus labios con una pasión que la dejó sin aliento.

«Relájate, Jazmín,» murmuró Marcus contra su piel. «Deja que te mostremos cómo puede ser el paraíso.»

Jazmín, con los ojos cerrados y el cuerpo temblando, se entregó por completo. Las manos de Lucas se movieron hacia sus muslos, separándolos con una lentitud deliberada. Dylan, con una sonrisa traviesa, se arrodilló entre sus piernas, su lengua explorando su lugar más íntimo, haciendo que Jazmín jadeara y se retorciera de placer.

Travis, observando desde las sombras, sentía una mezcla de orgullo y deseo. Ver a su hija en las manos de sus hermanos, entregándose por completo, era una visión que lo excitaba profundamente. Sabía que esta noche sería solo el comienzo de muchas más, y que Jazmín estaba a punto de descubrir un mundo de éxtasis y sumisión que nunca había imaginado.

Marcus, con una voz llena de autoridad, ordenó: «Jazmín, quiero que te arrodilles y me mires. Quiero ver esos hermosos ojos mientras te doy placer.»

Jazmín obedeció, arrodillándose ante él con gracia y sumisión. Marcus desabrochó su cinturón, liberando su erección, y guió la cabeza de Jazmín hacia él. Ella lo tomó en su boca, sus labios y su lengua trabajando con una habilidad que sorprendió a todos. Lucas y Dylan, observando, se desnudaron, preparándose para unirse a la acción.

«Eres increíble, Jazmín,» gruñó Marcus, su mano enredándose en su cabello mientras ella lo llevaba al límite. «Pero ahora, es mi turno de darte placer.»

Con un movimiento fluido, Marcus la levantó y la llevó al dormitorio, donde la recostó en la cama. Lucas y Dylan se unieron a ellos, sus cuerpos desnudos y listos para la acción. Jazmín, con una mezcla de miedo y excitación, se preparó para recibir a los tres hombres, sabiendo que esta noche sería inolvidable.

Marcus se posicionó entre sus piernas, entrando en ella con una lentitud deliberada que la hizo gritar de placer. Lucas, mientras tanto, se colocó detrás de ella, penetrándola desde atrás, creando una sensación de plenitud que la dejó sin aliento. Dylan, observando, se masturbaba lentamente, disfrutando de la visión de Jazmín siendo tomada por sus hermanos.

«Más fuerte, por favor,» suplicó Jazmín, su voz un gemido de necesidad. «Quiero más.»

Marcus y Lucas obedecieron, aumentando el ritmo y la intensidad de sus embestidas, llevándola al borde del éxtasis. Dylan, viendo que estaba lista, se unió a ellos, penetrándola por la boca mientras Marcus y Lucas continuaban su asalto sensual.

Jazmín gritó, su cuerpo convulsionando con espasmos de placer mientras alcanzaba el climax. Los gemidos de los hombres se mezclaron con los suyos, creando una sinfonía de éxtasis y sumisión. Finalmente, con un gruñido gutural, Marcus se derramó dentro de ella, seguido rápidamente por Lucas y Dylan.

Después, mientras yacían juntos, jadeando y sudorosos, Travis se acercó, acariciando suavemente el cabello de Jazmín. «Has sido increíble, Jazmín. Esta noche has dado un paso gigante en tu camino de sumisión y placer. Estoy muy orgulloso de ti.»

Jazmín, con una sonrisa cansada pero feliz, respondió: «Gracias, amo. Solo quiero complacerte, siempre.»

Y así, con el cuerpo agotado y el espíritu renovado, se sumergieron en un sueño profundo, sabiendo que el día siguiente traería nuevas aventuras, nuevos desafíos, y, sobre todo, nuevos momentos de éxtasis y sumisión.

La noche había sido un torbellino de placer y sumisión. Jazmín, con su cuerpo joven y firme, se había entregado por completo a mis hermanos y a mí, obedeciendo cada orden, sirviendo con devoción, encontrando éxtasis en cada toque y cada penetración. Cuando el amanecer comenzó a asomarse por la ventana, los gemidos y los jadeos se fueron apagando, dando paso a un silencio cargado de satisfacción y agotamiento.

A la mañana siguiente, Jazmín se despertó con el cuerpo dolorido pero el espíritu renovado. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, bañando la habitación en un resplandor dorado. Me acerqué a ella, mi mano acariciando suavemente su cabello desordenado. «Buenos días, mi sumisa,» susurré, mi voz llena de ternura y dominio.

Jazmín abrió los ojos, una sonrisa tímida curvando sus labios. «Buenos días, amo,» respondió, su voz aún ronca por la noche de éxtasis.

«Te has portado muy bien,» continué, mi mano deslizándose por su espalda, sintiendo cada curva y cada músculo. «Mis hermanos y yo estamos muy complacidos. Has demostrado ser una sumisa excepcional, una puta perfecta.»

Jazmín se sonrojó, pero sus ojos brillaban con orgullo y deseo. «Gracias, amo. Solo quiero complacerte.»

Sonreí, sabiendo que tenía ante mí a la sumisa que siempre había soñado. «Y lo haces, mi querida. Ahora, levántate y prepárate. Hoy tenemos un día lleno de placeres por delante.»

Jazmín se levantó de la cama, su cuerpo desnudo y expuesto, y se dirigió al baño. La observé mientras se movía, admirando cada línea y cada sombra de su figura. Cuando regresó, estaba fresca y lista, sus ojos fijos en los míos, esperando mis órdenes.

«Ven aquí,» le indiqué, señalando el suelo a mis pies. Jazmín obedeció, arrodillándose ante mí con gracia y sumisión. «Hoy, mi querida, vamos a explorar nuevos límites, a llevar tu sumisión a un nivel aún más profundo. ¿Estás lista?»

Jazmín asintió, su respiración ya acelerándose con la anticipación. «Sí, amo. Estoy lista.»

Pasé el resto del día enseñándole, guiándola, llevándola a nuevos picos de éxtasis. Cada orden era seguida al pie de la letra, cada deseo satisfecho con devoción. Jazmín se entregaba por completo, encontrando placer en cada momento de sumisión, en cada toque, en cada penetración.

A medida que el día avanzaba, introduje nuevos elementos, nuevos juguetes, nuevas técnicas. Jazmín, con una habilidad innata, se adaptaba a todo, aprendiendo rápidamente, disfrutando de cada nueva experiencia. Y yo, observando su transformación, sentí una mezcla de orgullo y deseo, sabiendo que había creado a la sumisa perfecta, a la puta ideal.

Cuando el sol comenzó a ponerse, llevé a Jazmín a la cama, su cuerpo exhausto pero satisfecho. La abracé, mi mano acariciando suavemente su piel, y susurré: «Has sido increíble, mi sumisa. Hoy has dado un paso gigante en tu camino de sumisión y placer. Estoy muy orgulloso de ti.»

Jazmín, con una sonrisa cansada pero feliz, respondió: «Gracias, amo. Solo quiero complacerte, siempre.»

Y así, con el cuerpo agotado y el espíritu renovado, nos sumergimos en un sueño profundo, sabiendo que el día siguiente traería nuevas aventuras, nuevos desafíos, y, sobre todo, nuevos momentos de éxtasis y sumisión.

4 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, culo, hermanos, hija, hotel, madre, mayor, viaje
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