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Dominación Mujeres, Fetichismo, Infidelidad

La doctora elena y los mendigos 1

Una doctora pelirroja le gusta el sexo con indigentes y mendigos negros ancianos..
La doctora Elena tenía 28 años, una pelirroja de fuego con pecas salpicadas en su piel pálida como la leche, ojos verdes que brillaban con un hambre insaciable y un cuerpo curvilíneo que escondía bajo su bata blanca impecable durante el día. Trabajaba en el Hospital Central, en el turno de noche, salvando vidas de pacientes que nunca imaginarían su secreto: cada vez que salía a «fumar un cigarro» en la pausa, en realidad se escabullía a los callejones mugrientos detrás del edificio, donde los indigentes afroamericanos ancianos, gordos y repulsivos se reunían alrededor de fogatas improvisadas en barriles oxidados.
Esa noche, el aire estaba cargado de olor a basura podrida y orina rancia. Elena caminó con pasos rápidos, su falda plisada bajo la bata rozando sus muslos, ya húmedos de anticipación. Encontró a tres de ellos: Marcus, un negro de unos 65 años, barrigón como un tonel, con la piel arrugada y llena de costras, dientes amarillos y rotos, y una barba enmarañada que olía a alcohol y vómito viejo. A su lado, Leroy, más viejo aún, quizás 70, obeso hasta el punto de que su panza colgaba sobre la cintura rota de sus pantalones mugrientos, con ojos hundidos y una cojera que lo hacía tambalear. Y el tercero, Tyrone, el más feo de todos, con la cara marcada por cicatrices de peleas callejeras, dientes faltantes y un hedor permanente a sudor rancio que se pegaba al aire como una niebla tóxica.
Elena se acercó, quitándose la bata y dejándola caer en un charco de agua sucia. Llevaba solo una blusa fina y una falda corta, sin ropa interior. Sus pezones ya se marcaban duros contra la tela.
—Mírenla, la puta doctora pelirroja viene otra vez a por su dosis de polla negra sucia —gruñó Marcus, escupiendo un gargajo espeso al suelo mientras se rascaba la entrepierna hinchada.
Elena se arrodilló frente a ellos en el asfalto lleno de colillas y basura, sus rodillas raspándose contra el pavimento mugriento. —Sí, por favor… humíllenme, úsenme como la zorra blanca que soy. Quiero olerlos, saborearlos… son tan asquerosos y perfectos.
Leroy soltó una risa gutural, tosiendo flemas, y se bajó los pantalones de un tirón. Su polla gorda, venosa y sin lavar salía flácida de un nido de pelos encrespados y sucios, oliendo a orina seca y sudor acumulado de días. —Ven acá, perra pelirroja. Chúpame los pies primero, que están negros de mugre de caminar por esta mierda de calles.
Elena gateó hacia él, inhalando profundo el olor fétido que emanaba de sus pies descalzos, cubiertos de callos duros, tierra incrustada y un sudor pegajoso que hacía que la piel brillara bajo la luz tenue de una farola rota. Le lamió la planta del pie, el sabor salado y amargo invadiéndole la boca, la suciedad disolviéndose en su lengua mientras ella gemía. —Dios, huelen tan mal… tan podridos y deliciosos. Soy una puta sucia por esto.
Tyrone se unió, quitándose sus zapatos rotos y metiendo sus dedos gordos y negros en la boca de ella. El olor a pies sudados era abrumador, como queso rancio mezclado con vinagre, y Elena succionó con avidez, dejando que la saliva se mezclara con la mugre. —Escúpeme en la cara, por favor… humíllenme más.
Marcus escupió un salivazo espeso directo en su boca abierta, el moco amarillento resbalando por su barbilla. —Trágatelo, zorra blanca. Eres nuestra puta callejera, ¿verdad? La doctora que salva vidas pero viene a chupar pollas de viejos negros asquerosos.
Elena tragó, su coño chorreando jugos que goteaban por sus muslos. Se inclinó y tomó la polla de Leroy en la boca, succionando fuerte mientras el sabor a orina vieja y prepucio sucio le llenaba la garganta. Él la agarró del pelo rojo y empujó, follando su boca con embestidas brutales, babeando saliva que caía en chorros sobre su cara.
Mientras tanto, Tyrone se puso detrás de ella, levantándole la falda. —Mira este culo blanco y limpio. Voy a romperlo sin piedad, perra. —Escupió un gargajo directo en su ano expuesto, el moco caliente resbalando, pero sin más preparación. Empujó su polla gorda y sucia adentro de un tirón, el ano de Elena estirándose dolorosamente alrededor de la carne venosa y sin lavar. El olor a sudor de sus bolas golpeando contra ella era intenso, como axilas húmedas y olvidadas.
Elena gritó alrededor de la polla de Leroy, pero era un grito de placer masoquista. —¡Sí! ¡Fóllenme el culo sucio, viejos asquerosos! Soy una puta humillada, una doctora que merece esto.
Marcus se unió al frente, besándola con la boca abierta, su lengua gorda y babosa invadiendo la de ella en un beso salivoso y repulsivo. La saliva espesa se mezclaba, chorros de baba resbalando por sus cuellos, mientras él le pellizcaba los pezones duros. —Bésame más, zorra. Saborea mi aliento a alcohol y dientes podridos.
Leroy se corrió primero, eyaculando chorros calientes y espesos en su boca, el semen amargo y con grumos por la edad y la suciedad, obligándola a tragar mientras tosía. Tyrone aceleró en su culo, el sonido de carne chocando húmedo y obsceno, sus bolas sudadas pegándose a su piel. —Toma mi leche negra en tu culo blanco, puta humillada. —Se vació adentro, el semen caliente escapando en gotas viscosas mezcladas con el escupitajo, resbalando por sus piernas.
Marcus la giró y la penetró vaginalmente, su panza gorda aplastándola mientras follaba con embestidas pesadas, sudando profusamente. El olor a sudor rancio de su cuerpo obeso la envolvía, gotas saladas cayendo en su cara. —Huele mi sudor, perra. Lámelo de mis axilas peludas y sucias.
Elena obedeció, lamiendo el sudor salado y amargo de sus axilas negras y húmedas, gimiendo mientras él la llenaba. Se corrió temblando, su coño apretando alrededor de la polla, fluidos salpicando al suelo mugriento.
Al final, se quedó arrodillada, cubierta de semen, saliva, sudor y mugre, humillada y satisfecha. Los tres se rieron, escupiéndole encima una última vez antes de dejarla allí, en el callejón, con el olor a pies y cuerpos asquerosos pegado a su piel.
Elena se levantó tambaleante, sonriendo. Mañana volvería por más.

Origen del vicio – Cómo empezó todo para Elena
Elena Vargas no siempre fue así. Hace apenas dos años era la típica residente de cardiología: aplicada, pulcra, con el pelo rojo siempre recogido en un moño perfecto, uñas cortas y barnizadas de un rosa discreto, y una vida sexual que se limitaba a relaciones tibias con compañeros de guardia que duraban lo justo para desahogarse y seguir con la rutina del hospital.
El cambio empezó una noche de invierno particularmente fría, de esas en las que el viento corta la cara y la ciudad parece vaciarse. Elena había terminado un turno de 36 horas seguidas. Estaba agotada, con los ojos ardiendo y el cuerpo temblando de frío y adrenalina acumulada. En vez de tomar el colectivo hacia su departamento, decidió caminar un poco para despejarse antes de subir al subte. Pasó por el callejón lateral del hospital, ese que siempre evitaba porque olía a pis y a basura húmeda.
Allí lo vio por primera vez: un hombre negro muy anciano, de unos 68 o 70 años, sentado sobre un colchón podrido apoyado contra la pared. Era enorme, obeso, con una panza que le colgaba como un delantal de carne sobre los muslos. Llevaba una campera rota que alguna vez fue de esquí, unos pantalones de jogging sucios que alguna vez fueron grises y unas zapatillas sin cordones con los talones destrozados. La barba blanca y enmarañada le llegaba casi al pecho, y el olor que desprendía llegaba hasta donde estaba ella: una mezcla densa de sudor rancio, pies sin lavar durante semanas, alcohol barato y algo más ácido, como orina vieja impregnada en la ropa.
Elena debería haber seguido caminando. Pero se detuvo. Algo en la forma en que él la miró —sin pedir nada, solo evaluándola con ojos cansados y sucios— le provocó un nudo extraño en el estómago. No era deseo limpio. Era otra cosa. Algo sucio, prohibido, que le hizo apretar los muslos sin darse cuenta.
—¿Qué mirás, colorada? —dijo él con voz ronca, casi divertida—. ¿Nunca viste un negro viejo y podrido?
Elena se acercó dos pasos más. El olor la golpeó de lleno. Debería haberle dado asco. En cambio, sintió un calor líquido bajándole por la entrepierna.
—No… nunca vi uno tan… real —respondió ella, y su propia voz le sonó temblorosa, excitada.
El hombre soltó una risa corta que terminó en tos. Se rascó la entrepierna con descaro, dejando que el bulto se marcara bajo la tela sucia.
—Vení entonces, doctora. Acercate a oler lo real.
Elena sabía que estaba cometiendo una locura. Pero dio otro paso. Y otro. Hasta quedar parada frente a él, con las piernas temblando.
—Arrodíllate —ordenó él sin alzar la voz.
Y ella obedeció. Las rodillas le dolieron contra el asfalto húmedo y lleno de colillas. El anciano se bajó el pantalón sin ceremonia. No llevaba ropa interior. La polla salió pesada, gruesa, oscura, con el prepucio retraído a medias y una capa blanquecina acumulada en el glande. Olía fuerte: a sudor concentrado, a orina seca, a sexo viejo. Debajo colgaban unos testículos grandes y colgantes, cubiertos de pelos encrespados y húmedos.
—Olemé primero —dijo él—. Quiero que lo hagas despacito.
Elena se inclinó. Cerró los ojos y acercó la nariz a la base de su polla. Inhaló profundo. El olor era abrumador, asqueroso, animal. Sudor rancio, pies, orina, moho… y sin embargo su clítoris palpitó tan fuerte que tuvo que apretar los dientes para no gemir.
—Más abajo —ordenó él—. Los huevos. Y después los pies.
Elena bajó la cara. Los testículos estaban calientes, pegajosos. Los olió como si fueran droga. Después él levantó un pie descalzo, negro de mugre, con las uñas largas y amarillentas. El olor a pies sudados y sin lavar era tan intenso que le lagrimearon los ojos. Y aun así, sacó la lengua y lamió la planta sucia. El sabor era salado, amargo, terroso. Se sintió sucia, degradada, y eso la excitó más que cualquier cosa en su vida.
—Sos una perra blanca enferma —dijo él riendo mientras la agarraba del pelo rojo—. Te voy a enseñar lo que es de verdad.
La hizo abrir la boca y le metió la polla hasta la garganta sin aviso. Elena se atragantó, las lágrimas le corrieron por las mejillas, pero no se apartó. Él folló su boca con embestidas lentas y pesadas, babeando saliva espesa que le caía por la barbilla.
—Tragá todo lo que te dé, zorrita de hospital. Esto es lo que te gusta, ¿no? Polla de negro viejo y asqueroso.
Elena asintió con la boca llena, gimiendo.
Después la giró de espaldas, la puso en cuatro sobre el colchón podrido. Le levantó la falda, le bajó las bragas de un tirón y escupió un gargajo grande y viscoso directo en su ano. Sin más preparación, empujó.
El dolor fue agudo, ardiente. Elena gritó, pero él le tapó la boca con una mano grande y sucia que olía a calle.
—Callate y abrí el culo, perra. Esto es lo que viniste a buscar.
La penetró analmente hasta el fondo, lento al principio, después más rápido. El ano de Elena se estiraba alrededor de esa polla gorda y sucia, sin lubricante más que la saliva de él y sus propios jugos que chorreaban de la excitación. Cada embestida hacía que sus bolas sudadas golpearan contra su clítoris. El olor de su cuerpo la envolvía entero: sudor, pies, sexo rancio, alcohol.
—Decime que te gusta —gruñó él al oído, mordiéndole el cuello.
—Me gusta… me encanta… soy una puta sucia… humíllame más… —sollozaba ella, empujando hacia atrás para que entrara más profundo.
Él escupió otra vez, esta vez en su cara. La saliva espesa le resbaló por la mejilla mientras la follaba con más fuerza.
—Sos mía ahora, colorada. Cada vez que salgas del hospital vas a venir a buscarme. Vas a lamer mis pies, a oler mi culo, a tragarte mi leche vieja y a dejar que te rompa el orto sin pedir permiso. ¿Entendiste?
—Sí… sí, señor… soy su puta blanca… —gimió Elena, corriéndose tan fuerte que sus piernas temblaron y un chorro caliente le salió del coño, empapando el colchón mugriento debajo.
Él se vació dentro de su ano segundos después, chorros espesos y calientes que se escaparon por los bordes cuando salió, mezclándose con la saliva y la mugre. La dejó allí, temblando, con el culo abierto y goteando, la cara cubierta de baba y lágrimas, el olor de él pegado a toda su piel.
Antes de irse, el anciano le agarró la cara con fuerza.
—Desde hoy, cada vez que veas un negro viejo y sucio en la calle, se te va a mojar el coño. Y vas a venir a buscarme. ¿Verdad, perra?
Elena asintió, todavía jadeando.
—Sí… lo juro.
Y así empezó todo.
Desde esa noche, Elena ya no era la misma. El anciano la había pervirtió por completo. Le había abierto una puerta que nunca más pudo cerrar. Y cada vez que salía del hospital, sus pasos la llevaban de vuelta al mismo callejón… o a otros, buscando más cuerpos como el de él: viejos, gordos, negros, sucios, asquerosos.
Porque ahora eso era lo único que la hacía sentir viva.

Evolución de la Adicción – El Segundo Encuentro
Al día siguiente, Elena no podía concentrarse en nada. Durante todo el turno en el hospital, cada vez que caminaba por los pasillos, sentía el roce de sus zapatos contra los pies sudorosos. No se había lavado desde la noche anterior, tal como él le había ordenado antes de dejarla ir: «Mañana volvés, colorada. Pero traeme tus pies sucios, sin ducha. Quiero oler y saborear lo que una doctora blanca pija acumula en un día de trabajo. Si no, no te dejo entrar en mi callejón».
Elena había obedecido al pie de la letra. Sus pies, metidos en los zuecos de hospital todo el día, estaban calientes, húmedos y con ese olor característico a sudor fresco mezclado con el cuero sintético. Cada paso le recordaba el mandato, y para cuando terminó el turno a medianoche, su tanga estaba empapada solo de pensarlo. Caminó hacia el callejón con el corazón latiéndole fuerte, el guardapolvo abierto y la falda corta rozándole los muslos temblorosos.
Él estaba allí, en el mismo colchón podrido, fumando un cigarro liado a mano que apestaba a tabaco barato y hierba seca. La miró de arriba abajo con esa sonrisa torcida, dientes amarillos brillando en la penumbra.
—Viniste, perra blanca. Bien. Ahora mostrame que obedeciste.
Elena se arrodilló frente a él sin decir nada, quitándose los zuecos. Sus pies pálidos, con las uñas pintadas de rojo, estaban rosados por el calor acumulado, las plantas ligeramente húmedas y con un olor que ya se notaba: sudor salado, un toque ácido de todo el día caminando, oliendo a esfuerzo médico y a algo más femenino, íntimo.
Él se inclinó, agarrándole un tobillo con su mano grande y áspera, llena de mugre bajo las uñas. Acercó la nariz a la planta del pie y inhaló profundo, como si fuera un perfume caro.
—Ah, sí… olor a pies de doctora. Sudados, calientes, con ese toque a hospital y a coño excitado. No te lavaste, ¿verdad? Buena zorra.
Elena negó con la cabeza, mordiéndose el labio. —No, señor. Los dejé sucios para usted. Huela más… saboréelos.
Él sacó la lengua, ancha y babosa, y lamió desde el talón hasta los dedos, saboreando la sal del sudor acumulado. El sabor era fuerte: salado, con un regusto amargo de piel que ha estado encerrada todo el día. Elena gimió, sintiendo un chorro de jugos bajarle por la entrepierna.
—Saben a puta rica que finge ser limpia —gruñó él, chupando cada dedo uno por uno, metiéndoselos en la boca como si fueran pollas pequeñas. La saliva de él se mezclaba con el sudor de ella, chorros espesos resbalando por el pie—. Abrí la boca, perra. Quiero que pruebes tu propio olor sucio.
Escupió un gargajo grande, cargado de saliva y del sabor de sus pies, directo en la boca abierta de Elena. Ella lo tragó con avidez, gimiendo: —Sí… soy una doctora sucia… humílleme más con mi propio olor.
Él la hizo girar, poniéndola en cuatro sobre el colchón que olía a orina vieja y a su propio cuerpo. Le levantó la falda, le arrancó la tanga empapada y la olió como un animal, inhalando el aroma mezclado de su coño excitado y el sudor de sus pies que se había transferido.
—Ahora el culo, zorra. Lo quiero sin nada, como ayer.
Escupió otro salivazo viscoso directo en su ano, el moco caliente resbalando por la raja. Sin más preparación, empujó su polla gorda y sucia adentro. Elena gritó de dolor y placer, el ano estirándose alrededor de esa carne venosa y sin lavar, oliendo a sudor rancio y a sexo viejo.
—Más fuerte… rómpame el culo, viejo asqueroso… soy su puta adicta —suplicó ella, empujando hacia atrás.
Él folló con embestidas brutales, su panza gorda golpeando contra su espalda, sudando profusamente. El olor a sudor de él se mezclaba con el de sus pies que aún tenía en la mano, frotándoselos en la cara mientras la penetraba.
—Oleme los pies mientras te rompo, perra. Esto es lo que te va a enganchar para siempre. Cada día vas a venir con algo más sucio: pies, axilas, coño sin lavar. Y yo te voy a humillar hasta que no puedas vivir sin mi polla negra podrida.
Elena se corrió gritando, su coño chorreando fluidos al suelo mugriento mientras el ano se contraía alrededor de él. Él se vació adentro, chorros calientes y espesos llenándola, escapando en gotas viscosas mezcladas con saliva y sudor.
Después, la dejó allí, temblando y goteando, con el olor de sus pies y de él pegado a todo su cuerpo.
Desde esa noche, la adicción creció. Elena empezó a saltarse duchas adrede, a acumular olores para complacerlo, y pronto buscó a otros como él. Cada encuentro la hundía más en ese mundo sucio y humillante que ahora necesitaba como el aire.

Evolución de la Adicción – La Sorpresa en el Callejón
Un par de semanas después del segundo encuentro, Elena ya no podía pasar un día sin pensar en él. Su adicción había crecido como una fiebre: se saltaba duchas, acumulaba sudor en los pies y axilas solo para llevarle «regalos» olfativos, y cada noche salía del hospital con el coño palpitando de anticipación. Esa noche en particular, el aire estaba cargado de humedad post-lluvia, y el callejón olía a asfalto mojado mezclado con basura fermentada. Elena caminó hacia allí con pasos ansiosos, sus zuecos chapoteando en charcos sucios, llevando puestos unos calcetines finos que había usado todo el día para que sus pies olieran aún más fuerte, tal como él le había enseñado a hacer.
Llegó al colchón podrido y lo vio: el mismo anciano negro, obeso y asqueroso, sentado con su panza colgando y una sonrisa torcida en la cara marcada por años de calle. Pero no estaba solo. A su lado había dos más, amigos suyos, indigentes afroamericanos igual de viejos y repulsivos. Uno era flaco pero con una barriga hinchada por el alcohol, unos 65 años, con la piel arrugada como papel viejo, barba enmarañada llena de migas y un olor a sudor rancio que se sentía desde metros. El otro era más gordo aún, quizás 72, con rollos de grasa temblando bajo una camiseta rota, dientes faltantes y pies descalzos negros de mugre, oliendo a orina seca y pies sin lavar durante meses.
—Mirá lo que te traje, colorada —dijo el anciano original, riendo con esa voz ronca que le hacía vibrar el coño—. Mis compadres. Te dije que te iba a pervertir más. Hoy vas a ser la puta de tres negros viejos y sucios. Vamos a follarte por todos lados, romperte el coño y el culo al mismo tiempo, hasta que ruesgues por más humillación.
Elena se detuvo un segundo, el corazón latiéndole como un tambor. El miedo se mezcló con el deseo, pero ganó el deseo. Se arrodilló frente a ellos, quitándose el guardapolvo y dejando caer la falda, quedando solo en blusa y sin nada abajo. —Sí… úsenme… soy su zorra blanca adicta… humíllenme con sus cuerpos asquerosos.
El anciano la agarró del pelo rojo y la acercó a su entrepierna, pero antes le hizo oler a los otros. —Primero, lame sus pies, perra. Quiero que pruebes lo sucios que están mis amigos.
Elena gateó hacia el gordo de los pies descalzos. El olor era abrumador: sudor ácido, mugre incrustada, como queso podrido mezclado con vinagre. Sacó la lengua y lamió la planta sucia, saboreando la sal amarga mientras gemía. —Dios, huelen tan mal… tan perfectos… soy una doctora puta por esto.
El flaco se unió, metiéndole sus dedos gordos y negros en la boca. —Chupa, zorra pelirroja. Saborea nuestro sudor callejero.
Mientras ella succionaba, el anciano original se bajó los pantalones y escupió un gargajo espeso directo en su ano expuesto. —Abrí el culo, perra. Vamos a empezar.
La pusieron en posición: el anciano se acostó en el colchón podrido, tirándola encima para que se sentara en su polla gorda y sucia. Elena bajó despacio, sintiendo cómo la llenaba vaginalmente, el prepucio retraído dejando un sabor rancio en el aire. Empezó a cabalgarlo lento, pero el gordo se puso detrás, escupiendo saliva viscosa en su ano sin preparación. Empujó de un tirón, penetrándola analmente mientras el otro seguía en su coño. El dolor fue intenso, ardiente, pero Elena gritó de placer: —¡Sí! ¡Fóllenme los dos al mismo tiempo! ¡Rómpanme como a una puta sucia!
Los dos la embestían en sincronía, el sonido húmedo de carne chocando mezclado con gruñidos. El sudor de sus cuerpos obesos caía en gotas saladas sobre su espalda, el olor a pies y axilas rancias envolviéndola. El flaco se paró frente a ella, metiéndole la polla venosa y sin lavar en la boca, follándola la garganta con embestidas brutales. —Tragá, perra blanca. Somos tres viejos asquerosos usándote como un agujero.
Cambiarón de pose: la pusieron de pie, doblada por la cintura, con el anciano follándola el coño por detrás mientras el gordo le rompía el ano desde el frente, sus panzas chocando contra ella. Elena estaba empapada, fluidos chorreando por sus muslos: jugos de su coño, saliva de los escupitajos, semen precoz escapando. —Más… humíllenme… escúpanme… —suplicó.
El flaco escupió un salivazo amarillo directo en su boca abierta, luego la besó con lengua babosa, chorros de saliva resbalando por sus cuellos mientras los otros la penetraban doble. El beso era repulsivo, con aliento a alcohol y dientes podridos, pero Elena lo devoró, gimiendo.
Otra pose: la levantaron entre dos, el anciano en su coño por abajo, el flaco en el ano por arriba, mientras el gordo le follaba la boca de rodillas. Sus cuerpos sudados se pegaban a ella, olores fuertes a pies frotándose en su piel. Elena se corrió una y otra vez, temblando, chorros salpicando al suelo mugriento.
Finalmente, la pusieron en el colchón, uno en coño, otro en culo, el tercero en boca, rotando poses hasta que se vaciaron: chorros calientes y espesos llenándola por todos lados, semen escapando mezclado con saliva y sudor.
Elena quedó tirada, cubierta de fluidos, humillada y extasiada, con el olor de ellos pegado a cada poro.
Desde esa noche, su adicción era total. Ya no bastaba uno; necesitaba grupos, más suciedad, más humillación.

 

23 Lecturas/23 febrero, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amigos, culo, follando, leche, polla, puta, semen, sexo
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