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Dominación Mujeres, Fetichismo, Voyeur / Exhibicionismo

Mujer rica.

Tiene ganas que la degraden..
En un barrio donde el dinero mandaba, una mujer esperaba en la acera, una mujer esperaba en la acera, envuelta en un abrigo de pieles que la protegía del frío. Todo en ella rezumaba riqueza: joyas que deslumbraban, pelo perfectamente peinado, tacones que resonaban con autoridad. Si algún hombre se atrevía a saludarla, lo fulminaba con una mirada gélida, sus ojos cortantes como cuchillos, su actitud de diva un escudo infranqueable. Era la reina de su mundo de lujo, intocable.

De repente, una limusina negra se detuvo junto a ella, silenciosa como un felino. Una chica joven, vestida con un uniforme anticuado de los años 20, abrió la puerta trasera con un leve gesto. La chófer era una visión de belleza austera: el cabello negro recogido bajo una gorra de visera, los labios rojos como sangre fresca, y un cuerpo que convertía el uniforme en una provocación. Sus pechos, enormes y perfectamente delineados bajo la chaqueta ajustada, parecían desafiar la gravedad y la decencia, tensando la tela hasta el límite. No dijo una palabra, pero su presencia era magnética, una promesa de secretos oscuros.

La mujer rica entró, y al cerrarse la puerta, todo cambió. Era como Pretty Woman al revés: la reina del lujo convertida en una puta barata. En el asiento trasero estaba “EL HOMBRE”, una figura sin rostro, puro dominio. Ella dejó caer el abrigo, dejando ver una lencería negra, cara y diseñada para seducir. El sujetador apenas contenía sus pechos, grandes, con pezones ya marcados bajo el encaje, endurecidos por la emoción. Él le había dicho cómo vestirse, y ella, obediente, lo cumplió.

La limusina arrancó, deslizándose por las calles nocturnas. Dentro, el aire olía a cuero, champán y deseo puro. La mujer, sin su orgullo, era ahora un juguete en manos del hombre, lista para ser usada. En el retrovisor, los ojos de la chófer, fríos como el acero, vigilaban cada movimiento y su mirada silenciosa avivaba la tensión.

 

—Quítatelo todo —ordenó él, con voz cortante.

 

Ella obedeció, dejando caer el sujetador como si fuera un trapo sin valor. Sus pechos, libres, eran impresionantes: grandes, firmes, con pezones oscuros y duros como piedras. Los mostró con orgullo, arqueando la espalda para que la luz los iluminara, sabiendo que él y la chófer los miraban. Sus manos los apretaron, haciendo los pezones aún más prominentes, un espectáculo para ambos.

Él agarró un pecho con fuerza, apretando hasta que ella gimió. Sus dedos encontraron un pezón, tirando con rudeza y precisión, estirándolo hasta que ella se arqueó, entre el dolor y el placer.

 

—¿Esto es lo que querías, no? —susurró él al oído, apretando más—. Enseñar lo que eres.

 

Ella no respondió, solo dejó escapar un gemido, buscando el retrovisor. La chófer la miraba de reojo, sin expresión, pero esa mirada era como un incendio. La mujer rica imaginó lo que veía: una ricachona convertida en un espectáculo subido de tono, sus pechos manejados como juguetes, sus pezones rojos e hinchados. Pensar en ser observada por esa figura silenciosa, con sus propios pechos apretados en el uniforme, la encendía más.

Él tomó una botella de champán y la derramó sobre sus pechos. El frío la hizo jadear, pero no se movió, dejando que las gotas resbalaran, acumulándose en los pezones antes de caer. Él se inclinó, atrapó un pezón con la boca, chupando fuerte, sus dientes rozando la piel mientras ella se retorcía, atrapada entre el dolor y el éxtasis. Su otra mano seguía en el otro pecho, pellizcando hasta que ella tuvo lágrimas de placer.

En el retrovisor, la chófer ajustó el espejo, y por un segundo, sus ojos se cruzaron. No había palabras, pero el desprecio en la postura de la chófer, en cómo sus pechos subían con cada respiro, era claro. “Puta”, parecía decir sin hablar, y esa palabra imaginada hizo que la mujer rica se entregara más, abriendo las piernas, invitándolo a todo.

Él sacó unas pinzas de metal, pequeñas pero precisas. Ella contuvo el aliento cuando las acercó a sus pezones, ya sensibles. Las pinzas mordieron uno, haciéndola soltar un grito ahogado, luego el otro, apretadas justo para doler. Sus pechos, con las pinzas, parecían aún más grandes, los pezones hinchados, un espectáculo intenso.

 

—Muévelos —dijo él, echándose atrás para mirar.

 

Ella obedeció, moviendo los hombros para que sus pechos se balancearan, las pinzas añadiendo un peso que dolía y excitaba. Sus ojos volvieron al retrovisor. La chófer, impasible, no quitaba la vista, sus pechos subiendo y bajando, como si estuviera absorbiendo cada detalle. La mujer rica imaginó lo que pensaría: una mujer con todo, ahora reducida a un show de lujuria, sus pechos el centro de su degradación. Eso la excitaba más.

Él tomó una cuerda y empezó a atarle los pechos, apretando la base de cada uno hasta que se hincharon, la piel tensa y brillante. Los pezones, atrapados por las pinzas, parecían a punto de estallar, y cada roce de la cuerda la hacía gemir. Él tiró de la cuerda, forzándola a arquearse, y luego dio un par de palmadas ligeras, haciendo vibrar las pinzas. Ella gritó, borracha de lujuria, se esforzaba por complacerlo, queriendo que la chófer lo viera todo.

La limusina giró, una farola iluminó los pechos, rojos e hinchados. La chófer ajustó el retrovisor otra vez, y esta vez, la mujer rica vio algo en sus ojos: no solo desprecio, sino una chispa de fascinación. Esa mirada la llevó al límite. Se inclinó hacia él, ofreciendo sus pechos, rogándole en silencio que los usara, que la marcara, que la convirtiera en la más vulgar de las putas.

Él no la decepcionó. Quitó las pinzas de un tirón, haciendo que la sangre regresara a los pezones con una explosión de dolor. Luego tomó los pezones con la boca, uno tras otro, succionando con una ferocidad que la hizo gritar. Sus manos apretaban los pechos, dejando marcas rojas en la piel, mientras ella se retorcía, sus gemidos llenando la limusina. La chófer seguía mirando, sus pechos subiendo más rápido, como si la intensidad del espectáculo la afectara a pesar de su silencio.

Él cambió el juego. La puso de rodillas en el suelo, cara contra el asiento de cuero, y la tomó por detrás, sin delicadeza, sin miramientos. Cada embestida era un recordatorio de su lugar, cada insulto susurrado un trofeo. Sus pechos, sensibles, rozaban la alfombra, los pezones frotando, enviando descargas de placer a través de su cuerpo. Cuando él terminó, la cambió de postura para correrse sobre sus pechos, marcándolos con gotas blancas que resbalaban, acumulándose en los pezones. Ella lo aceptó con satisfacción, sus dedos deslizándose por la superficie pegajosa, untando el líquido sobre sus pezones, saboreando la humillación como si fuera un elixir.

Siempre, en el borde de su vista, estaba la chófer, su mirada un recordatorio de su caída. Cuando él acabó, la mujer era un desastre: pelo revuelto, maquillaje corrido, oliendo a sexo. Sus pechos, marcados por la cuerda, las pinzas y el semen, eran la prueba de su degradación. Los tocó con orgullo, como si fueran medallas.

 

La limusina paró donde la recogió. La chófer abrió la puerta. Como un último acto de humillación, el hombre le tiró a los pies la lencería destrozada y un puñado de calderilla. Ella se agachó, recogiendo las monedas y la tela sucia del suelo, sus dedos temblando de emoción, el semen aún pegajoso en su piel.

 

La chófer la miró, y en sus labios rojos se formó una palabra, un susurro apenas audible: “puta”. La limusina se alejó, dejándola sola en la acera, envuelta de nuevo en su abrigo de pieles. La mujer volvió a casa, a su vida de lujo, pero en la mano llevaba su lencería sucia, unas pocas monedas y el recuerdo pegajoso de su degradación, agarrados con fuerza, como si fueran el más valioso de los trofeos.

Epílogo: La Chófer

Horas después, en un garaje privado donde la limusina descansaba como un animal dormido. La chófer estaba sola, el uniforme un poco desabrochado, la chaqueta abierta para liberar sus pechos. . Bajo el traje, un liguero negro abrazaba sus muslos, las ligas tensas contra la piel pálida, un secreto que nadie más conocía. El tacto de las medias de seda contra sus piernas era una caricia constante, un recordatorio de su propio poder, de su control.

Se apoyó contra la limusina, el metal frío contra su espalda, y cerró los ojos. La imagen de la mujer rica seguía quemando en su mente: los pechos hinchados, los pezones torturados, el semen resbalando por su piel como una marca de propiedad. La chófer había observado todo, su rostro una máscara de indiferencia, pero el calor entre sus piernas había crecido con cada gemido, cada humillación. Ahora, en la soledad del garaje, no había necesidad de fingir.

Sus manos, aún con los guantes de cuero, se deslizaron bajo la falda. Los dedos tocaron el liguero, rozando las medias con cuidado, casi como un ritual. El uniforme era su armadura, su fetiche, parte de su poder. Cada botón, cada costura, le recordaba quién era: la que mira, la que juzga, la diosa callada. Deslizó un dedo bajo las medias, tocando la piel sensible donde el liguero se anclaba, y un escalofrío la recorrió.

Imaginó a la mujer rica de rodillas, los pechos marcados, el semen brillando. Pero en su fantasía, ella tomaba el mando. Sus dedos se movieron más rápido, apretando contra su calor, el cuero de los guantes dando un roce delicioso. El liguero se tensó contra sus muslos, un pellizco que la anclaba al momento. Se imaginó desabrochando el uniforme lentamente, dejando sus propios pechos libres, convirtiéndose en el centro del espectáculo.

El clímax llegó como un rayo, silencioso pero brutal, su cuerpo temblando contra la limusina. El liguero, las medias, el uniforme: todo era parte de su ritual, un culto privado a su deseo. Cuando abrió los ojos, respiraba pesado, pero su cara volvió a la calma. Ajustó el liguero, abrochó la chaqueta y se colocó la gorra. El garaje estaba en silencio. Nadie sabría jamás lo que había sucedido, pero el liguero, escondido bajo el uniforme, era su trofeo secreto, tan valioso como las monedas de la mujer rica.

 

7 Lecturas/17 enero, 2026/0 Comentarios/por maturanga
Etiquetas: borracha, chica, culo, joven, mujer, puta, semen, sexo
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