La vieja Bruja sádica y su esclavo masoquista .parte 2
El esclavo de esta historia desea servir a la vieja bruja sádica, para ello deberá seguir un camino largo lleno de dolor y perversión. Conoceréis a la vieja bruja Helga Pain y las humillaciones y vejaciones que somete a su esclavo..
Aquella mañana, tras el día de mi castigo, a pesar de que mi culo ardía como un brasero vivo —hinchado, morado, cubierto de marcas que parecían tatuajes de dolor—, me encaminé de nuevo a la casa de la vieja señora Helga Pain. No hice a sus advertencias. No temía su ira. No temía su látigo aunque lo respetaba. Lo único que temía… era no ser suficiente para ella. Lo único que deseaba… era ser su esclavo. Servirla. Obedecerla. Recibir todo el dolor, toda la humillación, todo el placer que ella quisiera concederme. Y ahora, más que nunca, después de todo lo sucedido, lo anhelaba con una desesperación que me quemaba las entrañas. Llegué a su puerta. El sonido resonó como un eco en la mansión. Un instante después, la puerta se abrió. Y allí estaba ella. Mi soñada dueña. Me quedé sin palabras. De nuevo. Tartamudeé como un niño asustado. Ella, de pie en el umbral, con su vestido negro aún arrugado de la noche anterior, sus guantes de goma aún manchados de mi sudor y su mugre, me miró con una frialdad que heló mi sangre. Su rostro, tan cerca, era un mapa de arrugas profundas, como grietas en una estatua de mármol antiguo, pero bajo la luz del día, su verdadera edad se revelaba con una crudeza aterradora, haciéndola parecer tener tres veces mi edad, una anciana venerable y momificada. Su cuerpo, extremadamente gordo y voluptuoso, se desbordaba por la tela de su vestido, un montón de carne suave y pesada que dominaba el espacio, una masa inmensa de poder y decadencia. Su rostro era cruel, una máscara de desprecio y sadismo que me atrapó por completo. La adoraba; nadie jamás lo entendería, pero incluso su cuerpo de vieja gorda, su piel arrugada, su inmensidad, me excitaba con una fuerza que me dominaba por completo.
Con voz áspera, como si estuviera raspando piedra con un cuchillo, me dijo: «¿Qué quieres? ¿No tuviste suficiente ayer?» Me armé de valor —o de locura— y le respondí, con la voz temblorosa pero firme: «Deseo ser su esclavo. Haré cuanto usted desee». Se hizo el silencio. Un silencio tan denso que podía sentirlo en mi piel. Luego, ella asomó de su rostro una risa.Una risa de bruja. Aguda, seca, que resonó en el vestíbulo como un eco de tormenta. Se río hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos —lágrimas de burla, no de emoción—. Cuando paró, me miró con una calma que me heló la sangre. “No te lo has ganado”, dijo, y cerró la puerta de golpe, dejándome allí parado, en el umbral, sin saber qué hacer.
Pero no me rendí. No podía rendirme. Si ella quería que lo ganara… lo ganaría. A cualquier precio. Retrocedí unos pasos, y me arrodillé en medio de su jardín. No era un gesto de súplica. Era un juramento. Un sacrificio. Me arrodillé sobre la tierra húmeda, con las rodillas clavadas en el suelo, la cabeza baja, las manos sobre los muslos, esperando. Pacientemente. Esperaría el tiempo que hiciera falta. Hasta que el cielo se derrumbará. Hasta que mi cuerpo se deshiciera. Hasta que ella decidiera que era digno. Pasaron las horas. La luz del día se desvaneció. Las sombras se alargaron. Y entonces, comenzó a llover. No una llovizna. Un diluvio. Un aguacero que caía como si el cielo hubiera decidido castigarme por mi osadía. Me empapé del frio agua de la lluvia. Mis ropas se pegaron a mi cuerpo como una segunda piel fría y pesada. El agua me corría por la cara, por el cuello, por la espalda. Mis dientes castañeteaban. Mi cuerpo temblaba. Pero no me moví. No me levante. No me quejé. Solo esperé.
De vez en cuando la vieja bruja Helga, ella se asomaba a la ventana. Su rostro, iluminado por la luz tenue de una lámpara, aparecía tras el cristal empañado. Me miraba. Me observaba. Y cuando nuestras miradas se cruzaban —sus ojos, fríos como el hielo, los míos, ardientes como el fuego—, ella cerraba la cortina con indiferencia. Como si yo fuera un insecto molesto que se había posado en su ventana. Las horas pasaron. La lluvia no cesó. El frío me penetró hasta los huesos. Mi estómago rugía de hambre. Mis músculos se tensaban con cada temblor. Pero no me moví. No me quejé. Solo esperé. Porque sabía que ella lo veía. Que lo sentía, que lo olía. Porque Helga Pain no era solo una bruja. Era una hechicera de los sentidos. Olía el miedo. Olía el dolor. Olía la enfermedad antes de que llegara. Y sabía que, si permanecía allí más tiempo, bajo aquella lluvia, cogería una pulmonía. Una enfermedad pulmonar. Una pulmonía que podría matarme. Y no quería que muriera. No porque sintiera compasión. No porque tuviera piedad. Sino porque… lo había encontrado. Después de tantos años, después de tantos hombres que habían huido, después de tantos que habían gritado, después de tantos que habían suplicado… había encontrado a uno que no se rindió. A uno que no huía. A uno que se arrodillaba bajo la lluvia, con el cuerpo temblando, con el alma ardiendo, y que aun así… la miraba con adoración. Y eso… era raro. Muy raro. Demasiado valioso para perderlo.
Finalmente, abrió la puerta. No con un gesto de bienvenida sino con un gesto de autoridad. Me miró, con sus ojos helados, y me ordenó: «Entra. Ahora». No pregunté. Me levanté con dificultad —las rodillas me dolían, el cuerpo me temblaba—, y entré en su mansión. Me ordenó sentarme en una silla de madera oscura, con patas talladas. Luego, me tendió una pequeña copa de cristal, con un líquido oscuro, humeante, que olía a hierbas amargas y a algo más… algo antiguo. Lo bebí de un trago. El líquido quemó mi garganta, me hizo toser, pero en segundos… el frío desapareció. El temblor cesó. El dolor en mis huesos se disipó. Había curado mi futura enfermedad de la que yo no era consciente. La pulmonía. No por bondad. No por compasión. Sino porque ella no quería perder a un futuro esclavo. Uno que sabía que podría ser el que siempre había soñado.
Cuando terminé la copa, volví a insistir. Con la voz avergonzada ante su poder, pero firme: «Quiero ser su esclavo. Por favor… déjeme servirla».Ella no respondió. Se levantó, con lentitud, como si cada movimiento fuera un ritual. Se dirigió a un armario de madera oscura, con puertas talladas con símbolos antiguos, y regresó con un pergamino. No era un pergamino cualquiera. Era viejo. Muy viejo. Su superficie estaba amarillenta, con bordes desgastados, con manchas de humedad. La letra que lo cubría no era moderna. Era antigua. Como si hubiera sido escrita con tinta de cuervo y sangre de bruja.Lo colocó sobre la mesa, entre ella y yo. Luego, con voz baja, casi un susurro, comenzó a explicarme: La bruja Helga Pain me explicó, con voz fría y precisa, que el pergamino que acababa de dejar sobre la mesa no era un contrato cualquiera. Era un Contrato de Esclavitud. Un vínculo eterno. Un lazo que ataba mi alma a la suya, mi cuerpo a su voluntad, mi respiración a su orden. Me lo explicó como si estuviera leyendo un manual de instrucciones para un artefacto antiguo —con calma, con detalle, con una crueldad que no necesitaba gritos para ser sentida.
“Este contrato se activará automáticamente tras una semana de prueba”, dijo, sus dedos enguantados deslizándose sobre el pergamino como si acariciara una serpiente dormida. «Durante esos siete días, cualquiera de los dos puede romperlo. Sin consecuencias. Sin maldiciones. Pero una vez transcurrida la semana… se sellará automáticamente y solo podrá anularse por mutuo acuerdo. Ninguno podrá romperlo por sí solo.»
Me miré. Sus ojos, dos ascuas heladas, me perforaron el alma. “Eso significa que, aunque seas un inepto… aunque te desprecie… aunque te odie… no podré deshacerme de ti si tú no lo deseas.” «Y también significa que, aunque te arrepientas… aunque quieras huir… aunque llores… no podrás escapar de mí. Ni aunque te arranque la piel. Ni aunque te cortes la lengua. Era una ventaja. Y una desventaja.Una ventaja porque, aunque fuera un inútil, ella no podría abandonarme. No podría romper el contrato si yo no lo deseaba. Una desventaja, si yo decidía marcharme, no podría huir sin su consentimiento. Jamás. Y aun así… lo deseaba. Adoraba el contrato. Era perfecto. Era nuestro contrato.
Me dio permiso para leerlo. La letra era antigua, Cada palabra era un clavo en mi alma. Cada frase, una cadena en mi cuerpo. No tenía derechos. Ninguno. Solo obligaciones. Sumisión en solitario. Solo dolor. Placer en solitario. Solo ella.Podría castigarme como deseara. Podría hacer conmigo cuanto quisiera. No había límites. No había palabra de seguridad. No había escapatoria. Solo su voluntad. Solo su poder.A pesar del miedo, respondí con voz firme, con la mirada clavada en sus ojos: «Quiero ser su esclavo. Quiero que haga conmigo cuanto quiera. Quiero que me castigue como desee».
Ella Sonrió de forma perversa, con voz baja, casi un susurro, me dijo: “¿Sabes que podrías hacer de tu vida una pesadilla de la que no podrías despertar?” Asentí. Sin dudar con el alma ardiendo y lleno de deseo. «Quiero vivir su pesadilla. Firmaré el contrato. Ella sonrió de nuevo. Una sonrisa perversa, que me heló la sangre. Luego, con un gesto de su mano enguantada, tomó el pergamino y lo firmó. Con una pluma muy antigua, con tinta negra como la noche sin luna. Luego, con cuidado, lo colocado sobre una mesilla de madera oscura, con patas talladas. Me dijo: «En una semana, si ninguno de los dos lo rompe… entrará en validez. Ahora… solo queda esperar.» Y así comenzó la prueba.
Las Primeras Órdenes Pronto llegaron. No eran súplicas. No eran sugerencias. Eran mandatos. Y yo, su esclavo en prueba, debía obedecer. Regresó con un manojo de prendas femeninas. No eran nuevas. Eran suyas. Viejas. Usadas. Con el olor de su cuerpo.— Bragas grandes, Un sujetador, Un liguero, unos zapatos de tacón.Me ordenó ponérmelas. En ese instante, sentí cómo el rubor me quemaba las mejillas. Me sentí ridículo. Humillado. Degradado. Pero también… excitado. Porque olían a ella. A su piel. A su sudor. A su poder.
Me puse su ropa femenina. Las bragas eran tan grandes que se me caían constantemente. Tuve que tensar el liguero hasta que me cortó la circulación. Las medias se deslizaban por mis muslos. Los zapatos de tacón me hacían tambalearme como un niño con zapatos de adulto. Y ella… ella me observaba. Con sus ojos helados. Con su sonrisa sádica. Con su cuerpo voluptuoso, que me doblaba en tamaño. Ya os dije que era muy gorda. Muy grande. Muy poderosa.
Cuando terminé de vestirme, me miró. Y asintió con orgullo. Como si acabaría de adquirir un juguete nuevo. “A partir de ahora, vestirás con prendas femeninas”, dijo, con voz fría. «Por ahora, usarás estas, que son mías. Luego iremos a la tienda del pueblo a comprar más para ti.». Me tendió un cubo lleno de agua, una esponja y jabón. Y me ordenó: “Limpia todos los suelos de la casa”.
La casa era enorme. Dos plantas. Todas las forradas de madera. Suelos, paredes, techos. Un trabajo duro. Un trabajo delicado. Un trabajo que exigía precisión. Porque los objetos de aquella casa no eran simples muebles. Eran reliquias. Hechizos encarnados en madera. Artefactos de brujas antiguas. Pasados de generación en generación. Y yo… yo era un torpe. Un inepto. Un estúpido.No paraba de hacer mal las tareas. Dejando manchas. Dejando huellas, Dejando polvo. Y cada vez que lo hacía… ella me castigaba. No eran golpes. Eran bofetadas, con sus guantes de goma. Sucios. Marrones. Pegajosos. Que olían a podredumbre. Productos químicos baratos. A algo orgánico que se había secado y descompuesto. Cada vez que me explicaba una tarea —cómo frotar el suelo, cómo secar la madera, cómo no dejar marcas— y yo no lo hacía como ella deseaba… me abofeteaba.
No una vez. No dos veces. Una y otra vez. Su brazo grueso, poderoso, se estrellaba contra mi rostro con una fuerza que me hacía ver estrellas. El impacto era seco. Cruel. El sonido de su guante golpeando mi cara resonaba como un trueno en el silencio de la mansión. Y ella… ella no paraba. No se cansaba. No se apiadaba. «Eres un inepto. Haz bien tu trabajo». Y volvía a abofetearme. De derecha a izquierda. De izquierda a derecha sin descanso. Sin compasión.
Mis mejillas ardían. Mi rostro estaba rojo. Mis ojos se llenaban de lágrimas. No de dolor. No de vergüenza. De humillación. De sumisión. Porque cada bofetada era un recordatorio. Un recordatorio de que era suyo. Que no podía fallar. Que no podía desobedecer. Que no podía romper el contrato. Y ella… ella lo sabía. Lo sentí. Lo olía. Y por eso no paraba. Porque cada lágrima que caía era una victoria. Cada bofetada era un paso más hacia mi sumisión. Hacia mi esclavitud. Hacia mi perdición.
Comencé a odiar sus guantes. Odiaba su olor y odiaba el sonido que hacían al golpear mi cara. Odiaba la forma en que la goma se clavaba en mi piel. Odiar la forma en que me dejaban marcas que no desaparecían. Pero aun así… no me quejé. No me rendí. Solo agaché la cabeza. Humillado. Sumiso. Su esclavo. Y ella… ella seguía. Una y otra vez abofeteando ante cualquier falta.
“¿Quieres que rompa el contrato? ¿Quieres que te abandone?” «Entonces haz bien tu trabajo. Esmérate. Obedéceme. Sírveme» Y yo… lo hice. Porque no quería que me abandonara. Porque no quería que rompiera el contrato. Porque quería ser su esclavo para siempre.
Una de las ventajas —si es que podía llamársele así— de limpiar su casa era que podía adentrarme en cualquier habitación. No era un privilegio. Era un castigo disfrazado de libertad. Limpiaba cada centímetro del suelo, cada rincón, cada esquina, y con cada paso, descubría la belleza oculta de su mansión: los techos tallados con símbolos antiguos, las paredes forradas con madera que susurraba secretos, los muebles que parecían observarme con ojos de brujas muertas.
Pero había una habitación que me atraía como un imán. Su habitación. Su santuario. Su templo de poder. No pude resistirme. Con el corazón latiendo, las manos temblando y con el alma ardiendo abrí sus cajones más íntimos. No con cuidado. Con desesperación. Con hambre. Con locura.
Y allí, en el interior, encontré un sinfín de medias negras y marrones, bragas blancas, negras, marrones, ligueros de muchas formas, sujetadores, incluso tangas tan finos que parecían hechos de aire. Las agarré entre mis manos. Las Levante. Las olfateé. El olor era intenso. Un sudor. Un perfume viejo. A algo más… algo orgánico. Algo que no quería nombrar. Pero lo hice. Porque era su olor. Su esencia. Y entonces… lo pagué.
Escuche su voz desde la puerta de la habitación. Fría. Áspera. Como un cuchillo rasgando mi carne. “¿Eres un sucio pervertido…?”- Me dijo con una voz fría llena de odio.
Se adentró en la habitación. Enfurecida. Con los ojos como ascuas heladas. Con el cuerpo temblando de rabia. Agarró las prendas de mis manos —con una fuerza que me hizo soltarlas— y me agarró del pelo.
Tiró de mi pelo con una fuerza brutal, sujetándolo con firmeza entre los dedos de su guante de goma como si fuera una rienda. No mostré ni una pizca de piedad; utilizaba toda su fuerza despiadada contra mí, tratándome con la ferocidad de un déspota que aplasta a un insecto. Era bruta, una bestia vieja y flácida que, cuando la ira la poseía, no dudaba en emplear la potencia de sus brazos horribles y pesados para infligir el máximo daño. El dolor de aquel empujón fue tan agudo, tan violento, que una lágrima solitaria y ardiente me quemó la mejilla en su descenso. Fue pura agresión, un acto de dominación física y absoluto diseñado para quebrarme.
Su guante me sujetaba brutalmente entre mi pelo y tiraba de él “No me gustan los pervertidos”, dijo, con voz que resonaba como un trueno en el silencio. “En mi casa no habrá ningún pervertido”. Tiró nuevamente de mi pelo con fuerza. Cada tirón era un golpe en mi alma. Cada lágrima que caía era una victoria para ella. Y yo… yo no me resistí. Mis ojos cerrados y con el cuerpo temblando, porque sabía que era mi culpa.Porque sabía que había cruzado una línea. Rápidamente, agarró una silla que había en su habitación. Me recostó sobre su regazo. No con suavidad sino con violencia con precisión. Como si estuviera preparando un sacrificio.
Agarró mis manos y las ató fuertemente a mi espalda con una pequeña cuerda. No una cuerda cualquiera. Una cuerda que se hundía en mi piel, que cortaba la circulación, que me hacía gritar. “¡Ahhh!” El dolor era agudo. La cuerda estaba apretaba como una mordedura en mis muñecas. Y ella… ella no aflojó. No se apiadó. Solo me miró. Con sus ojos helados. Con su sonrisa sádica. Con su cuerpo voluptuoso que me doblaba en tamaño.Se levantó. Me apartó a un lado y se bajó las bragas. No eran las mismas con las que me había amordazado anteriormente. Eran otras, más grandes, más sucias. No entendía cómo podía estar tan sucias en tan poco tiempo .No había pasado tiempo suficiente. Pero ella… ella me lo explicó. No con compasión. Con advertencia. “Tengo incontinencia”, dijo con voz fría. «No controlo mi ano. De pronto… sale caca de él. Sí, Vulgarmente… me cago encima. Ocurre a diario. Varias veces al día.»
No lo dijo para que sintiera lástima. Lo dijo para que entendiera. Para que supiera. Para que temiera. Para que supiera que su cuerpo, su poder, eran incontrolables. Y que yo… yo era su juguete. Sonrió, me volvió a colocar sobre su regazo y acto seguido me amordazó con sus bragas sucias, con sus bragas llenas de caca líquida. Las introdujo en mi boca. No con suavidad sino con violencia, Con precisión. Como si estuviera preparando un sacrificio. Y luego… me azotó.
No fue con el látigo. No era necesario. Tenía el culo tan magullado de su anterior castigo que el impacto de su guante en mi culo desnudo me producía un dolor insoportable. Cada golpe era una descarga eléctrica. Cada golpe era un recordatorio de su poder. Cada golpe era una lección. Y ella… ella se reía. Con esa risa baja, sádica, que resonaba como un eco en la habitación, como si las paredes mismas se burlaran de mí. Y yo quería gritar, protestar, quejarme de dolor, de desesperación. Pero no podía. Intenté escupir las bragas sucias que tenía en mi boca, pero noté cómo ella se acercó su guante a mi cara y cerró mis labios presionando fuertemente la goma en mi boca, sellándome los labios para que no pudiese escupir su propia suciedad. Lo había acercado a mi boca con una lentitud deliberada, como si disfrutara cada segundo de mi impotencia, y lo había presionado contra mis labios con fuerza, aplastándolos, sellándolos, impidiendo que mi lengua, mi saliva, mi aliento… escaparan.No era solo una mordaza. Era una prisión. Una jaula de goma que me obligaba a tragar, a degustar, a saborear lo que ella me había metido dentro. Sus bragas —llenas de caca líquida, aún caliente, aún húmeda, aun vibrando con la humedad de su cuerpo— me llenaban la boca.
La vieja bruja continuó azotándome sin piedad sobre su regazo, y el dolor se volvió insoportable. Mi culo ya estaba tan magullado de los anteriores latigazos que incluso el simple roce de su mano me producía una punzada aguda, pero ella no se detuvo; golpeaba duramente con su guante de goma, que se estiraba con el impacto y luego se estallaba contra mi piel desnuda como un látigo vivo, enviando ondas de choque eléctrico a través de mis huesos. Ya no podía gritar, el aire se me había agotado, y mientras mi cuerpo temblaba bajo la lluvia de golpes, degustaba de nuevo las bragas en mi boca. Estaban más sucias que nunca, impregnadas de un excremento líquido y espeso que sabía a podrido absoluto. Un hedor terrible llenó mis fosas nasales, un olor a inmundicia cruda que me provocaba arcadas violentas y náuseas que me hacían retorcer las entrañas. No podía hacer nada más que quedarme callado, aguantar el tormento físico y el asco mortal, y continuar tragando ese sabor fétido y viscoso, arrodillado en mi propia vergüenza.
Y entonces, entre azotes, entre risas, entre el sonido seco del guante golpeando mi culo desnudo, me habló. Con voz fría, baja, como si estuviera susurrando un secreto que solo yo debía oír: “Cada vez que protestes… cada vez que te quejes… cada vez que llores… te amordazaré con mis bragas”. Se detuvo. Solo un instante. Para que lo entendiera. Para que lo sintiera. Para que lo temiera. Y luego, con una risa que me heló la sangre, continuó: “Y ya sabes… mi incontinencia”. «Mmm…procuraré que estén bien sucias de heces «.Hizo una pausa. Como si saboreara sus propias palabras. Como si disfrutara del terror que me recorría la espina dorsal. Y luego, con una voz dulce, casi maternal, pero cargada de perversión, dijo: “He encontrado una forma… satisfactoria… de tapar tu boca, Con mis bragas cagadas., Acostúmbrate. Porque vas a lamer muchas… muchas bragas mías cagadas” Así no tendré que escuchar tus suplicas. “Y volvió a reír. Una risa baja, sádica, que resonaba como un eco en la habitación. Y yo… yo no pude hacer nada. Solo llorar en silencio. Solo degustar el sabor a podrido. Solo sentir cómo su guante me azotaba, cómo sus bragas me llenaban la boca, cómo su voz me perforaba el alma. Y continuó. Una y otra vez sin descanso,sin compasión.
Sentí algo que no podía explicar con palabras. Algo que me consumía. Algo que me hacía querer más. Más dolor. Más humillación. Más de ella. Y aunque el sabor de sus bragas era insoportable… aunque el olor de su guante era peor… aunque el dolor en mi culo era inaguantable… aún la deseaba.
Terminó de azotarme sobre sus rodillas, y mi culo quedó hecho un amasijo de carne viva, magullada, roja y morada, con las marcas de su guante Grabadas en la piel como si fueran tatuajes de sumisión, cada golpe resonando aún en mis huesos, cada latido del corazón haciendo vibrar el dolor en mi trasero como un tambor de agonía, y yo lo sabía, lo sentía en el fondo de mi alma: aquello no era un castigo aislado, no era una excepción, era el comienzo de una rutina, una ceremonia diaria que se repetiría sin piedad si decidía convertirme en su esclavo, si firmaba el contrato.
Ella, con su cuerpo voluptuoso aun vibrando de placer por el castigo, miró su reloj de bolsillo, un reloj antiguo de oro con una cadena que colgaba de su cintura, y se dio cuenta de que era tarde, era la hora de su cena, porque siempre cenaba a una hora determinada, en punto, sin demora, sin excepción, sin variación, porque en su casa, en su mundo, en su reino, el tiempo se regía por su voluntad, servía la comida y no se sentaba hasta la hora exacta , hasta que el reloj marcara la hora indicada.
Ella me arrastró hasta una cocina grande y majestuosa, una estancia imponente con paredes de piedra oscura y un techo tan alto que el eco de mis pasos moría en la penumbra. Con una fuerza bruta, me empujó hacia una silla de madera maciza y, con gran precisión ató mis manos fuertemente al respaldo de madera y mis pies a las patas, las cuerdas hundiéndose en mi piel y cortando la circulación. Luego, sin una palabra, se sentó en el otro extremo de una larga mesa de roble, a una distancia tan grande que me sentí diminuto y aislado. Así, atado y amordazado, como un prisionero en el banquete de una reina, ella se dispuso a degustar su comida, dejándome observar desde mi humillante soledad.
La comida era un espectáculo de abundancia y voracidad, un festín desmedido como si fuera una ofrenda a un apetito insaciable. Platos abarrotados de carnes grasientas, salsas rancias, verduras marchitas y panes duros cubrían la mesa. Yo, atado a la silla con el sabor a caca líquida impregnada en mi lengua, la observaba con una mezcla de horror y fascinación mientras ella devoraba todo a su paso. Comía con una hambre voraz, con la boca constantemente repleta, hablándome mientras masticaba, con los restos de comida colgando de sus labios y la salsa corriendo por su barbilla. Aquella glotonería brutal me hizo comprender la verdadera naturaleza de su poder; su magia, su maldición, exigía un combustible constante y masivo. Mientras relataba las historias de su linaje de brujas, sus hechizos y sus esclavos, su voz era un trueno gutural que llenaba la cocina, y yo solo podía escucharla, temblando, con el alma ardiendo. De repente, se detuvo a mitad de una frase, su mirada fija en mí. Un silencio pesado cayó sobre la estancia y, con una expresión pensativa, me alabo con una voz baja y cargada de perversión: «Callado… estás muy guapo. Me encanta verte así».
Sus ojos oscuros se clavaron sobre los míos. Su voz grave, profunda, resonó en la cocina como un trueno: «No me gustan los humanos que hablan sin parar. No tolero que me molesten mientras hablo. Los humanos son constantemente ruidosos, lloriqueando con sus quejas y protestas. Prefiero el silencio absoluto. Amordazado estás muy guapo, me encantaría tenerte así siempre». Su mirada, llena de una crueldad devoradora, me lanzó la pregunta fatal: «¿Qué prefieres? ¿Qué te corte la lengua para que no hables… o que te amordace con mis bragas cagadas?» Sin dejarme tiempo para pensar, se levantó con una lentitud calculada. Sus sucios guantes de goma, se clavaron en mi cuello para arrancarme la mordaza. La tela húmeda y sucia salió de mi boca, esperando mi respuesta. Con la voz ronca y apenas articulada, le contesté: «Que me amordace con sus bragas cagadas. No quiero que me corte la lengua». Al oír mi respuesta, su sonrisa perversa se amplió, revelando un placer morboso. Sin piedad, volvió a meter las mismas bragas manchadas de caca , esta vez empujándolas hasta el fondo de la garganta, casi hasta que me ahogaba, para silenciarme definitivamente. Se sentó de nuevo frente a mí, ignorando mi ahogo momentáneo, y continuó comiendo. Fue entonces que, con la boca llena, me anunció su decisión: «Sellaremos un pacto. No te cortaré la lengua, pero te amordazaré con mis bragas llenas de heces cada vez que yo lo desee. No quiero escuchar tus quejas ni tus tonterías de humanos». Yo respiré aliviado, agradecido de no haber perdido la capacidad de hablar, mientras ella seguía devorando su comida con la misma voracidad.
Tras terminar su festín, con la mesa aún rebosante de los restos de su glotonería, la bruja Helga Pain se levantó. No limpió ni recogió con prisa, sino que con una calma metódica, fue agarrando cada uno de los platos donde sobraba una cantidad insultante de comida. Le gustaba tener la mesa llena, era un símbolo de su poder, aunque no la terminara jamás. Uno por uno, vertió los restos de carnes frías, salsas rancias, verduras blandas y panes duros dentro de una licuadora de acero inoxidable. Escuche el sonido inconfundible de las cuchillas al empezar a triturar, un ruido gutural y húmedo, mientras cerraba la tapa con su guante de goma sucia. Al cabo de unos minutos, detuvo la máquina y vertió el contenido en un cuenco profundo y grande. Lo que salió era un amasijo informe, de un color marrón nauseabundo, con una textura que parecía mierda de perro triturada. Lo plantó sobre la mesa justo delante de mí, luego agarró otra silla, se sentó frente a mí, ladeó mi silla para quedarme completamente a su merced y, mientras estiraba lentamente sus guantes de goma para que cedieran en sus brazos flácidos, me habló con voz grave: «Esta será tu comida, mis sobras, es lo que comerás a diario, así triturada».
Me dio un asco inmenso ver aquel plato lleno de cientos de alimentos mezclados en una pasta repugnante. Ella agarró una cuchara grande, la hundió en el cuenco llenándola por completo y la acercó a mi boca. Con una orden seca y sin piedad, me dijo: «Abre la boca». Obedecí, y ella introdujo la comida dentro. El sabor era detestable, una mezcla ácida y salada de todo lo que había en la mesa, un sabor a podrido que me revolvió el estómago al instante. «Traga», ordenó. A regañadientes, no tuve más remedio que tragar aquella porción viscosa. Volvió un metro la cuchara en el cuenco y repitió el proceso una y otra vez, y cada vez me costaba más tragar aquella comida repugnante. Las arcadas empezaban a subirme por la garganta, mi cuerpo rechazaba aquella comida triturada.
Al verme vacilar, se levantó malhumorada y regresó con una pinza de madera que, con una sonrisa cruel, se clavó sobre mi nariz. «Ahora vas a tragar si quieres respirar», siseó, y en ese momento comprendí la verdadera magnitud de su astucia. La pinza me cortaba el paso de aire por la nariz, mi única vía de respiración era la boca, y ella estaba a punto de convertirla en una tumba de comida. Llenó mi boca de aquel amasijo marrón y espeso, y el pánico me heló la sangre. Mi instinto me gritaba que escupiera, que luchara, pero la falta de aire era un orden brutal. Tuve que tragar con una desesperación animal, un espasmo doloroso para abrir mis vías respiratorias. No me dio ni un segundo de respiro. Antes de que pudiera inspirar, la cuchara seca y metálica ya volvió a mis labios, empujando otra porción de aquella pasta repugnante. Su ritmo era rápido, cruel, una máquina de alimentar incesante. No había tiempo para quejarse, para suplicar, apenas para tragar y aspirar un fugaz atisbo de aire antes de que mi boca volviera a ser violada por la comida.
Cada cucharada era un nuevo acto de asfixia. Sentía cómo el amasijo se pegaba a mi garganta, obstruyéndola, y mi pulmón ardía pidiendo oxígeno que no llegaba. Deseaba con cada fibra de mi ser que fuera más lenta, que me permitiera un solo instante para recuperar el aliento, pero su única respuesta era acelerar el ritmo, volviendo a un metro más comida casi asfixiándome. Aprendí a la fuerza que no podía protestar. Una vez, intenté formular una súplica, abrí la boca para emitir un sonido de clemencia , pero en esa fracción de segundo en que no respiró para hablar, ella aprovechó para llenarme de nuevo. La comida se me metió por la garganta y empecé a ahogarme de verdad, a convulsionar con los ojos desorbitados, creyendo que esa sería mi muerte. Ella observó mi pánico con una indiferencia gélida, esperando a que mi instinto de supervivencia me obligara a tragar. Aprendí la lección: no debía quejarme, solo tragar. Tragar y sobrevivir.
El cuenco parecía infinito, una pesadilla de sabor a podrido y falta de aire. Lloraba en silencio cayendo las lágrimas por mi rostro . Ella se burló de mi llanto, se acercó su rostro al mío y, con un desprecio absoluto, metió su guante de goma sucio dentro de mi boca. Con los dedos, empujó la comida que había quedado atascada en mi garganta, forzándome a tragar. «Come, cerdo», me dijo con un odio que me quemó más que el ácido de mi propio estómago. Seguía alimentándome, sin piedad, sin descanso, hasta que el último trozo de aquella mierda triturada cayó en mi estómago hinchado y dolorido. Estaba vencido, asfixiado, humillado hasta el último extremo de mi alma, y ella, mi dueña, solo se reía.
Al verme vacilar, se levantó malhumorada y regresó con una pinza de madera que, con una sonrisa cruel, se clavó sobre mi nariz. «Ahora vas a tragar si quieres respirar», siseó, y en ese momento comprendí la verdadera magnitud de su astucia. La pinza me cortaba el paso de aire por la nariz, mi única vía de respiración era la boca, y ella estaba a punto de convertirla en una tumba de comida. Llenó mi boca de aquel amasijo marrón y espeso, y el pánico me heló la sangre. Mi instinto me gritaba que escupiera, que luchara, pero la falta de aire era un orden brutal. Tuve que tragar con una desesperación animal, un espasmo doloroso para abrir mis vías respiratorias. No me dio ni un segundo de respiro. Antes de que pudiera inspirar, la cuchara seca y metálica ya volvió a mis labios, empujando otra porción de aquella pasta repugnante. Su ritmo era rápido, cruel, una máquina de alimentar incesante. No había tiempo para quejarse, para suplicar, apenas para tragar y aspirar un fugaz atisbo de aire antes de que mi boca volviera a ser violada por la comida.
Cada cucharada era un nuevo acto de asfixia. Sentía cómo el amasijo se pegaba a mi garganta, obstruyéndola, y mi pulmón ardía pidiendo oxígeno que no llegaba. Deseaba con cada fibra de mi ser que fuera más lenta, que me permitiera un solo instante para recuperar el aliento, pero su única respuesta era acelerar el ritmo, volviendo a un metro más comida casi asfixiándome. Aprendí a la fuerza que no podía protestar. Una vez, intenté formular una súplica, abrió la boca para emitir un sonido, pero en esa fracción de segundo en que no respiró para hablar, ella aprovechó para llenarme de nuevo. La comida se me metió por la garganta y empecé a ahogarme de verdad, a convulsionar con los ojos desorbitados, creyendo que esa sería mi muerte. Ella observó mi pánico con una indiferencia gélida, esperando a que mi instinto de supervivencia me obligara a tragar. Aprendí la lección: no debía quejarme, solo tragar. Tragar y sobrevivir.
El cuenco parecía infinito, una pesadilla de sabor a podrido y falta de aire. Lloraba en silencio, las lágrimas mezclándose con el sudor y la humedad de aquella tortura. Ella se burló de mi llanto, se acercó su rostro al mío y, con un desprecio absoluto, metió su guante de goma sucio dentro de mi boca. Con los dedos, empujó la comida que había quedado atascada en mi garganta, forzándome a tragar. «Come, cerdo», me dijo con un odio que me quemó más que el ácido de mi propio estómago. Seguía alimentándome, sin piedad, sin descanso, hasta que el último trozo de aquella mierda triturada cayó en mi estómago hinchado y dolorido. Estaba vencido, asfixiado, humillado hasta el último extremo de mi alma, y ella, mi dueña, solo se reía.
Al terminar el último bocado del cuenco profundo, un silencio pesado cayó sobre la cocina. Entonces, para mi sorpresa, ella me tocó la cara con una suavidad inesperada. Su guante de goma, sucio y pegajoso, acarició mi mejilla con una perversión que me heló más que cualquier golpe. «Buen chico», susurró, su voz un veneno dulce. «Así me gusta que coma mi cerdo, porque eres un cerdo pervertido y así alimento a los cerdos. Mañana será igual, yo te daré de comer con mis guantes y la cuchara». Comenzó a reír, una risa baja y gutural que me hizo temblar, y quedó aterrado ante su crueldad, una crueldad que, para mi vergüenza, me produjo una excitación enorme y descontrolada.
Continuó hablándome, sus ojos brillando con un fanatismo delirante: «No me gustas tan delgado, me gustan gordos. Yo te alimentaré, te haré ganar peso, 40 o 50 kilos más. Comerás los restos de mi comida a diario, y si tengo que empujarla con mis guantes hasta el fondo de tu garganta, lo haré». Su risa se convirtió en una carcajada resonante que llenó la estancia, prometiendo un futuro de sumisión y glotonería forzada.
Aquella noche, en mi casa, no pude dormir. Mi mente era un torbellino obsesivo, repitiendo sin cesar cada momento con la vieja señora Helga Pain. Me masturbaba sin parar, mi mano corría frenéticamente sobre mi miembro mientras evocaba su crueldad, el recuerdo de mi culo hecho un amasijo de carne viva bajo su guante, la humillación de haber tragado aquella cantidad repugnante de comida triturada. La amaba con una locura enfermiza, a pesar de que era muy dura, muy dura conmigo, y deseaba más y más de su sadismo, más de su control absoluto sobre mi cuerpo.
A pocos metros de mi casa, en su mansión oscura, la señora Helga Pain tampoco podía dormir. Tumbada en su cama, no paraba de pensar en mí, en cuánto había disfrutado aquel día humillándome y castigándome, y un deseo insaciable por más y más la consumía. Aquello solo era el principio. La vieja señora Helga Pain, mientras se masturbaba en su cama metiendo su guante bien profundo en su coño, dijo para sí misma, apretando el puño de su otro guante con fuerza: «No se imagina lo que le espera al cerdo pervertido. No solo serán mis sobras lo que comerá, comerá mi mierda, enormes cantidades de mi mierda. Solo he de esperar hasta que se cumpla la semana y se haga efectivo el contrato y caiga en mis manos. Engordaré a ese cerdo con mi mierda». Continuó masturbándose, sumida en su fantasía. Yo no era consciente del plan de aquella vieja bruja, pero ella tenía una fascinación oscura y horrible, un apetito común en las brujas de su linaje: les gustaba alimentar a los humanos con sus heces, disfrutaban con el poder y la degradación que ello suponía, y debido a su gran estómago y su naturaleza incontinente, podría hacerlo a diario de una manera mucho más perversa, pero eso será fruto de posteriores capítulos, no adelantemos tantos acontecimientos.
Agradeceré su comentarios en : [email protected]
Continuara en capítulo 3


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