Los vicios de una esposa preñada
bondage, lactancia, consoladores y orina..
Es una mujer de clase alta con una vida secreta de vicio. Nadie en su entorno privilegiado imaginaría que, cada vez que puede, se entrega al placer sin límites, y mucho menos su marido y sus hijos, que la creen una buena esposa, incluso algo aburrida.
Embarazada pasados los cuarenta años, el cornudo se cree muy macho, pero ni ella misma tiene muy claro quién es el verdadero padre de la criatura. El bombo que carga, cuando le queda tan poco tiempo para parir, no la ha calmado en absoluto; más bien lo contrario. Durante todo el embarazo ha estado aún más caliente que nunca, llegando a situaciones que han puesto en peligro su matrimonio y de las que se ha librado con pobres excusas.
Ahora está aquí, completamente desnuda, atada en un shibari en suspensión con cuerdas rojas. Los complicados nudos envuelven la gran barriga de nueve meses y las tetas que ya gotean calostro, formando perlas en sus pezones duros. Le inmovilizan brazos y piernas, colgando del techo en horizontal, y un último nudo la sujeta del pelo, obligándola a mantener la cabeza erguida.
Con los ojos vendados, se revuelve al oír mis pasos acercándome. Aprecio la belleza de su cuerpo colgando y lleno, como una fruta madura a punto de abrirse para mí. La acaricio con una mezcla de dureza y ternura: paso de rozarla con los dedos a pellizcarle los pezones hasta hacerla gemir. Separo las piernas y compruebo que el estar inmovilizada la ha excitado tanto que mana abundante flujo espeso que cuelga de la punta de su hinchado clítoris. Paso una cucharilla por la raja recogiendo la miel de su coño; el roce del metal frío es suficiente para hacer que se estremezca y la entrada de su vagina se dilate buscando más.
Le acerco la cucharilla a la cara y, aun con los ojos vendados, por el olor de su propia esencia sabe que tiene que abrir la boca. Saborea su propio flujo y relame la cucharilla, dejando la lengua babeando saliva que cae al suelo. Sabe que lo próximo que entrará en su boca será mi polla endurecida y palpitante.
Agarro la base de mi polla con la mano derecha y la guío hacia su cara. Primero rozo sus mejillas con la punta, dejando un rastro húmedo de liquido preseminal. Ella intenta seguir el movimiento con la lengua, pero el nudo en el pelo la mantiene inmóvil. La obligo a esperar. Diez segundos. Veinte. Su respiración se acelera; el pecho sube y baja, haciendo que las tetas colgantes se balanceen como péndulos.
Entonces empujo.
La cabeza de mi polla se desliza entre sus labios. Ella abre más, la mandíbula tensa por la posición invertida. Entro centímetro a centímetro, sintiendo cómo su garganta se adapta. Cuando llego al fondo, mis huevos descansan contra su barbilla, pesados y calientes. La dejo ahí. No me muevo. Solo siento cómo su lengua intenta lamerlos con desesperación. Retiro lentamente, casi saliendo, y vuelvo a entrar. Esta vez más rápido. Sus gemidos vibran alrededor de mi polla, amortiguados por la carne.
Después de cinco minutos de mamada profunda —sus mejillas hundidas, la garganta convulsionando cada vez que traga— decido que es suficiente. Retiro mi polla con un sonido húmedo. Un hilo de saliva conecta su labio inferior con mi polla antes de romperse.
Me coloco detrás de ella.
Sus piernas están separadas por las cuerdas, los muslos temblando. El coño está abierto, los labios mayores hinchados y rojos, el clítoris sobresaliendo como un botón maduro y el ano, se contrae rítmicamente. Cojo el consolador de silicona negra —veintidós centímetros, grueso como mi muñeca— y lo unto con su propio flujo. Lo coloco en la entrada de su vagina y empujo.
El consolador entra de una sola vez, hasta la base. Ella grita su cuerpo se tensa en las cuerdas. El shibari cruje; los nudos bajo sus costillas se hunden en la piel, El peso de la barriga empuja hacia abajo, aumentando la presión interna.
Mi polla, aún húmeda de su boca, se alinea con su ano. Escupo en la entrada. Empujo. El esfínter cede lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estoy completamente dentro. La doble penetración es total: consolador en el coño, mi polla en el culo, separados solo por una delgada pared de carne.
Comienzo a moverme. Primero lento, el consolador vibra ahora —lo encendí con un control remoto en mi mano izquierda—. La frecuencia es baja, profunda, resonando en sus entrañas. Con la mano derecha agarro sus tetas colgantes. Los pezones están duros como piedras; el calostro gotea de forma constantes. Aprieto con fuerza, ordeñándolas en círculos rítmicos. El líquido blanco salpica el suelo. Ella gime, un sonido animal que reverbera en la habitación.
Aumento el ritmo.
Las embestidas se vuelven brutales. Mi pelvis choca contra ella con un sonido húmedo y constante. El consolador golpea su cervix en cada entrada; puedo sentirlo a través de la pared rectal. Sus muslos tiemblan violentamente; las cuerdas crujen como si fueran a romperse. La vejiga, comprimida por el bombo de nueve meses, la postura invertida y los nudos, late al borde del colapso.
Diez minutos… Quince…
Sus gemidos se convierten en gritos. El orgasmo se acerca; lo siento en cómo su ano se contrae alrededor de mi polla, en cómo su coño aprieta el consolador. Aprieto sus tetas con más fuerza, ordeñándolas como si quisiera vaciarlas.
Entonces sucede.
Su cuerpo se tensa como un arco. Un grito gutural escapa de su garganta, que resuena en la habitación. El orgasmo la atraviesa en oleadas violentas, cada una más fuerte que la anterior. Los músculos de su pelvis se contraen en espasmos incontrolables, apretando ambos orificios al mismo tiempo.
Y la vejiga cede.
Un chorro potente y caliente de orina brota desde su uretra. No es squirt. Es meado puro, amarillo claro, caliente, abundante. Sale en arco continuo, salpicando el suelo de madera con un sonido húmedo y constante. Gotea desde su clítoris hinchado, se mezcla en el suelo con el calostro que aún cae de sus tetas.
Sigue meándose durante todo el orgasmo: El charco bajo ella crece rápidamente, y cuando el último espasmo la sacude, un último chorrito de orina sale de su coño para caer al suelo.
Sigo dentro de ella, sintiendo cómo su ano palpita alrededor de mi polla en oleadas residuales. La dejo colgando, empapada, temblando…


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