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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Fetichismo

Mi vecinito y yo. Pt2

Después de ese pequeño incidente, no ocurrió nada, decidí alejarme unos días de ese evento y distraerme..
El calor hoy está insoportable. Siento como si el sol trajera algo personal conmigo, pegándome directo en la piel. Aunque, siendo honesta, me gusta cómo se ve mi piel cuando sudo un poquito; se pone más dorada, como si me hubieran barnizado en aceite.

Voy caminando hacia el Oxxo porque se me antojó una Coca Light bien fría. No pienso caminar rápido. Primero, porque hace calor, y segundo, porque mis tacones no son para correr maratones. Además, ¿cuál es la prisa? Que el mundo me espere.

Me veo en el reflejo de un coche estacionado mientras paso. Me veo increíble, la verdad. Hoy decidí ponerme algo «fresco», aunque mi mamá diría que salí encuerada.

Traigo este top de encaje negro, tipo bustier. Es pura transparencia y varillas. Me aprieta la cintura que, modestia aparte, hoy se ve más plana que nunca, pero arriba es un problema. El encaje apenas y sostiene a estas dos. Siento que en cualquier bache van a saltar. El escote es tan profundo que prácticamente traigo todo el pecho al aire, solo cubierto por una telita negra que no deja nada a la imaginación. Se ve el contraste de mi piel morena con el negro y, la verdad, resalta demasiado.

Abajo me puse una minifalda de tablones blanca. Es ridículamente corta. Me la compré pensando que era «coqueta», pero con este trasero que me cargo, la falda se levanta de atrás a cada paso que doy. Siento el aire en las nalgas. Literalmente. La tela se me mete entre las piernas y tengo que andar jalándola hacia abajo disimuladamente, aunque sé que no sirve de nada. Mis muslos van rozando, suaves, pesados.

La gente se me queda viendo. Obvio. Un señor que barría su banqueta casi se desnuca cuando pasé. Ni lo volteé a ver. Me da igual. Estoy acostumbrada a que se les caiga la baba. Es su problema, no el mío. Yo me visto para mí, porque me gusta ver cómo se me ve la ropa, no para darle show a los nacos de la colonia.

Llego a la esquina y suspiro, fastidiada. Me acuerdo del «incidente» del otro día en el parque con el vecinito ese. El rarito.

Ay, no. Qué flojera. Todavía no entiendo por qué dejé que se acercara tanto. Supongo que me dio lástima, o curiosidad, no sé. Se veía tan… tonto. Tan pasmado viéndome. Cuando me tocó la tela del vestido, le temblaba la mano como si estuviera desactivando una bomba. Fue patético, pero tierno, de una forma muy retorcida.

Pero luego salió la loca de su mamá a gritar como verdulera. Qué oso. No, gracias. No tengo ganas de dramas de vecindad.

Por eso he estado evitando pasar por su casa. No porque me importe el niño, ni al caso. Es un niño, por Dios. Actúa como si tuviera cinco años mentalmente. Pero la mamá me da una flojera… me mira como si yo fuera el diablo en tacones. Y bueno, tal vez sí soy mucha pieza para su hijo y para su calle, pero tampoco es para que me armen escándalos.

Entro al Oxxo y el aire acondicionado me pega de golpe. Qué delicia.

Camino hacia los refrigeradores. Siento cómo la falda se me sube otro centímetro. El cajero, un chavo con cara de granos, deja de cobrarle a una señora para mirarme. Le veo los ojos clavados en mi escote, en cómo el encaje negro se estira luchando contra mi busto.

—¿Tienen hielo? —pregunto, sin mirarlo, abriendo el refri de las sodas.

—Eh… sí, sí… al fondo —tartamudea.

Ruedo los ojos. Hombres. Todos son iguales, desde los niños bobos como el vecino hasta estos inútiles.

Agarro mi refresco y camino a la caja, moviendo la cadera lento, sintiendo cómo mis nalgas rebotan con la falda de tablones. Si van a mirar, que les cueste. Yo solo quiero mi Coca y regresar a mi casa a ponerme el ventilador enfrente. No estoy para aguantar tonterías de nadie hoy.

Pago la Coca y el cajero me da el cambio rozándome la mano más de lo necesario. Qué asco. Me le quedo viendo feo, con esa mirada de «no te equivoques, naco», y el pobre se pone rojo hasta las orejas. Agarro mi botella fría y me doy la media vuelta, haciendo que mi pelo le de un latigazo al aire. Escucho cómo traga saliva atrás de mí. Pobre iluso.

Salgo otra vez al infierno de la calle. El sol me pega de lleno en el pecho y siento cómo las gotas de sudor empiezan a correr por el canalito entre mis senos, bajando por debajo del encaje del top. La sensación es pegajosa, pero sé que hace que la piel se vea brillosa, así que no me quejo tanto.

Camino unos pasos, taconeando fuerte, cuando lo veo.

Ahí está. Afuera en la calle, sentado en la banqueta como niño regañado, jugando con sus carritos.

El vecinito trae una playera de superhéroes que ya le queda rota y unos shorts aguados. Tiene las rodillas raspadas, como si se la viviera en el suelo.

—Ay, no… —pienso, rodando los ojos. Hago como que no lo veo. Me pongo los lentes de sol y trato de pasar de largo, moviendo las caderas con más fuerza para marcar territorio y que se quite de mi camino.

Pero claro, su radar detecta movimiento. O tal vez detecta el tamaño de mi sombra tapándole el sol.

Levanta la cabeza.

Se queda con la boca abierta, igual que el del parque, pero este es más descarado porque es tonto. No tiene filtro.

Sus ojos se van directo a mi top. Al encaje negro que apenas detiene mis pechos. Se le quedan pegados ahí, en los huequitos de la tela por donde se asoma mi piel morena.

—Hola, Némesis… —dice, arrastrando las palabras, poniéndose de pie de un salto. Se limpia las manos sucias en el short.

Yo sigo caminando, ni me detengo.

—Quítate, estorbas —le digo seca, sin voltear a verlo, dándole un trago a mi Coca.

Pero él me sigue. Se pone a mi lado, caminando a tropezones para seguir mi ritmo, aunque yo voy lento. Me llega apenas al hombro.

—Oye… —insiste, señalándome el pecho con su dedo mugroso—. Tu blusa está rota.

Me detengo en seco y lo miro hacia abajo, por encima de mis lentes.

—¿Qué? —pregunto, fastidiada.

—Que está rota —repite, muy serio, ladeando la cabeza como perrito confundido—. Tiene muchos hoyos. Se te ve la piel de adentro. Se te ven las… las bolas.

Siento una mezcla de indignación y risa. «Las bolas». Qué manera tan fina de hablar.

—No son «bolas», idiota. Y no está rota, es encaje. Es moda. Algo que tú no conoces porque te viste tu mamá.

Me acomodo el top, jalándolo un poco hacia arriba, lo cual solo hace que mis pechos reboten y se acomoden más apretados, juntándose más.

Él sigue el movimiento con los ojos, hipnotizado.

—Parecen telarañas… —murmura, y estira la mano, como si quisiera tocar un agujerito del encaje—. ¿Si le pico al hoyo se rompe?

Le doy un manotazo en la mano, seco.

—¡No me toques! —le regaño, como si fuera un perro callejero—. Tienes las manos llenas de tierra. Me vas a ensuciar.

Él soba su mano, pero no se asusta. Al contrario, se ríe. Una risita boba.

—Es que se ven suavecitas… —dice, bajando la voz, mirando mis piernas—. Y tu falda también está chiquita. Parece cinturón. Se te ven los calzones si te agachas.

—Pues no me voy a agachar, así que deja de estar de mirón —le contesto, retomando mi camino.

Él sigue ahí, pegado a mi cadera.

—Mi mamá dice que esa ropa es de… de mujeres de la vida galante —suelta de repente, con esa inocencia venenosa.

Me paro otra vez y me río, una risa corta y arrogante.

—Tu mamá es una amargada que se viste con cortinas —le digo, mirándolo a los ojos—. Y tú eres un mocoso que debería estar viendo la tele, no viéndome las chichis.

—No te estoy viendo las chichis… —miente, poniéndose rojo, pero bajando la mirada otra vez a mi escote—. Te estoy viendo el collar.

No traigo collar. Niego con la cabeza. Es increíble. Es tan patético que hasta me sube el ego. Soy una diosa inalcanzable para este pobre diablo.

—Ya vete a tu casa, niño. O le voy a decir a tu mamá que andas molestando y te va a castigar sin recreo.

Sigo caminando hacia mi casa, sintiendo su mirada clavada en mi trasero. Sé que está viendo cómo se mueven los tablones de la falda. Sé que está viendo mis muslos rozarse.

Y aunque me hago la digna y la inalcanzable, en el fondo, me gusta saber que lo dejo así: pasmado, tonto y con ganas de tocar lo que nunca va a tener.

Camino el resto de la cuadra sin voltear, pero no soy estúpida. Escucho sus pasos arrastrados detrás de mí. Sshh, sshh. Sus tenis viejos contra el pavimento. Me viene siguiendo como perrito sin dueño, manteniendo su distancia, pero ahí está.

El sol me está matando. Siento cómo el sudor se acumula en la espalda baja, justo donde termina el top de encaje y empieza la piel desnuda antes de la falda. Seguro me veo brillosa, como si me hubieran barnizado. Me paso la botella de Coca fría por el cuello y el pecho, dejando que la condensación moje mi piel morena. El agua fría escurre y se mete entre mis senos, desapareciendo en el escote.

Suspiro fuerte.

—Ay, qué rico… —murmuro para mí, cerrando los ojos un segundo.

Llego a la reja de mi casa.

Empiezo a buscar las llaves en mi bolsa, que es un desastre.

Dejo la Coca en el murito de la entrada.

Me agacho un poco para buscar mejor. Grave error. O tal vez lo hice a propósito, quién sabe.

Al inclinarme, la minifalda de tablones se dispara hacia arriba. Siento la brisa caliente dándome directo en la parte baja de los glúteos y en los muslos traseros. Prácticamente le estoy enseñando todo al vecindario. Y al enano que viene atrás.

—Se te ve la raya… —escucho su voz, justo a mi lado.

Me enderezo de golpe, aventando el pelo hacia atrás.

Ahí está. Recargado en mi reja, con la cara pegada a los barrotes, viéndome las piernas con una fascinación que raya en lo obsesivo.

—¿Me vienes siguiendo o qué te pasa? —le reclamo, poniendo una mano en mi cintura. El movimiento hace que mi cadera se disloque hacia un lado y el top de encaje se estire peligrosamente.

Él no se inmuta. Señala mi pierna.

—No te seguía… mi casa está al lado, ¿te acuerdas? —dice con lógica aplastante de niño—. Y se te ve la raya de las nalgas. Tienes un lunar ahí.

Me pongo roja de coraje. Sí tengo un lunar ahí. ¿Cómo demonios la vio? Ah, claro, porque mi falda es un cinturón y él tiene vista de águila para lo que le conviene.

—Eres un grosero —le digo, agarrando mis llaves—. Deja de ver mis nalgas.

—Es que son muy grandes —se defiende, encogiéndose de hombros—. Son como dos almohadas gigantes. Y chocan cuando caminas. Pum, pum.

Hace el gesto con las manos, chocando sus puños.

—Parece que se están peleando allá atrás.

Me muerdo el interior del cachete para no reírme. Es tan ridículo.

—Largo de aquí —le ordeno, metiendo la llave en la cerradura.

Pero él no se va. Se queda viendo mi pecho.

Ve las gotas de agua de la botella que se escurrieron por mi escote.

—Estás llorando… —dice, señalando mi busto.

—¿Qué?

—Tus… tus cosas. Están llorando agua. Están sudadas.

Se acerca un paso, invadiendo mi espacio personal. Huele a tierra y a chicle de fresa.

—Se ven resbalosas. Como tobogán de parque acuático.

Me quedo quieta, con la llave a medio girar.

Su comentario es tan estúpido y tan gráfico que me deja pensando. Me imagino la escena: él resbalando por mi piel mojada.

—Es sudor, tonto. Hace calor.

—¿Me regalas tantito? —pregunta de la nada.

—¿Tantito qué? ¿Coca?

Niega con la cabeza.

—Tantito sudor. Tengo sed. Y se ve brilloso. Se ve rico. Como jarabe.

Lo miro con incredulidad.

¿Me está pidiendo beber mi sudor?

Es un asqueroso. Es un pervertido en potencia envuelto en empaque de niño bobo.

Y sin embargo… la idea me recorre la espalda como un corrientazo eléctrico. La arrogancia se me sube a la cabeza. Soy tan inalcanzable, tan «diosa» para él, que se conformaría con mis sobras, con mis fluidos.

Me inclino hacia él, despacio, apoyando una mano en la reja, quedando mi cara frente a la suya, separada por los barrotes. Mi escote queda a la altura de sus ojos. El olor a mi perfume mezclado con sudor le debe estar golpeando la cara.

—¿Quieres probar? —le pregunto, bajando la voz, retándolo, segura de que se va a asustar.

Él abre los ojos y la boca. Asiente despacito.

—Sí…

Me paso el dedo índice por el canalillo de los senos, recogiendo una gota espesa de sudor y condensación.

Saco el dedo, brillante y húmedo.

Se lo pongo frente a los labios a través de la reja.

—A ver si es cierto, perro faldero.

Él no lo duda.

Saca la lengua y lame mi dedo.

Su lengua es rasposa, caliente. Me lame la yema, el nudillo. Chupa con fuerza, succionando mi piel.

Siento un jalón en el vientre bajo.

—Mmm… —hace un ruidito de satisfacción—. Sabe a sal. Y a dulce. Sabe a ti.

Retiro el dedo bruscamente, asustada de mi propia reacción y de su atrevimiento.

Me limpio el dedo en mi falda, sintiendo el corazón acelerado.

—Cochino —le digo, pero ya no sueno tan enojada. Sueno… alterada—. Ya vete. Antes de que salga tu mamá y piense que te estoy envenenando.

Abro la reja rápido, me meto y cierro de un portazo en su cara.

Me recargo en la puerta por dentro, respirando agitado.

—Pinche niño raro… —susurro, tocándome el pecho que sube y baja—. Me lamió el dedo.

Y lo peor es que me gustó. Me gustó ver cómo se humillaba por una gota de mí. Me siento poderosa. Me siento intocable. Y me siento increíblemente caliente.

21 Lecturas/22 enero, 2026/0 Comentarios/por NinfaDeAgua
Etiquetas: culo, desnuda, hijo, metro, parque, vecinito, vecino
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