Mi Chico Luis: Un Amor Inolvidable
Era nueva en la ciudad, habían transferido a mi padre por cuestiones de su trabajo y habíamos tenido que mudarnos. A Luis lo conocí en el parque de diversiones, justo en una atracción que nos llevó a un túnel oscuro, un pasaje misterioso que despertaba curiosidad y algo de inquietud. Me llamo Natali.
Era nueva en la ciudad, habían transferido a mi padre por cuestiones de su trabajo y habíamos tenido que mudarnos. A Luis lo conocí en el parque de diversiones, justo en una atracción que nos llevó a un túnel oscuro, un pasaje misterioso que despertaba curiosidad y algo de inquietud. Me llamo Natalia, iba en compañía de mi hermano menor, Samuel. Dentro de la atracción, estábamos atrapados en unos vagones que avanzaban lentamente. Al entrar en el túnel, el sonido del agua nos envolvió; a nuestro alrededor, un pequeño río serpenteaba en la penumbra, reflejando las luces titilantes del exterior. No tengo palabras para describir lo emocionada que me sentía, o no sé si esa era la palabra. Estaba atrapada en una atracción muy emocionante, con la adrenalina recorriéndome el cuerpo. Era temprano; apenas habíamos llegado al parque en compañía de nuestros padres, y este era nuestro primer juego del día. Todo a mi alrededor se sentía irreal, como sacado de una película.
El túnel era oscuro, pero las luces parpadeantes revelaban figuras extrañas a cada lado del pequeño río que nos rodeaba. Eran animales de mentira, esculturas viejas con pintura desgastada que intentaban parecer realistas, pero sus ojos vacíos y sus sonrisas torcidas los hacían ver aterradores. Aun así, en lugar de asustarme, me mantenían fascinada. No podía evitar mirar de un lado a otro, intentando captar cada detalle, cada sombra en las paredes húmedas y cada reflejo en el agua.
Y fue en medio de ese asombro que lo vi por primera vez.
Luis estaba en uno de los vagones al frente del nuestro. Su silueta se recortaba contra la tenue luz que venía del exterior, y su postura despreocupada contrastaba con la atmósfera inquietante del túnel. Llevaba una chaqueta oscura y el cabello un poco revuelto, como si el viento del parque ya lo hubiera despeinado. Parecía entretenido con el entorno, aunque no tanto como yo. En un momento, giró levemente la cabeza y nuestras miradas se cruzaron.
Fue apenas un instante, pero lo sentí más largo de lo que realmente fue. Sus ojos reflejaban la tenue luz del túnel, y en su expresión había algo difícil de descifrar: curiosidad, diversión… o quizá reconocimiento. Yo no aparté la mirada de inmediato. Tal vez fue el ambiente de la atracción, la emoción del momento, o simplemente la sensación de que, de alguna forma, ese encuentro no era una coincidencia.
No pude evitar seguir mirándolo, y me sentí tonta por no poder apartar la vista de él. Mi mente se llenó de pensamientos confusos y un nerviosismo extraño que no me era familiar. Pensé que tal vez él también me había visto, que tal vez algo en mí le había llamado la atención, pero rápidamente me reprendí por pensar así. No lo conocía, era solo un chico más en una atracción al azar, un rostro entre muchos. Aun así, algo en su mirada, esa mezcla de serenidad y curiosidad me mantenía cautiva.
De repente, un pequeño movimiento hizo que mi hermano Samuel me hablara, y mi atención se desvió de Luis por un momento. Al voltear hacia él, sentí una pequeña punzada de frustración, como si hubiera perdido algo importante. Pero al mirarlo nuevamente, Luis ya no estaba mirando en mi dirección. Solo podía verme reflejada en el agua oscura que rodeaba el vagón, y por un instante, me pregunté si todo eso había sido una ilusión. Pero no, allí estaba él, un poco más alejado, absorto en la atracción.
El resto del día en el parque transcurrió entre risas, juegos y la emoción de subir a cada atracción con mi familia. Mis padres estaban entusiasmados por pasar tiempo juntos, y Samuel no paraba de saltar de un lado a otro, emocionado con cada juego nuevo al que nos subíamos. Yo también debería haber estado completamente entregada a la diversión, pero había algo que no me dejaba en paz.
Luis.
Desde que lo vi en aquel túnel, su imagen se había quedado grabada en mi mente. Cada vez que caminábamos de una atracción a otra, mis ojos recorrían la multitud, buscándolo entre las caras desconocidas. Cada fila en la que esperábamos, cada rincón del parque en el que nos deteníamos a comer o descansar, yo lo escaneaba todo, esperando verlo de nuevo.
Y entonces, una pregunta surgió en mi cabeza, tan absurda como inquietante: ¿Me había enamorado?
No. Eso era ridículo.
Me respondí a mí misma de inmediato, sintiéndome tonta por siquiera considerarlo. ¿Cómo podía enamorarme de alguien a quien ni siquiera conocía? Solo lo había visto una vez, en un túnel oscuro, en una atracción cualquiera. Era un chico más en el parque, probablemente de visita como yo, y lo más seguro es que ni siquiera se acordara de mi existencia. Pero… si era así, ¿por qué no podía dejar de pensar en él?
Intenté distraerme disfrutando el parque con mi familia. Subimos a la montaña rusa, donde los gritos de emoción hicieron que por unos momentos me olvidara de todo. Jugamos en los puestos de tiro al blanco, donde Samuel ganó un peluche y no paró de presumirlo. Nos detuvimos a comer algodón de azúcar, y mis padres rieron cuando terminé con los dedos pegajosos y la cara llena de azúcar. Fue un día hermoso, lleno de momentos que en cualquier otra ocasión habría atesorado sin distracciones.
Pero incluso en medio de todo eso, Luis seguía ahí, en mi cabeza.
Cada vez que veía a un chico de su altura o con el mismo color de cabello, mi corazón latía un poco más rápido. Cada vez que pasábamos por una atracción que creía que él podría haber elegido, me detenía unos segundos más, buscando su rostro entre la multitud. No podía explicarlo, pero sentía que necesitaba verlo de nuevo.
Cuando el sol empezó a ponerse y las luces del parque se encendieron con más intensidad, supe que el día estaba llegando a su fin. Me mordí el labio, un poco frustrada. Tal vez todo había sido una tontería, un impulso repentino sin sentido. Tal vez nunca volvería a verlo.
Pero justo cuando comenzábamos a caminar hacia la salida, algo me hizo detenerme en seco.
A lo lejos, entre las luces de neón y la multitud que poco a poco abandonaba el parque, vi una silueta familiar. Un chico de chaqueta oscura, con el cabello algo revuelto, mirando distraídamente a su alrededor.
Mi corazón dio un vuelco.
Luis.
Pasé justo a su lado, intencionalmente, y quizás fui demasiado obvia. Golpeé su brazo y él volteó a verme. Me sonrió, y en ese instante sentí cómo mi corazón se detenía por un segundo antes de latir con más fuerza.
—Oh, lo siento —dije rápidamente, fingiendo que había sido un accidente.
—No pasa nada —respondió él con una voz tranquila, pero con un brillo divertido en los ojos—. Aunque… creo que fue a propósito.
Me quedé helada. ¿Tan obvia había sido? Me mordí el labio, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
—¿Yo? Para nada —solté una risa nerviosa—. Solo… el parque está muy lleno.
—Sí, claro… —dijo él, sin dejar de sonreír—. Te vi en la atracción del túnel, ¿cierto?
Mis ojos se abrieron un poco más. ¿Se había fijado en mí?
—¿Me viste? —pregunté, intentando sonar casual, aunque por dentro sentía que mi pecho explotaba de emoción.
—Sí. Bueno, en realidad, me viste tú primero —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Noté que estabas mirando mucho a tu alrededor, como si buscaras algo.
O alguien, pensé.
—Solo… me gusta observar los detalles —dije, encogiéndome de hombros—. Ese túnel tenía muchas cosas raras.
—¿Como los animales aterradores?
—Exacto. Aunque no me asustaron, me parecieron más fascinantes que otra cosa.
Luis asintió, cruzándose de brazos con un gesto pensativo.
—Entonces, te gusta lo extraño.
—Supongo que sí —respondí, con una pequeña sonrisa—. ¿Y tú? ¿Te gustan los parques de diversiones?
—Sí, pero más que las atracciones, me gusta la gente que viene aquí. Es curioso ver cómo reaccionan, cómo gritan en la montaña rusa o se asombran en los juegos de terror.
Lo miré con interés. No era la respuesta que esperaba.
—Así que tú también eres observador.
—Podría decirse.
Hubo un breve silencio. La multitud pasaba a nuestro alrededor, las luces de neón parpadeaban, y yo no podía creer que realmente estaba hablando con él.
—Soy Natalia —dije, estirando la mano.
Él la tomó con suavidad, pero su agarre era firme.
—Luis.
Un pequeño escalofrío recorrió mi espalda. Decir su nombre en voz alta lo hacía sentir más real, más cercano.
—¿Viniste con tu familia? —pregunté, queriendo alargar la conversación.
—Sí, pero creo que ya están listos para irse. Y tú, ¿también te vas?
Asentí con un leve suspiro.
—Sí. Es una lástima, me hubiera gustado seguir explorando el parque.
Luis me miró por un momento, como si estuviera considerando algo. Luego, con una media sonrisa, dijo:
—Bueno, si alguna vez quieres explorar otra cosa, podríamos… no sé, buscar algo extraño juntos.
Mi corazón se aceleró. ¿Me estaba invitando a salir?
—¿Algo extraño, eh? —respondí, intentando sonar tranquila—. Suena interesante.
—Entonces, tal vez nos volvamos a ver.
—Tal vez —dije, sin poder ocultar mi sonrisa.
Luis me sostuvo la mirada por un momento, como si quisiera decir algo más, pero justo cuando abrió la boca para hablar, una voz a lo lejos lo interrumpió.
—¡Luis! ¡Nos vamos! —Una mujer, que supuse era su madre, lo llamaba desde la entrada del parque, junto a un hombre y una niña más pequeña, probablemente su hermana.
Casi al mismo tiempo, escuché la voz de mi madre detrás de mí.
—¡Natalia! ¿Qué haces? Vamos, ya es tarde.
Ambos giramos al mismo tiempo hacia nuestras familias y luego nos miramos nuevamente. Me reí con nerviosismo, y él también sonrió, como si compartiéramos un pequeño secreto.
—Supongo que es hora de irnos —dije.
—Sí… pero oye, espera un segundo.
Antes de que pudiera reaccionar, Luis se giró y caminó rápidamente hacia su familia. Lo vi hablar con su madre, señalándome brevemente con la cabeza, y luego con su padre, quien me lanzó una mirada curiosa. Sentí un poco de vergüenza, como si estuviera bajo un escrutinio silencioso. Mientras tanto, mis padres también se acercaron a mí, notando mi evidente interés en el chico.
—¿Quién es él? —preguntó mi papá en voz baja, con una ceja levantada.
—Solo… alguien que conocí aquí —respondí, restándole importancia.
—¿Conociste a alguien en un parque de diversiones y ya se están despidiendo como si fueran amigos de toda la vida? —bromeó Samuel, mi hermano, con una sonrisa burlona.
—¡Samuel, cállate! —le di un codazo, pero él solo rio.
Luis regresó en ese momento con una expresión satisfecha.
—Mis padres quieren conocerte —dijo, sin rodeos.
Me sorprendí un poco, pero asentí y lo seguí hasta donde estaba su familia. Luis hizo las presentaciones con calma.
—Mamá, papá, ella es Natalia.
—Mucho gusto, Natalia —dijo su madre con una sonrisa amable.
—Hola —dije, un poco cohibida.
—Y estos son mi papá y mi hermana, Sofía.
La niña me miró con curiosidad antes de sonreír tímidamente y esconderse detrás de su padre.
—Encantada —respondí.
Mi familia también se acercó, y pronto ambos grupos estaban intercambiando saludos y algunas preguntas sobre de dónde éramos y cómo había sido nuestra visita al parque. La conversación fluyó sorprendentemente bien, y cuando mencioné que era mi primera vez en la ciudad, los ojos de Luis brillaron con una idea.
—¡Entonces tienes que venir a mi casa algún día! —exclamó de repente.
—¿Eh? —parpadeé, sorprendida.
—Sí, mi familia tiene una granja. Está un poco alejada de la ciudad, pero es un lugar genial. Hay animales, campos enormes, y el cielo en la noche se ve increíble.
—¿Una granja? —pregunté, sin poder ocultar mi curiosidad.
—Sí, tenemos caballos, vacas, e incluso algunas cabras que son más problemáticas que cualquier otra cosa. Podrías venir a conocer el lugar.
Me mordí el labio. La idea sonaba interesante… y también un poco loca. Apenas conocía a Luis, pero había algo en su voz y en su invitación que me hacía querer decir que sí.
—Suena… genial —dije finalmente.
—Entonces deberíamos intercambiar números —sugirió él, sacando su teléfono.
Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago mientras sacaba el mío también. Rápidamente, anoté su contacto y él hizo lo mismo con el mío.
—Listo —dijo, guardando su celular en el bolsillo—. Entonces hablamos pronto.
—Sí… hablamos pronto.
Nuestros padres parecieron notar lo que habíamos hecho, pero no dijeron nada. Solo intercambiaron miradas entre ellos con una mezcla de diversión y aprobación.
Cuando finalmente nos despedimos y nuestras familias se alejaron en direcciones opuestas, miré mi teléfono una última vez.
«Luis – Granja 🌿»
Sonreí.
Esa noche, después de la cena, me encontraba en mi habitación revisando el teléfono. Había abierto varias veces un chat vació con Luis, aunque aún no me atrevía a escribirle. Todavía me preguntaba qué significaba haber intercambiado números con él. ¿Realmente quería volver a verlo? ¿O solo estaba emocionada por haber conocido a alguien nuevo?
Un suave golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—¿Puedo pasar? —era mi madre.
—Sí, claro —respondí, sentándome mejor en la cama.
Ella entró con su sonrisa cálida de siempre y se sentó a mi lado, observándome con esa mirada que me hacía sentir que podía leer mi mente.
—Pareces pensativa —comentó.
—Un poco —admití.
—¿Por el chico del parque?
No pude evitar sonrojarme. Mi madre siempre notaba esas cosas.
—Tal vez…
Ella sonrió y se quedó en silencio unos segundos antes de decir:
—Parecía un buen chico. Aunque, si me permites decirlo, me dio la impresión de que él te ve como una amiga.
Bajé la mirada y jugueteé con el borde de mi manta.
—Sí… supongo que sí.
—¿Y cómo te sientes con eso?
Pensé en su pregunta por un momento. ¿Cómo me sentía? No estaba segura. No podía decir que estaba enamorada, sería ridículo, ¿verdad? Apenas lo conocía. Pero sí sentía algo… emoción, curiosidad, algo difícil de describir.
—No lo sé —respondí con sinceridad—. Es decir, ni siquiera sé si yo lo veo de otra forma. Solo fue… interesante conocerlo.
—Bueno, es normal sentir emoción cuando conoces a alguien nuevo que te cae bien —dijo, con un tono comprensivo—. Y es bueno hacerse preguntas.
Asentí, todavía un poco confundida, pero agradeciendo que mi madre no me presionara demasiado.
—¿Te gustaría volver a verlo?
La miré con sorpresa.
—Bueno… me invitó a su casa —confesé.
—¿A su casa?
—Bueno, a su granja. Me dijo que su familia vive un poco lejos de la ciudad y que tienen animales y campos enormes. Pensé que sería divertido ir… pero sé que apenas lo conozco.
Mi madre me miró con atención y luego sonrió.
—Eres una buena niña, Natalia. Sé que tomas decisiones con cuidado. Pero si realmente quieres ir, podemos hablar con su familia y asegurarnos de que sea seguro.
—¿Eso significa que me darías permiso?
—Significa que lo consideraré —dijo con una leve risa—. Hablaremos con su mamá o su papá y veremos si es una buena idea.
Sentí una mezcla de emoción y nerviosismo.
—Gracias, mamá.
Ella me acarició el cabello suavemente.
—Solo quiero que estés bien, hija. Ahora, descansa. Mañana veremos qué hacemos.
Le sonreí y ella salió de la habitación. Apenas la puerta se cerró, miré mi teléfono otra vez y, sin pensarlo demasiado, escribí un mensaje:
«Hola, Luis. Estuve pensando en lo de la granja… tal vez sí me gustaría ir. 😊»
Mi corazón latía rápido mientras esperaba su respuesta.
Mi celular vibró en mis manos, y en la pantalla apareció un número desconocido. Dudé un segundo antes de contestar.
—¿Hola? —pregunté con cautela.
—Hola, buenas noches. ¿Hablo con Natalia? —dijo una voz grave y amable al otro lado de la línea.
—Sí, soy yo.
—Ah, qué bien. Natalia, soy Héctor, el padre de Luis. Él me contó que te invitó a nuestra granja, y pensé en llamar para hablar con tus padres, para asegurarnos de que todo esté bien.
—Oh, sí, claro. Un momento, le paso a mi mamá.
Me levanté de la cama y caminé hasta la sala, donde mi madre estaba sentada leyendo. Le extendí el teléfono.
—Mamá, es el papá de Luis, quiere hablar contigo.
Ella arqueó una ceja con curiosidad, pero tomó el teléfono y se llevó el aparato al oído.
—Buenas noches. Soy la madre de Natalia.
Pude escuchar la conversación a medias mientras me quedaba cerca, sintiéndome un poco nerviosa.
—Sí, Luis nos contó sobre la invitación… Claro, es importante asegurarnos… ¿Cuánto tiempo piensan que durará la visita?
Hubo una breve pausa.
—Ajá, ¿y ustedes estarán en casa todo el tiempo?… Entiendo… Ah, qué bien, su esposa también estará.
Mi madre me miró de reojo y sonrió con un gesto tranquilizador.
—Y cuénteme, ¿cómo es el lugar?
Héctor le explicó sobre la granja, los campos abiertos, los animales, el ambiente tranquilo. Mi madre parecía más relajada con cada palabra.
—Parece un lugar hermoso —comentó ella—. Natalia nunca ha estado en una granja, seguro será una experiencia interesante para ella.
Luego hubo otra pausa.
—Sí, sería lo mejor. Podemos llevarla nosotros y luego coordinar con ustedes la recogida… Perfecto.
Hubo un poco más de conversación, pero ya podía notar que mi madre estaba de acuerdo con la idea.
—Bueno, entonces quedamos en contacto. Muchas gracias por llamarme, Héctor. Nos vemos pronto.
Colgó la llamada y me miró con una sonrisa.
—Parece que vas a ir a la granja.
Mi emoción fue inmediata.
—¡¿En serio?!
—Sí, hablé con su padre y todo parece en orden. Luis y su familia son muy amables. Pero iremos contigo para conocerlos antes de dejarte allá.
—¡Sí, claro!
Mi madre rio al ver mi entusiasmo.
—Entonces ve pensando qué llevarás. Parece que te espera una aventura interesante.
El día finalmente había llegado. Desde el momento en que desperté, sentí esa emoción revoloteando en mi pecho, como si fuera un niño esperando abrir regalos en Navidad. Me alisté más rápido de lo normal, asegurándome de llevar todo lo necesario: un par de mudas de ropa cómodas, mi celular con suficiente batería y, por supuesto, mucha ilusión.
Mi madre y yo subimos al auto, y el camino comenzó. A medida que avanzábamos, el paisaje cambió. Dejamos atrás los edificios altos y el bullicio de la ciudad, y poco a poco, la vista se llenó de árboles, colinas y caminos más angostos. Nunca había estado en un lugar tan apartado, y eso solo aumentaba mi emoción.
—Parece que realmente tienes ganas de este viaje —comentó mi madre con una sonrisa, notando mi impaciencia.
—¡Sí! Es que… no sé, es algo nuevo. Nunca he estado en una granja, y además…
No terminé la frase, pero ella entendió.
—Además, Luis estará ahí —dijo con un tono divertido.
No pude evitar sonrojarme.
—No es por eso… bueno, no solo por eso —me defendí, aunque mi sonrisa me delataba.
Mi madre rio suavemente y siguió conduciendo.
El camino se volvió de tierra, con árboles altos bordeando los costados. A lo lejos, pude ver una casa grande con un techo rojo y una cerca de madera rodeándola. Había varios animales pastando: vacas, caballos y algunas gallinas correteando de un lado a otro. Era un paisaje sacado de una película.
—¡Mamá, mira! —exclamé emocionada, pegando mi cara a la ventana como si fuera una niña pequeña.
—Sí, se ve hermoso —respondió, desacelerando a medida que nos acercábamos a la entrada.
Justo en el portón, vi a Luis esperándonos. Llevaba una camiseta clara y jeans gastados, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que iluminó su rostro cuando nuestros ojos se encontraron.
Mi corazón dio un pequeño brinco.
—Bueno, aquí estamos —dijo mi madre, estacionando el auto.
Me bajé rápidamente, sintiendo cómo la emoción hacía que mis piernas se movieran más rápido de lo normal. Luis caminó hacia mí con esa tranquilidad que lo caracterizaba.
—Así que viniste —dijo con una sonrisa ladeada.
—Claro, ¿creías que iba a perderme esto? —respondí, tratando de sonar tranquila, aunque por dentro estaba un manojo de nervios.
—Me alegra que estés aquí. Ven, quiero mostrarte todo —dijo, haciéndome un gesto para seguirlo.
Mientras mi madre hablaba con su padre, yo ya estaba sumergida en la emoción de esta nueva aventura. Estaba segura de que este viaje sería inolvidable.
Mientras caminaba junto a Luis, observando a los animales, escuché la voz de mi madre llamándome a la distancia.
—¡Natalia!
Me giré y la vi acercarse con una sonrisa cálida.
—Voy a irme ya, cariño —dijo, acariciándome el cabello con ternura—. Te recogeré en un par de días. Compórtate bien, ¿sí? Sé juiciosa.
—Sí, mamá, lo prometo —respondí, abrazándola con fuerza.
—Diviértete —me susurró antes de soltarme.
—Gracias por dejarme venir —le dije con gratitud.
—Gracias a ustedes por invitarla —agregó mi madre, dirigiéndose a Héctor, quien estaba de pie cerca de nosotros.
Después de despedirse de todos, mi madre subió al auto y se alejó por el camino de tierra. Me quedé viéndola hasta que desapareció entre los árboles. Una extraña emoción se mezcló en mi pecho: estaba sola aquí, en un lugar completamente nuevo, pero lejos de sentir miedo, solo tenía una gran curiosidad.
Luis me dio un leve empujón con el hombro, sacándome de mis pensamientos.
—Vamos, quiero mostrarte algo —dijo con una sonrisa cómplice.
Asentí y lo seguí. Caminamos por un sendero de tierra, pasando por un granero y un pequeño estanque donde unos patos nadaban tranquilamente. Finalmente, llegamos a un espacio cercado donde había dos hermosos caballos. Uno era marrón con una mancha blanca en la frente, y el otro era completamente negro con un brillo elegante en su pelaje.
—Wow… son preciosos —dije, acercándome con cautela.
—¿Te gustan los caballos? —preguntó Luis, apoyándose en la cerca.
—Nunca he estado cerca de uno —admití—. Solo los he visto en películas.
Luis sonrió y abrió la cerca, haciéndome una señal para entrar.
—Ven, quiero presentarte a estos dos.
Di un paso inseguro, pero al ver su expresión confiada, me animé y crucé el umbral. Luis se acercó primero al caballo marrón, acariciando su lomo con tranquilidad.
—Este es Bruno. Es muy tranquilo, le gusta que lo acaricien —dijo, dándole palmaditas en el cuello—. Y ella… —se giró hacia el caballo negro— es Estrella. Es un poco más reservada, pero cuando toma confianza, es la más noble de todas.
Me acerqué lentamente a Bruno, extendiendo una mano temblorosa. Él olfateó mis dedos antes de frotar suavemente su hocico contra mi palma.
—¡Me aceptó! —dije emocionada.
Luis rio.
—Sí, creo que le agradas.
Por un momento, nos quedamos ahí, en silencio, disfrutando del aire libre y la presencia de los caballos. El viento soplaba suavemente, moviendo las hojas de los árboles y llenando el ambiente con ese aroma fresco del campo.
—Si quieres, luego podemos dar un paseo a caballo —sugirió Luis, mirándome con un brillo divertido en los ojos.
—¿En serio? —pregunté con emoción—. ¿Me enseñarías?
—Por supuesto —respondió con una sonrisa—. Pero primero hay que asegurarnos de que Estrella también confíe en ti.
De pronto, me percaté de algo. Estaba sola con Luis.
No había más ruido que el suave resoplar de los caballos y el canto lejano de algunos pájaros. La brisa movía su cabello de manera sutil, y la luz del sol se filtraba entre los árboles, iluminando su rostro de una forma casi mágica.
Lo miré y, sin poder evitarlo, mis ojos se posaron en su boca. Sus labios parecían tan suaves…
Sentí una punzada en el estómago, una sensación extraña, casi como un cosquilleo. Mi rostro ardió de inmediato, y supe que me estaba ruborizando. Aparté la mirada rápidamente, como si hubiera hecho algo prohibido.
Pero Luis notó mi reacción.
—¿Estás bien? —preguntó con una leve sonrisa, inclinando la cabeza con curiosidad.
—¿Eh? ¡Sí! —respondí demasiado rápido, y me odié por lo obvio que sonó.
Él soltó una risa baja.
—Pareces nerviosa.
—No lo estoy —mentí, cruzando los brazos en un intento de parecer más serena.
Luis apoyó un brazo sobre la cerca, observándome con interés.
—¿Segura? Te pusiste toda roja hace un momento.
—Es el sol… hace calor —me excusé, aunque la brisa fresca del campo desmentía mis palabras.
Él sonrió, pero no insistió más. En su mirada había un brillo divertido, como si hubiera descubierto un pequeño secreto sobre mí.
Para disimular mi incomodidad, acaricié nuevamente a Bruno, aunque apenas podía concentrarme. Mi mente seguía repitiendo la imagen de sus labios, y me odiaba un poco por ello. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué estaba actuando así?
«¿Me habré enamorado?»
Sacudí la cabeza, espantando ese pensamiento.
«No, eso es ridículo. Apenas lo conozco.»
Pero entonces, Luis dio un paso más cerca, sin previo aviso.
—Natalia… —dijo en un tono más bajo.
Mi corazón se detuvo un segundo. Lo miré con los ojos abiertos, sintiéndome atrapada en el momento.
—¿Sí? —logré decir.
Él sonrió con complicidad.
—Si tienes calor puedes quitarte esa ropa, acá en el campo acostumbramos a ir más ligeros
Solté el aire que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
—¡Sí, claro! —dije rápidamente
Esa sugerencia me tomó completamente por sorpresa.
Mi mente se congeló por un segundo, y luego sentí cómo el calor en mi rostro aumentaba aún más.
Luis seguía sonriendo, pero su expresión era relajada, como si no hubiera notado la forma en que mis pensamientos se habían enredado por completo.
—Aquí no hace tanto frío como en la ciudad.
Me sentí ridícula por un momento y solté una pequeña risa nerviosa.
—Ah, sí… claro. —Me quité la chaqueta rápidamente, intentando recuperar la compostura—. No estoy acostumbrada a este clima.
Luis asintió y me observó por un momento.
—Así está mejor —comentó—. Ahora ven, quiero enseñarte algo.
Suspiré en silencio, tratando de calmar mi corazón acelerado mientras lo seguía. Luis tenía una manera tan natural de moverse y hablar que me desconcertaba. A mí, en cambio, me parecía que cada cosa que decía o hacía delataba lo nerviosa que estaba.
«Contrólate, Natalia», me dije a mí misma.
Pero era difícil, especialmente cuando cada gesto suyo me parecía tan encantador sin siquiera intentarlo.
El aire en el establo pareció volverse más denso en cuestión de segundos.
Natalia apenas pudo concentrarse en lo que Luis decía mientras él se acomodaba detrás de ella, su cuerpo quedando pegado al suyo de manera casi imperceptible, pero suficiente para que su respiración se acelerara.
—Aquí es donde guardamos el alimento —explicó Luis en un tono tranquilo, como si no notara la cercanía entre ellos—. Separamos la avena, el heno y algunas zanahorias para premiarlos de vez en cuando.
Natalia asintió lentamente, pero apenas pudo procesar sus palabras. Todo lo que podía sentir era el calor de Luis contra su espalda y su cola y la manera en que su aliento rozaba su oído al hablar.
—¿Natalia? —preguntó él de pronto, con una leve risa y colocando sus manos en la cintura de ella—. ¿Me estás escuchando?
—¿Eh? ¡Sí! Claro… —balbuceó ella, tratando de disimular lo nerviosa que estaba.
Luis sonrió y se inclinó un poco más.
—¿Entonces qué dije?
Natalia se quedó en blanco.
El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Sus manos, apoyadas en la baranda, estaban tensas, y sentía que, si se movía un poco, la distancia entre ambos desaparecería por completo.
—Dijiste… que… —intentó recordar, pero su mente solo repetía una y otra vez lo cerca que estaba de Luis.
Él dejó escapar una risa suave —¿Acaso te pongo nerviosa?
Ella soltó un suspiro, pero también sintió una punzada de excitación.
—No estoy nerviosa… —murmuró casi sin darse cuenta.
Luis levantó una ceja, divertido.
—¿No?
—Digo, sí, un poco —se apresuró a corregir, sintiéndose completamente expuesta—. Pero no importa.
Él apretó sus caderas con ambas manos por un momento, como si intentara descifrar su reacción. Luego, con una sonrisa suave, se inclinó hacia ella, presionó su erección en su cola y le dio un beso en la mejilla.
Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda y sintió que el tiempo se detenía.
El corazón le latía tan fuerte que le sorprendía que él no pudiera escucharlo.
—¿Sabes? —dijo Luis con una sonrisa ladeada—. Te ves linda cuando te pones nerviosa.
Natalia abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, sintió la suave presión de su pene contra su cola.
Su mente se quedó en blanco.
Era un gesto simple, dulce, pero el efecto en su cuerpo fue inmediato: una punzada de calor en el estómago, el enrojecimiento inevitable de sus mejillas y la sensación de que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
Luis se separó apenas unos centímetros, pero no rompió el contacto visual.
—¿Eso te puso nerviosa? —preguntó con diversión.
Natalia tragó saliva y trató de recuperar la compostura.
—No… —dijo en un susurro, aunque su voz temblorosa la delató.
Luis rio suavemente y, antes de que ella pudiera decir algo más, tomó su mano con naturalidad, guiándola hacia su pene.
—Ven, antes de que pienses demasiado en ello —le dijo—. Quiero que lo sientas, soy muy consentido.
Natalia asintió en silencio, pero mientras llevaba su mano hacia la erección de Luis, aún podía sentir la sensación de sus labios en su piel.
Y supo, sin ninguna duda, que nunca olvidaría ese momento.
Mis ojos estaban iluminados con una mezcla de sorpresa y otra sensación que nunca había sentido antes, al ver su pene mientras mi mano lentamente se aproximaba. No se porque lo hice, pero inmediatamente me coloqué de rodillas ante él, mi mirada se turnaba entre el bulto en sus pantalones y sus ojos. Pasé mi mano por su pene, lo sentí en toda su longitud, fue un movimiento lento y persistente, ero seguí de largo, llegué a la hebilla de su pantalón y comencé a desabrochársela, parecía que mis manos se movieran por si solas. Baje sus pantalones y su topa interior, ante mis ojos saltó un pene en erección, el primero que en toda mi vida veía.
Baje mis manos pero acerque mi boca y le di un suabe beso en la punta. Y luego, sin dejar de mirar sus ojos abrí mi boca y lo metí dentro. No pretendía ahogarme, pero por alguna razón quería verlo complacido, eso me hacía sentir bien, así que metí gran parte de su pene dentro de mi boca y luego lo sacaba, repitiendo varias veces esos movimientos de forma muy lenta.
Comencé con el tiempo a sentir el sabor que su pene desprendía y no me disgustó en absoluto. Una acción que quizás al conversarla con amigas había expresado que me daría mucho asco ahora la estaba haciendo sin reparo alguno. Cuando su pene salía de mi boca chupaba con tal rigor que mis mejillas s e hundían como si quisiera sacar dulce de allí, estaba determinada a darle placer.
Intentaba mantener mi mirada en sus ojos y fue que me di cuenta de que él empezaba quitarse su camisa para luego tirarla al suelo, estaba desnudo ante mí y no quise ser menos que él. Así que me puse de pie y no deje de observarlo mientras se quedaba completamente desnudo, parecía menor que cuando llevaba la ropa puesta, no me había dado cuenta de que incluso era más bajo que yo, observe con detenimiento su torso desnudo y luego nuevamente su pene duro que había estado dentro de mi boca era un chico muy apuesto, pensé nuevamente.
Fue inevitable no temblar a medida que yo comencé a desvestirme, Primero me quité la parte superior, una camiseta, la dejé junto a la chaqueta que me había quitado antes, a un par de pasos de donde me encontraba. Tenía mi sujetador puesto, que de sujetador no tenía nada, porque no sujetaba nada, ene se momento me sentí idiota y mis nervios aumentaron.
Luego baje mis pantalones, Luis me miraba atento, se le veía también nervioso pero no tanto como a mí. No perdía detalle de cada centímetro de piel que iba exponiéndole. Afortunadamente ese día mis bragas combinaban con mi sujetador, no era lo normal, casi nunca me percataba en ese nivel de detalle. Además, nunca me había desnudado ante nadie y para ser sinceros no esperaba que ocurriese ese día y menos a tan poco tiempo de haberse ido mi madre.
Me quede quieta, el esperaba que me quitara el resto de mi ropa pero el miedo me paralizó. ¿Y si no le gusto? ¿Y si piensa que mis pecho es feo y demasiado plano? Me asusté.
Luis se percató de esto, se acercó y me besó. Cuando sentí sus labios contra los míos me estremecí de placer, mi primer beso. Por un momento por mi mente paso que en mi memoria siempre quedaría el hecho de que primero me metí un pene a la boca antes de mi primer beso, pero en fin, estaba ocurriendo y rápidamente dejé esos pensamientos de lado. Mis ojos se cerraron lentamente mientras me entregaba a ese beso, sus labios eran suabes y cálidos, tal como esperaba que fueran. Después de un momento, se apartó ligeramente, dejándome, jadeando al frente de él. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus ojos brillaban con deseo.
Tragué saliva. —Eso fue…Increíble. —Le dije. Su mirada se desvió hacia mi cuerpo semidesnudo y me sentí vulnerable, por un momento mis manos intentaron cubrirme pero luego me detuve y permití que me mirara. Tomó una de mis manos y me hizo dar la vuelta, ahora me encontraba frente a la pared y sentía sus ojos en mi cola cubierta únicamente con mis bragas. Se acercó y desabrochó mi sujetador, dejándolo caer al suelo. Pasó sus manos por el frente y palpó mis pezones, estaban duros y su toque me hizo estremecer de nuevo. Apretó ligeramente cada uno de mis pechos y se apartó, las dudas sobre mi cuerpo infantil me hicieron pensar que no le habían gustado. Pero rápidamente sentí como tomaba por ambos lados mis bragas y me las bajaba, ayudé levantando una a una mis piernas para que estas cayeran también al piso.
Yo no me resistí en ningún momento. Mi respiración se volvió más rápida y superficial, voltee mi rostro por un instante para buscarlo por encima de mi hombro. Él debió percibir que mis ojos, como los de él, también ardían de deseo.
Sentí una de sus manos en mi cola, acaricio ambas manos con suavidad y con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Luego sentí como su mano bajaba por el canal de mi cola, bajaba y bajaba sin detenerse hasta encontrar mi vagina. Cuando sentí su mano en el punto más importante de mi intimidad solté un suave gemido, arqueé mi cuerpo ligeramente hacia su toque de manera automática, lo cual fue reflejo de la invitación que le hacía a que me siguiera tocando.
Mis piernas también se abrieron ligeramente, dándole un acceso más fácil a sus pretensiones. Sentía como mi vagina se humedecía y sentía como si se abriera ante su toque, era increíble esa sensación y maravillosa. Mi respiración se aceleró a medida que este nuevo placer recorría mi cuerpo. Mis caderas comenzaron a moverse ligeramente, buscando más contacto de su parte.
Sentí una pausa en sus movimientos, lo busqué con la mirada y vi que se había arrodillado a mis espaldas, abrió mis nalgas con ambas manos y metió su cara en la mitad, arqueé aún más mi espalda para facilitar su tarea. Cuando sentí su lengua sobre mi vagina jadeé fuerte, mis manos agarraron con firmeza el barandal que estaba frente a mí, fue lo único que impidió que en ese momento cayera al piso. Cada sensación nueva que sentía mi cuerpo era mejor que la anterior y ahora con su lengua acariciando mi vagina me sentía en el paraíso. Escuchaba sorbos de su parte, como si estuviera tomando algo de mi interior y quizás era exactamente eso, porque podía sentir lo mojada que me encontraba y me generaba una extraña sensación de placer saber que todo estaba terminando dentro de su boca. Cada vez gemía más fuerte.
Y Como cuando lo hacía con su mano, ahora mis caderas se movían sobre su cara, buscando más fricción. Mi cuerpo temblaba casi con violencia, acercándome a algo que en ese momento desconocía. Sentí que había pasado una eternidad que concluía con una deliciosa sensación, mi primer orgasmo, nunca había sentido algo tan rico y placentero.
Él separó su boca, pero no se alejó, volvió a colocar su mano, pero esta vez observaba desde abajo, yo no podía negarme a nada de lo que él quisiera hacerme. Metió dos de sus dedos en mi interior con una facilidad que me impresionó, jamás habría imaginado en ese momento que dos dedos cupieran por completo en mi interior. Lentamente comenzó a moverlos adentro y afuera, acariciándome por dentro. Nuevamente retomé mis gemidos. Me relajé y permití que Luis hiciera lo que quisiera conmigo, pronto me encontré nuevamente moviendo mis caderas buscando más de sus caricias en mi interior.
Sentí como luego metía un tercer dedo en mi interior y seguía moviéndolos al mismo ritmo, hasta ahora todo era placer y el dolor que presentía no había llegado, así que yo disfrutaba. Pero fue solo que ese pensamiento llegara a mi cabeza. Luis estaba claramente hipnotizado y no se que le paso por la cabeza en ese momento pero solo pude gritar cuando sentí una dolorosa intrusión en mi vagina. Mire hacía abajo y no lo podía creer. Luis había metido toda su mano en mi interior, lo único que veía por fuera era su muñeca, Luis se asustó con mi grito y se quedó quieto con su mano dentro de mí. —Sácala por favor. —Le dije. Luis comenzó a sacarla despacio pero eso me causo más dolor. —Detente! Oh, Dios, como duele. —Podía sentir sus dedos moviéndose dentro de mí. —Hazlo despacio, por favor. —Luis sacó lentamente su mano de mi interior, ambos miramos su mano, tenía rastros de sangre en sus dedos y un hilo le bajaba hasta la parte inferior.
—¿Eras virgen? —Preguntó Luis.
—Por su puesto que lo soy, o lo era. Duele mucho, me arde dentro.
Luis se disculpó, pero yo no lo culpaba, se había dejado llevar y de hecho pese al dolor me agradaba saber que yo causaba esa excitación en él.
Su pene era menos grueso que su mano, y por un momento pensé que en un día tan extraño como este tampoco quería llevarme como recuerdo que mi virginidad la había perdido con una mano, así que le pedí que me metiera su pene, eso sí, lento.
Luis se acomodó detrás de mí y primero sentí la punta de su pene pasearse por el interior de mi vagina, esa sensación me agradó y me calmó por un instante el ardor en mi interior, haciéndome estremecer y gemir nuevamente. Pero luego mi cuerpo se tensó cuando sentí como presionaba por entrar, no porque le costara, de hecho su pene entro con facilidad, pero cada centímetro que corrió hacia adentro me ardió. Sin embargó, aprete mi dientes y lo dejé seguir. Ese era el recuerdo que quería llevarme, siendo cogida por el chico lindo que había conocido en el parque de diversiones.
Luis lo hacía con mucha suavidad, al principio creo que de verdad estaba preocupado con no causarme un daño mayor al que ya me había hecho, pero su bombeo, quizás sin intención se fue haciendo mas intenso, al punto de que sentía todo su cuerpo golpear con mi cola cuando se metía profundamente en mí. En ese punto es probable que hubiese vuelto a perder a Luis, me cogía con fuerza y a gran velocidad, el ardor en mi interior no había disminuido, pero tampoco me dolía más y también estaba esa extraña sensación de morbo que me agradaba, le hecho de ser la causante de su excitación, el chico lindo quería cogerme.
Gemía y jadeaba mientras me llenaba completamente y mi cuerpo temblaba de dolor y placer. Hacía un gran esfuerzo por mantenerme en pie, no quería que se detuviera, pero hubiese querido, en ese momento que estuviéramos acostados. Luis para ese momento ya me cogía a gran velocidad y fuerza. Cada empujón arrancaba un grito de mi interior.
Volví a arquear mi espalda, creía que Luis estaba serva de venirse y quería que lo hiciera dentro de mí, quería sentir, quería saber como se sentía eso. Nuevamente sentí que lo que había pasado hasta ese momento había sido una eternidad, y fue que percibí que Luis comenzaba a gemir diferente, bufaba incontrolablemente y pude sentir, tal como lo pretendía, como su semen invadía mi interior, pero él no dejó de penetrarme, fueron varias embestidas desde que sentí su semen en mi interior. Luego se despegó de mí. Voltee a ver como caía rendido en el suelo del lugar, exhausto. Luego sentí como el liquido depositado en mi interior comenzaba a gotear directamente desde mi vagina, eso también me gustó.
Luis se pasó la mano por el pene y sonrió de lado.
—Estoy sediento —dijo con una risa suave, como si apenas ahora notara lo mucho que habíamos estado teniendo sexo.
También me di cuenta de que tenía la garganta seca, pero en realidad, mi mente seguía atrapada en lo que había pasado hace unos minutos. Luis aún no soltaba su pene, y la desnudes de ambos me hacía sentir extrañamente cómoda.
—¿Te ha gustado? —preguntó él de pronto, mirándome con curiosidad.
Tardé un segundo en responder, porque la pregunta me pareció más profunda de lo que Luis probablemente pretendía.
—Ha sido maravilloso —confesé, con una sonrisa sincera—. Todo… tu, tu pene… y… —bajé la mirada, sintiéndome un poco avergonzada— me gustó mucho.
Luis me miró por un momento, sorprendido. Luego, su sonrisa se amplió.
—Me alegra escucharlo —dijo en voz baja, pero había algo en su tono que me hizo sentir un leve cosquilleo en el estómago.
Justo en ese momento, el sonido de una campana resonó en el aire. Giré la cabeza, confundida, y Luis soltó una carcajada.
—Es la hora del almuerzo —explicó—. Mi mamá siempre toca la campana cuando la comida está lista.
Sentí mi estómago rugir y me reí.
—Pues entonces, vamos antes de que se enfríe.
Luis asintió, se puso de pie y, tomo su mano, guiándola de vuelta a la casa.
—Espera!!! No podemos ir así, déjame vestirme. —Le dije. Luis se detuvo y rio distraído, No pude evitarlo y también me reí.
Comencé a vestirme y fue inevitable la sensación en mi interior, por un lado estaba el dolor, el ardor que persistía, pero de alguna extraña manera el semen que había depositado en mi interior y que aún se mantenía dentro me calmaba. Cuando terminé de ponerme mi ropa interior y Luis ya iba por su pantalón me acerque y lo bese, metiendo mi lengua en el interior de su boca, con mucha más confianza que al inicio. Inclusive volví a pasar mi mano por su pene sobre su pantalón.
Estábamos exhaustos, pero felices. Al llegar a la casa, los padres de Luis nos recibieron en la entrada con sonrisas cálidas. Su madre, una mujer de rostro amable y manos firmes, nos miró con diversión.
—Vaya, parece que han trabajado bastante —dijo, dándose cuenta de nuestras mejillas enrojecidas y las motas de polvo en nuestra ropa.
—Sí, le mostré a Natalia toda la granja —respondió Luis, con un tono de orgullo.
—Me encantó —añadí con sinceridad—. Es un lugar hermoso.
El padre de Luis asintió, satisfecho.
—Nos alegra que lo pienses. Aquí nos esforzamos mucho para que todo se mantenga en orden. Pero bueno, pasen, la comida está servida.
La madre de Luis nos condujo hasta el comedor, donde la mesa ya estaba dispuesta con platos llenos de comida casera. El aroma de guiso y pan recién horneado inundaba la habitación, haciéndome dar cuenta de lo hambrienta que estaba.
Nos sentamos juntos, y mientras la conversación fluía entre sus padres sobre la vida en la granja y otros temas cotidianos, de vez en cuando, Luis y yo nos lanzábamos miradas cómplices.
Héctor y Luis se levantaron de la mesa para llevar los platos a la cocina cuando terminamos de almorzar, dejándonos a Clara, la madre de Luis, su hermanita Sofía y a mí allí conversando.
—Estuvo delicioso —dije con una sonrisa, aun saboreando el guiso casero que había comido. En mi cabeza aún llegaba por momentos el ardor que persistía en mi vagina.
Clara me miró con cariño y asintió.
—Me alegra que te haya gustado, querida. Aquí en la granja nos gusta cocinar con lo que cultivamos. Nada como la comida hecha en casa, ¿verdad?
—Definitivamente —respondí.
Sofía, la pequeña hermana de Luis, me miró con curiosidad y apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Vas a quedarte más días? —preguntó con inocencia.
Me reí suavemente y miré a Clara, quien también sonreía, como si estuviera disfrutando la espontaneidad de su hija.
—Solo un par de días, pero la estoy pasando muy bien —le aseguré a Sofía, quien pareció satisfecha con mi respuesta.
Clara entrelazó sus manos sobre la mesa y me observó con dulzura.
—Nos alegra mucho tenerte aquí, Natalia. Luis no suele traer muchas visitas, y es bonito verlo compartir así.
No supe qué responder de inmediato. Sentí un leve calor subir a mis mejillas al escuchar eso. Clara lo notó y rio suavemente.
—No te preocupes, hija, solo digo que es lindo verlos llevarse tan bien.
Luis y Héctor regresaron en ese momento, y aunque la conversación cambió, yo seguía dándole vueltas a lo que había dicho Clara. Mientras hablaban sobre qué hacer en la tarde, no pude evitar lanzar una mirada furtiva a Luis, preguntándome si haríamos algo igual de interesante luego del almuerzo.
Sin embargo, noté un cambio en la actitud del señor Héctor. Me miraba de una manera extraña, con una sonrisa que parecía esconder algo. No era una sonrisa común, sino una de esas que te hacen sentir como si la otra persona supiera más de lo que debería.
Intenté ignorarlo y seguir la conversación, pero cada vez que mi mirada se cruzaba con la suya, sentía un escalofrío recorrerme la espalda. No parecía una mirada malintencionada, pero definitivamente tenía algo que me incomodaba.
—¿Todo bien, Natalia? —preguntó de repente Clara, notando mi distracción.
—Sí, sí —me apresuré a responder, esbozando una sonrisa—. Solo estaba pensando en lo bonito que es este lugar.
Héctor soltó una risa baja, como si mi respuesta le causara gracia.
—Sí, es un buen sitio para desconectarse del mundo —dijo, mirándome de reojo—. Aquí se descubren muchas cosas…
No entendí del todo a qué se refería, pero algo en su tono me puso nerviosa. Luis no pareció notar nada, seguía hablando con Sofía sobre cosas que no alcanzaba a entender, hablaban muy bajo.
Decidí que tal vez estaba imaginando cosas. Quizás solo era mi mente jugándome una mala pasada después de todas las emociones que había pasado. Pero aun así, no pude evitar preguntarme: ¿qué era lo que Héctor parecía saber sobre mí… o sobre Luis?
Héctor se acercó a Clara y le dio un beso, no me pareció un beso común, fue un beso profundo y apasionado.
—Gracias por la comida, amor. Como siempre, estuvo deliciosa.
Clara sonrió con ternura y le dio una suave palmada en el brazo.
—Me alegra que te haya gustado —respondió con naturalidad, pero yo aún sentía aquella incomodidad en el aire.
Intenté relajarme y centrarme en lo que pasaba alrededor. Sofía hablaba emocionada con Luis, mientras él escuchaba con una sonrisa, apoyado en el respaldo de su silla.
Me forcé a pensar que tal vez había malinterpretado la actitud de Héctor. Quizás solo era una persona observadora, o simplemente estaba contento de ver a su hijo compartir con alguien. Aun así, no podía quitarme de la cabeza esa sensación de que había algo más detrás de su sonrisa.
—Bueno, ¿No vas a agradecerle a tu madre por el almuerzo? —preguntó Héctor a Luis, sacándome de mis pensamientos.
Lo miré y su expresión tranquila me reconfortó.
—Si papá…—Luis se puso de pie y se acercó a su madre, dándole un beso igual de apasionado que el de Héctor. Quedé boquiabierta, no era el beso que un hijo debe darle a una madre.
Héctor sonrió y se dirigió a Sofía.
—Vamos princesa, agradece la comida. —La pequeña niña se acerco y le ofreció su boca a su madre, Clara, antes de actuar me miró y sonrió, luego, devoro con morbo la boca de su pequeña hija.
Todo lo que estaba pasando me llenó de curiosidad. Me puse de pie, caminé hacia Clara, y no pude evitar notar que Héctor aún me observaba con esa misma expresión enigmática.
Le di un pequeño beso en los labios a Clara y Héctor celebró como si se hubiese tratado de un gol. No supe que decir, parecía una costumbre y por eso lo hice. Clara se puso de pie y le dio otro golpe en el brazo a su esposo.
—Ya no la molestes más, creo que ha tenido demasiado. —Estaba confundida, realmente confundida. Clara siguió hacia la cocina y Héctor se fue tras ella, agarrando su cola en el camino ante la vista de Luis, de su hermanita Sofía y la mía.
Luis me llevó afuera, donde el sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Sofía nos siguió, saltando alegremente entre nosotros.
Luis sonrió y señaló el cielo.
—Mira, el atardecer aquí es único. Siempre me ha parecido mágico.
Observé el paisaje y no pude evitar sonreír. La brisa fresca, el sonido de los animales a lo lejos y la calidez del sol sobre nuestra piel lo hacían realmente especial.
—Tienes razón, es hermoso —murmuré.
Sofía se cruzó de brazos y nos miró con picardía.
—¡Ustedes dos están actuando raro! —Raro actuaron sus padres hace un momento, ¿Por qué se besan en los labios? —Le pregunté a Luis
Luis rio y se encogió de hombros. Luego, me miró con intensidad, como si estuviera reuniendo valor para decir algo importante.
—Mientras estemos vivos, hay que disfrutar todo… —dijo en voz baja—. Es lo que siempre nos han enseñado. quiero que sepas algo, Natalia: me gustaste mucho.
Sentí mi corazón acelerarse. ¿Era posible que él sintiera lo mismo que yo?
—Tú también me gustaste, Luis —admití con timidez.
Sofía soltó una risita y empezó a saltar alrededor de nosotros.
—¡Entonces eso significa que son novios!
Luis y yo nos miramos y reímos.
—Vamos con calma, pequeña —dijo él, revolviéndole el cabello a su hermana—. Pero quién sabe…
Yo simplemente sonreí, sintiendo que, fuera lo que fuera, el tiempo lo decidiría. Pero en ese momento, bajo el atardecer en la granja, supe que algo especial había comenzado entre nosotros.
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