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Dominación Mujeres

Noches con él (Reboot)

Juliana tenía diecinueve años cuando dejó atrás el caos de Venezuela. Su trayecto había sido largo y lleno de pausas forzadas, vigilias sin luz, y una noche espesa en la que creyó que no llegaría más lejos. Pero llegó. .
A un edificio frío de Bogotá, donde el tiempo parecía suspendido y los sueños dormían detrás de puertas cerradas. Ni Juliana ni Juan planearon nada de lo que sucedió después. Fue todo improvisado, casi accidental. Es más, si alguien de su entorno —alguno de los pocos con quienes compartían silencios o rutinas— hubiera mencionado siquiera la posibilidad de lo que vendría, lo habrían negado sin dudar. Porque lo que ocurrió entre ellos no era algo que se dijera en voz alta. Era de esas cosas que, si se nombran demasiado pronto, se rompen.

 

Juliana y Juan se conocieron allí, era un refugio para migrantes, donde ambos buscaban un poco de estabilidad. Juliana, con su cuerpo de mujer hecha, pero con la inocencia de una adolescente, había escapado de una situación peligrosa en su país. Juan, por su parte, era un joven de veintitrés años, religioso y disciplinado, que había encontrado en la música y la fotografía una forma de expresar lo que no podía decir con palabras.

 

—No sé… siento estaríamos más seguros en el auto —dijo Juan, con la mirada clavada en el retrovisor empañado.

 

Juliana soltó una risa breve, sin humor, mientras se ajustaba la capucha.

 

—Si. No creo que estén esperándonos con chocolate caliente.

 

El silencio volvió a instalarse entre ellos, denso. Juliana no quitaba la vista de la calle, pero no miraba realmente. Pensaba en todo lo que no habían dicho, en lo que ahora pesaba entre los dos.

 

—Es por el dinero —murmuró ella, como si necesitara recordárselo.

 

Juan asintió. Una vez. Lento.

 

—Necesito aire. —dijo ella, con un leve temblor en la voz.

 

—Baja la ventana.

 

Juliana asintió sin palabras. Bajó el vidrio. El motor rugía.

 

Juan casi no tenía amigos. Si acaso, algunas conexiones vagas que mantenía por medio de su computadora. Gente con la que hablaba de vez en cuando, intercambiaba música, ideas. Cuando estaba en casa, encerrado en su habitación entre cables, cuadernos y una guitarra desgastada, cada semana recibía pagos en su cuenta bancaria. Nadie sabía exactamente qué hacía. Y ahora, ni Juliana se atrevía a preguntar del todo.

 

No era misterio, era hábito. Juan era de esos que construyen una vida sin ruido, sin avisos. Su mundo estaba contenido entre la pantalla, los acordes y alguna que otra salida nocturna donde cantaba. Lo demás, lo importante, quedaba bajo llave.

 

Por su manera de vestir, Juliana lo supo apenas lo vio: Juan era religioso. Llevaba camisas abotonadas hasta el cuello, zapatos siempre limpios, y un aire contenido que delataba cierta rigidez aprendida. Había algo en su forma de hablar, de evitar las malas palabras, de agachar la cabeza al referirse a cosas íntimas, que le recordaba a los hombres que conoció en los cultos de su infancia.

 

Durante las primeras semanas, estuvo convencida de que pertenecía a alguna congregación evangélica o pentecostal. Confirmó su sospecha una tarde, cuando lo vio salir temprano, con la Biblia en la mano y una expresión solemne, como quien va a cumplir una tarea sagrada. Era domingo. Más tarde escuchó decir en la tienda que Juan predicaba en un grupo pequeño de jóvenes de su iglesia.

 

Le sorprendió. No porque creyera que la fe y la música fueran incompatibles, sino porque no lograba entender cómo alguien tan disciplinado y devoto podía también escribir canciones que parecían arrancadas del centro de una herida.

 

Pero con el tiempo, descubrió que Juan era muchas cosas a la vez. Y que, como ella, también estaba buscando.

 

Después de conducir por un largo camino, con ese silencio autoritario tan propio de su estilo, Juan finalmente habló.

 

—Este es el día en el que conocerás de donde viene el dinero que tengo

 

No lo dijo con rabia, ni con ternura. Lo dijo como se dicen las cosas cuando ya es demasiado tarde para fingir que no importan. Juliana lo miró de reojo, con las manos sobre sus piernas, aunque el auto ya estaba detenido. La ciudad respiraba a lo lejos, apenas un murmullo de luces.

 

Quiso responderle algo que tuviera sentido, pero solo le salió una verdad a medias.

 

—Ya lo presiento. Pero ya estamos aquí… confío en tí.

 

Juan desvió la mirada. Apretó la mandíbula. Y por un segundo, solo uno, pareció a punto de marcharse y dejarlo todo atrás.

 

Pero no lo hizo.

 

Se quedó.

Habían llegado puntuales. La puntualidad era algo sagrado para Juan, una costumbre heredada —quizás de la iglesia, quizás de su padre— que respetaba como si se tratara de una forma silenciosa de dignidad. Juliana, por su parte, lo había notado desde la primera vez que quedaron: nunca llegaba un minuto tarde, nunca un minuto después.

 

Aquella noche, ella iba hermosamente vestida. Había escogido el atuendo con cuidado, aunque sin saber del todo para qué. No lo había hecho con coquetería.

 

Entraron sin decir mucho. El lugar no era lujoso, pero estaba iluminado con calidez. Había comida en una mesa larga: pan, empanadas, jugos. Más allá, una mesa pequeña con cervezas y vasos de plástico. Se oía una playlist suave, una guitarra en bucle.

 

Juliana se movía con curiosidad medida, como si estuviera probando un idioma nuevo. Juan, en cambio, lo hacía con esa mezcla de incomodidad y formalidad que nunca lograba quitarse en los encuentros sociales.

 

Una mujer les dio la bienvenida apenas cruzaron la puerta. Sonrió con familiaridad, pero se dirigió exclusivamente a Juan, como si él fuera el único invitado esperado. Juliana se quedó unos pasos atrás, observando. Había algo en el tono de aquella mujer que le resultaba familiar —la forma suave pero firme de pronunciar ciertas palabras, la cadencia medida, casi ensayada—. Por un momento pensó que quizá compartían la misma iglesia, o al menos la misma doctrina. Pero bastó verla bien para que esa idea se desvaneciera: su forma de vestir no coincidía en absoluto con lo que Juliana conocía de los cultos. Llevaba una falda larga de telas coloridas, múltiples anillos y el cabello recogido de forma tan pulida que parecía parte de una puesta en escena.

 

Tras una breve conversación, la mujer por fin se volvió hacia ella. La miró con detenimiento, como quien examina algo que ha esperado mucho tiempo.

 

—Así que tú eres Juliana —dijo con una voz más cálida de lo que la joven esperaba—. Qué gusto conocerte. Te estábamos esperando. Juliana parpadeó, insegura. Se presentó, mucho más tímida de lo que se creía capaz, como si la atmósfera del lugar le hubiese robado algo de la seguridad que usualmente fingía tan bien.

 

La mujer, que se presentó como Tiffany, los invitó a pasar a la mesa mientras les sonrió con una naturalidad que contrastaba con el misterio de su presencia.

 

—Coman.

 

Durante la cena, quienes sostenían la conversación eran Juan y Tiffany. Juliana comía en silencio, atenta a cada palabra, sin entender del todo el hilo de lo que decían, pero escuchando como quien sabe que lo importante no siempre está en las frases, sino en los vacíos que las rodean.

 

Mientras cortaba trozos de pan y probaba el guiso espeso con arroz, pensó que jamás había visto tanta comida junta antes. Había carne, papas al horno, ensalada tibia, y un postre que parecía recién salido de una pastelería. Disfrutó lo que pudo. Comía despacio, como quien teme que se acabe, pero poco a poco fue olvidando que estaba en un lugar ajeno a su costumbre. La incomodidad pareció diluirse entre los sabores.

 

Entonces, Tiffany la trajo de vuelta.

 

—Si ya terminaste, puedes pasar a la ducha —dijo con una sonrisa medida, como si la frase fuera parte de una rutina prevista.

 

Juliana se quedó inmóvil un instante, cuchillo y tenedor aún en las manos. La miró, sin saber si había oído bien.

 

—¿Perdón?

 

—Arriba, a la izquierda. Te dejé ropa limpia. Te hará bien —añadió Tiffany, sin esperar respuesta, como si supiera de antemano que Juliana obedecería.

 

Juan no intervino. Solo bajó la vista hacia su plato.

 

Juliana se levantó con una mezcla de duda y resignación. A cada paso hacia la escalera, sentía que entraba en una escena que alguien más había escrito para ella. Pero subió.

 

El baño era grande y lujoso, más de lo que Juliana había visto en mucho tiempo. Mármol blanco en las paredes, un espejo amplio sin manchas, toallas gruesas dobladas con precisión sobre una silla de mimbre. No había nada fuera de lugar.

 

Al entrar, lo primero que notó fue un pequeño aparador de madera clara. Encima, cuidadosamente dispuesto, había un conjunto de ropa interior: blanco, sencillo, delicado. Juliana lo miró sin tocarlo.

 

Se desnudó en silencio, dejando caer la ropa usada en una esquina, sin prisa. Entró a la ducha y dejó que el agua caliente le recorriera la piel. Durante esos minutos, sintió una calma que casi no reconoció. No había voces, ni órdenes, ni miedo. Sólo el vapor, el sonido del agua cayendo, y su cuerpo reconociéndose en el reflejo borroso del cristal.

 

Fue, sin dudarlo, el momento de mayor quietud que había sentido en semanas. Tal vez en años.

 

Cuando salió, envuelta en una toalla que olía a lavanda, volvió a ver el conjunto de ropa interior. Dudó un instante, pero lo tomó. Se lo colocó con movimientos lentos, esperando no sentirse incómoda.

 

Pero encajaba perfectamente.

 

Al salir del baño, Juliana se detuvo en el pasillo. No supo a dónde dirigirse. La casa, aunque silenciosa, parecía tener múltiples direcciones, puertas cerradas, habitaciones en penumbra.

 

Entonces, una voz suave pero firme la llamó desde una de las habitaciones laterales.

 

—Juliana, por aquí —dijo Tiffany.

 

Ella giró con un sobresalto leve, y se dirigió hacia la puerta entreabierta de donde provenía la voz. Caminó con pasos cautelosos, y al cruzar el umbral, se encontró con una habitación iluminada por una lámpara baja, cálida, casi dorada. Olía a incienso y a flor seca. Las cortinas estaban cerradas, y en el centro de la habitación, una alfombra gruesa ocupaba gran parte del suelo.

 

Tiffany la observaba desde una silla.

 

—Siéntate donde quieras —dijo, sin alzar la voz.

 

Juliana dudó, pero lo hizo. Se sentó en el borde de la alfombra, con las piernas cruzadas, sin saber si debía hablar primero.

 

Había algo en el ambiente que no sabía si la tranquilizaba o la ponía en alerta.

 

Tiffany miró a Juliana, semidesnuda, con las manos en las piernas y los hombros aún tensos.

 

—Escúchame bien, Juliana —dijo con calma—. No tienes que entender todo lo que está pasando ahora mismo. Nadie te va a pedir explicaciones. Estás aquí, llegaste, y eso ya es suficiente.

 

Juliana bajó la mirada.

 

Tiffany se inclinó un poco hacia adelante.

 

—Respira, quédate un poco. No intentes huir, ¿sí?

 

Primero fue una sesión de fotos.

 

Le hablaba con voz firme pero suave. “Mira hacia allá”, “relaja los hombros”, “piensa en un lugar donde hayas sido feliz”. Juliana obedecía sin discutir, y no por costumbre, sino porque algo en Tiffany le daba confianza.

 

Tiffany cambió el lente de la cámara con movimientos suaves, casi ceremoniales. Se acercó a Juliana y su mano palpó los apenas sugerentes senos sobre el sujetador, le ordenó quitárselo. Juliana obedeció, sintiendo el aire fresco sobre sus expuestos pezones. Tiffany dio unos pasos hacia atrás, observándola como si acabara de encajar la última pieza de un rompecabezas. Un gesto le bastó para que Juan, recostado sobre una pared tras la cámara, comenzara también a quitarse la ropa.

 

—Muy bien —murmuró, y luego levantó la cámara.

 

El obturador sonó varias veces. Tiffany le pedía que inclinara el cuello, que cerrara los ojos. Y Juliana lo hacía. Inevitablemente su mirada se cruzaba con la de Juan y veía el balanceo de su verga apuntándole directamente a ella.

 

La música en la habitación era suave, casi imperceptible. Un ritmo lento.

 

Tiffany se detuvo. Bajó la cámara. Se quedó observándola en silencio.

 

—¿Sabes que tienes una presencia difícil de encontrar? —dijo finalmente—. Hay algo en ti… Juliana no supo qué responder. Agachó la mirada un instante, como si la hubieran desnudado con las palabras. Tiffany se acercó y le acomodó un mechón detrás de la oreja.

 

—No es solo belleza —añadió—. Es la forma en que miras. Eso es lo que buscan ahora.

 

Luego se alejó, sin esperar respuesta. Cambió las luces, bajó un poco la intensidad. El siguiente set tenía tonos más cálidos. Juliana notó que las bragas que llevaba dejaban entrever más de lo que cubría. No era del todo casual.

 

Tiffany volvió a mirar por el visor.

 

—Vamos a probar algo diferente ahora —dijo, sin dejar de mirar—. Confía en mí.

 

Juan entró en escena tras un golpecito en la espalda, se inclinó y sin perder más tiempo exploró con su boca los labios de Juliana.

 

Mientras las luces se reacomodaban y Tiffany preparaba el siguiente encuadre, Juliana se quedó quieta, sintiendo cómo la lengua de Juan se deslizaba lentamente por su boca. No hizo nada. Dejó que entrara. Por curiosidad, por probarse. Por saber hasta dónde llegaba el juego.

 

Tiffany no dijo nada.

 

Juliana no se sintió incómoda. Tampoco completamente segura. Era otra cosa. Algo más parecido a un vértigo íntimo.

 

Mientras se acostaba en el suelo, siguiendo las nuevas indicaciones, Juliana sintió un cosquilleo.

 

Cuando Tiffany se acercó para ayudarle a retirar sus bragas, sus manos se detuvieron apenas un segundo más de lo necesario. Juliana no se movió. Su respiración cambió, pero no dijo nada.

 

Algo había empezado a cambiar. No sabía si era deseo, admiración, miedo o todo a la vez. Pero Tiffany ya no era solo la mujer que dirigía la cámara. Era una figura nueva, de poder y de cuidado mezclado.

 

Juan se colocó sobre ella, le abrió sus piernas y comenzó a besar suavemente su vagina, lamía sus labios vaginales y succionaba cuando estaba en el medio. La respiración de Juliana se agitaba y su pecho subía y bajaba cada vez más rápido. Se preguntaba por lo que estaba sintiendo, pero estaba bien, no sentía miedo ni reclamaba peligro, solo obedecía.

 

Podía sentir la sangre latiendo en sus sienes, caliente, desordenada. Por un momento pensó en detenerse, en cubrirse, en hacer una pregunta… pero no lo hizo. Juan había tomado el control en su cuerpo, una especie de corriente muda que la guiaba sin necesidad de palabras recorría su cuerpo desde su vagina.

 

No sabía si era obediencia o entrega, pero no sentía miedo.

 

Tiffany no sonreía, pero su rostro tampoco mostraba dureza. Mantenía esa expresión concentrada, casi protectora, como si todo lo que ocurriera frente a su lente fuera digno de cuidado. Se acercó de nuevo, esta vez para tomar algunos primeros planos. Sus dedos rozaron la piel de Juliana con la suavidad exacta para ser notada.

 

—Muy bien —dijo Tiffany con voz baja—. Estás entendiendo.

 

Juliana no supo si se refería a la pose, a la actitud. Pero no importaba. Lo estaba entendiendo, sí. De alguna forma.

 

La cámara volvió a sonar, más pausada. Tiffany le pidió que girara, que abriera las piernas, que cerrara los ojos y respirara profundamente. Juliana obedecía. No por sumisión. Por entrega.

 

Tiffany bajó la cámara, la dejó sobre una mesa cercana y, sin hablar, fue hacia ella. No con prisa. No con sorpresa. Como si ese paso fuera natural, inevitable, casi pactado desde el primer clic.

 

Juliana la miró venir. No se movió.

 

Se sentó junto a ella.

—Te ves hermosa —murmuró Tiffany, guiando a Juliana para que diera la vuelta y se acostara boca abajo sobre la alfombra. —. Ahí atrás es donde está tu poder.

Juliana tragó saliva. Tenía mil pensamientos cruzándose por la mente, pero ninguno lograba hacerse palabra. Su cuerpo, por el contrario, parecía haber tomado la delantera: una mezcla de alerta, curiosidad, y una especie de fuego interno que no sabía cómo nombrar.

Tiffany finalmente le ordenó a Juan acercarse. Y él lo hizo con una calma que no pedía permiso, pero tampoco exigía. Acercaba su verga al ano de Juliana y la empujaba dentro. Solo abría la puerta, con dolor.

—Tenemos que forzar aquí —continuó, mientras iba nuevamente por la cámara.

Juliana bajó la mirada, apenas un segundo, contra la alfombra. El dolor comenzó a invadirla, pero no pedía parar, se preguntaba si en algún momento iba a aparecer el miedo. Pero no. Lo que sentía era distinto, era el dolor, el desgarramiento de un agujero por el que nunca pasó por su mente alojaría un pene. Era el vértigo de estar justo en el límite de algo importante. De algo que podía marcar un antes y un después.

Cuando levantó los ojos de nuevo lo hizo acompañada de lágrimas que resbalaban por sus mejillas, Tiffany seguía allí, inmóvil, pero disponible.

 

—Deja que te invada —continuó, mientras acercaba el lente al pene que luchaba por ingresar en un agujero demasiado pequeño para él. Tiffany ordenaba aumentar la presión y Juan obedecía, mientras el lente intercambiaba continuamente entre la penetración y la Cara desgarradora de Juliana

El espacio poco a poco se iba ganando y Juan presionaba justo como Tiffany se lo pedía. Cuando el pene de Juan parecía haber llegado a un tope, sus manos acariciaron la espalda y la cola de Juliana. La imagen era perfecta para el lente. El grosor del pene era burlesco en comparación a la cola de Juliana y sin embargo allí estaba, dentro de ella.

Vino otra instrucción de Tiffany y el movimiento se dio, Los quejidos de Juliana y los bufidos de Juan arroparon el silencio de la habitación. La verga entraba y salía una y otra vez de entre las nalgas de Juliana, mientras ella no había dejado de derramar lágrimas

Tiffany, sin dejar de captar el coito, abrió los botones de su blusa liberando ante los ojos de Juan sus enormes tetas.

—Dale más fuerte —ordenó, mientras se tocaba las tetas, con una mano llevaba sus propios pezones a la boca. Juliana respiraba pesadamente. Tiffany dejó la Cámara en el suelo y se inclinó sobre el rostro de la niña, empezó a besarla, tenía un olor y sabor que Tiffany disfrutaba, así que lamía sus lágrimas, su lengua entraba y rozaba los labios de Juliana que se mantenían abiertos, gimiendo, gritando.

Juan comenzó a anunciar su venida entre gemidos. Juliana lo sintió, sintió como parte del ardor en su interior se calmaba por un momento a medida que el semen de Juan la recorría.

Juliana en silencio. Sintió un vacío en su ano cuando la verga de juan se separó de ella.

 

Tiffany, más práctica, ya estaba de pie, ajustando su blusa frente al espejo. No dijo mucho. Solo una frase breve:

 

—Pueden dormir aquí, si quieren.

 

Juliana asintió, sin mirar. Agradeció que no hubiera gestos exagerados ni ternura forzada. Lo que había pasado no requería explicaciones. Mientras bajaba por el pasillo hacia la habitación de invitados, Juliana pensaba en el ruido que no estaba haciendo su mente. No había confusión, ni juicio, ni siquiera preguntas. Lo que sentía era una especie de pausa.

 

Se sentó al borde de la cama. Observó sus piernas, sus manos, su reflejo débil en el ventanal. Nada parecía haber cambiado por fuera, pero adentro… era otra historia. Una historia sin título aún.

 

Observó a Juan. En lo que él había hecho con ella. En cómo ahora habría una parte de ella que le pertenecía. Porque así tenía que ser.

 

Tiffany golpeó la puerta suavemente, sin entrar.

 

—Hay agua caliente en el termo. Y algo de fruta si les da hambre. Descansen.

 

La voz era firme, sin afectación. Juliana respondió con un «gracias» apenas audible. Luego se metió en la cama, desnuda, con la sensación de que no iba a dormir, pero necesitaba estar bajo una sábana. Como si eso pudiera contener todo lo nuevo.

 

Juan se acostó detrás de ella, la abrazó, pidió perdón, pero ella no quería perdón.

 

Juliana se dejó caer de lado, mirando la cortina moverse con el viento. Sabiendo que algo había cambiado, aunque no supiera aún si había sido un principio… o una pérdida.

10 Lecturas/24 enero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: adolescente, amigos, baño, joven, mayor, padre, semen, vagina
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