Noches con él (Segunda Parte: El Papel de Tiffany)
La mañana siguiente, Juliana despertó con la luz tenue filtrándose por las cortinas, sobre su cuerpo desnudo en un resplandor dorado. Juan ya no estaba a su lado..
Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo, cada fibra aún vibrando con el eco de los placeres y dolores que había experimentado. La noche había sido un torbellino de sensaciones nuevas, de descubrimientos carnalmente reveladores y de una especie de entrega que aún no lograba comprender del todo. Sus pensamientos se entrelazaban con la profunda conexión que había sentido, no solo con Juan, sino con el poder que Tiffany le había mostrado. Se dirigió al baño, donde el espejo le devolvió la imagen de una mujer transformada, lista para enfrentar un nuevo día lleno de posibilidades y deseos por explorar.
Se levantó y caminó descalza hasta el baño. Al mirarse en el espejo, vio a una mujer que apenas reconocía. Sus ojos, aunque cansados, tenían un brillo diferente. Era como si algo dentro de ella hubiera despertado, algo que había estado dormido, esperando el momento justo para revelarse.
Mientras se duchaba, pensó en Tiffany. En cómo había manejado cada momento, cada gesto, cada palabra.
Al salir del baño, envuelta en una toalla, escuchó voces provenientes de la planta baja. Bajó con cautela, sin saber qué esperar. Encontró a Juan y Tiffany en la cocina, tomando café. Tiffany levantó la vista y le sonrió con una calidez que, por un momento, la desarmó.
—Buenos días, Juliana —dijo Tiffany, señalando una taza sobre la mesa—. ¿Café?
Juliana asintió y se sentó, aún insegura de cómo comportarse. Juan le dirigió una mirada que intentaba ser tranquilizadora, pero que solo lograba transmitir una mezcla de culpa y complicidad.
—Anoche fue… intenso —comenzó Tiffany, sin preámbulos—. Pero creo que ambos entendieron lo que se espera de ustedes.
Juliana frunció el ceño, sin comprender del todo. Tiffany continuó, con una voz que no admitía preguntas:
—Esto es un negocio, no hay necesidad de maquillarlo. Y ustedes, ambos, tienen algo especial. Algo que vale dinero.
Juan bajó la mirada, como si ya hubiera tenido esta conversación antes. Juliana, en cambio, sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
—Tiffany… —empezó, pero fue interrumpida.
—Tranquila, Juliana. No te estoy pidiendo que entiendas todo ahora. Solo que confíes. Que dejes que te guíe. —Tiffany se inclinó hacia adelante, con una intensidad en la mirada que era casi hipnótica—. Hay un mundo ahí afuera que está esperando ver lo que tú puedes ofrecer. Y yo sé cómo mostrarlo.
Juliana sintió un nudo en la garganta. Quería preguntar, quería entender, pero algo en la presencia de Tiffany la contenía. Era como si, al mismo tiempo que la invitaba a explorar, también le pidiera que se entregara, que dejara de lado sus dudas y miedos.
—Juan te explicará los detalles —continuó Tiffany, levantándose de la mesa—. Pero quiero que sepas que, mientras estén conmigo, no les faltará nada. Y que, si hacen bien su trabajo, podrán tener una vida mejor de la que jamás imaginaron.
Con esas palabras, Tiffany salió de la cocina, dejando a Juliana y Juan en un silencio pesado. Juliana miró a Juan, buscando respuestas, pero él solo suspiró, como si llevara un peso demasiado grande para sus hombros.
—Juliana —dijo finalmente, con una voz que apenas reconocía—, Tiffany nos paga por las fotos. Por mostrar… Ella sabe cómo venderlo, cómo hacer que la gente pague por vernos.
Juliana sintió una mezcla de repulsión y curiosidad. De miedo y excitación.
—Tiffany tiene un pasado —continuó Juan, bajando aún más la voz—. Algo que la marcó, que la hizo quien es ahora. Ella… ella no siempre fue así. Pero algo le pasó, algo que la cambió.
Juliana lo miró, intrigada. Juan dudó un momento, como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
—Cuando Tiffany era una niña un hombre mayor fue quien la introdujo en este mundo.
Juliana escuchaba, sin atreverse a interrumpir. La historia de Tiffany, contada por Juan, sonaba como un cuento oscuro, uno en el que el final aún no estaba escrito.
—Se que le enseñó a Tiffany el poder del sexo femenino, cómo explotarlo, cómo convertirlo en dinero. Le mostró que, en este mundo, el deseo puede ser una moneda de cambio. Y Tiffany… Tiffany aprendió bien la lección.
Juliana sintió un escalofrío. Podía imaginar a la joven Tiffany, atrapada en un mundo que no entendía, siendo moldeada por las manos de un hombre mayor. Y podía ver, también, cómo esa experiencia la había transformado, cómo había forjado en ella una determinación fría, una ambición que no conocía límites.
—Y ahora —concluyó Juan, con una amargura que Juliana no le había escuchado antes—, Tiffany está aquí, haciendo lo mismo. Mostrándonos el camino, guiándonos, pero también… explotándonos.
Juliana asintió lentamente, sintiendo que, de alguna manera, estaba comenzando a entender. A entender a Tiffany, a entender su propio papel en todo esto.
En los días siguientes, Juliana y Juan se sumergieron en el mundo que Tiffany había creado para ellos. Sesiones de fotos, cada una más intensa que la anterior. Tiffany los dirigía con una precisión casi militar, sabiendo exactamente qué ángulo, qué luz, qué gesto haría que la imagen valiera más. Y, a medida que avanzaban, Juliana comenzaba a ver cómo el poder de Tiffany se manifestaba, no solo en la cámara, sino en cada aspecto de sus vidas.
Había momentos en los que se sentía gratificada, incluso empoderada. Momentos en los que, al ver las fotos, se reconocía en una versión de sí misma que era más fuerte, más segura. Pero también había momentos de duda, de incertidumbre, en los que se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, si estaba vendiendo algo que no debería.
Y, en medio de todo esto, Tiffany seguía siendo una figura enigmática, una mezcla de mentora y manipuladora, de protectora y explotadora. Juliana no sabía si odiarla o agradecerle, si seguirla ciegamente o intentar encontrar su propio camino.
Una noche, después de una sesión particularmente intensa, Tiffany invitó a Juliana a su habitación. La habitación de Tiffany era un reflejo de su personalidad: ordenada, pero con toques de lujo; funcional, pero con un toque de misterio. En las paredes, fotos enmarcadas de modelos, todas con un aire de vulnerabilidad y poder al mismo tiempo.
—Tienes potencial, Juliana —dijo Tiffany, ofreciéndole una copa de vino—. Pero necesitas confiar más en ti misma. Necesitas entender que lo que haces no es solo para mí, ni para el dinero. Es para ti. Es tu poder, tu arma.
Juliana tomó un sorbo, sintiendo el líquido cálido bajar por su garganta. Quería creerle, quería encontrar la verdad en sus palabras. Pero algo dentro de ella se resistía, algo que le susurraba que nada era tan sencillo, que siempre había un precio que pagar.
—Tiffany —preguntó finalmente, con una voz que apenas reconocía—, ¿alguna vez te arrepientes? ¿De lo que hiciste, de lo que haces?
Tiffany la miró, con una expresión que era imposible de leer. Por un momento, Juliana pensó que no respondería. Pero entonces, Tiffany suspiró, y en ese suspiro, Juliana creyó ver un atisbo de algo más suave, algo más humano.
—A veces —admitió Tiffany, con una voz que era casi un susurro—. A veces me pregunto si hubiera sido diferente, si hubiera tomado otro camino. Pero luego miro atrás, y veo todo lo que he logrado, todo el poder que he ganado. Y me digo a mí misma que valió la pena.
Juliana asintió, sintiendo una mezcla de admiración y tristeza.
Tiffany se levantó de la silla y caminó lentamente hacia la ventana. Juliana, desnuda, se sentía vulnerable pero también segura en la presencia de Tiffany. La habitación, con su decoración minimalista y sus toques de lujo, parecía un santuario de secretos y deseos.
—Tienes razón, Juliana —dijo Tiffany, sin girarse, con la voz teñida de una mezcla de nostalgia y melancolía—. Hay un precio que pagar. Siempre lo hay. Pero a veces, ese precio nos define.
Se volvió hacia Juliana, sus ojos reflejando la luz tenue, y se sentó en el borde de la cama, muy cerca de ella. La proximidad hizo que Juliana sintiera un cosquilleo en la piel, una mezcla de anticipación y nerviosismo.
—Mi historia no es fácil de contar —continuó Tiffany, su voz bajando a un susurro conspirador—. Empezó cuando era apenas una niña, en un lugar llamado Montesereno. Era un instituto femenino, un claustro donde pasé toda mi niñez y adolescencia. Allí conocí a Tomás, un aprendiz de maestro que me llevaba varios años.
Juliana escuchaba atentamente, sus ojos fijos en los de Tiffany, sintiendo cómo cada palabra la envolvía en un manto de misterio y perversión.
—Tomás era diferente —prosiguió Tiffany, una leve sonrisa curvando sus labios—. Me enseñó cosas que ninguna niña de mi edad debería saber. Pasábamos las noches en su cama, explorando nuestros cuerpos, aprendiendo juntos. Él me mostró el poder del sexo, cómo podía ser una herramienta, una moneda de cambio.
Tiffany hizo una pausa, como si estuviera reviviendo aquellos momentos en su mente. Juliana podía imaginar la escena, la inocencia de Tiffany siendo lentamente reemplazada por una comprensión más oscura y poderosa.
«Recuerdo Montesereno como un lugar silencioso y estricto, de paredes blancas y corredores amplios. Yo no era como las demás niñas; mi curiosidad siempre me empujó más allá de los límites permitidos. Fue esa curiosidad la que me llevó a Tomás.
No era profesor oficialmente, pero pasaba más tiempo en el instituto que muchos de los docentes titulados. Lo ayudaba con los libros, con organizar el aula, con cualquier cosa que necesitara. Me gustaba la forma en que me trataba, como si fuera una igual, no una niña más en el uniforme gris del claustro.
—Tienes una mente inquieta, Tiffany —me dijo una tarde mientras clasificábamos libros viejos en la biblioteca.
Sus palabras me calentaron por dentro. Nadie más había visto eso en mí. Empecé a quedarme después de las horas de clase, a solas con él en esa biblioteca polvorienta que olía a papel antiguo y conocimiento prohibido.
Un día, mientras ordenábamos unos textos de anatomía, me preguntó:
—¿Alguna vez te han explicado cómo funciona realmente un cuerpo?
Negué con la cabeza, sintiendo cómo mis mejillas ardían. Las clases del instituto eran vagas, llenas de eufemismos y advertencias sobre el pecado.
Tomás sonrió. —El cuerpo humano es una máquina perfecta, Tiffany. Y las máquinas tienen funciones que debemos entender para usarlas correctamente.
Sus explicaciones fueron clínicas al principio, pero había una intensidad en su voz que me hipnotizaba. Me habló de la diferencia entre cuerpos femeninos y masculinos, de cómo estaban diseñados para complementarse. Mis preguntas surgieron espontáneas, inocentes pero llenas de una curiosidad que él parecía disfrutar.
—¿Y cómo es… un hombre? —pregunté una tarde, mi voz apenas un susurro.
Tomás m
e miró fijamente, y por primera vez vi algo diferente en sus ojos, algo que no era puramente académico. —Algunas cosas se entienden mejor viéndolas —dijo mientras se levantaba y cerraba la puerta de la biblioteca.
Mi corazón latía tan fuerte que temía que se escapara de mi pecho. Vi cómo se desabrochaba el pantalón, cómo lo bajaba lentamente. Y entonces lo vi.
Su verga era algo que nunca podría haber imaginado. Grande, con una piel que parecía simultáneamente suave y resistente, y un olor particular —a hombre, a sudor— que jamás olvidaría. Me fascinó y asustó a la vez.
—Tócala —me ordenó suavemente.
Mis manos temblaban mientras extendía los dedos hacia él. La sensación era extraña, cálida, viva. Sentí cómo se endurecía bajo mi toque, cómo crecía un poco más.
—Ahora aprende a conocerlo —dijo Tomás, y me enseñó.
Me mostró cómo recorrerlo con mis dedos, cómo sentir las diferentes texturas, cómo identificar los puntos que le provocaban placer. Sus instrucciones eran precisas, casi como un manual, pero había una pasión subyacente que me contagiaba.
—La boca es otra herramienta —me dijo días después, mientras volvíamos a solas en la biblioteca—. Una herramienta muy poderosa.
Me enseñó a abrir los labios, a usar mi lengua, a crear un vacío que lo hiciera gemir. Al principio sentí náuseas cuando se introdujo en mi boca, pero él me guio con paciencia.
—Relaja la garganta, Tiffany. Respira por la nariz. Deja que tu cuerpo se acostumbre.
El sabor era salado, intenso. Cuando finalmente eyaculó, me sorprendió la cantidad y la fuerza. Su semen era espeso, con un sabor distinto al resto de su cuerpo, algo más amargo pero no desagradable.
—Trágalo —me ordenó—. Es parte de la experiencia. Es aceptar todo de alguien.
Y lo hice. Sentí cómo me corría por la garganta, cálida y extraña. Me sentía a la vez sucia y poderosa.
Las sesiones continuaron. Cada vez explorábamos algo nuevo. Un día me dijo:
—Hay otras funciones corporales que también pueden ser parte de la intimidad.
Me pidió que me arrodillara frente a él, que abriera la boca. Confundida, obedecí. Entonces sentí un líquido caliente corriendo hacia mí. Su orina. Al principio retrocedí, asustada, pero él me sostuvo firme, con una mano en la nuca que no me permitía huir. Antes de que pudiera procesarlo, su verga, ya semi-erguida, se introdujo en mi boca justo cuando el chorro de su orina comenzaba a fluir con más fuerza.
Fue en ese preciso instante cuando todo cambió. Sentí su orina caliente llenándome la boca, pero su verga actuaba como un tapón, impidiendo que pudiera tragar o escupir. El líquido dorado y salado no tuvo más salida que empezar a subir por mi garganta, y entonces sucedió: me tapó las fosas nasales desde dentro. El pánico me golpeó de forma instintiva, una necesidad animal de aire que me hacía luchar por un segundo. Pero él no se movió, solo me sostuvo con más firmeza, susurrando: «Respira, Tiffany. Acéptalo todo».
Y entonces, en medio de esa asfixia controlada, algo se detonó dentro de mí. La falta de aire, la calidez húmeda, el sabor agrio y salado invadiendo cada uno de mis sentidos… todo se mezcló en una explosión de excitación que nunca antes había experimentado. Mi cuerpo, que había estado tenso por el miedo, comenzó a relajarse de una forma extraña, entregándose a la sensación. Me sentía usada, degradada, pero también elegida para recibir algo que nadie más recibía. Era una forma de entrega tan absoluta, tan completa, que mi mente no pudo evitar asociarla con el placer. El asco seguía ahí, pero ahora se mezclaba con un deseo voraz, con una necesidad de sentir más, de entregarme más profundamente a esa experiencia que me estaba robando el aliento y, al mismo tiempo, me estaba dando vida.
Cuando por fin fue mi turno, descubrí el placer. Tomás me tendió en una mesa, me abrió las piernas y su boca encontró mi sexo. La primera vez que su lengua me recorrió, sentí una descarga eléctrica recorrer todo mi cuerpo. Era una sensación completamente nueva, intensa, abrumadora.
—Siente, Tiffany —murmuraba contra mi piel—. No pienses, solo siente.
Y sentí. Sentí cómo mis caderas se movían solas, cómo mis piernas temblaban, cómo algo dentro de mí se construía hasta estallar en una ola de placer que me dejó sin aliento. Mis gemidos llenaban la biblioteca silenciosa, y por primera vez en mi vida, me sentí completamente viva.
La primera penetración vaginal fue dolorosa. Tomás fue cuidadoso, usó sus dedos primero, luego lubricantes. Pero cuando finalmente entró en mí, sentí como si me desgarraran por dentro.
—Respira —me susurró—. El dolor pasa, queda el placer.
Y tenía razón. Después de unos momentos, el dolor comenzó a transformarse en otra cosa, en una plenitud extraña, en una sensación de estar siendo completada. Sus movimientos fueron lentos al principio, luego más rápidos, más profundos. Cada embestida me llevaba más lejos de mí misma, más cerca de algo que no podía nombrar.
La penetración anal fue otra experiencia completamente diferente. Más dolorosa al principio, más íntima de alguna manera. Me enseñó a relajar los músculos, a respirar profundamente, a aceptar esa invasión como algo natural.
—Hay placer en todas las formas, Tiffany —me dijo mientras me tomaba por atrás—. Solo hay que aprender a encontrarlo.
Y yo aprendí. Aprendí a encontrar placer en el dolor, en la sumisión, en la entrega total. Aprendí a desear lo que antes me asustaba.
Fue entonces cuando introdujo el tema del dinero.
—Hay gente, Tiffany —me dijo una noche mientras fumaba un cigarrillo en la oscuridad de la biblioteca—. Gente que pagaría mucho dinero por ver a una niña como tú hacer lo que haces.
Al principio no entendí. ¿Ver? ¿Quién nos vería?
—No aquí, no en Montesereno —explicó—. En otros lugares. Con cámaras. La gente tiene fantasías, Tiffany. Y está dispuesta a pagar mucho para verlas hechas realidad.
La idea me heló. ¿Cámaras? ¿Gente viéndonos? Pero a la vez, algo en mí reaccionó con curiosidad. ¿Era posible convertir esto, este mundo secreto que Tomás me había mostrado, en algo más?
—¿Cuánto dinero? —pregunté, mi voz sorprendentemente firme.
Tomás sonrió. —Mucho. Más de lo que imaginas. Tu cuerpo, Tiffany, no solo es capaz de dar placer. Es capaz de dar riqueza.
Esa noche grabamos nuestra primera escena. Tomás había conseguido una cámara, y me explicó cómo funcionaba. Me dijo que debía mirar al lente, que debía imaginar que detrás de él había alguien observándome, deseándome.
—Eres una actriz ahora, Tiffany —me dijo mientras ajustaba las luces—. Y tu actuación vale oro.
La experiencia fue extraña. Al principio me sentí cohibida, sabiendo que la cámara estaba grabando cada gesto, cada sonido. Pero luego, algo cambió. Me di cuenta de que la cámara me daba un poder que no había sentido antes. Podía controlar lo que el espectador veía, podía manipular sus deseos, podía hacer que me desearan.
La escena era simple: yo, arrodillada frente a Tomás, realizando todo lo que me había enseñado. Pero esta vez, cada movimiento era …una actuación. Cada movimiento era deliberado, pensado para provocar una reacción en quienquiera que estuviera al otro lado de la lente. Me sentía como una diosa y una esclava a la vez, controlando y siendo controlada.
—Mírame, Tiffany —murmuraba Tomás mientras la cámara grababa—. Mírame mientras te lleno la boca con mi verga. Esa es la cara que quieren ver. La de una niña santa aprendiendo a ser una puta.
Sus palabras me excitaban. Me excitaba la crudeza, la falta de tapujos. Ya no éramos profesor y alumna en un claustro; éramos actores en un teatro de perversión, y yo era la estrella.
La primera vez que me corrió en la boca frente a la cámara, me aseguré de que mis ojos estuvieran bien abiertos, mirando al lente mientras su semen se derramaba por mis labios. No lo tragé de inmediato. Me lo dejé en la boca, jugueteando con él, mostrándolo a la cámara como si fuera un trofeo. Luego, lentamente, lo tragé, abrí la boca para demostrar que no quedaba nada.
—Perfecta —dijo Tomás, deteniendo la grabación—. Eres una puta natural.
Las grabaciones se volvieron más frecuentes, más elaboradas. Tomás me traía guiones, aunque a menudo improvisábamos. Cada escena era más extrema que la anterior.
—La gente quiere más, Tiffany —me explicaba—. Quieren ver los límites ser empujados. Quieren ver de lo que eres capaz.
Una vez me ató a una silla, con las piernas abiertas y mis manos inmovilizadas a mi espalda. Me insertó un pepino que me mantenía al borde del orgasmo sin nunca dejarme llegar. Luego se masturbó frente a mí, su verga a centímetros de mi cara, mientras yo gemía y me retorcía, suplicando por más.
—Suplica como una puta, Tiffany —ordenaba—. Diles cuánto quieres mi leche.
Y lo hacía. Me sentía sucia, degradada, pero también increíblemente viva. Cada vez que me llamaba puta, cada vez que me trataba como a una esclava sexual, sentía una oleada de poder. Porque sabía que estaba actuando, que en realidad, yo era quien controlaba la situación.
La escena de la orina fue idea de él. Me dijo que había un mercado específico para eso, que la gente pagaba mucho por ver a una niña inocente siendo usada como aseo personal.
—Acuéstate en el suelo —me ordenó—. Abre la boca.
Me arrodillé frente a él, con la cámara enfocando mi rostro. Sentí el calor de su orina golpeándome primero en el pecho, luego subiendo hacia mi cara. Abrí la boca y la dejé llenarme, el sabor agrio y salado inundándome. Parte de ella se derramó por mis mejillas, mezclándose con las lágrimas que no pude evitar.
—Trágala, perra —ordenó—. Bebe como la perra que eres.
Y lo hice. Bebí hasta la última gota, sintiendo el líquido caliente corriendo por mi garganta. La cámara capturó todo, cada gesto, cada lágrima, cada momento de mi sumisión.
Cuando por fin terminamos, Tomás apagó la cámara y me ayudó a levantarme. Me trajo una toalla y un vaso de agua.
—Estuviste increíble —dijo, su voz ahora suave, casi tierna—. Esa escena valdrá una fortuna.
Me miré en el espejo del baño de la biblioteca. Mi cabello estaba mojado. Había olor a orina y a semen en mi piel. Y me sentía más poderosa que nunca.
—¿Quién nos compra estas grabaciones? —pregunté una noche, mientras contábamos el dinero que Tomás había conseguido por nuestras últimas escenas.
Hombres adinerados, sobre todo. Hombres con vidas respetables, familias, posiciones importantes. Hombres que durante el día eran banqueros, abogados, políticos, y que por la noche necesitaban ver a una niña como yo siendo degradada para excitarse.
—Son todos iguales, Tiffany —dijo Tomás mientras encendía otro cigarrillo—. Todos tienen una oscuridad dentro. Y nosotros estamos aquí para ayudarles a explorarla. A cambio, por supuesto.
Las escenas se volvieron más elaboradas. A veces involucraba a otras personas, a otros hombres que Tomás conocía. Hombres mayores, poderosos, que pagaban por participar.
Recuerdo a un hombre en particular, un juez de pelo canoso y manos temblorosas. Me pidió que me vistiera con el uniforme del colegio, que fingiera ser una alumna mala que necesitaba un castigo.
—Doble sobre el escritorio, pequeña —me ordenó, su voz temblorosa de excitación—. Levanta tu falda.
Sentí sus manos frías en mi piel, luego el dolor agudo de su regla golpeando mis nalgas. Cada golpe me hacía gritar, no solo de dolor, sino de placer. Me excitaba el poder que tenía sobre este hombre, sobre este juez que podía sentenciar a gente a prisión pero que estaba a mi merced, deseándome, necesitando mi sumisión.
Cuando por fin me tomó, fue brutal. Me penetró sin previo aviso, su verga entrando violentamente en mi ano. Grité, una mezcla de dolor y placer, mientras él me tomaba con una fuerza desesperada, como si quisiera absorber mi juventud, mi inocencia.
—Eres una puta increíble —soltó entre jadeos, mientras se corría dentro de mí—. Una puta increíble.
La cámara lo grabó todo. Cada golpe, cada grito, cada momento de mi «sufrimiento». Y más tarde, vi el dinero en las manos de Tomás. Una cantidad absurda por una hora de trabajo.
—¿Ves? —me dijo Tomás mientras contábamos el dinero—. Tu cuerpo es oro, Tiffany. Cada agujero tuyo vale una fortuna.
Y yo creía. Empecé a verme a mí misma como un producto, una inversión. Aprendí a moverme, a hablar, a provocar. Ya no era la niña curiosa que ayudaba a un profesor en la biblioteca. Era una actriz, una empresaria de mi propio cuerpo.
—Hay algo más que podemos hacer —me dijo Tomás un día—. Algo que paga aún mejor.
Me explicó sobre las sesiones en vivo. Eventos privados donde hombres adinerados pagaban por verme en tiempo real, donde podían darme instrucciones, donde podían verme ser usada por otros hombres mientras ellos masturbaban sus vergas, deseándome.
—Serás la estrella, Tiffany —dijo—. La estrella de su perversión.
El primer evento fue en una mansión lujosa, en las afueras de la ciudad. Había quizás diez hombres, todos mayores, todos vestidos con trajes caros. Me vestí con el mismo uniforme escolar pero un tanto modificado, mucho más corto y revelador que el que usaba en Montesereno. —Bienvenidos, señores —dijo Tomás, actuando como maestro de ceremonias—. Esta noche, para su placer, presento a Tiffany.
Los hombres me observaban con una intensidad que me erizaba la piel. Sus ojos recorrían mi cuerpo, devorándome antes siquiera de que me tocaran.
—Tiffany está aquí para complacerlos —continuó Tomás—. Para cumplir sus fantasías más oscuras. Pero recuerden: su sumisión tiene un precio.
Y comenzó el espectáculo. Me ordenaron arrodillarme, me ordenaron abrir la boca. Uno de los hombres se acercó, su verga ya dura, y me la introdujo con fuerza. Mientras lo hacía, otro hombre se arrodilló detrás de mí y comenzó a lamer mi ano, su lengua húmeda y caliente explorándome.
La cámara grababa todo, proyectando mi rostro, mi cuerpo, mi sumisión en pantallas gigantes alrededor de la habitación. Los hombres me observaban, algunos masturbándose, otros simplemente bebiendo y disfrutando del espectáculo.
—Más rápido, puta —ordenó uno, mientras me tomaba por el cabello y empujaba su verga más profundo en mi garganta—. Trágalo todo.
Y lo hacía. Lo hacía todo lo que me pedían. Me tomaban por todos los agujeros, a veces dos o tres a la vez. Sentía sus manos en mi piel, sus penes dentro de mí, su semen corriendo por mis piernas. Me sentía usada, degradada, pero también increíblemente poderosa»
Juliana sintió un escalofrío, una mezcla de repulsión y fascinación. La historia de Tiffany era como un abismo oscuro y tentador, y ella no podía evitar asomarse.
—Cuando cumplí dieciséis, Tomás ya no estaba —continuó Tiffany, su voz teñida de amargura—. Pero me dejó con una lección invaluable. Me enseñó a ser fuerte, a no depender de nadie. Me mostró que, en este mundo, el deseo puede ser tu mayor aliado o tu peor enemigo.
Tiffany se levantó y caminó hacia un pequeño bar en la esquina de la habitación. Sirvió dos copas de vino tinto, su movimiento elegante y seguro. Regresó y le ofreció una a Juliana, quien la aceptó con manos ligeramente temblorosas.
—Gracias —murmuró Juliana, tomando un sorbo. El vino, rico y dulce, pareció calmar sus nervios, o tal vez solo los transformó en algo más intenso y profundo.
Tiffany se sentó de nuevo, más cerca esta vez, sus piernas rozando las de Juliana. La proximidad hizo que Juliana fuera consciente de cada respiración, de cada latido de su corazón.
—Después de Tomás, aprendí a valerme por mí misma —dijo Tiffany, su voz más suave, casi íntima—. Empecé a trabajar en este mundo, a explorar mis límites, a descubrir cuánto podía ofrecer y cuánto podía ganar. Y con el tiempo, aprendí a disfrutar de ello. No solo del dinero, sino del poder, de la sensación de control.
Juliana asintió, sintiendo cómo las palabras de Tiffany resonaban dentro de ella. Podía ver la fuerza en los ojos de Tiffany, la determinación, y también la vulnerabilidad oculta detrás de esa fachada de poder.
—Pero a veces, Juliana —continuó Tiffany, su voz casi un susurro—, a veces me pregunto si valió la pena. Si no hubiera sido mejor tomar otro camino, uno más sencillo, más seguro. Pero luego miro todo lo que he logrado, todo el poder que he ganado, y me digo a mí misma que sí, que valió la pena.
Tiffany extendió la mano y acarició suavemente la mejilla de Juliana, su toque cálido y reconfortante. Juliana se inclinó hacia el contacto, sintiendo una mezcla de gratitud y deseo.
—Y ahora, aquí estás tú —dijo Tiffany, su voz teñida de una promesa—. Con todo tu potencial, toda tu belleza. Y yo quiero mostrarte el camino, guiarte, pero también… explorarte.
Juliana sintió un nudo en la garganta, una mezcla de emociones que no podía desentrañar. Pero en ese momento, con Tiffany a su lado, se sintió segura, protegida, y también excitada por las posibilidades que se abrían ante ella.
—Gracias, Tiffany —murmuró Juliana, su voz apenas audible—. Por contarme todo esto, por confiar en mí.
Tiffany sonrió, una sonrisa que prometía misterios y placeres por descubrir.
—Confío en ti, Juliana —dijo, su voz firme y segura—. Y juntos, vamos a llegar lejos. Muy lejos.
La puerta se abrió con un suave chasquido, interrumpiendo el momento de intimidad entre Tiffany y Juliana. Juan apareció en el umbral, con el pelo desordenado y una expresión de preocupación en el rostro. Llevaba puesto solo un pantalón de pijama, y su torso desnudo mostraba la tensión en sus músculos.
—Juliana —dijo, su voz ronca por el sueño—. ¿Por qué no has venido a la cama?.
Juliana se giró hacia él, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia. No era solo la excitación que Tiffany había despertado en ella, sino algo más profundo, más cálido. Algo que había crecido entre ellos durante las sesiones, algo que trascendía el dinero y las cámaras.
—Estaba aquí, hablando con Tiffany —explicó, sintiéndose como si justificara algo que no necesitaba justificación.
Juan asintió, pero su mirada se fijó en Tiffany, en la forma en que su mano descansaba cerca de la de Juliana en la cama. Había una tensión en el aire, una mezcla de celos y resignación.
—Solo… quería asegurarme de que estabas bien.
Tiffany observaba la interacción con una intensidad calculadora, como un científico estudiando un experimento. Se levantó lentamente, su cuerpo moviéndose con una gracia felina.
—Creo que es hora de que te retires querida —dijo, su voz suave pero firme—. Parece que tienen cosas que discutir.
Juliana asintió y le dió un beso en los labios, como siempre, pero antes de irse, Tiffany se acercó al oído de Juliana y le susurró al oído, con una voz que solo ella pudo oír:
—Recuerda, Juliana. Tu cuerpo es tuyo. Pero tu poder es mayor cuando lo compartes. Conmigo, con él… con quien elijas.
Luego se fueron, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
En su habitación, Juan se sentó en el borde de la cama, a una distancia respetuosa pero lo suficientemente cerca para que Juliana sintiera el calor de su cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo, su voz más suave esta vez—. ¿Pasó algo?
Juliana negó con la cabeza, extendiendo su mano hacia él. Sus dedos se encontraron, y el contacto envió una oleada de calor por su cuerpo.
—No. Solo hablamos. Me contó… cosas.
Juan asintió, su mirada fija en sus manos entrelazadas. Había una vulnerabilidad en él que Juliana rara vez veía, una mezcla de inseguridad y afecto que la conmovió.
—A veces me asusta —confesó él, sin levantar la vista—. Lo que siento por ti. No debería… no es parte del acuerdo.
Juliana apretó su mano, sintiendo cómo su corazón latía más rápido. Ella también sentía eso, esa conexión que había surgido entre ellos, esa mezcla de deseo y ternura que contradecía la naturaleza de su relación.
—Yo también —admitió, su voz apenas un susurro—. A veces me asusta lo mucho que me gusta estar contigo, incluso cuando… incluso cuando hacemos lo que hacemos.
Juan finalmente la miró, y sus ojos se encontraron. Había una intensidad en su mirada, una mezcla de deseo y algo más, algo que Juliana no se atrevía a nombrar todavía.
—Cuando te tomo por detrás… no actúo, Juliana. No todo, al menos.
Juliana sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Se excitaba con solo recordar la sensación de él dentro de ella, el dolor mezclado con un placer extraño, la forma en que sus manos se aferran a sus caderas mientras la cámara lo grababa todo.
—Yo tampoco —confesó—. A pesar de todo, a pesar de las cámaras, de Tiffany… me siento… conectada a ti.
Juan se acercó más, su rostro a centímetros del de ella. Podía sentir su aliento caliente en su piel.
—Te quiero, Juliana —dijo, y las palabras salieron con una dificultad que delataba cuánto le costaba decirlas—. Sé que no debería, sé que esto es solo un trabajo, pero… te quiero.
Juliana sintió las lágrimas formar en sus ojos. No eran lágrimas de tristeza, sino de una emoción tan abrumadora que no sabía cómo contenerla.
—Yo también te quiero, Juan —respondió, y decirlo en voz alta la liberó de un peso que no sabía que llevaba—. Aunque no tenga sentido. Aunque sea locura.
Sus labios se encontraron en un beso diferente a todos los que habían compartido antes. No era un beso para la cámara, no era un beso ordenado por Tiffany. Era un beso real, lleno de ternura y deseo, un beso que prometía algo más allá de las sesiones fotográficas.
Las manos de Juan encontraron su cuerpo, pero esta vez no eran las manos de un actor siguiendo un guion. Eran las manos de un hombre explorando a la mujer que amaba, descubriendo cada curva, cada respuesta, cada secreto.
Juliana se entregó a él, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su toque con una intensidad que nunca había sentido antes. No había dolor esta vez, no había sumisión forzada. Solo placer, solo conexión, solo la certeza de que estaban compartiendo algo real, algo que pertenecía solo a ellos.
—Quiero estar dentro de ti —murmuró Juan contra su piel, su voz llena de un deseo que ya no necesitaba ocultar—. No para la cámara. Solo para nosotros.
Juliana asintió, sus manos deslizándose por su espalda, atrayéndolo más cerca. Esta vez, cuando él entró en ella, fue diferente. Fue lento, tierno, una unión que trascendía el acto físico.
Se movieron juntos, encontrando un ritmo que era solo suyo, un lenguaje secreto que solo ellos entendían. Cada embestida, cada gemido, cada respiración entrecortada era una afirmación de su amor, de su conexión.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax juntos, fue con una intensidad que los dejó temblando, exhaustos pero completos. Juliana sintió el semen de Juan dentro de ella, no como parte de una escena, sino como un símbolo de su unión, de su amor.
Se quedaron así, abrazados en la oscuridad de la habitación, escuchando la respiración del otro, sintiendo los latidos de sus corazones sincronizados.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Juliana finalmente, su voz suave contra el pecho de Juan.
Juan la apretó contra sí, como si temiera que pudiera desaparecer.
—No lo sé —admitió—. Pero lo enfrentaremos juntos. Lo que sea que venga, lo enfrentaremos juntos.
Afuera, en el pasillo, Tiffany escuchaba sus susurros, su sonrisa de satisfacción iluminando su rostro en la oscuridad. Sabía que esto pasaría, que de alguna forma, el amor siempre encontraba su camino, incluso en los lugares más inesperados.
Y sabía, también, que ese amor podía ser su mayor activo, la herramienta que les llevaría aún más lejos en el mundo que ella les estaba mostrando. Porque en el teatro de la perversión, el amor real era el espectáculo más valioso de todos.


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