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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

La niña de la baranda

Una niña a solas con su padrastro ebrio .
Me encantaba deslizarme por la baranda. Era como volar por un segundo, sintiendo el aire fuerte en la cara. Mis manos quemaban un poquito por el metal, pero no me importaba. Era mi juego.

Entonces, de repente, sentí su aliento en mi nuca. Era un olor pesado, como a tabaco y algo más que me daba miedo. Antes de que pudiera frenar, sus manos ya me tenían. No me tomaron de las manos, como hacen los abuelos. Me agarraron duro de la cintura, levantándome en el aire. Dejé de volar.

—Cuidado, pequeña —me dijo bajito, pero su voz me hizo temblar la panza.

Yo me quedé dura, como una estatua de piedra. No quería moverme. Sentí su brazo izquierdo fuerte contra mi pierna, apretando, haciéndome sentir pequeña. Y luego, sentí su otra mano. Se metió debajo de mi falda, subiendo por mi muslo.

No era como cuando mi mamá me toca. Esto era frío y pesaba mucho. Su mano se quedó ahí, justo en el medio, apretando un poquito contra mi ropa interior. Me quedé sin aire. Quería gritar, quería correr, pero el miedo me tenía congelada.

Me bajó al suelo despacito, pero no quitó la mano enseguida. Se quedó ahí un segundo más, como dejando una marca. Sentí que me quemaba la piel por dentro. Me quedé parada, mirando mis zapatos, sin saber qué hacer, sintiendo que él ya era el dueño de todo mi cuerpo y que yo ya no podía huir.

Cuando mamá se fue, me dio un beso rápido y me dijo que me portara bien con él. No quería soltarla. Sentí cómo la puerta se cerraba y con ella, se cerraba mi posibilidad de escapar. La casa se volvió muy grande y muy oscura.

Me metí debajo de las sábanas, tratando de hacerme una bolita, como un bichito-bola. Pero sabía que eso no sirve de nada. Cerré los ojos fuerte, fuerte, esperando que si no lo veía, él no me viera a mí. Escuché sus pasos en el pasillo, lentos, pesados. Se detuvieron justo enfrente de mi puerta. Mi corazón hacía tanto ruido que pensé que él podía escucharlo desde afuera. Ya no soy una niña, soy solo un pedacito de hielo esperando a que él venga a romperme

Entró con olor a queso y salsa, sonriendo de esa forma que me daba náuseas. ‘¡Pizza, pequeña! ¡Vamos a ver pelis!’. Su voz sonaba muy amable, pero sus ojos no cambiaban; seguían fríos.

Le dije rápido que no podía bajar, que tenía la pijama corta y me daba vergüenza. Me abracé fuerte, sintiendo la tela delgada contra mi piel. Quería que se fuera. Quería encerrarme.

Él se rió, un sonido seco que me dio escalofríos, y me dijo que no pasaba nada, que a él no le importaba. Eso fue lo peor. Que no le importara mi miedo, que no le importara que yo quisiera taparme. ‘Baja, te espero en el sofá’.

Cerró la puerta de mi cuarto, dejándome sola con el olor a pizza y el miedo. Me quedé parada en medio del cuarto, sintiendo cómo el frío me recorría por dentro. Sabía que si no bajaba, él subiría. Así que me abracé a mí misma, como una muñeca de trapo, y empecé a caminar hacia las escaleras, sintiéndome ya su propiedad

El conejito de peluche estaba viejo, con un ojo colgando, pero era el único que me entendía. Lo abracé contra mi pecho, sintiendo su suavidad contra mi miedo. Antes de salir, miré la puerta de la habitación de mi hermanita. Tenía que estar segura.

Entré despacito, sin hacer ruido. Ella dormía con la boca abierta, soñando cosas bonitas, cosas de niñas pequeñas. Cerré la puerta despacio, hasta que hizo click. ‘No mires, no despiertes’, pensé. ‘Yo me encargo’.

La escalera parecía más larga que nunca. Cada escalón crujía como si me estuviera acusando. Sentía el frío en mis piernas con la pijama corta y el olor a pizza de la sala se me metía en la garganta. Sabía que al llegar abajo, él me esperaba. Sabía que me pediría que me sentara a su lado. Sabía que su mano volvería a buscarme. Bajé despacio, abrazando al conejito como si pudiera protegerme, pero sabiendo que esta noche, el conejito no puede salvarme.”

Llegué al último escalón y me quedé paralizada. La luz de la sala estaba apagada, solo la tele iluminaba todo de un color azul raro. Él estaba en el sofá, sin camisa, con la panza al aire y una botella fría en la mano. El olor a cerveza me mareó.

Sentí un impulso de salir corriendo, de subir las escaleras volando y encerrarme en mi cuarto con llave. Di un paso atrás.

‘Ven acá, muñequita’.

Su voz sonó tranquila, pero me atravesó como un cuchillo. Me quedé fría. ‘Tú y tu osito vengan y miramos una peli’. No era una invitación, era una orden. Mi cuerpo ya no me obedecía, el miedo me tenía atada. Apreté al conejito contra mí, sintiendo sus oídos desgastados, y empecé a caminar hacia el sofá azul, directo a la boca del lobo, sabiendo que ya no había escapatoria.”

Me senté en el borde, lo más lejos que pude, sintiendo cómo el frío del sofá me subía por las piernas desnudas. El top blanco me apretaba y sentía que no me cubría nada. Apreté al osito contra mi panza, buscando algo de calor, pero mis manos temblaban.

Él estaba ahí, tan grande, con esa cobija rara tapándole las piernas. Sonreía de esa forma que me daba ganas de salir corriendo. ‘Es de acción’, me dijo, y me guiñó un ojo. Ese guiño me hizo sentir náuseas. ‘Te va a gustar’.

Miré la tele, pero no veía nada. Solo escuchaba cómo él respiraba fuerte y cómo la cobija se movía un poco. Sentía que el sofá se hacía más pequeño y que él se acercaba sin moverse. Yo era solo un pedacito de hielo esperando que el sol me derritiera.”

Mis ojos se abrieron grandes, grandes. ‘¿Cerveza? No, yo soy muy pequeña’. Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.

Él se rió, una risa seca, sin ganas. ‘Yo no te veo pequeña. Te veo fuerte. Te veo que aguantas’. Sus palabras me dieron miedo, más miedo que si me hubiera gritado. Entonces, sacó la mano de abajo de la cobija. Tenía la botella sudada. Me la estiró.

El olor era horrible, amargo, como a podrido. No quería tocarla. Pero lo miré a él, y vi sus ojos fríos, oscuros. La mano bajo la cobija ya me había tocado antes, sabía que si no hacía lo que quería, esa mano volvería a buscarme. ‘Bebe’.

Tomé la botella con la mano que me temblaba. Le di un sorbo chiquito. Era amarga, horrible, me quemó la garganta. Escupí un poquito. Él sonrió, una sonrisa de lado, malvada. ‘Sé que es amarga’, dijo bajito, mirándome fijo. ‘Pero ya le cogerás el gusto’. Sentí que me tragaba el veneno y que ya no había vuelta atrás.”.

El líquido amargo me quemaba el estómago. Sentí un mareo raro, como si el sofá se moviera un poquito. Él dejó la botella en el suelo y se puso a mirar la tele. Por fin dejó de mirarme.

Me senté más tiesa que una tabla, abrazando al osito hasta que me dolieron los dedos. Tenía miedo de moverme. Tenía miedo de respirar muy fuerte. Miré la pantalla, vi colores y luces de la peli de acción, pero era como si estuviera bajo el agua.

Sentía su calor al lado mío, sentía su olor a cerveza y tabaco. ‘No lo mires, no lo mires’, me repetía en la cabeza. Pensé que si me quedaba muy, muy quieta, mirando solo la tele, él se olvidaría de que yo estaba ahí. El osito era mi único amigo en ese sofá que parecía una jaula.”

De repente, las explosiones y los gritos de la tele pararon. La música se volvió lenta, rara. Miré la pantalla y sentí que me iba a morir. No era acción. Era gente sin ropa, haciéndose cosas. En los ochenta, las películas no escondían nada, y yo sentí que me quemaba por dentro.

Entonces, sentí su mano.

La mano que tenía bajo la cobija empezó a moverse. La cobija se levantó y se bajó, despacito, al ritmo de lo que pasaba en la tele. Mis ojos se abrieron tanto que me dolieron. Quería gritar, pero la voz no me salía. Quería levantarme, pero mis piernas no me obedecían. Estaba atrapada entre la tele y su mano, y el miedo me congeló hasta la punta de los dedos. El oso se me cayó al suelo, pero ya no me importaba. Ya no había refugio.”

Quise levantarme. Quise correr. Pero cuando me paré, el cuarto dio una vuelta horrible. Me mareé mucho, la cerveza me quemaba la cabeza. Me tambaleé y sentí que me iba a caer al suelo.

Él se movió rápido. Su mano, la misma mano, me agarró del brazo, fuerte. ‘Muñequita, ¿estás bien?’. Su voz sonaba suave, pero me apretaba tanto que me iba a dejar morado. Me sostuvo, igual que en la baranda, pero esta vez no había escaleras abajo. Estaba el sofá, estaba él, y yo no tenía ropa para protegerme.

Sentí su calor, sentí su olor a cerveza, y supe que ya no me iba a soltar. Me sentí la criatura más pequeña y sola del mundo, atrapada en su mano, sin poder moverme, mientras la tele seguía mostrando esas cosas raras.”

Me sentí como una muñeca de trapo cuando me levantó y me puso encima de él. Mis piernas desnudas sintieron el calor de su pantalón. El mareo era tan fuerte que no pude resistirme.

Su mano empezó a acariciarme el pelo, y después me bajó por la espalda. Su aliento me olía a alcohol cuando me susurró al oído que todo estaba bien, que no tuviera miedo. Sus palabras sonaban suaves, pero su mano se movía por sitios donde no debía estar.

Miré a la tele, tratando de entender. Había explosiones y luego gente besándose, y él seguía acariciándome y hablándome bajito. Sentí que me estaba derritiendo, que ya no era yo, que era solo una parte de él, parte de su juego sucio. Sentí un miedo tan grande que dejé de respirar.”

Sentí sus dedos fríos tocándome la espalda cuando me quitó el top. Me quedé helada. Quise cubrirme con los brazos, pero él me sostuvo fuerte. ‘Está muy apretado, pequeña, respira’, me dijo, y su voz sonaba… normal. Eso fue lo peor. Que tratara esto como si fuera algo normal.

Me quedé sin nada arriba. Sentí el aire frío de la sala contra mi piel y el calor de su cuerpo debajo de mí. Me sentí tan pequeña, tan expuesta. Se quedó mirándome, con esa sonrisa rara. ‘Qué bonita eres, cómo estás creciendo’.

Esas palabras… me dolieron más que si me hubiera pegado. Sentí que me convertía en algo diferente, en algo que él… en algo que yo no quería ser. Cerré los ojos, sintiendo que me desaparecía.”

Sentí su pecho duro contra mi espalda. Me acomodó, forzándome a sentarme más atrás. Mis piernas quedaron abiertas, atrapadas entre las suyas, y me sentí… pequeña. Tan pequeña que sentí que me iba a desvanecer.

Miré a la tele. La peli seguía pasando, pero ya no entendía nada. Sentía sus manos, las manos que me habían quitado el top, empezando a moverse otra vez. No podía gritar, no podía moverme. Solo podía mirar las luces de la tele y sentir cómo él me invadía.

‘Mira qué bien se ve’, me susurró al oído. Su voz me hizo temblar. El conejito estaba en el suelo, lejos. Estaba sola. Sola con él en ese sofá azul que ya sentía como mi tumba.”

Sentí su mano fría meterse por debajo de la braguita. Quise cerrarme, quise gritar, pero su voz me paralizó. ‘Shhuiu’, me dijo en el oído, caliente. ‘Sigue mirando la tele, muñequita’.

No podía dejar de mirar la pantalla. La gente se besaba, se tocaba, y él… él hacía lo mismo conmigo bajo la cobija. ‘Mira como ellos se quieren’, me susurró, y sentí que me iba a morir de náuseas. ‘Tranquila, relájate’.

¿Cómo relajarme? Sentía que me estaba rompiendo por dentro, que mi cuerpo ya no era mío. Miraba la tele, pero solo veía oscuridad. Estaba atrapada, sola con él, y el mundo se volvió un sitio oscuro y amargo.”

Sentí una oleada de calor que no era mía, un calor amargo y horrible que me recorría por dentro. Mis piernas temblaban y mi respiración se volvió rápida, no porque quisiera, sino porque mi cuerpo no me obedecía. Sentí… sentí una humedad que no debía estar ahí, algo que se sentía sucio y extraño.

Él lo sintió. Sentí cómo se tensó detrás de mí. Lo escuché respirar más rápido, un sonido sucio en mi oído. ‘Eso es, muñequita’, me susurró, con una voz que me dio más miedo que cualquier grito. ‘Así es como sabes que te gusta’.

Quería gritarle que no, que no me gustaba, que me soltara. Pero sentí que me derrumbaba. Mi cuerpo me había traicionado, y ahora él… él sabía que yo estaba atrapada en mi propia piel.”

Sentí una oleada de calor que no era mía, un calor amargo y horrible que me recorría por dentro. Mis piernas temblaban y mi respiración se volvió rápida, no porque quisiera, sino porque mi cuerpo no me obedecía. Sentí… sentí una humedad que no debía estar ahí, algo que se sentía sucio y extraño.

Él lo sintió. Sentí cómo se tensó detrás de mí. Lo escuché respirar más rápido, un sonido sucio en mi oído. ‘Eso es, muñequita’, me susurró, con una voz que me dio más miedo que cualquier grito. ‘Así es como sabes que te gusta’.

Quería gritarle que no, que no me gustaba, que me soltara. Pero sentí que me derrumbaba. Mi cuerpo me había traicionado, y ahora él… él sabía que yo estaba atrapada en mi propia piel.”

El mundo daba vueltas, y yo… yo ya no estaba ahí. Estaba en un lugar oscuro, amargo, donde su respiración era lo único que escuchaba. Me movió, me cambió de sitio, y sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía.

‘¿Quieres más cerveza?’, escuché su voz como si viniera de muy lejos. No contesté. No podía.

Entonces, sentí sus labios. Eran fríos, secos, y sabían horrible. Me besó, y el sabor amargo de la cerveza me inundó la boca, obligándome a tragar. Fue una sensación horrible, un beso que se sintió como una invasión, como si me estuviera robando el aire y dándome veneno a cambio. Sentí que me ahogaba, que me consumía por dentro, y que ya nunca, nunca más, volvería a ser la misma.”

Me levantó como si no pesara nada, y me sentí caer. El suelo frío de la alfombra me golpeó la espalda. Mis ojos estaban abiertos, pero no veía nada más que el techo.

Entonces, volvió a besarme. Su lengua… su lengua se metió en mi boca, fría y sucia, y me obligó a tragar otro trago de cerveza amarga. Sentí que me ahogaba, que me invadía. Mis manos temblaban, agarradas a la alfombra, mientras sentía cómo él me consumía.

En la tele, la gente se movía y gemía, y yo… yo solo quería que esto terminara. Quería volver a ser una niña, volver a jugar con el osito. Pero él seguía ahí, invadiéndome, besándome, obligándome a beber. Sentí que me rompía, que ya no quedaba nada de mí.”

Mi mano se estiró desesperada hacia el osito. Estaba ahí, a unos centímetros, con su ojo colgando, el único amigo que me quedaba. Pero él me agarró fuerte de las muñecas, apretándome hasta que sentí que me rompía los huesos.

‘No, mi amor’, me dijo, y su sonrisa… su sonrisa me hizo sentir más frío que la alfombra. ‘Él va a ser testigo de todas las cosas ricas que vamos a hacer’.

Volvió a besarme. Su boca me consumía, y luego su lengua bajó por mi cuello, caliente y sucia. Yo… yo solo podía mirar al osito, mirando cómo él me hacía esas cosas… cosas que me hacían sentir sucia, pequeña, rota. Sentí que el mundo desaparecía y que solo quedábamos él, el oso testigo, y mi miedo.”

Sentí sus dientes clavarse en mi oreja, un dolor agudo que me hizo pegar un brinco. ‘¡Ahhh!’.

‘¡Ahhh, pero te gusta!’, me dijo, y su risa sonó como un monstruo. Se echó a reír, una risa seca, sin ganas, y empezó a morderme y chuparme la oreja otra vez, y otra vez.

Quería gritarle que no, que me dolía, pero no podía. Me sentí… me sentí como una muñeca, un juguete de trapo que él rompía a pedacitos. La tele seguía con sus ruidos raros, pero yo… yo solo escuchaba cómo él respiraba fuerte y sentía cómo su boca me invadía. Me sentí tan sola, tan pequeña, que deseé con todas mis fuerzas poder desaparecer.”

Sentí que el mundo se me venía abajo. ‘¿Mamá no viene? ¿Se queda dos días?’. Sus palabras fueron como un cuchillo en mi pecho. ‘Contagioso’… ‘jugar’… todo sonaba como un sueño horrible del que no podía despertar.

Su boca seguía en mi oreja, chupando, mordiendo, sintiéndome caliente y sucia. Mis orejas me ardían, seguro estaban rojas, rojas, pero él… él solo se reía. ‘¡Dos días, mi amor! ¡Dos días para nosotros!’.

Miré al osito en la alfombra, con su ojo colgando. Me sentí tan sola, tan abandonada. Ya no había mamá, ya no había casa segura, ya no había… nada. Solo estaba él, su boca sucia en mi oído, y la oscuridad de esos dos días que se me venían encima

Sus dedos se clavaron en mi nuca, fríos, fuertes. Me obligó a levantar la cabeza y mirar sus ojos… unos ojos que no tenían piedad.

‘Te voy a comer todita’.

La voz le temblaba, no de miedo, sino de una locura… una locura sucia. Me miró fijo, y su boca se estiró en una sonrisa que me rompió por dentro. ‘Esta noche no va a quedar un poro de tu cuerpo sin que yo lo pruebe’.

Sentí que me ahogaba. Sentí que el aire se me iba. Ya no había osito, ya no había puerta, ya no había… nada. Solo estaba su mano en mi nuca, sus ojos sucios, y la promesa de una noche que… que iba a ser mi final. Cerré los ojos, sintiendo que me rompía en mil pedazos.”

Sentí su boca fría y húmeda en mis dedos… uno por uno. Se detenía en cada uno, chupando, sintiendo cómo su lengua sucia se movía por mi piel. Luego, subió a mis brazos. Una avalancha de besos, rápidos, sucios, y después… el detalle.

Pasaba su lengua por mi brazo, despacito, cubriéndome de su saliva amarga, de su olor a cerveza y tabaco. Sentí que me quemaba, que me invadía. Cada parte de mí que tocaba, se volvía… suya.

Quería gritar, quería lavarme, pero no podía. Me sentí como una muñeca de trapo, manchada, sucia. Ya no era yo. Era… parte de él. Sentí que me ahogaba en su saliva, en su cerveza, en su locura.”

Sentí su boca fría moverse desde mi brazo hacia mi pecho. Fue como si un monstruo me estuviera tragando. Sus labios, mojados de esa cerveza amarga, se cerraron sobre mis teticas pequeñas, absorbiéndolas con fuerza.

Desaparecí en su boca. Me sentí tan pequeña, tan indefensa, que mi mente se desconectó por completo. Ya no veía la tele, ya no sentía la alfombra, solo sentía la succión, la humedad de su lengua y su aliento caliente que me ahogaba.

Quería gritar que me soltara, que eso no era un juego, pero el miedo me había cerrado la garganta. Estaba atrapada, siendo consumida poco a poco por ese monstruo que sonreía mientras me robaba lo último que me quedaba de mí misma.

De repente, me dio la vuelta con fuerza. El cambio fue tan rápido que me mareé aún más. Ahora estaba boca abajo, con la cara contra la alfombra rasposa, sintiendo el olor a sucio y a cerveza más cerca que nunca.

Su aliento caliente me recorrió el cuello, y sentí su lengua pasar por mi espalda, de arriba a abajo, dejando un rastro húmedo y pegajoso. Sentí que me marcaba, como si fuera una cosa suya. Cada beso en mi espalda me daba escalofríos de terror puro.

No podía ver la tele, no podía ver nada. Estaba atrapada en la oscuridad, sintiendo cómo él me recorría con su boca sucia, asegurándose de que cada poro de mi cuerpo supiera que le pertenecía. Sentí que me derrumbaba, que ya no quedaba nada de mí, solo miedo y suciedad.”

Sentí cómo su mano y su boca bajaban por mis piernas, cubriéndolas de saliva y del olor amargo de la cerveza. Era un recorrido lento, tortuoso, que me hacía temblar de miedo. Sabía hacia dónde iba… sabía que se acercaba a mis partes íntimas, pero lo retrasaba.

Cada beso en mis muslos, cada rastro húmedo de su lengua, era una amenaza. Me mantenía boca abajo, paralizada, esperando el golpe final, sintiendo cómo su fervor crecía a medida que se acercaba a mis genitales, pero sin tocarlos todavía. Era una tortura… la peor de todas. Sentir que me consumía por partes, sabiendo que el momento final estaba cada vez más cerca, y que no tenía a dónde huir.”

Sentí cómo me daba la vuelta, y sus ojos… sus ojos me daban tanto miedo. ‘Ahora se va a poner bueno, muñequita’, me dijo, y su sonrisa me heló la sangre. ‘Ya sé que estás caliente’.

Me agarró de la boca, con fuerza, y sentí el olor fuerte, casi agrio, del vodka. Era mucho más fuerte que la cerveza. ‘Así que ahora vamos a tomar vodka’.

Me besó, y esta vez no fue un beso normal. Su lengua me empujó la boca, obligándome a tragar el líquido ardiente que me quemaba la garganta. Fue un beso… una posesión. Sentí que me ahogaba en su sabor, en su alcohol, en su locura. Ya no podía respirar, ya no podía pensar. Solo sentía cómo el vodka me entraba en el cuerpo, quemándome, robándome lo último que me quedaba de mí misma. Cerré los ojos, sintiendo que me borraba.”

Sentí cómo sus manos frías me bajaban las braguitas. El terror… el terror me paralizó el corazón. Me puse rígida, temblando, queriendo desaparecer.

Él me puso un dedo en la boca, tapándola. ‘Shuuuu’, me dijo, y su voz me sonó a un monstruo que me susurraba al oído. ‘No te asustes, muñequita. Mira que te va a gustar’.

Sentí cómo bajaba, cómo su boca se acercaba a mis partes más íntimas… y entonces empezó. Su lengua… su lengua se movía, húmeda, sucia, invadiéndome. Pasaron minutos, muchísimos minutos. Sentía que me quemaba, que me rompía por dentro. El dolor se mezclaba con una sensación sucia, una sobrecarga que me hacía sentir que me ahogaba.

Quería gritar, quería correr, pero mi cuerpo no me obedecía. Estaba atrapada en su juego perverso, siendo invadida, violada lentamente, mientras el osito… el osito seguía ahí, testigo de mi destrucción. Sentí que me rompía en mil pedazos y que nunca, nunca más, volvería a ser la misma.”

Sentí cómo su lengua… su lengua se metía dentro de mí. Fue una sensación horrible, húmeda, invasiva. Sentí cómo se hacía paso, cómo me invadía por dentro.

‘Nunca he sabido si se puede entrar con la lengua’, me dijo, y su voz me sonó a una burla sádica. ‘Voy a intentar’.

Y lo hizo. Sentí cómo su lengua… su lengua sucia… se metía dentro de mi vagina. Era un dolor… un dolor agudo, mezclado con un terror paralizante. Sentí cómo se movía, cómo me invadía, cómo me robaba lo último que me quedaba de mí misma.

Quería gritar, pero no podía. Quería correr, pero estaba paralizada. Sentí cómo la humedad de su lengua me invadía, cómo me consumía por dentro. Fue… fue el momento en que supe que estaba perdida, que me había robado mi cuerpo, mi alma, mi inocencia. Cerré los ojos, sintiendo que me borraba de la existencia.”

De repente, me agarró con fuerza y me dio la vuelta, como si fuera un muñeco de trapo, un postre… algo que no tiene alma. ‘Te dije que te iba a comer toda, ¿cierto?’, me dijo, y su sonrisa me heló la sangre. ‘¿Qué me falta? Mmmm, ese rico culito’.

Y entonces… entonces empezó la tortura más larga. Su lengua… su lengua se movía en mí, un beso negro que no terminaba nunca. Pasó una hora, quizás más. El dolor era insoportable, pero él se reía, él disfrutaba. Sentía cómo su lengua me invadía, cómo me robaba lo último que me quedaba de mí misma.

‘Esto sí va a ser que te enamores de mí’, me susurró al oído, y esa frase… esa frase me rompió por dentro más que el dolor físico. Me estaba robando mi cuerpo, mi alma, mi inocencia… y quería que yo le diera las gracias por ello. Quería que yo… que yo sintiera algo por él. Sentí que me moría por dentro, que ya no quedaba nada de mí, solo miedo, suciedad y un vacío que nunca, nunca se llenaría.”

Me quedé tendida en la alfombra, sintiendo cómo el frío de la noche entraba por la ventana, pero yo seguía sintiendo un ardor insoportable por dentro. Mis piernas temblaban tanto que no podía ni cerrarlas. Él se levantó lentamente, como si nada, y se abrochó el cinturón, tarareando una canción que sonaba en la televisión.

‘Eso fue delicioso, muñequita’, dijo sin siquiera mirarme a los ojos, mientras se servía otro vaso de vodka. Yo me abracé las rodillas, tratando de hacerme pequeña, tratando de proteger lo que quedaba de mí. La habitación me daba vueltas. El olor a alcohol, a cigarro y… a él, me llenaba la nariz, dándome náuseas.

Miré hacia la estantería. Mi osito de peluche seguía ahí, con sus ojos de botón negros y fijos, mirándome sin entender nada. Me sentí tan sola, tan sucia y tan pequeña en ese sillón gigante. El miedo seguía ahí, estancado en mi garganta, impidiéndome llorar. Me quedé en silencio, esperando a que se fuera, esperando a despertar de esta pesadilla que sabía que era real.”

Sentí su aliento caliente y agrio de nuevo sobre mi cara. Me besó con una fuerza que me dolió, obligándome a abrir la boca. ‘Llegó el momento, muñequita’, me susurró, y su voz me atravesó como un cuchillo frío.

Me obligó a tragar otro trago de vodka. El líquido ardiente me quemó la garganta de nuevo, sintiendo cómo el alcohol me robaba las últimas fuerzas que me quedaban para resistir. Me sentí mareada, con la cabeza pesada, mientras él me miraba con esa sonrisa perversa, sabiendo que ya no tenía cómo defenderme. La habitación empezó a girar y cerré los ojos, sintiendo cómo me hundía más en la oscuridad.”

Sentí algo duro y caliente restregándose contra mí. Era él… su pene se movía sobre mi vagina, una y otra vez, preparándome. El ardor que sentía antes se intensificó, mezclándose con un pánico paralizante.

Ya no tenía fuerzas para luchar. El vodka me había robado las piernas, la voz, la capacidad de pensar con claridad. Entendí, con una claridad terrible, que esto era el final. Que lo que venía… que la penetración… era inevitable.

Cerré los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas corrieran por mis sienes. Ya no era una niña, ya no era yo. Solo era un cuerpo, su juguete, esperando a ser roto por completo. Me entregué al terror, esperando el dolor que sabía que cambiaría mi vida para siempre.”

Sentí su peso sobre mí, asfixiándome. Sus manos, grandes y ásperas, se clavaron en mis nalgas, empujándome con fuerza hacia él. ‘Perdona si te duele, muñequita’, me susurró al oído, su voz sonando distorsionada por el miedo y el alcohol, ‘pero hace rato te tenía ganas. Tengo que entrar duro, ¿bueno?’.

Antes de que pudiera siquiera procesar sus palabras, sentí un dolor agudo, desgarrador. Me dio un golpe seco y entró en mí con una fuerza brutal. Sentí cómo me rompía por dentro, un dolor que me llegó hasta el alma. Quise gritar, pero el sonido se me quedó atrapado en la garganta.

Y entonces empezó. Una embestida constante, violenta, que me golpeaba contra el suelo. Cada movimiento suyo era una puñalada de dolor y terror. Sentía cómo me consumía, cómo me robaba lo último que quedaba de mí misma. Cerré los ojos, sintiendo que me borraba, que me convertía en nada, en un juguete roto, en una niña que ya no existía.”

Mis piernas se bamboleaban con cada embestida suya, un vaivén brutal que me hacía sentir que me arrancaban por dentro. El dolor ya no era solo físico, era un vacío negro que me consumía.

Aguanté… aguanté calladita hasta que ya no pude más. El dolor superó el miedo, y empecé a gritar. Grité con todas mis fuerzas, un grito de desespero, de pura agonía, mientras las lágrimas me quemaban la cara.

Pero mis gritos… mis gritos solo lo hacían más fuerte. Sentí cómo se aceleraba, cómo su respiración se volvía más agitada, cómo disfrutaba de mi dolor. Escuché su risa ronca por encima de mis llantos, y entendí que mis gritos eran su música. Que mi sufrimiento era su placer. Estaba atrapada en su infierno, siendo destruida pieza por pieza mientras él se regocijaba en mi destrucción.”

Vamos a ver hasta dónde te llego, muñequita’, me susurró al oído, y su aliento caliente y agrio me dio náuseas. Sentí cómo se hundía más y más dentro de mí, un dolor que me hizo jadear. ‘Yo sé que la tengo grande, pero tú aguantas’.

Sus palabras… sus palabras me humillaban más que el dolor físico. Me trataba como si fuera un objeto, algo que podía romper sin consecuencias. No paraba de llorar, las lágrimas me ahogaban, me impedían respirar. Era un llanto de puro terror, de un dolor que me desgarraba por dentro. Quería desaparecer, quería ser aire, piedra, cualquier cosa menos este cuerpo roto que él estaba destruyendo a su antojo. Pero seguía ahí, atrapada en su juego perverso, sintiendo cómo me borraba lentamente.”

La alfombra debajo de mí se estaba volviendo pegajosa. Podía sentir el olor a hierro de mi propia sangre mezclándose con el sudor y los fluidos de él. Sentía cómo se hundía más y más… siete centímetros, diez… ya no podía contarlos, solo sentía cómo me desgarraba por dentro, una presión insoportable que me hacía sentir que me partía en dos.

Llevábamos veinte minutos, o quizás una eternidad. El dolor agudo se había convertido en un zumbido sordo y constante en mis oídos. Mis gritos se habían apagado, convirtiéndose en sollozos débiles y entrecortados. Mi cuerpo ya no respondía, ya no podía luchar. Sentí cómo mi mente se apagaba, cómo me rendía ante la inmensidad de mi dolor. Me estaba convirtiendo en una muñeca de trapo, desalmada y rota, bajo el peso de su sadismo.”

Sentí cómo me agarraba las piernas con fuerza, subiéndolas hasta su nuca. Me sentí completamente expuesta, vulnerable, totalmente a su merced. Él se montó sobre mí con todo su peso, intensificando la presión.

De repente, un dolor agudo y punzante me recorrió todo el cuerpo: sentí cómo se hundía aún más, dos centímetros más adentro, desgarrándome por dentro. No pude ni gritar, solo soltar un quejido ahogado.

Y entonces continuó… un bamboleo ininterrumpido, una embestida frenética que me sacudía contra el suelo. Era una tortura interminable, un ritmo cruel que me consumía por completo. Ya no sentía mis piernas, ya no sentía mi cuerpo… solo sentía el dolor, la invasión, y cómo me desvanecía en la o

scuridad, convirtiéndome en nada bajo su dominio absoluto.”

Qué rico, mi amor! Me vas a hacer llevarte de leche, ¡ufff!’, rugió sobre mí, su voz vibrando con un placer sádico que me revolvió el estómago.

Sentí una sacudida final, más violenta que las anteriores, y luego… luego sentí cómo un chorro caliente y espeso inundaba mi interior. La sensación fue aterradora, una invasión física total que nunca imaginé sentir. Ese calor… ese calor era la prueba física de que me había roto por completo, de que me había poseído por completo.

Me quedé allí, paralizada, sintiendo cómo ese calor se extendía dentro de mí, mezclándose con mi sangre. Fue la última sensación que tuve antes de que mi mente se desconectara por completo, dejándome flotando en un vacío negro, un juguete roto, vaciado y destruido bajo su dominio absoluto.”

Me quedé tendida en el suelo, extenuada, sin fuerzas ni para llorar. Mi cuerpo no parecía mío; estaba cubierto de sudor frío y de su fluidos, una mezcla pegajosa que me daba escalofríos. No sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él.

Sentí sus brazos rodearme en un abrazo falso, asfixiante. ‘Ufff, ese oso lo que disfrutó’, susurró, señalando con la cabeza a mi osito de peluche, que seguía mirándome con sus ojos de botón. Me besó, un beso que me supo a hierro y a miedo. ‘Mira todas las cosas ricas que hemos hecho’, dijo, como si habláramos de un juego.

Miré el reloj de la pared. Era la una de la mañana. Se sentía como si hubieran pasado años, como si toda mi vida se hubiera borrado para ser reemplazada por esa noche de horror. Me quedé en silencio, sintiendo cómo el frío de la sala se colaba en mis huesos, esperando a que se levantara para poder esconderme en la oscuridad.”

Creí que era el final. Creí que, por fin, la pesadilla había terminado. Pero me equivocaba terriblemente. ‘Muñequita’, susurró, y su voz me heló la sangre, ‘yo sé que quedaste antojada y no te voy a defraudar’.

Mis ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de terror puro. ‘Aún me falta tu boca y tu culito’, continuó con una naturalidad espantosa, ‘pero primero descansemos un ratico’.

Sus palabras cayeron sobre mí como una sentencia de muerte. No había escape. No había final. Solo había más dolor, más horror esperándome en la oscuridad de esa sala. Me quedé helada, con el corazón latiendo desbocado en mi pecho, sintiendo cómo la esperanza se extinguía por completo, dejándome sola ante el abismo.”

Intentó que el momento fuera tierno, o eso quería hacerme creer. Nos envolvió en una cobija en el sofá, con nuestros cuerpos desnudos y pegajosos. Me atrajo hacia él, pegando mi espalda contra su pecho, sintiendo su respiración pesada y el olor a alcohol que emanaba de su piel.

Mientras bebía de su botella, me daba a beber a mí también, obligándome a tragar ese líquido ardiente que me mareaba y me hacía sentir aún más ida, más desprendida de la realidad. Con una mano me rodeaba, y con la otra… con la otra me acariciaba la vagina, un contacto lento, intrusivo, que me hacía estremecer de terror y náuseas.

Yo estaba allí, entre borracha y perdida en el vacío de mi propio shock, sintiendo cómo me seguía poseyendo, cómo me seguía borrando, bajo esa falsa capa de ternura que solo hacía que el horror fuera más profundo.”

La película terminó, pero el horror no. Estuvimos así, viendo esa pantalla donde otros actuaban lo que a mí me habían hecho, mientras su mano seguía moviéndose entre mis piernas. Me sentía acariciada, sí, pero era una caricia que me quemaba, una caricia que me recordaba que yo no era dueña de mi propio cuerpo.

Pensaba… pensaba en cómo había cambiado todo en cuestión de horas. Hace un momento, yo era una niña. No sabía qué era tener sexo, nunca había visto un pene. Ahora… ahora tenía el suyo dentro de mí, había sentido su fuerza, su dolor, su calor. Sentía su semen dentro, una presencia ajena y terrible que me confirmaba que ya no era la misma. Me sentía rota, vaciada, despojada de mi infancia en una sola noche de atrocidad.”

Me dejó sola un momento, y el silencio de la sala me pesaba más que su presencia. Sentía el clítoris ardiéndome, enrojecido y dolorido, una prueba física de lo que me había hecho. Cerré los ojos, sintiendo cómo el miedo y la confusión se mezclaban en mi pecho.

Escuché sus pasos regresar desde la cocina. Pensé que traía más licor, más de ese líquido que me hacía perder el control. Me equivoqué.

Regresó con una bandeja. Sobre ella, un tubo de leche condensada y golosinas de todo tipo. Se sentó a mi lado y me miró con una sonrisa que no llegó a sus ojos. ‘Para mi niña buena’, dijo, y ese tono afectuoso me dio más miedo que sus gritos. La confusión me invadió por completo: ¿cómo podía ser tan cruel y, al mismo tiempo, traerme dulces? No entendía nada, solo sabía que estaba atrapada en un juego macabro donde las reglas cambiaban para hacerme más daño.”

Me quedé paralizada cuando lo vi tomar las gomitas. Las masticaba lentamente, mezclándolas con su saliva y el sabor amargo de la cerveza, mirándome fijamente. El terror me impedía respirar cuando se acercó, con esa pasta pegajosa y repugnante en su boca.

‘Abre, mi amor’, susurró, y antes de que pudiera procesarlo, sentí cómo me pasaba esa mezcla degradante de su boca a la mía. Mi mente se desconectó por completo; el shock era tan grande que mi cuerpo obedeció mecánicamente. Me obligó a tragarla, sintiendo el sabor a cerveza y a su saliva deslizándose por mi garganta. Fue el acto más humillante, más degradante que he sentido nunca. Me sentí completamente contaminada, reducida a nada bajo su sadismo absoluto.”

Qué buena niña’, susurró, rozando mi mejilla con sus dedos fríos. Ese elogio me hizo romper a sollozar, un llanto seco y desesperado que no logré contener. ‘No llores, que te tengo una golosina especial’, dijo, intentando sonar cariñoso mientras me acariciaba el pelo.

Fue demasiado. El miedo, la humillación, el dolor… todo explotó en mi pecho. Me zafé de su agarre y salí corriendo hacia la puerta de la sala. Pero fui tan rápida como torpe; me atrapó antes de llegar a la manija, arrastrándome de vuelta al sofá con una facilidad aterradora.

‘No quería, pero me va a tocar amarrarte, muñequita’, me dijo al oído, su voz ya sin rastro de dulzura. Abrí los ojos desmesuradamente, sintiendo cómo el verdadero terror se congelaba en mis venas. Amarrarme… el infierno que acababa de vivir no había sido más que el comienzo.”

Me arrastró de nuevo al sofá, y con una frialdad mecánica, imitó una escena de la película que aún se proyectaba en la pared. Me giró bruscamente y me amarró las muñecas a la espalda, apretando las cuerdas hasta que sentí que se me clavaban en la piel. Con los brazos inmovilizados, me sentí completamente indefensa.

Me levantó en vilo, cargándome como si fuera un muñeco de trapo, y me estampó contra la pared fría del pasillo. Estaba paralizada, incapaz de moverme o de gritar. Entonces, con un gesto lento y sádico, se sacó el pene y lo acercó a mi rostro, obligándome a mirarlo. Mis ojos, llenos de terror puro y una expectación angustiosa, se clavaron en él, sabiendo que no había nada más que pudiera hacer para detener lo que venía.”

La sorpresa y el terror me paralizaron aún más cuando vi sus intenciones. Con una lentitud exasperante, alcanzó el tubo de leche condensada que había dejado en la bandeja y comenzó a untar el dulce espeso sobre su pene.

Me miró fijamente a los ojos, con una intensidad sádica que me hizo temblar, mientras me decía con una voz pausada: ‘¿No creerías que te iba a dejar sin postre, verdad?’. Esa frase, dicha con una falsa ternura, fue más terrorífica que cualquier amenaza. Sentí cómo la última pizca de mi dignidad se desmoronaba, reduciéndome a un objeto de su juego macabro, esperando el dolor y la humillación que sabía que venían a continuación.”

Sentí su aliento caliente contra mi rostro mientras me obligaba a mirar. ‘Yo sé que tu boca es chiquita, así que vas a empezar lamiendo’, susurró, y esa voz suave me daba escalofríos. ‘Suavecito, yo te voy guiando’.

Me obligó a acercarme más, con mis manos inmovilizadas a la espalda, anulando cualquier intento de defensa. ‘Ve probando la leche condensada, que está rica’, insistió, intentando convertir la tortura en una perversa golosina. El terror me impedía tragar, y me sentí reducida a nada, obligada a participar en mi propia degradación mientras su sonrisa sádica dominaba mi mundo.”

Me obligó a abrir la boca, pero era inútil. Mis labios apenas lograban rozar la base; la envergadura era demasiado grande, y esos dieciocho centímetros parecían ocupar todo mi campo visual, más grandes que mi propia cara. El miedo me ahogaba, y la leche condensada sabía a plástico y a terror.

Con los ojos fijos hacia arriba, buscando desesperadamente un punto de fuga en el techo para no ver lo que estaba pasando, sentí cómo mi cuerpo se rendía. No era placer, no era deseo; era la parálisis absoluta del shock. Poco a poco, fui cediendo, probando el dulce amargo de la humillación mientras mi mente se desconectaba, dejándome flotando en un vacío insoportable.”

El tiempo se volvió una tortura cíclica. Cuando sentía que ya no podía más y terminaba de lamer, él, con una sonrisa sádica, se untaba más leche condensada y me ordenaba continuar. ‘Limpia bien, que no quede nada’, me decía, reduciéndome a un objeto de limpieza, anulando cualquier rastro de mi dignidad.

Mi mente ya no estaba allí. Estaba desconectada, atrapada en una confusión sensorial insoportable. El sabor empalagoso y artificial de la leche condensada se mezclaba con el gusto salado y metálico de su cuerpo, una combinación que me provocaba náuseas y me hacía sentir completamente contaminada, atrapada en un infierno de placer pervertido y dolor absoluto.”

Cuando la lata quedó vacía, el silencio en la sala fue más ensordecedor que sus palabras. ‘Bueno, vamos a intentar’, dijo, arrastrando las palabras con una falsa intimidad que me heló la sangre. ‘Yo sé que hasta la garganta no te llegó, pero esto es bueno para que te enamores de mí’.

Mi corazón latía tan rápido que sentía que se me iba a salir del pecho. Con una frialdad mecánica, acomodó la punta de su pene entre mis labios, inmovilizándome contra la pared con el peso de su cuerpo. ‘No me vayas a morder’, susurró, una amenaza disfrazada de consejo que selló mi destino. Estaba a punto de perder lo último que me quedaba de mí misma, atrapada en su juego macabro donde el amor era sinónimo de tortura.”

Sentí una presión insoportable en mi garganta, un calor invasivo que me obligó a tragar mecánicamente. La descarga fue larga, intensa y fluida, una invasión física que me arrebató lo último que me quedaba de control. Una parte se derramó por mis labios, pegajosa y caliente, pero la mayor parte se deslizó por mi garganta, quemándome al pasar.

No tuve más remedio que beber esa sustancia viscosa, con un olor penetrante a cloro mezclado con el dulzor meloso de la leche condensada. Cada gota que tragaba me hacía sentir más contaminada, más sucia, atrapada en una realidad pervertida donde mi cuerpo ya no me pertenecía y mi dignidad había sido borrada por completo

Mientras yo estaba paralizada por el shock, intentando tragar aquella mezcla que me quemaba, sentí su mano pesada sobre mi coronilla, acariciándome con una ternura falsa que me daba más náuseas que el sabor de la leche condensada. ‘Uffff, eres deliciosa’, susurró directamente a mi oído, ignorando por completo el dolor y el terror que me paralizaban. ‘Lo mamás muy rico, ¿sabes?’.

Su voz se volvió más grave, cargada de una amenaza que me heló la sangre: ‘Me voy a venir a vivir con tu mamá. Y así podemos estar siempre junticos’. En ese momento, entendí que no era un juego pasajero; era una sentencia de muerte para mi tranquilidad y mi seguridad, atrapada para siempre en la pesadilla que él había construido.”

Ya con el cuerpo relajado tras la descarga, su actitud cambió a una calma espeluznante. Con el dorso de la mano, acarició mi mejilla con una lentitud que me hizo estremecer, ignorando mis lágrimas silenciosas y el temblor de mi cuerpo inmovilizado. Me miró fijamente a los ojos, con una intensidad que buscaba devorar lo poco que quedaba de mi voluntad, y pronunció la sentencia que selló mi horror definitivo:

—Mañana te toca por el culito —susurró con una naturalidad aterradora—. Hoy vamos a dormir arrunchados…

El terror absoluto me paralizó por completo. Cerré los ojos, sintiendo cómo el peso de su cuerpo sobre el mío me asfixiaba, sabiendo que el infierno no h

abía hecho más que empezar. Continuará…”

61 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Esperanza666
Etiquetas: amigo, culito, hermanita, leche, mayor, semen, sexo, vagina
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