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Dominación Mujeres, Fetichismo, Travestis / Transexuales

La Historia de Pedro

El protagonista es descubierto por la esposa explorando foros de feminización forzada. Ella decide hacer realidad su fantasía.
La historia de Pedro

Me llamo Pedro, y mi vida cambió para siempre esa tarde de viernes.

Estaba en mi estudio, absorto en mi computadora, navegando por uno de esos sitios que me fascinaban en secreto: foros de crossdressers, historias de feminización forzada que me hacían perder la noción del tiempo. No oí a María llegar a casa antes de lo habitual.

Ella trabaja en una multinacional farmacéutica, siempre impecable con sus polleras ajustadas, medias con portaligas, tacos aguja que resonaban como un decreto, y ese maquillaje intenso que acentuaba su mirada dominante, yo, en cambio, estaba en ropa interior, como de costumbre, paseándome por la casa sin pensar en las consecuencias.

De repente, la puerta del estudio se abrió de golpe. María entró con su maletín en una mano y mi laptop en la otra. La había dejado abierta en la sala principal sin darme cuenta. Su expresión era una mezcla de furia y algo más… ¿diversión? Sus uñas largas, pintadas de rojo sangre, tamborileaban sobre la carcasa.

«¿Qué es esto, Pedro?», espetó, girando la pantalla hacia mí. El historial de navegación estaba expuesto: páginas y páginas de fetiches de feminización, fotos de hombres vestidos como mujeres sumisas. Me quedé helado, sintiendo un rubor subir por mi cuello.

«Yo… María, no es lo que piensas. Solo era curiosidad», balbuceé, intentando cerrar la laptop, pero ella la apartó de un manotazo.

«Curiosidad, ¿eh? ¿Horas y horas al día? ¿Mientras yo trabajo como una loca y tú te paseas en calzoncillos por la casa? Eres patético».

Su voz era cortante, irascible como siempre, pero había un brillo en sus ojos que me aterrorizaba. Se acercó, sus tacos clavándose en el piso de madera. «Vas a aprender una lección, mi amor. Una que no olvidarás».

Me arrastró al dormitorio principal, donde abrió mi cajón de ropa interior. Sacó un paquete que no reconocí; lo había escondido ella, aparentemente. Dentro, un dispositivo de castidad: una jaula de metal fría, con un candado pequeño y reluciente.

«Quítate los calzoncillos», ordenó, cruzando los brazos. Su collar de perlas se balanceaba con su respiración agitada.

«María, por favor, no… Esto es ridículo», supliqué, pero mi voz era débil, sumisa como siempre.

Ella simplemente se rio, un sonido bajo y dominante.

«¿Ridículo? Tú eres el que sueña con ser una mujercita sumisa. Ahora, hazlo, o te ayudo yo».

Temblando, obedecí. El metal se cerró alrededor de mi miembro, frío y restrictivo. Ella giró la llave con un clic definitivo. «Esto se queda puesto hasta que yo diga. Para que aprendas a controlar tus ‘curiosidades'».

El fin de semana empeoró. El sábado por la mañana, María irrumpió en el estudio donde yo intentaba trabajar, aún en ropa interior, sintiendo la jaula como un recordatorio constante de mi humillación. Me dolía, me excitaba, me confundía.

«Hoy te voy a dar tu lección real», dijo, tirando una bolsa de compras sobre el escritorio. Dentro, ropa femenina: un sostén con relleno, bragas de encaje, medias de nylon, un vestido ajustado y tacones altos.

«Póntelo. Todo».

«¿Qué? No, María, esto es demasiado. Por favor…», protesté, pero ella se acercó, agarrándome del brazo con fuerza. Sus anillos se clavaron en mi piel.

«Demasiado, ¿eh? Tú lo pediste con tus búsquedas.

Ahora, vístete como la putita que quieres ser, o te obligo yo misma».

Su personalidad dominante brillaba; era irascible, pero también excitada por el control. Con manos temblorosas, me puse el sostén, sintiendo el relleno contra mi pecho. Las bragas rozaban la jaula, enviando ondas de frustración erótica por mi cuerpo. Las medias se adherían a mis piernas, y el vestido me ceñía como una segunda piel. Los tacones me hacían tambalear.

«Mírate en el espejo», ordenó. Me vi: ridículo, pero extrañamente excitado.

La jaula se tensaba, pero no podía liberarme. María se rio. «Perfecto. Ahora, camina para mí».

Tropecé por la habitación, sintiendo el roce del encaje, el balanceo de los tacones. Ella me observaba, sus labios curvados en una sonrisa cruel.

Esa noche, mientras yo intentaba quitarme la ropa en el baño, María entró con tijeras y bolsas de basura. «No tan rápido», dijo. Abrió mi armario y comenzó a cortar toda mi ropa masculina: camisas, pantalones, todo. Los pedazos caían al piso como confeti de mi antigua vida.

«¿Qué estás haciendo?», grité, pero ella me empujó contra la pared.

«Destruyendo esto. No lo necesitas más. Desde ahora, te mudas a la habitación de servicio. Esa será tu nueva casa, mujercita».

Arrastró mis cosas restantes —solo la ropa femenina— al primer piso, a esa habitación pequeña y austera. Me dejó allí, encerrado, con la jaula aún puesta. Pasé la noche en bragas y sostén, excitado y aterrorizado, masturbándome en vano contra el metal.

Al día siguiente, María me despertó temprano. Llevaba su atuendo formal: pollera ajustada que marcaba sus curvas, medias con portaligas visibles al sentarse, tacos que la elevaban por encima de mí.

«Levántate, Pedro… o debería decir, Petra. Hoy comienzas tu nuevo rol».

Me entregó un uniforme: un vestido de mucama francesa, negro con delantal blanco, enagua corta que apenas cubría mis muslos, gorro con encaje, y tacones negros.

«Póntelo. Vas a ser la mucama de la casa. Limpiarás, cocinarás, harás todo lo que yo ordene».

«María, esto es loco. No puedo…», supliqué, pero ella me abofeteó suavemente, sus uñas rozando mi mejilla.

«¿Loco? Tú lo soñabas. Ahora, obedece».

Me vestí, sintiendo el encaje contra mi piel, la enagua levantándose con cada movimiento, revelando las medias y la jaula debajo. Era erótico, humillante; mi cuerpo respondía con pulsos frustrados.

«Empieza por la sala principal. Limpia el polvo, aspira, y hazlo con gracia, como una buena mucama».

Bajé las escaleras tambaleando en tacones, el vestido susurrando. Mientras limpiaba, María me observaba desde el comedor, cruzada de piernas, exponiendo el portaligas.

«Date vuelta, Petra. Muéstrame cómo te mueves».

Me incliné para limpiar una mesa, sintiendo la enagua subir, exponiendo mis nalgas. Ella se acercó por detrás, su mano deslizándose bajo el vestido, rozando la jaula. «Mira cómo estás… excitado como una perra en celo. Pero no puedes hacer nada, ¿verdad?».

Grité de frustración, pero ella solo rio. «Ahora, el baño. Friega el piso de rodillas».

Me arrodillé en el baño de la planta baja, el vestido pegándose a mi sudor, los tacones clavados en el azulejo. María entró, sentándose en el borde de la bañera. «Mírame mientras lo haces. Y di ‘Sí, ama'».

«Sí, ama», murmuré, frotando el piso, sintiendo su mirada quemándome. Sus tacos rozaron mi espalda, enviando escalofríos. «Buena chica. Después, cocina la cena. Y sírvela en el comedor, con una reverencia».

Pasé el día así: limpiando el estudio, donde mis fantasías habían empezado; lavando ropa en el sótano en desuso, el aire húmedo amplificando el roce del encaje; atendiendo el jardín, donde las paredes altas me ocultaban del mundo, pero no de su dominio. Cada orden era un juego erótico: «Levanta la enagua, Petra, quiero verte». La jaula me torturaba, mi excitación creciendo sin alivio.

Por la noche, en la habitación de servicio, María vino a «inspeccionar». Se sentó en la cama, yo de pie como una mucama obediente. «Quítate el vestido lentamente». Obedecí, revelando el sostén, las bragas, la jaula. Ella jugueteó con la llave en su collar. «Pídelo, Petra. Pide alivio».

«Por favor, ama, quítamela…», supliqué, de rodillas.

«Tal vez mañana, si eres buena mucama». Me dejó allí, excitado y roto, transformado en su juguete sumiso. Mi vida ahora era esto: servicio, humillación, éxtasis frustrado. Y en secreto, lo amaba.

Una tarde, después de haber pasado la mañana limpiando el comedor con mis uñas postizas rascando cada superficie, la peluca rubia pegada a mi frente sudorosa y el maquillaje corrido por el esfuerzo, María regresó del trabajo con una bolsa negra misteriosa en la mano. Su pollera ajustada se ceñía a sus curvas, las medias con portaligas asomando como una promesa de dominio, y sus tacos aguja resonando en el piso como un latido acelerado. Yo estaba en la sala principal, de rodillas fregando el suelo en mi uniforme de mucama francesa, la enagua levantada revelando las bragas de encaje que apenas contenían la jaula de castidad.

«Petra, mi pequeña esclava, ven aquí», ordenó con esa voz irascible y dominante que me hacía temblar. Me levanté torpemente, mis tacones cliqueando, las uñas rojas brillando bajo la luz. Ella se sentó en el sofá, cruzando las piernas, y abrió la bolsa. Dentro, un arsenal de juguetes de dominación: un collar de cuero negro con anilla, una correa a juego, pinzas para pezones con cadenas, un plug anal de silicona con base joya, y un paddle de cuero rojo para azotes. Mis ojos se abrieron de par en par, un pulso de miedo y excitación recorriendo mi cuerpo, tensando la jaula.

«¿Qué… qué es todo esto, ama?», murmuré, mi voz sumisa y aguda, el lipstick rojo aún intacto en mis labios.

María se rio, un sonido bajo y cruel. «Juguetes para recordarte quién manda aquí.

Has sido una buena mucama, pero es hora de profundizar tu sumisión. Arrodíllate». Obedecí, sintiendo el delantal blanco contra mis rodillas. Ella tomó el collar primero, ajustándolo alrededor de mi cuello con un clic metálico. Era ajustado, restrictivo, con la anilla colgando como un recordatorio de mi estatus. «Ahora eres mi perrita. Di ‘Gracias, ama'».

«Gracias, ama», respondí, sintiendo el cuero contra mi piel, el maquillaje acentuando mi expresión de vulnerabilidad. La peluca rubia caía sobre mis hombros, y mis uñas postizas se clavaban en mis palmas mientras apretaba los puños.

«No hemos terminado», dijo, enganchando la correa al collar. Dio un tirón suave, obligándome a gatear hacia ella.

«Buena chica. Ahora, quítate las bragas». Temblando, obedecí, exponiendo la jaula y mi trasero. Ella lubricó el plug anal —un juguete negro y bulboso con una gema roja en la base— y lo presionó contra mí.

«Relájate, Petra. Esto te mantendrá llena y obediente mientras limpias».

Gemí al sentirlo entrar, llenándome, cada movimiento enviando ondas de placer frustrado. «Por favor, ama, duele… pero se siente…», balbuceé, pero ella solo sonrió, sus anillos brillando mientras ajustaba el plug.

«Se siente bien, ¿verdad? Como la putita que eres. Ahora, las pinzas».

Tomó las pinzas para pezones, pequeñas y plateadas con cadenas conectadas. Las colocó en mis pezones sensibles, el dolor agudo mezclándose con la excitación, haciendo que la jaula se tensara más.

«Camina para mí, con la correa. Muéstrame cómo te mueves con todo esto».

Caminé por la sala, el plug moviéndose dentro de mí, las pinzas tirando con cada paso, el collar guiándome. María caminaba detrás

«Más sensual, Petra, mueve tus caderas o tendré el paddle», dándome un azote ligero en las nalgas, el cuero chasqueando contra mi piel, dejando una marca roja que ardía deliciosamente.

«Sí, ama, lo haré mejor», supliqué, mi maquillaje corrido por lágrimas de mezcla de dolor y éxtasis.

Ella me llevó al estudio, donde mis antiguas fantasías habían empezado, y me ordenó limpiar el escritorio de rodillas, con el plug presionando, las pinzas balanceándose. Cada orden era erótica, dominante: «Mira al espejo, Petra. Ve en lo que te has convertido».

Allí, en el reflejo, vi mi transformación completa: la mucama sumisa con peluca, maquillaje intenso, uñas largas, ahora adornada con collar y juguetes que me ataban a su voluntad.

Por la noche, en la habitación de servicio, María vino con la correa aún enganchada. «Hora de jugar de verdad», murmuró, tirando de mí hacia la cama. Usó el paddle para azotarme suavemente mientras yo limpiaba sus tacos con la lengua, el plug vibrando con cada golpe, las pinzas enviando descargas. «Pide más, Petra».

«Por favor, ama, más…», gemí, perdido en esta nueva capa de dominación, mi cuerpo traicionándome con oleadas de placer frustrado. Ella controlaba todo ahora, y yo, su juguete perfecto.

Al día siguiente por la tarde oí el timbre de la puerta principal. María, mi ama dominante e irascible, gritó desde la sala: «Petra, ve a abrir. Y compórtate como la buena mucama que eres».

Tambaleándome en mis tacones altos, ajusté mi uniforme de mucama francesa —el vestido negro corto con delantal blanco y enagua que apenas cubría mis muslos— y abrí la puerta. Allí estaba una mujer que nunca había visto: voluptuosa, con curvas exuberantes que se marcaban bajo un corsé de látex negro ajustado, una falda de vinilo que llegaba a las rodillas pero con una abertura lateral que revelaba medias de nylon y botas altas de taco aguja. Su maquillaje era aún más intenso que el de María: labios negros, ojos delineados como una pantera, y collares de púas como accesorios. Llevaba una bolsa grande en la mano, y su sonrisa era dominante.

«Tú debes ser la nueva adquisición de María», dijo con una voz ronca y autoritaria, mirándome de arriba abajo como si yo fuera un juguete.

«Sí… señora», murmuré, bajando la mirada, sintiendo el collar apretar mi cuello y el plug moverse ligeramente, enviando un pulso erótico por mi cuerpo.

María apareció en el pasillo, su pollera ajustada y portaligas visibles, abrazando a la mujer.

«¡Elena! Qué bueno que viniste al té. Petra, sirve el té en la sala principal. Y hazlo con gracia».

Elena, la colega de María en la farmacéutica, era una domina aficionada, según oí mientras preparaba la bandeja en la cocina. Mis uñas postizas cliqueaban contra las tazas, y el maquillaje en mi rostro me hacía sentir expuesto, transformado en algo que no reconocía.

Entré en la sala, sirviendo el té con una reverencia torpe, la enagua levantándose ligeramente.

Elena se rio. «María, querida, has hecho un trabajo excelente con esta… cosa. ¿Ya le has puesto la jaula? ¿Y ese plug que se nota en cómo camina?».

María asintió, orgullosa, tirando de mi correa para acercarme. «Por supuesto. Petra es mi mucama perfecta ahora. Pero cuéntame, ¿trajiste lo que te pedí?».

Elena abrió su bolsa, sacando dos arneses con strapon: uno negro y grueso, el otro rojo y curvado, ambos relucientes y amenazantes.

«Mejor que eso. Traje dos, para que probemos juntas. Como domina experimentada, te enseñaré cómo sodomizarla correctamente. Deberás hacerlo al menos una vez al día, María. Mantiene a las sumisas como esta en su lugar: rotas y obedientes».

Me quedé helado, el té temblando en mis manos.

«Por favor, ama… no…», supliqué en voz baja, pero María me abofeteó suavemente con el dorso de la mano, sus anillos rozando mi mejilla maquillada.

«Cállate, Petra. Elena es mi invitada, y tú eres el entretenimiento. Desnúdate hasta las medias y tacones».

Temblando, obedecí, quitándome el vestido y el delantal, quedando en sostén relleno, bragas (que Elena me ordenó bajar), peluca, maquillaje, uñas, collar, pinzas y plug. El strapon de Elena se veía enorme; María se puso el otro, ajustándolo sobre su pollera levantada, sus medias con portaligas expuestas.

Elena me empujó de rodillas. «Primero, enséñale a María cómo se hace. Petra, practica sexo oral en el mío mientras ella te sodomiza por detrás».

Me incliné, mis labios rojos abriéndose alrededor del strapon de Elena, sintiendo el material frío y firme en mi boca. Ella agarró mi peluca, guiándome. «Chupa como una buena putita, lengua fuera».

Al mismo tiempo, María quitó el plug de un tirón, lubricó su strapon y presionó contra mí. «Mira, Elena, así: despacio al principio, para que sienta cada centímetro». Entró, llenándome, el dolor mezclándose con un placer prohibido que hacía la jaula doler.

Gemí alrededor del strapon de Elena, mis uñas postizas clavándose en sus botas mientras María empujaba rítmicamente.

«Buena técnica, María. Más profundo ahora. Y tú, Petra, no pares de chupar».

El vaivén me llevó al borde; el roce constante, la humillación, el maquillaje corrido por saliva… de repente, un orgasmo me sacudió, el semen saliendo a chorros de la jaula restringida, manchando el piso de la sala.

Elena se rio, sacando el strapon de mi boca con un pop. «Mira esto, María. La perra tuvo un orgasmo sin tocarse. Patético».

María retrocedió, jadeando, su expresión irascible pero satisfecha. «Eres una vergüenza, Petra. Limpia tu desastre». Me empujaron la cabeza hacia el piso, el collar tirando.

«Con la lengua, putita. Lame cada gota», ordenó Elena, pisando mi espalda con su bota.

María añadió: «Y di gracias mientras lo haces».

Lloriqueando de humillación, saqué la lengua, lamiendo mi propio semen del piso de madera, el sabor salado mezclándose con el lipstick. «Gracias, ama… gracias, señora Elena», murmuré entre lamidas, mi cuerpo aún temblando del clímax forzado.

Ellas se sentaron a tomar el té, charlando casualmente sobre trabajo mientras yo gateaba, limpiando.

«Hazlo todos los días, María. Verás cómo se vuelve adicta», dijo Elena. Y yo supe que mi transformación era completa: no solo mucama, sino juguete sodomizado y humillado para su placer.

Esa noche, después del té con Elena que me dejó temblando y humillada en el piso, María anunció con su voz dominante e irascible: «Petra, mañana será un día especial. Invitaré a más amigas. Vas a ser el centro de atención, mi putita».

Al día siguiente, preparé la sala principal como me ordenó: té, bocadillos, todo servido con gracia en mi uniforme de mucama francesa, la enagua corta levantándose con cada movimiento, revelando las medias de red y el plug que se notaba en mi andar tambaleante.

El timbre sonó, y abrí la puerta para recibir a Elena de nuevo, con su corsé de látex negro ceñido a sus curvas voluptuosas, falda de vinilo y botas altas que gritaban poder. Pero no venía sola; detrás de ella, dos mujeres más: Sofia, una rubia alta y curvilínea con un vestido de cuero rojo ajustado que marcaba sus pechos abundantes y caderas anchas, guantes largos hasta los codos y un látigo enrollado en la mano como accesorio casual; y Laura, morena y voluptuosa, vestida con un body de malla negra que dejaba poco a la imaginación, pantalones de látex que se adherían a sus muslos gruesos, y collares de espinas complementando su maquillaje gótico con labios púrpura y ojos delineados en negro.

«Miren lo que María ha creado», dijo Elena con una risa depredadora, entrando y dándome un azote en las nalgas con la mano.

«Petra, la esclava perfecta». Sofia me inspeccionó, sus uñas largas rozando mi collar. «Deliciosa. ¿Ya la has sodomizado hoy, María?». Laura, con voz ronca y autoritaria, añadió: «Espero que sí. Estas putitas necesitan su dosis diaria».

María, sentada en el sofá con su pollera ajustada y portaligas expuestos, tiró de mi correa.

«Por supuesto. Pero hoy, chicas, vamos a compartir. Petra, sirve el té». Caminé por la sala, mis tacones resonando con cada paso, las pinzas balanceándose dolorosamente, sirviendo a cada una con reverencias.

Ellas charlaban sobre su «club de dominas» —un grupo de colegas de la farmacéutica que compartían aficiones fetichistas—, riendo de mis torpes movimientos con las uñas postizas.

Pronto, el té se convirtió en juego. Elena sacó más arneses con strapon de su bolsa: uno para Sofia, grueso y venoso; otro para Laura, curvado y vibrante.

«Enseñemos a María cómo manejar a una sumisa en grupo», dijo Sofia, ajustando el suyo sobre su vestido levantado. Me empujaron al centro de la sala, de rodillas.

«Petra, empieza con oral. Chupa el de Elena mientras Laura te prepara por detrás».

Mis labios rojos se abrieron alrededor del strapon de Elena, lamiendo y succionando como me había enseñado, mi peluca cayendo sobre su regazo. Laura quitó el plug de un tirón, lubricó su strapon y entró en mí con fuerza.

«Mira cómo se estremece», comentó Sofia, uniéndose: me puso su strapon en la mano, obligándome a acariciar con mis uñas rojas mientras María observaba, excitada. «Cambien posiciones», ordenó María. Ahora, Sofia me sodomizaba, su cuerpo voluptuoso presionando contra el mío, mientras yo practicaba oral en el de Laura, su malla rozando mi rostro maquillado.

El ritmo se intensificó: Elena y María se unieron, turnándose para penetrarme, sus cuerpos fetichistas rodeándome. «Eres una perra en celo, Petra», humilló Sofia, azotándome con su látigo mientras empujaba.

Laura tiró de las pinzas en mis pezones: «Patética, excitándote con esto». El placer acumulado —el roce constante, la humillación grupal, los strapons llenándome— me llevó al borde. Gemí alrededor del strapon de María, y un orgasmo me sacudió, el semen escapando de la jaula y manchando el piso bajo mí.

Todas se rieron. «Mira, chicas, la putita se corrió sin permiso», dijo Elena, sacando su strapon de mi boca.

María, irascible, me empujó la cabeza al piso: «Limpia tu desastre, Petra. Con la lengua, y agradécenos».

Sofia pisó mi espalda con su bota: «Di ‘Gracias, amas, por sodomizarme'». Lamiendo el semen salado del piso, con maquillaje corrido y cuerpo temblando, murmuré: «Gracias, amas… por sodomizarme y humillarme». Laura añadió: «Hazlo todos los días con nosotras ahora. Serás nuestra mucama compartida».

Ellas continuaron el té, charlando mientras yo gateaba, sirviéndolas, mi transformación sellada en esta orgía de dominación. Ya no era solo de María; ahora pertenecía a todas.

Después de esa tarde con Elena, Sofia y Laura —donde me sodomizaron en grupo, humillándome hasta el orgasmo y obligándome a lamer mi propia vergüenza del piso—, María me arrastró a la habitación de servicio, su expresión irascible pero triunfante. «Has sido una buena putita para mis amigas, Petra. Pero necesito que seas aún más… perfecta. Más mía».

A la mañana siguiente, mientras yo limpiaba el baño de rodillas, el uniforme de mucama francesa pegado a mi piel sudorosa, María entró con una caja pequeña de su trabajo en la farmacéutica. Dentro, viales de inyecciones y frascos de comprimidos, etiquetados con códigos experimentales que no entendía.

«Estos son prototipos, mi amor. Drogas que desarrollamos para… digamos, terapias de comportamiento y hormonales. Vas a tomarlos. Todos los días». Su voz era dominante, sus tacos aguja resonando como un veredicto, su pollera ajustada revelando los portaligas que me tentaban.

«¿Qué… qué me harán, ama?», murmuré, mi voz sumisa ya quebrada, sintiendo el plug moverse con mi temblor.

María se rio, sacando una jeringa y llenándola con un líquido claro. «Te harán mejor. Más obediente, más cachonda, más… femenina. Inclínate».

Me inyectó en el glúteo, el pinchazo ardiente seguido de una ola de calor que se extendió por mi cuerpo. Luego, me obligó a tragar dos comprimidos rosados con un vaso de agua.

«Estos aumentarán tu sumisión, te mantendrán excitada como una perra en celo, y sí, cambiarán tu cuerpo. Verás cómo crecen tus tetas y caderas. Serás mi muñeca curvilínea».

Los efectos empezaron esa misma tarde. Mientras limpiaba la sala principal, una excitación constante me invadió: mi piel hormigueaba, la jaula se tensaba dolorosamente, y un anhelo profundo me hacía gemir. Caí de rodillas ante María, que leía en el sofá.

«Por favor, ama… péntrame. Usa algo, lo que sea. No aguanto más», rogué, mi sumisión amplificada, las drogas nublando cualquier resistencia.

Ella sonrió, sacando un dildo grueso de su bolsa. «Buena chica. Abre las piernas». Me penetró con él en el piso, el objeto deslizándose fácilmente gracias al plug previo, y yo grité de placer frustrado, rogando más.

Día tras día, el ritual se repitió: inyecciones por la mañana en el glúteo, comprimidos con el desayuno que yo misma preparaba vestida como mucama.

Mi sumisión creció; obedecía cada orden con entusiasmo, gateando por la casa, sirviendo a María y sus invitadas con una devoción ciega. La excitación era constante —un fuego bajo que me hacía frotarme contra muebles, rogando penetración con objetos improvisados: el mango de un plumero, un vegetal de la cocina, incluso el tacón de sus zapatos.

«Por favor, ama, úsame con eso… no puedo parar», suplicaba, y ella complacía, humillándome con diálogos crueles:

«Mira cómo ruegas, Petra. Eres patética, pero mía».

Y los cambios corporales… oh, los cambios. Al cabo de una semana, noté mi busto hinchándose; el sostén relleno ya no era necesario, mis pechos crecían suaves y sensibles, presionando contra el encaje del uniforme. Mis caderas se ensanchaban, dándome una figura curvilínea que hacía el vestido ajustarse de forma erótica, mis nalgas más redondas, invitando a azotes.

Me miré en el espejo del baño, jadeando de excitación drogada: ya no era un hombre disfrazado; era una mujer en formación, voluptuosa y sumisa. «Ama, mírame… mis tetas están creciendo. Péntrame para celebrarlo», rogué esa noche, y María lo hizo con un strapon nuevo, mientras yo gemía: «Más, ama, más profundo».

Las drogas me habían transformado por completo: una mucama excitada, rogando ser usada, con un cuerpo que se moldeaba a su voluntad. Y en secreto, en lo profundo de mi mente nublada, lo anhelaba más que nada.

Una semana más bajo este régimen, y los efectos secundarios empezaron a manifestarse, mezclando lo esperado con lo inesperado, tejiendo una red de humillación y éxtasis que me ataba aún más a su dominio.

Por la mañana, en la cocina mientras preparaba el desayuno de rodillas —el delantal blanco manchado de harina, mis uñas rojas cliqueando contra los platos—, sentí el primer sofoco: una oleada de calor repentina que me subió por el cuello, haciendo que mi rostro enrojeciera bajo el maquillaje. Sudé profusamente, el uniforme pegándose a mis pechos hinchados, y un gemido escapó de mis labios. «Ama… me quemo por dentro. Por favor, péntrame con algo frío, no aguanto esta excitación», rogué, las drogas amplificando no solo el calor menopáusico, sino mi sumisión, convirtiendo el malestar en un anhelo lascivo.

María entró, su pollera ajustada y portaligas visibles, inyectándome la dosis diaria en el glúteo con una jeringa que ardía como fuego líquido. «Eso es un efecto secundario común de las hormonas feminizantes, Petra. Sofocos, como una mujer en menopausia. Pero mira lo que te hace: más cachonda, más rogona. Traga estos comprimidos también».

Me obligó a ingerir las pastillas rosadas, que sabía potenciaban todo: la sumisión me hacía gatear sin orden, la excitación constante me tenía frotándome contra el mango de la escoba mientras limpiaba el comedor, y los cambios corporales… mis pechos dolían de sensibilidad, hinchándose más cada día, mis caderas redondeándose hasta que caminar en tacones era un balanceo hipnótico que invitaba a azotes.

Pero no todo era placer torcido; esa tarde, mientras limpiaba el baño de la planta baja de rodillas, un mareo me invadió —fatiga, bajo estado de ánimo, efectos que María minimizaba como «ajustes necesarios»—. Lloré sin razón, lágrimas corriendo mi delineador ahumado, y caí al piso, rogando: «Ama, me siento débil… pero excitada. Úsame con el strapon, por favor, o con el paddle, algo que me haga sentir viva».

Ella llegó, irascible pero excitada por mi vulnerabilidad, y me penetró con un objeto improvisado —el mango de un cepillo—, mientras murmuraba: «Estos son riesgos: fatiga, cambios de humor, quizás hasta pérdida de densidad ósea si no te cuido. Pero también infertilidad permanente, coágulos si no monitoreo, o problemas cardíacos. ¿Te asusta, putita? A mí me excita verte romperte».

Los días siguientes trajeron más: secreción por los pezones, que María ordeñaba humillantemente durante las sesiones con sus invitadas, diciendo «Mira, chicas, las drogas la hacen lactar como una vaca sumisa»; aumento de peso en glúteos y muslos, haciendo mi figura más voluptuosa y femenina, pero también náuseas matutinas que me tenían vomitando en el sótano en desuso, solo para rogar penetración después como alivio.

María, dominante como siempre, ajustaba las dosis: «Estos prototipos tienen efectos secundarios reales, Petra: alto potasio, triglicéridos elevados, quizás hasta prolactina alta que te haga secretar más. Pero te mantienen rogando, transformándote en mi esclava ideal».

Y yo, perdida en este cóctel de química y control, solo podía obedecer, mi cuerpo y mente moldeados por sus caprichos.

Los efectos secundarios me han roto: fatiga que me deja exhausta tras limpiar el jardín, cambios de humor que me llevan a lágrimas inexplicables mientras froto el piso del comedor, y una secreción lechosa de mis pezones que María ordeña con deleite humillante durante las visitas de sus amigas. Pero ahora, ama ha decidido ir más allá de la química; quiere moldear mi mente con «terapias de sumisión psicológica», como las llama, sacadas de sus lecturas y charlas con Elena y las demás dominas.

Esa noche, después de una jornada de rogativas —»Por favor, ama, usa el mango del plumero en mí, no aguanto este calor interno»—

María me arrastró al estudio, donde mis antiguas fantasías de feminización habían empezado. Estaba vestida con su atuendo formal: pollera ajustada que marcaba sus curvas, medias con portaligas expuestas, tacos aguja que resonaban como mandatos, y su maquillaje intenso acentuando una mirada irascible.

Yo, en cambio, caminaba detrás de ella con el collar tirante, el plug vibrando con cada movimiento, las pinzas en mis pezones hinchados enviando punzadas, y la jaula goteando de frustración.

«Petra, las drogas te han hecho una putita excitada, pero tu mente aún resiste a veces. Vamos a explorar terapias psicológicas de sumisión. Serán sesiones diarias, como en el BDSM terapéutico que Elena me recomendó».

Me obligó a arrodillarme frente a un espejo grande que había instalado, mi reflejo mostrando la transformación: pechos lactantes, caderas anchas, peluca rubia enmarcando un rostro con labios rojos y ojos ahumados.

«Primera terapia: condicionamiento de obediencia. Repetirás mantras mientras te penetro».

Sacó un strapon curvado, lubricado, y entró en mí lentamente, el objeto presionando contra el plug que ya llevaba. «Di: ‘Soy Petra, la sumisa eterna de ama María'».

Gemí, el sofoco drogadicto amplificando el placer: «Soy Petra… la sumisa eterna de ama María». Ella empujó más profundo, sus uñas clavándose en mis caderas ensanchadas. «Bien. Esto es como una catarsis: canalizas tu dolor emocional en sumisión física.

Repite: ‘Mi placer es servir, mi dolor es éxtasis'».

Las sesiones se volvieron rituales. Por las mañanas, después de la inyección que ardía en mi glúteo y los comprimidos que nublaban mi mente con náuseas y deseo, venía la «terapia de empoderamiento a través de la rendición», como la llamaba María, inspirada en lecturas sobre cómo el BDSM puede sanar traumas al revivir vulnerabilidades controladas.

Me ataba con cuerdas suaves, mis pechos sensibles rozando el piso, y me obligaba a confesar fantasías: «Cuéntame cómo sueñas con ser sodomizada por mis amigas, Petra».

Lloraba de humillación, pero la excitación drogada me hacía rogar: «Por favor, ama, hazlo real… «. Ella azotaba suavemente, cada golpe un refuerzo: «Esto te empodera, putita. En la sumisión encuentras control, porque yo decido los límites».

Por las tardes, con Elena de visita —su corsé de látex ceñido a curvas voluptuosas, falda de vinilo revelando botas altas—, profundizaban en «dominación terapéutica grupal».

Me sodomizaban alternadamente con strapons, mientras yo repetía mantras de sumisión: «Soy nada sin mis amas».

Elena comentaba: «Esto es empoderamiento, María. La sumisa manda con sus límites, pero las drogas la han hecho adicta a la rendición».

Un orgasmo me sacudía, el semen lamiéndose del piso como ritual, y María añadía: «Mira cómo crecen tus tetas con las hormonas; esta terapia las hace parte de tu identidad sumisa».

Cada noche, en la habitación de servicio, la terapia culminaba en hipnosis ligera: María me susurraba órdenes mientras me penetraba con objetos variados —un vegetal curvo, su tacón aguja envuelto en látex—. «Duerme soñando en obediencia, Petra. Mañana rogarás más».

10 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por FantasiasTrans
Etiquetas: anal, baño, culo, metro, oral, orgasmo, semen, sexo
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