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Dominación Mujeres, Incestos en Familia

Nunca dijimos su nombre

Han pasado dos meses desde que descubrí la verdad y alrededor de un año desde que murió mamá. Debo precisar que, a pesar de tener catorce años —bueno, ahora quince—, no sé por qué no me sorprendí tanto como creo que debería haberlo hecho..

Ellos no lo saben, pero no entré a interrumpirlos inmediatamente cuando los encontré. Primero me quedé observando por un largo rato. ¿Por qué? No lo sé. Curiosidad, tal vez.

No recuerdo haber pensado en mamá en ese momento. Eso me avergüenza más que cualquier otra cosa. Pensé en el ruido, en las sombras de sus cuerpos, en cómo Teresa tenía el cabello recogido y como papá lo apretaba con su mano. La escena ante mis ojos era un baile oscuro de deseo y poder, donde cada movimiento estaba cargado de una intensidad que me dejó sin aliento.
Teresa estaba de rodillas en la cama, su cuerpo desnudo y vulnerable, mientras papá se posicionaba detrás de ella. Sus manos fuertes y callosas agarraron sus caderas con una mezcla de rudeza y posesión. Teresa gimió, un sonido que era a la vez de placer y de sumisión, mientras papá se introducía en ella lentamente, centímetro a centímetro, su verga dura y palpitante encontrando resistencia al principio, pero luego cediendo ante la presión insistente.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas, creando un ambiente íntimo y clandestino. El aire estaba cargado con el olor de su sudor y su excitación, un aroma que era a la vez repugnante y fascinante. Con mis 14 años, nunca había visto la verga de mi padre, o al menos no la recordaba. Ahora, verla clavada en lo que parecía ser el ano de mi hermana Teresa produjo un click en mi mente que no me esperaba. La visión de su miembro, grueso y palpitante, desapareciendo entre las nalgas de Teresa, era algo que no podía apartar mis ojos. La piel de mi hermana se tensaba con la invasión, y yo podía ver cómo su cuerpo se adaptaba, un acto de sumisión y placer que me dejaba sin aliento.

Papá comenzó a moverse, sus embestidas eran profundas y rítmicas, cada una acompañada por un gemido de Teresa que resonaba en las paredes. Sus cuerpos se encontraban y se separaban, unidos por un deseo primitivo y desesperado. Teresa apoyó sus manos en el colchón, arqueando la espalda para recibir cada empuje. La escena era hipnótica, una danza de cuerpos entrelazados, y yo me encontré incapaz de apartar la mirada. Mi propia excitación crecía, un calor que se extendía por mi cuerpo, concentrándose en mi entrepierna. Sin darme cuenta, mi mano se deslizó dentro de mis bragas, mis dedos encontrando mi clítoris hinchado y sensible. Comencé a moverme al ritmo de sus embestidas, mi respiración entrecortada y mis ojos fijos en la escena ante mí.

Papá aceleró el ritmo, sus movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados. Teresa gritó, un sonido que era a la vez de éxtasis y de dolor, mientras papá la penetraba con una intensidad que parecía querer consumirla. Sus cuerpos estaban cubiertos de una fina capa de sudor, brillando bajo la luz tenue, mientras se movían juntos en una sincronía perfecta.

Yo también estaba cerca del clímax, mis dedos trabajando más rápido, más fuerte, mientras observaba cómo papá alcanzaba su propio orgasmo, su cuerpo tensándose y luego relajándose con un gemido gutural. Teresa colapsó sobre la cama, su cuerpo temblando con las réplicas de su propio placer.

La visión de la verga de papá, ahora cubierta de los fluidos de Teresa, era algo que no podía apartar de mi mente. La mezcla de repulsión y fascinación que sentía me dejó sin aliento, y en ese momento, supe que había cruzado una línea de la que no había retorno.

Fue en ese momento, mientras ambos yacían agotados y saciados, que me di cuenta de que había sido testigo de algo que no solo cambiaría mi percepción de mi familia, sino que también despertaría algo dentro de mí, algo oscuro y perverso, algo que no sabía cómo controlar.Teresa era mi hermana. La mayor. La que sabía cómo hablarle a papá cuando se ponía serio, la que podía entrar a la habitación de mamá sin tocar la puerta. La que parecía entender cosas que Mary y yo todavía no.

Nunca pensé que también fuera otra cosa.

Quisiera describir lo que vi. Aunque, lo importante no fue el acto. El tiempo que me quede viendolos fue suficiente para entender que no era un error, ni algo que acabara de empezar. Fue el tiempo suficiente para saber que no había una versión de esta historia donde yo pudiera volver a ser la misma.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que decidiera entrar. Podrían haber sido segundos o una eternidad.

Abrí la puerta sin empujarla del todo. El ruido fue mínimo, apenas un aviso. No grité. No lloré. Creo que ni siquiera respiré más fuerte. Solo lo llamé, a él.

Papá.

Él se giró primero. Su expresión no fue de miedo, ni de culpa inmediata. Fue de cálculo. Como si estuviera decidiendo qué versión de sí mismo mostrarme.

Teresa tardó más. Cuando me vio, no intentó cubrirse. No gritó. No se movió.

Yo no dije nada más. No pregunté. No acusé. Me quedé ahí, parada, con los brazos colgando, sintiendo que mi cuerpo era demasiado pequeño para todo lo que estaba pasando dentro de esa habitación.

Papá se salió de Teresa y dio un paso hacia mí. Solo uno. Lo suficiente para que yo retrocediera. No me tocó. No hizo falta. Su voz fue baja, firme, casi amable.

—Catherine, esto no es lo que parece.

Pensé en decirle que sí lo era. Que era exactamente eso. Pero no me salió. No lo odié en ese momento. Eso vino después. Lo que sentí fue algo peor: decepción. Y en medio de esa decepción, el calor que anteriormente se había extendido por mi cuerpo mientras los espiaba, un calor que reconocía pero que no entendía del todo.

Papá, con una calma que me heló la sangre, se acercó más. Su miembro, aún duro y brillante, apuntaba hacia mí como una acusación. Sentí un nudo en la garganta, pero también una curiosidad morbosa. Con mis 14 años, nunca había estado tan cerca de una verga.

—Ven aquí, Catherine —dijo, su voz un susurro que era a la vez una orden y una súplica. No pude moverme. Mis pies parecían clavados en el suelo. Pero él se acercó, su mano fuerte y segura agarrando mi muñeca, tirando de mí hacia él.

Sentí el calor de su cuerpo, el olor de su sudor y de su deseo. Y entonces, sin previo aviso, me giró, empujándome ligeramente hacia abajo. Mis manos tocaron la cama, mis rodillas se doblaron, y me encontré en una posición de vulnerabilidad total. A mi lado mi hermana me miraba con una expresión de calma que intentaba tranquilizarme en su mirada. No hice nada, ni siquiera emití un quejido cuando sentí que mis pantalones eran bajados junto a mis bragas. Sentí el aire de la habitación golpear mis nalgas ahora desnudas. Sentí la presión de su cuerpo detrás de mí, la dureza de su miembro buscando entrada.

—Relájate, Catherine —murmuró, su voz en mi oído, su aliento caliente en mi cuello. Sentí un escalofrío, una mezcla de miedo y excitación que me dejó sin aliento. Y entonces, con una lentitud que era casi una tortura, sentí cómo la cabeza de su miembro comenzaba a presionar contra mi ano, una invasión que era a la vez dolorosa y placentera.

Grité, un sonido que era a la vez de sorpresa y de éxtasis, mientras él empujaba más adentro, centímetro a centímetro, llenándome de una manera que nunca había experimentado. El dolor era intenso, pero también había algo más, una sensación de completitud, de pertenencia, que me impedía respirar.

Papá comenzó a moverse, sus embestidas rítmicas y profundas, cada una acompañada por un gemido que resonaba en mis oídos. Mis manos agarraron las sábanas, mis nudillos blancos por la presión, mientras me adaptaba a la invasión, mi cuerpo aprendiendo a aceptar, a disfrutar.

Y en medio de todo eso, Teresa observaba, su expresión indescifrable, como si estuviera viendo una escena que ya había presenciado antes, una danza de poder y sumisión que conocía demasiado bien.

Papá aceleró el ritmo, sus movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados. Sentí cómo su cuerpo se tensaba detrás de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis caderas, y entonces, con un gemido gutural, alcanzó su clímax, su semen caliente llenándome, marcándome de una manera que sabía que nunca olvidaría.

Colapsé sobre la cama, mi cuerpo temblando con las réplicas de un placer que no entendía, un éxtasis que me dejaba sin aliento. Y en ese momento, supe que nada volvería a ser lo mismo, que había cruzado una línea de la que no había retorno, y que, en el fondo, una parte de mí lo había querido así.

No sé cuánto tiempo pasé en esa posición, mi cuerpo aún temblando con las réplicas de lo que acababa de experimentar. Papá se retiró lentamente, su miembro aún palpitante, y me ayudó a levantarme. Mis piernas eran inestables, mi mente un torbellino de emociones contradictorias.

Teresa, que había observado todo en silencio, se acercó a mí. Su toque era suave, casi maternal, y me guiñó hacia la puerta. Salimos de la habitación en silencio, dejando a Papá atrás.

En el pasillo, Teresa me abrazó. Su cuerpo estaba caliente, su respiración aún entrecortada. Sentí sus lágrimas en mi cuello, un contraste con la frialdad que había mostrado antes.

—Catherine —susurró, su voz quebrada—, lo siento. Siento que hayas tenido que ver esto. Siento que hayas tenido que ser parte de esto.

La miré, mis ojos llenos de preguntas, de confusión, de una mezcla de odio y amor que no sabía cómo desentrañar.

—Teresa, ¿por qué? —pregunté, mi voz apenas un susurro. Ella suspiró, un sonido que parecía venir de lo más profundo de su alma.

—Porque a veces, Catherine, el amor y el deseo se entrelazan de maneras que no podemos controlar. Y porque, a pesar de todo, él es mi padre, y yo soy su hija. —Hizo una pausa, sus ojos buscando los míos, buscando comprensión, perdón.

—Todo comenzó mucho antes de que mamá muriera —continuó Teresa, su voz temblando ligeramente—. Papá siempre ha sido… diferente. Se escabullía en mi habitación por las noches, y al principio, yo no entendía. Pero luego, con el tiempo, aprendí lo que quería. Me enseñó a complacerlo, a darle placer de maneras que nunca imaginé. Mi cuerpo se convirtió en su juguete, y yo aprendí a aceptarlo, a disfrutarlo, a necesitarlo.

Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de comprensión y repulsión que me dejó sin aliento. Teresa continuó, su voz más firme ahora, como si estuviera liberando un peso que había llevado durante demasiado tiempo.

—La primera vez que lo hizo, fue brutal. Me dolió mucho, pero él me dijo que era normal, que con el tiempo me gustaría. Y tenía razón. Con el tiempo, aprendí a desearlo, a anhelar cada noche que venía a mi cama. Mi ano se convirtió en su propiedad, al igual que mi boca. Me dijo que mi vagina era para mis amores, pero que mi cuerpo le pertenecía a él. Y yo lo creí. Lo creí porque era más fácil que luchar contra ello.

Teresa hizo una pausa, sus ojos llenos de lágrimas, pero su expresión determinada.

—Prometió que no te tocaría, Catherine. Prometió que si yo lo complacía, te dejaría en paz a ti y a Mary. Y yo lo creí. Creí que podía protegerte de esto. Pero ahora… ahora veo que no puedo proteger a nadie, ni siquiera a mí misma.

Sentí una ola de emociones contradictorias. La compasión por Teresa, la rabia hacia papá, y una sensación de traición que me consumía. Teresa me miró, sus ojos suplicantes, buscando perdón.

—Hermanita, lo siento —dijo, su voz apenas un susurro—. Siento que hayas tenido que pasar por esto. Siento no haber sido lo suficientemente fuerte para detenerlo. Pero ahora, al menos, lo sabes. Ahora, al menos, estamos juntas en esto.

Asentí, sintiendo una mezcla de alivio y dolor. La confesión de Teresa era cruda y brutal, pero también liberadora. En medio de toda esa oscuridad, habíamos encontrado una conexión, un entendimiento mutuo que nos unía de una manera que nunca imaginé.

Después de eso, hice lo único que sabía hacer bien: no dije nada.

Al principio pensé que guardar silencio era una forma de protegernos. A Teresa. A mamá. A mí. Como si las cosas malas se hicieran más pequeñas cuando nadie las nombra. Ahora sé que eso no es verdad. El silencio no protege, solo aplaza. Y mientras tanto, crece.Después de esa noche empecé a sentir que mi familia era una casa donde se habían movido los muebles sin avisar. Todo estaba en su lugar, pero nada se sentía igual. Papá seguía desayunando a la misma hora, seguía preguntando por el colegio, seguía usando la misma colonia. Pero ya no era mi papá. Era un hombre que sabía hacer cosas que yo no podía entender, y eso lo volvió extraño, como si viviera con nosotros alguien que se le parecía mucho.

Teresa desapareció poco después. No de golpe. No como alguien que huye. Fue más bien como alguien que se va apagando. Un día todavía respondía mensajes. Al siguiente, tardaba horas. Luego días. Papá dijo que necesitaba espacio. Lo dijo con la misma voz con la que decía que iba a llover o que el pan estaba viejo. Como si fuera un dato más.

Yo fui la última en aceptar que Teresa no se había ido solo para descansar. Me aferré a esa idea porque era más fácil pensar que estaba cansada que pensar que se estaba yendo de nosotros. O que nosotros la estábamos dejando ir.

A veces pienso que mamá sabía. No tengo pruebas. Solo esa sensación incómoda. Mamá era buena callando.

Desde que murió, la extraño de una forma rara. No solo por lo que fue, sino por lo que ya no puedo preguntarle. Ahora no está, y yo tengo preguntas que pesan más que antes.

Mary dice que estamos viviendo una etapa, que todo se va a ordenar. Ella siempre cree que las cosas se ordenan. Yo no. Las familias no se rompen de golpe; se dispersan. Se vuelven distantes sin hacer ruido. Teresa ya no está. Papá casi tampoco. Y Mary… Mary está, pero en otra parte, pensando.

A veces me preguntan por qué quiero encontrar a Teresa. Dicen que no es sano, que hay cosas que es mejor dejar atrás. No entienden. No es solo por ella. Es por mí. Porque si no la encontramos, si aceptamos que desaparezca sin explicación, entonces esta historia va a quedar cerrada en el lugar equivocado, como si todo hubiera sido normal, como si nada hubiera pasado de verdad.

No sé qué vamos a hacer cuando la encontremos. No sé si nos odiará, si nos pedirá perdón o si no nos dará nada. Pero necesito verla. Necesito saber que sigue existiendo en el mismo mundo que yo. Porque si no, tengo miedo de que algún día yo también desaparezca así, sin que nadie se dé cuenta.

La ausencia de Teresa dejó un vacío en nuestra casa y papá también comenzó a ausentarse con frecuencia, dejando a Mary y a mí solas en una casa que se sentía cada vez más extraña. Mary, en la universidad, solo aparecía en las noches, y yo me quedaba sola con mis pensamientos y mis miedos.

Intentaba concentrarme en el colegio, pero era difícil. Las imágenes de papá y yo, nuestras noches juntas, se filtraban en cada rincón de mi mente. No había escapatoria. El recuerdo de su cuerpo sobre el mío, de su aliento en mi cuello, me perseguía sin descanso.

Las pocas veces que papá estaba en casa, me usaba a su antojo. Si estaba en la mesa estudiando, él se acercaba sigilosamente, su presencia imponente y amenazadora. «Catherine,» susurraba, su voz un eco de poder y deseo. «Ven aquí.» Y yo obedecía, mi cuerpo respondiendo a su llamado como un perro bien entrenado.

Me arrodillaba frente a él, mis manos temblando mientras desabrochaba su cinturón. Su verga, ya dura y palpitante, se liberaba, apuntando hacia mí como una acusación. La tomaba en mi boca, mis labios cerrándose alrededor de su grosor, mi lengua explorando cada vena, cada centímetro de su longitud. Él gemía, un sonido gutural que resonaba en mis oídos, llenándome de una mezcla de repulsión y excitación.

Papá movía sus caderas, follándome la boca con embestidas profundas y rítmicas. Su mano agarraba mi cabello, tirando de él con fuerza, controlando cada movimiento. Sentía su verga hinchándose, su cuerpo tensándose, y sabía que estaba cerca. Entonces, con un gemido final, se corría, su semen caliente llenando mi boca, deslizándose por mi garganta. Tragaba, mi estómago revolviéndose, pero obedeciendo.

«Buena chica,» decía, su voz satisfecha, y yo me sentía como un animal domesticado, entrenado para complacer a su amo.

Mi ano, eventualmente, se acostumbró al grosor de su verga. La primera vez que me penetró por ahí, el dolor fue intenso, casi insoportable. Pero con el tiempo, mi cuerpo aprendió a adaptarse, a aceptar la invasión. Papá me cogía por detrás, sus embestidas profundas y desesperadas, cada una acompañada por un gemido que resonaba en mis oídos. Mis manos agarraban las sábanas, mis nudillos blancos por la presión, mientras me adaptaba a la invasión, mi cuerpo aprendiendo a aceptar, a disfrutar.

Y así, tal como a Teresa, me he mantenido vaginalmente virgen. Papá no me toca ahí. Es como si ese lugar fuera sagrado, intocable, reservado para alguien más. A veces, cuando estamos juntos, siento su mirada en mi entrepierna, una mezcla de deseo y restricción. Pero nunca cruza esa línea, y yo me pregunto por qué.

Intentaba concentrarme en el colegio, pero era difícil. Las imágenes de papá y yo, nuestras noches juntas, se filtraban en cada rincón de mi mente. No había escapatoria. El recuerdo de su cuerpo sobre el mío, de su aliento en mi cuello, me perseguía sin descanso.

Las pocas veces que papá estaba en casa, me usaba a su antojo. Si estaba en la mesa estudiando, él se acercaba sigilosamente, su presencia imponente y amenazadora. «Catherine,» susurraba, su voz un eco de poder y deseo. «Ven aquí.» Y yo obedecía, mi cuerpo respondiendo a su llamado como un perro bien entrenado.

Me arrodillaba frente a él, mis manos temblando mientras desabrochaba su cinturón. Su verga, ya dura y palpitante, se liberaba, apuntando hacia mí como una acusación. La tomaba en mi boca, mis labios cerrándose alrededor de su grosor, mi lengua explorando cada vena, cada centímetro de su longitud. Él gemía, un sonido gutural que resonaba en mis oídos, llenándome de una mezcla de repulsión y excitación.

Papá movía sus caderas, follándome la boca con embestidas profundas y rítmicas. Su mano agarraba mi cabello, tirando de él con fuerza, controlando cada movimiento. Sentía su verga hinchándose, su cuerpo tensándose, y sabía que estaba cerca. Entonces, con un gemido final, se corría, su semen caliente llenando mi boca, deslizándose por mi garganta. Tragaba, mi estómago revolviéndose, pero obedeciendo.

«Buena chica,» decía, su voz satisfecha, y yo me sentía como un animal domesticado, entrenado para complacer a su amo.

Mi ano, eventualmente, se acostumbró al grosor de su verga. La primera vez que me penetró por ahí, el dolor fue intenso, casi insoportable. Pero con el tiempo, mi cuerpo aprendió a adaptarse, a aceptar la invasión. Papá me cogía por detrás, sus embestidas profundas y desesperadas, cada una acompañada por un gemido que resonaba en mis oídos. Mis manos agarraban las sábanas, mis nudillos blancos por la presión, mientras me adaptaba a la invasión, mi cuerpo aprendiendo a aceptar, a disfrutar.

Y así, tal como me alcanzó a convertir a Teresa, me he mantenido vaginalmente virgen. Papá no me toca ahí. Es como si ese lugar fuera sagrado, intocable, reservado para alguien más. A veces, cuando estamos juntos, siento su mirada en mi entrepierna, una mezcla de deseo y restricción. Pero nunca cruza esa línea, y yo me pregunto por qué.

Una noche, mientras papá estaba en casa, me llamó a su habitación. «Catherine,» dijo, su voz baja y firme, «ven aquí.» Entré, mi corazón latiendo con fuerza, mis manos sudorosas. Él estaba sentado en la cama, su cuerpo desnudo a la vista, su verga ya dura y lista.

«Desnúdate,» ordenó, y yo obedecí, mis movimientos lentos y torpes. Me quité la ropa, pieza por pieza, hasta quedar completamente desnuda frente a él. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mis pechos, en mi entrepierna, en mi ano. Sentí un escalofrío, una mezcla de miedo y excitación que me dejó sin aliento.

Papá se levantó, acercándose a mí. Su mano agarró mi cabello, tirando de él con fuerza, obligándome a arrodillarme. Tomé su verga en mi boca, mis labios cerrándose alrededor de su grosor, mi lengua explorando cada centímetro. Él gemía, sus caderas moviéndose, follándome la boca con embestidas profundas y rítmicas.

De repente, me soltó, empujándome hacia la cama. Caí de bruces, mi cuerpo temblando. Sentí sus manos en mis caderas, sus dedos clavándose en mi carne. Entonces, con una lentitud que era casi una tortura, sentí cómo la cabeza de su verga comenzaba a presionar contra mi ano, una invasión que era a la vez dolorosa y placentera.

Grité, un sonido que era a la vez de sorpresa y de éxtasis, mientras él empujaba más adentro, centímetro a centímetro, llenándome de una manera que nunca había experimentado. El dolor era intenso, pero también había algo más, una sensación de completitud, de pertenencia, que me impedía respirar.

Papá comenzó a moverse, sus embestidas rítmicas y profundas, cada una acompañada por un gemido que resonaba en mis oídos. Mis manos agarraron las sábanas, mis nudillos blancos por la presión, mientras me adaptaba a la invasión, mi cuerpo aprendiendo a aceptar, a disfrutar.

Y en medio de todo eso, sentí algo más. Una conexión, una intimidad que nunca había experimentado. Era como si, en ese momento, papá y yo fuéramos uno solo, unidos por un deseo primitivo y desesperado. Y en medio de esa oscuridad, encontré un extraño consuelo, una sensación de pertenencia que me dejó sin aliento.

Papá aceleró el ritmo, sus movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados. Sentí cómo su cuerpo se tensaba detrás de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis caderas, y entonces, con un gemido gutural, alcanzó su clímax, su semen caliente llenándome, marcándome de una manera que sabía que nunca olvidaría.

Colapsé sobre la cama, mi cuerpo temblando con las réplicas de un placer que no entendía, un éxtasis que me dejaba sin aliento. Y en ese momento, supe que nada volvería a ser lo mismo, que había cruzado una línea de la que no había retorno, y que, en el fondo, una parte de mí lo había querido así.

Después de esa noche, las cosas cambiaron. Papá se ausentaba aún más, dejando a Mary y a mí solas en una casa que se sentía cada vez más extraña. Pero en las noches en que estaba en casa, me usaba a su antojo, su deseo insaciable, su control absoluto. Y yo, atrapada en esa red de poder y sumisión, aprendí a aceptar, a disfrutar, a necesitar.

La vida continuó, una serie de días y noches que se entrelazaban en un patrón de deseo y control. Y en medio de toda esa oscuridad, encontré una parte de mí misma, una fuerza que no sabía que tenía, una capacidad de resistencia que me sorprendió. Porque, a pesar de todo, seguí adelante, sobreviviendo, adaptándome, y aprendiendo a vivir en un mundo donde el amor y el deseo se entrelazaban de maneras que nunca imaginé.

38 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: colegio, hermana, hermanita, hija, mayor, orgasmo, padre, semen
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