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Dominación Mujeres, Incestos en Familia

La hija del robo

A Clara le robaron algo antes de que aprendiera a llamar miedo a esa sensación constante en el pecho. No fue un robo violento. Fue lento, silencioso, metódico. Tenía once años cuando entendió que su casa no era un refugio.

A Clara le robaron algo antes de que aprendiera a llamar miedo a esa sensación constante en el pecho. No fue un robo violento. Fue lento, silencioso, metódico. Tenía once años cuando entendió que su casa no era un refugio: su padre no dormía, escuchaba cada ruido como una amenaza y convertía cada cerradura en un ritual.
Clara era una niña luminosa, de sonrisa fácil, con el cabello del color del trigo y los ojos atentos de su madre, Elena. Ella intentaba llenar la casa de risa y desorden, suavizar la rigidez de Vincent, su padre, un psiquiatra brillante que confundía la protección con el control. Donde él imponía silencio, ella ofrecía calidez. Aun así, el silencio siempre ganaba.

Vincent llamaba a Clara “mi pequeña” como si el diminutivo pudiera detener el tiempo. Analizaba cada gesto, cada salida, cada posibilidad de peligro. Había aprendido a diseccionar las mentes ajenas mientras ocultaba la suya tras disciplina y método. Amaba a su hija con una intensidad que rozaba la asfixia.

Clara no lo sabía, pero su vida ya estaba marcada por un caso que su padre había aceptado tratar.

Francisco tenía dieciocho años. Educado, paciente, peligrosamente atento. Observaba para entender, y entendía para usar. Durante meses estudió a Vincent en su propio consultorio y descubrió su mayor debilidad: no el miedo, sino la obsesión por proteger.

Francisco nunca forzaba nada. Esperaba.

La noche que Vincent lo invitó a cenar, Clara sirvió la sopa y sonrió al joven amable que le contaba chistes. Su padre vio respeto. Su madre, timidez.

Francisco vio otra cosa.

Vio exactamente qué podía robar.

Clara tenía once años y una forma de moverse que todavía no había aprendido a desconfiar del espacio que ocupaba, una inocencia física que a Francisco le resultaba deliciosa. Caminaba entre la cocina y el comedor con la naturalidad de quien se sabe amada, ajena a la tensión invisible, eléctrica, que se había instalado en la mesa. Para ella, Francisco era solo el amigo de papá, el joven educado que decía gracias, que reía en el momento justo y que no levantaba la voz.

Pero Francisco no veía a una niña. Veía una promesa.

Mientras Clara partía un panecillo, los ojos de él no buscaban contacto social, sino información táctica. Observaba la forma en que sus labios se humedecían al masticar, el brillo efímero de su lengua pequeña atrapando una migaja, los incipientes pechos bajo la blusa de algodón, planos que pronto demandarían atención. No había morbo en su mirada en el sentido convencional; había una fría, clínica y absoluta lascivia. Para Francisco, Clara no era un ser humano con derechos, sino un objeto de colección en etapa de desarrollo, una pieza de porcelana que aún estaba en el horno y que él ya se había ganado el derecho a romper.

Memorizó sus gestos con la precisión de un archivista, pero los archivaba en un expediente mental marcado como «Propiedad». La manera en que Clara evitaba el contacto visual cuando se sentía observada no le parecía timidez, sino un instinto de presa reconociendo al depredador, algo que lo excitaba profundamente. Cómo pedía permiso con la mirada antes de hablar, sumisa, educada, perfecta. La forma en que bajaba la voz cuando Vincent entraba en la habitación, el miedo reverencial que le infundía su propio padre.

—Qué dulce —pensó Francisco, sintiendo un hormigueo en las yemas de los dedos—. Las niñas como Clara no se quiebran con golpes. Se moldean con atención. Se destapan con paciencia.

Elena fue la única que sintió el desajuste, su instinto maternal vibrando con una alarma que su intelecto no podía descifrar. No supo explicarlo, solo que algo en la presencia de Francisco alteraba el ritmo doméstico, como una nota sostenida fuera de tono. Cuando lo comentó, tartamudeando sobre una incomodidad inespecífica, Vincent sonrió con condescendencia.

—Amor, eso es proyección —le corrigió, con la voz suave y pedante—. Estás transfiriendo tus propios miedos de abandono al paciente. Francisco es un ejemplo de resiliencia. Tu cerebro busca patrones donde solo hay casualidad.

Elena calló. Había aprendido que discutir con un hombre convencido de su propia lucidez era otra forma de perder, así que bebió un sorbo de vino y tragó su angustia, dejando a su hija desprotegida.

Esa noche, después de la cena, Clara llevó los platos al fregadero. Francisco se levantó de un salto, con una agilidad que sorprendió a Vincent.

—Déjame ayudar, Clara —ofreció, acercándose a ella.

Vincent observó la escena desde el otro lado de la mesa con una satisfacción silenciosa, borracho de su propia genialidad terapéutica: su paciente socializaba, se integraba, progresaba. No vio cómo Francisco ajustó su comportamiento a la altura exacta de la niña, invadiendo su espacio vital con una naturalidad calculada. No vio cómo él calibró su voz para no parecer cercano ni distante, sino pertinente.

Pero lo más grave fue lo que Vincent no vio en la espalda de su hija. Cuando Francisco se acercó al escurridor, «accidentalmente» rozó el hombro de Clara con su verga. La niña se tensó, su cuerpo se hizo rígido como un alambre, y retrocedió medio paso, un reflejo de rechazo puro e instintivo. Francisco sonrió, bajando la mirada hacia la nuca de ella, donde el pelo fino revelaba la piel pálida. Disfrutó de ese rechazo. El miedo era un afrodisíaco. Sabía que ella sentía algo, que su cuerpo detectaba el peligro aunque su mente no tuviera nombre para él.

A partir de entonces, las coincidencias comenzaron a multiplicarse como una enfermedad.

Francisco aparecía en lugares donde Clara estaba: en la librería del barrio, mirando el mismo cómic que ella; en el parque, sentado en un banco cercano con un libro que no leía; en el pasillo del edificio, esperando el ascensor con una paciencia de pesca. Siempre con una excusa razonable. Siempre con una sonrisa correcta.

Nunca cruzó un límite visible. Eso era lo que lo volvía peligroso. Se mantenía en el umbral, probando la resistencia.

En una ocasión, Clara se quedó sola esperando a su madre frente al colegio. Francisco pasó caminando, despacio. Se detuvo frente a ella.

—Hola, Clara —dijo, con una voz suave, como si le estuviera susurrando un secreto—. Te veo más alta cada día.

Clara apretó los libros contra el pecho, sintiendo cómo ese «te veo» le recorría la piel como una mano invisible. —Hola —respondió ella, apenas un susurro.

Francisco la miró a los ojos, y luego, con una lentitud insultante, bajó la mirada hacia sus piernas desnudas bajo el uniforme, antes de volver a su rostro. Fue un segundo. Un solo segundo. Pero en ese segundo, Clara sintió que le quitaba la ropa, que él estaba tocando algo que no debía ser tocado.

—Cuídate —dijo él, y se fue, sabiendo que la semilla de la incomodidad acababa de germinar.

Vincent interpretó esas presencias, que su hija le contaba, como señales de avance terapéutico. Hablaba de integración social, de vínculos sanos, de la importancia de figuras de referencia estables fuera del núcleo familiar. Anotaba en su libreta palabras como «mejora» y «estabilidad», sellando la condena de su hija con tinta negra.

La mente de Francisco no funcionaba como la de otros hombres. No había en él el caos típico de la lujuria impulsiva; él era un arquitecto del deseo, un constructor de escenarios donde la moralidad no solo era innecesaria, sino un estorbo. Mientras la ciudad dormía o transitaba indiferente bajo sus ventanas, Francisco cerraba los ojos y desmontaba a Clara pieza a pieza en su taller mental.

No se limitaba a imaginarla desnuda; eso sería vulgar, algo propio de un aficionado. Él recreaba la mecánica de su sumisión. En sus fantasías, Clara no tenía once años, sino una edad etérea y variable, ajustada a sus necesidades más oscuras. La veía más pequeña, indefensa, rodeada de una inocencia que él se encargaría de manchar de forma irreversible.

Uno de sus escenarios favoritos comenzaba en la casa de Vincent. Se imaginaba sentado en el sofá del salón, en el mismo lugar donde el psiquiatra presumía de su conocimiento. Clara entraba, con ese andar torpe de quien aún no ha crecido del todo. En la mente de Francisco, la ropa de ella no era una barrera, sino un envoltorio de papel que esperaba ser rasgado.

Visualizaba el momento del contacto con una precisión clínica. No se trataba de una caridad romántica; se trataba de la conquista. Se imaginaba acercándose a ella desde atrás, bloqueando su salida con una calma absoluta. Ella se giraba, con esos ojos grandes y asustados, y él sonreía. No con malicia, sino con la certeza de quien tiene derecho. En su mente, él le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos, sintiendo la suavidad de esa piel que no había conocido la rugosidad del mundo, y luego bajaba la mano por el cuello, lenta, inexorablemente, hasta dejarla descansar sobre su pecho plano.

Allí, en la oscuridad de su habitación, Francisco se excitaba al pensar en el ritmo cardíaco de Clara. Sabía, por los libros que había devorado y por la observación de Vincent, que el miedo acelera el pulso. Se deleitaba imaginando el pequeño tamborileo de su corazón contra su palma, un tambor de guerra que anunciaba la rendición.

Sus fantasías se volvían más gráficas, más textiles. Se imaginaba levantando la blusa de ella, revelando la palidez de su torso, la ausencia de curvas todavía, esa lisura casi infantil que era para él el máximo exponente de la pureza. No deseaba pechos maduros ni caderas anchas; deseaba esa tabla rasa, ese lienzo en blanco donde pudiera pintar su depravación sin que la biología de la mujer se interpusiera.

Se veía inclinándose para besar su vientre, para pasar la lengua por el ombligo, mientras Clara temblaba, confundida, paralizada por una orden que no entendía pero que sentía como una ley. Él disfrutaba de la idea de su confusión, de esa mezcla de miedo y una extraña gratitud que él mismo se encargaría de inculcarle. Quería ser el primero en enseñarle que su cuerpo no era una cárcel, sino un instrumento para el placer de otros.

Francisco recorría cada centímetro de su cuerpo imaginario con la atención de un relojero. Pensaba en sus piernas, delgadas y musculosas por correr, en la suavidad de sus muslos, en el misterio que se escondía entre ellos. Se masturbaba lentamente, saboreando la anticipación, imaginando el momento en que separaría sus piernas, no con violencia, sino con la autoridad de quien abre un libro que le pertenece.

En su fantasía más oscura, Clara no lloraba. Lo miraba con esos ojos oscuros, llenos de preguntas sin respuesta, y le entregaba su confianza. Él era su tío, su amigo, su protector. Y en ese rol, abusaba de ella con una suavidad aterradora. Le explicaba, con voz dulce y ronca, qué estaba pasando, normalizando el acto mientras sus manos exploraban lo prohibido. Le enseñaba a tocarle, a agradecerle, a aceptar que su verga en su mano o en su boca era un premio, una muestra de afecto superior.

Se imaginaba el sabor de su boca, pequeña, inexperta, miedosa. El calor de su aliento entrecortado. La textura de su lengua contra la suya, un baile torpe que él dirigiría con maestría. El pensamiento de introducir su pene en esa boca inocente, de ver cómo sus labios se estiraban para acomodarlo, de ver los ojos de ella llenarse de lágrimas de asombro y desconcierto, era casi suficiente para llevarlo al borde.

Pero siempre se detenía. Siempre.

Porque para Francisco, la eyaculación prematura era un fallo de planificación. Él no quería el orgasmo rápido; quería la posesión total. Quería prolongar el sufrimiento y el placer en su mente hasta que la línea entre realidad y deseo se borrara por completo.

La oportunidad no se presentó con un estruendo, sino con el aburrimiento silencioso de un jueves por la tarde. Vincent estaba inmerso en un congreso de psiquiatría en el centro de la ciudad, un evento de tres días sobre «Nuevas Terapias Cognitivas» que para él significaba la meca del intelecto, pero para Elena significaba tres días de soledad gestionando el caos de la casa. Elena, que trabajaba medio tiempo en una galería de arte, había tenido una emergencia: una tubería rota en el local había inundado parte de la exposición. El caos era absoluto. Necesitaba irse, necesitaba llamar a aseguradoras, buscar fontaneros, y no podía llevar a Clara a ese desastre.

Fue ahí, en ese momento de pánico doméstico, donde Francisco se ofreció. No como un salvador, sino como una solución logística. Llevaba dos semanas «integrándose» en la familia, ganándose la confianza de Elena, casi invisible discreción de un buen empleado.

—No te preocupes, Elena —dijo Francisco, con esa voz suave que parecía calmar el agua hirviendo—. Tengo el día libre. Puedo quedarme con Clara. Terminará los deberes y se la pasará bien.

Elena dudó por una fracción de segundo. Su instinto, ese radar materno que tantas veces había ignorado, parpadeó en rojo. Pero miró el reloj, miró el charco en el suelo de la galería a través del video de la llamada, y vio a Francisco. Lo vio limpio, educado, sonriente. Vincent confía en él, se repitió a sí misma. Vincent es el experto.

—Solo un par de horas —dijo Elena, soltando el aire—. Llámame si… si necesitas algo.

—Claro. Relájate. Nosotros estaremos bien.

La puerta se cerró con un golpe sordo. El sonido del seguro echándose resonó en el pasillo como un disparo en una iglesia vacía. Elena partió. Vincent estaba a kilómetros de distancia. Y la casa, esa fortaleza de controles y normas, quedó en manos de un solo hombre y una niña de once años.

Francisco se quedó de pie en el salón, escuchando el motor del coche de Elena alejarse hasta desaparecer. El silencio de la casa descendió sobre ellos, pesado y elástico. No había ningún otro ruido más que el tic-tac del reloj de pared y la respiración de Clara, que venía desde su habitación.

Sonrió. No fue una sonrisa de malicia, sino de satisfacción. La planificación había sido impecable. El escenario estaba listo. Ahora solo faltaba el acto.

Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo bebió lentamente, mirando por la ventana al patio trasero. Sabía que Clara estaba haciendo sus deberes en la mesa del comedor, como todos los días a esa hora. Sabía su rutina mejor que ella misma.

Caminó hacia el comedor. Clara estaba sentada, con la espalda arqueada sobre los cuadernos, mordiendo el extremo de un boli. Llevaba una falda de uniforme azul marino, un poco corta porque le había quedado pequeña el año pasado, y las medias blancas que subían hasta las rodillas. Cuando escuchó los pasos de Francisco, se giró, con esa sonrisa tímida que él tanto detestaba y amaba.

—¿Te ha gustado el pastel de mi madre? —preguntó ella, intentando ser amable.

—Estaba delicioso, Clara —respondió él, acercándose a la mesa—. Pero creo que nos falta hacer algo más divertido.

Clara frunció el ceño, confundida. —Tengo que terminar estas matemáticas. Papá se enfada si no termino antes de cenar.

Francisco se sentó frente a ella. No en la silla de Vincent, sino en una silla ligeramente baja, de modo que sus ojos quedaron a la altura de su pecho. La cercanía rompió la burbuja de seguridad de Clara. Ella intentó retroceder, pero la silla le impidió moverse.

—Las matemáticas pueden esperar —dijo Francisco, con una voz que ya no tenía el tono educado de antes. Era más grave, más gutural, una voz que emanaba autoridad y algo más, algo que hacía que el estómago de Clara se revolviera—. Hemos estado pasando mucho tiempo juntos, ¿verdad?

Clara asintió, incapaz de hablar. El aire en la habitación se sentía cargado, eléctrico.

—Yo creo que nos llevamos muy bien —continuó él, extendiendo una mano sobre la mesa. Sus dedos fueron largos, pálidos, y se detuvieron a milímetros de la mano de Clara—. Tú eres una niña muy inteligente. Y muy… bonita.

La palabra «bonita» colgó en el aire, sucia y pesada. Clara sintió cómo se le ponía la piel de gallina. Ella sabía lo que era guapa, le habían dicho mil veces, pero nadie le había dicho «bonita» con esa intención, con esa mirada que le recorrió el cuello y le bajó por la falda.

—Gracias —susurró ella, bajando la mirada.

Francisco se levantó entonces. La sombra de su cuerpo cayó sobre ella, bloqueando la luz de la ventana. Se acercó a su silla, poniendo las manos en los reposabrazos, atrapándola.

—¿Sabes qué pasa cuando dos personas se llevan tan bien, Clara? —susurró, inclinándose hasta que su aliento le calentaba la oreja—. Que se dan cosas.

El corazón de Clara empezó a latir con violencia, un tambor en sus oídos. Quería levantarse, quería correr a su habitación y cerrar la puerta con llave, pero sus piernas no respondían. El miedo la había paralizado, un miedo antiguo, instintivo, que le decía que se quedara quieta si no quería empeorar las cosas.

—No quiero jugar —dijo ella, con una voz temblorosa, tan baja que casi no se escuchó.

—Oh, pero esto no es un juego —dijo Francisco, pasando una mano por su cabello, acariciándole la nuca. El contacto fue suave, pero para Clara se sintió como una quemadura—. Esto es una lección. Una lección sobre tu cuerpo. ¿Te gusta tu cuerpo, Clara?

Ella no respondió. Las lágrimas empezaron a formarse en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. Vincent siempre decía que llorar era para los débiles, y ella no quería ser débil.

Francisco notó su resistencia, su pequeño intento de mantenerse entera. Eso solo lo excitó más. Le gustaba la lucha. Le gustaba la idea de romper esa fachada de niña buena.

—Vamos a ver —dijo, y sus manos bajaron a sus hombros, apretando con una firmeza que le quitó el aliento—. Tienes una boca muy linda, Clara. Una boca que sonríe mucho. Pero hoy va a hacer otra cosa.

Clara alzó la vista, horrorizada. No entendía, no quería entender. Pero Francisco ya se estaba desabrochando el cinturón. El sonido metálico de la hebilla abriéndose fue como un disparo en el silencio de la comedor.

—No… —soltó ella, una palabra de rechazo, de súplica.

—Sshh —dijo él, poniéndole un dedo sobre los labios—. Sin ruidos. Los niños buenos no gritan. Y tú eres una niña buena, ¿verdad?

Con movimientos lentos, deliberados, Francisco bajó la cremallera de su pantalón. El tejido rozó con un sonido sordo. Clara podía ver el bulto creciendo bajo la tela de sus calzoncillos, una forma amenazante que ella solo había visto en dibujos animados o en estatuas, pero nunca en la vida real, y nunca dirigida a ella.

—Mírame —ordenó.

Clara intentó desviar la mirada, pero él le agarró la barbilla con fuerza, obligándola a alzar la cara. Sus ojos se encontraron. Los de ella estaban llenos de terror puro, dilatados, suplicantes. Los de él estaban llenos de una calma absoluta, una calma aterradora.

—Esto es lo que hacen los hombres y las mujeres cuando se quieren mucho —mintió él, la voz untada de una dulzura venenosa—. Y yo quiero mucho a mi pequeña Clara. Tú también quieres a Francisco, ¿no?

Ella asintió con la cabeza, un movimiento mínimo, apenas un temblor en el cuello. Fue un acto de supervivencia, una traición a sí misma impulsada por el pánico absoluto. Su mente, pequeña y confundida, intentaba aferrarse a la lógica de las palabras de Francisco: si era una niña buena, si era cariñosa, entonces no pasaría nada malo. Si accedía, el miedo desaparecería. Pero el miedo no desaparecía; se consolidaba, se volvía una piedra fría en el estómago.

—Muy bien —murmuró él, soltándole la barbilla pero manteniendo la mano posada en su nuca, como un collar invisible—. Eres una niña muy obediente. Eso me gusta. Obediencia y… calma.

Francisco se apartó un paso, justo lo suficiente para permitir que sus manos bajaran hasta la cintura de su pantalón. Con una lentitud ensayada, desabrochó el botón y bajó la cremallera. El sonido seco del diente deslizándose resonó en la sala como un trueno lejano. Clara no pudo evitar mirar. Sus ojos estaban clavados en el movimiento de sus manos, hipnotizados por el horror de lo que estaba sucediendo. Allí, frente a ella, en la seguridad de su comedor, el mundo de los adultos estaba irrumpiendo con una violencia pasiva.

Bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas de un solo tirón, liberando su miembro. Se puso erecto de inmediato, palpitando al ritmo de su propia sangre, golpeándose ligeramente contra el abdomen, duro, grueso y enrojecido. Las venas marcadas parecieron serpientes bajo la piel pálida. Para Clara, aquello era un monstruo, una criatura ajena, grotesca y enorme, algo que no tenía cabida en la geometría de su comprensión del mundo. El olor, un olor intenso a piel, a sudor y a algo acre y masculino, la golpeó, invadiendo sus fosas nasales y haciéndola sentir náuseas.

Francisco notó su miedo, la forma en que sus ojos se abrían demasiado, la manera en que su respiración se cortaba. Le alimentaba. Disfrutaba de esa inocencia destrozándose en tiempo real.

—Míralo bien, Clara —dijo él, con una voz que no dejaba de ser suave, educada, como si le estuviera enseñando a leer—. Es natural. Es parte de mí. Y hoy, tú vas a ser parte de esto.

Se acercó de nuevo, invadiendo su espacio personal. Su erecto pene quedó a escasos centímetros de la cara de Clara. Ella apretó los ojos, intentando bloquear la imagen, intentando despertar de esa pesadilla.

—No cierres los ojos —ordenó él, y su voz perdio la dulzura, adquiriendo un filo de corte—. Te dije que fueras una niña buena. Las niñas buenas miran.

Clara los abrió, con dificultad. Las lágrimas empezaban a acumularse, empañando su visión, pero él estaba allí, imponente, ineludible.

—Abre la boca —dijo Francisco.

Clara se quedó inmóvil. Sus mandíbulas estaban apretadas, soldadas por el terror. No podía. Simplemente, no había forma en que su cuerpo aceptara aquello.

Francisco suspiró, un sonido de paciencia agotada. Le pasó el pulgar por el labio inferior de Clara, presionando hasta que la carne blanca se puso roja.

—Clara… —susurró—. No me obligues a enfadarme. ¿Quieres que me enfade? Si me enfado, tendrás que explicarle a papá por qué fuiste mala. Y papá se entristecería mucho. ¿Quieres entristecer a papá?

La mera mención de Vincent, la figura de autoridad suprema, el juez de su bondad, rompió la última resistencia de Clara. Ella no quería entristecer a papá. No quería ser la niña mala. Temblando, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza suficiente para romperle las costillas, relajó la mandíbula.

—Así es —alabó él.

Con una mano, se agarró la base de su miembro, apuntándola directamente a la boca de ella. Con la otra, le sujetó la nuca con más fuerza, inmovilizándola.

—Ábrala más —instruyó.

Clara obedeció, abriendo los labios como un pájaro que espera alimento, aunque lo que ella sentía en ese momento era la certeza de ser devorada. El aire entraba en su boca, seco y frío.

Francisco se inclinó hacia adelante e introdujo la cabeza glande de su pene entre sus labios.

La sensación fue extraña para Clara. Caliente, suave pero duro al mismo tiempo, con un sabor salado y metálico que le inundó la lengua. El contacto húmedo de su boca contra la piel sensible de él provocó que Francisco soltara un gemido profundo, un sonido visceral que hizo temblar a Clara hasta la médula. Él se detuvo ahí, solo la cabeza dentro, dejando que ella se acostumbrara al peso, a la invasión, a la humedad de su cavidad bucal.

—Sí… —siseó él, cerrando los ojos un instante para saborear el momento—. Así de caliente. Así de apretada.

Para Clara, el mundo se redujo a esa boca llena. Ya no respiraba por la nariz; el aire le entraba con dificultad. Tenía la mandíbula abierta más de lo que era cómodo, estirada hasta el dolor. Sus manos, que habían estado colgando a los lados de la silla, se aferraron ahora a los bordes del asiento, los nudillos blancos por la presión.

Francisco comenzó a moverse. No era un movimiento brusco, sino un lento bombeo, empujando un poco más adentro con cada embestida. Clara sintió cómo el glande rozaba su paladar, cómo la lengua, indefensa, era aplastada contra el suelo de su boca, sirviendo de lecho para esa intrusión. No podía tragar, la saliva se acumulaba, y tuvo que hacer un esfuerzo grotesco para no ahogarse.

—Usa la lengua —ordenó él, mirándola desde arriba, con una expresión de triunfo puro—. Muévela. Acaricia.

Clara no sabía cómo. Intentó mover la lengua, pero era torpe, torpe y asustada. El movimiento fue espasmódico, involuntario, pero para Francisco fue el cielo. La rugosidad de su lengua infantil, la inexperiencia, el miedo palpable en la humedad de su boca… todo contribuyó a aumentar su excitación a niveles que nunca había conocido.

Se separó un poco, dejando que su miembro saliera casi por completo, salpicando un poco de saliva mezclada con fluido preseminal en el labio inferior de Clara. El hilo plateado colgó de su barbilla, una prueba visual de su degradación. Clara sintió el frío del aire en la parte húmeda de su cara y quiso limpiarse, quitarse esa suciedad, pero no se atrevió a mover las manos.

—Ves qué fácil es —dijo Francisco, acariciándole la mejilla con la mano libre, mientras se masturbaba lentamente con la otra, frotando su saliva sobre la piel—. Eres natural, Clara. Naciste para esto.

Clara negó levemente con la cabeza, un movimiento lateral casi imperceptible con su boca todavía abierta, esperando el siguiente golpe.

—Oh, sí —insistió él—. Tu papá no lo sabe, pero tú eres especial. Eres mi secretito.

Y volvió a meterla. Esta vez, más profundo.

Clara sintió cómo la cabeza de su pene golpeó el fondo de su boca, rozando la entrada de su garganta. El reflejo de náusea fue inmediato, violento. Su garganta se contrajo, sus ojos se llenaron de lágrimas que finalmente derramaron, caliente y saladas, bajando por sus mejillas. Se ahogaba. No podía respirar. El pene de Francisco ocupaba todo el espacio, bloqueando su aire.

—Trágalo —gritó él, con una voz ronca, perdida en el placer—. ¡Trágalo!

Clara intentó, aspirando aire por la nariz con un silbido agudo, tragando la saliva y el líquido que él secretaba. El acto de tragar alrededor de él provocó una contracción muscular en su garganta que le apretó el miembro. …una succión húmeda y espasmódica que le arrancó un gemido gutural a Francisco, un sonido animal que resonó en las paredes del comedor. Para Clara, el mundo se fragmentó. Cada centímetro de carne la trasladaba a un punto que le impedía razonar con precisión. El pensamiento lineal, esa herramienta con la que intentaba entender las matemáticas o las normas de su padre, se disolvió en una niebla gris y asfixiante. Ya no había niña buena, ni deberes, ni normas. Solo había la boca, un objeto, un orificio utilizado para el placer ajeno.

El pene de Francisco empujó más allá de la barrera de sus amígdalas. Clara sintió cómo el glande, ancho y duro, deslizaba por el tejido blando y sensible al final de su paladar, abriendo un camino forzado hacia su garganta. La sensación era de plenitud absoluta, una invasión brutal que llenó cada recesos de su cavidad bucal. Su lengua quedó inmovilizada bajo el peso del miembro, aplastada, inútil, sirviendo solo como un cojín húmedo y caliente para la fricción implacable.

El sabor se intensificó. Ya no era solo el sabor salado de la piel. Era el sabor de su propio miedo, una secreción amarga y metálica que se mezclaba con el líquido viscoso que brotaba de la punta de él. Clara sintió cómo ese líquido, espeso y pegajoso, cubría su lengua y el paladar, lubricando el paso para que la violación fuera más profunda, más fácil. Se sintió sucia, contaminada por esa esencia ajena que se adueñaba de su interior.

Francisco notó la resistencia inicial de su garganta, el espasmo de sus músculos intentando rechazar el intruso, y le excitó sobremanera. No la forzó a romper la barrera; no quería que vomitara, no quería el desorden todavía. Prefería jugar en el límite, disfrutar de cómo su garganta se adaptaba, estirándose, expandiéndose para alojarlo. Se movió con un ritmo deliberado, lento y profundo, retirándose casi hasta salir para volver a hundirse, dejando que Clara sintiera cada vena, cada pliegue de piel rozando sus delicadas membranas mucosas.

—Mírame —ordenó él, entre dientes, sin dejar de moverse—. Te dije que me miraras.

Clara levantó los ojos, con el esfuerzo titánico de quien sostiene un peso insoportable. Su visión estaba borrosa por las lágrimas, que ahora corrían libres por sus mejillas, mezclándose con la saliva que escurría por las comisuras de sus labios. Vio a Francisco. No vio al amigo amable. Vio a un hombre con la cara contraída en una mueca de placer salvaje, los ojos entornados, los labios separados dejando escapar jadeos guturales. Era una cara de depredador, una cara que no tenía nada de humano en ese instante. Y vio cómo su cuerpo, el cuerpo que ella admiraba, se usaba contra ella, como un ariete.

La respiración de Clara se convirtió en un asunto logístico. Solo podía aspirar aire cuando él se retiraba, en el breve instante en que la cabeza de su pene dejaba libre la entrada de su garganta. Cuando él empujaba hacia adentro, el aire quedaba bloqueado, su vía respiratoria colapsada por la carne invasora. Se sentía ahogarse, una y otra vez, una muerte pequeña y repetida con cada embestida. El silbido en su nariz era el único sonido que podía hacer, un pitido agudo y patético que subrayaba su indefensión.

Francisco cambió ligeramente el ángulo, inclinándose más sobre ella. Con una mano, comenzó a acariciarle el cabello, pasando los dedos por las raíces, un gesto de ternura grotescamente desplazado que contrastaba con la brutalidad de lo que hacía con su cadera.

—Qué boca tan pequeña… —murmuró, perdido en su propio delirio—. Qué apretada… te estás tragándolo todo, Clara. Eres una buena niña. Papá estaría orgulloso.

La mención de su padre fue como un puñal en el corazón de Clara. El dolor emocional se mezcló con el dolor físico de su mandíbula, que empezaba a calambres por el forzamiento. Se sintió traicionada por la memoria de su padre, por la autoridad que él representaba y que Francisco estaba usando para justificar su abuso. Quería gritar, querer morder, querer expulsar a ese monstruo de su boca, pero el miedo paralizaba esos impulsos. Además, la lógica retorcida de Francisco había calado hondo: si ella mordía, sería mala. Si ella mordía, papá se enteraría. Y ella no podía soportar la idea de decepcionar a papá.

Así que soportó. Aguantó el peso, el calor, la asfixia. Se convirtió en un receptáculo pasivo, una carne que obedecía los dictados de la fuerza que la utilizaba.

Francisco aceleró el ritmo ligeramente. La excitación de ver a Clara allí, con los ojos llenos de lágrimas, con la boca distendida por su miembro, sumisa y aterrorizada, estaba llevándolo al límite. La visión de su inocencia destrozándose en tiempo real era el afrodisíaco más potente que jamás había probado. Sus testículos se balanceaban con cada embestida, un recordatorio físico y rítmico de la posesión.

—Ahí… ahí está —jadeó él, sintiendo cómo la punta de su pene rozaba una zona especialmente sensible al fondo de su garganta, provocando otra contracción refleja en ella—. Siente eso. Eso es tuyo. Eso es mío.

Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. «Esto es tuyo», había dicho. La frase se le clavó en el cerebro. ¿Era suyo? ¿Era eso lo que significaba ser amada? ¿Ser utilizada hasta el punto de no poder respirar? La confusión era un laberinto sin salida. Mientras él la embestía, ella sentía una extraña disociación. Era como si flotara sobre la silla, observando la escena desde el techo: una niña pequeña, vestida de uniforme, con un hombre de pie frente a ella, usándola como un juguete desechable. No parecía real. Parecía una película mal hecha, oscura y sucia.

Francisco notó cómo su propio orgasmo empezaba a construirse, una ola de calor que subía desde la base de su columna. La succión de Clara, incluso involuntaria, incluso torpe, era perfecta. La humedad de su boca, la calidez, la resistencia de su garganta… todo se unía para crear una fricción exquisita.

—No lo tragues aún —le advirtió, aunque sabía que ella apenas podía entenderle—. Guárdalo. Guárdalo todo.

Se retiró casi por completo, dejando solo la cabeza dentro, y la sostuvo ahí, disfrutando de la anticipación, de ver cómo Clara aspiraba aire desesperadamente por la nariz, con los pómulos hundidos por el esfuerzo. Luego, con un gemido largo y profundo, empezó a eyacular.

El primer chorro fue fuerte, caliente y denso. Golpeó el fondo de la garganta de Clara con la fuerza de una bala de goma. Ella no estaba preparada. El sabor salado y amargo la inundó, y el volumen del líquido fue tal que le obstruyó aún más la garganta. Intentó tragar instintivamente, un movimiento de arcada forzada, para no ahogarse. El líquido bajó por su esófago, caliente y pegajoso, dejando un rastro de fuego a su paso.

El segundo y tercer chorro siguieron rápidamente, llenando su boca hasta que no hubo más espacio. Clara sintió cómo sus mejillas se abultaban, cómo el semen se escapaba por las comisuras de sus labios, corriendo por su barbilla y goteando sobre su uniforme, manchando la tela azul marino con un blanco viscoso y brillante. Francisco gemía, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, entregado al placer de la liberación, disfrutando de cada segundo de la degradación que estaba infligiendo.

Para Clara, fue el fin del mundo. La boca llena de ese líquido extraño, el olor intenso que la envolvía, la sensación de asfixia, el sabor repugnante… Fue en ese momento que el sonido real, el sonido del mundo exterior al que ella pertenecía antes de este minuto, irrumpió en el salón. No fue un estruendo, ni un grito. Fue el chirrido agudo de la cerradura de la puerta principal girando. El metal contra el metal, una señal inequívoca, universal, de intrusión. El sonido de llaves entrando en la cerradura.

Para Clara, cuyo mundo se había reducido al techo de su boca, al sabor salado y amargo de la degradación y a la incapacidad de respirar, ese ruido fue un rayo de esperanza seguido de un tsunami de terror. Elena. Su madre. La salvación. Pero también, la vergüenza absoluta. Si su madre entraba ahora, si la veía así… la niña buena se moriría. La criada sucia sería descubierta.

Francisco, por el contrario, no se inmutó en el primer segundo. Su cuerpo estaba todavía en el paroxismo de la liberación, el último espasmo de su orgasmo recorriéndole la espalda. Pero cuando su cerebro procesó el sonido, sus ojos se abrieron, fríos y calculadores al instante. No hubo pánico en él. Solo una adaptación predatoria inmediata. Se retiró de la boca de Clara con un movimiento brusco, liberando a la niña de la obstrucción, pero dejando el desastre a la vista.

Clara tosió, un sonido seco y ahogado, bendecido aire entrando en sus pulmones, pero con la boca todavía llena. El semen, espeso y caliente, se desbordó de sus labios, cayendo en un hilo blanco y pegajoso sobre su barbilla y manchando el cuello de su uniforme. Se llevó las manos a la boca, intentando contener la inundación, con los ojos llenos de lágrimas y la mirada fija en el pasillo, esperando ver aparecer a su madre y ser juzgada.

—Clara —gritó Elena desde el pasillo, su voz ligeramente apagada por las paredes—. Estoy de vuelta. ¡Vaya lío en la galería!

El sonido de sus tacones contra el suelo se acercaba. Toc, toc, toc. Un ritmo implacable. La cuenta atrás.

Francisco se subió el pantalón y la ropa interior con una rapidez pasmosa, ocultando su miembro, todavía semi-erecto y brillante con la saliva y los fluidos de Clara. Se abrochó el cinturón con movimientos precisos, su mano temblando ligeramente, pero su rostro adoptando una máscara de neutralidad despreocupada. Se giró hacia Clara, que estaba intentando tragar, intentando limpiarse la cara con las manos, manchándose aún más.

—Trágalo —le susurró Francisco, con una voz baja y llena de veneno, inclinándose hacia ella un último instante antes de que Elena apareciera—. No dejes rastros. Es nuestro secreto.

Clara, incapaz de procesar la orden, incapaz de hacer otra cosa que obedecer a la voz de autoridad que estaba destrozando su vida, intentó tragar el resto del líquido que tenía en la boca. El bolo de semen bajó por su garganta, una losa caliente y pegajosa que se depositó en su estómago, haciéndola sentir náuseas instantáneas. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano, frotando con fuerza, pero la humedad permaneció, brillante y repugnante bajo la luz del comedor.

En ese instante, Elena apareció en el umbral del comedor. Llevaba una chaqueta sobre los hombros, el pelo algo despeinado por el viento y el estrés. Tenía el ceño fruncido, cansada, esperando encontrar a su hija sentada frente a los libros, aburrida pero segura.

Lo que vio la detuvo en seco.

Clara estaba de pie junto a la silla, con el uniforme manchado en el pecho y el cuello. Su cara estaba pálida, casi gris, con los ojos rojos e hinchados por el llanto y la boca húmeda, brillante de forma anómala. Y Francisco, de pie frente a ella, demasiado cerca, con una postura extrañamente rígida, arreglándose el cuello de la camisa con movimientos nerviosos.

El olor, ese olor denso y sexual a semen y sudor, flotaba en el aire como una niebla tóxica. Elena lo olió al instante. Era un olor que conocía, el olor del sexo, el olor de la cama que ella compartía con Vincent. Pero aquí, en el comedor, a media tarde… no tenía cabida.

—¿Qué…? —empezó Elena, avanzando un paso, sus ojos escaneando la escena con una confusión creciente que pronto se tornó en alarma—. ¿Qué ha pasado aquí? Clara, ¿estás bien?

Clara no pudo responder. La vergüenza le quemaba la cara. Se llevó la mano al cuello, intentando cubrir la mancha húmeda en su uniforme, bajando la mirada hacia el suelo. Su mente, todavía atrapada en la niebla de la violación, no encontró las mentiras adecuadas. Solo quería desaparecer.

Francisco se adelantó, interceptando la mirada de Elena. Sonrió. Una sonrisa torcida, una mezcla de alivio fingido y una confianza perturbadora.

—Elena, pensé que tardarías más —dijo él, con una voz tranquila, casi melodiosa—. Hemos tenido… un pequeño incidente.

Elena lo miró, y luego miró a su hija. El instinto materno le gritaba que algo estaba terriblemente mal, que el aire en la habitación era venenoso, pero la racionalidad, la costumbre de ver a Francisco como el «amigo seguro», la confundía.

—Un incidente? —preguntó, acercándose a Clara—. Clara, cariño, habla. ¿Te has caído? ¿Te has hecho daño? ¿Qué es eso?

Clara siguió callada, temblando.

Francisco dio un paso hacia Elena, invadiendo su espacio personal, cortejándola con su proximidad. Elena advirtió el olor con más fuerza ahora. Una conexión aterradora empezó a formarse en su cerebro, pero era demasiado absurda, demasiado grotesca para ser articulada.

—Ha sido un… susto —dijo Francisco, bajando la voz, compartiendo un secreto con ella, excluyendo a Clara—. Clara ha tenido un episodio. De ansiedad. Creo que la presión de los deberes, tu ausencia… se ha sentido sola. Ha tenido una crisis de llanto.

Elena miró a Francisco, incrédula. —¿Una crisis de llanto? ¿Eso explica ese olor? ¿Y esa mancha en su camisa?

El olor. Elena lo había dicho en voz alta. El olor a sexo.

Francisco no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó, revelando una oscuridad que Elena nunca había visto en él. Se acercó más a ella, hasta que Elena pudo sentir el calor de su cuerpo, el mismo calor que había estado violando a su hija minutos antes.

—La verdad, Elena… —susurró él, con una voz cargada de un deseo sibilino—. Es que Clara… quería consolarme.

Las palabras flotaron en el aire, pesadas, enormes. Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. —¿Qué? —soltó ella, débilmente.

—Es una niña muy afectuosa —continuó Francisco, sin dejar de mirarla a los ojos, retándola, desnudándola con su mirada—. Y tu marido… Bueno, Vincent nos ha enseñado mucho sobre el amor en esta casa, ¿no? Sobre no tener secretos. Clara solo estaba intentando… dar cariño. De la forma en que ella cree que los adultos se dan cariño.

Elena dio un paso atrás, horrorizada. Su mente rechazaba la escena, la lógica, la perversidad de la sugerencia. —Estás loco —dijo, con voz temblorosa—. Sal de mi casa. Ahora.

Francisco se rió. Una risa suave, seca, desprovista de humor. Dio un paso hacia ella, y luego otro, cerrando el espacio que ella intentaba abrir. Elena notó la urgencia en él, una urgencia que no era de agresión, sino de una lujuria repentina, un cambio sísmico en la dinámica de poder que ella no había visto venir. Francisco ya no era el paciente, el ayudante amable. Era el dueño de la sala, y Elena acababa de convertirse en la presa.

—¿Que me vaya? —preguntó él, con voz suave, casi divertida—. Elena, Elena… Mira a tu hija. ¿Realmente crees que alguien se va a ir de aquí después de… eso?

Elena siguió su mirada. Clara estaba quieta, una estatua de sal y vergüenza, con el rastro de su violación brillándole en la barbilla, con los ojos bajos, derrotada. La visión de su hija así rompió algo en la mente de Elena. No era dolor, era shock puro, una parálisis que Francisco aprovechó.

Antes de que ella pudiera formular otra protesta, Francisco se abalanzó sobre ella. No fue un golpe, fue una toma de posesión. Una mano le agarró la muñeca con fuerza de tornillo, la otra le cayó sobre el hombro, girándola y empujándola contra la pared más cercana, la misma pared donde colgaban los cuadros abstractos que ella tanto amaba.

—¡Déjame! —gritó Elena, intentando zafarse, pero la fuerza de él era imparable, una mezcla de juventud y adrenalina enfermiza.

Francisco la inmovilizó con su cuerpo, presionándola contra la pintura. —¡Calla! —siseó, y la orden fue tan absoluta, tan cargada de una amenaza latente, que Elena se quedó muda, con la boca abierta, el grito muriendo en su garganta.

Mantenía a Elena sujeta contra la pared mientras sus ojos recorrían su cuerpo con una codicia insultante. Elena, una mujer de treinta y tantos años, con una figura que siempre había sido su orgullo y, a veces, su cruz. Sus pechos eran grandes, pesados, un desafío a la gravedad que exigía sostenes rígidos y que ahora, atrapados entre el tejido de su blusa de seda y la pared plana del pecho de Francisco, parecían a punto de estallar.

—Siempre he admirado esto —murmuró él, pasando una mano por el escote de su blusa, palpando la carne abundante que desbordaba el sujetador—. Vincent es un tonto. Te tiene escondida bajo capas de «decencia». Pero esto… esto está hecho para ser visto. Para ser usado.

—No… por favor… —suplicó Elena, las lágrimas brotando al fin, su dignidad desmoronándose—. Clara está mirando. No hagas esto delante de ella.

Eso detuvo a Francisco por un segundo. Se giró ligeramente, sin soltar a Elena, y miró a Clara. La niña seguía allí, paralizada, un testigo mudo de la segunda caída de su mundo.

—Exacto —dijo Francisco, volviendo a mirar a Elena con una sonrisa perversa—. Clara tiene que aprender. Tiene que ver que su madre no es mejor que ella. Que todas son carne al final. Si tú te portas bien, mamá, quizás ella aprenda a disfrutarlo también.

La frase fue un puñal psicológico. Elena sintió náuseas, pero la indignación le dio fuerzas. Intentó patearlo, pero él anticipó el movimiento, separando sus piernas con una de las suyas y presionando su rodilla contra su entrepierna, inmovilizándola.

—Vamos a quitar este estorbo —dijo él, y agarró el cuello de la blusa de Elena.

El sonido de la seda rasgándose fue brutal. Francisco tiró con fuerza, y la tela cedió, desgarrándose desde el escote hasta la manga. La blusa colgó abierta, revelando el torso de Elena, encerrado en un encaje negro y caro. Su respiración acelerada hacía que sus pechos se alzaran y bajaran con violencia, una danza involuntaria bajo la mirada depredadora de Francisco.

—Qué vista… —susurró él, y con un movimiento rápido, desabrochó el cierre frontal del sujetador.

Los tirantes cedieron y las copas se separaron. Sus pechos, blancos, macizos y con grandes areolas rosadas, cayeron libres, rebotando ligeramente con el movimiento. El aire frío del comedor heló la piel de Elena, erizándole los pezones, una respuesta fisiológica traicionera que Francisco notó de inmediato.

—Mira, Clara —ordenó él, sin despegar los ojos de Elena—. Mira cómo responde tu madre. Mira cómo sus pezones se ponen duros. Le gusta.

—Mientes… —gimió Elena, cubriéndose el pecho con las manos, intentando recuperar algo de modestia.

Francisco le agarró las muñecas y las apartó violentamente, clavándolas contra la pared por encima de su cabeza.

—¡No me toques! —gritó él—. Manos a los lados.

Elena obedeció, vencida, dejando su torso expuesto. Su pecho grande y pesado quedó a merced de la mirada de él, un banquete de carne que él se disponía a devorar.

—Ahora, vamos a enseñarte algo sobre la jerarquía —dijo Francisco, soltando una de sus manos para bajarla hacia su propia entrepierna.

Elena miró, horrorizada, cómo él desabrochaba el cinturón. Pero esta vez, no sacó su miembro. Su intención era otra, algo más depravado, algo más humillante.

—¿Crees que eres una dama? ¿Crees que eres la esposa del gran doctor Vincent? —preguntó él, con una voz baja y gutural—. Ahora mismo, no eres más que un retrete. Un recipiente para mí.

La vejiga de Francisco, llena desde hacía horas, acentuada por la liberación sexual reciente, clamaba por alivio. Y no había mejor momento para la humillación que el comienzo, pensó. Era una fuerza que albergaba el poder de la obediencia para después. Si la marcaba con su esencia más baja, si la reducía a un objeto para sus desechos, la rompería para siempre.

Se acercó a Elena, dejando que su entrepierna rozara la falda de ella.

—No… —dijo Elena, entendiendo instintivamente lo que iba a pasar, su cara poniéndose verde de asco y terror—. Francisco, no lo hagas. Te lo ruego.

Francisco sonrió, y el sonido de la cremallera bajándose fue el sonido más degradante que Elena había escuchado en su vida. Bajó la ropa interior hasta las rodillas y sacó su pene, semi- flácido ahora pero colgando pesado.

—Agáchate —ordenó.

—¿Qué?

—¡Agáchate! —gritó él, empujándola hacia abajo por los hombros.

Elena, debilitada, sin fuerzas para luchar contra el peso de su propia vergüenza, dejó que sus rodillas cedieran. Cayó al suelo, sobre las baldosas frías del comedor, quedando a la altura de su cintura. Sus pechos enormes colgaban pesados, balanceándose delante de ella, una diana perfecta.

Francisco se colocó frente a ella, con las piernas separadas, dominándola desde lo alto.

—Abre la boca, puta —dijo él, tomándose su miembro con la mano, apuntándole a la cara.

Elena cerró los ojos y apretó los labios, negándose hasta el final. No podía hacer eso. No podía tragar eso.

—Como quieras —dijo Francisco con indiferencia—. Pero voy a marcarte toda.

Y comenzó a orinar.

El chorro fue fuerte y caliente, saliendo con presión. El primer impacto golpeó a Elena en el pecho, justo entre sus dos pechos, salpicando en todas direcciones. El líquido amarillo y caliente corrió por el canalón formado por sus senos, bajando por su vientre blanco, empapando la tela de su falda y calentando su piel de una manera repugnante.

Elena gritó, un sonido de asco absoluto, intentando retroceder, pero Francisco la agarró por el cabello, impidiendo que se moviera. El puño de él en sus raíces era doloroso, una ancla que la clavaba al suelo de la humillación. La fuerza del chorro no amainó; si algo, aumentó con la adrenalina de la dominación. El líquido caliente, salado y acre no se limitó a bañar sus tetas; comenzó a ascender, golpeando la base de su cuello, subiendo por la barbilla.

—¡Ábrela! —gritó Francisco, tirando de su cabello hacia atrás, forzando a Elena a alzar la cara hacia el techo, hacia la fuente de su degradación—. ¡No desperdiciemos ni una gota!

Elena mantuvo los labios sellados con la última resistencia de su dignidad, sus ojos apretados, las lágrimas mezclándose con el rocío que ya le salpicaba la frente. Pero la presión fue implacable. El chorro de orina le golpeó la punta de la nariz, corrió por sus pómulos y se filtró por las comisuras de sus labios. El sabor, un golpe metálico y salado en su lengua, fue la quebrajadura final. Francisco, con precisión quirúrgica, dirigió el flujo directamente hacia la línea cerrada de su boca.

La presión hidráulica venció la resistencia muscular. El líquido caliente se coló entre sus labios, llenando su cavidad bucal. Elena, incapaz de tragar con la boca llena y la cabeza echada atrás, sintió cómo el líquido rebosaba, saliendo por los lados, bañando su mentón y goteando sobre sus pechos ya empapados. Pero Francisco no cejó. Le apretó la mandíbula, ordenando silenciosamente con sus dedos.

—Trágalo —siseó—. O te ahogarás en ello.

El instinto de supervivencia, primitivo y cobarde, se impuso. Elena tragó. La primera bocanada bajó por su garganta como fuego líquido, caliente y repugnante, llenando su estómago con la evidencia física de su sometimiento. Volvió a abrir la boca, gimiendo, y Francisco volvió a dirigir el chorro dentro de ella. Una vez, dos veces, tres veces. Elena se convirtió en un desagüe viviente, tragando la orina del hombre que acababa de corromper a su hija, mientras el líquido amarillo le chorreaba por el cuello, manchando irrevocablemente su blusa de seda rasgada y sus pechos desnudos, que pesaban, humedecidos por la lluvia caliente.

En ese momento, la excitación mental de Francisco alcanzó un paroxismo que su cuerpo no pudo ignorar, a pesar de la fatiga. La vejiga se vaciaba, pero el testículo estaba a punto de estallar. La visión de Elena, una mujer elegante y distinta, arrodillada en su propio salón, con el cabello revuelto, la maquillaje corrido, los pechos gigantes bañados en orina y tragando su líquido corporal con desesperación, fue un estímulo más potente que cualquier fármaco.

Su miembro, que había estado flácido durante el micción, comenzó a palpitar. No era una erección certera. El chorro de orina se cortó de golpe, sustituido por un espasmo violento en su entrepierna.

Francisco gimió, apretando los ojos y tirando del cabello de Elena con más fuerza, acercándola aún más a su ingle.

—Ahora… la crema —gritó entre dientes.

Su cuerpo se convulsionó. Aunque la rigidez no fuera completa, la eyección fue explosiva. El chorro de semen salió disparado, mezclado con las últimas gotas de orina, blanco y espeso, aterrizando en pleno rostro de Elena. Le golpeó la frente, el puente de la nariz y, lo más degradante, entró en su boca que todavía estaba abierta, tragando el residuo anterior.

El sabor salado de la orina se mezcló con el sabor denso y viscoso del semen. Elena sintió cómo el nuevo líquido cubría su lengua, pegajoso y caliente, adherirse a sus amígdalas. Francisco se masturbó frenéticamente con la mano libre, exprimiendo cada gota, rociando a Elena con desprecio. Le cubrió los pómulos, le entró en los ojos, cegándola, y manchó sus labios hinchados, que ahora brillaban con una mezcla de fluidos corporales que era el testimonio final de su derrota.

Un último chorro débil cayó sobre su pecho izquierdo, mezclándose con el charco de orina que ya descansaba entre sus senos.

Elena cayó hacia adelante, liberada del tirón de su cabello, y se quedó a cuatro patas, jadeando, tosiendo, escupiendo fluidos al suelo. Su cuerpo temblaba entero, un temblor de frío y shock. Se sentía sucia, una contaminación radioactiva. Ya no era Elena, la esposa del doctor, la madre de Clara. Era un objeto, un cubo de basura humedecido.

Levantó la cabeza, lentamente, buscando a Clara.

La niña seguía allí. Clara no se había movido ni un milímetro. No estaba llorando desconsoladamente, ni gritando, ni cubriéndose los ojos. Estaba sentada, rígida como una estatua de mármol, con las manos en el regazo. Sus ojos oscuros estaban fijos en el rostro de su madre, tomando cada detalle: el semen blancuzco secándose en su mejilla, el brillo húmedo en su pecho enorme, la humillación absoluta en su postura.

Elena sintió que su corazón se partía al ver la mirada de su hija. No era una mirada de horror, era una mirada de entendimiento. Clara estaba aprendiendo. Estaba viendo la jerarquía. Francisco era el dueño, y su madre no era más que un recipiente. Elena intentó sonreír, un gesto trágico y fallido, intentando transmitir un «lo siento» o un «está bien», pero su cara estaba desfigurada por los fluidos de otro hombre. La conexión se rompió. Clara bajó la mirada, sumisa, aceptando la nueva realidad del universo: ellas eran propiedad.

Francisco, con la respiración aún entrecortada, se ajustó la ropa. Subió la cremallera con un zumbido sordo, se abrochó el cinturón y se alisó la camisa. La violencia había desaparecido de sus gestos. Parecía un hombre que acaba de terminar una tarea ardua pero necesaria, como limpiar un desagüe atascado.

Miró a Elena, que seguía en el suelo, temblando.

—Vaya, menuda mancha —dijo él, con una normalidad aterradora—. Vas a necesitar una ducha, Elena. Tienes un olor… intenso.

Elena no respondió. Se limitó a abrazar las rodillas, ocultando su pecho lo mejor que pudo.

Francisco se giró hacia Clara. La niña no levantó la vista.

—Clara —llamó él, con voz suave, como si nada hubiera pasado—. ¿Tienes hambre?

La pregunta fue tan absurda, tan desconectada de la realidad que acababan de vivir, que Clara tardó unos segundos en procesarla. Asintió ligeramente. Su cuerpo, a pesar del trauma, requería combustible. El miedo era un ejercicio agotador.

—Muy bien —dijo Francisco, caminando hacia la cocina con las manos en los bolsillos—. Vamos a arreglar esto. No podemos tener a dos mujeres tan hermosas muriéndose de hambre en mi primera cena oficial aquí.

Se detuvo en el marco de la puerta y se giró, viendo la escena que dejaba tras de sí: la madre desnuda y manchada en el suelo, la hija silenciosa y rota en la silla. Una obra de arte de su propia creación.

—Elena —dijo él, con tono cortante pero no agresivo—. Levántate. Vístete lo mejor que puedas. Y sentate en la mesa junto a Clara. Ambas. Esperadme allí. Iré a la cocina a traer algo para comer a ambas. No quiero ver a ninguna llorando cuando vuelva. ¿Entendido?

Elena lo miró, pero no vio a un hombre; vio un juez, un verdugo y un dueño todo en uno. Sus ojos, inundados por una mezcla de semen y lágrimas, se desviaron rápidamente hacia el suelo, incapaces de sostener esa mirada que le despedazaba el alma. El instinto de supervervivencia, ese mecanismo atávico y cobarde que duerme en la mayoría de los seres civilizados, se despertó en ella con una violencia aterradora. No pensó en dignidad, ni en justicia, ni en la policía. Pensó en el dolor. Pensó en qué pasaría si Francisco decidía que la «lección» no había terminado.

—Entendido —susurró Elena, con una voz quebrada, apenas un susurro de vencida.

El sonido fue un trueno en la sala. Francisco sonrió, una comisura de labios fría y satisfecha, y giró sobre sus talones para dirigirse a la cocina. El paso de sus zapatones resonaba con una seguridad insultante sobre las baldosas, un ritmo de dueño que vuelve al hogar después del trabajo.

Quedaron solas. El silencio se estiró como un chicle sucio. Clara seguía inmóvil, una pequeña estatua de horror y confusión, con el sabor metálico del semen aún adherido a su lengua. Elena, con el cuerpo temblando, se puso manos a la obra. La orden había sido explícita

Se arrastró hacia el charco de orina, el líquido amarillo y acres reflejando la luz del comedor de una manera grotesca. Sus rodillas rozaron la humedad fría. No había paños, no fregona. Solo sus manos. Elena sintió un arcada cuando sus dedos sumergidos en la tibieza de la orina ajena. Se retiró el cabello de la cara con el antebrazo, manchándose aún más las mejillas, y comenzó a recoger el líquido con las palmas de las manos, transportándolo en cucharadas humillantes hacia el fregadero de la cocina.

El sonido de sus manos chapoteando en el silencio de la casa era la banda sonora de su nueva vida. Clara observaba a su madre, la mujer que le había enseñado a portarse bien, a comer con la boca cerrada, a ser una dama, ahora arrodillada, limpiando el desastre de otro hombre como una criatura subhumana. Esa imagen se grabó a fuego en la retina de la niña: la sumisión no era una opción, parecía decir la escena, era el único estado natural de las mujeres ante la fuerza.

Cuando el suelo ya no estuvo empapado, solo manchado de un brillo pegajoso, Elena se levantó con dificultad. Sus muslos temblaban, la blusa de seda rasgada colgaba de sus hombros como trapos mojados y su pecho desnudo estaba al aire, marcado por el frío y la humedad. Caminó hacia el dormitorio principal, sintiendo el roce de sus muslos entrepierna, una sensación viscosa que le producía náuseas.

Se paró frente al espejo del vestidor. La mujer que la miraba de vuelta era una extraña. El maquillaje corrido, el pelo enmarañado, los ojos rojos. Necesitaba ropa. Algo que Francisco quisiera, porque ahora la opinión de Francisco era la única ley que regía la existencia.

Abrió el armario. Sus manos temblaban tanto que le costó descolgar las perchas. Descartó los pantalones de vestir, las faldas de oficina de corte conservador. Eso era «Elena, la madre», y esa mujer acababa de morir en el salón. Buscó algo que encajara con la nueva narrativa. Sus dedos se detuvieron en una falda negra de lana corta, una prenda que Vincent le había prohibido ponerse porque la consideraba «inapropiada para una madre». Debajo, buscó una blusa blanca fina, casi transparente, de un corte escotado que solo usaba para las cenas de verano con sus amigas.

No se puso ropa interior. La idea ni le cruzó por la cabeza. Si Francisco quería animales, ella sería el animal más dócil. La tela de la falda de lana raspó suavemente sobre su sexo depilado, enviando un estremecimiento eléctrico por su columna vertebral. La blusa blanca se ajustó a su piel sin el filtro de un sujetador, sus pechos pesados marcando la tela con claridad, los pezones erizados por el miedo y el roce creaban dos protuberancias oscuras e innegables.

Se miró una última vez. Parecía una esposa sumisa que espera el regreso de su marido, pero con un aire de disponibilidad barata que le roía la entrañas. Volvió al pasillo, cada paso un recordatorio de que no iba a llevar ropa interior, de que el aire frío circulaba libremente entre sus piernas.

Al entrar al comedor, Clara no había movido un músculo. La niña estaba sentada, rígida, con las manos puestas sobre el regazo en un gesto instintivo de protección. Elena se sentó en la silla que Francisco le había indicado, justo al lado de su hija. El contacto de la madera dura de la silla contra sus nalgas desnudas le provocó un escalofrío. Se cruzó de piernas, intentando esconderse, pero se dio cuenta de que el gesto era inútil. No había nada que esconder ya que todo ya había sido expuesto.

Francisco regresó de la cocina con dos platos en las manos. Su andar era relajado, su expresión tranquila, como si acabara de preparar un desayuno dominical y no de orinar sobre una mujer y violar la boca de una niña. Llevaba dos sándwiches de jamón, simples, corrientes, colocados sobre platos blancos.

—Vaya, limpia estás de nuevo —dijo Francisco, depositando los platos sobre la mesa con un golpe suave—. Me gusta eso, Elena. Eres rápida aprendiendo. Eso te salvará mucho dolor.

Puso un sándwich delante de Clara y otro delante de Elena. La normalidad de sus gestos, la forma en que acomodó las servilletas, era lo más aterrador. La disonancia cognitiva era asfixiante: el sándwich de Clara estaba junto a sus cuadernos de matemáticas, el ambiente era doméstico, pero el sabor en el aire seguía siendo a sexo y orina.

—Coman —ordenó Francisco, sentándose en la cabecera de la mesa, en la silla de Vincent. No se sirvió nada. Solo observaba.

Clara, movida por una combinación de miedo y hambre física (su cuerpo intentaba procesar el trauma buscando combustible), tomó el sándwich con manos temblorosas. Elena hizo lo mismo. El pan se sentía seco en su garganta, pero lo masticó mecánicamente, tragando con dificultad, con los ojos bajos, esperando la siguiente orden.

Francisco las observó comer en silencio durante un minuto, disfrutando de la imagen: madre e hija, sumisas, silenciosas, a su gusto. Su mirada recorrió el escote de Elena, la transparencia de la blusa dejando ver el oscurecimiento de sus areolas.

—Tengo una regla nueva, Elena —dijo Francisco, con voz tranquila, como quien comenta el tiempo—. A partir de ahora, mientras yo esté presente, ya sea en esta casa o donde sea que nos encontremos, tú no usarás ropa interior.

Elena dejó de masticar. La mordedura de pan se atascó en su esófago. Levantó la vista, asustada, buscando una negación, una escapatoria, pero los ojos de Francisco eran duros, brillantes, expecting obedience total.

—Nada de bragas, nada de sujetador —continuó él, disfrutando the clarification—. Quiero saber que estás disponible. Que estás lista. Tu cuerpo es para mi uso, y la tela es un estorbo que tú no te mereces permitirte.

La humillación se derramó sobre Elena como aceite hirviendo. Asintió con la cabeza, un movimiento lento, pesado.

—Sí, Francisco —murmuró, la voz con vergüenza.

La niña masticó despacio, con los ojos fijos en el pubis de su madre. Era la primera vez que lo veía con tanta claridad, sin la barrera del pudor o de la ropa. Para Clara, que acababa de aprender que su boca era un recipiente para el semen, ver a su madre así reforzaba una idea que estaba empezando a germinar en su mente infantil, retorcida por el trauma: las mujeres no eran personas completas como los hombres; eran objetos abiertos, huecos, destinados a ser llenados o usados. La ropa de su padre era una armadura; la de su madre, ahora, era una invitación a la violación.

—Buena chica —dijo Francisco, aprobando la obediencia instantánea con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No dejes que el sánduche se enfríe.

Elena cruzó las piernas, intentando cerrar el círculo de su intimidad, pero Francisco chasqueó la lengua.

—Descruza las piernas, Elena. ¿Cómo quieres que le enseñe a Clara si escondes la lección?

Elena sintió que su cara ardía en llamas. Con las manos temblando, separó sus rodillas. Su sexo, rosado y vulnerable, quedó a la vista de ambos, una ofrenda sangrienta sobre el altar de la mesa.

—Así está mejor —murmuró Francisco. Se levantó de su silla entonces. No hubo prisa en sus movimientos. Caminó alrededor de la mesa hasta situarse detrás de Elena. Sus manos reposaron sobre sus hombros, acariciando la tela fina de la blusa, sintiendo la calidez de su piel a través de ella.

—Sigue comiendo —le ordenó a Elena, inclinándose para susurrarle al oído—. Un buen aparato de reproducción no descuida su nutrición.

Elena llevó una mano temblorosa al sándwich y dio otro mordisco, mientras Francisco se deslizaba por su espalda, bajando hasta ponerse de rodillas en el espacio entre la silla y la mesa. Su rostro quedó a la altura de la entrepierna de Elena. El olor a sexo y orina aún impregnaba el ambiente, pero para Francisco era un aroma familiar, un perfume de victoria.

Separó las piernas de Elena con firmeza, empujando sus rodillas hacia afuera. Elena no opuso resistencia física, aunque su mente gritaba dentro de ella. Se quedó inmóvil, con el sándwich a medio camino de la boca, paralizada por la anticipación.

Francisco miró el órgano sexual expuesto ante él. Labios mayores hinchados, labios menores delicados que asomaban como pétalos de una flor húmeda, el capuchón del clítoris ocultando el pequeño botón nervioso. No había deseo romántico en su mirada, solo curiosidad clínica y un deseo de posesión absoluta. Iba a usar ese cuerpo, sí, pero primero iba a marcarlo con su conocimiento.

—Clara —dijo Francisco, sin apartar la vista de la vulva de su madre—. Ven aquí. Quiero que veas bien.

Clara se levantó con pesadez, como una sonámbula.

—Acércate más. Inclínate —instruyó Francisco.

Clara se asomó, mirando con horror fascinado el entrepierna de su madre.

—Mira esto, Clara —dijo Francisco, extendiendo una mano y usando dos dedos para separar los labios de Elena, revelando la entrada vaginal, un orificio musculoso y oscuro que se contraía levemente al contacto con el aire frío—. Esto es una vagina. Pero no es solo un agujero. Es una máquina.

Elena cerró los ojos, una lágrima escapándose y rodando por su mejilla, pero siguió masticando el pan, obligándose a tragar.

—Tu madre y tú piensan que son personas que piensan y sienten —continuó Francisco, hablando con la claridad de un profesor dando una clase de anatomía—. Pero biológicamente, esto es lo que son. Un recipiente. Un lugar para guardar cosas. Guardar bebés, guardar semen, guardar orina si es necesario. ¿Ves cómo se abre?

Clara asintió, incapaz de articular palabra. La vista de los dedos de Francisco invadiendo a su madre, la forma en que la piel de Elena se estiraba y blanqueaba bajo la presión, le pareció grotescamente educativo.

—Ahora, fíjate aquí —dijo Francisco, y con el dedo índice empujó hacia arriba el capuchón del clítoris, exponiendo el pequeño glande rosado y brillante—. Este es el clítoris. A las mujeres les gusta que les toquen aquí. Les da placer. ¿Sabes por qué?

Clara negó lentamente con la cabeza.

—Porque asegura que volverán a por más. Es un truco de la naturaleza. Pero para nosotros, para los hombres que sabemos usarlas, esto es el interruptor de encendido. Si presionas aquí —y al decirlo, hizo rodar su dedo sobre el pequeño botón con una presión firme y circular—, ellas se mojan. Y cuando están mojadas, pueden aceptar cosas más grandes.

Elena soltó un gemido involuntario, ahogado por el pan. Su respiración se aceleró. La estimulación física, mezclada con el terror psicológico, provocó una respuesta traicionera en su cuerpo. Sus caderas se movieron imperceptiblemente hacia adelante, buscando el contacto.

—¿Ves? —dijo Francisco con una sonrisa triunfante, mirando a Clara—. Su cuerpo sabe lo que tiene que hacer, incluso si su cerebro está confundido. Ahora voy a enseñarte algo más importante. A lamer.

Sin previo aviso, Francisco inclinó la cabeza y posó su boca sobre el sexo de Elena. El contacto fue húmedo y caliente. Elena brincó en la silla, soltando un grito ahogado, pero Francisco la inmovilizó agarrándola firmemente por los muslos.

Comenzó a lamer. No fue un acto de sexo convencional; fue una demostración de poder. Su lengua era plana y ancha, cubriendo toda la vulva de un solo golpe, recorriendo desde el perineo hasta arriba, empapándose en los fluidos que empezaban a fluir de Elena. El sonido fue obsceno, un chapoteo húmedo y rítmico que resonó en el comedor silencioso.

—Escucha el sonido, Clara —dijo Francisco, levantando la cara por un segundo. Su barbilla brillaba con los jugos de Elena. Había un brillo en sus ojos, una locura pedagógica—. Escucha. La lengua debe ser firme. Tienes que mojarla bien.

Clara miraba, hipnótica. Veía cómo los músculos del cuello de su madre se tensaban, cómo sus manos apretaban el sándwich hasta deformarlo.

—¿Lo ves, Clara? —preguntó Francisco, y volvió a sumergir su rostro en la entrepierna de Elena. Esta vez, centró su atención en el clítoris, chupándolo con fuerza, usando los dientes para raspar suavemente la piel sensible.

Elena arqueó la espalda, los ojos rodando hacia atrás. El placer era un fuego doloroso que se mezclaba con la humillación absoluta. Su cuerpo, traicionado por sus nervios, respondía a la técnica experta de Francisco. Sus nalgas se apretaron, y un torrente de lubricación vaginal escapó de su interior, mezclándose con la saliva de Francisco.

—¡Mira! —gritó Francisco con la voz ahogada por la carne de Elena—. ¡Mira cómo sale el agua! ¡Eso significa que la estás preparando!

Volvió a lamer con más fuerza, introduciendo la lengua en el canal vaginal, hurgando, probando la elasticidad del pasaje, saboreando el miedo y la excitación que emanaban de las paredes musculosas. Elena gimoteaba, un sonido continuo y gutural que ya no distinguía entre el dolor de la violación y el placer forzado de la estimulación. Su cuerpo se había convertido en un instrumento que Francisco tocaba con maestría, y ella, la virtuosa, ahora solo era un cuerpo que respondía.

Francisco se separó finalmente, dejando la entrepierna de Elena brillante y babeante, un enredo de carne rosada y fluidos transparentes. Se limpió la boca con el dorso de la mano, manchándose la cara con los jugos de su víctima, y miró a Clara. La niña seguía ahí, paralizada, con los ojos fijos en el sexo abierto de su madre como si contemplara un abismo.

—¿Ves eso, Clara? —dijo Francisco, señalando con el dedo índice la vagina hinchada y roja de Elena—. ¿Ves cómo brilla? ¿Ves cómo los labios están hinchados, buscando algo que llenar el vacío?

Clara asintió, incapaz de desviar la mirada.

—Eso significa que la vagina de tu madre está lista —explicó Francisco, con una calma aterradora, como un médico explicando un diagnóstico—. Es un mecanismo de defensa. Se moja para que no le duela tanto cuando la abren. Se dilata para dejar pasar lo que sea que tenga que pasar. Es decir, ahora mismo, el cuerpo de tu madre está pidiendo a gritos que la penetren. Está biológicamente lista para recibir una verga. O lo que sea que decida usarla.

La palabra «verga» y la descripción gráfica cayeron sobre Clara como una losa, pero no podía ignorar la evidencia física ante sus ojos. La anatomía de su madre, ese misterio oculto, ahora era un hecho clínico y repulsivo.

—Sin embargo —continuó Francisco, con una nota de contrariedad en la voz, mirando hacia abajo su propia entrepierna—, yo necesito un momento. Desafortunadamente, el cuerpo masculino tiene sus límites de recuperación, a diferencia de la hembra, que es una máquina inagotable de recibir. No puedo darle a tu madre lo que necesita ahora mismo. Y no me gusta dejar una tarea a medias.

Se volvió hacia Clara, y su mirada se endureció, adquiriendo ese brillo manipulador que Clara ya comenzaba a temer y reverenciar.

—Pero yo no soy la única persona que puede llenarla, ¿verdad, Clara? —dijo Francisco suavemente—. Tú también eres una mujer. Tienes manos. Y aunque eres pequeña, tu mamá te ha parido, así que sabes que tu cuerpo es capaz de salir de ahí. Eso significa que hay espacio.

Elena, que estaba recuperando el aliento, abrió los ojos con horror. El color drenó de su cara.

—No… —susurró Elena, con la voz rota—. Por favor, Francisco. No a ella. Haz lo que quieras conmigo, pero no uses a Clara para eso.

Francisco la miró con desdén.

—Callate, Elena. Eres un objeto. Los objetos no opinan sobre cómo se usan. Y además, piensa en la educación de tu hija. ¿Quieres que crezca siendo una mujer inútil que no sabe cómo satisfacer ? Clara necesita aprender la estructura.

Se giró completamente hacia Clara y le tendió una mano.

—Ven, Clara. Acércate más. Es hora de que pratiques. Tu madre necesita ser llenada y yo estoy cansado. Tú me vas a ayudar.

Clara, hipnotizada por la autoridad de Francisco, dio un paso adelante. Su pequeño cuerpo temblaba, pero la orden resonaba en su cerebro como una ley divina. Miró la mano de Francisco, y luego miró la vagina abierta de su madre.

—Eso es, buena chica —dijo Francisco, tomando la pequeña mano derecha de Clara. La mano de la niña era pálida, diminuta en comparación con la mano grande y oscura de Francisco. Él la acercó a la vulva de Elena, que se contraía involuntariamente ante la proximidad del peligro.

—Mira esos dedos, Elena —dijo Francisco a la madre, forzando la mano de Clara contra la húmeda abertura—. Son los dedos de tu hija. Pronto van a estar dentro de ti. Piensa en eso mientras te comes el resto del sándwich.

Con movimientos lentos y calculadores, Francisco guió el dedo índice de Clara hacia el centro de la abertura. Elena cerró los ojos y apretó los dientes, preparándose para lo inevitable. La punta del dedo de Clara, fría y pequeña, rozó los labios mayores y luego se deslizó hacia adentro, entrando en el canal vaginal caliente y lubricado.

El contraste fue brutal. La mano de Clara parecía un juguete inocente ingresando a un matadero. Francisco no se detuvo en el dedo. Empujó suavemente pero con firmeza, introduciendo el dedo hasta el nudillo.

—Siente eso, Clara —instruyó Francisco, con su boca cerca de la oreja de la niña—. Siente qué caliente está. Siente las paredes apretando tu dedo. Eso es tu madre. Eso es de dónde viniste. Y ahora la estás poseyendo.

Elena gimió, un sonido bajo y animal. La invasión de su propia hija, guiada por su violador, era la culminación de su degradación. Su propia carne y sangre se convertía en el instrumento de su tortura.

—Pero un dedo no es suficiente, ¿verdad? —dijo Francisco, analizando la situación con crueldad—. Tu madre está hecha para cosas más grandes. Vamos a usar más dedos. Vamos a usar toda la mano.

Francisco retiró el dedo de Clara con un sonido húmedo. Elena soltó el aire, creyendo por un segundo que era el fin, pero la pesadilla apenas comenzaba. Francisco tomó la mano de Clara y cerró el puño, excepto el pulgar, que mantuvo presionado contra la palma.

—Así es, Clara. Haz un puño. Como si fueras a golpear a alguien, pero aquí vas a golpear por dentro —dijo Francisco, risueño.

Volvió a llevar la mano cerrada de Clara hacia la vagina de Elena. Los labios, ya hinchados y rojos, parecían protestar, cediendo ante la presión de los nudillos. Francisco apoyó su otra mano sobre el hombro de Clara, utilizando su propio peso como palanca.

—Empuja, Clara. No tengas miedo. Ella está mojada. Ella te dejará pasar.

Clara, obediente hasta la médula, empujó con su pequeño brazo. El puño cerrado de la niña se encontró con la resistencia inicial del anillo vaginal. Elena gritó, una vez, aguda, sofocada por la mano libre de Francisco que tapó su boca instintivamente.

—Shhh… —dijo Francisco—. No la despiertes más de la cuenta. Solo relájate y ábrete, Elena. Es tu hija. Dale la bienvenida.

Con un pop repulsivo y húmedo, los nudillos de Clara superaron el músculo de entrada. La mano del puño se deslizó hacia adentro, envuelta por las paredes calientes y pulsantes de la vagina de Elena. La sensación de estiramiento fue inmediata y brutal. Elena sintió que su pelvis se partía en dos, que sus órganos se desplazaban para acomodar la intrusión del brazo de su propia hija.

—¡Mira eso! —exclamó Francisco, entusiasmado, como un niño con un nuevo juguete de química—. ¡Ha entrado!

—Ahora, vamos más profundo, Clara. Mete el brazo. Siente qué profundo es tu madre. Siente cómo se abre para ti.

Clara sintió la presión de las paredes musculosas apretando su antebrazo, un abrazo asfixiante y viscoso. Fue empujando, centímetro a centímetro, dirigida por la fuerza y la voluntad de Francisco. El brazo de Clara entró hasta el codo.

La deformidad en el bajo vientre de Elena era visible. Su piel se estiraba, pálida y tensa, revelando la forma del puño y el antebrazo de Clara moviéndose debajo de la superficie. Elena jadeaba, con los ojos muy abiertos, paralizada por una mezcla de agonía y un shock hypnótico. La sensación de plenitud era grotesca, una presión interna que empujaba sus órganos contra las costillas, haciendo que cada respiración fuera un esfuerzo laborioso. El brazo de su hija no era un miembro ajeno; era un trozo de su propia historia regresando al origen para destrozarlo desde adentro.

Francisco observaba la escena con el placer estético de un crítico de arte ante una obra maestra del surrealismo. La mano de Clara, perdida en la entraña de Elena, hasta el codo, era la prueba definitiva de su dominio. Se inclinó hacia el rostro desencajado de Elena, cuyos ojos llenos de lágrimas imploraban clemencia al techo, y le acarició la mejilla con una ternura repugnante.

—No llores, Elena —murmuró Francisco, con voz suave y ronca—. No llores por esto. Mira qué hermosa es la conexión entre madre e hija. Es algo puro. Ella te está llenando. Ella te está completando.

Volvió la cabeza hacia Clara, que estaba quieta, con el brazo hundido hasta el codo, sintiendo cómo los músculos de su madre intentaban, en vano, expulsarla, o tal vez retenerla, en un espasmo confuso de trauma.

—Cariño, no hay problema —le dijo Francisco a Clara, pasándole la mano por el cabello sucio—. Sé que quieres ayudar a tu madre. Así que sigue. No te detengas ahora. Ella necesita esto. Necesita sentir que eres útil.

Clara parpadeó, procesando la orden. La frase «ayudar a tu madre» resonaba en su cabeza, distorsionada por la lógica perversa de Francisco. Si ayudar a mamá significaba meterle el brazo dentro, entonces ella ayudaría. Era una buena hija. Las buenas chicas obedecen.

—¿Sí? —susurró Clara, —. ¿Le hago daño?

—No, Clara —respondió Francisco inmediatamente, con una convicción absoluta—. Las mujeres como tu madre están hechas para esto. No sienten dolor como tú y yo. Sienten… plenitud. Mira su cara. No está de dolor, está de intensidad. Dile tú misma. Pregúntale si está bien.

Francisco agarró el mentón de Elena y la obligó a mirar a Clara.

—Dile, Elena. Dile a tu hija si te está haciendo daño. Recuerda lo que pasa si mientes.

Elena, con la mandíbula temblando, forzó las palabras a través de la garganta apretada. El dolor era real, un fuego que le atravesaba el bajo vientre, pero el miedo a lo que Francisco podría hacerle a Clara si ella se quejaba era infinito.

—Es… está… está bien, Clara —balbuceó Elena, con la voz llena de un llanto contenido—. Eres una… buena chica. Ayúdame.

—¿Lo ves? —dijo Francisco triunfante, soltando el rostro de Elena—. Te lo ha dicho. Sigue. Mueve la mano. Explora. Enséñale a tu madre que no eres una niña pequeña, sino una mujer capaz de usar a otra mujer.

Clara asintió, sintiendo un peso extraño de responsabilidad y poder. Con cuidado, intentó mover los dedos dentro del puño cerrado. La sensación era apretada, caliente y resbaladiza. Las paredes vaginales de Elena se agarraban a su antebrazo como una lapa viscosa.

—Se siente… apretado —dijo Clara, con voz de asombro infantil—. Como si me estuviera mordiendo.

—Es así como debe ser —explicó Francisco, acercándose más, como un supervisor de planta inspeccionando una maquinaria compleja—. Es lo que las vaginas hacen. Apretan. Intentan estrangular cualquier cosa que entre. Es su instinto. Pero tú tienes que ser más fuerte. Tienes que abrirte paso. Intenta abrir la mano dentro.

La orden aterrizó en Clara como un desafío físico. Intentó abrir los dedos dentro de su puño mientras todavía estaba dentro de su madre. La fricción aumentó. Elena gimió, arqueando la espalda, sus manos aferrándose los bordes de la silla hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—¡Mamá! —exclamó Clara, asustada por la reacción—. ¿Te duele si abro la mano?

—No… —chilló Elena, hiperventilando—. Haz… haz lo que… él diga.

—Claro que no le duele —interrumpió Francisco, impaciente—. Le gusta la fricción. Las mujeres son masoquistas por naturaleza, Clara. Recuerda eso. Cuanto más las aprietas, más les gusta. Sigue abriendo la mano. Estira su piel. Enséñale quién está al mando.

Clara obedeció. Desplegó los dedos lentamente dentro del canal húmedo. La sensación de los dedos extendiéndose contra el tejido blando y elástico fue surrealista. Elena sintió que su cuerpo se desgarraba suavemente, un estiramiento interno que la obligaba a arquearse más, ofreciendo su vientre a la violación de su propia descendencia. La dilatación forzada presionaba su vejiga, enviando señales confusas de placer mezclado con la urgencia dolorosa de orinar.

—Mira cómo se estira su barriga —dijo Francisco, señalando el abultamiento en el abdomen de Elena—. Es hermoso. Parece que estuviera embarazada de ti otra vez, Clara. ¿No te parece?

Clara miró el vientre de su madre, deformado por la forma de su mano y antebrazo bajo la piel. La idea la perturbó, pero también la fascinó en su morbidez.

—Sí… se ve grande —respondió Clara, moviendo la mano un poco más adentro, explorando el límite del fondo de saco vaginal.

—Ahora, escúchame bien, Clara —dijo Francisco, bajando el tono de voz a un susurro conspiratorio—. Vas a empezar a mover el brazo. Adentro y afuera. No lo saques completo, solo hasta los nudillos. Quiero que la folles con tu brazo. Quiero que le demuestres a tu madre que tú también puedes ser un hombre para ella. Que tú también puedes usarla.

—¿Follarla? —preguntó Clara, repitiendo la palabra sucia con inocencia—. ¿Con mi brazo?

—Exacto. Es la misma cosa —aseveró Francisco—. La penetración es penetración. Da igual si es con una verga, un pepino, o el brazo de tu hija. Lo importante es que ella se sienta usada. Empieza. Lento pero firme. Como si estuvieras amasando pan, pero por dentro.

Clara comenzó el movimiento. Retiró el antebrazo unos centímetros, sintiendo la succión de los músculos de Elena que no querían dejarla ir, y luego lo volvió a introducir con fuerza. Un sonido obsceno, un «chup» líquido y profundo, llenó la sala. Elena gritó, un sonido estrangulado, y elevó las caderas involuntariamente para recibir el impacto.

—Eso es. Así es —animó Francisco, observando cómo la expresión de Elena oscilaba entre la agonía y el estupor—. Más rápido. Usa el codo como punto de pivote. Dale duro. Dile que la amas.

—Te amo, mamá —dijo Clara mecánicamente, siguiendo las instrucciones mientras incrementaba el ritmo de las embestidas—. Te amo, te amo.

—Dilo más fuerte —ordenó Francisco—. Y dile gracias.

—¡Gracias, mamá! —gritó Clara, con cada empujón del brazo—. ¡Gracias por dejarme metértelo! ¡Gracias por ser mi mujer!

La frase «mi mujer» colgó en el aire, pesada y aberrante. Francisco se rió, una sonora carcajada que resonó en las paredes de la sala de estar.

—¡Eso es! ¡Bravo aplausó Francisco—. Ya le estás cogiendo el gustillo, Clara. Ya estás entendiendo.

40 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: colegio, hija, madre, maduros, mayor, mayores, padre, sexo
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