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La vieja bruja sádica y el esclavo inepto masoquista

El protagonista de esta historia está enamorado de una vieja bruja sádica, pretende ser su esclavo para siempre. .
En un rincón olvidado del mapa, donde los mapas se desgastan y las brújulas se vuelven locas, se alza un pueblo que el tiempo ha dejado atrás: Roca Negra. No es un nombre elegido al azar. El pueblo se asienta en el corazón de un valle encerrado por montañas gigantescas, cuyas paredes verticales, oscuras como la noche sin luna, se elevan hacia el cielo como si fueran los dientes de un titán petrificado. Son rocas negras, no por sombras ni por musgo, sino por su esencia: piedra volcánica, antigua, inmutable, fría al tacto y más oscura que el alma de un hombre culpable. De ahí el nombre: Roca Negra . Y con él, la leyenda que persigue al poblado:

Hace siglos —cuando los caminos eran senderos de tierra y las brujas no eran cuentos para asustar a los niños, sino realidades que acechaban en los bosques—, este pueblo fue gobernado por una familia de hechiceras. Mujeres de mirada afilada, voz susurrante y manos que tejían hechizos con hilos de luna y sangre de pájaro. Dominaban los vientos, curaban las enfermedades… y castigaban a quienes osaban desafiarlas. Pero como todo lo que nació de la magia, también murió. Una a una, desaparecieron. Algunas dicen que fueron quemadas. Otros, que se convirtieron en niebla y se esfumaron con el amanecer. Pero la leyenda no murió. Permaneció. Y hoy, en cada esquina, en cada murmullo, en cada mirada evasiva, se repite: “Las brujas aún están aquí… y una de ellas vive entre nosotros”. Esa bruja… es Helga Pain .

Es conocida como  la Bruja Helga Pain , aunque casi nadie se atreve a decir su nombre completo. La mayoría la llama simplemente: “La Bruja” . No es un título de respeto. Es un escupitajo. Un susurro de miedo. Un nombre que se dice con los dientes apretados, mientras se cruzan de lado de  la calle para evitarla. Porque Helga Pain no es una anciana dulce que te da galletas en Navidad. Es una mujer de rostro tallado por el tiempo y el desprecio, de voz como el crujir de huesos secos, de mirada que atraviesa el alma y te deja desnudo. Es despótica. Huraña. De carácter de acero y lengua de cuchillo. Nada le agrada. Nada la satisface. Y si algo no le gusta —y casi todo lo que ve no le gusta—, lo recrimina. Con furia. Con gritos. Con miradas que cortan. En el mercado, los tenderos bajan la vista cuando ella entra. En la iglesia, los fieles rezan para que no se cruce en su camino. En la calle, si alguien la ve acercarse, se aparta como si fuera una plaga. Nadie quiere cruzarse con ella. Nadie quiere saber nada de ella. Y si alguien lo hace… lo lamenta.

La odian. La temen. La evitan. Pero hay una persona… solo una… que no la odia. Ese soy yo. Soy su vecino. Vivo justo enfrente. Mi ventana mira directamente a su casa —una mansión antigua, con muros de piedra negra, ventanas como ojos ciegos y un jardín que parece un cementerio de rosas rojas. Y desde mi ventana, desde el amanecer hasta la medianoche, la observo. Soy su  admirador. Sí. Admiro a la Bruja Helga Pain. No sé por qué. No lo entiendo. Quizás sea su postura erguida, como si llevara una corona invisible. Quizás su forma de caminar, lenta y majestuosa, como si el suelo se arrodillara ante ella. O tal vez su voz, cuando grita, que suena como un himno de poder. Es terrible. Es cruel. Es insoportable… y a mí me excita con locura . Me fascina aquella bruja . Me hipnotiza. Me consume.

Nadie lo sabe. Nadie en este pueblo conoce mi secreto. En este mundo, no lo entenderían… y me repudiarían también. No lo comprenderían. ¿Cómo podrían? ¿Cómo entenderían que un joven, con sangre caliente y corazón latiente, se desviva por una mujer vieja, con arrugas que parecen grietas de un templo maldito, que me duplica —o triplica— en edad, y que podría ser mi abuela? ¿Cómo explicarles que, mientras ellos la evitan, yo la busco con los ojos? Que, mientras ellos huyen, yo me quedo quieto, mirando, anhelando, deseando… aunque ella ni siquiera sabe que existo. Porque no me ha mirado. Nunca. Ni una vez. Para ella, soy aire. Sombra. Nada. Y eso… me enciende más.

¿Queréis conocerla? ¿Quieres saber cómo es la señora Helga Pain? ¿Cómo huele su piel, cómo suena su voz, cómo se mueve su cuerpo bajo sus vestidos negros, cómo se le encienden los ojos cuando se enfurece? Entonces… sigan leyendo. Porque yo… ya no puedo esperar más. Y ella… pronto sabrá que existo. Y cuando lo sepa… nada volverá a ser igual.

Desconozco la edad exacta de la vieja señora Helga Pain. Quizás tenga setenta. Quizás ochenta. Las arrugas en su rostro —profundas, finas, como mapas de una vida larga y cruel— no revelan su edad, sino su poder. No es una anciana frágil ni encorvada. Es una mujer grande, robusta, voluptuosa: brazos carnosos, piernas gruesas, un vientre redondeado que se asoma con orgullo bajo sus vestidos negros. A mi lado, me doblega en tamaño… y eso, extrañamente, me excita. Su rostro, curtido por el tiempo, está coronado por un pelo negro —posiblemente teñido con el tinte más oscuro que existe—, recogido en un moño tan apretado que parece una corona de hierro. Y siempre, pero siempre ,lleva guantes. Es su sello. Su armadura. Su poder. Apenas la he visto sin ellos. Ni siquiera en su intimidad. En su mansión lleva  guantes de goma horribles, de fregar, que le llegan hasta el codo, y que usa incluso cuando cuida su jardín —el jardín más perfecto del pueblo—, arrodillada entre rosas rojas, con delantal, botas de goma, y ​​esa postura que me hace perder la noción del tiempo desde mi ventana.

Cuando sale al pueblo, se viste como una dama de otra era: abrigo de visón, guantes de piel negros o marrones, tacones altos imposibles para su edad… pero que lleva con una elegancia que desafía la gravedad. Todas las mañanas, al salir, le digo “buenos días” con educación. Ella siempre me mira, y luego aparta la vista, como si fuera una mosca molesta. Nunca me devuelve el saludo. Nunca me ve. Hasta aquel día.

Era una mañana como cualquier otra, pero la fachada de su mansión amaneció profanada: un dibujo grotesco de ella, con nariz de bruja, escoba y gato, pintado en spray. Los niños gritaban “¡bruja! ¡bruja!” desde la esquina, y los jóvenes más atrevidos ya habían lanzado huevos y piedras. Era un acto delictivo que se producía semanalmente debido al odio que infundía en el pueblo.  Vi salir a la vieja bruja Helga Pain, malhumorada, con un cubo de agua y jabón, dispuesta a borrar la afrenta. Supe que era mi oportunidad. Me acerqué, con el corazón latiendo como un tambor, y le ofrecí ayuda. Ella señalando sin mirarme, me tendió el cubo, el estropajo y el jabón, y dijo con voz seca, señalándome con su guante:

«Hazlo bien. Deja la fachada limpia. No me gusta la holgazanería». Su tono, su gesto, su guante apuntandome… Me encendió. Ella en lugar de ayudarme, se dedicó a otros menesteres, realizaría yo solo la tarea. Me puse a frotar, sudando, con los brazos doloridos, mientras ella, de rodillas en su jardín, cuidaba sus rosas. Su delantal se había subido un poco, dejando ver sus  medias negras con  ligueros anclados a  sus bragas oscuras, y muslos horribles y flácidos, carnosos, que me hicieron perder el ritmo del fregado. Ella me descubrió mirando.

Ni se te ocurra desviar la mirada de la pared – , dijo, sin alzar la voz, pero con una autoridad que me heló la sangre.
Continúe frotando, pensando en mi mente en  cada centímetro de su piel bajo la tela de su delantal, cada línea de su cuerpo. Cuando terminé, no me dio las gracias. Solo me dijo, con su guante apuntando a la calle:
“No quiero volver a verte merodeando por mi casa”. Y se metió dentro. Yo me fui a mi casa…satisfecho. Porque ahora, por primera vez, ella sabía que existía. Y eso… era el comienzo de todo.

Dos días después, contemplé una escena inédita. A la casa de la vieja Helga Pain, en ocasiones, llegaban hombres vestidos de traje, de noche, con coches que no pertenecían a este pueblo. Se detenían en silencio, bajaban con gesto serio, y se introducían en su mansión como si fueran enviados por algún poder oculto. Pensé que venían por hechizos, por pactos, por rituales ancestrales… estaba completamente equivocado.

Aquella noche, una hora después de que uno de aquellos hombres  entrara en la casa de la vieja señora, lo vi salir corriendo —despeinado, con los pantalones subiéndosele, gritando como un loco: “¡Eres una vieja chiflada!” —. Helga Pain, desde el umbral de su puerta, se reía a carcajadas, con una risa grave, sádica, que resonaba en el jardín como un eco de triunfo. No entendí qué había ocurrido dentro. Pero supe, con una certeza que me recorrió la espina dorsal, que no era magia. Era algo más oscuro. Más real. Y más peligroso. Y quería saberlo.

Al día siguiente, cuando la vi salir con su abrigo de visón y sus guantes de piel —elegante, inalcanzable, como una reina que se marcha a una corte lejana—, me colé en su casa. Fue ridículamente fácil. En Roca Negra, nadie cierra con llave. Nadie espera un ladrón. Y yo no era un ladrón… era un obsesionado. Entré por la puerta principal , la misma que ella usa para salir al jardín, y me quedé paralizado en el salón. La casa no era una mansión cualquiera. Era un santuario de madera oscura, de muebles tallados con manos que ya no existían, de escaleras de roble que parecían sostener el peso del tiempo. Las paredes estaban forradas con paneles de caoba brillante, y en los pasillos, retratos de mujeres antiguas —sus antepasadas, sin duda— me observaban con ojos que parecían seguirme. Eran brujas. No de cuentos. De carne y sangre. Y sus miradas me helaban.

Estaba a punto de marcharme, con el corazón latiendo como un pájaro atrapado, cuando vi las escaleras. No las de arriba, que llevaban al piso superior… sino las de abajo. Las que bajaban al sótano. En mi casa, las escaleras del sótano son oscuras, húmedas, olvidadas. En la suya… eran de madera pulida, con barandillas talladas con motivos de serpientes y cadenas. Y la puerta, al final, estaba abierta. Sin llave. Como una invitación. Como una trampa.

Baje. Cada paso resonaba en el silencio, como si la casa respirara conmigo. Y al llegar abajo… no encontré cajas, ni herramientas, ni vinos viejos. Encontré una cámara de tortura. No era un sótano. Era un templo de dominio.

Me adentré en la cámara de tortura como un intruso en un templo prohibido. Inspeccioné cada rincón: toqué las cadenas frías, oxidadas, que colgaban como serpientes muertas de las paredes de ladrillo descascarillado. Acaricié los barrotes de la jaula pequeña —fríos, duros, con el tacto de una prisión antigua—. Quise abrir el armario de madera oscura, pero estaba cerrado con un candado de hierro forjado, impenetrable. Me quedé asombrado. No por el miedo —aunque sí lo sentía—, sino por la fascinación. Aquel lugar no era un sótano. Era un santuario de dolor, de orden, de poder. Y yo, como un necio, había cruzado su umbral.

Unos minutos después, escuché su voz tras de mí, desde la entrada del sótano. La vieja bruja Helga Pain. Me había descubierto. Aprendí algo más de las brujas ese día: tenían un sexto sentido. No necesitaban oír, ni ver. Sentían. Sabían cuándo algo no iba bien. Había percibido que alguien había entrado en su casa. Yo… había perturbado su equilibrio.

“¿Qué estás haciendo en mi casa?”, dijo, con voz firme, áspera, como un cuchillo raspando piedra. Me di la vuelta, el corazón latiendo como un tambor de guerra. Intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. “Intentabas robar en mi casa?” , insistió, y por fin logré tartamudear que solo quería conocer su casa, que no tenía malas intenciones. Ella me recriminó con frialdad:
«Es propiedad privada. La has invadido». Tenía razón. No supe qué responder. Se hizo el silencio. Y entonces, con una voz que era casi un susurro, le dije: “Me gusta mucho tu sótano… ¿para qué sirve? “Ella se río. Una risa baja, sádica, que me erizó la piel.
“Obviamente”, dijo, “para castigar a estúpidos como tú”. Quedé sin palabras. Pero algo en mí se encendió. Me armé de valor —o de locura— y le dije: “Me gustaría ser castigado. Como usted deseara”. Ella volvió a reír. “Te aseguro que te lo mereces. Te has adentrado  en mi casa sin mi permiso”. Insistí:» Merezco un castigo entonces. Como usted desee”. Agaché la cabeza, sumiso, esperando su veredicto.

Ella se adentró en el sótano con paso lento, deliberado, como si cada movimiento fuera un ritual. La pesada puerta de madera se cerró tras ella con un golpe seco que resonó como un ataque al sellarse. Sin prisa, giró la llave en la cerradura —un sonido metálico y definitivo—, y la guardó dentro de su escote, bajo el vestido, en el interior de su sujetador. No era un gesto casual. Era una advertencia. Una promesa. La llave estaba en su cuerpo, y yo… estaba atrapado con ella. No podía alcanzarla. No podía quitársela. Estaba encerrado. Un su merced. Cada paso que daba sobre el suelo de cemento del lúgubre sótano  resonaba como un martillo sobre mi alma. Llevaba aún su ropa de calle: el abrigo largo de visón, el vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso, los zapatos de tacón alto que parecían clavarse en mi conciencia con cada movimiento. Y, sobre todo, sus guantes: de piel negra, finos, elegantes, que había llevado en la calle. Se quitó el abrigo con lentitud, como si estuviera despojándose de una armadura de civilidad, y lo colgó en un gancho de hierro forjado que colgaba de la pared. Luego, con voz clara, casi teatral, dijo en voz alta, como si estuviera hablando con el aire, con las paredes:

«Es justo lo que voy a hacer. Enseñarte modales. Si es lo que deseas… pero será a mi manera”. No sabía qué significaba “a mi manera” . Pero me gustó. Me excitó. Ella continuó hablando: “Anoche presenciaste cómo el hombre que me visitó salió corriendo. Sé que estabas tras la ventana espiándome. Que salgas corriendo como él  es justo lo que no deseo. No quiero cobardes que huyen y se quejan. Si aceptas ser castigado… serás inmovilizado. Para que no puedas huir». Aunque asustado, asentí. Aquella idea me excitaba. Con voz temblorosa respondí: “Será como usted desee”.

Ella se acercó y se dirigió a un estante en la pared. Agarró unos guantes de goma largos —unos de fregar, no eran los que usaban en su jardín—. Estaban sucios. Tan sucios que la goma tenía un tono marrón oscuro, como si estuviera podrida, impregnada de años de limpieza, de sudor, de algo más… algo que no quería imaginar. El olor que desprendían era fétido: a químicos baratos, a mugre, a algo orgánico que se había secado y descompuesto. Comenzó a enfundárselos lentamente, con una calma que helaba la sangre. Era como una enfermera psicópata preparándose para una cirugía sin anestesia.

Me indicó que me desnudara y me colocara sobre el potro de madera que había en el centro del sótano. Obedecí. Me quité toda la ropa, quedando solo en ropa interior, y me tendí sobre el potro, el torso apoyado contra la madera áspera, mis pies apenas tocando el suelo de puntillas, como si estuviera colgado de un precipicio. El aire frío del sótano me erizó la piel. Estaba expuesto. Vulnerable. Un su merced. Ella, de pie frente a mí, comenzó a ajustarse los guantes. No eran los guantes de piel elegantes que llevaba de la calle. Eran otros. Los de goma. Los de fregar. Los que usaban en su jardín. Pero estos… estaban peor. Mucho peor. Sucios. Podridos. Con una tonalidad marrón oscuro, como si la goma hubiera absorbido años de sudor, grasa y suciedad. Sus brazos eran carnosos, flácidos, con la piel colgando en pliegues que se tensaban con cada movimiento. Y esos guantes… eran demasiado pequeños para ella. No por error. Por elección. Ella los usaba así. Apretados. Como una segunda piel que le estrujaba los dedos, los nudillos, los antebrazos. Cada vez que tiraba de ellos, la goma emitía un chirrido agudo, un crujido seco, como si fuera a rasgarse. Un sonido que me producía temor  Me ponía los pelos de punta. Me hacía temblar. Tiraba con fuerza.. Los dedos se hundían en la goma, los nudillos se marcaban bajo la superficie, la piel de goma se tensaba, como si fuera a reventar. Pero no reventaban. Porque ella los quería así. Apretados hasta el límite. Hasta que la presión le doliera. Hasta que sintiera cada movimiento, cada flexión, cada latido de su propia carne bajo la goma. Era su ritual. Su ritual de poder y dominio Cuando terminó, los guantes estaban tan apretados que parecían a punto de estallar. La goma brillaba con un brillo grasiento, con manchas oscuras, con restos de algo que no quería identificar. Se acercó al armario, abrió la puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y de reojo vi lo que había dentro: cadenas, látigos, botas altas, correas, un abridor de bocas metálico, una jaula de castidad… un arsenal de sumisión. Agarró varias tiras de cuero, unos candados, y se acercó a mí con  sus guantes sucios, marrones, húmedos, a punto de tocar mi piel.

 

 

La vieja bruja comenzó a atarme al potro con movimientos precisos, como si hubiera hecho esto cientos de veces. Agarró las tiras de cuero que colgaban de cada pata del potro de madera —pesado, antiguo, con vetas oscuras de años de uso— y me envolvió las muñecas y tobillos. Cada tira se cerraba con una hebilla de metal fría, que presionaba con fuerza, hasta que sentía cómo el cuero se hundía en mi piel. Emití una queja silenciosa, apenas un jadeo, pero ella lo escuchó. “No quiero quejas”, dijo, y presionó aún más.
Cada hebilla fue cerrada con un pequeño candado de metal indestructible, que cerró con una llave maestra que sacó de su bolsillo. En pocos minutos, quedó completamente inmovilizado. No podía mover ni un dedo. Mis manos estaban atadas a las patas delanteras del potro, mis pies a las traseras. El cuerpo me dolía ya, y aún no había comenzado el castigo.

Estaba asustado. No por el dolor —aunque sabía que vendría—, sino por la certeza de que no podía escapar. Aquel potro no era una silla. Era una trampa. Y yo, su presa. La vieja Bruja Helga  Paina se colocó frente a mí. Vestida con su elegancia habitual: el vestido negro sin mangas que dejaban ver su carnosos hombros y brazos apretados en su guantes  sucios hasta el codo, las medias oscuras, los zapatos de tacón que parecían clavarse en mi alma con cada paso. Me habló con voz dura, fría, como si estuviera leyendo una sentencia:

«Ahora no podrás huir. Y te castigaré como te mereces”. Se dirigió al armario, lo abrió con la misma llave maestra, y regresó con un pequeño látigo corto, grueso, flexible. Lo manejaba entre sus manos enguantadas como si fuera una extensión de su voluntad.
“Este látigo puede ser bastante doloroso”, dijo, y lo hizo chasquear en el aire, un sonido seco que me hizo temblar.
«Es muy preciso. Puede producir gran dolor con cada azote”. Descubrí entonces qué pretendía: azotarme con ese látigo.

«El hombre de anoche apenas llevaba cincuenta latigazos…», continuó, «y salió corriendo como una gallina, quejándose y protestando. Su castigo quedó a medias”. Ahora comprendía por qué había corrido. Había sido azotado. Y yo…era su próxima víctima de sus castigos.

“Tu castigo consistirá en cien latigazos”, dijo, y su voz era un hilo de seda afilada. “No me gustan los llantos ni las quejas. Por eso me aseguraré de no escucharlos”. No entendía a qué se refería. Hasta que la vi moverse delante de mí, introduciendo uno de sus guantes sucios de goma por debajo de su vestido, y con un movimiento torpe pero deliberado, se bajó sus bragas por sus carnosas piernas, sacándolas por sus zapatos de tacón. Entre su guante de goma, estrujó unas bragas sucias de color blanco —no limpias, sino usadas y sucias —. Observé aterrado trozos pegados de restos de caca líquida y orines en ellas, manchas amarillentas, bordes pegajosos. Me produje asco. Me pregunté por qué se las había quitado… y pronto lo averigüé.

Me mostró las bragas sucias cerca de mi rostro. Olí el olor: a caca, a sudor rancio, a orines . Ella, con tono perverso, dijo:

«Ahora te amordazaré. Y me aseguraré de no escuchar una sola queja ni llanto. Llora cuanto quieras… pero en silencio. Detesto el sonido de los llantos y las quejas. Es de débiles que no saben asumir su castigo. Detesto las quejas con toda mi alma «.Quedé aterrado. Vi cómo cerraba mi nariz entre su guante de goma, pegajoso, sucio, y al dejar de respirar por la nariz, abrí la boca… y ella introdujo sus bragas sucias, con restos de caca, dentro de mi boca. Me revolvió el estómago, el sabor de aquellas bragas, el olor, la textura áspera y húmeda. Ella se aseguró de introducirlas hasta el fondo de mi boca, casi hasta la garganta, sin darme opción a emitir un solo sonido de protesta. Sonrió y  se dirigió hacia el armario grande . Agarró un rollo de cinta americana gris, y comenzó a envolver mi boca, mi cara, apretando la cinta de forma tensa y tirante, hasta que me apretaba la mandíbula, los pómulos, las mejillas. Dio varias vueltas, sin escatimar en el rollo.

“Ahora permanecerás atado y en silencio”, dijo, y su voz era un susurro de triunfo. “Puedo castigarte como a mí me plazca. Y te aseguro que no voy a escuchar una sola palabra de queja”. El miedo me invadió. Se colocó tras de mí, y con un tirón, bajó mi ropa interior, dejando mi culo al descubierto y desnudo. Sentí vergüenza. Humillación. Pero también… algo más. Algo que no podía nombrar, placer de servirla. Ella agarró su látigo y continuó hablando:

«Ahora recibirás tus cien latigazos. Aquí no existe palabra de seguridad. No podrás salir corriendo. Si duele mucho… te aguantarás… Y lloraras  en silencio sin tener que escuchar tus quejas «.Se río. Era justo lo que deseaba: castigar a alguien sin límites, como ella deseara y sin escuchar sus protestas. Y yo… se lo había puesto demasiado fácil. Había subestimado a aquella vieja bruja. Y ahora lo iba a pagar muy caro. Estaba asustado. Pero ya era tarde. No podía escapar. Estaba atado con las cintas de piel y los candados a cada pata del potro. Tenía unas bragas con un sabor terrible a caca dentro de mi boca. Me daban  arcadas, náuseas, el sabor a caca de la vieja señora. Ella se reía. Intenté protestar, pero ya era demasiado tarde. Al intentar protestar, degusté más el sabor a caca de aquella vieja señora sin poder emitir sonido alguno. Y supe, en ese instante, que el dolor que venía… no sería solo físico

La vieja bruja  agarró el látigo entre sus guantes de goma y lo hizo chasquear en el aire para después impactar en mi culo desnudo, como una serpiente .“Uno”, dijo, y el primer golpe cayó. Fue un dolor fuerte, un latigazo de fuego sobre la piel, que dejó una línea roja, fina, como un tatuaje de advertencia. El látigo no era pesado, pero sí preciso. Cada azote era un golpe calculado, un recordatorio de su poder. “Dos”, dijo, y el segundo impactó con más fuerza, como si el látigo hubiera aprendido el contacto con mi piel. La carne se encendía, se tensaba, se enrojecía. “Tres”, y ya sentí cómo el dolor se extendía, como una ola que subía desde la columna hasta los hombros.

A los diez latigazos, el dolor era moderado, pero constante. Cada golpe dejaba una marca, una línea roja que se iba volviendo cada vez más roja. El látigo no era cruel… aún. Era metódico. Como un reloj. Cada azote, una cuenta. Cada cuenta, un paso hacia mi castigo. A los veinte, el dolor comenzó a intensificarse. Ya no era solo una quemadura. Era una marca. La piel se tensaba, se inflamaba, se volvía sensible. El látigo no solo golpeaba. Marcaba. Como si estuviera escribiendo mi transmisión en mi carne.

A los treinta, el dolor era más profundo. Cada azote resonaba como un trueno en mi espalda, y la piel ya no era solo roja. Era morada, caliente, palpitante. El látigo no golpeaba la piel. Golpeaba la carne. Y yo… empezaba a entender por qué el hombre de la noche anterior había salido corriendo. A los cuarenta, el dolor era fuerte. Tan fuerte que intenté protestar. Quise gritar. Quise pedir clemencia. Pero mis labios estaban sellados por las bragas sucias  de Helga Pain —eran bragas con restos de caca líquida y orines—. Al intentar abrir la boca, degusté más el sabor de aquellas bragas. Un sabor a podrido, a mierda, a orina rancia. Me daban arcadas. Náuseas. El estómago se me revolvía con cada latigazo, con cada intento de protesta. El sabor de las bragas era peor que el dolor. Era una humillación que me quemaba la garganta, que me hacía querer vomitar. Y no podía. Porque ella me había amordazado con su suciedad. Con su vergüenza. Con su poder.

Me sentí humillado. Un  ser a su merced. Inmóvil. Atado. Con el culo al aire, la piel marcada y la boca llena de su caca. Me encantaba la señora Helga Pain. Pero debo admitir… su pulcritud me daba asco. El sabor de sus bragas era insoportable. El olor de sus guantes, peor. Era una mezcla de goma podrida, … algo orgánico. Me sentí como un animal, como un perro que lamía la mierda de su dueña. Y lo peor era… que lo deseaba.

A los cincuenta, el dolor era insoportable. La piel cada vez era más roja y  morada. Era un mapa de fuego, de sangre, de vergüenza. El látigo no golpeaba. Destrozaba. Cada azote era una descarga eléctrica que me recorría la espina dorsal, que me hacía temblar, que me hacía llorar en silencio. Las lágrimas caían por mis mejillas, pero no podía emitir un solo sonido. Solo el sabor a caca en mi boca, el olor a goma sucia en mis fosas nasales, y el sonido del látigo, que resonaba como un metrónomo de mi agonía. Y entonces, se detuvo. “Cincuenta”, dijo, y su voz era un susurro de triunfo. Se alejó del potro, se sentó en una silla que había en un rincón del sótano, y encendió  un cigarrillo largo y  elegante de tabaco. El humo se elevó en espirales lentas, como si el tiempo se detuviera. Ella exhaló, mirándome con una sonrisa sádica, y dijo: “Descansa. Te va a hacer falta”. Y yo… supe que lo peor aún no había llegado.

Mientras fumaba en su silla, con el cigarrillo largo  entre sus dedos enguantados, Helga Pain me miró con una calma que helaba la sangre. “Hace tiempo que me espías ¡”, dijo, su voz dura como el hierro forjado.» Me miras a través de tu ventana… y ahora te has colado  en mi casa sin permiso como un vulgar ladrón”. Exhaló una nube de humo que se enroscó en el aire como una serpiente.” Crees que no me he dado cuenta? Has sido un joven  muy malo. Y mereces un castigo que no olvides nunca”.

Se recostó en la silla, cruzando las piernas con una lentitud deliberada. Luego, con un movimiento que parecía ritual, abrió las piernas y levantó su vestido negro. Me mostró sus medias oscuras de liga , tensas sobre muslos carnosos, y los ligueros que colgaban de una cinta que ceñía su estómago enorme . Y más abajo… su coño. Enorme. Peludo. Viejo. Un monte de pelo oscuro, rizado, húmedo, que se abría como una cueva olvidada por el tiempo. Era repugnante. Apestaba a sudor rancio, a orina. Y sin embargo… me excitó. Sentí cómo mi pene se endurecía, como si mi cuerpo traicionara mi mente. Era una contradicción que me consumía: el asco y el deseo, el terror y la adoración. Ella lo notó. Sonrió.

“Te gustaría lamerlo, ¿verdad?” dijo, con voz suave, casi maternal. “Eso solo es un privilegio al alcance de muy pocos… tú solo mereces latigazos por tu comportamiento. “Su tono era frío, pero sus ojos brillaban con una luz perversa.
«Voy a ser más dura de lo que he sido antes. Nunca nadie se ha colado en mi casa… y tú lo hiciste. Te voy a enseñar a no volver a hacerlo. Voy a romperte el culo a latigazos… hasta dejarte sin lágrimas”. El miedo me invadió. Intenté desatarme, retorcerme, liberarme… pero las cinchas de cuero estaban ajustadas, los candados cerrados, mi cuerpo inmóvil. Intenté gritar, pedir perdón… pero solo degusté más el sabor a caca de sus bragas, que me producían arcadas, náuseas, un sabor a podrido que me quemaba la garganta. El sabor a tela de la mordaza  sucia, a sudor, a mierda… me envolvía como una maldición. Ella se levantó, riendo, al ver como no podía escapar. Agarró el látigo entre sus guantes de goma  sucios, y dijo:

«Quedan cincuenta latigazos más. Los prometidos. Y vas a llorar mucho. “Y lo hizo. Los siguientes latigazos no fueron rápidos. Fueron lentos. Cada uno un suplicio. Cada azote, una tortura calculada. No tenía prisa. Cada golpe caía con precisión, como si estuviera escribiendo mi nombre en mi carne. A los sesenta, el dolor era insoportable. La piel ya no era solo roja. Era morada, hinchada. A los setenta, lloraba en silencio, las lágrimas cayendo por mis mejillas, pero sin poder emitir un solo sonido. Solo el sabor a caca en mi boca, el olor a goma sucia en mis fosas nasales, y el sonido del látigo, que resonaba como un metrónomo de mi agonía. A los ochenta, el dolor era una marea que me consumía. Cada azote era una descarga eléctrica que me recorría la espina dorsal, que me hacía temblar, que me hacía llorar en silencio. Cada azote era un dolor  indescriptible en la piel de mi culo desnudo .Pero lo peor… lo peor no era el dolor físico. Era la impotencia. Comprendí, en ese instante, lo que significaba impotencia. No era solo no poder moverme. Era no poder gritar. No poder suplicar. No poder escupir. No poder apartar la mirada. Estaba atado. Inmovilizado. Sujeto como un animal en un matadero. Y en mi boca… solo el sabor a caca de la vieja señora. Un sabor rancio, pegajoso, que me quemaba la garganta, que me hacía querer vomitar… pero no podía. Porque mis labios estaban sellados. Porque mi nariz estaba tapada. Porque mi cuerpo ya no me pertenecía. Era un objeto. Un cuerpo inerte. Un saco de carne que solo servía para recibir golpes. Para aguantar dolor. Para soportar humillación. Y ella… ella se reía. Con esa risa baja, sádica, que resonaba como un eco en el sótano. Era lo que deseaba. Lo que había planeado. Causar dolor sin que pudiera oponer resistencia alguna. Sin que pudiera gritar. Sin que pudiera escapar. Sin que pudiera pedir ayuda. Nadie se enteraría. Nadie vendría a ayudarme. No podía hacer  Nada. Ni siquiera mover un dedo. Mi destino dependía de ella. Podría destrozarme.. Podría convertirme en nada. Y yo… no podría evitarlo.

Giré el rostro, con esfuerzo, y la contemplé. Su rostro era una máscara de placer cruel. Sus ojos, dos ascuas heladas, brillaban con una luz perversa. Su boca, pintada de rojo, se curvaba en una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era lo que le gustaba a la vieja bruja. Lo que la excitaba. Castigarme duramente. A su manera. Sin límites. Sin piedad. Sin compasión.Y aunque sentía terror… aunque el sabor a  su caca en mi boca me humillaba profundamente … aunque el dolor me desgarraba la carne y el alma… aún la deseaba. A ella. A la señora Helga Pain. A mi bruja. A mi dueña. Porque en esa impotencia… en ese dolor… en esa humillación… encontré algo más. Algo que no podía nombrar. Algo que me consumía. Algo que me hacía querer más. Más dolor. Más humillación. Más de ella.

A los noventa latigazos, se detuvo. “Los últimos diez”, dijo, “serán especiales”. Se ajustó sus guantes sucios de color marrón a sus dedos tirando del extremo —, y comenzó a propinarlos uno a uno. Cada azote, sin prisa. Cada golpe, una tortura. Cada latigazo, una lección. Tuvo razón. Me quedé sin lágrimas. El dolor era tan intenso que ya no podía llorar. Solo sufriría. Solo obedecía en silencio .

Cuando llegó al cien, mi culo estaba completamente rojo, morado, lleno de sabañones. No podría sentarme en una silla durante una larga temporada. Había aprendido la lección. Había comprendido que nunca más debería colarme en su casa sin permiso. La amaba. La adoraba y a la vez la odiaba. Pero sobre todo… la quería. Su crueldad era mi salvación. Su dolor, mi placer. Su poder, mi sumisión. Al terminar, se acercó a mí. “No quiero volver a verte nunca más merodeando por mi casa,” dijo, con voz fría. “Espero hayas aprendido la lección. “Lloraba por el dolor mientras ella me desataba, con movimientos precisos. Y en el momento en que sacó sus bragas llenas de caca de mi boca… me derrumbé. Me arrodillé ante ella, como un perro humillado, y la pedí perdón.
“No lo volveré a hacer,” dije, con voz temblorosa, las palabras apenas saliendo entre mis labios hinchados. Ella sonrió. Sabía que había encontrado a alguien que aguantaba sus castigos a su manera. Atado. Amordazado. Destrozado. Pero obediente.

Me agarró por el pelo con su guante de goma, tirando bruscamente, sin piedad. El dolor me hizo gemir, las lágrimas volvieron a brotar. “No quiero volver a verte cerca de mi casa, estúpido.-  Se rio. Una risa baja, sádica, que retumbó en la mansión como un eco de triunfo. Mientras yo permanecía arrodillado, llorando, agarrado por el pelo entre su guante tirando sin piedad.

Aquella noche no pude dormir. El culo me dolía horrores. Estaba completamente magullado, hinchado, ardiendo como si lo hubieran sumergido en brasas. Cada movimiento, cada roce con las sábanas, era una tortura. Me había aplicado varias capas de crema fría, había abierto la ventana para que el aire fresco me aliviara… pero nada funcionó. El dolor no cedía. Y tampoco mi mente. Por más que cerraba los ojos, solo veía su rostro. Su sonrisa cruel. Su voz fría. El chasquido del látigo. El olor a goma sucia. El sabor a caca en mi boca, que me producía náuseas… y aun así, me excitaba. Me excitaba tanto que me masturbaba en la cama, con el culo en llamas, con las lágrimas secas en las mejillas, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. No podía dejar de pensar en ella. En la vieja bruja Helga Pain. En su despotismo. En su crueldad. En cada latigazo. En cada segundo de impotencia. En cada gota de su suciedad que me había obligado a tragar. Y lo peor… lo más vergonzoso… era que lo deseaba. Más. Siempre más.

A unos metros de mi casa, ella también estaba despierta.

Se había retirado a su habitación, con el cuerpo aun vibrando de placer. Había sido una experiencia… perfecta. Causarme dolor sin quejarme. Sin escapar. Sin resistir. Como a ella le gustaba. Se tumbó en su cama, con el vestido negro aún puesto, los guantes de goma aún en sus manos —los mismos que me habían atado, que me habían amordazado, que habían estrujado mi carne—, y sin pensarlo, los introducidos en su coño peludo.. Hasta el fondo. Con lentitud. Con fuerza. Con placer. Jadeó. Gimió. Sus dedos, aún manchados de mi sudor, de mi miedo, de su propia mugre, se hundieron en su carne, mientras recordaba cada latigazo, cada lágrima silenciosa, cada gemido ahogado. Hacía mucho que no sentía una experiencia así. Que no encontraba a alguien tan… dócil. Tan sumiso. Tan dispuesto a ser destruido.

Se dijo a sí misma, con voz audible, entre jadeos:

«Este estúpido tiene que ser mi esclavo. Le castigaré y humillaré a mi antojo… para mi disfrute».

Volvió a introducir su  dedo, más profundo, más rápido, mientras su cuerpo se estremecía.

“Voy a destrozar a este gusano”, susurró, con una sonrisa en los labios. “Será mi esclavo… para siempre”.

Y mientras sus dedos, chorreando de fluidos, seguían moviéndose en su coño peludo, supo que aquella noche había marcado un antes y un después. Para ella. Para mí. Para ambos.
Yo, el estúpido. El dispuesto. El que se arrodillaría. El que recibiría todo el dolor y el placer que ella quisiera conveniente. Y ella… la bruja. La dueña. La que lo tenía todo. Y que ya no lo soltaría. Había mucho camino por recorrer.
Pero eso… lo contaré en el siguiente capítulo.
Y os aseguro… que a cualquier masoquista… le encantará

Para cualquier comentario: [email protected]

Continuará en capítulo 2

 

 

10 Lecturas/2 marzo, 2026/0 Comentarios/por scatgummi
Etiquetas: abuela, culo, joven, maestra, mayor, metro, navidad, vecino
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