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Dominación Mujeres, Heterosexual, Incestos en Familia

Entre el hambre de ser vista y el deseo de romperlo todo

El relato que plasma lo que viví cuando empezaba a descubrir que mi cuerpo tenía impulsos que mi educación no sabía cómo acomodar..
Con el tiempo entendí que su deseo no empezaba en el cuerpo. Empezaba en la ausencia.

Ambos éramos muy jóvenes, yo aún creía que el mundo era ordenado. Ella, parecía hecha exactamente para desordenarlo.

Habíamos crecido juntos. Éramos familia, compartíamos sobremesas, fiestas, celebraciones.

Yo era el hijo único, el correcto, el que no daba grandes problemas. Apenas empezaba a descubrir que mi cuerpo tenía impulsos que mi educación no sabía cómo acomodar.

Ella era la menor de una casa donde nadie tenía tiempo para escucharla. Sus padres ya no tenían la energía de antes. Sus hermanos ya tenían sus propios mundos. Ella aprendió a observar desde la periferia. Comprendió pronto que la atención no se pide: se provoca. Siempre había sido más atrevida. Más directa. Más curiosa.

No era la más buscada. No era la que recibía miradas largas de los hombres. Y eso, en lugar de apagarla, la encendió. Observaba. Escuchaba. Aprendía.

Había visto demasiado pronto cómo funcionaban las dinámicas entre adultos: los silencios cargados, las puertas cerradas, los gemidos ahogados que nadie explicaba.

Descubrió pronto que el cuerpo era una herramienta poderosa. Que una insinuación bien colocada generaba reacciones. Que una mirada sostenida descolocaba. Que podía provocar nervios, tensión, respiraciones alteradas.

Lo que para otros era tabú, para ella era curiosidad pura. Y la curiosidad, en su caso, siempre apuntaba al cuerpo.

Cada vez que notaba que alguien la deseaba, que alguien perdía compostura, que alguien la miraba con hambre… algo en ella se llenaba. Aunque fuera por unos minutos.

Cuando empezó a buscarme, no fue inocente. Fue estratégico. Yo encajaba perfecto en su ecuación. Era el correcto. El intocable. El que no debía caer.

Si lograba moverme, mover mis límites, quebrar mi imagen… entonces su poder era real.

Se sentaba más cerca de lo necesario. Me rozaba al pasar. Hacía preguntas que sabía que me descolocaban.

 

—¿Nunca has tenido ganas de perder el control?

Yo tragaba saliva. Decía que no.

—Tengo ganas de conocer a tu amigo, ¿me lo enseñas?

Yo sudaba frio. Repetía la respuesta.

—Si le hablas de mí, yo le presento a mi mejor amiga.

Yo respiraba profundo. Y volvía a decir que no. Mentía.

 

Ella sabía leerme. Sabía exactamente cuánto insistir antes de que mi resistencia se volviera tensión acumulada.

Cuando me provocaba no era impulsiva; era meticulosa. Sabía exactamente cuándo detenerse para que yo quedara pensando. Sabía cuándo acercarse lo suficiente para que mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.

Había una mezcla peligrosa en ella: inseguridad y control.

Por fuera podía parecer que actuaba por pura calentura. Pero debajo había algo más complejo: miedo a no ser suficiente. A no ser deseada. A no ser elegida. Y entonces elegía ella primero.

Tomaba la iniciativa. Dirigía. Marcaba el ritmo. No dejaba espacio para que la rechazaran.

El primer día que nos quedamos solos en mi casa no fue casualidad. Ella se aseguró de que así fuera, estaba de visita en la casa de los abuelos y en cuando llegaron mis padres de visita al mismo lugar, salió corriendo a mi casa, sabía que estaba solo y sería presa fácil. Tocó la puerta, entró, me habló diferente. Más lento. Más directo.

Me tocó, besó, succionó como quien comprueba una teoría, como si no hubiera un mañana. Era tal su habilidad, o simplemente mi excitación que me hizo llegar a un paraíso culposo.

Yo estaba rígido entre la culpa y el deseo. Ella no, tenía hambre, no solo de sexo, de poder. De comprobar que podía despertar algo en alguien que siempre se creyó intocable.

Cuando me besó, no fue romántico. Fue decisivo.

Me tomó de la manó y fuimos a la recamara de mis padres (por ser la más cercana), nos sentamos en la cama en que descansaban y tenían sus desenfrenos carnales. Esa misma cama desde donde tantas veces los había escuchado murmurar mientras compartían su pasión, para no ser descubiertos.

No sentamos y la pasión hizo su trabajo, nos tocamos de una manera casi sobrenatural, descubriendo sensaciones que los ambos dijimos nunca haber sentido antes. Llegó el momento de la verdad, levanté la parte superior de su ropa, dos insipientes bultos salían de su pecho, que para mi corta edad parecían frutos de los dioses, los acaricié, besé y mordí aferrándome a ellos como si de un recién nacido se tratara.

Pocos minutos después, nos ganó la pasión, y ella levantó su cadera, como una invitación para lo que seguía, tomé desde los costados sus desgastados pantalones de mezclilla, dejando a la vista su inocente ropa interior, que parecía haber sido víctima de muchas batallas y debajo el tesoro más grande que mis ojos habían visto, quise besarlo y ella no me lo permitió. Al contrario, me pidió que me acercara a ella y nos unimos en un beso, nuestros cuerpos se fundieron en uno sólo y fue ahí donde descubrí lo que era el cielo en la tierra. Tal vez por excitación o inexperiencia (o ambas) terminé dentro de ella. Ambos asustados e inexpertos, nos levantamos nos vestimos rápidamente y regresamos a la sala, empezamos a platicar y una cosa llevó a la otra, encendimos nuevamente la maquinaria, pero ella ya no quería llegar a la meta, únicamente se dedicó besarse con mi amigo. Terminamos y ella se reacomodó y se despidió.

Me dijo: “Ves, no eras tan santo”.  Y lo peor es que tenía razón.

Se fue de mi casa y 10 minutos después regresaron a mi casa. Habían pasado 2 horas, que para mi fueron como 5 minutos, los más intensos de mi vida en ese momento.

Las siguientes veces ya no hubo torpeza. Ella guiaba. Tomaba la iniciativa. Se movía con una seguridad que no correspondía a la imagen que otros tenían de ella.

Yo descubrí que el peligro excita. Que el riesgo acelera la sangre.

 

Que hacer algo prohibido frente a un mundo que cree que eres correcto tiene un sabor distinto. Pero también descubrí el miedo. Después de cruzar ciertos límites, el silencio pesa. Las horas se hacen largas. La cabeza empieza a calcular consecuencias. Ella no parecía preocuparse igual. Para ella, el riesgo era parte del juego. Ser descubierta casi parecía una fantasía secundaria. No por escándalo, sino por validación. Por existir intensamente.

Una vez, mientras todos buscaban en medio de un juego, nos escondimos. La adrenalina nos respiraba en la nuca. Afuera se escuchaban risas. Pasos. Voces. Y nosotros uniendo nuestros seres en un frenesí, que hacía que nuestros cuerpos bailaran al mismo ritmo.

Los encuentros siguientes fueron más calculados. Más breves. Más intensos. El peligro de ser descubiertos añadía una capa de vértigo que yo no sabía si me excitaba o me aterraba.

En esos encuentros clandestinos, mientras el mundo afuera seguía su curso, ella parecía distinta. Más segura. Más viva. Como si en ese espacio secreto finalmente fuera protagonista.

En medio de celebraciones familiares, de juegos aparentemente inocentes, nuestras miradas tenían conversaciones paralelas. Códigos secretos. Invitaciones silenciosas.

Yo aprendía. Ella dirigía. Pero cada experiencia venía acompañada de preguntas que no sabía responder:

¿Era deseo?, ¿Era rebeldía?, ¿Era necesidad de ser visto?, ¿Era simplemente juventud?

Pero después, en los silencios, yo alcanzaba a ver algo. Una sombra breve. Una necesidad que iba más allá del placer. Porque el deseo puede ser físico… pero cuando nace del vacío, se vuelve urgente. Y lo urgente rara vez es tranquilo.

Yo estaba descubriendo mi sexualidad. Ella estaba intentando llenar algo.

Adentro, el mundo era puro pulso. No era amor. No era ternura. Era hambre cruzándose con represión. Era ella queriendo sentir que alguien la deseaba sin reservas. Era yo probando hasta dónde llegaba mi moral cuando nadie miraba.

 

Con el tiempo entendí algo incómodo: Ella no solo me buscaba a mí.

 

Buscaba probar que tenía control sobre el deseo ajeno. Que su cuerpo podía abrir puertas. Que podía provocar lo que quisiera.

Y yo… necesitaba que alguien me sacara del pedestal donde me habían puesto.

Nos cruzamos en el momento exacto donde mi represión y su hambre se encontraron. No fue romántico. No fue inocente. Fue intenso porque ambos estábamos buscando algo que no sabíamos nombrar.

Años después entendí que ella no era “demasiado intensa”. Era demasiado invisible. Y aprendió que la manera más rápida de dejar de ser invisible… era encender a alguien.

Nos usamos un poco. Nos descubrimos mucho. Y nunca volvimos a mirarnos igual. Años después entendí que no fue solo sexo. Fue el choque entre quien creía que era… y quien mi cuerpo estaba listo para ser.

7 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por alaverdelarga
Etiquetas: abuelos, amiga, amigo, familia, hermanos, hijo, secundaria, sexo
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