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Dominación Mujeres, Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Mi madre ingenua y frustrada sexualmente Parte 3

Mi madre termina accediendo a ser la mujer de mi primo y yo aprovecho la oportunidad para disfrutar también de ella.
En el capítulo anterior, Alberto aprovechó cada oportunidad para volver a tener relaciones sexuales con mi madre, aprovechando incluso los momentos más inesperados para reclamarla como suya. Mi madre, aunque confusa y resistente al principio, comenzó a resignarse poco a poco, a pesar de sus sentimientos encontrados. Alberto, con su manipulación y astucia, logró que mi madre se sintiera cada vez más dependiente y vulnerable, consolidando su control sobre ella.

Luego de dejar a mi primo en su casa, mi madre estaba muy pensativa, perdida en sus pensamientos. Mi padre, en cuanto llegamos a casa, se dio un baño y se preparaba para dormir. Mi madre, buscando aliviar sus pensamientos y confusión, buscó consuelo con mi padre. «Amor, esta noche podemos tener relaciones,» le dijo mi madre. Mi padre, cansado por el día agitado, solo respondió: «Hoy no, mujer. ¿No ves que he estado manejando mucho? Me siento cansado.» Mi madre, resignada, solo se quedó en la cocina viendo cómo mi padre se marchaba a su habitación. Se veía realmente decepcionada, como si hubiera esperado algo más de él. «¿Qué le pasa a este hombre?» murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza. «Siempre está cansado, siempre tiene una excusa.»

Pasaron unos días y, como ya era costumbre, mi primo solo venía a casa para follarse a mi madre. La mayoría de las veces lo hacían en su habitación cuando mi padre no estaba. Yo solo escuchaba a mi madre repetir una y otra vez: «Alberto, por favor, usa el condón.» «Alberto, no puedo estar tomando pastillas siempre, son solo para casos de urgencia.» A veces, cuando él se iba, la escuchaba suspirar profundamente y decir: «¿Por qué me pasa esto a mí?»

Un día, llegaba a casa y escuché a mi madre gimiendo y suplicando desde su habitación. «Alberto, por favor, no seas brusco,» decía entre jadeos. «Tía, te encanta, lo sé,» respondía él, con esa voz de cerdo que siempre pone cuando está encima de ella. «Alberto, espera, no así,» intentaba detenerlo, pero él seguía empujando, como un animal. «Tía, relájate y disfruta,» decía, mientras la sujetaba con fuerza, haciendo que mi madre se quejara de dolor. «Me estás lastimando, Alberto,» suplicaba, pero él no le hacía caso.

Otro día, estaba en la sala viendo TV cuando escuché a mi madre susurrar en el patio: «Alberto, por favor, no aquí, alguien puede vernos.» Me asomé con cuidado por la ventana para ver qué sucedía. «Tía, no te preocupes, mi primo está entretenido viendo la televisión,» respondió él, con una sonrisa de mierda. «Alberto, no seas así, por favor,» suplicaba, pero él ya le había levantado la falda y le estaba metiendo mano. «Tía, eres tan deliciosa,» decía, mientras le manoseaba el culo y la besuqueaba el cuello. «Por favor, Alberto, no me toques así,» intentaba detenerlo, pero él seguía, sin importarle nada.

Una noche, mi padre no llegó a casa poniendo de excusa su trabajo, así que Alberto pensó que era el momento perfecto. Pasada la medianoche, lo escuché llamarla: «Tía, ven.» Me asomé por mi puerta y vi a mi primo con esa mirada de pervertido. La llevó al baño. «Alberto, ¿qué vamos a hacer?» preguntó, insegura. «Shhh, solo relájate y disfruta,» respondió, mientras la empujaba contra el lavabo y le subía la blusa, dejando sus tetas al aire. «Alberto, no, aquí no, mi hijo nos puede escuchar,» decía intentando detenerlo, pero él ya le había bajado el brasier y le estaba chupando los pezones. Estaba sentado en el inodoro y mi madre sentada de frente en sus piernas. «Alberto, por favor, no me hagas esto,» suplicaba, pero él seguía, sin importarle nada.

Cada vez que venía, era lo mismo. Mi madre intentaba resistirse, pero él siempre encontraba la manera de convencerla. «Tía, te deseo tanto,» decía, mientras le metía mano por todas partes. «Alberto, por favor, no seas así,» suplicaba, pero él seguía, sin importarle nada. «Tía, eres mía, solo mía,» repetía, como un disco rayado, mientras la penetraba una y otra vez, sin importarle si ella estaba lista o no. «Alberto, me duele, por favor,» intentaba detenerlo, pero él seguía, perdido en su propio placer.

Y así, día tras día, mi primo se follaba a mi madre, aprovechándose de su ingenuidad y de su necesidad de sentirse querida. Mi madre, por su parte, intentaba resistirse, pero siempre acababa cayendo en sus trampas, dejando que la usara a su antojo. «Alberto, por favor, usa el condón,» repetía una y otra vez, pero él nunca le hacía caso. «Tía, confía en mí, no pasa nada,» decía, con esa sonrisa de mierda que me daba ganas de golpearlo.

Todo empeoró cuando mi madre comenzó a sentirse mal. «Hijo, me siento muy cansada, ¿puedes ayudarme hoy con los deberes?» me preguntó. «Claro, mamá,» respondí, notando que estaba soñolienta y fatigada. Empezó a ir al baño más de lo normal, y la escuché murmurar: «Mierda, no me baja.» Al principio, pensé que eran cosas mías, pero luego la vi más de una vez entrar al baño con cara de preocupación. «Mamá, ¿estás bien?» le pregunté un día. «Sí, hijo, solo un poco de cansancio,» respondió, forzando una sonrisa. Pero yo sabía que algo no andaba bien. «Mamá, ¿segura que estás bien?» insistí, pero ella solo asintió, evitando mi mirada.

Una noche, mientras estaba en mi cuarto, la escuché hablar por teléfono con mi tía, la madre de Alberto. «Sí, tengo retraso,» decía en voz baja. «No, no he hecho la prueba todavía, pero tengo miedo. No he tenido intimidad con mi esposo,» continuó, con una voz temblorosa. «Sí, he tenido sexo con alguien más,» admitió, después de un silencio. «No, por favor, no me preguntes quién es el padre, no sé qué voy a hacer,» dijo, con un tono de desesperación. «Tía, no sé qué hacer. Estoy muy asustada,» confesó, con la voz quebrada. «Solo quiero que esto desaparezca,» añadió, antes de colgar, dejando un silencio pesado en el aire.

Al día siguiente, la encontré en el baño, mirando fijamente una prueba de embarazo que había comprado. «Mierda, dio positivo,» la escuché decir, con una voz que mezclaba frustración, enojo y preocupación. «Le dije mil veces que usara condón,» murmuró, golpeando suavemente la prueba contra la palma de su mano. «Maldita sea, ¿por qué no me escucha?» Se veía realmente molesta, como si estuviera a punto de explotar. «Esto no puede estar pasando,» susurró, más para sí misma que para nadie en particular. «Ahora, ¿qué voy a hacer?» dijo, tomando una respiración profunda antes de salir del baño.

Luego de ese día, mi madre se volvió más distante y pensativa. A veces, la veía mirando al vacío, perdida en sus pensamientos. «Mamá, ¿estás bien?» le preguntaba, pero ella solo asentía, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. «Sí, hijo, solo estoy un poco preocupada,» respondía, intentando sonar tranquila, pero yo sabía que algo la carcomía por dentro. «Mamá, ¿segura que no quieres hablar de lo que te pasa?» insistí, pero ella solo sacudía la cabeza, evitando el tema. «Es complicado, hijo. No te preocupes por mí,» decía, con una voz que delataba su angustia.

Una tarde, mientras estábamos solos en casa, decidí hablar con ella. «Mamá, ¿qué pasa?» le pregunté, con sinceridad. Ella suspiró profundamente y, por un momento, pareció considerar contármelo todo. «Hijo, es complicado,» comenzó, pero justo en ese momento, escuchamos la puerta principal abrirse. Era mi padre, regresando del trabajo. «Hola,» dijo secamente, sin una pizca de calidez en su voz. Mi madre se levantó rápidamente, como si hubiera sido atrapada en algo prohibido. «Hola,» respondió, con una voz que intentaba sonar natural, pero que delataba su nerviosismo. «¿Todo en orden?» preguntó mi padre, mirándonos con esa expresión fría y calculadora que siempre ponía. «Sí, todo bien,» respondió mi madre, evitando mi mirada. «Bien,» dijo mi padre, asintiendo brevemente. «Tengo algo que decirles. He decidido tomar unas vacaciones.» hizo una pausa, y su expresión se volvió aún más seria. «Pero no será un viaje familiar,» continuó, con una determinación que no dejaba lugar a réplicas. Mi madre y yo nos miramos, sorprendidos y algo incómodos. «¿Qué quieres decir?» preguntó mi madre, con una mezcla de emoción y preocupación. «Quiero decir que me voy solo. Necesito tiempo para mí,» respondió mi padre, sin inmutarse. Mi madre y yo accedimos sin preguntar demás, pero en el fondo, ambos sabíamos que algo no estaba bien. La forma en que mi padre hablaba, tan distante y controlador, solo confirmaba nuestras sospechas de que algo grande estaba por suceder.

Al día siguiente, mientras mi madre lavaba los platos, recibió una llamada de mi tia la madre de Alberto, mi madre puso el altavista mientras continuaba lavando, No pude evitar escuchar toda la conversación, y lo que oí solo confirmó mis peores sospechas.

«Hola, hermana,» comenzó mi tía, «Mira, te llamo porque necesito un favor», continuó mi tía, sin preámbulos. «Claro, dime,» dijo mi madre, secándose las manos en el delantal. «Es sobre Alberto. Necesito que se quede contigo unas semanas. Tengo que salir de la ciudad por un tiempo,» explicó mi tía, con una voz que delataba su inquietud. «Ah, claro…. no hay problema,» respondió mi madre, tratando de no sonar preocupada, «Gracias, hermana. Sabía que podía contar contigo,» dijo mi tía, con un suspiro de alivio.»Perfecto. Entonces mañana llegará,» concluyó mi tía. «Sí, aquí lo esperamos,» respondió mi madre, con una voz que temblaba ligeramente. «Gracias de nuevo, hermana. Cuídate,» dijo mi tía, antes de colgar.

Yo ya sabía que mi padre le era infiel a mi madre con mi tía, pero no pensé que las cosas se dieran así. Tener a mi primo aquí por semanas era como llevarlo a un buffet; tendría a mi madre para él todo el tiempo que quisiera y podría repetir las veces que quisiera. Al día siguiente, desde temprano, mi primo llegó a casa. Llegó con una maleta llena de ropa, sin importarle nada, dejó sus maletas en mi habitación. Yo estaba leyendo unos cómics mientras él entraba sin decir nada, dejando sus maletas en una esquina. Luego salió rápidamente en busca de mi mamá. Ella estaba en la sala aspirando el suelo, la aspiradora hacía mucho ruido y desde la lejanía no pude escuchar qué decían. Mi madre llevaba una blusa café y unos pantalones de lana holgados. Mi primo de inmediato la tomó por la cintura y ya la besó en la boca. Mi madre no puso resistencia, solo mantenía los ojos abiertos mientras él la besaba con pasión. Luego se apartaron, y él se sentó en el sofá mirando cómo mi madre seguía limpiando con la aspiradora. Ella se descuidó y se dio la espalda. Él se acercó para agarrarle y masajear su trasero. Lo que me sorprendió es que ella dejó la aspiradora a un lado y se apoyó en sus rodillas, levantando su trasero para que mi primo lo manoseara mejor. Ella solo miraba hacia enfrente mientras mi primo le bajaba el pantalón, dejando a la vista su tanga blanca entre sus nalgas. Él la apartó y la hizo a un lado, comenzando a comerle el coño. Ella solo se mordía el labio, parecía que lo disfrutaba. Alberto se levantó y se bajó su short, dejando a la vista su miembro erecto. Sin avisar, la penetró de golpe. Ella se fue de frente, pero se libró de caer hacia enfrente porque Alberto la alcanzó a coger de los brazos. Empezó a embestirla sin soltarla de ambas manos. Ella hacía gestos de placer y, en ocasiones, intentaba mirar hacia atrás. Alberto parecía desesperado. Finalmente, la empujó al sofá de enfrente. Mi madre quedó de rodillas sobre el sofá mientras Alberto la seguía embistiendo con fuerza. «Te sientes bien, tía, ¿verdad?» le dijo Alberto, con una sonrisa perversa. «Sí, Alberto, no pares,» respondió mi madre, con la voz entrecortada por el placer. «Te gusta que te folle así, ¿eh?» continuó él, aumentando el ritmo de sus embestidas. «Sí, me encanta,» jadeó mi madre, moviendo sus caderas al compás de sus movimientos. «Eres mía, solo mía,» gruñó Alberto, sujetándola con fuerza por las caderas. «Sí, soy tuya,» gimió mi madre, completamente entregada al momento. La escena era intensa, y yo podía escuchar cada gemido, cada jadeo, cada golpe de sus cuerpos chocando.

Era como si el mundo a nuestro alrededor hubiera desaparecido, y solo existieran ellos dos, perdidos en su propia lujuria. «Vamos, tía, dime que te gusta,» insistió Alberto, con la voz ronca de deseo. «Me gusta, me gusta mucho,» respondió mi madre, con un gemido profundo. «Quiero oírte decirlo,» exigió él, sin detener sus embestidas. «Me gusta que me folles, Alberto. Eres el mejor,» admitió mi madre, con una voz que delataba su total rendición. «Eso es, tía. Disfruta de lo que es tuyo,» dijo Alberto, con una sonrisa satisfecha, antes de aumentar aún más el ritmo. Parecía que mi madre al fin se resignó y se entregó por completo a mi primo, buscando lo que mi padre no le daba. «Vamos, Alberto, correte dentro,» dijo mi madre. Alberto, sorprendido, respondió: «¿Y ese cambio, mi zorrita?» «Solo correte dentro,» insistió mi mamá. «¿Qué milagro que no me pides que use condones?» respondió Alberto, con una sonrisa burlona. Pero mi madre no respondió nada; solo continuó esperando que Alberto se corriera. Y así lo hizo. Después de dar un último empujón, comenzó a venirse dentro. Luego se apartó de ella, y mi madre se acomodó su pantalón, mientras Alberto se sentaba en el sofá con su pene aún de fuera. «Alberto, debes saber algo,» dijo mi madre, mirándolo fijamente. Él la miró, curioso. «¿Quieres más, verdad?» preguntó, con una sonrisa pícara. «No es eso. Tienes que saber que me embarazaste,» dijo mi madre, con una voz temblorosa. Alberto se rio, como si fuera una broma. «No te rías,» dijo mi mamá, con seriedad. «Es en serio. Estoy embarazada.» Mi primo, sorprendido, dijo: «Vaya, no esperaba menos de mi mujer.» Mi madre se sentó a su lado y le ayudó a subirle el short. «Alberto, tengo miedo. No sé qué le diré a mi esposo,» admitió. «Dile que un hombre de verdad te está follando,» respondió Alberto, aún riendo. Mi madre, molesta, se levantó. «Eres un idiota, Alberto,» dijo, y se fue a la cocina, dejando a mi primo solo en el sofá, con una expresión de satisfacción en el rostro.

Esa misma noche, trataba de dormir, pero el ruido de Alberto sacando sus cosas de la maleta me despertó. Lanzaba su ropa por todos lados, como si fuera su habitación, y su ropa quedó regada sobre mi cama y el suelo. Estaba a punto de decirle algo, pero me detuve al ver lo que sacaba de su maleta: un bote rosa de lubricante y un objeto largo con bolas de diferentes tamaños, con un aro al final. Luego salió de mi habitación. Curioso, salí para averiguar qué pasaba. Entré con prisa a la habitación de mis padres, donde mi madre leía un libro. «¿Qué pasa, Alberto?» preguntó ella, al verlo entrar deprisa. Sin decir una palabra, Alberto quitó la cobija que cubría a mi madre, y con movimientos rápidos le sacó su bata de dormir por los hombros, dejándola completamente desnuda. «Espera, Alberto, detente. Sabes que al final vamos a terminar haciéndolo así, así que tranquilízate,» dijo mi madre, mientras tomaba de los hombros a mi primo. Alberto se calmó al ver cómo mi madre accedía a él. Ella comenzó a besarle el cuello, y él empezó a acariciar la espalda de mi madre. Ambos se besaron apasionadamente. Luego, mi madre se arrodilló y le bajó el short a Alberto, comenzando a hacerle sexo oral. En ese momento, no me di cuenta, pero Alberto dejó lo que traía en las manos sobre la mesa junto a la cama. Mi madre, con una mezcla de deseo y sumisión, tomó su pene en la boca, moviendo la cabeza adelante y atrás, creando un ritmo que hacía gemir a Alberto de placer. Sus labios y lengua trabajaban incansablemente, explorando cada centímetro de su miembro. Alberto, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, disfrutaba intensamente. Mi madre, completamente absorta, no se dio cuenta de que Alberto había dejado el lubricante y el juguete sexual sobre la mesa  «Más profundo, tía,» dijo Alberto, guiando la cabeza de mi madre con sus manos. Ella obedeció, tomando más de su longitud en su boca, aumentando la intensidad de sus movimientos. «Así, así,» animó Alberto, con la voz ronca de placer. Mi madre, con los ojos llenos de lujuria, continuó su tarea, decidida a satisfacer a su amante. Alberto, incapaz de contenerse, comenzó a empujar más profundo en su boca. «Voy a… voy a…» comenzó a decir Alberto, pero mi madre no se detuvo, queriendo llevarlo al límite. Con un gemido final, Alberto se vino en la boca de mi madre, quien tragó cada gota, sin dejar nada. La habitación quedó en silencio por un momento, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Mi madre se levantó, con una sonrisa satisfecha en el rostro, pero Alberto tenía otros planes.

Mi madre miró a la mesa y vio lo que había sobre ella. «¿Qué es esto?» preguntó, pero antes de que pudiera agarrar lo que había en la mesa, Alberto la tomó y la subió a la cama. «Date vuelta y empina ese culo,» le ordenó Alberto. «¿Qué quieres hacer?» preguntó mi mamá, pero Alberto le volvió a decir: «Levanta ese culo.» Así que mi madre, con la cabeza en la cama y su culo levantado, solo miraba de reojo lo que hacía mi primo. Alberto tomó el juguete de bolas y abrió el lubricante, cubriéndolo por completo. Luego, lubricó el ano de mi madre. «Espera, Alberto, nunca he tenido sexo por ahí, no vayas a penetrarme,» dijo ella. Pero Alberto no respondió, siguiendo metiendo su dedo lleno de lubricante en el ano de mi madre. «Alberto, ¿qué piensas hacer?» preguntó ella, sin recibir respuesta. Mi madre tomó una almohada. «Lo que vayas a hacer, solo hazlo con cuidado,» dijo mi madre, pero Alberto ya había tomado el juguete. Lo acercó al ano de mi madre, y la primera bola, la más chica, entró sin problema. Mi madre giró la cabeza. «Alberto, ¿qué me metiste?» preguntó, sin recibir respuesta. Luego, la siguiente bola también entró. Así, una a una, entraban hasta que llegaron las de mayor tamaño, las cuales ya no entraban tan fácilmente. «Alberto, espera, es molesto. ¿Qué quieres meter?» dijo mi mamá, pero Alberto, empujando, respondió: «Puedo meter más.» En ese momento, mi madre pegó un grito. Pero Alberto, sin inmutarse, continuó su tarea, decidido a llevar a mi madre al límite de su placer y dolor. «Alberto, por favor, no más,» suplicó mi madre, pero él solo sonreía, disfrutando de su control sobre ella. «Relájate, tía, esto te va a encantar,» dijo, con una voz que delataba su satisfacción. «Pero, Alberto, duele,» gimió mi madre, con lágrimas en los ojos. «Shhh, confía en mí,» murmuró él, mientras seguía empujando el juguete, haciendo que las bolas entraran una a una, estirando y llenando a mi madre de una manera que nunca había experimentado. «Alberto, no puedo más,» jadeó ella, pero él solo se rió, sabiendo que estaba a punto de llevarla a un lugar de placer intenso. «Solo un poco más, tía. Ya casi,» animó, con una voz ronca de deseo, mientras mi madre se agarraba a las sábanas y mordía la almohada, tratando de soportar la sensación abrumadora. «Alberto, por favor,» suplicó de nuevo, pero él solo aumentó la presión, haciendo que la última bola entrara por completo. «Ahí, ¿ves? No fue tan malo, ¿verdad?» dijo, con una sonrisa triunfal, mientras mi madre jadeaba, tratando de recuperar el aliento, con el juguete completamente dentro de ella. Mi madre, aún tensa, sintió como algo jalaba su ano. Alberto tomó el aro y tiró, estirando su ano mientras la bola más grande salía. Ella pegó un grito más fuerte. Alberto continuó tirando, y salió otra bola de su interior. «Alberto, ¿qué haces?» preguntó mi madre, con voz entrecortada. «Solo disfruta, tía,» respondió él, con una sonrisa malvada, mientras seguía tirando del juguete, sacando cada bola lentamente, haciendo que mi madre sintiera cada centímetro de su retirada. «Alberto, por favor, es demasiado,» suplicó mi madre, pero él no se detuvo, decidido a llevar la experiencia al límite. «Shhh, casi terminamos,» murmuró, con voz ronca, mientras la última bola salía, dejando a mi madre jadeando y exhausta, con el ano dilatado y adolorido de una manera que nunca había imaginado.

Alberto repitió el proceso dos veces más. La segunda vez, mi madre volvió a sentir dolor y pedía que Alberto se detuviera. «Alberto, por favor, no más,» suplicaba, con lágrimas en los ojos. «Es demasiado, no puedo,» jadeaba, intentando apartarse, pero él la sujetaba con firmeza, decidido a continuar. «Shhh, tía, resiste un poco más,» murmuraba, con una voz que delataba su satisfacción, mientras seguía empujando el juguete, haciendo que las bolas entraran una a una, estirando y llenando a mi madre de una manera que la hacía gritar de dolor. «Alberto, por favor, detente,» suplicaba, pero él no cedía, disfrutando de su control sobre ella. «Aguanta, tía. Estás casi llena,» animaba, con una voz ronca de deseo, mientras mi madre se agarraba a las sábanas y mordía la almohada, tratando de soportar la sensación abrumadora. «Alberto, no puedo más,» gemía, pero él solo se reía, sabiendo que estaba a punto de llevarla a un lugar de placer intenso. En la tercera vez, parecía que los gemidos de dolor pasaban a ser de placer. Aún hacía gestos de incomodidad, pero respiraba como si lo disfrutara mientras él seguía tirando del juguete, sacando cada bola lentamente, haciendo que mi madre sintiera cada centímetro de su retirada. «Te sientes bien, ¿verdad, tía?» preguntaba Alberto, con una sonrisa malvada, mientras mi madre asintió, incapaz de negar el placer que sentía. «Sí, no está tan mal,» admitía, con un gemido profundo, mientras él continuaba su tarea, decidido a llevar la experiencia al límite. Alberto solo miraba el ano de mi madre, tomando más lubricante y colocándolo alrededor de sus paredes anales con sus dedos. «Vas a sentir increíble, tía,» prometía, con voz ronca, mientras acariciaba suavemente su entrada, preparándola para lo que venía. Luego, acercó su pene, el cual entró con una facilidad sorprendente, gracias a la preparación previa. «Ah, Alberto,» gemía mi madre, con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación de plenitud. «Se siente tan bien, tía,» decía él, comenzando a moverse lentamente, saboreando cada segundo. «Más, Alberto, más,» suplicaba mi madre, arqueando la espalda, buscando más profundidad. «Como quieras, tía,» respondía, aumentando el ritmo, haciendo que sus cuerpos chocaran con fuerza. «Alberto, no pares,» gemía mi madre, con voz desesperada, mientras él se movía dentro de ella con embestidas profundas y constantes. «Te siento tan apretada, tía,» gruñía Alberto, con los dientes apretados, mientras el placer aumentaba en ambos. «Sí, así, más fuerte,» suplicaba mi madre, perdida en la lujuria, mientras sus gemidos se mezclaban con los jadeos de Alberto, creando una sinfonía de deseo y pasión. «Te voy a llenar, tía,» prometía Alberto, con voz ronca, mientras sus movimientos se volvían más urgentes y desesperados. «Hazlo, Alberto, quiero sentirte en mis entrañas,» respondía mi madre, con un gemido profundo, mientras ambos alcanzaban el punto más alto de su placer, dejándose llevar por la intensidad del momento, sin importar nada más que la sensación abrumadora que los envolvía.

Alberto se corría dentro del ano de mi madre. Ella solo gemía y respiraba agitada mientras recibía cada gota. Alberto se retiró, dejando ver cómo tenía el ano abierto. Mi madre se dejó caer en la cama, exhausta. Se levantó, tomando papel de un mueble, y se limpió el ano. «Mierda, Alberto, esto va a doler mañana,» dijo, con una mezcla de dolor y satisfacción. Él se rio. «¿Cómo crees, tía? Tu culito va a pedir más mañana,» dijo, sin pena alguna. «Ya vete a dormir,» ordenó mi madre, pero él se negó. «No, dormiré todos estos días contigo,» respondió mi primo, «No, no vas a dormir conmigo. Vete a dormir con tu primo,» ordenó ella. Alberto se levantó y la besó. «¿Eres mía?» preguntó. «Ya sabes que sí, lo soy,» respondió mi madre, apartando la mirada. «Entonces dormiremos juntos” respondió mi primo, “Pero tu primo, ¿qué va a pasar si nos ve durmiendo juntos?» preguntó mi madre. «Dile la verdad. Dile que eres mi mujer,» dijo Alberto. «No haré eso,» respondió mi madre, molesta. «Aún debemos ver qué haremos con el embarazo,» dijo, tocando su vientre. Alberto rio, como si fuera algo gracioso. «Pues di la verdad. Que encontraste un hombre que sí te sabe follar.” dijo mi primo, “ Para ti todo es fácil,» dijo mi mamá. «Solo por esta noche dormiremos juntos, ¿entendido?» preguntó mi madre. Alberto no le respondió, solo se metió en la cobija. Mi madre se levantó rumbo a la puerta donde yo estaba. Me alejé a mi habitación y solo escuché cómo cerraba. El resto de la noche, ellos volvieron a follar como siempre. Sus gemidos se escuchaban en mi habitación, creando una atmósfera cargada de lujuria.

Los días pasaban y mi madre no dejaba de aparearse con mi primo. Por lo regular, lo hacían de noche y por la mañana se levantaban tarde. Incluso una vez, vi salir a mi primo y a mi madre de la habitación. Mi madre me miró nerviosa y asustada. «Hijo, ¿qué haces?» dijo, como si no pudiera hablar. “Que hace mi primo solo en ropa interior” pregunte, «Es que tu primo se sentía mal y lo cuidé toda la noche. Igual que cuando te cuido a ti,» respondió, intentando sonar natural. «Entiendo, pero ¿por qué está en ropa interior?» insistí, preguntando. Para mí era divertido, ya que ya sabía lo que hacían, solo quería ver su reacción. «Es que tenía temperatura alta, hijo. Ya está mejor,» dijo mi madre, con una sonrisa forzada. «Ah, ¿sí?» pregunté, sin creerle del todo. «Sí, ya está mejor,» repitió, intentando sonar convincente. Como si quisiera alejarme, se dirigió al baño. «Bueno, hijo, ahorita hablamos,» dijo, y sin esperar respuesta, se escabulló al baño. «Es que ya no aguanto,» murmuró, antes de cerrar la puerta detrás de ella.

Mientras los días pasaban, comencé a disfrutar más de ver y oír a mi madre follando con mi primo. Incluso llegué a masturbarme al escuchar sus gemidos y jadeos. Al principio me sentía mal por hacerlo, pero con el tiempo dejé de sentir esa culpa. Empecé a disfrutar poniendo en apuros a mi madre. Una madrugada, los escuché follando en el baño. Me acerqué y toqué la puerta. Sus gemidos se detuvieron en seco. «Hijo, en un momento salgo,» dijo mi madre. «Perdón, mamá, es que ya no aguanto. Por favor, no tardes mucho,» respondí, sonriendo. «No te preocupes, ve a tu habitación y te aviso cuando esté disponible el baño. Voy a tardar un poco. Me parece que me cayó mal algo de la cena,» explicó. «No te preocupes, yo espero aquí,» respondí. «No, hijo, ¿cómo crees que vas a esperar ahí afuera? Me da vergüenza. Vete a tu habitación,» insistió mi madre. «De acuerdo,» respondí, alejándome solo para ver por mi puerta cómo abrían la puerta del baño. Mi madre se asomó, mirando a todos lados, y luego salió desnuda, con mi primo detrás de ella. No tardó mucho en salir de su habitación con su bata puesta. «Ya puedes pasar al baño, hijo,» dijo entrando a mi habitación. Me levanté. «Oye, mamá, ¿y mi primo?» pregunté. «Tu primo,» respondió ella, evasiva. «No está. Mira,» dije, señalando a donde supuestamente debería estar dormido. «No sé, hijo. Lo mejor está en la cocina,» respondió, intentando sonar convincente. «Bueno, ya no pierdas tiempo. Ve al baño,» ordenó. «Tu primo debe estar en algún lugar de la casa,» añadió, antes de dirigirse a su habitación. Yo me quedé ahí, con una sonrisa pícara, sabiendo que había logrado incomodarla, y disfrutando de cada segundo de esa situación tensa y cargada de tensión.

En la mañana, mi primo entró a mi habitación. Me miró sonriendo, con una sonrisa que delataba una travesura. «No molestes a tu mamá. Me dijo que se sentía mal,» comentó, como si fuera lo más natural del mundo. «¿Mal? ¿Qué tiene?» pregunté, alarmado. «Nada, solo no entres a su habitación. Déjala descansar,» respondió, tomando su maleta. «¿A dónde vas?» inquirí. «Iré por otros cambios de ropa,» dijo, y tomando solo una maleta, salió de mi habitación y de la casa. Fui a ver a mi mamá, toqué la puerta, pero no respondió. Comencé a preocuparme, así que fui por los juegos de llaves extra y abrí su puerta. La vi desnuda y atada en las orillas de la cama, con los ojos vendados. En su boca, una mordaza con una bola, atada de tal forma que tenía las manos levantadas y las piernas abiertas, dejando ver su sexo velludo. En su ano, el juguete de bolas estaba metido hasta la mitad, y en su vagina, un dildo vibrante. Gemía y babeaba, no sabía si era consciente de que mi primo se había ido de casa por más ropa y la había dejado así. Era mucha la tentación de verla así. De inmediato, sentí cómo mi pene se ponía duro. Me acerqué a ella, tomé el vibrador y lo saqué de su vagina. Se movió, noté cómo gemía, pero sus gemidos se ahogaban por la mordaza. La tentación fue demasiada, así que volví a meterlo, viendo cómo su cuerpo se contoneaba lentamente. Comencé a meter y sacar, observando cómo su cuerpo respondía, disfrutando por completo, dejando el juguete lleno de sus fluidos. «Mmm, mmm,» gemía, tratando de hablar a través de la mordaza, pero solo salían sonidos ahogados. Su cuerpo se arqueaba con cada movimiento, mostrando claramente que estaba en un estado de éxtasis total. «Te gusta, ¿verdad, mamá?» me dije a mi mismo. continué, mientras seguía moviendo el vibrador dentro de ella, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían alrededor del juguete. «Quieres más, ¿eh?» pensé, con una sonrisa, aumentando el ritmo. Su respiración se volvió más rápida y superficial, y sus gemidos se intensificaron, mostrando lo mucho que disfrutaba de la situación. «Eres una zorra, lo sabes, ¿verdad?» pensé sin decir una palabra.

Mientras seguía usando el vibrador, comencé a meterle el juguete de bolas, una a una, como había visto a mi primo hacerlo. «Mmm, mmm,» gemía mi madre, con los ojos vendados y la boca llena, incapaz de formar palabras coherentes. Continué mientras sentía cómo cada bola entraba, estirando y llenando su ano de una manera que la hacía retorcerse. «Eres toda una zorra, disfrutando de esto,» pensé, aumentando la presión mientras empujaba la última bola. «Mmm, mmm,» gemía mi madre, con gemidos ahogados, mostrando claramente su placer. Dejé el juguete totalmente dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a la intrusión. Luego, con un movimiento lento y deliberado, comencé a jalar de él, sacándolo poco a poco, disfrutando de cada centímetro que salía, observando cómo su cuerpo se contraía y se relajaba con cada movimiento. De repente, mi madre se tensó tanto que de su vagina arrojó chorros, arqueándose con un grito ahogado por la mordaza. Me levanté, admirando lo que sucedía a pocos centímetros de mí, apoderado por la lujuria. Me quité mi pijama, dejando mi pene al descubierto. Me acerqué y le quité la mordaza de la boca. «Alberto, déjame descansar un poco,» dijo mi madre, entre jadeos. «¿Así que piensas que soy mi primo?» me dije a mí mismo, sin perder la oportunidad. Me acerqué y acerqué mi pene a su boca. «Alberto, espera,» comenzó a decir, pero antes de que terminara, metí mi pene en su boca. «Mmm, mmm,» gemía, con los ojos aún vendados, mientras comenzaba a mover mi cadera, follándole la boca con embestidas profundas y constantes, mientras ella se esforzaba por tomar todo mi longitud, sus labios y lengua trabajando incansablemente. «Sí, así, mamá, chúpalo,» ordené en mis pensamientos, aumentando el ritmo, disfrutando de la sensación de su boca caliente y húmeda alrededor de mi pene. «Mmm, mmm,» respondía, con gemidos ahogados, mientras yo me movía dentro de ella, perdiendo el control, saqué mi pene de su boca y ella dijo “Alberto, fóllame, pero desátame, amor”. Le puse la mordaza nuevamente, a lo que noté que no le gustó ya que no dejaba de murmurar algo que no entendía. Ya llegué hasta aquí, me dije a mí mismo. Así que me coloqué entre sus piernas abiertas y la penetré sin pensarlo dos veces.

La penetraba, sintiendo cómo su interior palpitaba alrededor de mi pene, envolviéndolo con un calor intenso y húmedo. Cada embestida era una explosión de placer, y podía sentir cómo sus músculos internos se contraían y se relajaban, masajeando mi miembro de una manera que me volvía loco. «Te sientes tan bien,» me dije a mí mismo, mientras aumentaba el ritmo, moviéndome más rápido y con más fuerza. «Te voy a llenar. Lo vas a sentir todo,» pensaba, mientras observaba cómo sus senos rebotaban con cada movimiento, hipnotizado por la visión de su cuerpo desatado. «Te sientes increíble, tan apretada,» pensaba, con los dientes apretados, mientras mi cuerpo se tensaba, acercándome al borde del abismo. «Mmm, mmm,» gemía ella, con voz ahogada por la mordaza, arqueando la espalda para recibirme más profundamente. «Te voy a dar todo. Lo vas a sentir todo,» decía en voz baja. «Mmm, mmm,» respondía, con gemidos desesperados, perdida en la intensidad del momento. «Me voy a correr,» anunció en silencio, con los dientes apretados, mientras sentía cómo mi orgasmo se acercaba y con un último empujón, me vine dentro de ella, llenándola por completo sentía como me vaciaba, perdiéndome en la intensidad del momento, con su cuerpo aún temblando, me parte de ella, viendo como mi semen salía de su vagina, tome nuevamente el vibrador y se lo meti, solo para mirar cómo disfrutaba, al final decidí soltarla solo de una mano para que ella se pudiera soltar por sí misma y me diera tiempo de salir de la habitación, me dirigí a mi habitación y me acosté nuevamente en mi cama, sabiendo que lo primero que haría ella sería buscar a mi primo. La verdad, demoró más de lo que pensaba. Cuando escuché abrir su puerta y sus pasos hacia mi habitación, entré en alerta. Abrió la puerta y entró con el cabello totalmente despeinado. Podía notar las marcas de las ataduras en sus brazos. «Hijo, ¿y tu primo dónde está?» preguntó, con una mezcla de preocupación y enojo. «No tiene mucho que entró por una maleta y se fue. Según él, por ropa,» respondí, tratando de sonar lo más natural posible. «Ese cabrón, al menos tuvo la consideración de soltarme una mano,» habló en voz alta, más para sí misma que para mí. «¿Pasa algo?» pregunté, intentando sonar indiferente. «No, nada, hijo. Estoy hablando sola. Tienes una mamá algo loca,» respondió, con una sonrisa forzada, antes de salir de mi habitación, dejándome con un montón de preguntas y una sensación de satisfacción.

Continuara…

15 Lecturas/19 enero, 2026/0 Comentarios/por lordlunatico
Etiquetas: hermana, hijo, madre, mayor, padre, sexo, tia, vacaciones
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