La doctora elena y los mendigos 4
La Orgía Después del Baby Shower.
La Orgía Después del Baby Shower – La Noche en la Casa de Laura
Las invitadas se habían ido. La casa quedó en un silencio pesado, interrumpido solo por el tic-tac del reloj de pared y la respiración acelerada de las siete mujeres. Laura cerró la puerta principal con doble vuelta de llave, apagó las luces del living y dejó solo las lámparas bajas de la sala. Los globos del baby shower aún flotaban, los regalos envueltos seguían apilados en la mesa, las fotos de sus hijos mayores sonreían desde las paredes. Todo eso hacía que la escena que estaba por comenzar se sintiera aún más prohibida.
Los ocho hombres entraron en fila india, oliendo ya a sudor rancio, pies sin lavar, axilas concentradas y ropa que llevaba semanas sin tocar agua. No hablaron al principio. Solo miraron.
Carla tomó la palabra con voz tranquila pero firme:
—Esta noche es especial. Laura está de siete meses, así que con ella todo va a ser suave, lento, cariñoso. Nada profundo ni rudo. Solo penetración vaginal suave, mucho contacto, muchos besos y palabras lindas. Con las hermanas… ellas ya saben lo que quieren. Pueden ser más intensas, más sucias, más brutales. Pero siempre con consenso. Si alguien dice “basta” o “más lento”, paran al instante.
Las mujeres asintieron. Valentina, Camila y Florencia se miraron entre ellas con una mezcla de nervios y hambre. Laura se sentó en el sofá grande, el vestido de fiesta subido hasta la cintura, piernas abiertas con cuidado, vientre prominente brillando bajo la luz tenue.
Con Laura – Suave, lento, reverente
El anciano principal se acercó primero a Laura. Se arrodilló frente a ella como si fuera un altar.
—Reina… mirá qué hermosa estás. Con ese panzón lleno de vida… y sin embargo viniste a que te llenemos con cuidado. Sos un milagro, mamita.
Le besó el vientre despacio, labios cálidos rozando la piel estirada. Luego bajó y lamió su sexo con ternura, lengua plana y lenta recorriendo los labios hinchados por el embarazo. Laura suspiró, cerrando los ojos.
El alto de piel oscura se colocó detrás del sofá, le levantó el pelo y le besó el cuello con besos largos y húmedos.
—Sos preciosa… dejame cuidarte, reina. Voy a entrar despacito, solo lo que tu cuerpo pida.
Se bajó los pantalones. Su polla gruesa y venosa entró en el coño de Laura con una lentitud casi dolorosa. Solo la mitad, luego un poco más, deteniéndose cada vez que ella jadeaba. Movimientos suaves, circulares, sin empujar fuerte. El gordo de barba larga se unió lamiéndole las tetas hinchadas, chupando los pezones con cuidado, mientras le susurraba:
—Qué tetas tan llenas… qué ricas… dejame saborearte mientras te cuidamos, reina hermosa.
Laura gemía bajito, las manos acariciando su propio vientre, sintiendo las pataditas del bebé mientras dos lenguas y una polla la atendían con devoción. Todo era lento, húmedo, lleno de palabras dulces y admiración.
—Sos una madre preciosa… una reina embarazada que se entrega… te vamos a llenar de amor sucio pero suave…
Con las hermanas – Rudo, sucio, sin freno
Mientras Laura era adorada en el sofá, el resto de los hombres se lanzó sobre Valentina, Camila y Florencia como perros hambrientos.
Valentina fue empujada contra la pared del comedor. Dos hombres la levantaron por las axilas y le abrieron las piernas en el aire. El gordo de barba larga le escupió un gargajo espeso directo en el ano y empujó su polla gruesa de un solo movimiento. Valentina gritó, pero era placer puro.
—Mirá cómo te abro el culo, reina mayor… esa conchita fina ya está chorreando, pero el orto es mío ahora.
Otro le metió la polla en la boca sin aviso, follándole la garganta con embestidas cortas y brutales.
—Chupá, mamita… tragate la mugre de negro viejo. Sos demasiado correcta para esto… por eso te encanta.
Valentina se ahogaba, saliva espesa cayéndole por la barbilla, pero empujaba las caderas hacia atrás, pidiendo más.
Camila fue tirada sobre la mesa del comedor, la misma donde horas antes habían servido la torta. Tres hombres la rodearon. Uno le metió la polla en el coño de un empujón seco, otro en el ano sin preparación más que un escupitajo rápido. El tercero le metió un pie sudado y negro en la boca.
—Olemé el pie mientras te rompen los dos agujeros, dulce… mirá cómo te estiran, qué apretadita estás todavía.
Camila gemía alrededor de los dedos del pie, lamiendo la suciedad entre ellos, sabor a vinagre rancio y sudor viejo. Las dos pollas la embestían con fuerza, chocando dentro de ella, semen viejo y escupitajos goteando por sus muslos.
Florencia fue la más salvaje. La pusieron en cuatro en el centro del living, sobre la alfombra donde sus sobrinos jugaban. Cuatro hombres la rodearon. Dos le metieron las pollas en el coño al mismo tiempo —doble vaginal brutal, estirándola al límite—, otro en el ano, y el cuarto le folló la boca con embestidas profundas hasta la garganta.
—Mirá esta hermana menor… piernas largas, culo perfecto… y abriéndose para cuatro negros sucios. Sos una puta fina, mamita… tragate todo.
Florencia empujaba hacia atrás, pidiendo más, saliva y lágrimas cayéndole por la cara, el cuerpo temblando de placer masoquista.
El contraste y los sonidos de la casa
Mientras Laura gemía suavemente en el sofá, rodeada de besos y caricias lentas, sus hermanas gritaban y jadeaban en el resto de la sala: sonidos de carne chocando fuerte, gargajos espesos cayendo, pies siendo lamidos, pollas entrando y saliendo con ruido húmedo, insultos sucios mezclados con alabanzas obscenas.
—Sos una reina embarazada… te vamos a llenar con cuidado…
—Mirá cómo te rompen el culo, puta fina… empujá más fuerte…
—Tragá mi mugre, dulce… sos hermosa cuando te ahogás…
Laura, desde el sofá, miraba a sus hermanas siendo usadas con rudeza y sentía una mezcla de ternura y excitación enfermiza. Extendió la mano hacia ellas, y Camila, entre embestidas, se la tomó un segundo, apretándola fuerte.
La casa entera olía ya a sexo, sudor, esmegma y fluidos. Los globos del baby shower seguían flotando inocentemente sobre el caos.
El Clímax de la Orgía – La Casa de Laura
La sala ya no parecía la misma.
El olor era espeso, casi sólido: sudor rancio de ocho cuerpos masculinos, axilas fermentadas, pies sin lavar, esmegma acumulado, semen viejo, jugos femeninos, escupitajos espesos y ese toque ácido que dejan los genitales sin higiene durante días. Los globos del baby shower seguían flotando en silencio, pero ahora estaban rodeados de gemidos, sonidos húmedos de carne chocando, gargajos cayendo al piso y respiraciones pesadas.
Laura seguía en el sofá, protegida en su propio mundo suave.
El anciano principal seguía moviéndose dentro de ella con embestidas lentas y profundas, sin llegar nunca al fondo para no molestar el vientre. Cada salida dejaba un hilo viscoso de jugos y semen precoz. El alto de piel oscura le besaba el cuello y las tetas hinchadas, chupando los pezones con cuidado mientras le susurraba:
—Reina… estás preciosa así… llena de cariño sucio… dejame llenarte despacito, solo para vos…
Laura gemía bajito, una mano en su vientre sintiendo las pataditas del bebé, la otra en la cabeza del hombre que le lamía el clítoris con lengua plana y lenta. Su orgasmo llegó como una ola suave pero larga: temblor en las piernas, un chorro tibio que mojó la panza del anciano, suspiros largos y lágrimas de placer puro.
—Gracias… gracias… —susurró ella, exhausta y feliz.
Pero en el resto de la sala, sus hermanas estaban en otro universo.
Valentina – Ruda, rota y extasiada
Valentina ya no estaba contra la pared.
La habían bajado al piso, sobre la alfombra donde sus sobrinos jugaban. Estaba en cuatro, culo en alto, cara pegada al suelo. Dos hombres la penetraban al mismo tiempo: uno en el coño con embestidas fuertes y cortas, el otro en el ano con empujones profundos y brutales. Un tercero le follaba la boca hasta la garganta, haciendo que la saliva espesa le corriera por la barbilla y goteara al piso en hilos largos.
El gordo de barba larga le agarró el pelo y le habló mientras la embestía:
—Mirá cómo te rompemos, reina mayor… esa conchita fina que tu marido no toca… ahora está llena de pija negra y sucia. Empujá más, puta… dejá que te abramos el culo hasta que grites.
Valentina gritaba alrededor de la polla en su boca, lágrimas de placer y esfuerzo rodándole por las mejillas. Su cuerpo se convulsionaba con cada doble penetración. Cuando el hombre del ano se corrió, chorros calientes y espesos le llenaron el recto hasta rebosar, goteando por sus muslos en hilos viscosos y amarillentos. El del coño la siguió segundos después, vaciándose dentro con gruñidos animales.
Valentina se corrió tan fuerte que perdió el aliento: un chorro potente salió de su coño, salpicando la alfombra, mientras su ano se contraía alrededor de la polla que aún estaba dentro. El hombre de la boca se retiró y eyaculó sobre su cara y pelo: semen espeso cayendo en su frente, en sus pestañas, en su boca abierta.
Quedó temblando en el piso, cubierta de fluidos, respirando agitada, pero con una sonrisa rota y satisfecha.
Camila – Dulce por fuera, destrozada por dentro
Camila seguía sobre la mesa del comedor.
Tres hombres la rodeaban. Uno la follaba el coño con embestidas rápidas y profundas, panza golpeando contra sus muslos. Otro le había metido dos dedos en el ano y los movía con rudeza mientras le escupía gargajos en la cara. El tercero le metía el pie sudado en la boca, obligándola a chupar los dedos negros y mugrientos.
—Tragá el sudor de mi pie, dulce… mirá cómo te estiran los agujeros… sos una maestra fina y ahora estás chupando mugre de calle.
Camila gemía alrededor del pie, lengua entre los dedos, sabor a vinagre rancio y tierra vieja llenándole la boca. Cuando el hombre del coño se corrió dentro, chorros calientes y grumosos, ella explotó: un orgasmo violento que la hizo arquearse sobre la mesa, chorro tras chorro saliendo de su coño y empapando la madera. El del ano metió tres dedos y los movió rápido hasta que ella gritó otro orgasmo, ano contraído, lágrimas de placer rodando.
El tercero se masturbó sobre su cara y eyaculó en su boca abierta: semen espeso mezclado con restos de esmegma que ella tragó con avidez, tosiendo y gimiendo al mismo tiempo.
Quedó tirada sobre la mesa, piernas abiertas, semen goteando de coño y ano, cara brillante de fluidos, respirando como si hubiera corrido una maratón.
Florencia – Salvaje, insaciable, la más rota
Florencia era el centro del caos.
Estaba en el piso, en medio del living, rodeada de cuatro hombres. Dos pollas gruesas en su coño al mismo tiempo —doble vaginal brutal, estirándola hasta el límite—, una en el ano empujando con fuerza, y otra follándole la garganta hasta que la saliva le corría por el cuello y las tetas.
—Esta puta menor… piernas largas, culo perfecto… mirá cómo se traga cuatro pijas sucias. Empujá más, reina… dejá que te rompamos.
Florencia empujaba hacia atrás con furia, pidiendo más con gestos y gemidos ahogados. Cuando los dos del coño se corrieron casi al unísono, chorros calientes y espesos la llenaron hasta rebosar, goteando por sus muslos en cascadas viscosas. El del ano eyaculó dentro, semen caliente inundando su recto. El de la boca se retiró y descargó sobre su cara y pelo: semen espeso cayendo en sus ojos, en su boca abierta, en su lengua extendida.
Florencia se corrió tres veces seguidas: la primera con un grito ahogado, la segunda con chorro potente que salpicó el piso, la tercera tan intensa que perdió el aliento y se quedó temblando, cuerpo convulsionando, ano y coño abiertos y goteando.
El cierre – Todas juntas
Cuando los hombres empezaron a terminar uno tras otro, las mujeres se arrastraron hacia el centro del living.
Valentina, Camila y Florencia se abrazaron entre sí, cubiertas de semen, sudor y saliva, besándose con bocas llenas de fluidos y restos de mugre. Laura, aún suave y protegida, se acercó gateando y las abrazó también, sintiendo el calor de sus cuerpos temblorosos.
Carla las rodeó con los brazos, mirando el desastre a su alrededor: la alfombra empapada, la mesa manchada, los globos del baby shower flotando sobre un mar de fluidos.
—Están hermosas… todas —susurró Carla, voz ronca de excitación—. Esto es lo que somos ahora.
Las hermanas se miraron entre risas agotadas y lágrimas.
Valentina, con semen goteando de su pelo:
—Nunca pensé que podría sentirme tan viva… con mis hermanas al lado.
Camila, ano aún palpitando:
—Somos nosotras… juntas… sucias… y libres.
Florencia, cara cubierta de semen espeso:
—Quiero que esto nunca termine.
Laura, acariciándose el vientre:
—Cuando nazca el bebé… volvemos. Más fuerte.
Los hombres, exhaustos pero sonrientes, las miraban con admiración pura.
—Cuando las señoras quieran… siempre vamos a estar acá.
La casa quedó en silencio, solo respiraciones pesadas y el olor de sexo crudo impregnado en cada rincón.
El Clímax de la Orgía – La Noche en la Casa de Laura (Continuación)
Los ocho indigentes quedaron exhaustos, tirados en el piso o apoyados contra las paredes, pollas flácidas goteando los últimos restos de semen, cuerpos brillantes de sudor y fluidos femeninos. Respiraban agitado, mirando el desastre que habían dejado: las hermanas Valentina, Camila y Florencia cubiertas de semen espeso y amarillento, saliva viscosa resbalando por sus caras y tetas, coños y anos abiertos y goteando chorros mixtos de jugos y leche negra sucia. Laura, en el sofá, aún temblando de su orgasmo suave, con el vientre prominente intacto pero el coño húmedo de lamidas y penetración gentil.
El aire estaba cargado: olor a sexo crudo, sudor rancio, esmegma fermentado, escupitajos secos en la alfombra. Pero las mujeres no estaban listas para terminar. Se miraron entre ellas —Laura, Sofía, Carla, y las tres hermanas— con una complicidad nueva, perversa. Sin decir nada, se arrastraron hacia el centro del living, formando un círculo sobre la alfombra manchada.
Carla fue la primera en moverse. Se acercó a Laura y la besó en la boca con ternura, lengua suave explorando, saboreando los restos de saliva masculina que aún quedaban en sus labios.
—Vamos a terminar nosotras —susurró Carla—. Dejá que te cuidemos, mi amor.
Sofía se unió, lamiendo despacio el cuello de Laura, bajando a sus tetas hinchadas por el embarazo, chupando los pezones con cuidado mientras le masajeaba el vientre.
Laura gimió bajito, extendiendo una mano hacia sus hermanas.
Valentina, Camila y Florencia se acercaron gateando, cuerpos pegajosos de semen y sudor. Valentina fue la primera en romper el tabú: se inclinó y besó a Camila en la boca, lengua metiéndose profunda, babosa, intercambiando el semen que aún quedaba en sus labios. El beso era incestuoso, prohibido, cargado de años de amor fraternal ahora torcido en deseo sucio.
—Hermanita… —murmuró Valentina entre besos—. Mirá lo que somos ahora… putas juntas…
Camila gimió en la boca de su hermana mayor, mano bajando a tocar su coño goteando semen. Florencia se unió al beso, convirtiéndolo en un triple: tres lenguas babosas entrelazadas, saliva espesa cayendo por sus barbillas, sabores de esmegma y semen masculino mezclados con sus propios jugos.
Los indigentes, agotados pero con los ojos muy abiertos, se sentaron en círculo alrededor, mirando el espectáculo con sorpresa y excitación renovada.
—Miren nomás… —gruñó el anciano, voz ronca—. Las hermanas besándose como putas incestuosas… qué sucias son… besando bocas llenas de nuestra leche negra…
El gordo de barba larga soltó una risa gutural:
—Hermanitas lamiéndose… mirá cómo la mayor mete la lengua en la boca de la menor… son unas zorras familiares… chupen más, putitas… muéstrennos lo incestuosas que son…
El alto de piel oscura se masturbó despacio, polla medio dura de nuevo:
—Dios… nunca vi algo tan sucio… hermanas tocándose los coños goteando semen… qué familia de putas… lamansen los culos, reinas… muéstrennos lo pervertidas que son.
Las hermanas ignoraron los gritos al principio, perdidas en su propio mundo. Valentina empujó a Camila al piso y se sentó en su cara, coño goteando semen directo en la boca de su hermana menor.
—Lámeme, hermanita… traga lo que me dejaron adentro… —gimió Valentina, frotándose contra la lengua de Camila.
Camila lamió con avidez, saboreando el semen ajeno mezclado con los jugos de su hermana, lengua metiéndose profunda en el coño y el ano abiertos. Florencia se unió, lamiendo el coño de Valentina por detrás mientras besaba a Camila en las tetas.
Carla y Sofía se acercaron a Laura. Carla lamió su clítoris hinchado con ternura, lengua suave explorando los pliegues. Sofía se sentó al lado y besó a Laura en la boca, manos masajeando sus tetas llenas.
—Estás preciosa, mi amor… dejame saborearte suave —susurró Carla entre lamidas.
Laura gimió, orgasmo suave llegando de nuevo, chorro tibio en la boca de Carla.
Los indigentes gritaban obscenidades, sorprendidos por el giro incestuoso:
—Miren a las hermanitas… la mayor sentada en la cara de la menor… tragando leche de coño familiar… qué putas incestuosas!
—Hermanas lamiéndose los culos… mirá cómo la menor mete la lengua en el orto de la mayor… son unas zorras de sangre… más sucio que nosotros!
—Dios… nunca pensé que vería hermanas follando entre ellas… chupen más, putitas familiares… muéstrennos lo pervertidas que son las finas!
Valentina se corrió gritando en la boca de Camila, chorro caliente salpicando la cara de su hermana. Camila la siguió, temblando bajo el peso, orgasmo convulsionando su cuerpo. Florencia se unió, frotándose contra el muslo de Valentina hasta correrse en un gemido ahogado.
Las tres hermanas quedaron entrelazadas, besándose con bocas llenas de jugos y semen, cuerpos temblando en el piso.
Los indigentes aplaudían y gritaban, pollas medio duras de nuevo por el espectáculo.
—Qué familia de putas… hermanas incestuosas y sucias… vengan por más cuando quieran!
La noche terminó con las mujeres abrazadas, exhaustas, el secreto más profundo que nunca.
Los ocho hombres se fueron poco a poco, casi en silencio.
Uno por uno se vistieron con la ropa rota y sucia que habían dejado amontonada cerca de la puerta, se despidieron con gruñidos bajos y miradas de satisfacción agotada, y desaparecieron en la noche de Quilmes. El último en salir fue el anciano principal: se detuvo en el umbral, miró a las mujeres una última vez y dijo con voz ronca pero casi respetuosa:
—Gracias, señoras… cuando quieran, ya saben dónde encontrarnos.
Laura cerró la puerta con doble llave, apoyó la frente contra la madera y soltó un suspiro largo. El silencio que quedó después fue ensordecedor.
La casa olía a sexo crudo, sudor masculino rancio, semen seco, pies sin lavar y esa mezcla ácida de fluidos que se pega a todo. La alfombra del living tenía manchas oscuras y pegajosas. La mesa del comedor —la misma donde habían servido la torta del baby shower— estaba brillante de jugos y semen reseco. Había hilos de saliva seca colgando de los bordes de los muebles, gotas amarillentas en el piso, huellas de pies sucios en el pasillo. Los globos seguían flotando inocentemente, pero ahora parecían fuera de lugar, como testigos mudos de algo que no deberían haber visto.
Las siete mujeres —Laura, Sofía, Carla, Valentina, Camila y Florencia— se quedaron quietas un momento, respirando el desastre que habían creado. Nadie quería moverse todavía.
Fue Camila la primera en hablar. Estaba sentada en el borde del sofá, piernas juntas, todavía temblando de las réplicas de sus orgasmos. Tenía semen seco en el pelo y en una mejilla.
—Dios… mirá cómo quedó todo… —susurró, casi riéndose de los nervios—. La alfombra donde juegan mis sobrinas… la mesa donde comemos los domingos… parece que pasó un huracán de mugre.
Valentina, apoyada contra la pared, se miró las manos pegajosas y soltó una risa corta, incrédula.
—Nunca pensé que iba a ver mi propia casa así… y menos que yo iba a ser parte de dejarla así. —Se pasó una mano por la cara, esparciendo sin querer más restos—. Me siento… sucia. Pero no solo por fuera. Por dentro también. Y al mismo tiempo… no quiero limpiarme todavía.
Laura se acercó despacio, todavía desnuda, el vientre prominente brillando bajo la luz tenue. Se sentó en el piso junto a la alfombra manchada y apoyó la espalda contra el sofá.
—No sé cómo voy a dormir esta noche sabiendo que mis hijos van a caminar por acá mañana… —dijo en voz baja—. Pero al mismo tiempo… no quiero borrar nada todavía. Quiero que quede un rato más. Quiero recordar que esto pasó en mi casa. En el lugar donde soy “la mamá”, “la esposa”, “la que organiza todo”.
Florencia se dejó caer al lado de Laura, piernas cruzadas, semen seco pegado en los muslos y en el pelo.
—Mi marido cree que estuve toda la tarde ayudando con el baby shower… —murmuró—. Cuando vuelva a casa mañana va a preguntarme cómo estuvo, y yo voy a tener que sonreír y decirle “lindo, todo bien”. Y mientras tanto voy a estar oliendo todavía a esto… a ellos… a nosotras.
Camila se abrazó las rodillas.
—Yo también. Mis nenas me van a pedir que les lea un cuento antes de dormir… y yo voy a estar pensando en cómo chupé un pie podrido mientras mi hermana me lamía. —Se le quebró un poco la voz—. Me siento culpable… pero también… libre. Como si por fin pudiera dejar de fingir que soy solo “la dulce Camila”.
Valentina se sentó junto a ellas, formando un semicírculo en el piso.
—Mi marido me dijo antes de venir “no te quedes hasta tarde, que mañana hay que llevar a los chicos al fútbol”. —Soltó una risa amarga—. Y yo acá, con semen en el pelo, oliendo a calle y a mis propias hermanas. Nunca me sentí tan lejos de la mujer que él cree que soy… y al mismo tiempo tan yo.
Sofía, que había estado callada, se acercó gateando y se sentó entre ellas.
—Mi marido ni siquiera preguntó cómo estuve hoy. Me dijo “divertite” y se fue. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza—. Y yo acá… sintiéndome más deseada en una noche que en años enteros de matrimonio. Me da bronca… y al mismo tiempo me da lástima por él. Porque nunca va a saber lo que es esto.
Carla fue la última en unirse al círculo. Se sentó detrás de Laura y la abrazó por detrás, manos suaves en su vientre.
—Nosotras somos las que decidimos quiénes somos cuando nadie nos ve —dijo en voz baja—. De día somos las madres, las esposas, las doctoras, las maestras, las organizadoras… pero de noche somos esto. Y está bien. No tenemos que pedir perdón por desearlo. Solo tenemos que cuidarnos entre nosotras.
Laura apoyó la cabeza en el hombro de Carla.
—Cuando nazca el bebé… todo va a cambiar. Voy a estar agotada, con ojeras, con olor a leche y pañales… y voy a extrañar esto. Pero también voy a querer volver. Porque ahora sé que puedo ser las dos cosas: la mamá y la puta.
Valentina asintió despacio.
—Yo también. Quiero seguir siendo la hermana mayor que organiza todo… pero también quiero seguir siendo la que se arrodilla y pide más.
Camila sonrió entre lágrimas.
—Y yo quiero seguir siendo la dulce… pero también la que traga lo que nadie más se anima.
Florencia soltó una risa corta y se limpió la cara con el dorso de la mano.
—Y yo quiero seguir siendo la rebelde… pero ahora de verdad. Sin fingir.
Se quedaron en silencio un rato largo, escuchando el goteo de algún fluido que caía de la mesa al piso, oliendo el desastre que habían armado juntas.
Laura fue la primera en levantarse.
—Vamos a limpiar… pero no todo. —Señaló una mancha en la alfombra—. Esa la dejo unos días. Quiero verla cada vez que pase y acordarme.
Las demás asintieron.
Empezaron a limpiar despacio: trapos húmedos, papel absorbente, desinfectante. Mientras frotaban, seguían hablando en voz baja.
Valentina, limpiando semen seco de la mesa:
—Mi marido nunca va a saber que su esposa se dejó llenar el culo mientras sus hermanas se lamían entre ellas al lado.
Camila, recogiendo un calcetín sucio que había quedado tirado:
—Mis nenas van a dormir en esta casa… y yo voy a recordar cómo me sentí cuando mi hermana mayor se sentó en mi cara.
Florencia, limpiando una pared salpicada:
—Y yo voy a seguir trabajando en casa, diseñando logos para empresas serias… mientras pienso en cómo me rompieron cuatro hombres delante de mis hermanas.
Laura, pasando un trapo por el sofá donde había sido penetrada suavemente:
—Y cuando mi bebé nazca y duerma en la pieza de al lado… voy a recordar que esta casa también fue el lugar donde me sentí más deseada de mi vida.
Carla las miró a todas, sonriendo con una mezcla de ternura y orgullo.
—Somos una familia rara… pero somos familia. Y esto no va a terminar.
Se abrazaron en medio del living todavía a medio limpiar, cuerpos desnudos y pegajosos, riendo bajito entre lágrimas y cansancio.
La casa olía todavía a sexo.
Pero ahora también olía a ellas.
Cuando terminaron de limpiar —o al menos de disimular lo peor—, la casa volvió a parecerse un poco a lo que había sido antes. La alfombra quedó húmeda en algunos lugares y con manchas oscuras que el desinfectante no pudo borrar del todo. La mesa del comedor brillaba de nuevo, aunque todavía olía levemente a semen seco y sudor si te acercabas mucho. En el sofá donde Laura había estado recostada quedaron algunas marcas de humedad que nadie mencionó. Los globos seguían flotando, pero ahora parecían fuera de lugar, como si hubieran presenciado algo que no debían.
Las siete mujeres —Laura, Sofía, Carla, Valentina, Camila y Florencia— se sentaron en círculo en el living, todavía desnudas o semidesnudas, envueltas en toallas o en mantas que Laura había traído del armario. No había prisa por vestirse. El olor a sexo todavía flotaba en el aire, mezclado con el aroma a limón del limpiador. Nadie quería romper ese momento todavía.
Fue Laura la primera en hablar, sentada en el mismo sofá donde había sido penetrada con tanto cuidado. Acariciaba su vientre con movimientos lentos, casi protectores.
—Esta casa… —dijo en voz baja— es donde festejamos cumpleaños, donde mis hijos hacen los deberes en esa mesa, donde mi suegra viene a tomar mate los domingos. Y hoy… hoy la usamos para esto. —Hizo una pausa, miró a sus hermanas y a Sofía y Carla—. Y no sé cómo explicarlo… pero me excita tanto que me da vergüenza. Me da vergüenza que me excite tanto.
Valentina, envuelta en una manta, se abrazó las rodillas.
—A mí también me da vergüenza… pero al mismo tiempo no puedo parar de pensar en eso. En que esa misma mesa donde comemos asado con la familia… hace unas horas estaba Camila tirada ahí, con tres hombres dentro de ella. —Miró a su hermana menor—. Y yo… yo estaba contra la pared, sintiendo cómo me rompían el culo mientras te oía gemir al lado. Es como si la casa ahora tuviera dos memorias: la de siempre… y esta. Y la nueva me pone más caliente que cualquier cosa que haya vivido con mi marido.
Camila se sonrojó, pero no apartó la mirada.
—Es raro… porque cuando estoy con mis nenas, cuando les preparo la merienda o las ayudo con la tarea… de repente me acuerdo de cómo me senté en tu cara, Valentina. —Levantó la vista hacia su hermana mayor—. Y me mojo. Me mojo pensando que en esa misma cocina donde les doy de comer a mis hijas… yo estuve chupando un pie sucio mientras mi hermana mayor me lamía el coño. Y lo peor… es que no me arrepiento. Me siento… poderosa. Como si tuviera un secreto que nadie más tiene.
Florencia soltó una risa corta y nerviosa, todavía con restos de semen seco en el pelo.
—A mí me pasa lo mismo, pero al revés. Me excita justamente porque es mi casa, la casa de mi hermana. Cada vez que venga a visitar y vea esa alfombra… voy a recordar que estuve en cuatro ahí, con cuatro hombres rompiéndome al mismo tiempo, mientras mis hermanas se lamían al lado. —Miró a Laura—. Y vos, Lau… embarazada, en tu sofá, siendo tratada como una reina mientras nosotras nos dejábamos destrozar. Es como si esta casa ahora fuera… sagrada y profana al mismo tiempo.
Sofía, que había estado escuchando en silencio, habló por fin. Se abrazaba el vientre, también embarazada.
—Para mí es parecido… pero más fuerte porque no es mi casa. Vine acá a un baby shower, a un lugar “normal”, y terminé viendo cómo tres hermanas se lamían entre ellas después de ser usadas por esos hombres. —Se le quebró un poco la voz—. Y me dio… envidia. Envidia de que ustedes tengan eso entre ustedes. Ese lazo. Ese secreto familiar tan sucio. Yo no tengo hermanas… pero hoy sentí que era parte. Y me excitó tanto que todavía estoy temblando.
Carla, siempre la más serena, se sentó en el medio y las fue mirando una por una.
—Esto que estamos viviendo… es una doble vida. De día somos madres, esposas, profesionales, mujeres “correctas”. Y de noche… somos esto. Y el morbo no viene solo del sexo sucio o de los olores o de las pollas. Viene de que lo hacemos en los lugares donde se supone que somos “buenas”. En la casa donde criamos hijos. En la mesa donde comemos en familia. En el sofá donde vemos películas con nuestros maridos. Ese contraste… esa traición al “deber ser”… es lo que nos prende fuego.
Laura asintió despacio, lágrimas asomando en los ojos, pero no de tristeza.
—Cuando mi bebé nazca… voy a estar en esta misma sala amamantándolo. Y cada vez que mire la alfombra… voy a recordar que ahí mis hermanas se lamieron después de ser folladas. Y no sé si eso me va a dar culpa o… o me va a dar ganas de volver a hacerlo cuando pueda.
Valentina se limpió una lágrima que le caía.
—Mi marido va a venir mañana a buscarme. Va a entrar por esa puerta, va a besar a los chicos… y yo voy a tener que mirarlo a los ojos y fingir que pasé una tarde “normal”. Mientras mi cuerpo todavía huele a ellos… y a mis hermanas. Y lo peor… es que no quiero que deje de oler. Quiero llevarme un poco de esto a casa.
Camila sonrió, casi con dulzura.
—Y yo voy a volver con mis nenas… y cuando me pidan que les cante una canción de cuna… voy a cantarles… pero por dentro voy a estar pensando en cómo me sentí cuando mi hermana mayor se sentó en mi cara y me hizo correrme mientras los hombres miraban y nos llamaban putas incestuosas.
Florencia soltó una risa baja.
—Y yo… yo voy a seguir diseñando cosas lindas para clientes serios… pero cada vez que vea una familia feliz en una publicidad… voy a recordar que nosotras somos una familia… pero de otro tipo.
Se quedaron calladas un rato largo.
Laura fue la primera en levantarse.
—Vamos a terminar de limpiar lo que falta… pero dejemos algunas manchas. Quiero que queden. Quiero que esta casa tenga memoria de nosotras.
Las demás asintieron.
Se abrazaron en el centro del living, todavía desnudas, todavía oliendo a sexo y a ellas mismas.
Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna sintió que tenía que pedir perdón por ser quien era.


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