Mi madre es esclavizada por su amante
Mi madre termina siendo esclava sexual de su amante y de sus perros.
Todo comenzó en diciembre de hace tres años. Me llamo Ricardo y vivo con mi madre, Mirisol. Tenía 37 años entonces y yo 17, aunque en enero justo cumpliría 18. Mi madre es una mujer exuberante y atractiva, con una figura que pocos podrían ignorar. Trabajaba de secretaria en un prestigioso despacho de abogados, y aunque su trabajo era formal, su forma de vestir siempre desafiaba la sobriedad.
Su cuerpo era un mapa de curvas peligrosas y placenteras. Sus senos eran grandes, firmes y redondos, asomándose de forma seductora bajo la tela de sus blusas, a menudo de colores que resaltaban su piel clara. Tenía una cintura estrecha que apenas se podía acercar con una mano, pero que se expandía hacia unas caderas muy anchas y voluptuosas, creando una silueta que invitaba al deseo. Sus piernas eran largas, delgadas y perfectas, cubiertas por medias que resaltaban su musculatura y sus tobillos delicados. Siempre usaba tacones altos, esos zapatos finos que hacían que se moviera con un golpe de cadera hipnótico al caminar, y faldas entalladas que dejaban ver cada centímetro de sus muslos, atrayendo las miradas de todos los hombres a quienes se cruzaba en su camino.
Su forma de ser era muy agradable y coqueta. Era una persona que caía muy bien en cualquier lugar, con una sonrisa que desarmaba y un sentido del humor que le encantaba compartir. Le encanta charlar, divertirse, bailar con pasión y salir de viaje para desconectar. Era una mujer que disfrutaba de su feminidad y no le importaba mostrar que le gustaba ser el centro de atención. Tenía muchísimos pretendientes según me contaba, y su relación conmigo era muy abierta; no había secretos entre nosotros, solo una confianza sólida. A veces llegaba cansada del trabajo y me contaba sobre sus citas, llegando incluso a tener encuentros más íntimos con alguno de ellos. A menudo, antes de salir, me decía con una sonrisa pícara: «Mañana no volveré hasta el día siguiente, Ricardo, me voy a quedar con alguien». Me decía esto sin quejarse, como si fuera algo normal, dejándome entender que se iría a pasar la noche con otro hombre, algo que para mí terminó siendo una constante en nuestra vida
La relación que tenía mi madre con mi padre era extraña. Él nos visitaba con frecuencia a pesar de estar divorciados, y aunque ya no estaban casados, él era el único hombre que mi madre permitía quedarse en casa a solas. A pesar de su separación, todavía mantenían relaciones sexuales; era difícil ignorar el hecho de que a veces se escuchaban los gemidos de mi madre procedentes de la habitación de ella cuando ambos se encerraban. La verdad es que al principio no entendía por qué se divorciaron realmente, pero con el tiempo comprendí que mi madre necesitaba ser más libre, que ya no quería estar atada a esa dinámica y quería explorar su sexualidad sin restricciones.
Retomando la historia era diciembre, la época del año con muchas fiestas, el típico ambiente de navidad y la llegada del nuevo año. Mi madre empezó a salir a posadas y fiestas con amigos solo para brindar y celebrar, lo que era normal en esas fechas. A veces llegaba a casa un poco tomada, pero un día fue diferente: fue la fiesta de fin de año del despacho donde ella trabajaba. Ese día acostumbraban a ir muy bien vestidos.
Mi madre vistió un minivestido negro de satén que le llegaba justo por encima de las rodillas, dejando totalmente expuestas sus piernas largas, delgadas y suaves, contrastando con las medias negras de red que realzaban sus tobillos y tacones de aguja que hacían que se moviera con una elegancia y provocación hipnóticas. El corte escotado del vestido era increíblemente provocador; bajaba por el pecho hasta la cadera, dejando al descubierto sus senos grandes y perfectos, con los pezones duros que se asomaban bajo la tela ajustada, llenando el escote de la prenda con un visual que invitaba a ser tocado. La tela se pegaba a su cintura fina y luego se abultaba sobre sus caderas anchas, resaltando la forma de pera de su culo que se veía imponente y sexy desde atrás. Además, usaba un collar de perlas que caía justo sobre su cleavage.
Eran las seis de la tarde. un coche que se detuvo frente a la entrada “Ya llegaron por mí, es un compañero del trabajo” dijo mi madre. se despidió de mí con un beso en la frente y salió de la casa con su bolso en mano y unos tacones en la mano, ya que caminaba descalza en la entrada para no dañarlos. Al bajar por las escaleras, el vestido de satén negro resaltaba sus piernas y sus caderas, y el movimiento de sus senos bajo la tela era irresistible. El compañero, un hombre de 25 años y bien vestido, se bajó del conductor y se acercó a la parte de la puerta para abrirle. Ella se subió al asiento del pasajero, inclinándose para entrar, y el corte bajo del vestido dejó al descubierto sus muslos mientras se acomodaba. Me miró por la ventana con una sonrisa, el coche arrancó silenciosamente y desapareció.
Las horas pasaban y el sueño pesado me ganó en la oscuridad de mi habitación. No fue hasta que el ruido de la puerta principal abriéndose con fuerza y los ecos de risas estridentes rompieron el silencio de la casa que me desperté de golpe. Me levanté de la cama, confundido y mezclado con sueño, asomándome al pasillo para ver qué pasaba.
Era mi madre pero no estaba sola. Junto a ella estaban los dos hombres, el primero, el conductor del coche que pasó por ella, estaba de pie en la entrada, con una postura firme y sobria, observándola. El segundo era un hombre mayor, con un notable sobrepeso y el rostro enrojecido y hinchado por el alcohol, que se tambaleaba y soltaba risas guturales que resonaban por toda la casa.
Estaba acompañada, y eso era inusual. Mi madre nunca había traído a algún hombre a casa para quedarse a dormir. Mi madre estaba borracha con el cabello despeinado pero radiante de felicidad. Su vestido de satén negro, que tan bien le quedaba, se veía un poco arrugado y su maquillaje se había desvanecido un poco en los bordes, revelando su piel natural y suavizada por las copas. Me miró, sus ojos brillando con un brillo inusual, y me guiñó un ojo con una coquetería desenfrenada, acompañada de una sonrisa pícara, mientras los dos hombres me saludaban y entraban al comedor. Me quedé paralizado en el umbral de la puerta, el corazón acelerado por la sorpresa.
Mi madre se dirigió hacia la cocina, sus tacones marcando el ritmo en el suelo de madera mientras los dos hombres la seguían, murmurando entre ellos mientras ella se inclinaba sobre el fregadero. El tipo gordo, que ya tenía el aliento pesado, la interceptó en el pasillo, preguntando si no había nada más que tomar. mi Madre, sin perder tiempo ni el mejor humor, se acercó al frigorífico y abrió la puerta con un movimiento brusco, sacando cervezas y del armario sacó unas botellas de whisky.
Me levanté y me dirigí a la cocina a preparar algo para cenar, dándoles espacio para que continuaran sus charlas y bebidas. Me puse a hacer sándwiches, pero mis oídos estaban atentos a lo que ocurría al otro lado de la pared. Las risas de los hombres se escuchaban más fuertes, mezcladas con el sonido de vasos chocando.
Escuché que el tipo gordo, con su voz ronca y embriagada, decía algo que sonó como «estás increíble, Marisol, esas tetas son de un dios». Apenas pude distinguir la respuesta de mi madre. Luego escuché el sonido de una silla arrastrada, vi cómo el tipo gordo, aprovechando la desinhibición del alcohol, estaba acercándose a ella, quedando sentado a su lado.
Le puse la comida sobre la mesa del comedor. El tipo gordo no apartaba la mirada de sus pechos. El otro tipo, el joven, también bebía, pero con más discreción, observando a mi madre con interés, mi madre me miró con una sonrisa coqueta, “Ve a dormir, hijo” me dijo, señalando con la cabeza hacia mi habitación, como si quisiera deshacerse de mí de una vez para estar sola con ellos.
La obedecí, en mi habitación, me quedé de pie frente a la puerta, escuchando cada sonido que provenía del comedor, pero el cansancio me ganó, me recoste en mi cama tome mi móvil para no dejar que el sueño me ganara nuevamente me quede viendo videos, pero al final me quede dormido con el móvil en la mano, desperté por el ruido de la música ya había transcurrido el tiempo no me percate cuando pusieron la música.
Me levanté y me asomé al comedor, y la escena que se desplegó ante mis ojos me dejó sin aliento. Mi madre estaba sobre la mesa del comedor, semi desnuda y entregada al placer. Llevaba puesto su brasier, pero lo tenía abajo, dejando libres sus enormes senos, que se balanceaban con cada movimiento.
Con una mano firme sostenía el miembro erecto del tipo delgado, guiándolo hacia su boca hambrienta mientras con la otra mano acariciaba su pecho, jugando con el pezón entre los dedos con urgencia. Sus labios rojos y hinchados se abrieron para recibirlo, chupándolo con una devoción casi infantil, llevándolo hasta la base y tragando saliva con un sonido húmedo. Sus ojos estaban desenfocados, brillando con una lucidez alcohólica, y soltaba gemidos guturales que vibraban a través de su garganta ocupada.
«¡Qué puta eres! Sigue chupando como si fuera tu vida», le decía el tipo delgado, empujando su cadera hacia adelante para forzar más profundidad.
Entre sus piernas abiertas sobre el borde de la mesa, el tipo gordo ya había desplazado su tanga hacia un lado, dejando expuesta su vulva húmeda y resbaladiza, lista para ser dominada. Mientras ella gemía ahogado por el pene que tenía en la boca, el gordo no paraba, embistiéndola con fuerza con un sonido húmedo y provocador, ensuciando la zona con su abundante lubricación.
«¡Sí, así perra! Mírala, está abierta… toma toda mi verga, gorda», le gritaba el gordo, sujetando sus caderas con fuerza. Ella solo podía balbucear, su lengua floja incapaz de articular frases completas, pero sus gemidos vibrantes decían todo: «Mmm… sí… más… me gusta ser follada así… más rápido… haa… qué rico… no parez… haa… más fuerte…»
«Quién se imaginaba que eran ciertos los rumores sobre ti en la oficina», soltó el gordo entre jadeos, su cara sudorosa pegada a la de ella mientras se hundía en ella con fuerza en la mesa, «en realidad eres toda una puta».
Mi madre, con los ojos vidriosos y la cabeza gacha, jadeaba, incapaz de articular una respuesta coherente, pero su cuerpo respondía al golpeo con un movimiento orgánico, abriendo más sus piernas para recibirlo todo.
El tipo delgado se rió con cinismo. «Sí, es toda una zorra. Esta es la cuarta vez que me la voy a follar». Dijo esto mientras mi madre seguía chupando su pene,
Ella sentía el pene gordo dentro de ella, caliente y pesado, mientras su boca estaba llena de otro. Su borrachera la dejaba flácida, incapaz de sostenerse, pero sus gemidos bajos y continuos eran un eco de placer que mezclaba el alcohol con el sexo. El tipo gordo no dejaba de decirle de groserías, llamándola zorra, puta, ramera, entrando en detalles obscenos sobre su boca abierta y su sexo resbaladizo.
De repente, el gordo sacó su pene húmedo de ella. Sin darle tiempo a recuperarse, en una sola y fuerte estocada introdujo tres de sus gordos dedos dentro de su vagina. Comenzó a dedearla con una velocidad frenética, metiéndolos y sacándolos con fuerza, moviendo su mano como un pistón rápido.
Ella sacó el pene que tenía en la boca y soltó un grito ahogado que se convirtió en un gemido descontrolado, su cabeza cayendo hacia atrás y golpeando suavemente en la mesa. Sus ojos se arquearon hacia atrás y su cuerpo se tensó como un arco.
El ritmo de los dedos la enloqueció. Sus músculos internos se apretaron con fuerza alrededor de los dedos del gordo, y sin avisar, comenzó a soltar chorros de fluido claro y abundante que bañaron el suelo y sus muslos, dejando el piso encharcado. Su cuerpo se llenaba de espasmos violentos mientras sus piernas cerraban con fuerza en un orgasmo incontenible.
«¡Mira eso! ¡Qué puta! ¡Ella se está corriendo!», gritó el gordo. El tipo delgado se rió, mirando la mancha en el suelo. «Qué buen uso le estamos dando a esta puta», dijo él, mientras ella jadeaba y sus ojos se veían llorosos de placer puro.
Mi madre intentó levantarse, buscando apoyo en la mesa, pero la fuerte embriaguez le jugó una mala pasada. Sus piernas flácidas no soportaron su peso y se desplomó de golpe en la alfombra del comedor, jadeando sobre el piso.
«¡Mira eso! ¡Qué torpe se quedó la zorra!», soltó el gordo con una carcajada fuerte, mientras el flaco se unía a la burla, golpeando el suelo con el pie. Pero, sin dudar, el gordo se acomodó en el suelo y le ofreció una botella de alcohol. Mi madre, tomó la botella con ambas manos y bebió el líquido a sorbos largos y desordenados, goteándolo por la esquina de su boca y el mentón.
Una vez llena, el gordo se recostó en la alfombra, mientras el tipo flaco a subir sobre el, guiando su cadera hacia abajo mientras el pene del gordo entraba en ella. Al sentir el calor del pene del gordo dentro de su vagina húmeda, ella soltó un gemido resignado, agarrándose a los hombros del hombre gordo para estabilizarse entre los dos cuerpos.
«Ahora vámonos a probar algo más profundo y estrecho», murmuró el flaco detrás de ella. Sin preaviso, comenzó a levantar la cadera de mi madre desde abajo hacia atrás. ella gritó, sus dientes se apretaron con fuerza mientras sentía cómo el hombre más delgado deslizaba su miembro húmedo hacia la entrada de su ano. Con un empujón firme, el flaco la penetró analmente, llenándola mientras mi madre gritaba de sorpresa y dolor, sus uñas hundiéndose en la piel del gordo que la sostenía por debajo.
«¡Dale, ponle todo!», le gritó el gordo, excitado por verla siendo dominada por ambos lados, «¡Qué culo tan pequeño tienes perra!». El flaco comenzó a moverse, sacándolo casi por completo y volviéndolo a meter con golpes secos, mi madre con los ojos en blanco y la boca abierta en un grito silencioso, se entregaba a la doble penetración anal y vaginal sobre el suelo.
Mi madre, con los ojos completamente en blanco y la lengua fuera de su boca, sollozaba y jadeaba, su cuerpo temblando violentamente mientras sus orificios se abrían para recibir a los dos hombres a la vez, su voz se convertía en un chillido ahogado cada vez que el flaco llegaba al fondo. «¡Más… más… me voy a morir…!», gritaba ella entre risas histéricas, incapaz de procesar nada más que el placer y la embriaguez que la dominaban por completo.
Continuaron follandla así, una tormenta de golpes y gemidos, hasta que la presión fue demasiado para los dos. El primero en ceder fue el flaco que, con un grito ahogado, se corrió dentro de su vagina, dejándola llena de su leche caliente y goteando por dentro. «¡Qué rico!», soltó él, retirándose sudoroso y con una sonrisa de suficiencia.
Luego le tocó al gordo. Con un rugido gutural y unos últimos empujones violentos, se corrió dentro de su ano, dejándola dilatada y llena de semen, con el culo rojizo y abierto, goteando el líquido de ambos, una mezcla viscosa que se escurría por sus piernas.
Se levantaron, respirando pesadamente, y se vistieron rápidamente. «Es hora de irnos,», dijo el flaco, ajustándose el cinturón. «Nos vemos en la oficina puta», añadió el gordo con una carcajada al salir por la puerta. Salieron de la casa, dejándola sola en el suelo, un desfile de sudor, semen y alcohol.
Mi madre intentó levantarse. Sus piernas no la sostenían, pero se aferró a la silla para ponerse de pie. Tomó su vestido, que estaba tirado en el suelo, y se lo puso. Sin darse cuenta, se lo puso al revés, la tela desordenada y el cuello al revés. Con pasos torpes, tambaleándose peligrosamente por la fuerte bebida, llegó hasta el baño.
Se sentó en el inodoro y, soltada la presión, se puso a orinar, escuchando el sonido relajante. Yo la veía desde la distancia, escondido en la penumbra. Se quedó dormida allí, sentada en el inodoro, con la cabeza apoyada en la pared, completamente abandonada, mientras el olor de sexo y alcohol impregnaba el comedor.
No tuve más remedio que llevarla hasta su habitación. Con gran esfuerzo, la dejé sobre la cama, su cuerpo pesado y pálido por el alcohol. Al intentar acomodarla mejor, el vestido se subió por completo, dejando a la vista su vagina húmeda, abierta y goteando, y su ano, dilatado, rojizo y lleno de semen que se escurría lentamente por sus nalgas. Debo admitir que esa imagen, tan sucia y reveladora, me excitó brutalmente, mi pene palpitando bajo los pantalones, deseando tocarla, pero me contuve, recordando que era mi madre y que debía dejarla descansar. Me marché a mi cuarto para intentar dormir, pero mis pensamientos estaban lejos de la calma.
Pasaron los días y cuando llegó enero, para mi sorpresa, los dos tipos regresaron acompañados de un tercer tipo. Ella los recibió como buenos amigos, invitándolos a cenar. Tuvieron una comida animada y luego se pusieron a beber en el comedor, reír y bromear. Sin embargo, la noche avanzó y el ambiente cambió. Finalmente, ellos se dirigieron a la habitación de mi madre. La puerta se cerró con un clic seco, no pude ver el espectáculo, ya que estaba cerrada. Sin embargo, no necesitaba ver para imaginar lo que pasaba dentro. A través de las paredes, pude escuchar claramente los gemidos y gritos ahogados de mi madre, mezclados con los ruidos de los cuerpos chocando. Las voces de los hombres se escuchaban,mientras ella respondía con gemidos de placer que se escuchaban por toda la casa, revelando que nuevamente se estaba entregando por completo a sus amantes.
Después de aquella noche, decidí reprocharle a mi madre por qué seguía trayendo hombres a casa. Incluso llegué a sugerirle que mejor se quedaran en un hotel, que era incómodo para mí ver lo que hacía.
Ella se enfadó mucho y hasta me alzó la voz. «¡Es mi casa, Ricardo! Soy mayor que tú y puedo hacer lo que quiera», me dijo. «Mientras a ti no te falte nada, no tienes por qué reprocharme lo que hago». Me sorprendió muchísimo, nunca me había hablado de esa forma, con tanta firmeza, como si yo fuera un niño pequeño en lugar de su hijo.
Ya no volví a hablar con ella sobre sus amantes. Se volvió una rutina, casi normal, llevarlos de vez en cuando a casa. Comerían, tomarían unos tragos y luego ellos irían a mi habitación con ella. Yo sabía lo que pasaba, aunque no siempre entrara a ver.
Pero todo cambió cuando una tarde me dio la noticia sorprendente: el señor gordo, el que ella había estado viendo, iría a vivir con nosotros de forma permanente. Su esposa lo había dejado y él no tenía a dónde ir, así que mi madre ofreció su ayuda, poniendo su casa como su lugar de refugio.
Fue hasta ese momento que por primera vez supe su nombre. Se llamaba Mario. Tenía 52 años, más viejo que mi padrastro, pero tenía el físico que a mi madre le gustaba. Comenzó a andar con él constantemente, y él se mudó a casa con nosotros poco a poco.
Después de aquella noche, decidí reprocharle a mi madre por qué seguía trayendo hombres a casa. Incluso llegué a sugerirle que mejor se quedaran en un hotel, que era incómodo para mí ver lo que hacía.
Ella se enfadó mucho y hasta me alzó la voz. «¡Es mi casa, Ricardo! Soy tu Madre y puedo hacer lo que quiera», me dijo. «Mientras a ti no te falte nada, no tienes por qué reprocharme lo que hago». Me sorprendió muchísimo, nunca me había hablado de esa forma, con tanta firmeza, como si yo fuera un extraño en lugar de su hijo.
Ya no volví a hablar con ella sobre sus amantes. Se volvió una rutina, casi normal, llevarlos de vez en cuando a casa. Comerían, tomarían unos tragos y luego ellos irían a la habitación con ella. Yo sabía lo que pasaba, aunque no siempre entrara a ver.
Pero todo cambió cuando una tarde me dio la noticia sorprendente: el señor gordo, el que ella había estado viendo, iría a vivir con nosotros de forma permanente. Su esposa lo había dejado y él no tenía a dónde ir, así que mi madre ofreció su ayuda, poniendo su casa como su lugar de refugio.
Fue hasta ese momento que por primera vez supe su nombre. Se llamaba Mario. Tenía 52 años, pero el se la follaba como a ella le gustaba comenzando a andar con él.
Llegó a casa con un camión de mudanza repleto de cajas y maletas, un desorden evidente que llenó el portal de nuestra casa. Sin una palabra de agradecimiento o saludo, se dirigió a mí con un tono de voz seco y autoritario: «Mete todo eso adentro, ahora mismo». Trabajé como un esclavo mientras Mario, con las manos en la cintura, me observaba como si estuviera cotizando el precio de mi trabajo, exigiendo obediencia instantánea.
Aunque me sentía ofendido por su actitud imperiosa, tenía el apoyo incondicional de mi madre. Ella estaba de pie junto a él, mirándome con una sonrisa que me decía claramente: «Haz lo que te diga Mario». Su lealtad estaba completamente cegada por este hombre mayor, priorizando su relación por encima de su propio hijo.
Pero el desorden no se limitó a las cajas. Mario también traía consigo a cuatro perros callejeros, al parecer los suyos. Apenas abrieron la puerta, los animales entraron corriendo por toda la casa, ladrando y ensuciando el suelo con su pelo sucio y tierra. Mi Madre se puso furiosa al ver el caos que causaron dentro de la limpieza de nuestra casa. «¡Qué asco, Mario! ¡Qué perros tan sucios!», exclamó, mientras intentaba espantarlos. Aunque ella no tenía fuerza para moverlos, Mario, con su autoridad, ordenó a los perros que salieran y los dirigió al patio trasero, dejándolos ahi mientras el orden se restablecía, aunque yo seguía sintiéndome como el sirviente en mi propia casa.
Mario se adueñó de nuestro hogar y de mi madre. Se la follaba casi todas las noches, en el comedor, en el baño y hasta en su propia habitación, disfrutando del sexo con una voracidad que parecía no tener límites. Incluso por la mañana, llegué al comedor y lo vi: Mario estaba sentado, con el periódico abierto en sus manos, leyendo mientras mi madre estaba de rodillas en el suelo debajo de la mesa delante de él, chupando su pene.
La veía con el cabello suelto cayéndole sobre su rostro, con los ojos cerrados y la boca abierta de par en par para tomar todo lo que Mario le daba. Su mano apretaba sus muslos mientras su lengua trabajaba con devoción, lamiendo la punta y bajando por el tronco hasta la base, chupando con suavidad pero con fuerza, dejando que el glande rozara su garganta mientras sus labios besaban sus testículos. Era una escena de sumisión absoluta, y más de una vez me tope con ella, viéndola entregada a su placer oral con tanta pasión.
Una vez, sin embargo, Mario quiso probar algo más. Le ordenó a mi madre que pusiera su taza de café frente a su pene, el café aún caliente. Ella obedeció, sosteniendo la taza con una mano mientras la otra tomaba su miembro. Mario comenzó a moverse sobre su mano, excitándose hasta que finalmente soltó el semen dentro de la taza, mezclándolo con la bebida.
Mirando la taza con el líquido espeso y blanco, ella no dudó ni un segundo. Sin pensarlo, inclinó la taza y comenzó a beber como se le había ordenado, tragándose el semen de mario mezclado con el café de mi madre, mientras Mario sonreía burlonamente observando cómo su madre se bebía el café.
Después de que ella terminó de beber el café, Mario sacó una servilleta y se la tiró a la cara. «Limpia el resto de semen que cayó al suelo», ordenó con una sonrisa burlona. Ella no dudó ni un segundo, inclinándose sobre el suelo para limpiar con la servilleta, Yo estaba en la puerta del comedor, sintiendo una mezcla de rabia y una extraña excitación al ver a mi madre comportarse así. viendo cómo Mario trataba a la mujer que me dio la vida como si fuera su propiedad privada.
«Eres mi perra, Mirisol», soltó Mario con una sonrisa burlona, y ella, como siempre, inclinó la cabeza con sumisión absoluta, aceptando su papel en ese desorden doméstico. Por las mañanas, después del desayuno, se iban de la mano como una pareja de enamorados, dejándome solo en una casa vacía mientras yo desayunaba en silencio. Y por las noches, cuando regresaban del trabajo, la casa se convertía en una cueva de depravación donde mi madre era el juguete sexual de Mario, sin importar el cansancio ni la hora.
Así pasaron los días, y cuando finalmente cumplí 18 años, mi madre prefirió quedarse follando con Mario a celebrar conmigo. Esa misma noche de mi cumpleaños, estaba solo en mi habitación, aburrido, respondiendo mensajes de felicitación de mi padre biológico cuando escuché un ruido extraño proveniente del patio trasero de la casa. Era Mario, quien estaba allí con sus perros, caminando de un lado a otro con una gorra puesta y una botella de alcohol en la mano.
No entendía por qué estaba a esa hora, pero lo que vi a continuación me congeló la sangre. De pronto, vi a mi madre salir de la casa, bajando las escaleras con cuidado. Al verla, los cuatro perros callejeros se levantaron sobre sus patas traseras y comenzaron a molestarla, ladrando y jadeándole el aire, intentando acercarse a ella con urgencia. Ella, aterrorizada, se cubrió completamente detrás del cuerpo grande y gordo de Mario, buscando refugio en su espalda mientras él se ponía entre ella y los animales.
La curiosidad me consumió. No pude evitarlo. Salí sigilosamente de mi habitación, abrí la puerta con cuidado y me escondí en la penumbra del patio, tratando de no hacer ruido mientras observaba la escena desde las sombras. Mario estaba gritando fuerte a los perros para que se alejaran, usando su tamaño para intimidarlos, mientras mi madre, estaba con su bata de dormir temblando de frío sollozando por miedo a los perros. Su bata de seda blanca, que se había abierto a mitad de pecho en el descenso, dejando al descubierto sus senos grandes que se agitaban con cada temblor. Sus pezones, duros y rojos por el aire fresco. Se aferraba a Mario con ambas manos, mientras los perros intentaban lamer sus tobillos.
«Llegó la hora de jugar», dijo Mario, jalando del brazo a mi madre y obligándola a arrodillarse sobre una frazada vieja donde dormían los perros. Ella lo miró con duda, pero él insistió. «¿Estás segura de esto?», preguntó mi madre mirándolo a los ojos. El le sonrió con una mezcla de deseo y excitación y respondió: «Sí, te prometo que te va gustar. Ahora quítate la bata». Mi madre obedeció lentamente, soltando la bata de dormir que la protegía del frío nocturno y quedando totalmente desnuda frente a Mario y perros.
Uno de los perros callejeros, con el hocico húmedo, se acercó inmediatamente, ofalteando y lamiendo a mi Madre, cuando su nariz tocó su culo. Ella se quisó levantar asustada, soltando un gemido, pero Mario la detuvo con una mano en su hombro. «Tranquila, deja que te lama», le dijo calmadamente. Ella se dejó que el perro lamiera su trasero, sus lengua chocando con la piel de sus nalgas. Mario, con un movimiento brusco, abrió sus nalgas con sus propias manos, exponiendo sus orificios y dejándole acceso claro al perro para que pudiera lamerla con más profundidad, mientras ella gemía y sus ojos se llenaban de lágrimas de placer y humillación.
Los otros perros curiosos, se acercaban a su alrededor, ladrando suavemente y oliendo su olor a mujer, lo que hizo que ella se pusiera más nerviosa, intentando cubrirse con sus manos. Mario soltó las nalgas de mi madre y se inclinó, haciendo que el perro que estaba de pie se acostara en la tierra suelta del patio, con las patas extendidas.
«Venga mujer, mastúrbalo», ordenó Mario con una voz seca y autoritaria, señalando el miembro en reposo del animal.
Mi madre, temerosa y dudosa, acercó su mano con lentitud, solo rozando el pelaje denso del estómago del perro, sintiendo su calor corporal. Sin embargo, las miradas de los otros animales y la exigencia de Mario la paralizaron, recordándole su lugar en esa jerarquía.
«No dudes», gruñó él, acercándose para empujar suavemente la mano de ella hacia abajo.
Con un suspiro de resignación y un poco de vergüenza, Mi madre bajó su mano, dejando que sus dedos tocaran el pelaje hirsuto entre las patas traseras del perro. Comenzó a mover la mano con movimientos circulares, hasta estimular la zona sensible. El perro soltó un jadeaba y levantó una pata al aire, excitándose bajo su tacto.
Con mayor urgencia, mi madre continuó la estimulación, sintiendo cómo el perro se ponía duro bajo su palma. De repente, el pelaje se abrió y salió un pene rojizo, hinchado y goteante, emergiendo de su vaina, listo para la acción, ella lo tomo con una mano mientras se sostenía con la otra lo masturbaba lento mientras el perro quería lamer su propio pene pero mario no lo dejaba.
«Ahora hazle una mamada», ordenó Mario, señalando el miembro erecto del perro con desprecio, como si fuera un juguete más barato para su madre.
Mi madre dudó, su rostro mostrando una mezcla de horror y rechazo al ver el tamaño y el color rojizo del pene del animal. Se humedeció los labios con la lengua, pero su mente luchaba contra la repulsión. Sin embargo, la voz autoritaria de Mario y la presencia de los otros perros que ladraban la obligaron a actuar. Finalmente, se rindió, se agachó y abrió la boca.
Al principio, solo acercó la punta del pene a sus labios, manteniendo los labios abiertos y sin cerrarlos, como si intentara no tocarlo demasiado. Podía sentir el calor y el olor acre del perro, y su rostro se contrajo con disgusto, pareciendo que quería vomitar. Sus ojos se llenaron de lágrimas de asco, masajeando la base de la cabeza del animal.
Pero entonces, con una fuerza de voluntad que sorprendió hasta a ella, cerró los ojos y, con un movimiento brusco, introdujo el pene del perro hasta la base. Comenzó a mamarlo con la misma intensidad y pasión que le hacía a Mario, ignorando la vergüenza y dejando que la bestia gozara de su boca. El perro soltó un jadeaba más fuerte mientras ella trabajaba chupando y lamiendo con devoción, chupando como una verdadera perra.
La boca de mi madre, abierta de par en par para engullir el miembro rojizo y goteante de la bestia, apenas podía contener su tamaño. El reflejo nauseoso se apoderaba de ella a menudo, haciendo que ella se retirara brevemente para abrir la boca y escupir, expulsando el exceso de líquido viscoso que se acumulaba en su garganta. Cuando bajaba la boca, un hilo espeso y blanco se escapaba y se escurría por sus labios, cayendo sobre la barbilla y luego sobre el vientre del perro. Sin embargo, sin perder un segundo, ella volvía a meter el pene del perro en su boca, chupando con desesperación para limpiar el líquido y continuar su servicio, succionando con fuerza hasta que el perro soltó otro chorro dentro de su boca.
Sólo se detuvo por completo cuando el perro que le lamía el culo se decidió a montarla con impaciencia, intentando penetrarla, pero le faltaba la altura y el ángulo para encontrar su entrada. El animal aleteaba con las patas traseras en el aire, buscando el calor de su sexo, pero no lograba entrar. Hasta que Mario intervino empujaba los cuartos traseros del perro hacia adelante.
Con un golpe seco y brusco, el animal entró de golpe. ¡Grito! Mi madre se arqueó, los ojos desorbitados y la boca abierta en un aullido de dolor y sorpresa. «¡Es… es demasiado grande! ¡Mario me va partir!» sollozó ella, sintiendo cómo el tamaño del animal la reventaba por completo.
El perro comenzó a moverse frenéticamente, embistiendo con impulsos cortos y violentos, como un loco, dejando a mi madre colgada sus senos golpeando el suelo con cada golpe. Mario solo observaba la escena, apoyado en los brazos, sin ayudarla más, y ordenó seco: «Sigue chupando al otro perro Marisol». Mi madre, derramando lágrimas de terror y humillación, no tuvo más remedio que obedecer. Volvió a tomar el pene del otro perro en sus labios, chupándolo con desesperación mientras era poseída por la bestia desde atrás.
«Te tienes que acostumbrar», dijo Mario fríamente, observando la escena con una mezcla de satisfacción y desdén. «Mi ex mujer también se apareaba con ellos. No espero menos de ti» dijo mario.
El perro que la poseía poco a poco bajó el ritmo frenético, sus sacudidas se volvieron erráticas y luego se detuvieron por completo. Mi madre soltó un gemido ahogado, sintiendo cómo el perro se quedaba quieto, sus cuerpos fundidos en una intimidad animal. De repente, el animal intentó retirarse, jalando con fuerza. En cuanto lo hizo, ella gritó, pero el miembro del animal se quedó atrapado dentro de ella, el nudo ya hinchado bloqueando su salida.
«Mario, deténelo… ¡me está lastimando!», sollozó mi madre, Mario solo sonrió tranquilamente, levantando una mano para separarle el pelo de la frente. «Están pegados, no te preocupes. Solo espera y pronto saldrá», le dijo con una voz suave, ignorando su angustia y su dolor. La realidad era que la bestia estaba atrapada en su interior, dejándola llena y expuesta a la espera de que el animal perdiera su erección para poder liberarla.
Un minuto después, el animal finalmente se soltó y salió de su interior con un sonido húmedo y denso, dejando que su corrida escurriera por la vagina de mi madre y manchara sus muslos brillantes. Mario, con una sonrisa tranquila y expectante, ordenó suavemente: «Ahora, sube sobre el otro perro».
Mi madre con una mezcla de vergüenza y resignación total. Lentamente, se incorporó y se subió sobre el perro que estaba tumbado en el suelo. Tomó el miembro húmedo, rojizo y goteante del animal en sus manos y, guiándolo hacia su entrada, lo introdujo en su vagina. Al sentirlo llenarse y expandirse dentro de ella, soltó un gemido ahogado y sus ojos se arquearon hacia atrás.
Comenzó a moverse lenta y temblorosamente sobre el animal, subiendo y bajando, dejando que el pene entrara y saliera de su cuerpo con un sonido húmedo y abtracto. Cada movimiento la hacía sentirse llena y poseída, sus pechos rociados con saliva y sudor se balanceaban al compás de sus embestidas, mientras ella intentaba ignorar la crudeza de la situación bajo la mirada inquisitiva de Mario.
Ella continuó su lento y cansado movimiento sobre el cuerpo del animal, sintiendo cómo su piel sudorosa se rozaba con el pelaje del perro. Con el tiempo, el animal se ablandó, Al sentir el miembro perder su rigidez, ella se levantó lentamente, dejando escapar un chorrito de semen que corrió por sus muslos.
Sin darle tiempo a organizarse, Mario le dio una palmada en el culo y señaló al siguiente animal. Mi madre, ya acostumbrada a la obediencia, se dio la vuelta y se arrodilló, poniendo su trasero al aire para el siguiente perro. Este, que estaba ladrando ansioso al lado, se lanzó sobre ella. Sin previo aviso, el animal la montó por detrás, sus patas traseras frenéticas encontrando su entrada húmeda. Ella soltó un gemido ahogado mientras el perro la llenaba de golpe, su culo siendo estirado una vez más por la bestia, mientras Mario sonreía viendo a su mujer ser utilizada por los perros por segunda vez.
Esa noche, mi madre no tuvo descanso. Se apareó con cada uno de los cuatro perros, una sucesión de lujuria animal que terminó con ella llena de semen y sudor. Al final, se dedicó a Mario, chupándolo con devoción hasta que él soltó su carga en su boca, una muestra final de su dominio. A partir de ese día, cada viernes por la noche, la casa se llenaba de gemidos de mi madre con los animales apareandose con cada uno de ellos sin faltar a su cita con ellos ni un solo viernes.
Con el pasar del tiempo, Mario enfermó. Sus problemas de corazón empeoraron y, finalmente, encontró su descanso eterno tras un infarto, dejando a mi madre sola en la casa. Pero ella no estaba perdida. Había sido bien entrenada, sabía lo que hacía y lo que necesitaba. Volvió a salir con hombres, llevándolos a casa para tener encuentros como los que ella solía tener, pero cuando no encontraba a un hombre que la follara, o cuando no tenía ganas de luchar por uno, se volvía a los perros. Se dejaba encontrar por los animales, convirtiéndose en su perra en el patio por las noches, feliz y satisfecha con su vida sexual.


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