Mi hermanita Daniela y su virginidad (parte2)
Ahora mismo, ella pasa frente a mi habitación deslizando dos dedos por su entrepierna—una invitación que huele a jabón de coco y pecado adolescente..
Antes de continuar: mi hermanita tiene 12 años yo tengo 32 (la diferencia de edad es porque es media hermana, pero para mi siempre sera mi hermana)
Nos derrumbamos juntos, pegajosos y jadeantes, el colchón empapado bajo nuestros cuerpos. Daniela temblaba como un gatito asustado, pero cuando pasé la mano por su vientre hinchado de semen, sus ojos se cerraron con una expresión que no era del todo disgusto. «Q…quítalo,» susurró, pero su muslo se estremeció cuando mi dedo rozó su clítoris inflamado otra vez. La habitación olía a sexo a un perfume carnal y primitivo, una mezcla de sudor, lubricante y el dulzor del clímax, el ventilador moviendo perezosamente el aire cargado entre nosotros.
Los ronquidos de Daniela me sorprendieron—había quedado inconsciente en cuestión de minutos, su cuerpo exhausto colapsando contra mí. Observé cómo mi semen se escapaba de su coño rojo, formando un charquito en las sábanas entre sus muslos. El reloj marcaba las 4:17pm. Sabía que mamá llegaría antes de las cinco, así que dejé que mi hermana descansara mientras yo fumaba un cigarrillo en la ventana, vigilando el camino de entrada.
El primer ruido del portón hizo que me pusiera en acción. «Daniela, despierta,» le dije sacudiéndola con más fuerza de la necesaria, disfrutando cómo se sobresaltaba al sentirse llena de mí otra vez. «Límpiate rápido.» Le arrojé su vestido manchado justo cuando escuché las llaves en la puerta principal. Ella se incorporó torpemente, las piernas temblorosas al pisar el suelo, mientras yo me abotonaba los pantalones sobre la polla aún semidura, sabiendo que esto solo era el principio.
Las dos semanas siguientes fueron una tortura húmeda. Cada vez que Daniela pasaba frente al baño cuando yo me duchaba, sentía sus ojos clavados en mi espalda antes de que corriera escaleras abajo como una criatura asustada. La noche del cuarto día la agarré en el pasillo, empujándola contra la pared para oler su cuello mientras mis dedos buscaban bajo su falda escolar. «Abre esas piernas o le cuento a mamá cómo gemiste cuando te la metí. Sintiendo el temblor instantáneo que recorrió su cuerpo. Pero el portazo del dormitorio de nuestros padres nos separó.
El día catorce encontré en su cama la ropa interior mojada escondida bajo la almohada. Hice rodar la tela entre mis dedos antes de llevármela a la nariz, oliendo esa mezcla adolescente de miedo y excitación que ya reconocería entre miles. Esa tarde la esperé tras la puerta del cuarto de lavado, con su calzoncito de algodón enrollado en mi puño como un trofeo. Cuando apareció cargando el cesto de ropa sucia, le mostré la prenda húmeda entre mis dedos y vi cómo la vergüenza le quemaba las mejillas. «Ven a buscarla,» le ordené, dejando la puerta entreabierta detrás de mí.
El sonido de sus pasos vacilantes en las escaleras me tenía listo antes de que entrara. La mesa de planchar estaba limpia, preparada. «Cierra con llave,» le dije, mientras desenrollaba su ropa interior, manchando la tela blanca con el precum que ya goteaba de mi cabeza. Ella tragó saliva, pero giró el pestillo con manos que no temblaban tanto como la semana pasada.
«Rodrigo…,» susurró mientras yo la empinaba sobre la mesa, su voz más firme de lo que esperaba. Sus caderas se arquearon hacia atrás antes de que yo siquiera la tocara, esas nalgas de bebe empujando contra mi entrepierna como si ya supieran lo que querían. El primer «plap» resonó en la habitación cuando mi pelvis pegó contra su piel pálida, tan fuerte que dejó una marca roja en mi cuerpo.
Daniela empezó a gemir diferente—menos quejumbres de niña, más gruñidos guturales que subían de tono cada vez que yo le daba hasta el fondo. «¿Te gusta sentir cómo te lleno?» le pregunté mordiendo su hombro, pero fue ella quien respondió empujándose hacia atrás con cada embestida, haciendo que ese sonido húmedo de piel golpeando piel se volviera más rápido, más desesperado. Sus dedos arañaron la mesa en vez de intentar alejarse.
El sudor le corría por la espalda cuando se volteó de golpe, cogiendo mi polla en su mano pequeña para guiarla otra vez dentro. «Más duro,» jadeó, y algo en cómo sus labios infantiles formaron esas palabras me hizo perder el control. La levanté del tablero para clavarla contra la pared, las piernas alrededor de mi cintura mientras ella repetía «sí sí sí» al ritmo de nuestros cuerpos chocando. La pintura se descascaró donde sus uñas se hundieron, pero el sonido que llenaba la habitación ya no era de dolor….
Después, mientras limpiaba mi semen de sus muslos con su propia falda escolar, sus ojos se encontraron con los míos por primera vez sin miedo. «¿Esto… nos va a llevar al infierno?» preguntó con una curiosidad genuina, como si habláramos de un problema de matemáticas.
Reí mientras le pasaba el pulgar por el labio inferior hinchado, saboreando el resto de mi gusto en su boca. «El infierno huele a tu coño, hermanita,» respondí, y ese fue el momento en que vi cómo algo se rompía dentro de ella—no la inocencia, eso ya estaba hecho trizas—sino la última resistencia.
Se quedó callada mientras se vestía, los dedos temblando al abrocharse los botones equivocados. Agarré su muñeca delgada y la arrastré de vuelta contra mí, sintiendo cómo su respiración se aceleraba al rozar mi erección semidura.
«Pero tú vas a seguir gimiendo como una putita cada vez que te llene.» Su gemido fue la única respuesta que necesité.
La llave giró en la cerradura justo cuando Daniela se ajustaba las medias, todavía húmedas entre las piernas. «Te quiero,» susurró al pasar junto a mí en la puerta, y su sonrisa—esa maldita sonrisa de niña que ya no era niña—fue la confirmación de que el infierno era un precio que los dos estábamos dispuestos a pagar. El crujido de la puerta al cerrarse sonó como un portazo en mi conciencia, pero el olor a sexo infantil que llenaba la habitación ahogó cualquier remordimiento…
El paquete llegó el jueves, envuelto en papel rosa que olía a mentiras baratas. Lo deslicé bajo la almohada de mi Bebe, con una nota que decía «que no te descubran». Mientras ella estaba en la escuela, yo imaginaba cómo temblarían al encontrar el vibrador negro con forma de conejo, y el control remoto escondido en mi bolsillo delantero.
Esa noche, durante la cena, presioné el botón por primera vez—su tenedor cayó con un estrépito, las mejillas enrojecidas mientras nuestros padres discutían la factura de la luz. «¿Te sientes bien?», preguntó mamá, y Daniela solo tragó saliva, las piernas apretándose bajo la mesa mientras yo aumentaba la velocidad con el pulgar.
El domingo en misa fue cuando casi nos descubren. El zumbido del juguete se mezcló con el coro parroquial cuando ella se arrodilló para rezar, un gemido escapando entre los labios pintados de rosa pálido. «¡Daniela!», susurró mamá horrorizada, pero yo ya estaba detrás de ellas, apagando el dispositivo con una mano mientras con la otra levantaba a mi hermana por el codo. «Está poseída,» murmuré con voz grave, jajaja. El sacerdote nunca supo por qué la niña sollozaba tan fuerte detrás de la cortina.
El conejito vibra en el calzoncito al ritmo de su respiración acelerada—Daniela está sentada frente a mí en el sofá, fingiendo ver televisión mientras nuestros padres comentan el noticiero. Sus muslos se estremecen cada vez que cambio de programa, los dientes clavados en ese labio inferior que ya conozco mejor que mi propia piel. Mañana compraré más pilas.
Esta mañana amanecí con su boca alrededor de mi verga, aprendiendo a usar esa lengua que antes solo sabía mentir a mamá. Le enseñé a tragar profundamente cuando escuchamos los pasos de nuestros padres en el pasillo, sus lágrimas mezcladas con mi semen mientras yo le acariciaba el pelo como si fuera un premio de consolación. El reloj marcaba las 6:00am—justo a tiempo para que se vistiera para la escuela mientras yo limpiaba las gotas que había dejado en mi almohada.
Ahora mismo, ella pasa frente a mi habitación deslizando dos dedos por su entrepierna—una invitación que huele a jabón de coco y pecado adolescente. El control remoto zumba en su calzoncito mientras respondo a su sonrisa con una sacudida violenta del vibrador. Sus rodillas golpearon el suelo del pasillo con un sonido sordo que ninguno de nuestros padres escuchará.
Hasta aquí, hemos sido testigos del íntimo viaje de Daniela y su hermano, Rodrigo. Pero la historia no termina aquí. En la próxima parte, veremos el mundo a través de los ojos de Daniela, donde ella toma el control de su propia narrativa. Prepárense para adentrarse en la mente y el corazón de nuestra hasta ahora coprotagonista, conforme explora nuevas facetas de su ser y comparte su recién adquirido conocimiento con alguien especial. La historia de Daniela apenas comienza.



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