• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos)
Cargando...
Dominación Mujeres, Fetichismo, Orgias

La doctora elena y los mendigos 2

El indigente busca y soprende a Elena en el hospital. Una doctora amiga suya descubre su secreto y quiere unirce…..
Sorpresa en el Hospital
Elena estaba en medio de su ronda nocturna en el Hospital Central, revisando fichas en un pasillo secundario del ala de emergencias, uno de esos corredores poco transitados donde solo pasaban camilleros ocasionales o enfermeras apuradas. Era casi la una de la madrugada, y el lugar olía a desinfectante mezclado con el leve hedor a sudor de turnos largos. Llevaba el guardapolvo abierto, revelando su blusa ajustada, y sus pies, aún con el recuerdo de olores acumulados de días anteriores, la hacían caminar con un leve cosquilleo de anticipación reprimida.
De repente, una sombra grande y familiar se materializó al final del pasillo. Era él: el indigente principal, el anciano negro obeso y asqueroso que la había iniciado en todo esto. Vestía la misma campera rota, oliendo a calle húmeda y sudor rancio incluso desde lejos. ¿Cómo había entrado? Probablemente por la puerta de servicio, sobornando a algún guardia con una historia cualquiera. Elena se congeló, el corazón le saltó a la garganta. Estaba aterrorizada. Si alguien la veía con él —un vagabundo mugriento en medio del hospital— su reputación, su carrera, todo se iría al carajo. Nadie en su entorno laboral o social podía enterarse de sus fetiches sucios, de cómo se arrodillaba en callejones para lamer pies podridos y dejarse romper el culo por viejos repulsivos.
—¿Qué mierda hacés acá? —susurró ella, acercándose rápido con los ojos desorbitados, mirando a todos lados para asegurarse de que estaban solos—. ¡Andate ahora mismo! Esto es una locura, no podés estar en el hospital.
Él soltó una risa baja y gutural, acercándose con su cojera característica, el olor a alcohol viejo y pies sin lavar golpeándola como una ola. —Viniste a mi callejón, colorada. Ahora yo vengo al tuyo. Quiero mi dosis de doctora puta. Mirá cómo me tenés… —Se rascó la entrepierna con descaro, el bulto marcado bajo los pantalones sucios.
Elena intentó controlarlo, poniéndole una mano en el pecho para empujarlo hacia atrás, pero su piel estaba caliente y pegajosa bajo la camisa rota. —Por favor… no ahora. No acá. Si nos ven, estoy jodida. Volvamos al callejón mañana, te prometo que iré con los pies bien sudados, sin lavar, como te gusta. Pero andate ya.
Él no la escuchó. En cambio, la agarró por la cintura con sus manos grandes y ásperas, tirándola contra la pared fría del pasillo. —Callate, zorra blanca. Sabés que lo querés. Huelo tu coño mojado desde acá.
Elena forcejeó un poco, aterrorizada pero sintiendo ese calor traicionero entre las piernas. Intentó razonar: —¡No! Esperá, alguien puede venir…
Pero de improviso, en medio de la conversación susurrada, él la sorprendió inclinándose y plantándole un beso de lengua sucio y salivoso. Su boca era un desastre: aliento a tabaco rancio y dientes podridos, saliva espesa y amarillenta invadiendo la de ella como un torrente. La lengua gorda y babosa se metió profunda, explorando con rudeza, chorros de baba resbalando por la barbilla de Elena mientras ella se debatía entre el asco y el deseo. El beso duró segundos eternos, húmedo y obsceno, con él gruñendo en su boca como un animal.
Justo entonces, un ruido de pasos. Elena abrió los ojos horrorizada y vio a su mejor amiga, la doctora Carla Mendoza, una morena de 29 años con curvas pronunciadas y un guardapolvo impecable, parada al final del pasillo con una carpeta en la mano. Carla había presenciado todo: el beso repulsivo, el indigente mugriento pegado a Elena como una lapa.
Elena se apartó de un tirón, limpiándose la boca con el dorso de la mano, el rostro rojo de vergüenza y terror. —¡Vete! —le siseó al indigente, disimulando lo mejor que pudo—. Nos vemos después… en el lugar de siempre. Pero andate ya, por favor.
Él rio de nuevo, escupiendo un gargajo al suelo del pasillo antes de girarse y cojear hacia la salida de emergencia. —No tardes, perra. Te espero con mis amigos.
Elena se quedó sola con Carla, que la miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de shock y confusión en la cara. —Elena… ¿qué carajo fue eso? ¿Un beso con un vagabundo asqueroso en el hospital? ¿Estás loca?
Elena intentó mentir al principio, el pánico nublando su mente. —No… no fue nada. Solo un paciente confundido, borracho. Le estaba diciendo que se fuera. Olvidalo, Carla, fue un malentendido.
Pero Carla no era tonta. Cruzó los brazos, acercándose. —Mentira. Vi cómo te besaba, cómo le metía la lengua. Y lo que dijo de «te espero con mis amigos». Elena, somos amigas desde la facultad. Contame la verdad o llamo a seguridad.
Elena suspiró, derrotada. Miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que estaban solas, y luego lo soltó todo en un torrente bajo y avergonzado. Le contó sobre el primer encuentro en el callejón, cómo el anciano la había pervertido lamiéndole los pies sudados, follándola analmente sin piedad. Le describió los olores fuertes a sudor rancio y pies podridos que la volvían loca, los besos salivosos y repulsivos, las humillaciones en grupo con otros indigentes gordos y feos, cómo la penetraban doble en coño y culo en poses brutales hasta dejarla chorreando semen y saliva. —Me gusta ser su puta blanca… me excita la suciedad, el asco, la humillación. No puedo parar, Carla. Es mi adicción.
Al principio, Carla sintió repulsión pura. Su cara se arrugó en una mueca de asco, retrocediendo un paso. —Dios, Elena… eso es asqueroso. ¿Indigentes negros viejos y sucios? ¿Lamiendo pies podridos y dejándote romper el culo en callejones? ¿Estás enferma? Podrías contagiarte de cualquier mierda, perder tu licencia… es repugnante.
Elena bajó la cabeza, lágrimas de vergüenza en los ojos. —Lo sé… pero no puedo controlarlo.
Carla se quedó callada un momento, procesando. Pero entonces, algo cambió. Sintió un calor inesperado entre las piernas, un cosquilleo traicionero al imaginar las escenas que Elena describía: el olor fuerte, los cuerpos obesos y mugrientos, la humillación cruda. Su coño se humedeció ligeramente bajo la falda, y se mordió el labio, sorprendida de su propia reacción. ¿Repulsión? Sí, pero mezclada con una excitación curiosa, prohibida. Miró a Elena con ojos nuevos, una media sonrisa formándose en sus labios.
—Joder… no sé qué decir. Es asqueroso, pero… me estás haciendo pensar en eso. Tal vez… no sé, quizás necesite entenderlo mejor.
Elena levantó la vista, notando el rubor en las mejillas de Carla. El pasillo parecía más cargado de repente, el aire espeso con posibilidades.
Y ahí supieron las dos que esto no terminaba. Iba a continuar…

 

La Confesión de Carla y la Iniciación
Carla Mendoza llegó a su departamento esa noche con la cabeza hecha un torbellino. Era una mujer impecable: 29 años, morena con piel suave y curvas bien definidas, siempre con el pelo negro recogido en un moño perfecto, uñas manicureadas y un aroma sutil a perfume floral que contrastaba con el olor clínico del hospital. Inteligente, correcta, la típica doctora que seguía las reglas al pie de la letra: turnos puntuales, relaciones esporádicas con hombres «adecuados» que duraban poco porque nada la encendía de verdad. Pero esa noche, todo lo que Elena le había contado la perseguía como un fantasma sucio y excitante.
Se duchó como siempre, frotándose con jabón neutro hasta sentirse inmaculada, pero mientras se secaba, las imágenes volvían: indigentes negros viejos, gordos y repulsivos, con olores a sudor rancio y pies podridos, follándose a su amiga en callejones mugrientos. Carla se metió en la cama, las sábanas limpias y frescas contra su piel, pero no podía dormir. Dio vueltas durante horas, el cuerpo caliente, un cosquilleo insistente entre las piernas. Intentó ignorarlo, racionalizarlo: «Es asqueroso, repugnante, ¿cómo puede Elena rebajarse así?». Pero cuanto más lo pensaba, más se excitaba. Imaginó los besos salivosos, la saliva espesa resbalando por la barbilla; el sexo anal brutal sin preparación, el dolor mezclado con placer; los olores fuertes invadiendo sus sentidos, humillándola hasta el éxtasis.
Al final, avergonzada hasta las lágrimas, se tocó bajo las sábanas. Sus dedos resbalaron en jugos calientes mientras fantaseaba con ser ella la que se arrodillaba, lamiendo pies negros de mugre, dejando que viejos asquerosos la usaran como una puta. Admitió en su mente, con el rostro ardiendo: «Me gusta lo opuesto a mí. Lo limpio me aburre. Quiero esa suciedad, esa humillación… quiero probarlo».
Al día siguiente, en el hospital, Carla buscó a Elena durante la pausa del almuerzo. La encontró en la sala de descanso, tomando café. Elena la miró con cautela, recordando la conversación de la noche anterior.
—Elena… anoche no pude dormir por lo que me contaste —empezó Carla, su voz temblorosa, las mejillas sonrojadas bajo el maquillaje perfecto.
Elena se tensó. —¿Estás bien? Si es para juzgarme, no…
—No, no es eso —interrumpió Carla, bajando la voz y mirando alrededor para asegurarse de que estaban solas—. Al principio me dio asco, de verdad. Pero después… me excité. Mucho. Di vueltas en la cabeza toda la noche, y… joder, aunque me avergüenza admitirlo, quiero probar lo mismo. Llévame con esos indigentes sucios, por favor. Quiero que me usen como a ti.
Elena parpadeó, sorprendida, pero una sonrisa traviesa se formó en sus labios. —Carla… ¿estás segura? Es crudo, humillante, asqueroso de verdad.
Carla asintió, el pulso acelerado. —Sí. Me gusta lo opuesto a mí: lo sucio, lo repulsivo. Llévame esta noche.
Esa noche, después del turno, Elena guio a Carla al callejón detrás del hospital. El aire estaba cargado de olor a basura húmeda y orina rancia. Allí estaban ellos: el anciano principal, obeso y barbudo, con sus dos amigos igual de repulsivos —el flaco con barriga hinchada y el gordo con rollos temblorosos—. Los tres sentados alrededor de un barril oxidado, fumando cigarrillos liados, oliendo a sudor acumulado y pies sin lavar.
—Miren lo que traje —anunció Elena, empujando a Carla adelante—. Mi amiga doctora quiere probar. Es limpia y correcta, pero dice que le gusta lo opuesto: viejos negros sucios como ustedes.
Los tres rieron con voces roncas, evaluando a Carla con ojos hambrientos. El anciano se levantó, cojeando hacia ella. —Vení, morenita pija. Vamos a pervertirte como a tu amiga.
Carla temblaba de nervios y excitación, pero se dejó llevar. El anciano la agarró por la nuca y la besó de improviso: un beso sucio y salivoso, su lengua gorda invadiendo su boca con saliva espesa y amarillenta, sabor a tabaco rancio y dientes podridos. Chorros de baba resbalaron por su barbilla mientras ella gemía, sorprendida por lo mucho que le gustaba el asco.
Elena se unió, quitándose la ropa para animar. —Humíllenla, chicos. Es nueva, háganla adicta.
El flaco la tiró al colchón podrido, levantándole la falda. —Primero, olemos tu limpieza antes de ensuciarte. —Pero en vez de eso, le metió sus pies descalzos y negros de mugre en la cara. El olor era abrumador: sudor ácido, tierra incrustada, como queso fermentado. Carla inhaló profundo, lamiendo la planta sucia con avidez. —Dios… huele tan mal… tan bueno… soy una puta correcta que necesita esto.
El gordo se puso detrás, escupiendo un gargajo viscoso directo en su ano expuesto. Sin preparación, empujó su polla gorda y venosa adentro, rompiéndole el culo con embestidas brutales. Carla gritó, el dolor ardiente convirtiéndose en placer mientras sus paredes se estiraban. Al mismo tiempo, el anciano le folló el coño por delante, sus panzas chocando, sudando profusamente. El olor a sudor rancio los envolvía como una niebla tóxica.
Elena, no queriendo quedarse fuera, se arrodilló sobre la cara de Carla. —Lámeme el coño mientras te rompen, amiga. Prueba lo que nos hace adictas. —Carla sacó la lengua, lamiendo los jugos salados y viscosos de Elena, mientras los dos viejos la penetraban doble: coño y culo al mismo tiempo, en una pose de sándwich que la hacía sentir rellena y degradada.
Cambiarón de posición: Carla de rodillas, con el flaco follándole la boca, su polla sucia hasta la garganta, babeando saliva que caía en chorros sobre sus tetas. El anciano la penetró analmente por detrás, escupiendo más en la unión para lubricar, mientras el gordo le metía dedos gordos y mugrientos en el coño, frotando con rudeza. —Tragá mi baba, doctora limpia —gruñó el flaco, escupiendo directo en su boca abierta alrededor de su polla.
La sorpresa vino cuando rotaron a una pose más salvaje: la levantaron entre los tres, suspendida en el aire como una muñeca rota. El anciano en su coño por abajo, el gordo en el ano por atrás —doble penetración que la hacía gritar de éxtasis doloroso—, y el flaco metiéndole un pie sudado en la boca para que lo chupara mientras se masturbaba sobre su cara. Fluidos por todos lados: semen precoz goteando, jugos chorreando, saliva resbalando, sudor pegajoso cubriéndola entera. Carla se corrió temblando, un chorro caliente salpicando las piernas de ellos, humillada pero extasiada.
Al final, la dejaron en el colchón, cubierta de semen espeso y amarillento de los tres, mezclado con saliva y sudor, el olor a pies y cuerpos asquerosos pegado a su piel inmaculada. Elena la miró sonriendo. —Bienvenida al club, Carla.
Carla, jadeando, solo pudo asentir. Ya era adicta.

 

Evolución de la Adicción – Carla Toma el Control
Después de esa primera noche en el callejón, Carla no podía parar de pensar en ello. Al contrario de Elena, que había empezado tímida y aterrorizada, Carla —siempre la inteligente y correcta, la que planeaba todo con precisión quirúrgica— sintió que algo se despertaba en ella como un incendio. La suciedad, el asco, la humillación… era lo opuesto perfecto a su vida pulcra, y eso la volvía loca. Pasaron unos días en los que fingió normalidad en el hospital, pero por dentro bullía. Mandaba mensajes a Elena a escondidas: «¿Cuándo volvemos? Necesito más». Elena, sorprendida por la intensidad de su amiga, accedió, pero fue Carla quien tomó la iniciativa total.
Una noche, Carla no esperó a Elena. Terminó su turno temprano y, en vez de ir a casa, salió sola por la puerta trasera del hospital. Llevaba el guardapolvo en una bolsa, vestida con una falda corta y una blusa fina que se pegaba a su piel morena y curvilínea. Caminó por los callejones adyacentes, no al habitual, sino a uno más profundo, cerca de un puente abandonado donde sabía que se reunían más indigentes. El olor a orina rancia y basura podrida la golpeó de inmediato, excitándola. Encontró al anciano principal y sus dos amigos habituales, pero no se conformó. Con una sonrisa audaz, les dijo: —Traigan más. Quiero una pandilla de viejos negros sucios rompiéndome. Soy la doctora limpia que necesita ser ensuciada por completo.
Los tres rieron, impresionados por su iniciativa. El anciano mandó a uno de sus amigos a buscar refuerzos. Pronto llegaron dos nuevos: un negro de unos 75 años, extremadamente gordo con rollos de grasa colgando como cortinas, la piel llena de verrugas y costras, barba blanca enmarañada con restos de comida, y un hedor permanente a sudor axilar rancio mezclado con pies que no habían visto agua en meses. El otro era más flaco pero igual de repulsivo, 68 años, con la cara hundida por años de drogas, dientes negros y rotos, y pantalones sucios que olían a meadas secas. Ambos eran afroamericanos, ancianos, feos y asquerosos, perfectos para el fetiche de Carla.
Carla se arrodilló en el asfalto mugriento sin que se lo pidieran, quitándose la blusa para exponer sus tetas firmes y morenas. —Humíllenme, viejos podridos. Usen a esta doctora correcta como su puta callejera.
El nuevo gordo se acercó primero, agarrándola por el pelo negro y metiéndole la cara en su entrepierna sucia. El olor era abrumador: sudor concentrado, orina vieja, bolas húmedas y peludas. Carla inhaló profundo, gimiendo: —Dios, huelen tan mal… tan delicioso. Soy una perra limpia adicta a su mugre.
El anciano principal escupió un gargajo espeso directo en su boca abierta, iniciando un beso grupal salivoso. Los cinco se turnaron: lenguas gordas y babosas invadiendo su boca una tras otra, saliva amarillenta y viscosa chorreada por su cuello y tetas, sabores a alcohol rancio, dientes podridos y aliento fétido mezclándose en un beso colectivo obsceno que la dejó jadeando.
Carla tomó la iniciativa de nuevo, gateando hacia el nuevo flaco y lamiéndole los pies descalzos y negros de mugre acumulada. El sabor era amargo y salado, con tierra incrustada disolviéndose en su lengua. Mientras lo hacía, el gordo nuevo le levantó la falda y, sin aviso, escupió en su ano antes de penetrarla analmente de un tirón brutal. Su polla era gruesa y venosa, sin lavar, oliendo a sexo viejo. Carla gritó de dolor placentero, empujando hacia atrás: —¡Rómpanme el culo, asquerosos! ¡Soy su doctora sucia!
Elena llegó justo entonces, atraída por un mensaje de Carla, y se unió sonriendo. —Mirá quién toma el control ahora.
Los cinco la rodearon. Primero, en una pose de rueda: Carla en el centro, de rodillas, chupando pollas sucias una por una mientras los otros le escupían en la cara y le metían dedos mugrientos en coño y culo. Fluidos por todos lados: saliva resbalando, jugos chorreando de su coño excitado, semen precoz goteando de las pollas venosas.
Cambiarón a algo más salvaje: la levantaron como a una muñeca, el anciano principal en su coño por abajo, el nuevo gordo en el ano por atrás —doble penetración que la hacía sentir partida en dos, con panzas sudadas pegándose a su piel—. Uno de los habituales le follaba la boca, mientras los otros dos le frotaban sus pies podridos en las tetas, dejando huellas de mugre y sudor. Carla se corrió temblando, un chorro caliente salpicando las piernas de ellos, humillada por los gruñidos: —Toma, perra morena… doctora limpia llena de leche negra podrida.
La sorpresa vino en la siguiente pose: la pusieron bocarriba en el colchón apestoso, con Elena sentada en su cara para que lamiera su coño empapado mientras los cinco se turnaban para follarla. Uno en coño, otro en culo al mismo tiempo —doble de nuevo—, y los restantes masturbándose sobre ella, escupiendo gargajos en sus tetas y metiéndole dedos sucios en la boca. El nuevo flaco fue el más cruel: le metió un pie entero en la boca mientras la penetraban, obligándola a chupar los dedos negros y oliendo a vinagre rancio, todo mientras Elena gemía encima.
Carla dirigía todo: —Más sucio… escúpanme más… húndanme en su mugre. —Se corrió múltiples veces, el cuerpo convulsionando, fluidos mezclados cubriéndola: semen espeso y amarillento de los cinco vaciándose en chorros calientes dentro y fuera de ella, saliva pegajosa, sudor rancio goteando de sus cuerpos obesos.
Al final, Carla quedó tirada, cubierta de todo, riendo con éxtasis. Elena la miró impresionada. —Tomaste la iniciativa… y ahora somos dos adictas totales.
Pero Carla ya planeaba más: —Mañana traigo a más. Vamos a hacer de esto una rutina.

Evolución de la Adicción – El Riesgo en la Oficina
Carla Mendoza no solo era una doctora impecable en su vida profesional; como ginecóloga especializada en embarazos de alto riesgo, era conocida por su calidez y empatía. Sus pacientes la adoraban: siempre con una sonrisa suave, una mano gentil en el vientre de las embarazadas durante las ecografías, y palabras de aliento que calmaban los miedos de las futuras madres. «Todo va a salir bien, mi amor», les decía con esa voz cariñosa que hacía sentir a cada una como si fuera la única en el mundo. Pero debajo de esa fachada de corrección y cuidado, bullía una adicción que contrastaba brutalmente con su rol: el deseo insaciable por lo sucio, lo prohibido, lo opuesto a su pulcritud diaria. Cada consulta con una paciente embarazada, sintiendo la vida latiendo bajo sus manos, solo avivaba su hambre secreta por la degradación, como si el equilibrio entre pureza y mugre la excitara aún más.
Después de tomar la iniciativa en los callejones, Carla sintió que necesitaba escalar la aventura. El riesgo la llamaba como una sirena: ¿por qué limitarse a la calle cuando podía llevar la suciedad al corazón de su mundo limpio? Una noche, durante su horario de descanso a las 2 a.m., cuando el hospital estaba casi desierto —solo algún enfermero lejano y los monitores pitando en la distancia—, Carla mandó un mensaje discreto al anciano principal desde un teléfono burner. «Vengan a mi oficina. Traigan a los nuevos. Puerta trasera, silencio absoluto». Su corazón latía con una mezcla de terror y euforia: el miedo a ser descubierta la aterrorizaba, pero esa misma adrenalina hacía que su coño palpitara, empapando su tanga bajo la bata blanca. Era una aventura prohibida, un desafío a su propia identidad, y eso la hacía sentir viva, poderosa en su vulnerabilidad.
Los cinco indigentes llegaron sigilosos: el anciano obeso y barbudo, sus dos amigos habituales (el flaco con barriga hinchada y el gordo con rollos temblorosos), más los dos nuevos (el verrugoso ultra-gordo y el flaco hundido por drogas). Olían fuerte incluso en el pasillo esterilizado: sudor rancio, pies podridos, orina seca impregnada en ropa rota. Carla los metió en su oficina pequeña, cerrando la puerta con llave y bajando las persianas. El espacio era clínico —escritorio con fichas ordenadas, silla ginecológica en una esquina, posters de anatomía fetal en las paredes—, pero pronto se transformó en un antro de depravación. Carla se quitó la bata con manos temblorosas, revelando su cuerpo curvilíneo moreno, desnudo debajo salvo por la tanga. «Rápido y sucio», susurró, el miedo a un ruido traicionero mezclándose con el deseo ardiente que le quemaba el vientre.
Empezaron con besos salivosos grupales: los cinco la rodearon, lenguas gordas y babosas invadiendo su boca una tras otra, saliva espesa y amarillenta chorreada por su cuello, sabores a alcohol podrido y aliento fétido que la hacían gemir bajito. Carla sentía una oleada de vergüenza deliciosa —»Soy una ginecóloga cariñosa, ¿cómo puedo hacer esto aquí?»— pero eso solo la excitaba más, como si cada beso repulsivo borrara su fachada profesional. El anciano la sentó en la silla ginecológica, abriéndole las piernas como en una consulta, pero en vez de examinar, escupió un gargajo viscoso en su coño expuesto y la penetró de un tirón, su polla venosa y sucia llenándola mientras gruñía: «Doctora puta, toma mi mugre en tu oficina limpia».
Los otros se unieron en una orgía caótica: el nuevo verrugoso le rompió el ano por detrás sin preparación, el dolor ardiente enviando ondas de placer masoquista por su cuerpo; el flaco hundido le follaba la boca, babeando saliva que caía en chorros sobre sus tetas; los habituales frotaban sus pies podridos en su cara y axilas, el olor ácido y rancio invadiendo el aire esterilizado. Carla cabalgaba entre embestidas brutales, cambiando poses con iniciativa febril: de la silla al escritorio, donde la pusieron bocabajo con doble penetración (coño y culo al mismo tiempo, panzas sudadas pegándose a su espalda), mientras lamía bolas húmedas y mugrientas. Sus sentimientos eran un torbellino —euforia por el riesgo, culpa por profanar su santuario profesional, pero sobre todo un placer abrumador que la hacía correrse en chorros calientes, fluidos salpicando el suelo limpio—. «Más sucio… humíllenme en mi propio espacio», suplicaba en susurros, el corazón latiéndole con la aventura de lo prohibido.
Lo que Carla no sabía era que no estaban solos. Una de sus pacientes, María López, una embarazada de 32 años en su séptimo mes —una mujer curvilínea con vientre redondo, cabello castaño y ojos grandes, siempre agradecida por la calidez de Carla—, había regresado al hospital por un dolor leve que no podía esperar al día siguiente. Al ver la puerta de la oficina entreabierta (un descuido en el apuro), María se acercó curiosa y, al oír gemidos bajos, espió por la rendija. Lo que vio la dejó petrificada: su doctora buena y cariñosa, la que le había sostenido la mano durante las ecografías, arrodillada en el suelo siendo follada por cinco indigentes repulsivos —embestidas brutales, saliva chorreada, olores fuertes que llegaban hasta ella—. María sintió shock puro: «¿Cómo? ¿Mi doctora angelical haciendo esto?». Pero no huyó; se quedó oculta, el corazón latiéndole fuerte, sorprendida por el calor inesperado entre sus piernas. Su marido la había descuidado meses, ignorando su libido aumentada por el embarazo, y esa escena cruda despertaba algo dormido en ella.
Al día siguiente, durante una consulta rutinaria, María entró al consultorio con el rostro serio. Carla, aún con el eco de la noche en su cuerpo —dolores placenteros y un secreto que la hacía sentir invencible—, la recibió con su sonrisa habitual: «Hola, mi amor, ¿cómo está ese bebé?». Pero María cerró la puerta y soltó: «Doctora… anoche vi todo. En su oficina. Con esos hombres… sucios».
Carla se aterrorizó al instante: el mundo se le vino abajo. El pánico le apretó el pecho, las manos le temblaron, imaginando el escándalo, la pérdida de su licencia, el fin de su carrera. «¿Q-qué viste? No… por favor, no digas nada. Fue un error, yo…». Lágrimas de miedo le nublaron los ojos, el sentimiento de vulnerabilidad absoluta la golpeó como nunca —su aventura se volvía pesadilla.
Pero María la miró con ojos brillantes, un rubor en las mejillas. «Al principio me horroricé, doctora. Usted es tan buena conmigo, tan cariñosa… pero después, no pude dejar de pensar en eso. Mi marido no me toca hace meses, estoy caliente todo el tiempo por el embarazo, y… quiero unirme. Quiero probar esa… aventura sucia. Por favor, lléveme con ellos».
Carla parpadeó, el terror dando paso a una sorpresa excitada. El giro la dejó sin aliento: su paciente, esa mujer vulnerable que ella cuidaba, ahora compartía su secreto. Una sonrisa lenta se formó en sus labios, el miedo transformándose en complicidad. «Está bien… pero será nuestro secreto. Prepárate para lo sucio, mi amor».
Y así, la adicción se expandía.

El Inicio de María – Domingo en la Oficina
Carla miró a María con una mezcla de complicidad y cuidado profesional. La consulta había terminado, pero ninguna de las dos se movió de la silla. El aire del consultorio aún olía a desinfectante y a la crema que Carla usaba para las ecografías.
—Escuchame bien, mi amor —dijo Carla en voz baja, inclinándose hacia adelante—. No podemos hacer nada hoy ni mañana. Es demasiado arriesgado con el movimiento del hospital. Pero el domingo por la tarde… hay muy poca gente. La mayoría del personal está en franco, las consultas son mínimas, y el ala de ginecología queda casi desierta después de las 15 hs. Ese día te espero aquí, en mi oficina, a las 16 en punto.
María tragó saliva, el vientre redondo subiendo y bajando con respiración acelerada. Asintió.
Carla continuó, bajando aún más la voz, casi un susurro protector:
—Voy a traer solo a dos de ellos. No más. No quiero que esto sea demasiado intenso para vos en tu estado. Estás de ocho meses, y aunque el embarazo avanza bien, tu cuerpo está sensible. Todo va a ser consentido, suave en la medida de lo posible, sin violencia. Ellos saben que no pueden lastimarte. Yo voy a estar presente todo el tiempo, dirigiendo, cuidando que te sientas bien y segura. ¿Entendiste?
—Sí… —susurró María, las mejillas encendidas.
—Y una cosa más —agregó Carla, con una sonrisa pequeña pero traviesa—. Durante estos días que faltan hasta el domingo… no te laves los pies. Nada. Ni siquiera un remojo. Quiero que llegues con los pies bien sudados, con ese olor fuerte, un poco a queso, a encierro. A ellos les encanta eso. Les va a volver locos el contraste: una embarazada tan linda, tan limpia en apariencia, pero con los pies oliendo a mujer que se dejó llevar. ¿Lo vas a hacer por mí?
María sintió un escalofrío de vergüenza y excitación recorrerle la espalda. Asintió lentamente.
—Bien. Entonces nos vemos el domingo. Y recordá: si en cualquier momento querés parar, solo decís la palabra. Yo paro todo al instante.
María salió del consultorio con las piernas temblorosas y una sonrisa nerviosa. Durante los días siguientes cumplió al pie de la letra: zapatos cerrados todo el día, calcetines puestos incluso para dormir. Cada vez que se quitaba los zapatos en casa, el olor fuerte y ácido le subía a la nariz y le hacía apretar los muslos. Se sentía sucia de una manera nueva, prohibida, y eso la mantenía mojada casi todo el tiempo.
El domingo llegó.
A las 16:03, María entró a la oficina de Carla con el corazón en la garganta. Llevaba un vestido amplio de algodón que le cubría el vientre prominente, sandalias planas y nada más. Carla ya estaba allí, con la bata blanca puesta pero desabrochada, y una expresión serena pero cargada de deseo.
Los dos indigentes esperaban sentados en las sillas de pacientes: uno era el anciano principal —obeso, barba enmarañada, olor denso a sudor y calle—, el otro un hombre de unos 68 años, más delgado pero igual de sucio, con pies descalzos negros de mugre y un hedor permanente a axilas y entrepierna sin lavar. Ambos se levantaron cuando vieron entrar a María.
Carla cerró la puerta con llave y bajó las persianas del todo.
—Tranquila, mi amor —le dijo a María, tomándola de las manos—. Vamos despacio. Vos mandás el ritmo. Yo estoy acá para que todo sea placentero.
Primero, Carla hizo que María se sentara en la silla ginecológica, con las piernas abiertas pero cómodas, el vestido subido hasta la cintura. Le pidió que se quitara las sandalias.
El olor salió de inmediato: pies sudados, calientes, con ese aroma fuerte a queso fermentado, a encierro de varios días. Los dos hombres inhalaron profundo, gruñendo de placer.
—Miren lo que trajo la embarazada —dijo Carla con voz suave pero firme—. Pies bien olorosos, tal como les gusta. Pero cuidado: nada brusco. Ella está de ocho meses. Solo lo que ella quiera.
María, temblando de nervios y excitación, extendió un pie hacia el anciano. Él lo tomó con reverencia, acercó la nariz y olió largo rato, los ojos cerrados de éxtasis. Luego sacó la lengua y lamió despacio la planta, saboreando la sal y el sabor ácido. María soltó un gemido largo, sorprendida por lo bien que se sentía.
El otro hombre hizo lo mismo con el segundo pie, chupando los dedos uno por uno, la saliva mezclándose con el sudor. Carla se acercó y besó a María en los labios suavemente, acariciándole el vientre.
—Estás preciosa así —le susurró—. ¿Querés que sigamos?
María asintió, los ojos brillantes.
Carla dirigió todo con cuidado. Primero, los hombres se desnudaron parcialmente. Sus cuerpos olían fuerte: sudor rancio en las axilas, bolas húmedas, pies sucios. Carla los hizo acercarse uno a cada lado de la silla. El anciano se inclinó y besó a María en la boca: un beso lento, salivoso, lengua gorda explorando con calma, saliva espesa pero sin violencia. María gimió dentro de su boca, saboreando el aliento áspero y alcohólico.
Mientras tanto, el otro hombre se arrodilló entre sus piernas abiertas. Carla le indicó que fuera suave. Él lamió primero el coño de María, despacio, saboreando los jugos dulces del embarazo, mientras su barba sucia rozaba los muslos. María arqueó la espalda, el placer subiéndole por la columna.
Luego vino la penetración vaginal: el anciano se colocó frente a ella, su polla gruesa y venosa, sin lavar, oliendo fuerte. Carla lo lubricó con saliva y lo guió despacio dentro de María. Entró centímetro a centímetro, llenándola sin prisa. María jadeó, pero era placer puro: la sensación de estar tan abierta, tan llena, con ese olor corporal envolviéndola.
—Más despacio… sí, así… —susurraba Carla, acariciando el vientre de su paciente para que se relajara.
El segundo hombre se colocó detrás, en la silla reclinable. Carla le indicó que usara mucho escupitajo. Escupió varias veces en el ano de María, masajeándolo con los dedos hasta que estuviera relajado. Luego entró despacio, solo la punta primero, dejando que María se acostumbrara. Cuando estuvo dentro, ambos comenzaron a moverse con ritmo suave, sincronizado, sin embestidas fuertes. María sentía las dos pollas dentro, el roce constante, los olores intensos de sudor, pies y sexo viejo llenándole los sentidos.
Carla se sentó a un lado, acariciando los pechos hinchados de María, besándola en el cuello, susurrándole palabras cariñosas:
—Estás hermosa… mirá cómo te cuidan… disfrutá todo, mi amor…
María se corrió dos veces: la primera en oleadas suaves, temblando y gimiendo bajito; la segunda más intensa, un chorro caliente escapando mientras los dos hombres seguían moviéndose dentro de ella. Ellos se vaciaron casi al mismo tiempo, chorros calientes y espesos llenándola por delante y por detrás, pero sin brusquedad. El semen goteó despacio cuando salieron, mezclándose con sus jugos.
Al final, María quedó recostada en la silla, respirando agitada, el cuerpo brillante de sudor y fluidos, el olor de los hombres pegado a su piel. Sonreía, los ojos vidriosos de placer.
—Fue… increíble —susurró—. Nunca sentí algo así. Quiero… quiero volver a hacerlo.
Carla le acarició el pelo, orgullosa y aliviada.
—Cuando vos digas, mi amor. Pero siempre con cuidado. Siempre conmigo cuidándote.
María asintió, todavía temblando de las réplicas del orgasmo. Ya estaba enganchada.

 

Aventuras Progresivas – La Escalada de Carla y María
Después del domingo en la oficina, Carla y María se volvieron inseparables en su adicción compartida. Carla, siempre la ginecóloga cariñosa, vigilaba de cerca la salud de María, asegurándose de que cada encuentro fuera consentido y no pusiera en riesgo el embarazo. Pero a medida que pasaban los días, las aventuras se volvían más intensas, más centradas en el sexo crudo y los detalles sensoriales de la suciedad. Aquí un resumen de cuatro de ellas, cada una más asquerosa y morbosa que la anterior, con nuevos indigentes uniéndose al círculo.
Aventura 1: El Trío en el Baño del Hospital
Carla organizó el primer encuentro post-iniciación en un baño de servicio abandonado en el sótano del hospital, un lugar húmedo y olvidado que olía a moho y orina vieja. Trajo a dos nuevos indigentes: un negro de 62 años, flaco pero con panza hinchada por alcohol, y otro de 70, obeso con piel grasienta y costras en las axilas. María, con los pies aún olorosos de la semana, se arrodilló en el piso pegajoso mientras Carla dirigía.
El sexo empezó con lamidas mutuas: los hombres chuparon los pies de María, saboreando el sudor ácido y quesoso acumulado, mientras ella succionaba sus pollas sucias, el prepucio retraído dejando un sabor salado y amargo en su lengua. Carla se unió lamiendo el coño de María, húmedo y dulce por el embarazo, mientras el flaco la penetraba vaginalmente despacio, su polla venosa rozando cada pared interna. El obeso entró analmente con escupitajos como lubricante, el ano de María estirándose alrededor de su grosor, fluidos resbalando por sus muslos. Cambiaron a una doble penetración suave, pollas chocando dentro de ella, olores a sudor rancio y bolas húmedas envolviéndolas. María se corrió gimiendo, semen caliente llenándola por ambos lados, dejando un charco viscoso en el piso. Fue morboso, pero controlado, con besos salivosos finales que las dejaron babeadas y satisfechas.
Aventura 2: El Cuarteto en el Callejón con Lluvia
La segunda aventura escaló en un callejón bajo lluvia torrencial, el agua mezclándose con basura podrida y meadas acumuladas, creando un hedor más intenso a cloaca húmeda. Carla invitó a tres indigentes: el flaco de antes, más dos nuevos —un gordo de 65 con barba llena de migas y un flaco arrugado de 72 con olor permanente a orina seca en los pantalones. María, ahora con axilas y pies sin lavar por días, se excitó con el contraste de la lluvia fría en su vientre caliente.
El foco fue el sexo oral y penetración múltiple: María chupó pollas en cadena, saboreando el prepucio sucio y bolas peludas empapadas de lluvia y sudor, el sabor amargo intensificado por la mugre. Carla lamió el ano de María mientras el gordo la follaba vaginalmente, su panza golpeando suave contra el vientre embarazado, polla gruesa pulsando dentro. El arrugado entró analmente, escupiendo gargajos espesos para lubricar, el roce áspero de su piel curtida enviando ondas de placer. En una pose de rueda, María fue doblemente penetrada mientras lamía el culo sudado del tercero, olores fuertes a trasero rancio y pies mojados llenando el aire. Fluidos chorrearon: jugos de María salpicando con la lluvia, semen espeso escapando de sus agujeros, besos babosos dejando hilos de saliva amarillenta. María tembló en orgasmos múltiples, la morbosidad del agua sucia resbalando por sus cuerpos amplificando todo.
Aventura 3: El Quinteto en un Basural Abandonado
La tercera se volvió más asquerosa en un basural abandonado al atardecer, rodeadas de pilas de basura fermentada, ratas husmeando y un olor abrumador a podredumbre, sudor y excrementos viejos. Carla trajo a cuatro indigentes: los dos anteriores más dos nuevos —un obeso de 68 con rollos grasientos cubiertos de tierra y un flaco de 75 con llagas en las piernas y olor a pies podridos como queso rancio mezclado con vinagre. María, sin ducharse por completo esa semana, llegó con el coño y axilas oliendo fuerte, excitada por la degradación ambiental.
El sexo fue un festín de penetraciones y lamidas intensas: María fue lamida por todos, lenguas babosas explorando su coño jugoso y ano sudado, saboreando sus olores femeninos acumulados. Carla dirigió una doble vaginal: dos pollas gruesas y sucias entrando juntas en su coño estirado, venas rozando y pulsando, mientras otra le follaba el ano con escupitajos viscosos. Besos salivosos grupales: bocas abiertas intercambiando baba espesa y amarillenta, sabores a aliento podrido y semen viejo. En una pose invertida, María cabalgó una polla analmente mientras chupaba bolas húmedas y lamía axilas peludas y rancias, fluidos goteando por todos lados —semen precoz, jugos chorreando, sudor pegajoso—. La morbosidad alcanzó pico con olores intensos de basura invadiendo cada inhalación, haciendo que María se corriera gritando, el cuerpo convulsionando en éxtasis sucio, dejando un rastro viscoso en la tierra mugrienta.
Aventura 4: El Sexteto en un Refugio Subterráneo
La cuarta y más asquerosa fue en un refugio subterráneo abandonado bajo un puente, un antro oscuro con charcos de orina fresca, paredes con moho negro y un hedor sofocante a excrementos, sudor concentrado y cuerpos sin lavar durante meses. Carla reunió a cinco indigentes: los cuatro previos más un nuevo ultra-repulsivo de 74, ciego de un ojo, con piel escamosa llena de pus y un olor a podredumbre corporal que mareaba. María, completamente sin higiene por días, llegó con pies, axilas y coño oliendo a queso fermentado y sudor ácido, su vientre embarazado temblando de anticipación morbosa.
El sexo fue una orgía total de inmersión sucia: María fue penetrada en todos los agujeros simultáneamente —doble anal con pollas gruesas estirando su ano al límite, escupitajos y semen viejo como lubricante; doble vaginal con venas pulsando y rozando profundo; y una polla en la boca, follándola la garganta con babeos espesos. Carla lamió y chupó por turnos, dirigiendo para que no fuera violento, pero la morbosidad era extrema: lamidas de culos rancios, bolas sudadas metidas en bocas, pies podridos frotados en coños y anos mientras penetraban. Fluidos por doquier: chorros de jugos de María salpicando, semen espeso y amarillento vaciándose en pulsaciones calientes dentro de ella, saliva viscosa resbalando por cuerpos, mezclado con orina accidental de la excitación. Besos babosos interminables, lenguas explorando bocas con sabores a pus y mugre. María se corrió en cascada, orgasmos encadenados que la dejaron temblando en un charco de fluidos corporales, el hedor asfixiante amplificando el placer hasta lo insoportable, deseando más de esa degradación absoluta.
Cada aventura las unía más, pero también las hundía en un vicio que ya no podían —ni querían— abandonar.

 

La Expansión del Círculo – Confesiones y la Orgía de Iniciación
María entró al consultorio de Carla un martes por la mañana, con el vientre de ocho meses y medio ya pesándole, pero una sonrisa pícara en los labios que hizo que Carla levantara una ceja. La consulta era de rutina —chequeo del bebé, latidos fuertes y estables—, pero cuando terminaron, María se quedó sentada, jugueteando con el dobladillo de su vestido.
—Doctora… Carla… tengo que contarte algo —dijo María en voz baja, los ojos brillantes de excitación y un poco de culpa—. Le conté todo a dos amigas mías. Ambas embarazadas, como yo. Una está de seis meses, la otra de siete. Al principio fue solo para desahogarme, pero… ellas también quieren unirse. Dicen que sus maridos las ignoran, que están calientes todo el tiempo por las hormonas, y que la idea de algo sucio y prohibido las vuelve locas.
Carla sintió un nudo en el estómago. El pánico la golpeó como un balde de agua fría: su secreto, esa adicción que había empezado como un capricho personal y ahora involucraba a una paciente, saliendo de control. Imaginó el rumor esparciéndose por el hospital, por la ciudad —su licencia revocada, su reputación destruida—. «No… María, ¿cómo pudiste? Esto es peligroso. Si se filtra, estamos jodidas todas». Su voz tembló, las manos apretando el borde del escritorio, el miedo real y paralizante.
Pero María la miró suplicante, extendiendo una mano para tocar la de Carla. —Por favor, no te enojes. Son de confianza, amigas de años. Ellas también necesitan esto. Y… pensá en lo excitante que sería. Más cuerpos, más olores, más todo.
Carla respiró hondo, el miedo dando paso a un calor familiar entre las piernas. La idea de más mujeres uniéndose, compartiendo esa degradación sucia, la excitó de inmediato. Su coño palpitó bajo la bata, y una sonrisa lenta se formó en sus labios. —Está bien… pero con cuidado. Las traés acá mañana, solas. Quiero conocerlas primero, oír sus historias. Nada de indigentes hasta que yo diga.
Al día siguiente, las dos amigas de María llegaron discretamente al consultorio después de las horas pico. La primera era Sofía, 28 años, de seis meses, una rubia curvilínea con piel pálida y tetas hinchadas por el embarazo, vestida con un top ajustado que marcaba sus pezones duros. La segunda, Laura, 30 años, de siete meses, morena con caderas anchas y un vientre redondo que la hacía caminar con un balanceo sensual, ojos oscuros llenos de curiosidad.
Carla las hizo sentar en círculo, cerrando la puerta. Al principio, el ambiente era tenso —ellas nerviosas, Carla evaluándolas con su mirada profesional pero cargada de deseo—. Pero Carla rompió el hielo con su calidez habitual: «Cuéntenme todo, mis amores. ¿Por qué quieren esto? Sin filtros».
Sofía habló primero, ruborizándose. —Mi marido es un imbécil. Desde que quedé embarazada, no me toca. Dice que le da «cosa» el vientre. Pero yo estoy ardiendo todo el día, hormonas locas, sueños húmedos con cosas sucias que nunca hice. María me contó lo de los indigentes… el olor, la mugre… me moja solo pensarlo. Quiero sentirme usada, pero segura.
Laura asintió, mordiéndose el labio. —A mí me pasa igual. Mi pareja viaja por trabajo, me deja sola con el deseo acumulado. Siempre fui la «buena chica», pero ahora quiero lo opuesto: cuerpos asquerosos, olores fuertes, sexo crudo. María dice que vos cuidás todo… que es adictivo.
Carla escuchaba, el calor creciendo entre sus muslos. Compartió un poco de su propia historia —cómo empezó con un beso salivoso en un pasillo, cómo la suciedad la liberaba de su vida pulcra—. Las mujeres se abrieron más: risas nerviosas, confesiones de masturbaciones pensando en lo prohibido, debates sobre límites. «¿Y si duele el anal?», preguntó Sofía. Carla explicó con gentileza: «Lo hacemos despacio, con escupitajos y cuidado, especialmente por sus embarazos». Planeaban juntas: el sábado por la noche en una sala de recuperación vacía del hospital, con cinco indigentes traídos por Carla —el anciano principal y cuatro más, todos sucios y ansiosos—. «Nada violento», insistió Carla. «Consentido, morboso, pero seguro. Y olores… traigan pies y axilas sin lavar, como María».
La confianza creció rápido: toques en las manos, abrazos, un beso suave entre Carla y Sofía para «probar». Al final, el plan estaba listo, y todas salían mojadas y excitadas.
El sábado llegó. La sala de recuperación era perfecta: camas anchas, luces bajas, puertas cerradas. Carla y María esperaban con las nuevas, todas en batas de hospital abiertas, vientres expuestos. Los cinco indigentes entraron: cuerpos obesos y flacos, olores fuertes a sudor rancio, pies podridos, pollas venosas ya medio duras.
Carla dirigió todo con mano firme, pero el foco era el sexo puro, morboso y asqueroso. Empezó con lamidas: los hombres arrodillados, oliendo y chupando los pies sudados de las embarazadas —el de Sofía olía a queso ácido, el de Laura a vinagre rancio, María’s a encierro húmedo—. Ellas gemían, lamiendo a su vez bolas peludas y húmedas, sabores salados y amargos invadiendo sus bocas.
La orgía escaló: Sofía fue la primera en doble penetración, acostada en una cama con un obeso en su coño (polla gruesa entrando despacio, venas rozando sus paredes hinchadas por el embarazo), y un flaco en el ano (escupitajos viscosos lubricando, el estiramiento ardiente pero placentero). Gritó de éxtasis, fluidos chorreando mientras Carla lamía su clítoris, agregando saliva espesa.
Laura se unió en una pose grupal: de rodillas, chupando una polla sucia mientras otro la follaba vaginalmente por detrás, panza golpeando contra su vientre, olores a axilas rancias envolviéndola. María, más avanzada, optó por suave: un indigente en su coño, otro lamiendo su ano sudado, besos salivosos con Sofía —lenguas babosas intercambiando saliva amarillenta y sabores a mugre.
Carla rotaba, follando analmente con un gordo (su ano apretando alrededor de la polla venosa, semen viejo goteando), mientras dirigía: «Más despacio con ellas… sí, escupan más». La sala se llenó de sonidos húmedos —carne chocando, gemidos, fluidos salpicando— y olores intensos: sudor concentrado, pies podridos, coños jugosos, semen espeso.
Culminó en un círculo: las cuatro mujeres en camas adyacentes, cada una doblemente penetrada (coños y anos llenos de pollas sucias, pulsando y vaciándose en chorros calientes), besándose entre sí con babas resbalando, lamiendo semen de tetas hinchadas. Orgasmos en cadena: Sofía temblando primero, chorros calientes; Laura gritando, ano contraído; María gimiendo suave; Carla corriéndose última, cubierta de fluidos.
Al final, exhaustas y pegajosas, las embarazadas sonrieron: «Queremos más». Carla, excitada por el control, asintió.

La Orgía de la Semana Siguiente – Expectación y EsMegma Acumulado
La semana siguiente al sábado de iniciación, la expectación era palpable en el grupo. Carla, siempre la organizadora meticulosa, había mandado mensajes discretos a todas: «Sábado noche, misma sala. Traigan pies y axilas sin lavar. Yo me encargo de los hombres… y de algo especial». María, Sofía y Laura no podían concentrarse en nada más; las hormonas del embarazo las tenían calientes todo el día, masturbándose en secreto mientras imaginaban la suciedad que vendría. Carla, excitada por el control, seleccionó a seis indigentes esta vez: el anciano principal y sus habituales, más dos nuevos ultra-sucios —un gordo de 72 con piel grasienta y un flaco de 69 con prepucio largo y sin lavar durante semanas, perfectos para el fetiche que había planeado: esmegma acumulado, esa capa blanquecina y espesa bajo el prepucio, olorosa a queso rancio y sexo viejo, que sabía volvería locas a las mujeres con su morbosidad cruda.
Llegaron a la sala de recuperación vacía a las 22 hs, el hospital en silencio sepulcral. Las cuatro mujeres —Carla en bata abierta, María con su vientre de casi nueve meses, Sofía y Laura con tetas hinchadas y coños ya chorreando— se desnudaron ansiosas, oliendo fuerte a sudor femenino acumulado. Los seis indigentes entraron, cuerpos obesos y flacos oliendo a sudor rancio, pies podridos y, especialmente, pollas sin lavar con prepucio repleto de esmegma espeso, blanquecino y pegajoso, un olor denso a queso fermentado que llenaba el aire como una niebla tóxica.
Carla dio la orden: «Empecemos con el especial. Muéstrenles el esmegma, chicos. Ellas lo van a limpiar con la lengua». Las mujeres se arrodillaron en un semicírculo, expectantes y temblando. El anciano principal se acercó primero a Carla, retrayendo el prepucio para revelar una capa gruesa de esmegma blanquecina, acumulada como crema rancia, oliendo fuerte a orina seca y sudor concentrado. Carla sacó la lengua y lamió despacio, saboreando el amargor cremoso, gimiendo mientras lo chupaba limpio, el sabor pegándose a su paladar como un vicio prohibido.
María, al lado, tomó la polla del gordo nuevo: prepucio largo repleto de esmegma espesa y amarillenta, con grumos que se desprendían al retraerlo. Inhaló profundo el olor a queso podrido mezclado con bolas sudadas, luego succionó, la lengua recorriendo bajo el glande para limpiar cada pliegue, el sabor salado y cremoso haciéndola gemir mientras su coño chorreaba jugos por los muslos. «Dios, es tan asqueroso… tan delicioso», susurró, tragando los restos.
Sofía y Laura se unieron: Sofía con el flaco de 69, cuyo esmegma era abundante y pegajoso, como mantequilla rancia, oliendo a vinagre y sexo viejo; lo lamió con avidez, metiendo la punta de la lengua en los pliegues para sacar más, mientras el hombre gruñía y babeaba saliva espesa sobre sus tetas hinchadas. Laura chupó al obeso de 72, esmegma gruesa y blanquecina cubriendo todo el glande, sabor amargo e intenso que le llenó la boca; succionó fuerte, dejando que se mezclara con su saliva antes de tragar, su vientre temblando de excitación.
La orgía escaló a un caos de cuerpos entrelazados en las camas hospitalarias. Carla dirigió, pero el sexo fluía libre: María fue la primera en doble penetración, acostada con las piernas abiertas, un indigente en su coño (polla ahora limpia pero venosa, embistiendo despacio para no lastimar el vientre, rozando sus paredes hinchadas), y otro en el ano (escupitajos viscosos lubricando, el estiramiento ardiente enviando ondas de placer). Mientras, lamía esmegma residual de una tercera polla, el sabor cremoso mezclándose con besos salivosos de Sofía, lenguas babosas intercambiando saliva amarillenta y restos blanquecinos.
Sofía se montó en una pose de vaquera inversa: cabalgando una polla gruesa en su coño, sintiendo cada vena pulsando profundo, mientras otro le follaba el ano por detrás, panzas sudadas pegándose a su espalda, olores a axilas rancias y esmegma viejo envolviéndola. Laura lamió su clítoris durante eso, agregando jugos dulces del embarazo, hasta que Sofía se corrió en chorros calientes, salpicando las sábanas.
Laura optó por un trío anal-vaginal-oral: de rodillas, una polla en su boca (chupando restos de esmegma pegajosos, tragando saliva espesa), otra en su coño (embestidas rítmicas, glande rozando su punto G hinchado), y una tercera en el ano (entrando con gargajos amarillos, el roce áspero haciendo que su vientre tiemble). Carla se unió frotando sus tetas contra las de Laura, lamiendo sudor rancio de sus axilas, gemidos ahogados en besos babosos.
La sorpresa vino en el centro: las cuatro mujeres formaron un círculo en el piso, vientres tocándose, mientras los seis indigentes las rodeaban. Cada una fue follada en rotación: pollas sucias (con esmegma fresco retraído) entrando y saliendo de coños y anos, fluidos chorreando —semen espeso y caliente vaciándose en pulsaciones, jugos salpicando, saliva resbalando por cuerpos—. María chupó una polla mientras era doblemente vaginal (dos gruesas dentro, estirando su coño al límite, venas frotando juntas); Sofía en anal doble (anos apretado alrededor de dos venosas, escupitajos goteando); Laura lamiendo culos rancios mientras la penetraban; Carla en una triple (coño, ano y boca, llena por completo, sabores a esmegma y sudor en la garganta).
Orgasmos en cadena: María temblando primero, chorros empapando pollas; Sofía gritando, ano contraído expulsando semen; Laura gimiendo con la boca llena; Carla corriéndose última, cubierta de fluidos viscosos. Los indigentes se vaciaron en chorros abundantes, semen amarillento mezclándose con esmegma residual, dejando a las mujeres pegajosas, oliendo a sexo crudo y mugre.
Al final, exhaustas en las camas, se besaron entre sí, saboreando los restos. «Más la próxima semana», susurró María. Todas asintieron, adictas.

Cuatro Aventuras Progresivas – La Escalada del Grupo de Embarazadas
La adicción del grupo se volvió voraz. Carla, María, Sofía y Laura se reunían cada fin de semana (y a veces entre semana en momentos robados) con un número creciente de indigentes. Cada encuentro era planeado con cuidado médico por Carla, pero el sexo se volvía más crudo, más sucio, más obsesionado con olores, fluidos y texturas repulsivas. Aquí van cuatro aventuras resumidas, cada una significativamente más asquerosa y morbosa que la anterior.
Aventura 1 – El sótano húmedo y los primeros olores compartidos (siete indigentes)
En el sótano de mantenimiento del hospital, un lugar olvidado con humedad constante, charcos de agua sucia y olor a moho y cañerías viejas. Carla trajo siete hombres: los habituales más dos nuevos con olor particularmente fuerte a axilas y entrepierna sin lavar por semanas.
El sexo comenzó con un ritual de olores: las cuatro mujeres, sentadas en círculo con las piernas abiertas, dejaron que los hombres frotaran sus axilas peludas y húmedas directamente contra sus narices y bocas. Luego pasaron a los pies: cada indigente metió sus pies descalzos y negros de mugre en la cara de una embarazada, obligándolas a inhalar y lamer las plantas sudorosas y quesosas. El sabor ácido y terroso hizo que todas chorrearan al instante.
La penetración fue en parejas: cada mujer doblemente follada (coño y ano) en camillas improvisadas, pollas venosas y sucias entrando y saliendo con ritmo lento pero profundo, escupitajos espesos como único lubricante. Mientras una era penetrada, lamía el prepucio de otro, limpiando restos de esmegma blanquecino y pegajoso que se desprendía en grumos. Besos salivosos grupales: lenguas babosas intercambiando saliva amarillenta y restos de esmegma entre las cuatro mujeres. Orgasmos suaves pero múltiples, semen caliente goteando de coños y anos, dejando charcos viscosos en el piso húmedo.
Aventura 2 – El depósito de basura médica y la ingesta de fluidos mezclados (nueve indigentes)
En un depósito de residuos biológicos abandonado (solo papeles y plásticos, nada peligroso), rodeadas de olor a desinfectante viejo mezclado con basura fermentada. Nueve hombres esta vez, varios con esmegma acumulado grueso y olor a orina seca concentrada en los pantalones.
Comenzó con una ronda de “limpieza colectiva”: cada mujer se arrodilló y chupó pollas sucias una tras otra, retrayendo prepucio para sacar esmegma con la lengua, tragando los grumos cremosos y amargos mientras los hombres gruñían. El sabor era tan intenso que les hacía lagrimear, pero seguían succionando con avidez.
Luego vino la doble y triple penetración: Sofía y Laura fueron folladas simultáneamente por tres pollas cada una (dos en coño, una en ano), sus vientres temblando con cada embestida controlada pero profunda. María, más avanzada, recibió doble anal (dos pollas gruesas estirando su ano al límite, escupitajos y semen viejo como lubricante) mientras lamía el culo sudado y rancio de otro hombre, lengua metida en el agujero oliendo a excrementos viejos y sudor. Carla coordinaba, pero también fue penetrada: una polla en cada agujero mientras chupaba bolas húmedas y peludas.
La morbosidad subió cuando todas se besaron entre sí después de tragar esmegma y semen, intercambiando los sabores en besos largos y babosos, hilos de saliva y restos blanquecinos colgando de sus barbillas. Se corrieron en oleadas, chorros calientes salpicando pollas y cuerpos, el suelo quedando pegajoso con una mezcla de jugos, semen y saliva.
Aventura 3 – El garaje subterráneo y el fetiche de fluidos corporales extremos (once indigentes)
En el garaje subterráneo del hospital, oscuro, con olor a aceite viejo, nafta y orina acumulada en rincones. Once hombres, varios con cuerpos particularmente grasientos y olor corporal sofocante.
Esta vez el foco fue la ingesta y el intercambio de fluidos corporales. Comenzó con una ronda de “leche sucia”: cada indigente se masturbó sobre las caras y tetas de las embarazadas hasta eyacular chorros espesos y amarillentos (muchos con semen grumoso por edad y desaseo), cubriéndolas como una máscara pegajosa. Las mujeres lamieron lo que caía, saboreando la sal amarga y el regusto rancio.
Luego vino la orgía central: las cuatro mujeres acostadas en fila sobre capós de autos viejos, cada una recibiendo triple penetración simultánea (dos en coño, una en ano o viceversa), pollas sucias entrando y saliendo en ritmo coordinado, el sonido húmedo y obsceno resonando en el garaje. Mientras eran folladas, lamían axilas peludas y sudorosas, chupaban pies podridos (dedos metidos en la boca, sabor a vinagre y tierra), y tragaban escupitajos espesos que los hombres les lanzaban directamente en la boca abierta.
María y Sofía se besaron profundamente mientras eran doblemente analmente penetradas, intercambiando saliva mezclada con semen y esmegma. Laura y Carla se frotaron coños entre sí mientras recibían pollas en ano y boca. El clímax fue colectivo: todos los hombres se vaciaron dentro y sobre ellas, semen goteando de todos los agujeros, pechos y vientres cubiertos de una capa viscosa. Las mujeres se corrieron gritando, chorros salpicando, cuerpos temblando en un charco de fluidos corporales mezclados.
Aventura 4 – El depósito de mantenimiento olvidado y la inmersión total en olores y fluidos (trece indigentes)
En un depósito de mantenimiento olvidado en el subsuelo, con tuberías goteando, olor a moho negro, grasa vieja y excrementos de ratas, más un hedor humano acumulado de semanas. Trece indigentes, los más sucios hasta ahora: muchos con esmegma grueso como pasta, axilas que olían a cebolla podrida, culos sin limpiar durante meses, pies que despedían un hedor a queso fermentado y vinagre extremo.
La sesión fue una inmersión total en lo repulsivo. Comenzó con “el baño de olores”: los hombres rodearon a las mujeres y frotaron todas sus partes más olorosas directamente contra sus caras —axilas sudadas y peludas, bolas húmedas y peludas, culos rancios, pies negros y podridos—. Las embarazadas inhalaron profundo, lamiendo cada zona, saboreando sudor rancio, restos de orina seca, esmegma cremoso, incluso lamieron entre nalgas oliendo a excrementos viejos. El olor era tan denso que les mareaba, pero seguían pidiendo más.
Luego vino la penetración extrema: cada mujer fue colocada en posición de “estrella” (piernas muy abiertas, vientre hacia arriba), recibiendo cuádruple estimulación simultánea: dos pollas en el coño (estirando al máximo, venas rozando juntas), una en el ano (escupitajos y semen viejo como lubricante), y una en la boca (follada la garganta con prepucio retraído, esmegma fresco desprendiendo en la lengua).
Se turnaban constantemente: mientras una era cuádruplemente penetrada, las otras lamían los culos de los hombres que esperaban turno, lengua metida en agujeros sucios y rancios, tragando saliva espesa y restos. Besos grupales interminables: todas las mujeres besándose entre sí, intercambiando en la boca los sabores de esmegma, semen, sudor de axilas, lamidas de culo, todo mezclado en hilos babosos y amarillentos.
El clímax fue una lluvia de fluidos: los trece hombres se masturbaron sobre ellas al mismo tiempo, eyaculando chorros espesos y grumosos sobre vientres, tetas, caras y coños abiertos. Las mujeres se frotaron entre sí, esparciendo el semen con las manos, lamiéndose mutuamente las tetas y los vientres cubiertos. Orgasmos violentos y encadenados: chorros calientes saliendo de coños, cuerpos convulsionando, gritos ahogados en besos babosos. Al final quedaron tiradas, cubiertas de una capa espesa de semen, saliva, sudor y restos de esmegma, respirando el hedor asfixiante del lugar y de los cuerpos, completamente saciadas pero ya pensando en la siguiente vez.

 

La Orgía de Despedida – El Último Encuentro Antes del Parto
María estaba ya en la semana 39. El vientre inmenso, los movimientos del bebé constantes, el cuerpo pesado pero aún cargado de esa libido desbordante que el embarazo había multiplicado. Carla lo sabía: después del parto, todo cambiaría. El cuerpo necesitaría recuperación, la lactancia, el cuidado del recién nacido… y aunque María juraba que volvería “en cuanto pueda”, todas entendían que esta sería la última gran orgía del grupo por un tiempo largo.
Se decidió que fuera épica, íntima y brutalmente sucia: una despedida inolvidable para María.
Lugar: la misma sala de recuperación abandonada del hospital, un sábado a la medianoche. Luces bajas, camas hospitalarias juntas formando una gran superficie, olor a desinfectante viejo mezclado con el hedor anticipado de los cuerpos que llegarían.
Participantes: María (la homenajeada), Sofía, Laura y Carla. Y doce indigentes —los más sucios y fieles del círculo: el anciano principal, sus compañeros habituales, los nuevos con esmegma acumulado grueso, los que olían a pies podridos y axilas rancias, y dos especialmente repulsivos que Carla había reservado para esta noche: uno con barba llena de restos de comida y un olor corporal que mareaba, y otro con llagas en las piernas y un prepucio tan largo y sucio que el esmegma formaba una capa casi sólida.
Carla había dado instrucciones claras: “Esta vez es para María. Todo lo que ella quiera. Pero nada que pueda lastimarla o al bebé. Consentido, morboso, lento cuando haga falta, brutal cuando ella lo pida. Y mucha suciedad. Es su despedida”.
La noche comenzó con un ritual lento y cargado de expectación.
Las cuatro mujeres se desnudaron completamente. María se acostó en el centro de las camas unidas, vientre prominente hacia arriba, piernas abiertas, coño ya brillante de excitación. Las otras tres se colocaron a su alrededor, tocándose entre sí, besándose suavemente, preparándose.
Los doce hombres entraron en silencio, quitándose la ropa rota. El olor los precedió: una nube densa de sudor rancio, pies sin lavar, bolas húmedas, prepucio fermentado, axilas cebolla podrida, culos sin limpiar. El aire se volvió espeso, caliente, asfixiante.
Primera fase: el baño de olores y sabores
Carla ordenó: “Primero, que María sienta todo lo que va a extrañar”.
Los hombres formaron un círculo alrededor de ella. Uno a uno, frotaron sus partes más olorosas contra su cara, su cuello, sus tetas hinchadas, su vientre.

Axilas peludas y empapadas de sudor rancio → frotadas directamente en su boca abierta. María inhaló profundo, lamió la sal amarga y ácida.
Pies negros y podridos → metidos en su cara, dedos chupados uno por uno, sabor a queso fermentado y tierra vieja llenándole la boca.
Bolas peludas y húmedas → restregadas contra sus labios, oliendo a orina seca y sexo viejo.
Culos rancios → separados para que lamiera entre las nalgas, lengua metida en agujeros sucios y oscuros, sabor a excrementos viejos y sudor concentrado.
Prepucio repleto → retraído lentamente frente a sus ojos. Capas gruesas de esmegma blanquecino y amarillento, grumoso, pegajoso. María succionó, lamió, raspó con la lengua cada pliegue, tragando los restos cremosos y amargos mientras gemía.

Sofía, Laura y Carla se unieron: lamían los mismos cuerpos, compartían besos babosos llenos de esmegma, saliva espesa y restos de mugre.
Segunda fase: la penetración múltiple dedicada a María
María pidió: “Quiero sentirlos a todos dentro de mí… lo más profundo posible… pero despacio al principio”.
La colocaron en posición semi-sentada, apoyada en almohadas, vientre protegido.

Dos pollas gruesas y venosas entraron juntas en su coño: estiramiento máximo, roce intenso de venas contra paredes hinchadas, movimiento lento y profundo. María jadeaba, los ojos en blanco.
Una tercera polla en su ano: escupitajos amarillos y viscosos como lubricante, entrada gradual, luego embestidas controladas pero firmes.
Una cuarta en su boca: follada la garganta con prepucio retraído, esmegma fresco desprendiendo en su lengua, saliva y restos goteando por su barbilla.

Mientras tanto, Sofía y Laura lamían sus tetas hinchadas, chupaban sus pezones, frotaban sus clítoris. Carla dirigía, masajeaba el vientre de María para que se relajara, susurrándole: “Estás hermosa así… llena por todos lados… disfrutá tu despedida”.
Los hombres rotaban sin parar. Cada pocos minutos cambiaban posiciones:

Triple anal: tres pollas en su ano por turnos, estirando al límite, semen viejo y escupitajos goteando.
Doble vaginal + doble anal: dos en coño, dos en ano, movimiento sincronizado, sensación de estar completamente rellena.
Oral constante: pollas sucias alternándose en su boca, tragando esmegma, semen precoz, saliva espesa.

Sofía y Laura también recibían penetración: doble y triple en sus coños y anos, pero siempre volviendo a María para besarla, lamerle el semen que le chorreaba, compartir los sabores.
Tercera fase: la lluvia final y el clímax colectivo
Cuando María ya temblaba al borde del agotamiento placentero, pidió: “Quiero que se corran todos sobre mí… dentro y fuera… que me cubran entera”.
Los doce hombres se arrodillaron y se masturbaron alrededor de ella.
María quedó tendida, piernas abiertas, coño y ano abiertos y goteando, vientre brillante de sudor.
Uno a uno eyacularon:

Chorros espesos, amarillentos, grumosos por la edad y la suciedad.
Algunos directamente dentro de su coño y ano, llenándola hasta que rebosaba.
Otros sobre su vientre, tetas, cara, pelo.
Algunos apuntaron a su boca abierta: semen caliente y salado mezclado con restos de esmegma.

Sofía, Laura y Carla se unieron: lamieron el semen de su cuerpo, besaron a María con bocas llenas de fluidos, intercambiaron los restos en besos largos y babosos.
María se corrió una última vez, un chorro potente y largo que salpicó los cuerpos de los hombres, mientras gritaba entre lágrimas de placer: “¡Los voy a extrañar tanto…!”
Al final quedó tirada, cubierta de una capa espesa de semen, saliva, sudor y mugre, respirando agitada, el vientre temblando con las pataditas del bebé.
Carla la abrazó con ternura, limpiándole la cara con una sábana.
—Esto no termina, mi amor. Solo pausa. Cuando estés lista… volvemos.
María sonrió, exhausta y feliz.
—Cuando pueda… quiero más. Mucho más.
Las otras tres asintieron, ya planeando en silencio la bienvenida de María después del parto.

 

La Confesión de Laura y el Despertar de sus Hermanas
Laura había pasado semanas debatiéndose. Cada vez que volvía a casa después de una de esas noches en la sala de recuperación o en algún rincón olvidado del hospital, sentía una mezcla de euforia y culpa que le apretaba el pecho. Su vida diaria era la misma de siempre: preparar el desayuno para sus hijos, lavar platos, planchar camisas de su esposo, sonreír en las reuniones familiares… pero por dentro ardía un secreto que ya no podía contener.
Una tarde de domingo, aprovechando que los niños estaban en lo de los abuelos y su marido había salido a jugar al fútbol con sus amigos, Laura invitó a sus tres hermanas a tomar mate en su casa. “Necesito hablarles de algo importante”, les escribió en el grupo familiar. Ninguna preguntó más. Sabían que cuando Laura decía “importante” no era para hablar de recetas ni de la escuela de los chicos.
Llegaron casi al mismo tiempo.
Valentina, la mayor, 38 años. Siempre la responsable, la que organizaba todo: cumpleaños, Navidad, viajes familiares. Casada hace 15 años con un contador tranquilo y predecible. Sexo una vez por semana, siempre en la misma posición, luces apagadas, sin palabras subidas de tono. Valentina era la que decía “hay cosas que no se hablan” y la que se sonrojaba si alguien mencionaba un chiste subido de tono en la mesa.
Camila, la del medio, 35 años. La más dulce y callada. Maestra de primaria, madre de dos nenas pequeñas. Su marido era un hombre bueno pero absolutamente rutinario: cena, tele, cama, repetir. El sexo había pasado de ser escaso a ser casi inexistente después del segundo hijo. Camila se decía a sí misma que “estaba bien así”, que el amor no necesitaba fuegos artificiales, pero últimamente se quedaba mirando el techo por las noches con un vacío que no sabía nombrar.
Florencia, la menor, 32 años. La “rebelde” del grupo, pero solo en apariencia. Diseñadora gráfica freelance, casada con un abogado serio y algo controlador. Sexo funcional, rápido, sin juegos, sin preliminares largos. Florencia siempre había sido la que decía “yo no necesito esas cosas raras”, pero en el fondo se sentía atrapada en una vida que se le parecía cada vez más a la de sus hermanas mayores.
Las cuatro se sentaron en el living. Mate en mano, silencio incómodo al principio.
Laura respiró hondo, miró el piso y empezó.
—No sé cómo decirlo sin que me odien o piensen que estoy loca… pero tengo que contarles. Hace meses que estoy viviendo algo que nunca imaginé. Algo muy… sucio. Muy prohibido. Y me está cambiando todo.
Las tres hermanas se miraron entre sí, confusas.
Laura siguió, con la voz temblorosa pero decidida:
—Estoy teniendo sexo con indigentes. Hombres viejos, sucios, feos, que huelen mal… en el hospital, en callejones, en lugares que nadie pisa. No es solo sexo. Es… degradación. Olores fuertes, fluidos, mugre, humillación. Y me encanta. Me excita más que nada en mi vida. Lo hago con Carla, la ginecóloga, y con María y Sofía, las embarazadas que ya conocen. Es un grupo. Y no puedo parar.
Silencio absoluto.
Valentina fue la primera en reaccionar. Se puso pálida, dejó el mate en la mesa con cuidado, como si quemara.
—¿Qué estás diciendo, Laura? ¿Estás drogada? ¿Te obligaron? Dios mío…
—No. Nadie me obliga. Yo lo busqué. Yo lo pedí. Al principio me horrorizaba la idea… pero después de la primera vez… no pude volver atrás. Es como si hubiera abierto una puerta que no sabía que tenía adentro.
Camila se tapó la boca con la mano. Los ojos muy abiertos.
—Laura… eso es… es asqueroso. Es peligroso. Podrías enfermarte, perder todo. ¿Cómo pudiste caer tan bajo?
Florencia no decía nada. Solo miraba a Laura fijamente, con una expresión que mezclaba repulsión y algo más difícil de descifrar.
Laura no se achicó.
—No espero que lo entiendan de entrada. Yo tampoco lo entendía. Pero escuchen cómo me siento: durante años creí que mi vida sexual era “normal”. Aburrida, rutinaria, predecible. Como la de ustedes. Y de repente descubrí que lo que realmente me prende es lo opuesto: lo sucio, lo prohibido, lo que nadie debería desear. Y cuando lo probé… sentí que por primera vez en mi vida estaba viva de verdad. Que mi cuerpo respondía como nunca. Que podía correrme solo con el olor, con la vergüenza, con la sensación de ser usada por alguien que la sociedad desprecia.
Valentina negó con la cabeza, pero su voz ya no era tan firme.
—Es una locura. No podés vivir así. ¿Y si tu marido se entera? ¿Y si los chicos…?
—No quiero que se enteren. Por eso se los cuento a ustedes. Porque necesito que alguien de mi sangre sepa quién soy realmente. Porque me estoy ahogando de guardar esto sola.
Camila empezó a llorar bajito.
—Yo… yo también me siento vacía a veces. Mi marido es bueno, pero… no me mira. No me toca. Llego a la cama y siento que soy invisible. Y cuando escucho lo que contás… me da asco, pero también… no sé. Algo se me mueve adentro. Como si una parte de mí quisiera saber cómo se siente eso.
Florencia, que había estado callada todo el tiempo, finalmente habló. Su voz salió baja, casi un susurro.
—A mí me pasa lo mismo. Mi marido me hace sentir que el sexo es una obligación. Siempre igual, siempre rápido, siempre sin ganas. Y cuando escuché lo que decís… primero quise vomitar. Pero después… me imaginé oliendo esa mugre, sintiendo esa vergüenza… y se me mojó. Me odio por admitirlo, pero se me mojó.
Valentina miró a sus hermanas menores como si las viera por primera vez.
—¿Ustedes también? ¿En serio?
Camila asintió despacio.
—No digo que quiera hacerlo ya. Pero… la idea me da vueltas en la cabeza desde que empezaste a hablar. Me asusta. Me da vergüenza. Pero también… me excita. Mucho.
Laura sintió que el nudo en el pecho se aflojaba un poco.
—No les estoy pidiendo que hagan nada. Solo que me escuchen. Que no me juzguen. Que sepan que no estoy loca… o quizás sí lo esté, pero no quiero dejar de sentir esto.
Valentina se quedó callada un largo rato. Luego suspiró, como si se rindiera a algo que llevaba años evitando.
—Yo siempre creí que era la fuerte. La que tenía todo bajo control. Pero la verdad es que mi cama es un desierto desde hace años. Mi marido y yo… ni siquiera nos miramos cuando estamos desnudos. Y escuchar lo que contás… me da terror. Pero también siento envidia. Envidia de que vos sí te animaste a romper todo.
Las cuatro se miraron en silencio.
Laura rompió el hielo.
—No tienen que decidir nada hoy. Solo quería que lo supieran. Y si alguna vez… alguna de ustedes siente curiosidad… yo las acompaño. Las cuido. Como Carla me cuida a mí.
Camila se limpió una lágrima.
—No sé si algún día me animaré. Pero… gracias por contarnos. Me siento menos sola.
Florencia sonrió apenas, con una chispa nueva en los ojos.
—Yo no prometo nada… pero no puedo parar de imaginarlo. Y eso ya es mucho para mí.
Valentina fue la última en hablar.
—Nunca pensé que diría esto… pero creo que quiero saber más. No para hacerlo todavía. Solo… para entender. Para no seguir fingiendo que mi vida es perfecta cuando me muero de aburrimiento por dentro.
Laura sintió que algo se soltaba dentro de ella. No era solo alivio. Era esperanza. La esperanza de que sus hermanas, esas mujeres correctas, puritanas y atrapadas en vidas monótonas, empezaran a despertar.
Y supo que, tarde o temprano, esa puerta que ella había abierto también iba a abrirse para ellas.

La Primera en Animarse – Florencia
De las tres hermanas, fue Florencia la que dio el paso primero. No fue Valentina, la mayor, que siempre necesitaba planear todo al milímetro. Ni Camila, que seguía debatiéndose entre la culpa y la curiosidad. Fue Florencia, la menor, la que se suponía más “rebelde” pero que en realidad llevaba años conteniéndose.
Pasaron dos semanas desde la confesión en el living de Laura. Dos semanas de mensajes en un grupo privado de WhatsApp que se llamó simplemente “Nosotras”. Al principio eran preguntas tímidas: “¿Duele mucho el anal?”, “¿Y si te reconocen?”, “¿Cómo es el olor de verdad?”. Luego se volvieron más directas: “¿Se corren adentro?”, “¿Tragan todo lo que sale?”, “¿Te lavás después o te vas así a casa?”.
Florencia leía todo en silencio, pero una noche, a las 2:37 a.m., escribió:
“Yo quiero probar. No sé si me animo a todo, pero quiero empezar. Laura, hablá con Carla. Quiero que sea pronto.”
Laura respondió casi de inmediato.
“Ok. Le cuento a Carla mañana. ¿Estás segura?”
Florencia tardó unos minutos en contestar.
“No estoy segura de nada. Pero si no lo hago ahora, nunca voy a dejar de pensar en esto.”
La organización del primer encuentro
Carla se reunió con Florencia y Laura en su consultorio tres días después, después del último turno. Puerta cerrada, luces bajas, mate en la mesa.
Carla fue directa pero cálida, como siempre.
—Florencia, gracias por confiar. Quiero que sepas que yo voy a estar ahí todo el tiempo. Nada se hace sin tu consentimiento. Si en cualquier momento decís “basta”, paramos. Sin preguntas.
Florencia asintió, las manos apretadas en el regazo.
—Quiero que sea… sucio. Pero no violento. No estoy lista para que me traten como basura todavía. Quiero sentir la mugre, los olores, la vergüenza… pero que me cuiden.
Carla sonrió.
—Perfecto. Entonces vamos a empezar suave pero intenso. Nada de grupos grandes todavía. Solo dos o tres hombres. Los más limpios dentro de lo que son ellos (o sea, los menos sucios de los que conocemos). Vamos a usar la sala de recuperación del hospital, el sábado a la medianoche. Laura va a estar con nosotros. Yo dirijo todo.
Florencia tragó saliva.
—¿Y… qué tengo que hacer antes?
Carla la miró con complicidad.
—No te duches desde el viernes por la mañana. Nada de perfume. Dejá que tus pies y axilas acumulen olor natural. Ellos se vuelven locos con eso. Y vení sin ropa interior. Queremos que llegues ya excitada, ya oliendo a mujer.
Florencia se sonrojó hasta las orejas, pero asintió.
El sábado llegó rápido.
El primer encuentro – La iniciación de Florencia
Florencia llegó sola al hospital a las 23:45. Llevaba un vestido negro sencillo, zapatillas cómodas y nada debajo. No se había duchado desde el viernes. Cuando se quitó los zapatos en el ascensor, el olor de sus pies subió fuerte: sudor acumulado, un toque ácido y cálido, como pan viejo mezclado con piel femenina. Le temblaban las piernas.
Laura y Carla la esperaban en la sala. Las luces estaban bajas, las camas juntas, una sábana limpia pero vieja cubriéndolas.
Tres hombres esperaban sentados: el anciano principal (el que había iniciado todo), un gordo de unos 65 con barba enmarañada y olor fuerte a sudor y alcohol, y un tercero más delgado, de unos 70, con pies descalzos ya oliendo a queso rancio desde que entró.
Carla cerró la puerta con llave.
—Florencia, bienvenida. Esto es tuyo. Vos mandás el ritmo.
Florencia se quedó parada un momento, respirando agitada. Luego se sacó el vestido por la cabeza. Quedó completamente desnuda, piel pálida, curvas suaves, pezones ya duros por los nervios y la excitación.
Los tres hombres la miraron sin hablar. Sus ojos recorrieron su cuerpo, luego bajaron a sus pies descalzos.
Carla dio la primera orden suave:
—Acercate, Flor. Sentate en el borde de la cama. Dejá que te huelan primero.
Florencia obedeció. Se sentó con las piernas juntas al principio, pero Carla le tocó las rodillas con gentileza.
—Abrilas un poco. Dejá que vean y huelan todo.
Florencia abrió las piernas lentamente. El olor de su coño ya excitado se mezcló con el de sus pies y axilas.
El anciano fue el primero. Se arrodilló frente a ella, acercó la nariz a su entrepierna y aspiró profundo. Luego subió a sus axilas, oliendo el sudor acumulado de dos días. Gruñó de placer.
—Huele a mujer rica que se dejó ir… —murmuró.
El gordo se acercó a sus pies. Tomó uno con reverencia, acercó la nariz a la planta y lamió despacio. El sabor salado y ácido le hizo cerrar los ojos.
Florencia soltó un gemido largo, sorprendida por lo fuerte que se sentía esa lengua áspera en su piel.
El tercero se acercó por detrás, le separó las nalgas suavemente y olió su ano. Luego pasó la lengua por la raja, lenta, explorando.
Florencia temblaba. Nunca nadie la había olido así. Nunca nadie había lamido su culo. Y sin embargo, su coño chorreaba.
Carla se acercó y le susurró al oído:
—¿Querés que empiecen a follarte?
Florencia asintió, casi sin voz.
—Quiero… quiero sentirlos adentro. Pero despacio.
La acostaron en la cama, con almohadas bajo la cabeza y la cintura para que estuviera cómoda.
El anciano se colocó primero. Retractó el prepucio mostrando una capa espesa de esmegma blanquecino y pegajoso. Florencia lo miró fascinada y asustada.
—Lámelo primero —dijo Carla—. Solo si querés.
Florencia se inclinó y sacó la lengua. Lamió despacio la capa cremosa. El sabor era amargo, salado, rancio… pero también excitante. Tragó y siguió chupando hasta dejar la polla limpia y brillante.
Luego el anciano entró en su coño. Despacio, centímetro a centímetro. Florencia jadeó fuerte. Era más grueso que su marido. Más áspero. Más real.
Mientras él se movía con embestidas lentas y profundas, el gordo se colocó detrás. Escupió un gargajo viscoso en su ano y entró poco a poco. Florencia gritó de placer y sorpresa: la doble penetración la llenaba como nunca. Los dos hombres se movían sincronizados, rozándose dentro de ella a través de la pared fina.
El tercero se acercó a su boca. Ella abrió y lo chupó con avidez, saboreando el sudor de sus bolas, el regusto de esmegma residual.
Carla y Laura se unieron: Carla lamió el clítoris de Florencia mientras era follada, Laura besó su boca cuando el hombre se retiró un momento, intercambiando saliva y restos de mugre.
Florencia se corrió primero: un orgasmo largo, tembloroso, chorro caliente salpicando la panza del gordo. Luego vino el segundo, más intenso, cuando sintió los chorros calientes del anciano llenándole el coño.
Los tres hombres se corrieron casi al mismo tiempo: semen espeso dentro de su coño y ano, y un último chorro en su cara y tetas.
Florencia quedó tirada, jadeando, cubierta de semen, sudor y saliva. El olor de los hombres pegado a su piel, mezclado con el suyo propio.
Miró a Carla y Laura, con los ojos vidriosos.
—Nunca sentí nada parecido… —susurró—. Quiero más. Quiero que sea más sucio la próxima vez.
Laura le acarició el pelo.
—Tranquila. Esto recién empieza.
Carla sonrió.
—Bienvenida al grupo, Flor. La próxima vez traemos más. Y vamos subiendo el nivel.
Florencia cerró los ojos, todavía temblando de placer.
—Que sea pronto.

La Primera Vez de Camila – La Preparación y el Encuentro Inicial
Después de que Florencia cruzara la línea y volviera a casa con el cuerpo todavía temblando y el olor de aquellos hombres pegado a la piel durante días, el grupo de hermanas entró en una fase de conversaciones casi constantes. Mensajes a cualquier hora, audios nerviosos, preguntas que iban de lo tímido a lo explícitamente morboso.
Camila fue la segunda en quebrarse.
Una noche, mientras su marido dormía roncando a su lado, le escribió a Laura y Florencia:
“No aguanto más. Cada vez que leo lo que cuentan me toco pensando en eso. Quiero probar. Pero tengo miedo de no ser capaz. ¿Me ayudan?”
Laura respondió en segundos:
“Claro que sí. Hablamos con Carla mañana. Vamos a hacerlo lindo para vos, despacito, sin presión.”
Florencia agregó:
“Te va a pasar lo mismo que a mí. Al principio te da vergüenza, después no podés parar de pensar en volver.”
Carla organizó todo con su precisión habitual. Reunión rápida en el consultorio, mate de por medio, tono protector de ginecóloga y cómplice al mismo tiempo.
—Camila, contame exactamente qué querés y qué no —le dijo sentadas las cuatro.
Camila bajó la mirada, las mejillas encendidas.
—Quiero… olores. Quiero sentirme deseada de una forma que nadie me miró nunca. Quiero que me digan cosas sucias, que me hagan sentir… puta, pero al mismo tiempo cuidada. No quiero grupos grandes todavía. Dos o tres hombres nada más. Y nada muy violento. Quiero que sea lento, que me miren mucho, que me digan lo hermosa que soy aunque sea sucia para ellos.
Carla asintió.
—Perfecto. Vamos a usar la misma sala de recuperación. Sábado a la medianoche. Solo tres hombres: el anciano principal (porque sabe ser crudo pero nunca cruza el límite si se le dice), el gordo de barba larga que es muy verbal y le encanta hablar mientras huele y lame, y uno más tranquilo pero con olor muy fuerte a pies y axilas. Yo voy a estar todo el tiempo, y Laura también. Vos ponés el freno cuando quieras.
Camila respiró hondo.
—Y… ¿qué tengo que hacer antes?
Carla sonrió con picardía.
—Igual que Flor: no te duches desde el viernes por la mañana. Nada de desodorante, nada de perfume. Dejá que tu cuerpo huela a vos después de un día entero. Zapatos cerrados todo el día para que los pies acumulen ese olor cálido y fuerte que a ellos los vuelve locos. Vení sin nada debajo del vestido. Queremos que llegues ya mojada, ya oliendo a mujer excitada.
Camila se mordió el labio inferior, asintiendo.
El sábado llegó.
La llegada y los primeros piropos sucios
Camila entró a la sala a las 23:55. Vestido azul oscuro sencillo, zapatillas que se quitó apenas cerró la puerta. El olor de sus pies salió de inmediato: sudor acumulado de todo el día, cálido, ligeramente ácido, con ese toque femenino que solo se logra después de horas de encierro.
Laura y Carla estaban ahí, sonriéndole con cariño. Las luces bajas, la cama preparada con sábanas limpias pero ya con olor previo de otros encuentros.
Los tres hombres estaban sentados en sillas al fondo. Cuando Camila se acercó y se quedó parada frente a ellos, el silencio fue instantáneo. Los tres la miraron de arriba abajo como si vieran algo imposible: una mujer hermosa, morena, curvas suaves, piel cuidada, uñas pintadas con discreción, pelo suelto oliendo a shampoo de hace dos días… y sin embargo viniendo a ofrecerse a ellos.
El anciano fue el primero en hablar. Voz ronca, lenta, casi reverente.
—Mirá vos… qué hembra fina nos trajeron. Mirá esa piel, parece de seda. Y sin embargo vino a buscar negro viejo y podrido como nosotros. Vení más cerca, preciosa… dejame olerte.
Camila dio un paso tembloroso.
El gordo de barba larga se inclinó hacia adelante, inhalando fuerte el aire cerca de ella.
—Uffff… ¿sentís ese olor, compadre? Mujer limpia que se dejó sudar para nosotros. Mirá esos pies… ya se nota desde acá. Vení, reina, sentate acá y abrí las piernitas. Quiero ver si esa conchita hermosa también huele rico después de un día entero.
El tercero, el más callado, simplemente gruñó bajito:
—Dios mío… una reina en nuestro basural. Mirá qué tetas, qué culo… y viene a que la olamos como perros. Sos un regalo, mamita.
Camila sintió que las piernas le fallaban. Esas palabras tan crudas, tan vulgares, tan llenas de hambre… nadie le había hablado nunca así. Su marido siempre era correcto, silencioso, casi tímido. Esto era otra cosa. Esto era deseo puro, sucio, sin filtro.
Se sentó despacio en el borde de la cama. Abrió un poco las piernas. El vestido se subió, dejando ver los muslos y el comienzo de su sexo sin nada debajo.
El anciano se arrodilló primero. Acercó la cara a sus pies, inhaló profundo y soltó un gemido largo.
—Ay, reina… este olor a pies sudados de mujer fina… es como droga. Mirá cómo están calientes, cómo brillan un poco del sudor. Sos una diosa que se rebajó a venir con nosotros. ¿Me dejás probar?
Camila solo pudo asentir.
El anciano sacó la lengua y lamió despacio la planta de un pie, desde el talón hasta los dedos. Luego el otro. El sabor salado y ácido le hizo cerrar los ojos.
—Qué rico… sabe a mujer que se guardó todo el día para nosotros. Mirá cómo tiembla, compadres. La conchita ya debe estar chorreando.
El gordo se acercó por el otro lado, metió la nariz entre sus muslos y aspiró fuerte.
—Uffff… mirá esta concha. Huele a hembra en celo. Mojada, caliente, con olor a mujer que no se lavó. Sos una puta fina, mamita. Venís oliendo a reina y te vamos a tratar como reina sucia.
El tercero se paró detrás, le levantó el pelo y acercó la nariz a su nuca, luego bajó a las axilas.
—Axilas sudadas… suavecitas… pero con olor fuerte. Mirá cómo se le eriza la piel cuando la huelo. Sos hermosa, nena. Hermosa y sucia para nosotros. ¿Te gusta que te digamos eso?
Camila cerró los ojos, temblando entera.
—Sí… me gusta… sigan…
Los piropos siguieron cayendo como una lluvia caliente mientras la olían, la lamían despacio los pies, las axilas, el cuello, el interior de los muslos. Palabras vulgares mezcladas con admiración genuina:
“Mirá qué piel tan blanca… y sin embargo vino a oler negro podrido.”
“Esta conchita parece de revista… pero ya está chorreando por nosotros.”
“Qué culo perfecto… vamos a olerlo todo, reina. Dejá que te separemos las nalguitas.”
“Sos demasiado linda para nosotros… por eso venís, ¿no? Porque te aburriste de los maridos limpitos.”
Camila estaba empapada, el cuerpo temblando de vergüenza y deseo. Nunca se había sentido tan deseada. Nunca la habían mirado así, con esa hambre cruda y reverente al mismo tiempo.
Carla, desde un rincón, observaba con una sonrisa suave.
—¿Querés que sigan, Camila? ¿O querés que empiecen a tocarte más?
Camila abrió los ojos, la respiración agitada.
—Quiero… quiero que me sigan diciendo cosas… y que me toquen… pero todavía no me penetren. Quiero sentir más… más olores, más lengua…
Los hombres sonrieron.
—Como la reina mande —dijo el gordo, ya arrodillándose entre sus piernas.
Y así siguió la noche: solo olores, lamidas, piropos sucios y adoración cruda… pero nada de penetración todavía.
La tensión era casi insoportable.

 

La Primera Vez de Camila – La Escena de Sexo
Camila estaba temblando de pies a cabeza cuando Carla le preguntó en voz baja:
—¿Querés que empiecen a tocarte más profundo ahora, mi amor? ¿O seguimos solo con lengua y olor un rato más?
Camila cerró los ojos un segundo, respiró hondo y abrió las piernas un poco más. Su voz salió casi inaudible:
—Quiero… quiero sentirlos adentro. Pero despacio. Y que sigan hablándome así… que no paren de decirme cosas sucias.
Carla asintió y le hizo una seña suave a los tres hombres.
—Despacio, muchachos. Es su primera vez. Nada brusco. Dejen que ella sienta cada centímetro.
El comienzo
El anciano principal se colocó primero frente a ella. Ya tenía la polla dura, venosa, con el prepucio retraído dejando ver una capa espesa de esmegma blanquecino y amarillento que olía fuerte a queso rancio y sexo viejo. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, pero no entró de inmediato.
En cambio, agarró su propia polla y la frotó despacio contra los labios del coño de Camila, untándola con el esmegma cremoso.
—Mirá cómo te unto, reina… te estoy pintando con mi mugre antes de entrar. ¿Sentís cómo resbala? Esa es la crema de negro viejo que se guardó para una hembra fina como vos.
Camila gimió bajito. El contacto era caliente, pegajoso, repulsivo y excitante al mismo tiempo. El olor le llenaba la nariz: sudor concentrado, orina seca vieja, fermentación de días.
El gordo de barba larga se acercó por detrás, le separó las nalgas con manos ásperas y escupió un gargajo grande y viscoso directo en su ano. El moco caliente resbaló por la raja.
—Abrí el culito, mamita… te voy a entrar despacito para que sientas cómo te abro con mi pija gorda y sucia. Mirá qué agujerito apretado y rosa… y sin embargo vino a buscar negro podrido.
El tercero, el de los pies más olorosos, se paró al lado de su cabeza. Le puso un pie descalzo y negro de mugre cerca de la cara.
—Olemé el pie mientras te abren, reina. Quiero que inspires profundo mientras te llenan. Sos demasiado linda para esto… por eso lo querés tanto.
Camila giró la cabeza y hundió la nariz entre los dedos del pie. El olor era abrumador: vinagre rancio, queso fermentado, tierra incrustada. Sacó la lengua y lamió la planta despacio, saboreando la sal amarga mientras gemía.
La doble penetración
El anciano empujó primero. Entró en su coño centímetro a centímetro, la polla gruesa abriendo sus paredes húmedas. Camila jadeó fuerte, las manos apretando las sábanas.
—Ay… es grande… muy grande…
—Tranquila, preciosa —susurró el anciano—. Te voy a llenar despacito… sentilo cómo entra, cómo te abre. Mirá cómo tu conchita fina se traga mi pija sucia. Sos una reina puta, eso es lo que sos.
Mientras él entraba hasta el fondo, el gordo empujó desde atrás. El ano de Camila se resistió un segundo, luego cedió al glande grueso y al escupitajo que lo lubricaba. Entró despacio, pero profundo. Camila gritó de placer y sorpresa: la sensación de estar rellena por ambos lados al mismo tiempo era intensa, casi abrumadora.
—Dos pijas negras dentro de una hembra blanca y hermosa… —gruñó el gordo—. Mirá cómo te abrimos, mamita. Sentí cómo nos rozamos adentro tuyo. Sos nuestra reina sucia ahora.
Los dos empezaron a moverse en ritmo lento, sincronizado. Cada embestida hacía que sus panzas sudadas rozaran la espalda y el vientre de Camila. El sonido era húmedo, obsceno: carne contra carne, fluidos resbalando, gemidos bajos.
El toque final: boca y olores
El tercero se acercó más. Le metió la polla en la boca sin fuerza, solo para que la chupara. Camila abrió los labios y succionó despacio, saboreando el prepucio retraído, el esmegma que aún quedaba en pliegues, el sudor salado de las bolas que le rozaban la barbilla.
—Chupala rico, reina… limpiame con esa boquita fina. Sos demasiado linda para estar chupando pija podrida… y sin embargo acá estás.
Carla y Laura se unieron al ritual.
Carla se arrodilló al lado y empezó a lamer el clítoris de Camila en círculos lentos mientras era follada. Laura besó su boca cuando el hombre se retiró un momento, intercambiando saliva espesa y restos de esmegma en un beso largo y baboso.
—Estás hermosa así, hermana… llena por todos lados… —le susurró Laura al oído.
El clímax
Los hombres aceleraron solo un poco, siempre controlados. Camila empezó a temblar.
—Voy a… voy a correrme… no paren…
El anciano gruñó y se vació primero: chorros calientes y espesos llenándole el coño, goteando por los muslos cuando salió un poco.
El gordo la siguió segundos después: semen caliente inundando su ano, escapando en hilos viscosos.
El tercero se masturbó sobre su cara y tetas: chorros gruesos y amarillentos cayendo en su boca abierta, en sus mejillas, en sus pezones.
Camila explotó en un orgasmo largo y profundo. Su cuerpo se convulsionó, un chorro caliente salió de su coño salpicando la panza del anciano, mientras gritaba ahogada contra la boca de Laura.
Quedó tirada, jadeando, cubierta de semen, saliva, sudor y restos de esmegma. El olor de los tres hombres pegado a cada centímetro de su piel.
Abrió los ojos despacio y miró a Carla y Laura.
—Nunca… nunca sentí nada igual… —susurró, todavía temblando—. Quiero… quiero que la próxima vez sean más.
Carla le acarició el pelo con ternura.
—Cuando estés lista, mi amor. Esto recién empieza para vos.
Florencia, desde un rincón, sonrió con complicidad.
—Bienvenida al lado oscuro, hermana.
Camila cerró los ojos, sonriendo entre lágrimas de placer y liberación.
—Que sea pronto.

41 Lecturas/2 marzo, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amigos, confesiones, cumpleaños, hermana, mayor, mayores, navidad, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Descubrí que era Bisexual y me cogio un maduro 1
GÉNESIS 19:31-38
EL PESCADOR II
memorias de un cabron
La cuarentena. 10
Carlos, Aníbal y Rafael, mis estudiantes sobresalientes 10
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.392)
  • Dominación Hombres (4.262)
  • Dominación Mujeres (3.131)
  • Fantasías / Parodias (3.434)
  • Fetichismo (2.819)
  • Gays (22.444)
  • Heterosexual (8.500)
  • Incestos en Familia (18.667)
  • Infidelidad (4.588)
  • Intercambios / Trios (3.200)
  • Lesbiana (1.177)
  • Masturbacion Femenina (1.033)
  • Masturbacion Masculina (1.982)
  • Orgias (2.125)
  • Sado Bondage Hombre (463)
  • Sado Bondage Mujer (193)
  • Sexo con Madur@s (4.472)
  • Sexo Virtual (272)
  • Travestis / Transexuales (2.479)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.599)
  • Zoofilia Hombre (2.255)
  • Zoofilia Mujer (1.683)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba