Llevé a mi sobrina de 12 años al ginecólogo
El doctor me explicó que le haría una revisión pélvica y un tacto rectal. .
Me llamo Antonio, tengo 34 años, pero hoy no vengo a hablar de mí, sino de mi hermana y de mis sobrinas.
Mi hermana tiene 32 años y dos hijas de padres distintos. Cuando su matrimonio fracasó, dejó a la mayor con mi madre para que la criara. Lo mismo hizo con la segunda cuando su siguiente relación se derrumbó. Siempre ha sido una madre desobligada; prefirió vivir su vida de soltera sin mirar atrás, mientras mi madre y yo nos ocupábamos de las niñas.
La mayor se llama Elizabeth, tiene 14 años. Es alta, con el pelo lacio y largo, una belleza natural que heredó de la familia. Su cuerpo ya es envidiable: curvas pronunciadas, nalgas firmes y redondas que llaman la atención sin esfuerzo.
La menor, Mariana, tiene 12 años y es todo lo contrario a su hermana y a su madre. Delgada, casi plana, sin curvas, sin pompis ni bubis. Eso la ha afectado mucho; en la escuela le hacen bullying y siempre pregunta por qué ella no tiene un cuerpo como el de Elizabeth. Es tan inocente… Yo le digo que está en desarrollo, que todavía es una mariposa en capullo y que pronto llegará su momento.
Aunque no son mis hijas, estoy más pendiente de ellas que su propia madre.
Un día, mi madre me llamó preocupada: Mariana llevaba cuatro meses sin que le bajara el periodo. Lo primero que pensé fue que estaba embarazada. Sin dudarlo, fui a recogerla y la llevé al doctor.
En el coche le pregunté directamente si había tenido relaciones sexuales. Me miró con esos ojos grandes e inocentes y respondió que era virgen. No le creí del todo; en mi cabeza ya estaba convencido de que había un embarazo de por medio.
Llegamos al consultorio y explicamos el problema, El doctor la pesó primero y luego le pidió que se quitara la blusa. Sus pezoncitos quedaron al descubierto, apenas unos botoncitos rosados sobre un pecho plano. Después le dio una bata y le indicó que se quitara también el pantalón y la ropa interior.
Mariana me miró, avergonzada, como pidiéndome que la salvara de esa situación. Pero poco a poco obedeció. Se bajó el pantalón, luego las braguitas… y ahí estaba: una panochita completamente cubierta de vello oscuro, espeso, salvaje. El doctor soltó una risita y comentó en broma que iba a necesitar una podadora. Yo sentí cómo la sangre se me iba directo a la verga; ya estaba dura, palpitando, solo de verla así, tan expuesta.
Subió a la camilla y abrió las piernas. El doctor me explicó que le haría una revisión pélvica y un tacto rectal. Nos mostró los instrumentos: “Este es un anoscopio, y este un espéculo vaginal”. Parecían unas tenazas frías y metálicas. Le advirtió: “Si te duele, me dices, lo haré con cuidado”.
Primero revisó su ano. Comentó que tenía mucho pelo incluso ahí atrás. Yo me acercaba disimuladamente, muerto de morbo, deseando tocarla. Le untó lubricante y lentamente introdujo el anoscopio. Mariana soltó un grito ahogado de dolor, pero aguantó. Yo no podía apartar la vista de ese culito apretado abriéndose.
Después vino el espéculo en su vagina. Lo abrió despacio y encendió la luz para ver mejor. Ella gemía bajito, entre el dolor y la incomodidad, mientras yo observaba cómo su panochita peluda se estiraba alrededor del metal frío.
Cuando terminó, el doctor dijo que todo estaba normal. No había embarazo ni nada grave: solo una fuerte desnutrición que había alterado su ciclo. Le recetó vitaminas y tres comidas completas al día.
Salimos de ahí con alivio… pero yo no podía sacarme de la cabeza la imagen de mi sobrinita abierta de piernas, tan vulnerable, tan inocente, tan expuesta ante mis ojos.


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Muy excitante pero muy corto! Debería haber más acción con ella así inocente