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Dominación Mujeres, Heterosexual, Incestos en Familia

Hijos del silencio

De esa familia se sabe poco. Vivían en una casa mal armada, hecha con lo que se había podido conseguir. El techo tenía huecos y, aunque no siempre llovía, casi siempre había humedad.
El agua se colaba igual, lenta, insistente.

 

El padre se llamaba Carlos. Estaba enfermo del pecho desde hacía tiempo. Por eso dormía sentado, en una silla, con los brazos cruzados sobre el cuerpo. Decía que acostarse le empeoraba la tos. Los hijos dormían en el suelo, juntos, envueltos en una sola cobija que no alcanzaba para los tres.

 

Eran Simón, el mayor, de doce años; Iñigo, el del medio; y Luz Dary, la más pequeña. Ese día, como tantos otros, no había comida.

 

Antes de salir, puso una olla debajo de una gotera que seguía cayendo desde el techo. El agua que juntaba servía para todo. Los niños se alistaron sin hablar mucho. Iñigo se amarró unos zapatos rotos. Simón tosió fuerte al despertar. Luz Dary barrió el piso con una escoba gastada, más por costumbre que por limpieza.

 

Trabajaban en un cultivo que no era suyo. Caminaban hasta allá todos los días. El hombre que los esperaba allí no tenía nombre para ellos. Nadie lo decía. Era el que mandaba, el que decidía cuánto valía el trabajo y cuánto se podía exigir. Siempre decía que llegaban tarde, aunque no fuera cierto.

 

Repartía las tareas sin explicar demasiado. A Simón le daba el machete más pesado. A Iñigo le tocaba cargar un balde roto. A Luz Dary recoger lo poco que quedaba en el suelo. Carlos trabajaba con ellos, arrancando maleza con las manos cuando la tos no se lo impedía.

 

El hombre no gritaba casi nunca. Tampoco pegaba. Por eso mismo le decían el Sádico. Disfrutaba mirando. Viendo cuánto podían resistir. Volvía varias veces al día solo para recordarles que no era momento de cansarse.

 

Al mediodía comían un pedazo de panela repartido entre todos. Algunas veces ni eso. El hombre los miraba comer y se iba.

 

Cuando el sol bajaba, exigía más rapidez. Si algo se rompía, como el balde de Iñigo, decía que al día siguiente trajeran otro. Si no había, no era su problema.

 

Después hubo un día distinto.

 

Fue a media mañana cuando el hombre lo llamó. No al final del día, como era costumbre, sino cuando el sol todavía estaba alto. Dijo el nombre de Carlos una sola vez y le hizo una seña con la mano.

 

Antes de hablar, le entregó la paga del día. Era poco, como siempre, pero estaba completa. Eso no era común. Carlos la recibió sin decir nada.

 

Luego el hombre miró a los niños.

 

—Deben tener hambre —dijo.

 

Sacó un recipiente y lo puso en el suelo, entre ellos. Arroz, algo de carne, un pedazo de yuca. No era abundante, pero era comida caliente. De la que se reconoce al olerla.

 

Carlos dudó. El hombre no dijo nada más. Solo esperó.

 

Los niños comieron. No con ansiedad, sino con una atención casi cuidadosa, como si temieran que el almuerzo desapareciera si se apresuraban. Carlos los miró en silencio. Verlos comer así era algo que no pasaba seguido. Eso, y nada más, fue lo mejor del día para él.

 

El hombre esperó a que el último bocado de arroz fuera tragado, a que el último trozo de yuca hubiera desaparecido de las manos de Luz Dary. La comida caliente había sido un milagro efímero, un destello de normalidad en un mundo de carestía. Ahora, el sol volvía a castigar y la tierra volvía a exigir. Hizo un gesto para que todos regresaran al trabajo. Todos se levantaron, menos Carlos.

 

—Usted quédese —dijo el Sádico.

 

Los niños se miraron, un instante de confusión en sus ojos cansados. Simón, el mayor, puso una mano en el hombro de su padre, como si quisiera protegerlo de algo que no entendía. Pero Carlos solo asintió con la cabeza, una orden silenciosa para que obedecieran. Se fueron, de vuelta al surco, sus pequeñas figuras encogiéndose bajo la inmensidad del campo.

 

El hombre no habló enseguida. Dejó que el silencio se asentara, denso y pesado como el aire húmedo. Se limpió las manos en el pantalón, un gesto lento y deliberado.

 

—He estado observando —dijo al fin, su voz tan neutra como siempre, pero cargada de un peso que hacía que los músculos de Carlos se tensaran—. Veo cómo trabajan. Simón tiene fuerza, pero es torpe. Iñigo es rápido, pero se distrae. Y la niña… Luz Dary es pequeña, pero es lista. Sabe dónde encontrar las mejores hierbas, las que nadie más ve. Son buenos.

 

Carlos no dijo nada. Se mantenía de pie, con la cabeza gacha, mirando la punta de sus propios zapatos rotos. Sabía que venía el «pero». Siempre había un «pero».

 

—Son buenos —repitió el Sádico—, pero la vida es dura. Y usted está enfermo. Su tos… cada día es peor. ¿Cuánto tiempo más podrá arrancar malezas con las manos? ¿Qué pasará con ellos cuando usted ya no pueda levantarse de una silla?

 

Las palabras eran dardos envenenados, cada una dando en el blanco de su miedo más profundo. Carlos sintió el nudo en la garganta, la punzada familiar en su pecho. Contuvo la tos.

 

—Yo puedo ayudarlos —continuó el hombre, acercándose un paso—. No solo con comida de vez en cuando. Con comida todos los días. Con medicina para su pecho. Con zapatos nuevos para ellos. Con un techo nuevo. Pero mi ayuda no es gratis. Nunca lo es.

 

Carlos levantó la vista por primera vez. Los ojos del hombre eran oscuros, insondables, como dos charcos de agua estancada. No había piedad en ellos, solo un cálculo frío.

 

—¿Qué… qué quiere? —logró preguntar Carlos, su voz ronca por el desuso y el polvo.

 

El Sádico sonrió. Una ligera curva de los labios que no llegó a sus ojos. —Quiero que sigan trabajando. Quiero que sigan siendo obedientes. Pero quiero más. Quiero que me sirvan de otra manera. Una manera que… requiere más intimidad.

 

La palabra «intimidad» colgó en el aire, sucia y amenazante. Carlos sintió un escalofrío que no te

nía nada que ver con la enfermedad.

 

—No entiendo —mintió. —Oh, sí que entiende —dijo el hombre, y su voz bajó a un murmullo conspirativo—. Usted tiene tres hijos. Tres piezas hermosas, fuertes, moldeadas por el sufrimiento. Son como arcilla lista para ser moldeada. Y yo soy un artista, Carlos. Un artista que aprecia la belleza en sus formas más… puras.

 

Carlos sintió el estómago revolverse. La comida que había visto comer a sus hijos, que le había parecido un milagro, ahora se sentía como un veneno. Un pago adelantado.

 

—No… —empezó a decir, pero el hombre lo interrumpió con un gesto de la mano.

 

—No me diga que no todavía. No es una orden. Es una propuesta. Una propuesta de negocio. Yo proveeré. Yo me aseguraré de que nunca más pasen hambre, de que su enfermedad no los consuma, de que tengan un futuro. Y a cambio… a cambio, a veces, los niños vendrán conmigo. A veces, se quedarán después del trabajo. A veces, trabajarán en otro lugar, en mi casa, en mis campos… para mí.

 

El significado de sus palabras era claro, devastadoramente claro. No era solo trabajo. Era algo más. Algo oscuro, algo que Carlos había visto en los ojos de otros hombres en los pueblos que había cruzado, una mirada que él siempre había evitado con rabia y con miedo.

 

—Son mis hijos —dijo Carlos, y la voz le salió más fuerte de lo que esperaba, un aullido de desesperación—. ¡Son mis hijos! Son todo lo que me queda.

 

—Exacto —dijo el Sádico, y su calma era lo más aterrador de todo—. Son todo lo que le queda. Por eso debe tomar la decisión correcta. ¿Qué es peor, Carlos? ¿Verlos pasar hambre, verlos morir lentamente de enfermedad y de miseria, o… ofrecerlos? Ofrecerlos para que sean cuidados, para que sean protegidos, para que vivan? A veces, para salvar a los hijos, un padre tiene que sacrificar su orgullo. Tiene que sacrificar… todo.

 

Se acercó más, tan cerca que Carlos podía oler su olor a tierra y a poder. Le puso una mano en el hombro, un toque que parecía de apoyo, pero que era de posesión.

 

—Piénselo como un entrenamiento. Yo los educaré. Les enseñaré a ser fuertes de verdad, no solo para trabajar la tierra, sino para… para otras cosas. Para sobrevivir en este mundo. Simón aprenderá a ser un hombre. Un hombre de verdad. Iñigo aprenderá a servir, a ser útil de maneras que usted ni puede imaginar. Y Luz Dary… ella aprenderá a ser una mujer. A complacer. A usar esa belleza que ya empieza asomar. No habrá dolor, no hay violencia innecesaria. Solo… lecciones. Lecciones que los mantendrán con vida.

 

La imagen de sus hijos, de sus rostros inocentes, se mezcló con las palabras del hombre, con la promesa de un techo sin goteras, de medicina, de un futuro. Era un pacto con el diablo, una venta de alma a cambio de pan. El pecho de Carlos ardía, no solo por la enfermedad, sino por una agonía que lo desgarraba por dentro. La tos lo sacudió, una convulsión violenta que lo dobló sobre sí mismo.

 

Cuando se enderezó, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo, el Sádico todavía estaba allí, esperando.

 

—Mientras haga lo que le digo, a sus hijos no les faltará qué comer —repitió el hombre, como si estuviera cerrando un trato—. Mientras me sirvan, ellos estarán a salvo. La elección es suya, Carlos. El hambre o… la obediencia. La muerte o… la vida. Una vida diferente, quizás. Pero una vida.

 

Se dio la vuelta y empezó a caminar de vuelta hacia el cultivo, dejando a Carlos solo en medio del campo, con el sol golpeándole la cabeza y el eco de su propuesta resonando en su alma. Miró hacia donde estaban sus hijos, sus pequeñas figuras luchando contra la tierra. Vio a Simón, que ya empezaba a tener la fuerza de un hombre. Vio a Iñigo, con su mirada curiosa y su cuerpo ágil. Vio a Luz Dary, su pequeña Luz Dary, con su pelo enredado y sus manos sucias.

 

La tos volvió a sacudirlo, y esta vez trajo sangre. La escupió en el suelo polvoriento, un rojo brillante y alarmante. Era la respuesta de su cuerpo. Era la sentencia de su propia muerte. No podía protegerlos. No podía salvarlos.

 

Cerró los ojos un momento. Y cuando los abrió, el miedo había sido reemplazado por una resignación gélida, una decisión terrible tomada en el infierno de su impotencia. No era amor lo que sentía en ese momento. Era una rendición.

 

Volvió a caminar hacia el surco, sus pasos pesados como si llevara el peso de una tumba sobre los hombros. Cada metro que se acercaba a sus hijos era un paso más hacia el abismo. Vio a Luz Dary, sentada en el suelo, con una concentración infantil que le desgarró el alma.

 

Se detuvo a unos metros de ellos. No dijo nada. Simón fue el primero en notarlo. Dejó la piedra y se acercó, con la frente perlada de sudor y los ojos llenos de una preocupación que lo hacía parecer más viejo de sus doce años.

 

—Papá… ¿está bien? ¿Que quería?

 

Carlos no pudo mirarlo a los ojos. Miró sus propios pies, descalzos y llenos de callos. —Tenemos que hablar —dijo, y su voz era un hilo rasposo, casi inaudible—. Cuando terminemos.

 

Simón no preguntó más. Solo asintió, con el rostro serio, sintiendo que algo se había roto de forma irreversible en el frágil equilibrio de su mundo. El resto de la tarde transcurrió en un silencio sepulcral. El trabajo seguía siendo el mismo, pero el aire había cambiado. Ahora estaba cargado de una tensión eléctrica, de un secreto que pesaba más que las piedras que arrancaban de la tierra. El Sádico no volvió a aparecer. No hizo falta. Su presencia ya era una sombra que se extendía sobre ellos.

 

Cuando el sol empezó a bajar, pintando el cielo de naranjas y violetas, Carlos llamó a sus hijos. Se sentaron en el suelo, en un círculo, como lo hacían todas las noches para compartir la miseria. Pero esta vez, no había panela. No había nada. Solo el polvo y el viento frío de la noche.

 

Carlos se aclaró la garganta, un sonido áspero y doloroso. Miró a Simón, luego a Iñigo, y por último a Luz Dary, que tenía los ojos grandes y asustados, como un animalito que presiente el peligro.

 

—El hombre… el hombre para el que trabajamos… —empezó, y las palabras se le atascaban en la garganta, como espinas—. Ha hecho una propuesta. Una… una oportunidad para nosotros.

 

Simón frunció el ceño. —¿Oportunidad? —Sí —dijo Carlos, forzando las palabras, como si fueran una medicina amarga—. Ha visto lo bien que trabajan. Ha visto que somos… fuertes. Y quiere ayudarnos. Quiere que dejemos de vivir así.

 

Iñigo y Luz Dary lo miraban sin entender, pero Simón sí. En sus ojos de niño viejo, Carlos vio el amanecer del horror. —¿A qué cambio, papá?

 

Carlos cerró los ojos, incapaz de soportar la mirada de su hijo. —A cambio de… de que le sirvamos. De que hagamos lo que él diga. Todo lo que él diga.

 

Se hizo un silencio denso, roto solo por el lejano canto de un grillo. Simón se puso de pie, con los puños cerrados. —No —dijo, su voz temblorosa pero firme—. No, papá. Es un mal hombre. Lo veo en sus ojos. No podemos.

 

—¡No tienes idea de lo que es el hambre, Simón! —gritó Carlos, y la rabia, esa vieja compañera, brotó de su pecho como un volcán de ceniza y dolor—. ¡No tienes idea de lo que es ver a tu hermana pequeña con la barriga vacía! ¡No tienes idea de lo que es toser sangre y saber que te estás muriendo y que los dejaré solos, abandonados a merced de este mundo de mierda! ¡Yo sí lo sé! ¡Y no lo dejaré pasar! ¡No mientras tenga una solución, por horrible que sea!

 

La tos lo desgarró, una convulsión violenta que lo dobló en dos. Simón corrió a su lado, a sostenerlo, y Carlos sintió el temblor de su hijo, sintió su fuerza y su miedo. Se apoyó en él, con las lágrimas rodando por su cara, lágrimas de vergüenza y de derrota.

 

—Perdóname, hijo —sollozó—. Pero no hay otra salida.

 

Simón no dijo nada. Solo abrazó a su padre, con la fuerza de un niño que entiende que el mundo no tiene lugar para la inocencia. Iñigo y Luz Dary se acercaron también, y los cuatro se abrazaron en medio del campo, bajo un cielo indiferente, como si fueran una sola criatura herida, a punto de ser devorada.

 

Al día siguiente, el Sádico no los esperó en el cultivo. Estaba esperándolos al borde del camino, junto a una carreta tirada por un buey viejo. No llevaba herramientas. Llevaba una caja.

 

—La decisión está tomada —dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación.

 

Carlos asintió, sin poder levantar la vista.

 

—Bien —dijo el hombre—. Su primer beneficio. Su nueva vida.

 

Señaló con el dedo, hacia un pequeño claro en el bosque, no muy lejos del cultivo. Allí, había una estructura. Era una casa. No era la casa de sueños, pero era una casa. Hecha de madera sólida, con un techo de zinc sin agujeros, con una chimenea de la que salía un humo delicioso que olía a leña y a carne asada. Había ventanas con vidrios, no solo agujeros en la pared. Era un palacio. Era un milagro.

 

Los niños se quedaron mirando, con la boca abierta. Simón sintió una punzada de esperanza, una sensación terrible y traicionera. Iñigo apretó la mano de su hermana. Y Luz Dary sonrió.

 

—Es para ustedes —dijo el Sádico—. Mientras me sirvan, es su hogar. Adentro encontrarán ropa limpia y camas para dormir. Camas de verdad.

 

Se acercó a la caja que había traído y la abrió. Dentro, había tres juegos de ropa nueva, de un algodón grueso y resistente. Zapatos. Zapatos sin agujeros. Y en el fondo, un frasco de vidrio oscuro con un líquido espeso y dulzón. Jarabe para la tos.

 

Carlos lo miró, y el odio que sentía se mezcló con un agradecimiento patético, una gratitud que lo humillaba hasta la médula. Era el precio de su alma, puesto en una caja de madera.

 

—Ahora, la primera instrucción —dijo el Sádico, y su voz se volvió más baja, más autoritaria—. A partir de hoy, el trabajo termina al mediodía. Por las tardes, empieza su otra jornada. Hoy, Simón vendrá conmigo a la casa grande. Hay un establo que necesita ser limpiado. A fondo. Con las manos.

 

Miró a Simón, a su cuerpo joven y fuerte. —Y cuando termine de limpiar, se bañará. Yo le enseñaré cómo un hombre debe bañarse. Cómo debe cuidar su cuerpo. Cómo debe prepararse para… para servir.

 

Luego, su mirada se desvió hacia Iñigo y Luz Dary. —Ustedes dos se quedarán aquí. En su nueva casa. Se bañarán, se pondrán la ropa limpia. Esperarán. Y esta noche, después de que oscurezca, vendré por ustedes. Iñigo aprenderá a encender el fuego de la chimenea, a mantener la casa caliente. Y Luz Dary… Luz Dary aprenderá a servir. A estar quieta y bonita, como una niña buena.

 

Se acercó a Luz Dary y le pasó una mano por el pelo. La niña se estremeció, pero no se movió. —Eres una muñeca preciosa

 

La noche cayó sobre la nueva casa. La primera noche en un lugar que no goteaba, que no olía a moho y a desesperanza. Afuera, El Sádico estaba recogiendo a Iñigo y Luz dary para llevarlos a su primera noche fuera. La ropa limpia les sentía extraña en la piel, como el disfraz de unas personas que no eran. Llegaron a una cabaña también, pero mucho más grande y vigilada en el exterior. Adentro Iñigo había logrado encender el fuego, siguiendo las instrucciones del Sádico, y ahora se sentía orgulloso, con el rostro iluminado por las llamas, viendo cómo la luz brillaba en los ojos de su hermana.

 

Luz Dary estaba sentada en una silla de madera, demasiado grande para ella. Llevaba un vestido nuevo, de algodón azul marino, simple pero resistente. El tejido le raspaba la piel, acostumbrada a la tela gastada y suave de la ropa remendada. Se sentía como una muñeca vestida por una mano extraña, una muñeca a la que le habían puesto un traje de domingo para un funeral. Estaba quieta, con las manos en el regazo, como le habían dicho. Esperaba.

 

Los ojos del Sádico estaban fijos en Luz Dary.

 

Se acercó a ella, con su paso silencioso y felino. Se arrodilló frente a la silla, quedando a su altura. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, no con lujuria, sino con la atención fría y calculadora de un artesano examinando su obra.

 

—Mírate —dijo, y su voz era un murmullo bajo, casi un susurro de aprobación—. La ropa te sienta bien. Eres una niña bonita, Luz Dary. Más bonita de lo que tu padre se atreve a admitir.

 

Le pasó una mano por el pelo, que todavía estaba un poco húmedo por el baño. No era una caricia. Era una inspección. Sus dedos se deslizaron por una hebra, luego por otra, como si estuviera evaluando la calidad del hilo. —Sí… mucho mejor —continuó—. El polvo y los harapos ocultan la belleza. La limpieza y la tela nueva la revelan. Tu padre te dio vida, pero yo te estoy dando forma. Te estoy puliendo, como una piedra preciosa.

 

Se levantó y dio una vuelta alrededor de la silla, examinándola desde todos los ángulos. Luz Dary no se movía. No respiraba. Era una estatua de porcelana, aterrorizada de que el más mínimo movimiento la hiciera romperse en mil pedazos.

 

—Levántate —ordenó.

 

Ella se levantó, con las piernas temblando. El vestido le llegaba hasta los tobillos.

 

—Gira —dijo él.

 

Luz Dary giró sobre sí misma, lentamente, como una muñeca en una vitrina. Él la observaba, con los ojos entrecerrados, como si estuviera memorizando cada línea, cada contorno.

 

—Sí… el cuerpo es bueno. Tiene las caderas estrechas, pero se ven fuertes. Los hombros son pequeños, perfectos para sostener… para sostener lo que sea necesario. Y la piel… —se acercó y le tocó la mejilla con el dorso de la mano—. La piel es suave. Como la de un bebé. Una piel que no conoce más que el sol y el viento. Una piel que necesita aprender otras texturas.

 

Luz Dary sintió un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal. No era el frío. Era el miedo. Un miedo tan profundo y primario que casi la paralizaba. Pero entonces, recordó. Recordó los ojos de su padre, llenos de lágrimas y de derrota. Recordó su voz, rasgada por la tos y la vergüenza. «Haz lo que él diga, mi amor. Todo lo que él diga. Es por nosotros. Para que no volvamos a pasar hambre». Las palabras eran un ancla en medio del océano de terror. Una orden. Y ella obedecía las órdenes. Siempre lo había hecho.

 

El Sádico se arrodilló de nuevo frente a ella. Sus manos fueron hasta la parte de atrás del vestido, donde había un pequeño botón de madera. Sus dedos eran torpes, pero seguros.

 

—La belleza debe ser vista, Luz Dary —dijo, mientras desabrochaba el botón—. No puede esconderse debajo de la tela. La belleza debe ser expuesta. Admirada. Posesida.

 

Desabrochó el segundo botón. Luego el tercero. Sus manos rozaban su espalda, y cada toque era como una quemadura de hielo. Luz Dary no ponía objeciones. No se movía. No lloraba. Solo estaba allí, cumpliendo la promesa que le había hecho a su padre.

 

Cuando el último botón fue desabrochado, él tomó el vestido por los hombros y lo deslizó hacia abajo. La tela azul marino resbaló por su piel y se acumuló en un charco oscuro a sus pies. Se quedó allí, en medio de la habitación, con el fuego de la chimenea calentando su piel desnuda. No tenía nada debajo. No había necesidad de ropa interior en su vida anterior. Ahora, esa desnudez sentía diferente. No era la desnudez natural de una niña. Era la desnudez de una ofrenda.

 

El Sádico se quedó mirándola, en silencio, durante un largo tiempo. Sus ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo, desde sus hombros pequeños hasta sus piernas delgadas, desde su pecho plano como una mesa hasta su vientre suave y redondeado. No había deseo en su mirada. Había una especie de… apreciación estética. Como si estuviera contemplando un cuadro, una escultura acabada.

 

—Sí… —dijo al fin, con una voz que era casi un suspiro de satisfacción—. Así es como debes ser. Pura. Desnuda. Vulnerable. Tu cuerpo es un lienzo en blanco, Luz Dary. Y yo soy el artista. Voy a pintar en ti con mis manos, con mis palabras, con mis deseos. Voy a enseñarte a sentir, a gustar, a ser todo lo que puedes ser.

 

Se levantó y fue a una pequeña cómoda en la esquina de la habitación. Abrió un cajón y sacó algo. Era un frasco de aceite, con una etiqueta que ella no sabía leer. Volvió a arrodillarse frente a ella.

 

—Tu piel está seca. La piel de una niña que nunca ha conocido la caricia de un aceite, de una mano suave —dijo, abriendo el frasco—. Vamos a cambiar eso.

 

Vertió un poco de aceite en la palma de su mano. El líquido dorado brillaba a la luz del fuego. Frotó sus manos para calentar el aceite. Luego, con una delicadeza que contradecía su crueldad, empezó a untárselo en los hombros.

 

Luz Dary se estremeció. El aceite estaba caliente y sus manos eran suaves, a diferencia de las ásperas y callosas manos de su padre. El masaje era lento, circular. Sus dedos presionaban sus músculos, relajándolos, a pesar del terror. Le untó el aceite en los brazos, en el pecho, en el vientre. Sus manos se deslizaban sobre su piel como si fuera la seda más fina.

 

—Siente eso, Luz Dary —susurraba él, mientras sus manos bajaban por sus piernas—. Siente cómo mi piel toca la tuya. Es el primer paso. El primer contacto. El primer pincelazo en el lienzo.

 

Le untó el aceite en la espalda, en la nuca, en sus nalgas pequeñas y firmes. Sus manos eran posesivas, pero no violentas. La exploraban, la mapeaban, la aprendían. Luz Dary cerró los ojos. No quería ver su rostro, no quería ver sus ojos. Solo quería sentir. Y lo que sentía era extraño. Era una mezcla de miedo y de… de una comodidad terrible. Era la sensación de ser cuidada, de ser el centro de atención de un poder absoluto. Era la sensación de estar cumpliendo su deber.

 

Cuando terminó, su cuerpo brillaba bajo la luz del fuego, como una estatuilla de cobre bruñida. Cada músculo, cada contorno, estaba definido por el brillo dorado del aceite. Luz Dary no se movía, una ofrenda resplandeciente en el altar de la nueva casa. El Sádico se quedó admirando su trabajo, como un pintor que da un paso atrás para contemplar su lienzo terminado. Una sonrisa de satisfacción pura se dibujó en sus labios.

 

—Perfecta —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Un lienzo perfecto.

 

Luego, su mirada se desvió hacia la chimenea. Hacia la figura pequeña y encogida que estaba allí, quieta como una sombra. Iñigo. No había huido. No había cerrado los ojos. Había observado todo, con una atención fija y terrible, como un ratón que mira a la serpiente hipnotizar a su presa, sabiendo que él será el siguiente.

 

—Iñigo —llamó el Sádico, y su voz era suave, casi amable—. Ven aquí.

 

El niño se sobresaltó, como si lo hubieran golpeado. Se levantó lentamente, con las piernas rígidas. Se acercó, con los ojos fijos en el suelo, sin atreverse a mirar a su hermana.

 

—Mírala —ordenó el Sádico.

 

Iñigo levantó la vista y vio a Luz Dary. Vio su cuerpo desnudo y brillante, su piel aceitada, sus ojos vidriosos por el miedo. Vio a su hermana, la que compartía la cobija, la que le daba la mitad de su pedazo de panela, la que le contaba historias en la oscuridad. Y la vio como un objeto, una cosa hermosa y aterradora. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

 

—No llores, niño —dijo el Sádico, y su voz se endureció un poco—. Las lágrimas son un desperdicio. Son agua que se pierde. Hoy no hay desperdicios. Hoy hay… apreciación. Acércate más. Tócala. Iñigo se quedó paralizado, con la boca abierta. —¿Qué… qué dice, señor?

 

—Dije que la toques —repitió el hombre, con una paciencia que era mucho más aterradora que un grito—. ¿Acaso no es tu hermana? ¿Acaso no la quieres? El amor se demuestra con el contacto. Con el calor. Demuéstrale tu amor, Iñigo. Demuéstrame que puedes obedecer.

 

La orden resonó en el cerebro de Iñigo como una sentencia de muerte. Miró a Luz Dary, y ella lo miró a él. En sus ojos no había un ruego. No había una petición de auxilio. Solo había la misma resignación gélida que había visto en los ojos de su padre. La misma aceptación de un destino que no se podía cambiar. Ella estaba cumpliendo su deber. Y él tenía que cumplir el suyo.

 

Con la mano temblando, Iñigo extendió el brazo. Sus dedos se acercaron al hombro de su hermana. El contacto fue eléctrico. La piel de Luz Dary era caliente y resbaladiza por el aceite. Era la piel de su hermana, pero al mismo tiempo era la piel de una extraña.

 

—Sí… así —dijo el Sádico, como un maestro de escuela animando a su alumno—. Desliza tu mano. Siente su forma. Siente el calor que le he insuflado.

 

La mano de Iñigo bajó por el brazo de Luz Dary, lentamente, con una torpeza de niño. Sentía cada músculo, cada hueso bajo la piel suave. Era un territorio que conocía, pero que ahora era extranjero.

 

—Ahora, besa el lugar que has tocado —ordenó el Sádico—. Besa su hombro.

 

Iñigo dudó por una fracción de segundo. Luego, se inclinó y presionó sus labios contra el hombro aceitado de su hermana. El sabor del aceite y de la sal de su piel llenó su boca. Era un beso sin amor, un beso de obediencia.

 

—Muy bien. Muy bien, Iñigo —dijo el Sádico, y su voz estaba llena de una aprobación que era más venenosa que cualquier reproche—. Ahora, besa el otro. Y mientras lo haces, usa tus manos. Toca su pecho.

 

El mundo de Iñigo se derrumbó. Besar el otro hombro estaba mal, pero era soportable. Pero tocar su pecho… su pecho plano, de niña… era entrar en un territorio prohibido, un territorio que solo pertenecía a los adultos.

 

—Hazlo —dijo el Sádico, y esta vez no había amabilidad en su voz. Solo una orden de acero.

 

Con los ojos cerrados, como si eso lo eximiera de lo que estaba haciendo, Iñigo se inclinó y besó el otro hombro de su hermana. Al mismo tiempo, sus manos, movidas por una voluntad que no era la suya, se deslizaron hacia su pecho. Sus palmas se posaron sobre los pezones pequeños y duros de Luz Dary. Ella no se movió. Solo emitió un pequeño jadeo, un sonido casi inaudible, como el de un animalito atrapado.

 

—Aprieta suavemente —instruyó el Sádico, como si le estuviera enseñando a atarse los cordones—. Siente cómo se ponen duros bajo tus dedos. Es la vida, Iñigo. Es la respuesta de su cuerpo a tu contacto.

 

Iñigo obedeció. Apretó, y sintió la pequeña protuberancia del pezón de su hermana contra la yema de su dedo. Sentía el latido de su corazón a través de su piel, un ritmo rápido y asustado. Y sintió algo más. Sintió una extraña punzada en su bajo vientre, una sensación que nunca había experimentado, una mezcla de vergüenza y de un poder perverso. Estaba tocando a su hermana de una manera que estaba prohibida, y el mundo no se había acabado. Al contrario, el Sádico lo estaba felicitando.

 

—Ahora, baja —continuó el hombre, su voz un susurro hipnótico—. Besa su estómago. Y mientras lo haces, tus manos deben seguir bajando.

 

Iñigo sintió las náuseas subirle por la garganta. Bajar. La palabra resonaba en su cabeza como una campana de funeral. Se arrodilló frente a su hermana, que seguía inmóvil como una estatua. La besó en el vientre, justo encima del ombligo. La piel era suave y caliente, y sabía a aceite. Y sus manos, obedeciendo a la voz del diablo, bajaron de su pecho a su cintura, y de su cintura a sus caderas.

 

—Más abajo, Iñigo —dijo el Sádico, y su voz era un aliento caliente en su oreja—. Tócala toda. Explórala. Es tu hermana, pero también es tu primera lección. Aprende de ella. Aprende a dominarla.

 

Las manos de Iñigo temblaban violentamente. Se deslizaron por las caderas de Luz Dary, por sus muslos delgados. Era un territorio virgen para él, un mapa del pecado que estaba obligado a trazar. Sus dedos se acercaron al lugar entre sus piernas, al lugar que él sabía que era el más secreto, el más sagrado y el más profanado.

 

—Tócala —ordenó el Sádico—. No tengas miedo. Ella no te odiará. Ella te agradecerá. Porque tú le estás enseñando a obedecer. Le estás enseñando a ser útil.

 

Y entonces, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar, Iñigo tocó a su hermana. Sus dedos se deslizaron entre sus labios, en un lugar húmedo y caliente que no conocía. Luz Dary se estremeció por primera vez, una sacudida involuntaria que recorrió todo su cuerpo. Un gemido se escapó de sus labios, un sonido de dolor y de placer, de confusión y de rendición.

 

—Sí… —gimió el Sádico, y su voz era un rugido bajo de triunfo, el sonido de un depredador que ve a sus crías aprender a cazar—. Así se aprende. Así se enseña. No hay lecciones más profundas que las que se graban en la carne.

 

Se acercó a Iñigo y le puso una mano en el hombro, un gesto de dueño que aprueba la obra de su perro. El niño se estremeció bajo su toque, pero no se movió. Sus dedos seguían en el sexo de su hermana, en ese lugar húmedo y caliente que pulsaba con una vida que él no comprendía. Estaba atrapado en un ciclo de horror y de una fascinación repulsiva. Cada movimiento de sus dedos, cada jadeo de Luz Dary, era una nueva línea escrita en el libro de su corrupción.

 

—Has encontrado la fuente, Iñigo —dijo el Sádico, con una voz de maestro que revela un gran secreto—. Has encontrado el lugar de donde viene la vida, el lugar del placer. Pero es un lugar… común. Es un río que todos conocen, que todos pueden visitar. Hay otros lugares. Lugares más secretos, más… exclusivos. Lugares que solo son para los iniciados, para los que no temen explorar la oscuridad.

 

Su mano se deslizó del hombro de Iñigo a su nuca, y la apretó, no con violencia, sino con una posesión firme. Lo guio, lo obligó a moverse, a cambiar de ángulo.

 

—Gira a tu hermana —ordenó.

 

Iñigo, como un autómata, obedeció. Retiró sus manos del sexo de Luz Dary y, con una torpeza nauseabunda, la giró. Ella se movió sin resistencia, como una muñeca de trapo, con su espalda desnuda y brillante expuesta al fuego y a la mirada del hombre. Su cabeza estaba gacha, su pelo cayendo sobre su rostro, ocultándolo. Su cuerpo era una línea de sumisión. —Ahora, mira —susurró el Sádico en el oído de Iñigo, mientras le señalaba con el dedo libre el surco entre las nalgas de Luz Dary—. Mira esa línea. Esa es la verdadera frontera. La línea entre la luz y la sombra. La entrada a un lugar que no está hecho para dar vida, sino para recibir poder. Un lugar que es más íntimo, más personal que el otro. Es la última puerta de una mujer. La última cerradura que un hombre puede abrir.

 

Iñigo miró, y sintió el mundo girar.

 

—Tú, con tus manos de niño, has tocado la puerta principal —continuó el hombre, su voz un veneno dulce—. Pero un verdadero hombre, un iniciado, conoce las puertas traseras. Sabe que el verdadero control, la verdadera posesión, se logra entrando por donde menos se espera. Por donde más duele. Por donde más se rinde.

 

La mano del Sádico guió la mano de Iñigo. La llevó, temblando, hacia las nalgas de Luz Dary. La obligó a posarla sobre la piel suave y aceitada.

 

—Tócala —ordenó—. No con miedo. Con curiosidad. Con el deseo de conocer. Siente la textura. Siente el calor.

 

Los dedos de Iñigo se hundieron ligeramente en la carne suave de las nalgas de su hermana. Era una sensación extraña, una mezcla de ternura y de profanación. Sentía el calor de su cuerpo, la firmeza de sus músculos infantiles.

 

—Ahora, sepáralas —dijo el Sádico, y su voz era un hilo de seda y de acero—. Ábrela. Mírame a mí, Luz Dary. Mírame mientras tu hermano te abre.

 

Por primera vez, la cabeza de Luz Dary se levantó. Giró lentamente, y sus ojos se encontraron con los del Sádico. No había odio en ellos. No había miedo. Solo un vacío absoluto, una aceptación total. Y entonces, con una lentitud agonizante, sus manos fueron a sus propias nalgas y las separó, ofreciéndose, mostrándole a su hermano y a su amo la última puerta de su cuerpo.

 

Iñigo vio el pequeño anillo marrón, oculto en la sombra entre las nalgas perfectas de su hermana. Era un lugar prohibido, un lugar que su instinto le decía que no debía ver, mucho menos tocar. Era el lugar de las heces, de la suciedad. Pero en la voz del Sádico, sonaba como un santuario.

 

El Sádico sonrió. —Buena chica. Siempre obedientes.

 

Con la mano todavía sobre la de Iñigo, la guió hacia el centro, hacia el pequeño y tembloroso anillo marrón. La punta del dedo de Iñigo tocó la piel de su hermana en un lugar que nunca había imaginado. Era más suave, más delicado que cualquier otra parte de su cuerpo. Y más caliente.

 

—Siente eso —murmuró el hombre—. Siente cómo late. Es un músculo, Iñigo. Un músculo poderoso que lucha por mantenerse cerrado. Que lucha por proteger su intimidad. Tu trabajo, nuestro trabajo, es vencer esa resistencia. Es convencerlo de que se abra.

 

La mano del Sádico presionó la de Iñigo, obligando su dedo a entrar un poco, a sentir la resistencia del músculo de Luz Dary. La niña emitió un pequeño quejido, un sonido ahogado de dolor y de rendición.

 

—No te detengas —ordenó el Sádico—. Explóralo. Hazle un círculo con tu dedo. Acaricia la entrada. Haz que se acostumbre a tu toque. Haz que se acostumbre a ser poseída.

 

Iñigo, con los ojos cerrados y las lágrimas finalmente rodando libremente por su cara, obedeció. Movió su dedo en círculos lentos alrededor del ano de su hermana. Sentía la piel suave, la resistencia del músculo, los temblores involuntarios de su cuerpo. Cada círculo era una nueva vuelta de tuerca en su propia condena.

 

—Mete la punta —dijo el Sádico, y su voz estaba tensa de excitación—. Solo la punta. Siente cómo se abre para ti. Siente cómo te recibe.

 

Iñigo empujó, y la punta de su dedo entró un poco en el calor apretado de su hermana. La sensación fue abrumadora. Era una presión, una calidez, una humedad que lo hizo sentir a la vez poderoso y asqueroso. Era el control absoluto sobre otro ser humano, sobre su propia hermana.

 

—Ahora, con la otra mano, tócala delante —dijo el Sádico, llevando la lección a su conclusión final—. Tócala donde la tocaste antes. Haz que sienta el placer y la rendición al mismo tiempo. Haz que su cuerpo se confunda.

 

Con un movimiento que pareció de otra persona, Iñigo llevó su mano libre al frente de su hermana. Sus dedos encontraron de nuevo el sexo húmedo y caliente. Mientras su dedo índice se introducía lentamente en el ano de Luz Dary, su pulgar empezó a frotar su clítoris.

 

El cuerpo de Luz Dary se arqueó como un arco tensado. Un grito, un grito de puro dolor y de un placer incomprensible, escapó de su garganta.

 

 

—¡Sí! ¡Así es como se rompe una voluntad! ¡Así es como se crea un alma nueva! ¡Mírenla! ¡Están creando una obra de arte!

 

La voz del Sádico era un trueno en la pequeña habitación, una bendición blasfema que sellaba el pacto. Iñigo sintió la orden no como palabras, sino como una descarga eléctrica que recorrió su cuerpo, una corriente que aniquilaba su voluntad y activaba un instinto oscuro y animal que no sabía que poseía. Sus dedos, que habían estado explorando, ahora se retiraron. La mano que había estado en el sexo de su hermana se apoyó en su cadera, y la mano que había estado penetrando su ano se quedó firme, con el dedo todavía dentro, como un clavo que la aseguraba al suelo.

 

—Quítate los pantalones, Iñigo —ordenó el Sádico, y su voz era un murmullo bajo y urgente—. Quítalos ahora. Es hora de que dejes de ser un niño y te conviertas en el hombre que yo estoy forjando.

 

Iñigo, con los ojos fijos en la espalda de su hermana, en el pequeño anillo marrón que se contraía alrededor de su dedo, obedeció. Sus manos, temblorosas y torpes, fueron a la cintura de sus pantalones nuevos. Desabrochó el botón y bajó la cremallera. La tela le cayó a los tobillos, y él quedó desnudo de cintura para abajo, su cuerpo de niño expuesto al aire caliente y a la mirada del monstruo. Su miembro, pequeño y flácido por el miedo, colgaba entre sus piernas, un símbolo de su impotencia.

 

—No temas —dijo el Sádico, y se arrodilló a su lado, como un entrenador que anima a su boxeador—. El cuerpo sabe. El cuerpo responde al poder. Solo tienes que… reclamarlo.

 

La mano del Sádico rodeó el miembro de Iñigo. El contacto fue helado. Iñigo se estremeció, un temblor que fue de puro terror. Pero la mano del hombre no era violenta. Era firme, segura. Empezó a moverse, arriba y abajo, con una lentitud experta. Frotó la piel, apretó la base, pasó su pulgar por la cabeza. Iñigo sintió una sensación extraña, una mezcla de asco y de un placer que crecía en contra de su voluntad. Su miembro empezó a latir, a hincharse, a ponerse duro bajo la mano experta del Sádico. Era una traición de su propia carne, una erección nacida del miedo y la manipulación. —Sí… ya lo ves —dijo el hombre, con una sonrisa de triunfo en su voz—. Tu cuerpo quiere. Tu cuerpo sabe lo que tiene que hacer. Ahora, acércate. Ponte detrás de ella.

 

Iñigo, con el miembro duro y pulsante, se movió como un sonámbulo. Se arrodilló junto con su hermana y se colocó detrás de ella, que se dejaba hacer, con la cabeza gacha y las nalgas ofrecidas. El Sádico lo guio, como si estuviera colocando una pieza en un tablero de ajedrez. Le tomó su miembro erecto y lo dirigió hacia el pequeño orificio de Luz Dary.

 

—Ahora, empuja —ordenó—. Empuja lento. Siente cómo su piel lucha. Siente cómo cede.

 

Iñigo apoyó la cabeza de su miembro, ya dura y enrojecida, contra el ano de su hermana. La piel de ella estaba suave y caliente, y el anillo muscular estaba tenso, cerrado como un puño. Empezó a empujar, con una presión suave pero constante.

 

Nada pasó. El músculo de Luz Dary era una barrera infranqueable, una muralla de carne que se negaba a ceder. Iñigo empujó un poco más fuerte, y sintió la resistencia aumentar. La cabeza de su glande se deformó un poco, aplastada contra la puerta cerrada de su hermana.

 

—Más fuerte —dijo el Sádico, con los ojos fijos en el punto de unión, en la batalla de las pieles—. Tienes que vencer esa resistencia. Tienes que obligarla a abrirse. Es una lección de poder, Iñigo. El poder no se pide. Se toma.

 

Iñigo respiró hondo, y empujó con toda la fuerza de sus caderas. Y entonces, hubo un cambio. Un desgarro casi imperceptible. El anillo muscular de Luz Dary cedió, y la cabeza del glande de Iñigo entró de repente, deslizándose dentro del calor apretado y abrumador de su hermana.

 

Un grito se escapó de la garganta de Luz Dary. No era un grito de placer. Era un grito de dolor puro, agudo, visceral. El sonido de una niña siendo rota en dos. Su cuerpo se tensó por completo, sus manos se aferraron al suelo, sus piernas se estiraron como tablas.

 

—¡Mira! —exclamó el Sádico, con una excitación febril en sus ojos—. ¡Míralo bien, Iñigo! ¡Mira cómo se ensancha! ¡Mira cómo tu piel abre la suya! ¡Ese es el momento! El momento en que la posesión se hace realidad!

 

Iñigo no podía evitarlo. Miró. Vio cómo la piel de su hermana, la piel suave y pálida que rodeaba el ano, se estiraba hasta el límite, volviéndose casi translúcida. Se veían las venas, finas como hilos de araña, pulsando bajo la superficie. Vio cómo su propio glande, rojo y duro, desaparecía lentamente dentro de ese anillo de carne que luchaba por adaptarse, por aceptarlo.

 

—Sigue empujando —ordenó el Sádico, con la voz ronca por el deseo—. Metéselo todo. Que sienta cada centimetro de ti. Que su cuerpo aprenda tu forma.

 

Iñigo obedeció, empujando más y más adentro. Cada centímetro era una nueva batalla. Sentía las paredes internas de su hermana, apretadas y calientes, un túnel de carne que lo absorbía. Cada embestida hacía que la piel de Luz Dary se ensanchara un poco más, que su grito se ahogara un poco más en su garganta.

 

—Sí… así… más profundo —gimió el Sádico, que ahora tenía una mano en su propia entrepierna, frotándose lentamente, perdiéndose en el espectáculo—. ¡Qué belleza! ¡Qué dolor tan hermoso! ¡Estás rompiéndola, Iñigo! ¡La estás marcando por dentro! ¡Nunca será la misma!

 

El miembro de Iñigo entró hasta el fondo, hasta que sus testiculos golpearon contra las nalgas de su hermana. Estaba dentro de ella, completamente unido a ella en un acto de horror y de sumisión. Se quedó quieto, sintiendo los latidos del corazón de Luz Dary a través de las paredes de su ano, sintiendo los espasmos involuntarios de su cuerpo que luchaba contra la invasión.

 

Y entonces, empezó a moverse. No sabía por qué. Era un instinto, una necesidad animal. Se retiró lentamente, y vio cómo la piel de su hermana se aferraba a su miembro, como si no quisiera dejarlo ir. Luego, volvió a entrar, un poco más rápido esta vez. La cabeza de su glande punzaba una y otra vez, abriendo camino, ensanchando el pasaje, grabando su forma en la carne de su hermana.

 

Luz Dary ya no gritaba. Solo emitía pequeños gemidos rítmicos, cada vez que él entraba. Su cuerpo, vencido, había empezado a responder. Un temblor recorrió sus piernas, y sus caderas empezaron a moverse ligeramente, un movimiento inconsciente, una rendición total al placer que nacía del dolor.

 

—¡Mírala! ¡La estás disfrutando! —exclamó el Sádico, con los ojos brillantes de una locura sagrada—. ¡Su cuerpo se rinde! ¡Su cuerpo te acepta! ¡Sigue! ¡Más rápido! ¡Enséñale quién es el amo!

 

Iñigo aceleró el ritmo, perdiéndose en la sensación, en el poder, en el calor. Ya no pensaba en que era su hermana. Solo pensaba en el cuerpo debajo de él, en la piel que se ensanchaba para recibirlo, en los gemidos que llenaban la habitación, y el éxtasis de ese poder lo cegó todo. El mundo se redujo a ese movimiento rítmico, a esa fricción húmeda y caliente, a los sonidos que escapaban de la garganta de Luz Dary, sonidos que ya no eran de puro dolor, sino de una confusión rendida, de una rendición placentera.

 

El Sádico observaba, con los ojos brillantes de una fiebre sagrada, su mano moviéndose en su propia entrepierna con un ritmo que coincidía con el de los niños. Era el director de orquesta de esa sinfonónía de pecado, el maestro de esa obra de arte macabra. Veía cada detalle, cada espasmo, cada gota de sudor que corría por la espalda de Iñigo, cada lágrima silenciosa que se mezclaba con el aceite en la piel de Luz Dary.

 

El clímax de Iñigo fue un evento violento y torpe, una convulsión que lo sacudió de arriba abajo. Se hundió en su hermana con un grito ahogado, un grito de animal que alcanza su presa. Sintió una descarga eléctrica recorrerlo, una oleada de calor que explotó en su vientre y que se derramó dentro del cuerpo de Luz Dary, una ofrenda tibia y final. Se quedó así, temblando, con la cabeza apoyada en la espalda de su hermana, sin aliento, sin pensamientos, vacío.

 

El Sádico se levantó, se limpió la mano con un trapo y se arremangó los pantalones. —Bien —dijo, su voz tranquila y satisfecha—. La primera lección ha concluido. Y han sido alumnos excelentes.

 

Se acercó a Luz Dary, que se había derrumbado en el suelo, en una posición fetal, temblando incontrolablemente. Le pasó una mano por el pelo, un gesto de propiedad. —Y tú, mi pequeña obra de arte, has aprendido a recibir. Has aprendido a transformar el dolor en… en arte. Estás lista para tu siguiente lección.

 

Luego, se dirigió a Iñigo, que todavía estaba arrodillado, con el miembro flácido y manchado. Le puso una mano en el hombro. —Y tú, mi joven artista, has aprendido a dominar. Has aprendido a tomar. Has aprendido que el placer y el poder son la misma cosa. Hoy no trabajarás. Tú y tu hermana descansarán. Necesitan asimilar lo que han aprendido. Mañana, su lección continuará.

 

Con un gesto, les indicó que se vistieran. Iñigo y Luz Dary se movieron como autómatas, como muñecos de cuyos hilos habían sido cortados. Se vistieron en silencio, sin mirarse, sus cuerpos doloridos y sus mentes rotas. La ropa nueva, que antes les había parecido un regalo, ahora se sentía como un uniforme de vergüenza. La madrugada era gris y fría cuando una camioneta vieja se detuvo al frente. Un hombre corpulento, con el rostro inexpresivo de un matón, bajó y abrió la puerta de atrás. Era el conductor del Sádico. No dijo nada. Solo señaló el asiento con la cabeza. Iñigo y Luz Dary subieron, sentándose lo más lejos posible el uno del otro. El viaje de vuelta a su antigua vida fue silencioso. Afuera, el campo se despertaba lentamente, pero dentro de la camioneta, el tiempo se había detenido. Estaban atrapados en la noche anterior, en el olor a sexo, a aceite y a miedo.

 

El conductor los dejó en la nueva casa. La puerta se abrió y salió Carlos, seguido de Simón. Iñigo y Luz Dary se quedaron quietos, como dos animales que han sido cazados y devueltos a su jaula. Carlos los miró, y en sus ojos no había rabia, ni siquiera tristeza. Había una especie de… calma. Una calma aterradora. Era la calma del que ha hecho un pacto con el diablo y ha aceptado las consecuencias. Era la calma de un hombre que se ha rendido por completo.

 

Simón, en cambio, no estaba tranquilo. Su rostro era una máscara de furia contenida. Miró a su hermano y a su hermana, y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. Vio sus caras, pálidas y vacías. Vio la forma en que evitaban mirarse, la distancia que los separaba. Y supo. Supo que algo terrible, algo irreparable, había sucedido.

 

—¿Qué… qué les ha hecho? —preguntó Simón, su voz un rugido bajo y peligroso—. ¿Qué les ha hecho ese cabrón?

 

Iñigo y Luz Dary se quedaron callados. Bajaron la cabeza, incapaces de soportar la mirada de su hermano. ¿Qué podían decir? ¿Cómo podían describir lo que habían pasado? ¿Cómo podían poner en palabras la vergüenza, el dolor, el placer retorcido, la traición?

 

—Dejalos en paz —dijo Carlos

 

Simón se giró hacia su padre, con los ojos ardiendo de incredulidad y de rabia. —Tú. Tú lo permitiste. ¡Eres nuestro padre! ¡Debíais protegerlos!

 

—¿Y cómo los protegería? ¿Con hambre? ¿Con toses y con sangre? ¿Mirándolos morir de frío en esa cueva? —dijo Carlos, su voz se quebró, revelando el dolor infinito que escondía bajo su sumisión—. Él nos ha dado una casa. Nos ha dado comida. Nos ha dado… una oportunidad. Y el precio de esa oportunidad… el precio es este. Es su obediencia. Es la nuestra.

 

Se acercó a sus hijos y los abrazó. Fue un abrazo débil, un abrazo de hombre roto. —No me digáis nada —susurró—. No quiero saberlo. Solo quiero que estéis bien. Que estéis vivos. Y alimentados. Lo demás… lo demás ya no importa.

 

Simón se quedó mirando a su padre, y la rabia en sus ojos se fue reemplazando por una desolación profunda. Vio al hombre que había sido su héroe, el hombre que le había enseñado a ser fuerte, reducido a una sombra sumisa. Vio a sus hermanos, a sus hermanitos, convertidos en fantasmas con los ojos vacíos. Y entendió. Entendió que no había nada que hacer. Que estaban atrapados. Que la única salida era la obediencia.

 

—Vamos a trabajar —dijo Carlos, con una voz plana y sin vida—. El hombre nos espera.

 

Iñigo le explicó a su padre que él y su hermana no debían ir que les habían dado descanso.

 

La orden era una sentencia. Carlos asintió, sin decir nada. Se quedaron solos en el umbral de su nueva vida, mientras Carlos y Simón se alejaban, sus figuras encogiéndose bajo la luz gris del amanecer. Se quedaron solos en una casa que no era un hogar, en un silencio que estaba lleno de ecos, en un cuerpo que ya no les pertenecía.

 

El silencio que dejó la marcha de Carlos y Simón fue diferente al silencio de la noche anterior. No era el silencio tenso y expectante de la espera, sino el silencio vasto y hueco de la consecuencia. Iñigo y Luz Dary se quedaron solos en el umbral de la canaña. El sol empezaba a calentar la tierra, pero a ellos les llegaba frío, un frío que nacía desde adentro, desde el fondo de sus huesos.

 

Iñigo fue el primero en moverse. Entró y Luz Dary lo siguió como un perrito asustado. El interior olía a madera nueva y a la leña humeante de la chimenea apagada. Era un olor a progreso, a promesa, pero para ellos, olía a trampa. Había una única para ellos, con dos camas pequeñas hechas de pino rústico, una al lado de la otra. Era el lujo más grande que habían conocido: dormir solos, en una cama, sin tener que compartir el suelo. Pero ese lujo se sentía como un premio de un concurso que nunca hubiesen querido ganar.

 

Iñigo se sentó en el borde de una de las camas. El colchón de paja era firme y crujiente. Se quedó mirando sus manos, las mismas manos que unas horas antes habían explorado, habían poseído, habían profanado. Sentía el fantasma de la piel de su hermana bajo sus dedos, el recuerdo del calor, de la humedad, de la resistencia. Y entonces, el horror comenzó a transformarse.

 

A sus diez años, el mundo de Iñigo era un lugar simple, gobernado por sensaciones básicas: el hambre, el frío, el dolor, el ocasional alivio de un pedazo de panela. Lo que había pasado la noche anterior era tan complejo, tan abrumadoramente adulto, que su mente no podía procesarlo como un adulto lo haría. No podía analizar la traición, el abuso, la degradación. Solo podía procesar las sensaciones. Y las sensaciones eran… confusas.

 

Recordaba el miedo, sí. Un miedo tan grande que lo había hecho temblar. Pero recordaba otra cosa. Recordaba el poder. El poder de sentir a su hermana temblar bajo su toque. El poder de ver su cuerpo arquearse, de escuchar sus gemidos. Y recordaba el final. La explosión de calor, la convulsión de placer que lo había vaciado y llenado al mismo tiempo. Era un sentimiento que no tenía nombre para él, pero que su cuerpo recordaba. Y su cuerpo, traidoramente, lo quería de nuevo.

 

Sintió un calor que le subía por el vientre, una punzada familiar en su entrepierna. Se excitó. Se excitó al recordar el dolor de su hermana, la piel que se ensanchaba, el grito que se ahogaba. Se excitó al recordar que él había sido el centro de todo, el instrumento de la voluntad del Sádico, el dueño del cuerpo de Luz Dary. El pensamiento era asqueroso, lo sabía, una mancha de mierda en su alma, pero su cuerpo no lo sabía. Su cuerpo solo respondía a la memoria del placer.

 

Se acostó boca arriba en la cama, con los ojos cerrados, y se dejó llevar por el recuerdo. Su mano fue, sin que él lo ordenara, hacia la entrepierna de sus pantalones nuevos. Se tocó a través de la tela, sintiendo cómo su miembro se ponía duro otra vez, cómo latía con la fuerza de un corazón pequeño y pervertido.

 

Luz Dary, mientras tanto, se había quedado de pie en medio de la habitación. Se sentía sucia. No la suciedad de la tierra o del polvo, una suciedad que conocía y que no le importaba. Era una suciedad nueva, una suciedad interna, una capa de aceitey de vergüenza que parecía haber impregnado hasta su alma. Se sentía pequeña, más pequeña que nunca. A sus siete años, su cuerpo era un misterio para ella, un territorio que empezaba a explorar con una curiosidad natural. Ahora, ese misterio había sido resuelto por la fuerza. Su cuerpo ya no le pertenecía. Era un objeto que había sido usado, un juguete que había sido roto y vuelto a armar.

 

Miró a su hermano, tumbado en la cama, con los ojos cerrados y una expresión extraña en el rostro, una mezcla de dolor y de paz. Vio la mano en su entrepierna, y supo lo que estaba haciendo. No sintió rabia. No sintió asco. Sintió una punzada de… celos. Una emoción tonta y terrible. Él estaba reviviendo el placer, el poder. Ella solo podía revivir el dolor, la rendición. Con una lentitud que no le pertenecía, se acercó a la cama de Iñigo. Se quedó mirándolo, con la cabeza gacha. Necesitaba algo. Necesitaba sentirse limpia. Necesitaba sentir a su hermano. A su hermano.

 

—Iñigo —susurró, su voz tan baja que casi no se oyó.

 

Él abrió los ojos, y por un momento, el velo del recuerdo se rompió. Vio a su hermana, a su pequeña Luz Dary, con la cara pálida y los ojos llenos de una tristeza infinita. La vergüenza lo golpeó como una ola, y retiró la mano de su entrepierna como si hubiera quemado.

 

—Luz Dary… yo… —empezó a decir, pero no sabía qué decir. ¿Perdón? ¿Cómo se le pedía perdón a alguien por algo que no entendías del todo?

 

Ella no lo dejó terminar. Se arrodilló junto a la cama y le tocó la cara. Sus dedos eran pequeños y temblorosos. — Necesitamos un baño.

 

La idea fue un rayo de claridad en medio de su confusión. Un baño. Sí. Agua. Agua que podía lavarlo todo, que podía borrar los pecados y el sudor y el aceite.

 

Iñigo se levantó, con el miembro todavía duro, una vergüenza torpe que no podía controlar. EL baño de la cabaña era básico, un lavamanos, un saintario al lado y más al costado un espacio pequeño, caminaron hasta allí. Iñigo le cedió el paso a su hermana. —Tú primero.

 

Luz Dary se quitó la ropa, lentamente, con la misma resignación de la noche anterior. Se quedó de pie, desnuda y pequeña, bajo la luz del sol que entraba por la ventana. Iñigo la miró, y el deseo se mezcló con una ternura que lo hizo sentir aún más confundido. Abrió la llave de agua fría sobre sus hombros, y Luz Dary se estremeció. El agua corrió por su piel, llevándose el brillo del aceite.

 

Iñigo la lavó, con una delicadeza que no sabía que poseía. Por su espalda, por sus piernas, por su pelo. Era un acto de penitencia, un intento de borrar su propia culpa. Y mientras la lavaba, su cuerpo volvía a traicionarlo. El contacto con su piel, la visión de su cuerpo pequeño y vulnerable, lo excitaba más y más. Su miembro estaba duro como una piedra, pulsando contra la tela de sus pantalones, una acusación silenciosa.

 

Cuando terminó, Luz Dary se dio la vuelta. Lo miró, y sus ojos se fijaron en la erección de su hermano. No dijo nada. Solo extendió la mano.

 

—Iñigo —dijo de nuevo—. Lávate tú también.

 

Él se desnudó, sintiéndose expuesto y ridículo. Su miembro se erguía entre sus piernas, un símbolo de su pecado. Luz Dary le dió un poco de espacio y el agua cayó sobre su pecho. El agua fría lo hizo gritar, pero también lo calmó un poco. Entonces, ella hizo algo que lo heló hasta la médula.

 

Se arrodilló frente a él. Con una curiosidad infantil y una precisión aprendida, tomó su miembro con sus manos pequeñas. Iñigo sintió un escalofrío recorrerlo todo.

 

Iñigo sintió un escalofrío recorrerlo todo. El contacto de las manos de Luz Dary, pequeñas y torpes pero firmes, fue una descarga eléctrica que aniquiló la vergüenza y la sustituyó por una sensación de poder absoluto. La noche anterior, él había sido el instrumento, el ejecutor de la voluntad del Sádico. Ahora, solo ellos dos estaban en el baño. Y él era el Sádico. Era el dueño.

 

—Bésalo —dijo, y su voz, aunque todavía era la de un niño de diez años, tenía una autoridad que no había tenido nunca. Era la voz de alguien que ha descubierto el secreto del control.

 

Luz Dary levantó la vista y lo miró. En sus ojos no había miedo, ni asco. Solo una obediencia tranquila, una aceptación de su papel. Él era el artista, y ella era el lienzo. El Sádico se lo había enseñado. Y ella debía obedecer al artista.

 

Se inclinó y, con la torpeza de una niña de siete años, le dio un beso en la cabeza de su miembro. Fue un beso seco, rápido, como el beso que se le da a un juguete favorito. El contacto de sus labios suaves y tibios fue una nueva sensación para Iñigo, una sensación mucho más íntima y directa que la de sus manos. Un gemido se escapó de sus garganta, un sonido de puro placer.

 

—Otra vez —ordenó Iñigo, su voz más firme esta vez—. Bésalo más. Como yo te besé a ti.

 

Luz Dary obedeció. Empezó a darle pequeños besos por todo el eje de su miembro, besos húmedos y torpes que dejaban un rastro de saliva brillante. No sabía lo que hacía, solo sabía que debía hacerlo. Iñigo cerró los ojos, perdiéndose en la sensación. Cada beso era una nueva afirmación de su poder, una nueva prueba de su dominio.

 

Entonces, ella hizo algo que él no esperó. Algo que no le había ordenado. Apartó el pelo de su cara y se la pasó por toda la longitud de su miembro erecto. La sensación de su mejilla suave, de su piel infantil, rozando su carne sensible fue abrumadora. Era una caricia, una forma de adoración infantil que lo hizo sentir un dios.

 

—Sí… así… —gimió Iñigo, con los ojos cerrados—. Pásatelo por la cara. Toda.

 

Luz Dary lo hizo. Se frotó con él, como si fuera un gato buscando el cariño de su amo. Se lo pasó por la mejilla, por la frente, por el mentón. El olor de su piel, mezclado con el olor del agua y del miedo, lo embriagó. Iñigo sintió que el control se le escapaba, que el placer era demasiado grande. Necesitaba más. Necesitaba sentir lo que sintió la noche anterior.

 

—Abre la boca —ordenó, su voz tensa por el deseo.

 

Luz Dary lo miró, y por un segundo, una sombra de duda cruzó sus ojos. Pero desapareció tan rápido como vino. Abrió la boca, un pequeño óvalo rosado y húmedo, una promesa y una rendición.

 

Iñigo, con la respiración entrecortada, guio su miembro hacia esa boca abierta. La cabeza tocó sus labios, y luego se deslizó dentro. El calor húmedo de la boca de su hermana fue una explosión de placer que casi lo hace gritar. Era más apretado, más caliente que cualquier otra cosa que hubiera sentido.

 

Luz Dary se quedó quieta, con la boca llena de él, sin saber qué hacer. Su instinto era morder, empujar, pero la lección del Sádico estaba más fuerte. Debía recibir. Debía ser usada.

 

—Muévela —dijo Iñigo, con la voz ronca—. Muévela con la lengua.

 

Ella intentó obedecer. Movió la lengua, un movimiento torpe e inexperto que frotaba la parte inferior de su miembro. La sensación fue increíble. Iñigo empezó a mover sus caderas, lentamente, metiendo y sacando su miembro de la boca de su hermana, un ritmo que aprendió la noche anterior, un ritmo que su cuerpo recordaba.

 

Cada embestida era más profunda. Iñigo perdía el control, empujando más y más adentro. Ella empezó a incomodarse, a emitir pequeños sonidos de sofoco, pero él no se detuvo. No podía. El poder, el placer, era demasiado fuerte. La estaba poseyendo por completo, de una manera nueva, más íntima, más absoluta.

 

El clímax llegó de repente, una convulsión violenta que lo sacudió de arriba abajo. Se hundió en la boca de su hermana con un grito ahogado, y sintió la misma explosión de calor de la noche anterior, la misma descarga eléctrica que lo vació y lo llenó al mismo tiempo. Esta vez, la ofrenda no fue en su cuerpo, sino en su boca. Luz Dary sintió un goteo caliente y salado al fondo de su boca. Se ahogó, y por instinto, empujó a Iñigo. Él se retiró, temblando, y cayó de culo en el suelo, con el miembro goteando. Ella se inclinó hacia adelante y tosió, escupiendo el líquido en el suelo de madera. Lágrimas le corrían por las mejillas, lágrimas de sofoco y de una confusión que no podía entender.

 

Se quedaron así, en silencio, durante un largo tiempo. Él, en el suelo, recuperando el aliento, sintiendo la vergüenza y el triunfo mezclados en su pecho. Ella, de rodillas, llorando en silencio, sintiendo el sabor de su hermano en su boca, el sabor de su rendición.

 

Finalmente, Iñigo se levantó. Se acercó a ella y le ayudó a levantarse. No dijo nada. Solo la abrazó. Fue un abrazo diferente al de su padre. No era un abrazo de rendición. Era un abrazo de complicidad. De cómplices en un secreto terrible y maravilloso.

 

—Está bien —dijo Iñigo, y su voz era la de un niño otra vez—. Ya está bien.

 

Luz Dary no respondió. Solo se apoyó en él, con la cabeza en su pecho. Eran hermanos. Se querían. Pero ahora, su amor tenía un nuevo ingrediente. Un ingrediente oscuro y poderoso, un secreto que solo ellos dos compartían. El Sádico les había dado una casa, comida, y un nuevo rol. Y ellos, inocentes y corruptos, estaban aprendiendo a interpretarlo a la perfección.

 

Iñigo se puso una camiseta vieja que ya había sido de Simón. Le quedaba grande en los hombros y corta en las mangas. Uno de sus viejos pantalones, remendado en una rodilla, sostenido por un cordón en lugar de cinturón.

 

Luz Dary se puso un vestido sencillo, también de los anteriores, de algodón fino, descolorido por los lavados. Tenía una mancha en el costado que no se iba nunca. Se peinó con los dedos y se sentó en la cama más cercana.

 

Cada uno se acostó en una cama sin decir nada. El cansancio hizo el resto. Durmieron varias horas, profundamente, como se duerme cuando el cuerpo ya no puede sostenerse despierto.

 

Cuando despertaron, la casa estaba en silencio. Afuera no se oía nada más que el viento. Carlos y Simón no habían regresado todavía.

 

Esperaron.

 

Al principio no hicieron nada. Luego Iñigo se levantó y fue a la ventana. Miró el camino, sin ver realmente. Luz Dary se sentó en el borde de la cama y balanceó los pies.

 

Iñigo encontró un lápiz corto y un pedazo de papel doblado. Se sentó en la mesa y empezó a hacer rayas sin forma. Luz Dary se acercó y miró. Después tomó el lápiz y dibujó con él

 

Más tarde, salieron al patio. Iñigo acomodó unas piedras en fila. Luz Dary las movía apenas, como si fueran personas caminando. Jugaron sin reírse, sin inventar historias grandes. Solo pasaban el tiempo.

 

Cuando se cansaron, volvieron a entrar. Luz Dary barrió un poco. Iñigo llenó una jarra con agua. Se sentaron a esperar.

 

No hablaron de lo que había pasado ni de lo que vendría. No porque no lo entendieran, sino porque todavía no sabían cómo decirlo.

 

Cuando escucharon pasos, se quedaron quietos. Carlos y Simón estaban por llegar. La casa volvió a llenarse de ruido.

 

Los niños se miraron una vez más y no dijeron nada.

 

Dentro de la casa de madera, el silencio era un peso físico. La cena había sido un guiso espeso de lentejas y yuca, abundante y caliente, pero que sabía a ceniza. Nadie habló. Carlos comió con la cabeza gacha, cada cucharada un recordatorio de su traición. Simón masticaba con una rabia contenida, sus mandíbulas trabajando como si estuvieran moliendo huesos. Iñigo y Luz Dary comieron mecánicamente, sus ojos fijos en sus platos, sus cuerpos juntos pero separados por un abismo invisible.

 

 

La única luz provenía de la chimenea, que lanzaba sombras danzantes en las paredes de madera, convirtiendo la habitación en un escenario de fantasmas. Afuera, el viento empezaba a gemir, barriendo los campos con una promesa de frío. Y con el viento, venía la espera. La espera que se había convertido en el pulso de esa casa, en el latido sordo que marcaba el paso de sus nuevas vidas.

 

Carlos se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó. Su tos, un poco mejor con el jarabe, seguía siendo un sonido rasposo que rompía la quietud. Fue a la puerta y miró hacia el camino, una figura encorvada contra el cielo morado. Simón observaba a su padre, sus ojos brillando con una furia que no se atrevía a soltar. Iñigo y Luz Dary se quedaron en la mesa, sus manos inmóviles sobre sus rodillas.

 

—Se acerca la hora —dijo Carlos, sin volverse. Su voz era un susurro ronco, la voz de un hombre que ya no le hablaba a su familia.

 

En la mesa, las manos de Iñigo empezaron a sudar. Luz Dary, a su lado, se estremeció. No era de frío.

 

Simón se levantó de golpe, su silla raspando el suelo de madera con un chirrido agudo.

 

—No —dijo, su voz baja pero cargada de un veneno que parecía a punto de derramarse—. No esta vez. No a Luz Dary. No a Iñigo.

 

Carlos se giró lentamente. Su rostro, iluminado por el fuego, era una máscara de cansancio infinito.

 

—Simón…

 

—¡No me digas «Simón»! —rugió el muchacho, dando un paso adelante—. ¡Míralos! ¡Míralos bien! ¿Ves lo que has hecho? ¡Están rotos! ¡Los has roto!

 

Iñigo levantó la vista, y por primera vez en horas, sus ojos se encontraron con los de su hermano mayor. No había vergüenza en ellos. No había arrepentimiento. Había algo mucho más antiguo y más frío. Había un conocimiento que Simón no tenía.

 

—No sabes nada, Simón —dijo Iñigo, y su voz era sorprendentemente firme, la voz de alguien que ha envejecido diez años en una sola noche—. No sabes nada de nada.

 

—¡Lo sé suficiente! ¡Sé que ese cabrón los está usando!

 

Iñigo se puso de pie. No era alto, ni especialmente fuerte. Pero en ese momento, bajo la luz parpadeante del fuego, había algo en él que era aterrador. Una calma peligrosa.

 

—¿Qué hiciste tú, Simón? ¿Gritaste? Él nos ha dado comida. Un techo. Una vida. Y a cambio, nos pide que aprendamos. Nosotros estamos aprendiendo. Tú solo sigues siendo un niño gritón.

 

La última palabra cayó en la habitación como un golpe. «Niño». Simón, el mayor, el protector, había sido reducido a eso. Se quedó paralizado, la furia derretida y reemplazada por una humillación helada. Vio a su hermano, a su Iñigo, y no lo reconoció. Era un extraño con los ojos de su hermano, un extraño que hablaba con la voz de su enemigo. Justo entonces, un sonido cortó la tensión. Un golpe suave y rítmico en la puerta. No era el golpe de un visitante. Era el golpe de un dueño que vuelve a casa.

 

Nadie se movió. El fuego crepitó, lanzando una chispa que silbó al apagarse. Tres golpes más, esta vez más firmes. Exigentes.

 

—Abre la puerta, Carlos —dijo la voz del Sádico desde el exterior, tranquila, neutra, pero con el peso de una orden inapelable.

 

Carlos respiró hondo, un sonido que pareció sacarle el aire a toda la habitación. Caminó hacia la puerta como un condenado al cadalso, cada paso un sonido seco en el silencio. Abrió la puerta.

 

El Sádico entró. No parecía notar el frío ni el viento. Lleva la misma ropa de siempre, un pantalón resistente y una camisa de algodón, pero parecía impecable, como si la tierra y el polvo no se atrevieran a tocarlo. Sus ojos oscuros barrieron la habitación, pasando por Carlos, por Simón, y deteniéndose en Iñigo y Luz Dary, que estaban de pie, uno al lado del otro. Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.

 

Se quitó el sombrero y lo colgó en un gancho cerca de la puerta, un gesto de propiedad, de permanencia. Se acercó a la chimenea y se calentó las manos, como si acabara de llegar de un largo viaje.

 

—He estado pensando —dijo, sin volverse—. La lección de ayer fue… esclarecedora. Fue un buen comienzo. Iñigo aprendió a tomar. Luz Dary aprendió a recibir. Son alumnos rápidos, dotados. Pero el arte requiere matices. Requiere diferentes lienzos, diferentes pinceles.

 

Se giró lentamente, y su mirada se posó en Simón. El muchacho se irguió instintivamente, como un animal que se enfrenta a un depredador. Sus puños se cerraron, su cuerpo tenso, listo para la pelea que sabía que no podía ganar.

 

—Tú —dijo el Sádico, señalando a Simón con un dedo largo y delgado—. Eres el mayor. El fuerte. Te he observado. Veo cómo me miras. Y tienes razón. Pero solo a medias. Soy un monstruo, sí. Pero soy un monstruo que puede darte lo que nadie más puede. Puedo darte el verdadero poder.

 

—No quiero nada de ti —siseó Simón, su cuerpo vibrando de odio.

 

—Oh, pero sí lo quieres —dijo el Sádico, acercándose a él, invadiendo su espacio personal—. Quieres proteger. Quieres ser el héroe. Eres estúpido, Simón.

 

 

—Me llaman El Sadico porque espero —dijo—. Porque dejo que el hambre haga su parte. Que el miedo madure. Porque doy justo cuando ya no creen que vaya a dar. Porque quito cuando ya pensaban que era seguro.

 

Se detuvo frente a Carlos.

 

—Porque me gusta ver qué hacen cuando tienen que elegir —añadió—. A quién protegen. A quién dejan atrás. Hasta dónde son capaces de llegar sin que yo los empuje.

 

Miró a Simón.

 

—Tú me miras como si yo fuera el monstruo —dijo

 

Luego señaló, sin tocarlos, a Iñigo y a Luz Dary.

 

—Ellos entendieron eso ayer —dijo

 

Se enderezó, como si la conversación hubiera terminado.

 

—Así que sí —concluyó—. Díganme como quieran. El nombre no importa.

 

El Sádico dejó su frase suspendida en el aire, una promesa ominosa que se enredó con el humo de la chimenea. Sus ojos se clavaron en Simón un segundo más, disfrutando del temblor incontrolable que recorría el cuerpo del muchacho. Luego, con una lentitud calculada que era una tortura en sí misma, giró la cabeza. Su mirada abandonó al toro enojado y buscó a la presa.

 

Luz Dary.

 

Ella no se movió. No respiró. Sus ojos, grandes y oscuros como pozos sin fondo, estaban fijos en él, pero no con miedo. No, el miedo puro había muerto en la primera noche, en el umbral de esa misma puerta. Lo que había ahora era algo más complejo, más profundo. Era la rendición absoluta de un animal que comprende, en su médula, que la lucha es inútil y que el dolor es el único maestro que queda.

 

El Sádico sonrió. No fue una sonrisa de triunfo, sino de reconocimiento. Como un artesano que admira una pieza de madera especialmente bien preparada para ser tallada.

 

Caminó hacia ella. Sus pasos eran silenciosos sobre el suelo de madera. Carlos, paralizado junto a la puerta, parecía una estatua de sal, un hombre convertido en testigo de su propia maldición. Iñigo observaba, con una expresión impasible que era más aterradora que cualquier grito de terror. Era la mirada de un compañero de celdas, un cómplice por necesidad, que entendía que no había escape.

 

El Sádico se detuvo frente a la niña. No la tocó. Simplemente la miró, y su mirada era más íntima y más violadora que cualquier mano. Recorrió su cuerpo delgado, vestido con una simple túnica de algodón gastado. Vio la palidez de su piel, el delicado arco de su cuello, la forma en que sus hombros se encogían ligeramente, no en un gesto de rechazo, sino de anticipación.

 

—Hoy la lección es aquí. Aquí, donde tu familia puede ver. Porque el verdadero aprendizaje no es solo sentir. Es comprender. Es ver la verdad con sus propios ojos.

 

Luz Dary tragó saliva. El sonido fue audible, un pequeño borboteo de miedo y aceptación.

 

Y entonces, lo hizo. Sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño frasco de vidrio oscuro, era el líquido dorado espeso, casi ámbar, de la noche anterior, una sustancia cálida y viscosa que prometía tanto alivio como tormento.

 

El Sádico lentamente sacó la tapa del frasco. Un olor dulzón y herbáceo llenó el aire, mezclado con un ácido metálico que era casi insoportable. Era el olor del aceite de ricino, mezclado con algo más, algo con olor a clavo y a canela, una especia cálida que convertía el veneno en un perfume.

 

—Esto —dijo el Sádico, acercando el frasco a la mejilla de Luz Dary sin tocarla, dejando que el calor del líquido y su aroma impregnaran su piel—. Esto es para que no te rompas. Para que el instrumento esté siempre afinado. Un buen artesano cuida de sus herramientas. Y tú, mi pequeña Luz Dary, eres mi herramienta más preciada.

 

Con un movimiento deliberado, volcó el frasco. Un solo hilo de aceite dorado y espeso goteó y cayó sobre el dorso de su mano, que él mantenía extendida. El líquido brilló bajo el fuego, una perla viscosa y caliente. Luego, con una calma absoluta, se acercó esa mano a los labios de Luz Dary.

 

—Limpia —ordenó.

 

No fue una petición. Fue una ley de la física. Luz Dary, sin dudar un instante, inclinó la cabeza. Su pequeña lengua rosa, húmeda y temblorosa, asomó entre sus labios. Con un cuidado reverencial, lamió el aceite de la mano del Sádico. El sabor debió ser abrumador: el dulzor engañoso de la especia, la aspereza aceitosa del ricino, el calor casi quemante. Pero ella no mostró ninguna emoción. Simplemente limpió cada gota, su lengua moviéndose con una precisión clínica, hasta que la mano del hombre estuvo reluciente.

 

Simón estaba a punto de explotar. Sus venas pulsaban en su cuello, sus uñas se clavaban en sus palmas. Pero no se movió. No podía. El espectáculo era demasiado hipnótico, demasiado grotesco. Era ver a su hermana pequeña, a la niña que él había jurado proteger, siendo convertida en algo que no podía nombrar.

 

El Sádico retiró su mano, satisfecho. Se la secó en la ropa de Luz Dary, un gesto de propiedad final.

 

—Muy bien —murmuró—. Ves, Simón. No hay fuerza en tu rabia. Hay solo sufrimiento. Pero en ella… en su sumisión… hay una forma de pureza. Una claridad. Ha aprendido que el dolor es inevitable, pero que el placer puede ser una herramienta. Un anestésico. Una recompensa.

 

Se giró hacia la familia, su cuerpo bloqueando la única salida.

 

—La lección de hoy es sobre la elasticidad —dijo, y su voz era ahora la de un profesor en un aula—. Sobre cómo el cuerpo humano, con la preparación adecuada, puede acomodar lo inimaginable. Cómo lo que empieza como un dolor agudo, una resistencia violenta, puede transformarse en una rendición placentera. Un éxtasis forzado.

 

Se acercó a la mesa y empujó los platos de lentejas al suelo con un estrépito de cerámica rota. Nadie se inmutó. La mesa ahora estaba desnuda, excepto por el mantel manchado.

 

—Acuéstate aquí —le ordenó a Luz Dary.

 

Ella obedeció. Se tendió de espaldas sobre la mesa de madera, su cuerpo delgado formando una línea recta y tensa. Su túnica se le amontonó un poco en las caderas, dejando al descubierto sus piernas delgadas y pálidas. La luz de la chimenea le dibujaba sombras en sus huesos, la hacía parecer una figurilla de marfil dispuesta en un altar.

 

El Sádico se paró junto a la mesa, mirándola desde arriba. Con una mano, tomó el frasco de nuevo. Con la otra, deslizó sus dedos bajo el borde de la túnica de Luz Dary, sobre su estómago liso y frío. La niña no se estremeció. Simplemente cerró los ojos.

 

—La próxima vez que veas a tu hermana, Simón —dijo el Sádico, volcando un chorro de aceite dorado y caliente directamente sobre el abdomen de Luz Dary—. La verás diferente. Verás la marca de la lección. Verás la prueba de que el placer y el dolor son la misma cara de una moneda que yo acuño.

 

El aceite corrió por los pliegues de su estómago, brillando, resbaladizo. El Sádico extendió el líquido con su mano, cubriendo su piel, masajeando su vientre, sus costillas, bajando lentamente hacia la línea de su vagina. Sus movimientos eran metódicos, clínicos, pero cargados de una electricidad sexual que era palpable en la habitación, una corriente que…una corriente que electrocutaba a todos los presentes. A Simón, con su rabia inútil. A Carlos, con su culpa paralizante. A Iñigo, con una envidia oscura y un terror compartido. Y a Luz Dary, con una mezcla de dolor y un placer forzado que ya no podía distinguir.

 

 

El Sádico continuó su trabajo, sus dedos deslizándose sobre la piel aceitada de la niña. No había prisa en sus movimientos. Era un ritual. Una preparación meticulosa.

 

—El cuerpo es un mapa —murmuró, casi para sí mismo, pero su voz resonó en el silencio sepulcral de la habitación—. Y cada punto sensible es un tesoro por descubrir. La mayoría de la gente vive toda su vida sin explorar su propio mapa. Se pierden en la geografía tosca de lo cotidiano. Yo, en cambio, soy un cartógrafo. Y Luz Dary… es mi continente por descubrir.

 

Su mano descendió más allá, desapareciendo entre sus piernas. Luz Dary arqueó la espalda, un movimiento involuntario, una respuesta muscular pura. Un pequeño gemido escapó de sus labios, un sonido que no era de dolor, ni de placer, sino de algo intermedio, una nota aguda y prolongada de rendición total.

 

Simón finalmente se rompió. Gritó, un sonido gutural y desgarrador, y se lanzó hacia adelante. Pero no llegó a dar ni un paso. Iñigo, con una rapidez que nadie le hubiera atribuido, lo agarró por el brazo y lo tiró al suelo. No fue un acto de protección hacia el Sádico. Fue un acto de supervivencia. Iñigo sabía, con una certeza absoluta, que cualquier interrupción solo empeoraría las cosas para todos, pero especialmente para Luz Dary.

 

—¡No, Simón, no! —siseó Iñigo, manteniendo a su hermano inmovilizado en el suelo con un peso sorprendente—. ¡No hagas nada! ¡Mira y aprende, maldita sea, mira y aprende o todos moriremos!

 

El Sádico ni siquiera se volvió. Simplemente siguió con su tarea, como si la pelea a sus espaldas fuera el zumbido de un mosquito insignificante. Su otra mano livero primero su propio miembro para luegobuscar el frasco de aceite, lo vertió generosamente sobre su pene, que ya estaba erecto, oscuro y pulido bajo la luz del fuego. Se masajeó con lentitud, cubriéndolo hasta que brilló como una arma de obsidiana.

 

—La elasticidad, Simón —dijo, su voz calmada y didáctica, como si le estuviera explicando una lección de matemáticas a un alumno lento—. Es la clave para soportar lo insoportable. Es la capacidad de ceder sin romperse. Tu hermana está aprendiendo. Tú, en cambio, sigues siendo un estúpido, esperando que la tormenta te parta en dos.

 

Se colocó entre las piernas de Luz Dary, que estaban colgando inactivas del borde de la mesa. La elevó ligeramente, ajustando su cuerpo sobre la superficie aceitosa. La niña mantuvo los ojos cerrados, sus párpados temblando ligeramente, sus labios entreabiertos. Su respiración era rápida y superficial.

 

—Mírala bien, Carlos —dijo el Sádico, y por primera vez, su voz contenía una punzada de algo que podría haber sido desprecio—. Mírala y reconoce tu obra. Esto es lo que has traído al mundo. Esto es tu legado. Una hija que aprende a encontrar la paz en la violación.

 

Carlos se desplomó contra la pared, un hombre muerto en vida. No había lágrimas. No había fuerza siquiera para eso. Solo un vacío absoluto, un agujero negro donde antes había un hombre.

 

Y entonces, el Sádico entró en ella. No fue brusco. No fue violento. Fue lento, inexorable, una presión constante y profunda. El aceite hizo su trabajo, eliminando casi toda la fricción, permitiendo una penetración que era a la vez suave y devastadoramente completa. Luz Dary soltó un grito ahogado, no de dolor agudo, sino de una plenitud abrumadora, de ser llenada, desbordada, poseída.

 

El Sádico comenzó a moverse. Su ritmo era constante, profundo, medido. Cada embestida era una afirmación de poder, una lección grabada a fuego en la carne de la niña. Con cada movimiento, el aceite chapoteaba suavemente, un sonido húmedo y rítmico que se mezclaba con los jadeos de Luz Dary y el silencio helado del resto de la familia. Y entonces, sucedió. En el rostro de Luz Dary, tensado por la concentración y el esfuerzo, algo cambió. Una gota de sudor corría por su sien. Sus cejas se fruncieron. Y luego, sus ojos se abrieron de par en par. No estaban vacíos. No estaban llenos de miedo. Estaban llenos de… comprensión. Una comprensión aterradora.

 

El Sádico vio el cambio y sonrió, una sonrisa genuina de triunfo artístico. Aceleró su ritmo, sus embestidas volviéndose más profundas, más potentes. Y Luz Dary, contra toda lógica, contra toda decencia, empezó a responder. Sus caderas, al principio inertes, comenzaron a moverse en un círculo torpe, sincronizándose con él. Un gemido diferente escapó de sus garganta, un sonido más bajo, más gutural, un sonido que no era de sumisión, sino de… participación.

 

Simón, inmovilizado en el suelo, dejó de luchar. Miró, hipnotizado, el rostro de su hermana. Vio el cambio. Vio la rendición convertirse en algo más. Y en ese momento, su odio se desmoronó, reemplazado por un horror tan profundo, tan absoluto, que sintió que su alma se helaba y se rompía en mil pedazos. No solo estaba perdiendo a su hermana. Estaba presenciando su aniquilación, su transformación en una criatura que él ya no podía reconocer.

 

El Sádico sintió el orgasmo aproximarse, no como un estallido, sino como una marea creciente. Con un último movimiento profundo, se vació dentro de ella, un grunido de satisfacción resonando en su pecho. Se quedó así un momento, inmerso en ella, sintiendo los últimos espasmos de su cuerpo.

 

Lentamente, se retiró. El resultado era una imagen de profanación sagrada. Luz Dary yacía sobre la mesa, inmóvil, su cuerpo brillando de aceite y sudor, sus piernas abiertas, sus ojos fijos en el techo de madera, viendo algo que nadie más podía ver. Entre sus piernas, un charquito rosa y aceitoso comenzaba a formarse sobre el mantel oscuro, una prueba tangible de la lección.

 

El Sádico se arregló la ropa con calma. Tomó el frasco de aceite y se lo guardó en el bolsillo. Se acercó a Luz Dary y, con una sorprendente ternura, le bajó la túnica para cubrir su desnudez.

 

—La lección de hoy ha terminado —dijo, su voz de vuelta a la neutralidad impasible—. Mañana, aprenderemos sobre el sabor. La familia reunida. La cena servida. Y el silencio. El silencio eterno y roto.

70 Lecturas/21 enero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hermana, hermano, hermanos, hija, hijo, mayor, padre, sexo
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