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LAS NIÑAS NO HABLAN CON EXTRAÑOS CAPITULO I

Una cándida e ingenua adolescente se encuentra con dos viejos depravados: una hembrita que llega a dar su cuerpo por dinero a estos dos lobos hambrientos. La disfrutarán sin miramientos. Este es el primer capítulo de la saga que publique hace tiempo lo cargo nuevamente así el que no leyó puede busca.
LAS NIÑAS NO HABLAN CON EXTRAÑOS CAPITULO I

Una cándida e ingenua adolescente se encuentra con dos viejos depravados: una hembrita que llega a dar su cuerpo por dinero a estos dos lobos hambrientos. La disfrutarán sin miramientos.

Este es el primer capítulo de la saga que publique hace tiempo lo cargo nuevamente así el que no leyó puede buscar el resto de los capítulos y la seguidilla de los mismos. Gracias por leerlo Escritor Jon

La vida de Marien transcurría feliz entre el colegio y juegos con las amigas a sus 15 años. Era una chiquilla preciosa de melena rubia, larga y lisa, y ojos color miel. Su cuerpo adolescente apuntaba formas: alta, esbelta como un junco, con pechitos que empezaban a florecer redondos y un culito respingón que hacía que el vestido se le subiera por la parte trasera de forma realmente provocativa. Aunque en su mente, aún dormida a la sexualidad que empezaba a despertar, no se daba cuenta del efecto que producía entre los hombres.

Sus ojos eran enormes, aún inocentes y dormidos a la vida. Su pequeña nariz armonizaba perfectamente con su boca carnosa, roja como un fresón. La chiquilla despertaba suspiros a su paso. Cualquier hombre, joven o mayor, soñaba con satisfacer sus fantasías en los brazos de aquella mezcla de niña-mujer.

Su vaporoso vestido veraniego, de alegres flores, fresco y escotado, sujetado por finos tirantes, se movía sinuoso con sus andares garbosos. Acompañando su atuendo, el recuerdo de la edad infantil que pronto pasaría: unos calcetines blancos adornados con un gracioso volantito y las merceditas negras de charol. Por eso siempre protestaba con su madre, ya que se sentía toda una mujercita y odiaba aquellos calcetines y esos zapatos. Menos mal que nadie vería su ropa interior: no llevaba sujetador (tampoco le servía, ya que sus tetitas aún no estaban lo suficientemente desarrolladas) y estaba deseando hacerse mayor para no tener que usar aquellas bragas de algodón rosa y poder ponerse al fin la lencería maravillosa de las mujeres.

Hacía un calor sofocante aquella tarde de junio. Nuestra protagonista tomaba un helado en el parque esperando a sus amigas, tal como hacía cada tarde. Pero ella llegó más temprano que de costumbre y le tocaba esperar, lo cual era un fastidio porque se aburría. De pronto, un coche se paró justo delante de ella. Dentro, dos hombres hablaban entre ellos y de vez en cuando miraban al banco donde estaba sentada. Uno de ellos salió.

Era un hombre alto, delgado, no tenía menos de 60 años. Su pelo y un gran bigote canosos, los ojos hundidos provistos de grandes arrugas en su rostro. Se acercó a la chiquilla:

—Hola, preciosa. ¿Qué haces aquí tan sola?

Marien se encogió de hombros y siguió lamiendo el helado golosamente. Su compañero contemplaba la escena desde el coche. Éste era un viejo de mayor edad, gordo y casi completamente calvo, más desaseado que el otro, cuyo aspecto era más cuidado. El sudor se había adueñado atrozmente de él y su olor era casi completamente insoportable, como de varios días sin tomar un baño o ducha. Era asqueroso en su aspecto y modales. Mientras observaba a su amigo, no dejaba de sobarse la polla, pequeña, aunque empinada, desde el asiento del copiloto del coche.

El más alto y agradable continuó con la jovencita, con la que mantenía una animada charla:

—Por cierto, no te he dicho que me llamo Vicente. ¿Y tú?

—Marien —contestó la chica con una gran sonrisa.

Vicente era amable y simpático, y le daba mucha confianza. Desoyendo los consejos de los mayores respecto a no hablar con desconocidos bajo ninguna circunstancia, mantenía con el hombre una conversación plagada de risas y en franca sintonía.

De forma espontánea, sus altas y delgadas piernas estaban abiertas, cómodamente sentada, dejando ver al amigo aquellas bragas tan odiosas para ella y excitantes para el viejo espectador, que las observaba como platos, babeando e imaginándose bajándoselas para verle su intimidad hasta ahora escondida a los placeres de la carne.

Llevaban hablando más de media hora y sus amigas aún no habían aparecido. Vicente, nervioso, miró a su alrededor cuidándose de no ser visto. Se metió la mano en un bolsillo y enseñó a su amiguita cinco billetes de 20 pesetas.

—Mira, peque, todo este dinero es para ti. ¿Lo quieres?

—¡¡Naturalmente!! ¡¡Claro!! ¿Me vas a dar todo eso para mí? —contestó entusiasmada.

Vicente asintió sonriente y tragó saliva. Ahora venía la parte más delicada y debía tener cuidado si quería conseguir su propósito.

—Todo este dinero te lo voy a guardar para dártelo después, pero ahora vamos a seguir hablando en el coche. Aquí hace demasiado calor y con el aire acondicionado estaremos más fresquitos. Después te lo doy y de este modo no lo perderás. ¿Te parece bien?

Se produjo un silencio durante el cual la niña pensó si debía o no ir. Pero finalmente pensó que no tenía nada de malo; total, solo iban a estar en el coche un rato hasta que llegaran las otras niñas para jugar y disfrutar juntas de la tarde estival.

—Vale, pero solo un rato, que mis amigas vienen ya mismo, ¿eh?

Vicente le abrió la puerta trasera del vehículo. El gordo la acompañó, sentándose a su lado mientras le decía:

—Hola, bonita. Me llamo Eusebio.

Marien sonrió y saludó a su vez. Con el aire acondicionado, efectivamente estaban mejor, y así no se le hacía tan larga la espera. Eran unos hombres muy simpáticos con ella y además le iban a dar todo aquel dinero para comprar un montón de cosas. Pero no sabía que había un truco.

—Marien, preciosa, tus amigas parece que tardan. Pienso que al final igual han quedado con otras personas y te han dado plantón. ¿Por qué no vienes a mi casa y jugamos los tres juntos? Vamos a pasarlo muchísimo mejor, porque vamos a hacer cosas tan divertidas que tus amigas sentirán mucha envidia. Solo haremos cosas de mayores y las otras son aún unas niñas pequeñas. Tú ya eres más mujer y lo vas a pasar mejor con nosotros. ¿Qué te parece? ¿Vienes?

Eusebio se lo propuso con voz temblorosa y excitada, aunque solo su amigo y compinche supo reconocer que estaba bien cachondo. Miraba a la reciente amiga intentando sonreír de forma afable, sin que se notara que estaba salido y era un completo viejo verde. Se contenía, aunque cualquier otra chica más mayorcita se habría dado cuenta de tan oscuras pretensiones. Pero Marien aún no tenía maldad; no veía nada prohibido en jugar a hacer cosas de mayores. De modo que, con una risita nerviosa, aceptó la propuesta.

Los amigos se miraron y guiñaron el ojo, relamiéndose de gusto por la tarde tan deliciosa que les esperaba a ambos. Ni en sus más íntimos sueños podrían imaginarse invadiendo aquella inocente y fresca piel.

Eusebio pasó el brazo por los hombros de la niña. Ella notó el mal olor que le incomodaba, pero por no contrariar a sus amigos se calló educadamente.

Después de conducir durante más de una hora, llegaron a una apartada choza en el campo. Cuando Vicente paró el coche, bajaron y éste le dijo a la nena:

—¿Hasta qué hora no tienes que llegar a casa?

La chica contestó que a las 10, que no tenía problema hasta esa hora, pero si llegaba más tarde la castigarían muy severamente.

—Bien, estupendo —continuó el hombre—. Pero mira…

Abrió la puerta de la casita y luego cerró con varias vueltas de llave.

—Voy a decirte una cosa. Como ya te he explicado, vamos a jugar a cosas que no juegan las otras niñas, pero les podría dar tanta envidia que pueden pasarte muchas cosas malas. Tus padres podrían castigarte casi más que cuando llegas tarde y tus amigas te odiarán. Yo creo que lo mejor es que no cuentes nada de lo que hagamos, porque si no, luego no vienes a jugar más.

La jovencita asintió con la cabeza. Mientras, Eusebio sacó una botella y unos vasos sucios que había sobre una mesa vieja de madera.

La niña se sentó en un raído sofá, mirando todo el entorno. Realmente, aquello más que una casa era una choza. Todo estaba en la misma estancia. En el fondo había una cama de somier antiguo de muelles. El colchón estaba viejo y, tratando de taparlo, había una colcha roja sucia tan vieja como todo lo que había allí. Había mucha suciedad, de tiempo sin hacer un fregado a fondo. Olía a humedad. Todo era lóbrego y, de no ser porque los hombres eran simpáticos y amables, todo eso a Marien le daba algo de miedo.

Vicente soltó los billetes encima de la mesa.

—Toma, ahí lo tienes. Cuando nos vayamos, te lo llevas.

Y se sentó a su lado. Al otro lado, Eusebio, y ambos la abrazaron por los hombros.

Bebieron. Al principio a la niña no le gustaba, pero como aquello era de mayores estaba dispuesta a jugar. Y si para ello había de beberse el whisky que les sabía a rayos, se lo bebía.

Pasado un rato, la joven, que jamás había bebido, estaba completamente borracha. El calor era tan sofocante que los tíos, aprovechando, le propusieron quitarse el vestidito, a lo que ella aceptó encantada. Así estaría más cómoda y tendría menos calor. Ellos aprovecharían la confianza para a su vez quitarse cuanta ropa llevaban encima.

Entre risas y copas, la niña, sentada entre los hombres, mostraba sus pechitos sin pudor. Y, como bromeando, la sobaban las tetitas sin que ella se diera cuenta de que sus amigos tenían una erección del demonio bajo aquellos calzoncillos fondillones.

Vicente tomó la mano de Marien y la llevó hacia su polla. Era arriesgado; temía su reacción. Se la sacó e invitó a la chiquita a tocarla. Era una gran verga: gorda, hermosa, provista de un capullo redondo y colorado como una granada, loco por refregarlo por aquel cuerpo adolescente. Tenía necesidad de sentir el contacto de aquella piel sobre su polla, sed de follársela, pero debía esperar. Poco a poco… De buena gana se habría tirado sobre aquel ángel y se la habría metido entera de un solo empujón, pero no. Dejó que la dulce niñita se la meneara, pensando que aquello era un juego inocente.

Mientras se bajaba completamente los calzoncillos como podía sin sacarse las zapatillas —temía moverse más de lo debido—, invitó a su compañero con un gesto. Éste también se sacó los calzones y, al igual que Vicente, tomó la otra mano de Marien y se la colocó en la polla. El pequeño nabito del viejo barrigón no pudo evitar soltar una corrida descomunal al sentir el contacto con la aterciopelada manita. Su dueña, sorprendida, se limpió en la sebosa y sudorosa barriga del viejo verde.

Los hombres jugueteaban con las tetitas. Ellos reían como dos babosos y la pollita diminuta de Eusebio volvió a ponerse gorda entre jadeos.

Mientras Vicente le daba tímidos besos en los labios —apenas piquitos suaves—, sin dejar de palpar los jóvenes pechitos, el otro le bajó las braguitas rosas. En un primer momento, movida por un resorte, la niña cerró las piernas y dijo:

—¡¡¡¡NO!!!!

Sin embargo, el viejo gordo la tranquilizó, asegurándole que era muy divertido si se dejaba hacer tranquila, que no conocía ese juego porque era de mayores y ella, como mayor, lo iba a conocer ahora —le aseguró descaradamente—.

Ella daba besitos al más alto, aún con el pollón en la mano. El calvo le bajó las bragas hasta los tobillos. No se pudo reprimir y, mientras le abría las piernas todo lo bien que se abren unas piernas con las bragas bajadas, le tocó suavemente con el dedo gordo el pequeño chochito, el cual aún no tenía crecido el vello púbico; apenas unas pelusillas comenzaban a hacer su aparición.

La niña, por inercia, cerró de nuevo las piernas, pero una vez más las abrió confiada, apenas Vicente le tocó un muslito. Era delicioso sentir la velluda pierna contra la suavidad inmaculada para aquel viejo sesentón, que ya besaba lamiendo frenéticamente la lengua de la jovencita. Borracha y confundida, ella entregaba su coñito a los lengüetazos del barrigón.

Cuando Eusebio se retiró, fue con la intención de posar a la niñita sobre la mugrienta cama para así, más cómodamente, dar cuenta de aquel manjar que se les ofrecía. Mientras, abandonada para ellos, el joven cuerpo iba a ser fervientemente disfrutado hasta límites hasta entonces insospechados.

Las bragas se habían quedado en el suelo tiradas, como una vulgar ramera. Se dejaba por dinero; al fin y al cabo, era una proposición muy golosa para una niña que apenas manejaba unas pesetas para golosinas. Sobre un colchón maloliente, aquellas bestias, como animales, disfrutaban como cerdos a cambio de unos billetes. Sí, Marien se había convertido en la más puta de las putas y no se daba cuenta.

Eusebio mantenía sobre sus hombros las piernecitas de la chiquilla mientras seguía lamiendo su coñito. Sentado a su lado, Vicente, pasando un brazo por los hombritos, tenía a mano las dos tetitas que seguía toqueteando a placer. Entretanto, ella le tocaba la polla, aprendiendo a hacer una paja bajo sus instrucciones.

El gordo estaba caliente, sudando como un caballo purasangre en una carrera. No podía más; se le iba a romper la polla de la excitación. Fue entonces cuando posó toda aquella masa de carne sobre el delgado cuerpecito, aplastándola por el peso e ignorando los quejidos.

Mientras se movía como un poseso sobre tanta calidez, podía sentir de tanto en tanto cómo su pequeño cipote notaba la vulvita al tener, por la postura, las piernas tan abiertas como jamás hasta ahora había pensado Marien que se podían abrir.

Sintió la lengua del calvo y la barba de varios días le pinchaba, pero no se atrevió a protestar para no molestar. Le babeó la cara, la lengua, toda la cara. No podía más: o la follaba o reventaría de ganas. Optó por lo primero.

Incorporándose, elevó de nuevo las piernecitas. En principio le daba un poco de miedo meterle la polla; se limitó a rozarle el coñito, aún babeante por las lamidas anteriores. Se retiró la piel que envuelve el capullo para, al rozarla, tenerlo así más sensible. Notar la vulvita en su vieja polla era delicioso. Las paredes se le abrían en la puerta de su intimidad, invitándole a «pasar» y poder gozar así de una virginidad aún sin dueño.

De un golpe, se la metió. Marien gritó de dolor, pero Vicente, para hacerla callar, se levantó ágilmente y situó aquel enorme pollón sobre los labios de la niña mientras, delicadamente, le decía:

—Anda, cariño, ábreme la boquita. Ya has aprendido a hacer pajitas; ahora vas a aprender otra cosa que hacen las mujeres y es lamer esto. Yo te voy a enseñar bien.

Aturdida por los acontecimientos, obedeció y lamió torpemente. Pero a Vicente le daba un gusto increíble las babitas de la niñita, que convulsionaba a cada vaivén del otro hombre, preso de la histeria, follándola sin piedad.

—AH, AH, AH, AH. ¡Toma, puta! ¡Toma, puta! OH, OH, UHMMM, UHMM… ¡¡¡Pero qué putita eres! Mira cómo se te remoja el chocho. ¿Sabes por qué se te remoja el chocho? Porque te lo estoy follando. OH, OH, OH, ¡¡QUÉ GUSTO!! ¡¡¡¡QUÉ PUTA!!!! Mira cómo te empujo y mírate cómo te dejas. Oh, pero qué puta, lo llevas en la sangre. Te gusta follar con viejos, ¿verdad? Oh, sí, ¡¡cómo te gusta follar con viejos!!

Eusebio no dejaba de llamarla puta mientras la empujaba bestialmente, como a una puta profesional. Mientras, Vicente era mucho más cariñoso:

—OH, síiiiiiiiiii… Oh, qué bien lo hace mi niña… Qué bien lame a papi… Pero qué rebueno lames. Oh, sí, qué niña más buena. Mira cómo vas a aprender a hacerte una mujer. Lo que Eusebio te hace se llama follar, mientras me lames la polla a mí. Tienes mucha suerte porque esto lo aprenden las chicas ya más mayores y en varios días. Tú lo estás aprendiendo todo de golpe; eres ya una mujercita… Oh… Sí, peque, ¡¡¡¡¡¡qué rico la mamas…!!!!!!

—Cuando me vaya a correr, quiero que la pequeña puta me lama toda la lefa… Ya te avisaré para que te quites, ¿ok, Vicente? —bramó el gordinflón.

En pocos minutos gritó para que su amigo se apartase y meterle la polla a Marien, que no pudo evitar la arcada al notar el tibio y espeso líquido en su boca.

Mientras, a las puertas de su coño ya abierto y desflorado, la polla del grandullón jugaba chapoteando con la sangre producida por el desgarro al ser penetrada por vez primera. Éste no necesitaba apartar piel alguna del prepucio; que golosamente era tragado por la pequeña cueva mientras el falo se abría paso despacio, suavemente, con más ternura que el anterior. Para facilitar la empalada y hacerla entrar profundamente, le subió bien las piernas, bien abiertas de nuevo. Ofrecida y cansada, nuestra amiga estaba siendo penetrada por segunda vez. Mientras, Eusebio, aún tembloroso y tumbado a su lado, lamía los pechitos, la boca, el cuello y disfrutaba de la nueva amiga, apagando los gritos de dolor con su babosa y gorda lengua, sin dejar de palparla con sus rudas y torpes manazas.

Las embestidas de Vicente eran insoportables. Al tener un gran cipote, le dolía infinitamente más. Pero por más que lloraba y se quejaba, no terminaba nunca, haciendo que el tiempo se le parase. Aquel suplicio no iba a terminar en la vida y se preguntaba cuánto tiempo más duraría aquella tortura.

Finalmente, le sacó la polla roja de sangre, igual que la había sacado de aquel agujero su compinche. Pero esta vez no se hubo de tragar aquel líquido espeso que se le antojaba asqueroso. En esta ocasión, se lo echó sobre la carita, que mantenía los ojos cerrados. Mientras, ambos con las pollas refregaban la lechereada por el rostro, el cabello… Para ella aquello era sucio; para ellos, un sueño hecho realidad.

Aquellos dos buitres, al acabar de correrse como poseídos, cayeron a ambos lados de la niña, que tan cansada estaba que no pudo evitar dormirse. A pesar de que los dos tíos le daban mucho calor —en su afán de seguir disfrutándola, la abrazaron mientras aún les duraban los espasmos de placer—.

Algo después de las ocho se levantaron, lavaron bien a Marien y la ayudaron a vestirse. Vicente volvió a coger las llaves, abrió la casa y, tomando el dinero, le dijo:

—Toma, esto es tuyo. Cuando quieras, te podemos dar más. Solo se trata de jugar algunas veces más. Verás —sonrió afablemente—, será muy divertido, porque jugarás con más amigos y  te ganarás más pasta. Tú dirás.

Ella contestó:

—Me lo pensaré, ¿vale? Es que ahora no lo sé, estoy muy cansada.

La dejaron cerca de aquel parque donde la encontraron. Ella corrió a su casa; estaba a punto de dar las 10 de la noche y se debía dar prisa. En el ascensor se escondió el dinero regalado en las braguitas antes de entrar .

Continua en el capítulo II ………………….

105 Lecturas/9 enero, 2026/0 Comentarios/por escritorjon
Etiquetas: amiga, amigos, amiguita, baño, colegio, madre, mayor, mayores
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