Mi madre ingenua y frustrada sexualmente Parte 2
Luego de que mi primo se aprovecha de la ingenuidad de mi madre para hacerla suya, continúa follándosela sin parar.
En el capítulo anterior, mi primo Alberto, utilizando sus engaños y aprovechando la ingenuidad de mi madre, logró follársela. Ahora, él la reclama como suya. La manipulación de Alberto ha alcanzado un nuevo nivel, y mi madre, aunque consciente de lo ocurrido, se encuentra en un estado de confusión y vulnerabilidad.
La situación ha dejado a mi madre en una posición delicada, donde su bondad y deseo de ayudar a los demás la han llevado a cometer un acto prohibido con su propio sobrino. Alberto, por su parte, se muestra más seguro y dominante que nunca, creyendo que ahora tiene el control sobre mi madre.
Luego de aquel primer encuentro que mi madre tuvo con mi primo, se notaba su constante preocupación de haber quedado embarazada. A pesar de haber comprado pastillas para prevenir el embarazo, era evidente su preocupación. Había pasado una semana desde que mi primo Alberto la hizo suya, y la creciente demanda de Alberto de ser reconocido como su pareja hacía que mi madre se tensara más con lo sucedido. Pero lo que más me preocupaba era que ella parecía justificar lo que había hecho mi primo por todo lo que él había vivido con el rechazo constante de las mujeres.
Habían transcurrido tres días, Alberto estaba en nuestra casa ya era de noche, mientras mi padre estaba dormido en su habitación, Alberto aprovechó la oportunidad para hablar con mi madre. Ambos estaban en la cocina, y yo podía ver y escuchar lo que hablaban desde donde me encontraba. «Alberto, necesitamos hablar de lo ocurrido,» dijo mi madre, con una seriedad que no solía tener. «Claro, tía, ¿qué pasa?» respondió mi primo, mostrando preocupación al agachar la cabeza, pero sin dejar de sonreír ligeramente. «Es sobre lo que pasó. No puedo dejarlo pasar como si nada,» dijo mi madre, con una voz que temblaba ligeramente. «Tía, te deseo y ahora que eres mi mujer, quiero estar contigo siempre,» declaró mi primo, con una voz que delataba su determinación. «Alberto, por favor, no compliquemos más las cosas,» intentó disuadirlo mi madre. «Alberto, esto es incorrecto,eres mi sobrino y ambos cometimos errores aquel día» dijo ella, tratando de mantener la compostura. «Lo sé, pero no puedo controlar lo que siento. Te amo, tía,» insistió, acercándose a ella. En ese momento, Alberto comenzó a ser manipulador, haciéndose la víctima. «Tía, sé que no debería decir esto, pero me siento tan solo y rechazado,» dijo, con una voz que temblaba, intentando apelar a la compasión de mi madre. «No te preocupes, Alberto. podemos buscar otro tipo de soluciones,» respondió mi madre, cayendo una vez más en su trampa. «Gracias, tía. Eres la única que me entiende,» añadió, con una sonrisa maliciosa que ocultaba su verdadera intención.
Mi madre, en un acto de debilidad, permitió que Alberto la abrazara. Alberto, con una sonrisa astuta, aprovechó el abrazo para comenzar a manosearla, sus manos explorando cada curva de su cuerpo con una audacia que la dejó sin aliento. Sus dedos, ágiles y decididos, recorrieron la espalda de mi madre, deslizándose lentamente hasta llegar a su trasero. Mi madre, sorprendida por la osadía de su sobrino, intentó apartarse, pero Alberto la sujetó con fuerza, sus brazos envolviéndola como una trampa. «Alberto, por favor,» susurró mi madre, su voz temblando entre el deseo y la resistencia. Pero Alberto, ignorando sus súplicas, continuó su exploración, sus manos apretando y masajeando su trasero con una intensidad que la hacía estremecer. Mi madre usaba un vestido azul, un tejido suave y ligero. Alberto, con un movimiento rápido y seguro, levantó la falda del vestido, exponiendo sus piernas y su trasero a la vista y a sus manos ansiosas sobre las nalgas de mi madre. «Alberto, no,» intentó protestar mi madre. Alberto presionó firmemente sus nalgas, separándolas ligeramente, explorando cada centímetro de su piel. «Eres tan hermosa, tía que felicidad que seas mi mujer» murmuró Alberto,con su voz llena de lujuria y deseo, mientras sus dedos se deslizaban entre sus piernas, buscando la humedad de su entrepierna que delataba su excitación.
«Alberto, por favor, detente,» suplicó mi madre, pero sus palabras fueron ahogadas por los gemidos de placer que escapaban de su garganta. Alberto, la giró bruscamente y la empujó contra el fregadero, con sus manos firmes y decididas levantó más la falda de su vestido, exponiendo completamente su trasero y su tanga blanca. «No, Alberto, esto está mal», intentó protestar mi madre, pero su voz se quebró cuando sintió los dedos de Alberto presionando contra su entrada, buscando acceso haciendo a un lado su tanga. Con un movimiento rápido y seguro, Alberto introdujo dos dedos dentro de ella. «Estás tan mojada, tía. Te encanta, ¿verdad?» preguntó Alberto, mientras movía sus dedos en un ritmo constante, explorando cada rincón de su interior.
Desde donde yo me encontraba, podía ver el rostro de mi madre, sus ojos cerrados con fuerza, sus dientes apretados en un rictus de placer y dolor. Echó la cabeza hacia atrás, mientras sus manos, blancas por la presión, se aferraban con desesperación al borde del fregadero. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, sus piernas temblando con el esfuerzo de mantenerse en pie mientras Alberto la penetraba con sus dedos, moviéndose dentro y fuera de ella con tal intensidad que hacía que sus caderas se movían al compás de la mano de mi primo, Sus labios, ligeramente dejaban escapar gemidos que resonaban en la cocina, mezclados con el sonido húmedo y obsceno de los dedos de Alberto entrando y saliendo de ella.
Finalmente, su cuerpo convulsionó en un clímax explosivo, y de su interior brotaron chorros de placer que salieron disparados, creando un charco en el suelo de la cocina. El líquido transparente y viscoso se esparció, dejando un rastro obsceno y excitante. Mi madre, apenas capaz de mantenerse en pie, se tambaleó, sus piernas temblando incontrolablemente. Sus músculos se contraían y relajaban en oleadas, cada espasmo enviando nuevas ondas de éxtasis a través de su cuerpo. «Alberto, oh Dios, Alberto,» gimió, su voz un susurro roto y jadeante, mientras el orgasmo la recorría como una corriente eléctrica. El sonido húmedo y obsceno de su squirt resonó en la cocina, mezclándose con los gemidos de placer que escapaban de su garganta. Sus dedos, aún aferrados al borde del fregadero, se pusieron blancos por la presión, mientras su cuerpo se arqueaba y se retorcía, completamente a merced de las sensaciones que la abrumaban. «Tía, eres increíble,» dijo Alberto, con una mezcla de asombro y lujuria en su voz, mientras observaba cómo el cuerpo de mi madre se estremecía y convulsionaba con cada oleada de placer. La visión de mi madre, perdida en su orgasmo, con el vestido azul levantado y sus piernas temblorosas, era tan morbosa y excitante que me dejó sin aliento, incapaz de apartar la mirada del espectáculo prohibido y erótico que se desarrollaba ante mis ojos.
Mi madre giró a verme directo donde yo me encontraba, pero de inmediato me hice el dormido en el sofá donde me encontraba recostado. «Qué bueno, se quedó dormido,» dijo mi madre con voz de alivio, aunque su tono delataba una mezcla de vergüenza y satisfacción. La vi enderezarse, bajándose la falda del vestido azul con manos temblorosas, tratando de recuperar algo de compostura. Sus mejillas estaban sonrojadas, y sus ojos brillaban con una intensidad que no había visto antes. Alberto, con una sonrisa satisfecha y una mirada llena de lujuria, se acercó a ella, tomándola por la cintura de manera posesiva. «Tía, eres mía, eres mi mujer,» dijo con un tono autoritario. Mi madre, aún recuperándose del intenso orgasmo, asintió débilmente, permitiendo que Alberto la besara en la boca. Sus labios se encontraron en un beso profundo y apasionado. Alberto la atrajo hacia él, sus cuerpos pegados, sintiendo cada curva y contorno del otro. Sus lenguas se entrelazaron, explorando y saboreando. «Alberto, por favor,» susurró ella, su voz un susurro roto, pero no hizo nada para detenerlo. Sin embargo, a pesar de la intensidad del beso, mi madre parecía no disfrutarlo. Sus labios se movían mecánicamente, sin la pasión y el deseo que Alberto intentaba despertar. Sus ojos, aunque cerrados, no mostraban la misma intensidad que los de Alberto, quien parecía completamente absorto en el momento. «Tía, eres tan deliciosa,» decía Alberto, mientras sus manos exploraban el cuerpo de mi madre, apretando y acariciando cada curva. Mi madre, en cambio, se mantenía rígida, sus brazos colgando a los lados, sin responder al toque de Alberto. «Te deseo tanto, tía. Quiero estar dentro de ti,» dijo Alberto, con un tono de deseo y necesidad. Mi madre, con un suspiro tembloroso, finalmente cedió. «De acuerdo, Alberto, pero primero déjame ir por los condones,» dijo mi madre, con una voz que intentaba sonar firme pero que delataba su nerviosismo. Ella fue a su habitación, donde mi padre estaba dormido, entró sin hacer ruido y salió poco después. En la mano llevaba la caja de condones. Mi primo la esperó fuera y en cuanto ella salió la tomó de la mano y la dirigió hacia mi habitación, con una determinación y una lujuria que hacían evidente sus intenciones.
Me acerqué a mi habitación. Habían cerrado la puerta, pero no contaban con que la cerradura no servía y era fácil abrirla. Con cuidado, giré el pomo y empujé la puerta lentamente, lo suficiente para crear una rendija por la que podía ver el interior. Alberto había tirado a mi madre sobre la cama, y ella yacía allí, con el vestido azul levantado hasta la cintura, exponiendo sus piernas y la ropa interior empapada. Alberto, con una sonrisa triunfante, se desabrochaba el cinturón, sus ojos fijos en el cuerpo de mi madre con una intensidad que delataba su deseo. «Tía, te voy a follar tan duro que no vas a poder olvidarme,» dijo, su voz llena de lujuria. Mi madre, con una mezcla de resignación y miedo, asintió débilmente, sin ofrecer resistencia. Alberto se bajó los pantalones y los calzoncillos, revelando su erección, dura y lista. «Abre las piernas, tía. Quiero verte toda,» ordenó Alberto. Mi madre, con manos temblorosas, obedeció, separando las piernas, exponiendo completamente su intimidad. Alberto, con una sonrisa malvada, se arrodilló entre sus piernas, le retiró su tanga húmeda y acercó su cara a su vagina. «Hueles tan bien, tía. Me encanta tu olor,» dijo, mientras su lengua comenzaba a explorar cada pliegue, cada rincón de su cuerpo. Mi madre, a pesar de sus esfuerzos por mantener la compostura, no pudo evitar un gemido de placer que escapó de sus labios. «Alberto, por favor, solo date prisa puede despertar a tu primo y venir a su habitación» dijo mi madre, con un ruego roto, pero Alberto continuó. Sus dedos se unieron a su lengua, penetrándola con movimientos rítmicos, preparándose para lo que estaba por venir. «Estás lista, tía. Te voy a follar como nunca antes,» dijo, con una voz llena de promesas obscenas. Se levantó y, con un movimiento rápido, se colocó un condón.
Mi madre, con los ojos cerrados y el rostro retorcido en una mezcla de anticipación y miedo, se preparó para recibirlo. «Solo fóllame. Date prisa y termina rápido. Recuerda que es la habitación de tu primo y si despierta…» dijo, pero antes de terminar la frase, Alberto, con una embestida poderosa, entró en ella, llenándola por completo. Mi madre se arqueó y comenzó a gemir, un sonido que era a la vez de placer y de rendición. «Sí, así, tía. Te sientes tan bien,» dijo Alberto, comenzando a moverse dentro de ella con un ritmo constante y profundo. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclándose con los gemidos de placer y las súplicas de mi madre, creando una sinfonía de lujuria y deseo. Mi madre estaba siendo follada nuevamente por mi primo, en la habitación de al lado mi padre dormía y yo miraba desde la puerta. Solo de pensarlo me provocaba mucha excitación.
Mi cama no dejaba de rechinar con cada embestida de mi primo, el sonido del metal contra la madera creando un ritmo que se entrelazaba con los jadeos y gemidos de mi madre. Ella, en posición de misionero, intentaba no cruzar la mirada con Alberto, sus ojos fijos en un punto indeterminado del techo, tratando de perderse en algo, cualquier cosa, que no fuera la realidad de lo que estaba sucediendo. Sus manos, apretadas en puños a los lados de su cuerpo, delataban la tensión y el esfuerzo por mantener el control. Alberto, en cambio, la miraba con una intensidad que bordeaba la obsesión, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo, admirando cada curva y contorno que se revelaba con cada movimiento. «Mírame, tía. Quiero verte mientras te follo,» exigió Alberto. Mi madre, girando la cabeza para encontrar su mirada, vio en sus ojos una mezcla de deseo y posesión que la hizo estremecer. Mi primo empujó fuerte contra ella, y mi madre no pudo evitar un gemido más profundo, que escapó de sus labios. «Sí, así, tía. Déjate llevar,» dijo Alberto, aumentando el ritmo de sus embestidas y empujando fuerte como si quisiera llegar a lo más profundo de su interior. Sus caderas chocaban contra las de mi madre con una fuerza que hacía temblar la cama.
«Alberto, por favor, ya termina. Me preocupa que se despierte tu primo,» suplicó entre gemidos, pero Alberto parecía no importarle. Con un movimiento rápido, sacó su pene de ella y la tumbó boca abajo, montándola con una ferocidad animal. Vi cómo se quitaba el condón, su pene erecto y brillante por la excitación, y la penetró nuevamente, esta vez sin ninguna barrera. «Te sientes tan bien, tía. Tan apretada y caliente,» dijo Alberto, sus manos agarrando firmemente las caderas de mi madre, guiando sus cuerpos en un ritmo frenético. Mi madre, con cada embestida, se arqueaba y gemía, su cuerpo respondiendo involuntariamente al placer intenso que la abrumaba. «Alberto, ya correte y termina por favor,» suplicó mi madre, sin saber que Alberto se había quitado el condón. Alberto, obedeciendo, aumentó la intensidad de sus movimientos y dijo, «De acuerdo, tía, me voy a correr,» alcanzando el orgasmo mientras se derramaba dentro de ella. Mi madre sintió cómo la llenaba por dentro, y su cuerpo se tensó con una mezcla de sorpresa y placer. «Alberto, ¿qué carajo? ¿Y el condón?» preguntó, sin recibir respuesta. Alberto empujó contra ella como tres veces más, como si no quisiera dejar una sola gota de semen fuera de ella. Mi madre, atrapada en un torbellino de sensaciones, no pudo hacer nada más que gemir y recibir cada embestida, su cuerpo traicionando su mente en un éxtasis prohibido y abrumador.
Alberto se retiró de ella, agitado y satisfecho, su respiración entrecortada y su cuerpo brillando por el sudor del esfuerzo. Mi madre, aún aturdida por lo que acababa de ocurrir, se levantó lentamente, sus piernas. Al ver el condón usado en la cama, su expresión se transformó en una mezcla de preocupación y enojo. «Alberto, ¿por qué te lo quitaste?» preguntó. «Ya te había dicho la vez pasada que me puedes embarazar. ¿No entiendes?» preguntó Mi madre, visiblemente preocupada, miró a Alberto con una mezcla de incredulidad y frustración. Alberto, en cambio, solo la miraba con una calma que bordeaba la indiferencia. «No importa si te quedas embarazada. Eres mi mujer, y es muy normal que suceda,» respondió, su tono autoritario y posesivo. Mi madre, molesta y resignada, solo se levantó de la cama, tomó el condón usado y su tanga del suelo. «Ya da igual, Alberto,» dijo con un tono de resignación, su voz apenas un susurro. «Iré a ver si tu primo sigue dormido en el sofá tu ya duermete,» añadió, mientras se alineaba el cabello y se ajustaba el vestido, tratando de recuperar algo de compostura. De inmediato, me regresé a la sala y, de un brinco, me eché sobre el sofá, fingiendo que dormía, mi corazón latiendo con fuerza, mi mente aún procesando la intensidad y la obscenidad de lo que acababa de presenciar.
Escuché a mi madre acercarse, luego sentí cómo se sentaba en el mismo sofá. Me tocó el hombro. «Hijo, despierta,» fingiendo, hice que despertaba. «¿Qué pasó, mamá?» pregunté, aún adormilado. «Nada, hijo. Te quedaste dormido en el sofá. Tu primo ya se fue a dormir a tu habitación. Lávate los dientes y ve también a dormir,» respondió, su voz tranquila pero con un deje de tensión. Noté que tenía su tanga en la mano, envolviendo el condón que había usado mi primo. «¿Qué traes en la mano?» pregunté, curioso. Ella de inmediato ocultó su mano detrás de ella. «Es mi ropa interior, hijo. ¿Qué vergüenza? Es que no alcancé a llegar al baño,» dijo, con un tono de disculpa y embarazo. «Venga, haz lo que te dije,» añadió, dirigiéndose a la cocina. Tomó el trapeador y comenzó a limpiar el charco que había dejado antes. Hice caso y me fui al baño, luego a mi habitación. Mi primo estaba acostado de espaldas, sin pantalón, solo en calzoncillos. Me senté en la cama, mirando el lugar donde mi primo se había follado a mi madre. Me recosté, percibiendo aún su olor, una mezcla de perfume, sudor y sexo, hasta que me quedé dormido de verdad.
Cuando desperté, mi padre y mi madre estaban desayunando en la cocina. Mi primo estaba apartado de ellos, desayunando en la sala. Se notaba a simple vista que no le gustaba que mi padre se acercara a mi madre; lo veía con recelo y enojo, pero sabía que no podía hacer nada. Al verme, mi padre me dijo, «Hasta que te levantas. Date prisa y desayuna, que saldremos.» «¿A dónde?» pregunté, aún adormilado. «Iremos a una reunión con mis amigos. Quedamos de llevar a nuestras familias,» respondió mi padre, con un tono que no admitía réplica. Luego de desayunar, estábamos ya todos en la camioneta. Mi madre y padre iban adelante, y yo atrás con mi primo, quien decidió acompañarnos, mi madre llevaba puesta una blusa blanca y unos pantalones de mezclilla ajustados. El ambiente en la camioneta era tenso, con mi primo lanzando miradas furtivas y llenas de posesividad hacia mi madre, mientras ella intentaba actuar con normalidad, aunque la tensión en su rostro era evidente.
Nos hicimos tres horas de camino hasta que llegamos a un parque nacional, una área extensa de bosque donde se acostumbraba a ir a acampar o hacer picnics. Dejamos la camioneta en la entrada y nos adentramos al parque, donde mi padre se encontró con sus amigos y sus familias. Parecía que todos se conocían; esposas se saludaban y reían, preguntándose «¿Cómo has estado?» Mi madre no era la excepción; parecía llevarse bien con las esposas de los amigos de mi padre. Pusieron unas mesas desplegables y acomodaron comidas y bebidas. Encendieron una fogata donde preparaban carne asada. Había más chicos de mi edad, pero varios, como yo, no querían estar ahí. Mi primo se mantenía distante, vigilando cada movimiento de mi madre, molestándose más cuando se ponía a charlar con algún amigo de mi padre.
Después de unas horas de convivir, mi madre dijo que necesitaba ir al baño. Alberto se ofreció a acompañarla, pero yo sospeché de mi primo y los seguí sin que lo descubrieran. Me mantuve a una distancia segura, ocultándome entre los árboles, mientras ellos se adentraban en el bosque. La tensión en mi cuerpo era palpable, mi corazón latiendo con fuerza mientras me preguntaba qué planeaba Alberto.
Siguieron caminando. Alberto llevaba de la mano a mi madre. «Alberto, ¿por qué nos adentramos tanto? Ya no aguanto, debo orinar, por favor,» dijo mi madre, con una mezcla de urgencia y preocupación. Pero él siguió caminando, su agarre firme y posesivo. Llegaron a un punto donde ya no se escuchaban las risas de los demás, solo el susurro del viento entre los árboles y el canto de los pájaros. Alberto soltó a mi madre y se desabrochó el pantalón con una lentitud deliberada, sus ojos fijos en ella con una intensidad que la hizo estremecer. «¿Qué haces, Alberto?» preguntó mi madre, sorprendida y nerviosa. Sus ganas de orinar eran tantas que simplemente se bajó el pantalón, exponiendo su ropa interior. Se puso en cuclillas, con el rostro sonrojado por la vergüenza, y comenzó a orinar, el sonido del chorro contra la tierra húmeda resonando en el silencio del bosque. Mientras tanto, Alberto, con el pantalón abajo, comenzó a masturbarse, sus movimientos rápidos y decididos, su respiración entrecortada por la excitación.
Mi madre, al verse observada de esa manera, se sonrojó aún más, su cuerpo temblando de vergüenza y humillación. «Por favor, Alberto, no hagas eso. Es muy humillante,» suplicó, pero Alberto seguía en lo suyo, tocándose mientras ella seguía orinando. Cuando terminó, mi madre se quiso poner de pie de inmediato, pero Alberto la detuvo, tomándola de los hombros y regresándola hacia abajo. Acercó su pene a su cara, duro y palpitante. «Venga, tía, chúpamelo,» ordenó. Mi madre, aún con el pantalón abajo y el charco de orina bajo ella, tomó el pene de Alberto con la mano, sus dedos temblando ligeramente. «¿Y si viene alguien?” preguntó ella “ No nos van a encontrar, Estamos lo suficientemente retirados,» respondió Alberto, con una sonrisa maliciosa. No le quedó de otra que meter el pene de Alberto en su boca y comenzar a succionar, sus labios envolviendo su miembro con una mezcla de reluctancia y necesidad. «Eres tan buena chupando,» dijo mi primo, con sus manos zootecnia la cabeza de mi madre controlando cada movimiento, cada profundidad, sintiendo el placer intenso que mi madre le proporcionaba, allí, en medio del bosque, donde nadie podría interrumpirlos.
Mientras mi mamá chupaba el pene de mi primo, Alberto aprovechó para sacarle la blusa. Detuvo a mi madre por un momento de su «trabajo», levantándole los brazos y retirándole la blusa, dejándola solo con su sujetador blanco. Ahí estaba mi madre, chupando con el pantalón y su tanga abajo, mostrando su sujetador, su cuerpo expuesto y vulnerable. Alberto siguió disfrutando de la boca de mi madre, pero no por mucho tiempo. La levantó, colocándose detrás de ella, y con un movimiento rápido, le quitó el sujetador, exponiendo sus senos y pezones erectos, posiblemente por la excitación o el frío del bosque. «Qué hermosa eres, tía,» dijo Alberto, mientras sus manos se posaban sobre sus senos, apretándolos y masajeándolos con una intensidad que la hizo gemir de incomodidad. «Alberto, por favor, no,» suplicó mi madre, pero sus palabras fueron ahogadas por los jadeos de placer que escapaban de sus labios. Alberto, con una sonrisa maliciosa, continuó su asalto, sus dedos pellizcando sus pezones, haciendo que se endurecieran aún más, mientras su otra mano se deslizaba por su vientre, dirigiéndose hacia su entrepierna. «Eres mía, tía. Todo tu cuerpo es mío,» declaró, su voz autoritaria y posesiva, mientras sus dedos se colaban sobre su vagina, explorando cada rincón de su intimidad, haciendo que se estremeciera de placer y necesidad. Mi madre, atrapada en un torbellino de sensaciones, no pudo hacer nada más que dejarse llevar.
Mi primo, con una ferocidad animal, la puso contra un árbol. Aprovechando que tenía su tanga y pantalón abajo, la penetró sin consideración alguna, su pene duro y caliente llenándola por completo en un solo movimiento. Mi madre, sorprendida por la intensidad y la brusquedad del acto, se derritió entre gemidos, sus manos agarrando la corteza del árbol, buscando algo a lo que aferrarse mientras su cuerpo se movía al compás de las embestidas de mi primo. Alberto, con cada empuje, la llenaba por completo, sus caderas chocando contra las de mi madre con una fuerza que hacía temblar el árbol y resonaba en el silencio del bosque. Mi primo la tomó por el cabello, tirando de él con firmeza mientras empujaba fuerte contra ella, haciendo que mi madre se levantara en punta de pies, su cuerpo arqueándose para recibir cada embestida. «Alberto, estás siendo muy brusco,» dijo mi madre, con una mezcla de dolor y placer en su voz, pero Alberto, ignorando su súplica, continuó su asalto, sus movimientos rápidos y profundos, su respiración entrecortada por el esfuerzo y la excitación.
«Te gusta, tía. Sé que te gusta,» afirmó, con una sonrisa maliciosa, mientras sus manos se posaban en sus caderas, guiando sus cuerpos en un ritmo frenético y desesperado. Mi primo, con un quejido fuerte, comenzó a correrse dentro de mi madre, empujando contra ella con cada oleada de placer, haciendo que ella pegara un grito, aparentemente de dolor, mientras ponía un rostro de incomodidad. «Sí, tía, tómalo todo,» gritaba Alberto, mientras se derramaba completamente dentro de ella. Mi madre, no pudo hacer nada más que aceptar cada gota en su interior, su cuerpo temblando y estremeciéndose con la intensidad del momento. El semen de Alberto goteaba cuando salió de ella, mi madre recuperando el aliento solo pudo mirar cómo caía gota a gota el semen en su ropa interior. Se agachó para subirse el pantalón, luego buscó su blusa, llena de tierra, y se la puso, abrochándola con manos temblorosas. Alberto, triunfante, se acomodaba el pantalón, dándole una nalgada a mi madre. «Vamos, mujer, que ya tengo hambre. Veamos si al menos para cocinar sirve tu esposo,» dijo con una risa burlona. Mi madre, obedeciendo más callada de lo habitual, lo siguió, y yo detrás de ellos, manteniendo mi distancia.
Cuando llegamos donde estaban los demás, mi padre ya nos estaba buscando. «¿Dónde andabas?» le preguntó a mi madre. Ella le dijo que fueron al baño. «¿Por qué estás llena de tierra?» preguntó mi padre. Mi madre, mintiendo, dijo: «Perdona, amor, es que no vi una pendiente y me resbalé, pero no te preocupes, no me hice daño.» Luego, mi padre preguntó por mí. Mi madre, sorprendida, dijo: «No, él no venía con nosotros,» poniendo una cara de preocupación y mirando a todos lados. Afortunadamente, me bajé hacia el sendero y hice que caminaba normalmente. Mi padre me miró y me gritó: «¿Dónde estabas?» «Fui por mis audífonos,» le inventé. Mi padre, molesto pero resignado, dijo: «Vale, pues vamos a comer, que nos están esperando.» Luego de convivir por unas horas más, regresamos a casa. Todos estaban muy silenciosos; nadie decía nada. Solo Alberto habló para decir que lo dejaran en su casa. Mi padre dijo que no había problema, lo dejamos en la entrada y nos fuimos luego a nuestra casa.



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Excelente, una catarata de morbo, ojalá continue el primo cogiendo y dominando a mami.
Para cuando la 3ra parte, está muy buenos tus relatos
Buenos días Brother muy bueno esperamos que continúes está saga