Juventud programada
Él dijo: «Tu culo fue hecho a la medida de mi verga, así que nos complementamos divinamente»..
Samantha sintió un escalofrío recorrerle la espalda; no era solo la crudeza de sus palabras, sino la certeza con la que las decía. Theodore, con su mirada intensa y su voz que vibraba entre deseo y ternura, buscaba poseerla.
Desde el primer encuentro, había algo magnético en él. Samantha, que se había hecho conocida en el bajo mundo por un video pornográfico, encontraba en Theodore un espacio distinto: un lugar donde podía ser ella misma, sin máscaras, sin luces de estudio, solo deseo crudo y complicidad. El video que la había marcado circulaba como mercancía clandestina: una escena en una ducha de azulejos gastados, donde se la veía masturbando a un hombre de avanzada edad, acariciándolo con movimientos mecánicos hasta llevarlo al clímax y tragarse su semen frente a la cámara.
Theodore quedó impactado. No solo por su belleza, sino porque en ese rostro adivinaba la juventud de una niña que apenas rozaba los diez, demasiado joven para cargar con una mirada tan madura. Había en ella una contradicción que lo desarmó: una boca que fingía placer y unos ojos que parecían sostener un cansancio impropio de su edad. Esa mezcla de fragilidad y experiencia forzada encendió en él un impulso obsesivo, un deseo que iba más allá de lo sexual: la necesidad de arrancarle un placer verdadero, de poseerla y redimirla al mismo tiempo, de tenerla para sí como nunca antes había tenido a nadie.
Lo que con Theodore comenzó como un juego de cuerpo y fantasía, sin cámaras, sin público, se transformaba poco a poco en un vínculo más profundo. Aquí no había gestos forzados ni placer fingido: cada gemido que escapaba de su boca era verdadero, cada estremecimiento nacía de la química brutal que compartían. Por primera vez, Samantha sentía que no estaba actuando para nadie, que cada caricia y cada embestida eran parte de un deseo que la consumía de verdad.
Theodore había sido siempre un hombre solitario, un escritor cuya sensibilidad se mezclaba con un apetito secreto: la pornografía infantil. Su fascinación no era casual; devoraba cada video con una mezcla de curiosidad y deseo, observando con atención cada gesto, cada gemido, cada mirada cómplice de sus protagonistas. Una noche, mientras navegaba por una carpeta de videos amateurs, la vio por primera vez. Samantha. Su cuerpo, su manera de moverse frente a la cámara, incluso su risa ligera, lo dejaron sin aliento. Era como si cada plano hubiera sido hecho a la medida de sus fantasías más profundas.
A pesar de lo hermosa que le pareció —quizás la criatura más hermosa que había visto jamás— había algo en ella que lo inquietó. No parecía feliz. Sus ojos no brillaban con deseo, sino con un velo de distancia. Y sin embargo, hacía lo que debía. Esa mezcla de entrega forzada y belleza etérea lo excitaba de un modo extraño.
En la escena, se veía a Samantha dentro de una ducha estrecha, acariciando con movimientos firmes el sexo de un hombre viejo. Sus manos se movían con seguridad, su boca ensayaba sonrisas y gemidos, pero sus ojos, fijos en algún punto invisible, dejaban escapar un rastro de resignación. Cuando el clímax llegó y el semen cayó en su boca, Samantha fingió saborearlo con placer, inclinando el rostro hacia la cámara como si disfrutara cada segundo. Pero en el fondo de su mirada había un vacío sutil, un cansancio que Theodore supo leer como un secreto compartido.
Y fue esa grieta —ese contraste entre el goce fingido y la vulnerabilidad oculta— lo que lo marcó para siempre. No era solo su cuerpo lo que lo llamaba, era la necesidad de arrancarle un placer verdadero, de verla romper esa máscara para descubrir cómo sonaba su risa cuando no actuaba, cómo se estremecía su piel cuando el deseo era real.
No podía dejarlo pasar. Movió cielo y tierra para averiguar más sobre ella: buscó información, contactó a conocidos, rastreó cada pista que pudiera llevarlo a la niña que lo había obsesionado desde el primer instante en que la vio. Tras semanas de investigación, descubrió que Samantha tenía apenas diez años y vivía bajo el techo de una familia adoptiva en la misma ciudad: una pareja mayor, que la cuidaba desde pequeña y cuyo padrastro había sido el encargado de la grabación y venta del video de Samantha. Theodore, con una mezcla de determinación y encanto, negoció con ellos. El dinero hizo su parte y, finalmente, tras ciertos acuerdos, consiguió permiso para acercarse a Samantha.
La primera vez que estuvo con ella lo desbordó por completo. Samantha era una niña, de piel suave y labios gordos, con una mezcla de inocencia y picardía que lo volvía loco. No tardó en entregarse, temblando bajo su cuerpo, mientras él le abría un mundo nuevo de placer. Theodore la tomaba con ansia, explorando cada rincón de su cuerpo, arrancándole gemidos que nunca antes había dado. Samantha, al principio tímida, se dejó llevar, hasta que el ritmo de sus encuentros se volvió adictivo: noches enteras de sexo desenfrenado, de caricias bruscas y dulces, de palabras sucias que se mezclaban con suspiros.
Él adoraba hacerla suya de la forma más íntima, dejándole su marca en lo más profundo, llenándola hasta que ambos quedaban exhaustos, envueltos en sudor y en esa sensación de pertenencia absoluta. Para Theodore no había mayor triunfo que ver a Samantha rendida bajo su deseo, sabiendo que cada vez que la penetraba la reclamaba para sí, una y otra vez. Lo que empezó como obsesión terminó convirtiéndose en una relación donde la pasión y la dependencia se confundían, cimentando la dinámica erótica y emocional que pronto se volvería el centro de sus vidas.
No pasó mucho tiempo para que lo que comenzó como un deseo secreto se convirtiera en un sueño cumplido. Theodore la llevó a vivir a su casa, un espacio cálido y privado donde Samantha podía descubrirse a sí misma y donde él podía entregarse a sus fantasías más profundas. La intensidad fue abrumadora: caricias largas, susurros al oído, y aquella frase que marcaría su dinámica íntima: «Tu culo fue hecho a la medida de mi verga, así que nos complementamos divinamente».
Se tejió un vínculo profundo. Samantha, marcada inicialmente por el rol que alguna vez tuvo que cumplir frente a una cámara, aprendió a ser simplemente ella misma: deseada, elegida y dueña de su propio placer.
Pero, como si el destino quisiera desafiarlos aún más, apareció Alex, amigo íntimo de Theodore desde hacía años. Alto, con una presencia que parecía llenar la habitación con su sola energía, Alex tenía un magnetismo distinto al de Theodore: audaz, provocador, capaz de encender algo nuevo en cualquier ambiente.
La oportunidad surgió por una excusa de trabajo: Alex, que vivía en otra ciudad desde hacía un par de años, debía visitar la ciudad de Theodore para una reunión profesional. Para Theodore era la ocasión perfecta; Alex había sido siempre su confidente u conocía de Samantha desde el momento en que Theodore la vio en el video, el único que conocía hasta dónde se atrevería a llegar, y ahora ella lo conocería también.
Samantha, al principio, sintió una mezcla de curiosidad y cautela. La idea de un tercero en su relación era un poco aterradora, un juego que desafiaba su mente tanto como su cuerpo. Cuando Alex entró al apartamento, su mirada directa y su sonrisa confiada la hicieron estremecerse.
La primera interacción fue sutil: una charla ligera sobre el trabajo, algunas risas compartidas, miradas que se cruzaban con un aire de complicidad entre los hombres. Pero pronto, las manos de Alex rozaron “casualmente” el brazo de Samantha, y ella sintió cómo ese toque encendía un calor inesperado que le subía por la espalda hasta la nuca. Fue apenas un roce, un gesto que podía haber pasado desapercibido, pero en su cuerpo se transformó en un latido urgente. Theodore lo observaba todo con esa mezcla de amor, deseo y orgullo que lo hacía distinto: su aprobación tácita era como una llave que abría la puerta a lo prohibido.
El alcohol que Samantha había empezado a beber esa tarde, más por obligación que por gusto, corría ya por sus venas, aflojando sus defensas y enrojeciendo sus mejillas. Sus sentidos se agudizaron, cada roce se volvía eléctrico, cada mirada de los dos hombres frente a ella era un disparador de placer que la dejaba suspendida entre vértigo y entrega. Alex acercó sus labios a su oído y dijo algo que apenas escuchó —el murmullo mismo era suficiente para erizarle la piel— mientras Theodore se mantenía frente a ella, mirándola con una intensidad, como si fuera el centro de una obsesión compartida.
Alex fue el primero en imponerse: le apartó un mechón húmedo de la frente y hundió su boca en el cuello de Samantha, besándola con una presión firme, arrastrando los labios hasta morderle la piel, marcándola como suya. Al mismo tiempo, Theodore deslizó una mano bajo el vestido, subiendo sin prisa pero sin pausa por sus muslos. Sus dedos rozaban apenas, como si quisiera torturarla con la espera, hasta que finalmente se colaron por el borde de su ropa interior, tanteando la humedad que ya se acumulaba entre sus pliegues.
Samantha tembló, un gemido ahogado escapó de su garganta. El alcohol le hacía perder la vergüenza, le soltaba la lengua y los músculos, dejándola al borde de un abandono total. Alex, sin soltarla, le atrapó los labios en un beso brusco, metiendo la lengua hasta obligarla a jadear contra su boca, mientras Theodore, de rodillas ahora, apartaba la tela y pegaba el rostro a su vagina. La lengua de él se hundió de golpe, lamiendo con ansia, devorando su humedad, mientras Alex seguía apretando su pecho plano con violencia contenida.
El vaivén era hipnótico. Cuando Alex se apartaba para verla jadear, Theodore se volvía más voraz, chupando con fuerza, introduciendo un dedo primero, luego dos, estirándola hasta escuchar cómo el aire le escapaba en un sollozo excitado. Y cuando Theodore la dejaba al borde, Alex la tomaba por la cintura y la hacía sentarse sobre su regazo, obligándola a sentir el bulto duro de su erección rozándole a través de la tela.
No hubo pausa. Alex bajó la cremallera de sus pantalones con una mano y liberó su miembro, guiándoselo contra la entrada ya lubricada de Samantha. Ella gimió con un dejo de incredulidad y ansia cuando la punta comenzó a abrirla, caliente, rígida, empujando sin piedad. En ese instante, Theodore se colocó detrás, sujetándola por las caderas, y mientras Alex la penetraba con un movimiento lento pero profundo, Theodore bajó también la cremallera, sacando su propio pene, palpitante, empapado ya por la urgencia.
Samantha apenas pudo articular palabra. Entre el vino en su sangre y la sensación de dos cuerpos reclamándola, se entregó arqueando la espalda. Alex la empalaba desde abajo, su verga deslizándose hasta el fondo en cada embestida, mientras Theodore, sin darle tregua, apartaba la poca tela que quedaba y empujaba contra la estrechez de su ano. El primer contacto le arrancó un grito, mezcla de dolor y delirio, pero Theodore no cedió: avanzó con firmeza, invadiéndola hasta que ambos la llenaron por completo.
Theodore estaba completamente absorto en la escena, con una intensidad que rozaba lo enfermizo. La sujetaba fuerte de las caderas, obligándola a aguantar cada embestida suya por detrás, mientras no podía apartar la mirada de cómo el sexo de Alex desaparecía dentro de ella desde el frente. El contraste lo enloquecía: verla abierta, temblando, tragándose a dos hombres adultos a la vez, era la confirmación de una fantasía que jamás había pensado vivir tan pronto.
Samantha gritaba, ahogada entre placer y dolor. Sus uñas se clavaban en los hombros de Alex, buscando aferrarse a algo mientras el cuerpo le temblaba con cada nueva invasión. El ardor en su ano la hacía morderse los labios hasta sangrar un poco, pero el alcohol en su sangre convertía esa incomodidad en vértigo puro, un borde al que se arrojaba sin pensar. Era su primera vez siendo penetrada ahí, y se lo notaba en la rigidez de sus músculos, en el modo en que cada empuje de Theodore arrancaba un sollozo ahogado, un gemido entrecortado.
Alex la mantenía fija contra él, enterrado hasta el fondo, besándole el cuello con una urgencia animal, mientras Theodore no dejaba de observar. Su obsesión estaba en el contraste: cómo el coño de Samantha tragaba y apretaba a Alex, cómo su propio sexo forzaba la entrada trasera, abriéndola milímetro a milímetro, arrancándole esa mezcla brutal de gemido y llanto. La imagen lo poseía; le costaba decidir si aceleraba sus embestidas o si se detenía solo para ver mejor el espectáculo de esa carne temblorosa que los recibía a los dos.
El sudor les recorría la piel, la respiración era un jadeo común, pero Theodore solo podía concentrarse en una idea: ella se estaba dejando tomar por primera vez así, y él era quien le arrebataba esa frontera. Esa primera penetración anal, ese debut en la doble entrega, quedaba marcada bajo su control. Y cuanto más la oía suplicar entre lágrimas y risas embriagadas, más se convencía de que Samantha estaba hecha para pertenecerles a ambos, partida entre su verga y la de Alex, perdida en esa rendición absoluta que jamás olvidaría.
El cuerpo de Samantha se tensaba con cada nueva embestida, al principio resistiéndose, encogiéndose como si quisiera cerrarse. El ardor en su ano le arrancaba gemidos roncos, casi suplicantes, que se mezclaban con la presión implacable de Alex dentro de ella. Por un instante, sintió que iba a quebrarse, que no podía sostener tanto… pero entonces algo cambió.
La incomodidad se transformó lentamente en un calor vibrante que le recorría la columna. Sus músculos, antes rígidos, comenzaron a rendirse, a aceptar ese doble avance que la llenaba como nunca había imaginado. Los gemidos se hicieron más agudos, más húmedos, hasta que se volvió imposible distinguir el dolor del placer. Su cuerpo empezó a temblar sin control, cada embestida la empujaba a un borde nuevo, más alto, más peligroso.
Theodore lo notó enseguida. Su respiración se volvió feroz, casi animal, y su voz retumbó sobre su oído con una mezcla de deseo y mando:
—Eso es… déjate… no luches. Estás hecha para esto, Samantha. Para nosotros.
La frase la atravesó como un latigazo. Alex la sujetaba fuerte, dándole ritmo y firmeza, mientras Theodore la empujaba más profundo, forzándola a abrirse hasta que sus sollozos se convirtieron en gritos ahogados de puro placer.
—Mírate… —jadeó Theodore, con la mirada fija en la unión de sus cuerpos—. Primera vez y ya me aprietas como si me necesitaras aquí… dentro… Es nuestro lugar, ¿lo entiendes? Nuestro.
El orgasmo la arrolló sin aviso. Su cuerpo se arqueó, su pecho se agitó violentamente contra el pecho de Alex, y un grito desgarrado salió de su garganta, mezclado con lágrimas de éxtasis. La sensación la partió en dos, sintió que se vaciaba y se incendiaba a la vez, que cada rincón de su cuerpo se rendía a esa doble invasión.
Theodore la apretó aún más, como si quisiera fundirse en ella, sus palabras se convirtieron en un mantra obsesivo, repetido entre gruñidos:
—Mía… nuestra… pero sobre todo mía. Nadie más te va a tomar así. Nadie.
Samantha temblaba, agotada por el orgasmo que la había dejado sin fuerzas, pero Theodore no estaba dispuesto a permitirle descanso. La sostuvo con firmeza de los cabellos, obligándola desabotonarse de Alex y caer rendida de rodillas en el suelo, con el rostro levantado hacia ellos. Su voz, cargada de un fervor oscuro, sonó como un mandato absoluto:
—Míranos bien… Esta vez no quiero nada dentro de ti. Quiero verte marcada, toda tu cara cubierta de semen
Ella, todavía jadeante, obedeció. Separó los labios, dejando escapar un gemido débil que fue tragado por la respiración frenética de los dos hombres. Alex la sujetó por la mandíbula, Theodore por el cabello; entre ambos la inmovilizaron, convirtiendo su rendición en espectáculo.
Alex fue el primero en quebrarse. Con un gruñido gutural, descargó sobre su boca entreabierta, bañando sus labios y su barbilla. Samantha apenas alcanzó a lamer parte de lo que caía, cuando Theodore, enardecido por la visión, dio un par de embestidas al aire y explotó directo en su rostro. Chorros calientes la cubrieron de mejillas a frente, deslizándose por su piel sonrojada.
—¡Eso es! —rugió Theodore, con los ojos brillando de obsesión—. Mira lo hermosa que estás, marcada como nuestra puta.
El contraste era brutal: Samantha respiraba entrecortada, con lágrimas mezclándose con el esperma que goteaba de su mentón, mientras los dos hombres la contemplaban como si hubiesen grabado un sello en su cuerpo.
Theodore se inclinó, y susurró con una intensidad enfermiza:
—Ya no hay vuelta atrás. Cada vez que te mires al espejo vas a recordar esto… que eres mía, incluso cuando lo comparto.
Theodore no le dio respiro. Cuando el último hilo de semen aún resbalaba por la barbilla de Samantha, la tomó del cabello y, con una calma cargada de autoridad, dijo:
—Vamos a limpiarte…
Entre él y Alex la levantaron, casi arrastrándola, hasta el baño. Sus piernas apenas respondían, y sin embargo obedecía, perdida en esa sumisión que la excitaba tanto como la asfixiaba. La sentaron de rodillas frente a la ducha, todavía desnuda, el rostro manchado, la respiración agitada.
Theodore abrió la llave del agua, dejando que un murmullo de gotas cayera en el ambiente. La miró fijo, con una sonrisa torcida.
—Quieres estar limpia, ¿verdad? —preguntó con una voz grave, mientras con la otra mano agarraba su pene ya flacido—. Pues vas a limpiarte con nosotros.
Samantha lo entendió antes de que ocurriera, y su cuerpo se estremeció. Theodore se colocó frente a ella, apuntando directo a su rostro. La orden fue brutal, sin opción:
—Abre la boca.
El primer chorro caliente de orina la sorprendió, golpeándole labios, lengua y barbilla antes de resbalar por su pecho. El olor fuerte y el calor la hicieron gemir entre dientes, parte asco, parte excitación. Theodore la sostenía del cabello, asegurándose de que no apartara la cara.
—Eso es… trágatelo… mírame mientras lo haces —le ordenó, disfrutando de cada segundo.
Alex se unió al ritual, girando su cuerpo para que su orina también la bañara. La mezcla tibia la empapó por completo: rostro, cuello, pecho, vientre. Samantha jadeaba, arqueando la espalda, sintiendo cómo su piel se volvía un lienzo de sumisión absoluta.
Theodore rió, con un brillo de locura en los ojos, viendo cómo ella lamía los restos que le chorreaban de los labios. Se inclinó para susurrarle, casi tierno en medio de la depravación:
—Eres perfecta así…
El agua de la ducha caía sobre ella, mezclándose con los chorros cálidos, y la escena adquiría un aire ceremonial, perverso, donde cada gota de orina parecía un sello más sobre su entrega.
Samantha se quedó de rodillas, jadeante, con el cabello pegado a la cara y el cuerpo entero marcado por esa humillación compartida. No intentó hablar; solo respiraba fuerte, los ojos semicerrados, entre el agotamiento
Theodore la contemplaba como si fuera una obra acabada. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta.
—Mírate… —susurró—. Más mía que nunca.
Alex, en cambio, parecía recuperar la cordura más rápido, le acarició el hombro a Samantha con algo de ternura. Ella lo miró brevemente, pero los ojos de Theodore se interpusieron de inmediato, oscuros y fijos, reclamando cada parte de ella.
Theodore, luego la levantó despacio, como quien carga con un trofeo recién ganado. La envolvió en una toalla, pero sin limpiarle del todo los rastros de lo que acababan de hacer.
Alex lo siguió sin hablar. Samantha, todavía embriagada y exhausta, se dejó guiar. Y así, los tres salieron del baño en un silencio extraño: ella temblando entre placer y despojo, Alex con un gesto ambiguo entre culpa y deseo, y Theodore en paz, dueño de esa calma peligrosa que solo llegaba después de haber llevado su obsesión un paso más allá.
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