La adolescente desvirgada por el mototaxista y su primer orgasmo
Una adolescente de 15 años pierde la virginidad con el mototaxista que la llevaba a diario al colegio..
Sofía tenía 15 años, y cada mañana, el viaje en el mototaxi se había convertido en el ritual más esperado de su día. El conductor se llamaba Damián, un tipo de 26 años, de piel morena, intensa, y un cuerpo que su ajustada camiseta no se esforzaba en ocultar.
Sus brazos tatuados se tensaban con cada giro del manubrio, y Sofía, sentada detrás de él, sentía la vibración del motor y el calor de su espalda como una promesa. No era solo el transporte; era una fantasía diaria, quince minutos de contacto prohibido que la dejaba húmeda y ansiosa cuando se bajaba en las puertas del colegio.
Ella, una adolescente hermosa de piel blanca, con un cuerpo en plena floración, caderas que empezaban a llenar sus uniformes y pechos que insistían en mostrar su contorno, se sentía atraída por esa masculinidad ruda, por ese hombre que olía a gasolina, a sol y a algo primitivo que la despertaba por dentro.
El vínculo se fue tejiendo en silencios, en miradas por el retrovisor, en un «cuidate» de él cada tarde que sonaba más personal de lo que era. Un día, lloviendo a cántaros, Damián la detuvo a media cuadra de su casa. «Ven, espera aquí que se calme la agua», le dijo, y la llevó a su pequeño apartamento de una sola habitación, un lugar que olía a él, a su colcha sin lavar y a cigarrillos.
Su blusa blanca del uniforme empapada de agua se volvió transparente, el brasier de encajes se marcaba a corta vista, y sus entumecidos pechos incipientes se veían hermosos, paraditos, ella tenia frío, sus pezones la delataban. Damián no dejaba de verla, la deseaba, sus instintos mas salvajes se despertaron al ver a esa hembra incipiente que pedía a gritos ser desvirgada.
Ese día, la tensión se cortó con un beso. Él la besó con una hambre que ella nunca había conocido, una boca que sabía a adulto, a deseo. Sus manos, ásperas y grandes, exploraron su cuerpo bajo el uniforme húmedo, y Sofía, en lugar de miedo, sintió una liberación, un clímax que recorrió su espina dorsal.
No opuso resistencia y busco la boca del mototaxista. «Soy virgen», susurró contra sus labios, no como una advertencia, sino como una ofrenda. Damián se apartó un poco, la miró con esos ojos oscuros y profundos, y solo dijo: «Yo cuido de ti, mi Sofi».
La lluvia mermó y el timbre del celular de Sofia quebró la escena, era la madre de la niña, ¿Dónde estas que no llegas? Dijo la voz tras el celular, ella, ya vamos en camino paramos para no mojarnos, ese día no sería, se subieron a la moto y ella legó a su casa.
Al día siguiente, en lugar de llevarla al colegio, Damián giró en otra dirección. «Hoy no vas a la primera clase», dijo, y su voz era una orden que ella anhelaba obedecer. La llevó de nuevo a su casucha, pero esta vez la puerta se cerró con un clic que sonó a destino.
La luz del día entraba por la ventana, iluminando el polvo en el aire y el desorden masculino de la habitación. Damián se quedó de pie, mirándola, y sin decir palabra, se bajó la cremallera del pantalón. Sofía sintió que se le helaba la sangre. De ahí emergió su verga.
No era grande, era descomunal. Más gruesa que su muñeca, con venas marcadas que parecían tuberías bajo una piel morena, y una cabeza rosada y hinchada que goteaba un líquido transparente. Era un animal, una pieza de anatomía que parecía imposible, y aterrorizada y fascinada, Sofía supo, en ese instante, que debía tenerla dentro de sí.
«Ven», la ordenó Damián, sentándose en el borde de la cama. Sofía caminó como en trance y se arrodilló ante él. Con manos temblorosas, tocó esa carne ardiente. Estaba caliente, viva, y pesaba. La abrazó con ambas manos y aún sobraba pene. Damián la guio. «Abre la boca, princesa». Ella obedeció, y la cabeza de su miembro entró, estirando sus labios hasta el límite.
Sabía a sal, a hombre, a poder. Intentó metérsela más a fondo, pero se ahogaba. Damián, paciente, la dejó jugar, enseñándola a usar su lengua, a lamer la base, a mordisquear sus testículos. Mientras lo hacía, él la desvistió, tirando de la blusa y la falda hasta dejarla solo en su sujetador y calzones de colegiala, una imagen que lo hizo tener una erección aún mas fuerte.
Las escena era morbosa, Sofia solo con su brasier y su diminuta tanga de encajes, se veía como un angelito, su caita excitada, era una hembra ardiente que iba ser desvirgada que probaría a su primer macho.
La llevó a la cama. Estaba temblando, una mezcla de nervios y un deseo tan abrumador que sentía que se desintegraría. La tumbó boca arriba y se quedó entre sus piernas, observando su sexo virgen, protegido apenas por una tela delgada de algodón blanco.
Con dos dedos, deslizó la tanga a un lado, y Sofía sintió el aire fresco en su humedad. Entonces, Damián se agachó y le lamió la vagina. Sofía arqueó la espalda y gritó. Nadie le había hecho eso nunca. Su lengua era áspera, experta, y la lamió y la chupó hasta que las piernas de la adolescente temblaban incontrolablemente y un orgasmo la sacudió con la fuerza de una descarga eléctrica, fueron cerca de 15 minutos de sexo oral y Sofía jadeaba. «Estás lista», murmuró él, y colocó la cabeza de su verga en la entrada de su sexo.
El dolor fue agudo, una puñalada que la atravesó cuando Damián empujó y rompió su himen. Un grito se escapó de sus labios, pero él la besó para ahogarlo, introduciéndole su lengua mientras su miembro se abría paso, pulgada a pulgada, por un canal que parecía demasiado pequeño para él.
Sofía sentía que se partía en dos, que se desgarraba, pero a pesar del dolor, una sensación de plenitud, de ser poseída completamente, empezó a florecer. Damián se movió con lentitud al principio, dejándola acostumbrar a su tamaño, cada embestida profunda y controlada.
«Toma toda mi verga, Sofía», siseaba. «Mira qué bien te la comes mamasita». Y ella miraba, veía cómo ese tronco oscuro desaparecía y reaparecía entre sus piernas pálidas, y el morbo de esa imagen la excita aún más. Estaba siendo culiada, poseída, desvirgada por ese tipo que fue el protagonista de sus toqueteos nocturnos.
Pronto el dolor se transformó en un placer delirante. Cada golpe contra su cérvix era una onda de éxtasis. «Más rápido», rogó. «Dámelo más fuerte, Damián». Y él obedeció. El ritmo aumentó, la cama empezó a crujir con cada embestida, los quejidos de Sofia llenaron la habitación, él dejaba escapar gruñidos guturales.
Sin mucho esfuerzo la puso de lado, levantándole una pierna, y la penetró desde un ángulo nuevo que le hizo ver estrellas. Luego la hizo montarlo. Sofía, con las piernas temblando, se posicionó sobre esa verga monumental y se dejó caer. Esta vez, el control era suyo. Subió y bajó, sintiendo cada centímetro de ese monstruo dentro de ella, rodando sus caderas, aprendiendo a usar su cuerpo para darle y recibir placer. Sus pechos rebotaban frente a la cara de Damián, que los tomó con sus manos tatuadas y se los chupó con avidez, mordisqueando sus pezones hasta que le dolía de gusto.
El clímax se aproximaba como una tormenta. Damián la tiró boca abajo, la levantó por la cadera y la penetró a cuatro patas como una animal. Esta era la posición de dominación total. La miraba desde arriba, admirando la curva perfecta de su espalda y su culo adolescente, abierto y recibiendo su castigo.
Le daba una nalgada de vez en cuando, dejando su mano pintada en su roja piel pálida, y cada golpe la acercaba más al borde. Él olvidó que la chica era virgen, y la empezó a embestir con una fuerza instintiva, le agarró el cabelló mientras ella se quejaba y ponía su mano como tratando de decirle para.
El la agarro de ambos brazos y siguió penetrándola, y dándole nalgadas, que rica estas Sofi, ya eres mi hembra le decía mientras veía como su verga entera entraba en la joven vagina húmeda de la chica que ya empezaba a mojar, ella no puedo contener la orina y se vació encima de la cama, él lejos de enojarse se sintió orgulloso.
Sofia experimentaba el primer orgasmo de su vida, las piernas le temblaban, pero Damián no había acabado, aun. La agarró en sus brazos y la cargo, los 54 kilos de peso de Sofia no fueron obstáculo para él. Ella abrió sus piernas al rededor de su macho, el la penetro hasta las bolas. La escena parecía una peli porno, ella toda menudita siendo cogida casi en el aire.
«Te voy a llenar, Sofía», gruñó. «Te voy a dejar mi leche adentro». Y con un rugido, se vino. Sofía sintió las eyecciones, potentes y calientes, inundando su interior, una cantidad tan grande que empezó a escurrir por sus muslos. La sensación de su semen dentro la empujó sobre el precipicio, y se vino con un grito ahogado, sacudiéndose y contrayéndose alrededor de esa verga que la había desflorado y conquistado.
Se quedaron así, unidos, jadeando, hasta que Damián se deslizó fuera de ella con un sonido húmedo. Sofía se derrumbó en la cama, sintiendo el escurrimiento de su semen y un dolor agradable entre sus piernas. Ya no era la misma niña que se subió a su mototaxi esa mañana. Damián le acarició el pelo, y en sus ojos no había el brillo del conquistador, sino algo más cálido. «Ve báñate que te llevare a tus clases».



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