Nunca jamás
Benjy Stone recuerda haber crecido en un cine de barrio. Allí descubrió a Alan Swann: capa al viento, espada en mano, salvando princesas y enfrentando tiranos. Para el niño que fue, Swann no era un actor: era la promesa de que la vida podía ser grande, heroica, limpia de sombras..
Pero la adultez llegó demasiado pronto, y con ella, un empleo rutinario como guionista de comedia en un programa de variedades. El destino, o la mala suerte, quiso que su héroe de infancia fuera invitado estelar del show.
La primera vez que lo vio en persona, Benjy no reconoció al hombre frente a él: Swann estaba encorvado, con los ojos enrojecidos. Era apenas un eco del mito.
Fue Benjy, por impulso, quien decidió acercarse. Sintió que era su responsabilidad conocerlo, acompañarlo, rescatarlo de esa soledad de viejo héroe en decadencia. Como si el niño que había sido se negara a aceptar la ruina de su ídolo.
Esa noche, cuando habló de sus planes, Lisa, su esposa, lo miró con el ceño fruncido.
—Un hombre como él no necesita un amigo —murmuró Lisa, removiendo el café sin probarlo—. Necesita un médico.
Benjy la escuchaba pero no la oía. Dentro de sí, la idea ya se había instalado con la fuerza de una revelación: Swann no era solo una estrella caída, era un hombre solo, y él podía llenar ese vacío. Había algo noble —pensaba— en tenderle la mano, en convertirse en su confidente. No como fanático, sino como compañero en medio de la tormenta.
Lisa apoyó la taza con un golpe seco.
—No lo conoces, Benjy. Lo que quieres salvar no es a ese hombre, sino a tu propia infancia. Y yo no pienso competir con un fantasma.
Él bajó la mirada. Le dolía la dureza de esas palabras, pero no podía contradecirlas sin sentirse descubierto. Lo único que atinó a decir fue:
—Sólo quiero estar ahí. Que no pase sus noches solo en hoteles y bares.
Lisa no respondió. Se levantó de la mesa y se perdió por el pasillo, dejando tras de sí el sonido de sus pasos y la certeza de una distancia que empezaba a crecer entre ellos.
Y entonces lo decidió: al día siguiente lo buscaría. No para vigilarlo ni para protegerlo, sino para ser su amigo. Para que, al menos una vez en la vida, un héroe no estuviera completamente solo.
Benjy no supo en qué momento exacto se encontró caminando junto a Swann por las avenidas de la ciudad. Lo cierto es que ahí estaban, los dos, bajo un neón parpadeante que anunciaba una función ya terminada, mientras taxis y buses pasaban como ráfagas.
Swann llevaba la chaqueta colgada sobre un hombro, con el andar tambaleante pero digno de quien aún cree estar bajo el ojo de la cámara.
—Nueva York… —murmuró Swann, con esa voz que parecía hecha para pronunciar discursos heroicos—. Una ciudad donde nadie duerme… y donde nadie quiere dormir.
Benjy sonrió nervioso. Caminaba a su lado como un escudero fiel, buscando las palabras que lo acercaran más a él. Y sin darse cuenta, comenzó a hablar de Lisa.
—Mi esposa… Lisa. Apenas veinte años. Nos casamos jóvenes, demasiado jóvenes, quizá. Pero ella… —hizo una pausa, como si el nombre bastara para encender una ternura en su voz—. Ella es lo único real que tengo, ¿sabe?
Swann giró hacia él con interés súbito, sus ojos encendidos por algo más que el alcohol.
—¿Veinte años, has dicho? —preguntó, arqueando una ceja.
—Sí. Es… es muy distinta a usted o a este mundo. Tranquila. Inteligente.
—¿Y cómo es? —interrumpió Swann, con una sonrisa ladeada, esa que en sus películas solía anunciar un duelo inminente—. Dímelo. No me hables de virtudes. Habla de ella como mujer.
Benjy titubeó, sorprendido por el giro de la conversación. Miró al suelo, luego volvió a levantar la vista.
—Bueno… es bajita. Apenas un metro cincuenta y cinco. Pero… —la voz se le quebró entre timidez y orgullo— tiene un cuerpo hermoso.
Swann lo escuchaba con atención, como si las palabras fueran parte de una confesión íntima en lugar de una charla ligera.
—¿Hermoso cómo? —insistió, inclinándose hacia él, con una risa ronca que resonaba en la noche.
Benjy sintió un calor extraño recorrerle el pecho. Y aun así respondió.
—Tiene un culo que… bueno, que me vuelve loco. Y unos senos firmes, perfectos. Nunca deja de sorprenderme… que alguien así esté conmigo.
Swann lanzó una carcajada que se perdió entre los ruidos de la ciudad.
—¡Ah, muchacho! Ahora sí que me estás hablando de verdad. —Le palmeó la espalda con fuerza—. Lisa… ¡me gusta ese nombre!
Swann caminaba como si aún estuviera filmando, exagerando cada ademán, y Benjy lo seguía, absorto, atrapado en un hechizo que no reconocía como tal.
—¿Y en la cama? —preguntó Swann de pronto, con una sonrisa ladeada, casi cruel.
Benjy se sonrojó, pero respondió, incapaz de guardar silencio frente a su héroe.
—Es… apasionada. Se entrega con todo lo que tiene. Yo a veces creo que no la merezco.
Swann rió por lo bajo, como si disfrutara de la incomodidad que generaba.
—¿Se pasea desnuda por la casa como una diosa?
Benjy tragó saliva.
—Sí. Lo hace. Y yo… yo me pierdo en ella cada vez.
El actor lo observó con ojos brillantes, como un depredador jugando con su presa. Cada pregunta se volvía más directa, más indecente, y Benjy respondía todo, obnubilado por esa mezcla de miedo y fascinación.
—Dime, ¿cómo huele? ¿A qué sabe su piel cuando la besas?
—Ehh… no lo sé —susurró Benjy, sorprendido de hacía donde se había dirigido la conversación.
Swann se detuvo, lo tomó del hombro y lo miró fijamente, como si quisiera traspasarlo.
—Tienes suerte, chico. Pero la suerte no dura para siempre.
Benjy quiso preguntar qué quería decir con eso, pero Swann ya había girado la conversación hacia un terreno más vertiginoso.
—Quiero conocerla. —La frase cayó como una sentencia, sin titubeo.
Benjy se quedó inmóvil en medio de la acera, mientras un taxi pitaba al pasar.
—¿Conocerla? —repitió, incrédulo.
—Claro —dijo Swann, encendiendo un cigarro con calma teatral—. Si hablas tanto de ella… si la pintas como una musa, una maravilla… ¿cómo podría yo resistirme?
Dentro de él, dos voces se enfrentaban: una, clara y firme, le gritaba que debía proteger a su esposa, su intimidad, lo poco de auténtico que aún le quedaba; la otra, intoxicada de devoción, le recordaba que Swann era más que un hombre.
Swann, mientras tanto, no apuraba la respuesta. Caminaba seguro, con esa mezcla de altivez y decadencia que lo envolvía todo. Cada tanto lanzaba un comentario mordaz, una broma ligera, pero sus ojos tenían la firmeza de quien sabe que la voluntad del otro está a punto de quebrarse.
Benjy bajó la cabeza. Sus labios se movieron apenas, un susurro que no era para Swann sino para sí mismo:
—Está bien. Te la presentaré.
Swann sonrió satisfecho, como si hubiera ganado una apuesta.
La ciudad los recibió con su rumor constante mientras tomaban un taxi. El recorrido fue breve, aunque para Benjy pareció eterno. Cada semáforo, cada edificio iluminado, le recordaba la traición silenciosa en la que estaba cayendo. El reflejo de su rostro en la ventana le devolvía la imagen de un hombre dividido.
Cuando llegaron, el reloj marcaba más allá de la medianoche. El barrio estaba casi en penumbras, salvo por las luces amarillas de algunos apartamentos aún despiertos. Benjy abrió la puerta de su casa con manos temblorosas. Swann, en cambio, entró con la seguridad de un invitado de honor, dejando el eco de sus pasos llenar el pasillo.
Lisa escuchó el giro de la cerradura y salió al pasillo medio dormida, frotándose los ojos. Llevaba un pijama sencillo de algodón, color claro, con la blusa suelta que apenas lograba disimular sus tetas. El cabello, negro y revuelto, caía sobre sus hombros. Sus pies descalzos rozaban el suelo frío.
—¿Benjy? —dijo con voz queda, incrédula, al ver que no estaba solo.
Swann dio un paso hacia adelante. Tenía la chaqueta colgando de un brazo y el cigarro aún humeante en la otra mano. La observó con la misma intensidad con la que un público contempla el telón al abrirse. Sus ojos recorrieron cada detalle: el contraste entre su baja estatura y la plenitud de su cuerpo, la curva insinuada bajo la tela fina del pantalón, el movimiento involuntario de su pecho con cada respiración.
No fue una mirada rápida ni educada. Fue un examen, lento y sin pudor, como si cada gesto de Lisa fuese parte de una escena que sólo él podía dirigir.
—Así que… esta es la famosa Lisa —dijo, con la voz grave y cargada de un deleite apenas contenido.
Lisa se irguió un poco, consciente de que estaba siendo mirada más allá de lo aceptable. Cruzó los brazos sobre el pecho, como para cubrirse, y luego clavó la vista en su esposo.
—¿Qué significa esto, Benjy?
Él no respondió de inmediato. Estaba atrapado entre dos fuerzas opuestas: la necesidad de protegerla y la obediencia ciega a su ídolo. Los ojos de Benjy iban de Lisa a Swann, y en ese vaivén se le notaba la contradicción, el temblor, la culpa.
Swann soltó una risa breve, casi teatral.
—Muchacho, ahora entiendo por qué hablas de ella con tanta pasión. —Su mirada volvió a recorrerla, de pies a cabeza—. La belleza no debería esconderse ni siquiera en pijama.
Lisa apretó los labios, irritada y confundida. Benjy, en cambio, sintió que el suelo se le deshacía bajo los pies: cada palabra de Swann era un halago envenenado, una prueba más de su dominio.
Lisa no se apartó ni un centímetro. Se cruzó de brazos y lo miró fijamente, con una seriedad que contradecía su pijama arrugado.
—No me importa quién sea usted —dijo con voz clara, firme—. En esta casa se me respeta.
Swann parpadeó, sorprendido por la resistencia. Por un segundo, se le curvó la boca en una sonrisa torcida, de esas que mezclaban cinismo con fascinación. Dio un paso hacia adelante y, sin disimular, dejó que su voz se volviera grave y sugerente:
—Respetar… sí, claro. Pero cuando la belleza se aparece de improviso en la madrugada, ¿cómo no mirar? ¿Cómo no imaginar lo que hay bajo esa tela ligera?
Benjy se sobresaltó. Quiso decir algo, pero la garganta se le cerró. Estaba dividido: su héroe hablaba con la desfachatez de un conquistador, y su esposa lo observaba con ojos que exigían defensa. No supo a quién responder primero.
Lisa, herida por el silencio de Benjy, apretó aún más los labios.
—Usted es un borracho sinvergüenza.
Swann dejó escapar una carcajada que se apagó de golpe. Enseguida alzó las manos, teatral, como si se rindiera.
—¡Ay, qué torpe soy! Tiene toda la razón. A veces la lengua me traiciona, sobre todo a estas horas y con el corazón blando. —Volvió la mirada hacia Benjy y ladeó la cabeza—. Perdóname, muchacho. No quise faltar al honor de tu esposa.
La tensión parecía disolverse, pero sólo en la superficie. Swann rebuscó en su chaqueta arrugada y sacó una botella medio envuelta en papel. El vidrio aún estaba frío.
—Traía esto conmigo. Un buen vino francés, rescatado de tiempos mejores. —Alzó la botella como si fuera un trofeo—. Propongo un brindis, el último de la noche. Una tregua.
Lisa lo miró con desconfianza. Su instinto le decía que no era buena idea, pero algo en la mirada de su marido —esa súplica muda, esa necesidad infantil de complacer a su ídolo— la ablandó un instante. Suspiró y negó con la cabeza.
—Una sola copa —dijo, con tono de advertencia—. Y después, a la cama.
Swann inclinó la cabeza, satisfecho. Con un gesto amplio, los invitó a la sala.
—A la cama después de brindar… no hay mejor final para una velada.
Lisa frunció el ceño, pero caminó hacia el comedor. Benjy, en silencio, los siguió: atrapado entre la firmeza de su esposa y el magnetismo corrosivo de su ídolo.
Swann sirvió el vino con un cuidado ceremonioso, como si aquella botella fuese una reliquia. El líquido rojo brillaba bajo la luz amarillenta de la lámpara, llenando las copas con un tono oscuro y profundo.
—Por la belleza inesperada —dijo Swann, levantando su copa hacia Lisa, con una sonrisa ladeada.
Ella lo sostuvo con la mirada, incrédula, y bebió un sorbo corto.
—Por la lealtad —añadió, girándose hacia Benjy—, esa rara virtud que mantiene en pie a los hombres cuando todo lo demás se derrumba.
Benjy levantó su copa casi temblando.
El primer trago se sintió pesado, cargado de silencios. Swann parecía disfrutar del efecto: sus ojos iban de uno al otro, como un director satisfecho de la tensión que había sembrado en escena.
La segunda copa llegó sin que nadie la propusiera. Swann se levantó, llenó los vasos otra vez y, antes de beber, soltó otra de sus frases ambiguas:
—Brindemos ahora por la noche… porque aún en su oscuridad, revela lo que el día esconde.
Lisa alzó una ceja, molesta, pero bebió. El vino le calentaba las mejillas y le aflojaba la lengua. Benjy observaba fascinado: cada palabra de su ídolo era un juego, un doble filo.
La tercera copa terminó de vaciar la botella. Swann la dejó sobre la mesa con un golpe suave y se reclinó en la silla, satisfecho. El silencio entre los tres pesaba como un telón que no se animaba a caer.
Fue Benjy quien lo rompió. Con un entusiasmo torpe, casi infantil, se levantó hacia la alacena.
—Tengo más… whisky, creo… también un poco de ron.
Lisa lo miró incrédula, con las mejillas encendidas.
—¿Más? ¿En serio, Benjy?
Él tragó saliva, sin saber cómo justificarlo. Miró a Swann, y la respuesta estaba ahí: el brillo ansioso en los ojos del viejo actor, la necesidad de mantener viva la escena.
Lisa suspiró con fastidio y se recostó en la silla.
—Haz lo que quieras —dijo, con voz baja, cansada. Luego añadió, casi para sí misma—. Total, ya empezamos.
Su molestia no ocultaba el calor que el vino le había dejado en la piel. El rubor en su rostro no era sólo enojo.
Swann sonrió como un cazador que olfatea la rendija de la presa.
—Eso, querida… que la noche aún es joven.
El whisky corrió más rápido que el vino. El calor en las mejillas de Lisa ya no era sólo del enojo; el alcohol la envolvía en una nube espesa, donde la línea entre indignación y desconcierto se desdibujaba. Swann, en cambio, parecía cada vez más cómodo, dueño del espacio, como si aquel apartamento fuera un escenario montado para él.
—Debo decirlo… —empezó, dejando la copa en la mesa con un golpe seco—. Veo que Benjy no mentía sobre tus tetas.
La frase cayó como una piedra en el agua.
—Se ve que lo que tienen de firmes tienen de hermosas.
Lisa lo miró, primero con un destello de furia. Pero algo cambió enseguida: ya no era rabia lo que se dibujaba en su rostro, sino incredulidad pura. Sus labios se entreabrieron, sin palabra alguna, como si no pudiera creer la desfachatez con que aquel hombre se atrevía a decirlo.
Benjy se tensó de inmediato. Tragó saliva, incapaz de reaccionar con firmeza. Cada músculo en su cuerpo le exigía ponerse de pie, sacar a Swann de la casa, pero al mismo tiempo algo más fuerte lo mantenía clavado en la silla: esa mezcla venenosa de admiración y sumisión. Su héroe hablaba como un depravado, sí, pero era su héroe.
Lisa se reclinó hacia atrás, exhalando despacio. Su ceño fruncido se suavizó en una expresión casi incrédula, como si se preguntara qué demonios hacía ahí, soportando aquello. El silencio era tan denso que parecía que hasta las luces de la ciudad, detrás de la ventana, se apagaban para escucharlo.
Swann, en cambio, sólo sonrió, ladeando la cabeza con una especie de cinismo encantador.
—No pongas esa cara, querida. Lo digo con el respeto de un hombre que ha visto demasiada belleza desperdiciarse en aplausos vacíos.
Lisa alzó la copa, bebió un trago largo y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos, oscurecidos por la penumbra y el cansancio, se clavaron en Swann.
—¿Y bien? —dijo con un sarcasmo helado—. ¿Quiere hablar de mis tetas como si estuviéramos en una taberna de marineros?
Swann sonrió, ladeando la cabeza como un actor frente a un público exigente.
—Lo dije porque merecen ser mencionadas. Hay bellezas que los hombres esconden por miedo a nombrarlas, y otras que sólo se celebran en secreto. Tú, querida, tienes ambas.
Lisa soltó una risa breve, incrédula, casi seca.
—Vaya piropo. Firmes y hermosas. Me pregunto cuántas veces habrá repetido esa frase frente a otras mujeres.
—Jamás con tanta sinceridad —respondió Swann sin dudar, con esa mezcla de descaro y solemnidad que sólo él podía sostener.
El silencio que siguió estaba cargado de tensión, pero no era exactamente enojo. Lisa lo miraba con una mezcla de burla y desafío, como si quisiera ver hasta dónde se atrevía a llegar.
En la esquina del sofá, Benjy observaba la escena desde un lugar incómodo, apartado. Su respiración era más rápida de lo normal. No podía creer lo que escuchaba, y sin embargo no apartaba los ojos. Se decía a sí mismo que debía intervenir, que debía frenar esa conversación absurda e indecente… pero las palabras no le salían.
Lo que sí aparecía, contra su voluntad, era un cosquilleo eléctrico que le recorría el cuerpo. Una parte de él —la más oscura, la más reprimida— encontraba algo excitante en ver a su esposa enfrentarse, con sarcasmo, a su ídolo, y en escuchar a Swann hablar de sus pechos con tanta desvergüenza.
Lisa lo notó. No en su mirada, que evitaba la suya, sino en el leve temblor de sus manos y el rubor que se le subía al cuello. Sus ojos brillaron por un segundo, sorprendidos: no sólo estaba lidiando con Swann… también con la fragilidad de su propio marido.
—Entonces dígame, señor Swann —dijo Lisa con ironía contenida—, ¿piensa brindar una cuarta vez… por mis tetas?
Swann rio bajo, casi como un rugido satisfecho.
—Si me dejan, querida, brindaré por ellas toda la noche. Veo que no te asusta mi franqueza —murmuró Swann, inclinándose ligeramente sobre la mesa—. Y eso me intriga. Quizá debamos hacer un brindis más… cercano.
Lisa, con la seguridad que le daba su juventud y autonomía, levantó la ceja, curvando los labios en una sonrisa irónica. No se movió.
—Cercano, ¿eh? —dijo con voz firme—. Bueno, veamos hasta dónde llegas. Sus brazos se cruzaron sobre el pecho, pero su postura era firme, desafiante. Sus ojos brillaban con un fuego inquieto, consciente del efecto que su presencia causaba.
—No me intimidas —dijo finalmente
Swann rió suavemente, un sonido grave y satisfecho, como si la resistencia lo excitara aún más.
—Resistencia… eso sí que es delicioso. —Se inclinó ligeramente hacia ella, sus palabras cargadas de doble sentido, pero sin tocarla—. Veo que Benjy no exageraba. Lo que él decía de ti… no era ninguna mentira.
Benjy permanecía apartado, a un lado, con la respiración agitada. No podía apartar los ojos de la interacción, mientras sentía cómo un calor difícil de controlar le subía por el pecho. Cada palabra de Swann era un golpe eléctrico, y la seguridad de Lisa, participando del juego, lo consumía.
—¿Y qué decía exactamente? —preguntó Lisa, con un hilo de ironía y desafío—. ¿Qué clase de exageraciones?
—Decía… que tus tetas eran excepcionales —respondió Swann, inclinándose apenas hacia adelante, su voz grave y medida, cargada de provocación—. Sería una pena perder la oportunidad de apreciarlas.
Lisa lo miró, incrédula al principio, arqueando una ceja. Luego, una ligera sonrisa empezó a dibujarse en sus labios, mientras su mirada se cruzaba con la de Benjy. Por primera vez, parecía que la mezcla de ironía y desafío se transformaba en algo más: una curiosidad que la invitaba a jugar, a no retirarse.
—¿Así que esto es lo que piensa de mí? —preguntó, con un hilo de voz que oscilaba entre el reproche y el juego—. ¿Y crees que puedes decirlo así, tan directo, sin que me moleste?
Swann soltó una risa baja, casi un suspiro, y alzó la copa hacia ella de manera ceremoniosa, como si brindara por su audacia:
—No pretendo molestarte. Sólo decir la verdad. Y Benjy, aquí presente, está de acuerdo conmigo, ¿no es así?
Benjy permaneció apartado, con la respiración acelerada. Su mirada iba de Swann a Lisa, y de vuelta. Cada palabra del viejo ídolo lo penetraba como electricidad, mezclando excitación, admiración y culpa.
Swann apoyó la copa en la mesa y, sin pedir permiso, extendió la mano hasta rozar el borde de la blusa de Lisa. Tiró suavemente del algodón, dejando ver la curva tensa de un pezón erguido bajo la tela. Lisa soltó un jadeo corto, mitad protesta, mitad sorpresa.
—No exagerabas en nada Amigo mío.
Benjy se mordió el labio, sintiendo cómo se le endurecía la verga contra el pantalón, incapaz de moverse.
Lisa terminó de quitarse la blusa con un movimiento lento, casi desafiante, liberando sus tetas firmes frente al invitado y a su marido. Los pezones, duros por el roce y el vino, se erguían bajo la mirada hambrienta de Swann.
Él soltó una carcajada grave y se inclinó hacia adelante, sin pedir permiso, atrapando uno de sus pezones entre los dedos y girándolo con descaro. Lisa cerró los ojos un segundo, conteniendo un gemido, mientras Benjy, desde el sofá, se retorcía con la verga palpitando dentro del pantalón.
—Míralos, Benjy —susurró Swann, apretando el pecho de Lisa como si le perteneciera—. Tenías razón, son perfectos. Una obra de arte… hecha para ser chupada.
Se inclinó de golpe y lamió con la lengua ancha todo el contorno de una de sus tetas, hasta atrapar el pezón con la boca y succionarlo con fuerza. Lisa arqueó la espalda, un gemido ahogado escapándole de la garganta.
Benjy apretó los puños, dividido entre el impulso de arrancarlo de encima y el placer oscuro de verlo saborear lo que hasta ahora había sido solo suyo.
Swann levantó la mirada, con el pezón aún húmedo en la boca, y sonrió con un brillo de triunfo.
—Vamos, querido —dijo con la voz ronca—. No te escondas ahí. Acércate y mira bien.
Swann no soltaba su pecho, lo amasaba con la misma avidez con que un hombre saborea un banquete después de una larga espera. Lisa, enrojecida por el vino y por la vergüenza de sentirse observada por su propio marido, respiraba entrecortado, como si cada roce del actor la desarmara.
—Quítate el resto, preciosa —ordenó Swann con voz baja, ronca, sin dejar de lamerle un pezón—. No escondas nada.
Lisa abrió los ojos de golpe, incrédula. Sus labios temblaron, pero lo que escapó de ellos no fue una protesta, sino un jadeo. Benjy lo vio: ese instante en que la resistencia se quebraba y dejaba paso a otra cosa, más oscura.
Con las manos torpes, Lisa desabrochó el pantalón del pijama. Lo bajó por sus caderas con un movimiento lento, hasta dejarlo caer al suelo. La tela reveló la curva plena de su culo y el triángulo húmedo de su ropa interior, marcando claramente la excitación que trataba de negar.
Swann soltó un silbido bajo, como quien contempla un tesoro.
—Dios santo, Benjy… y tú la tenías escondida en esta jaula doméstica.
Se levantó apenas, tomó la pretina de la braga y tiró hacia abajo con un gesto decidido. Lisa se estremeció al sentir la tela deslizarse por sus muslos y caer a sus tobillos. Ahora estaba completamente desnuda frente a los dos hombres: su piel clara iluminada por la lámpara, el vientre agitado, el sexo húmedo expuesto sin disimulo.
Benjy dejó escapar un gemido ahogado, tapándose la boca con la mano. La visión de su esposa desnuda, entregada al escrutinio de su héroe, lo hacía hervir de excitación y celos al mismo tiempo.
Swann recorrió su cuerpo con una mano abierta, desde el cuello hasta la línea de su pubis, sin prisa, como si saboreara cada centímetro.
—Eres perfecta —murmuró, deteniéndose a acariciar la humedad brillante de su sexo con dos dedos—. Y ya estás lista para mucho más de lo que tu marido cuenta.
Lisa gimió, con las rodillas tensándose, atrapada entre la humillación y un placer que no podía negar. Su mirada se cruzó un instante con la de Benjy: había reproche, había vergüenza, pero también una chispa de desafío, como si quisiera que él viera hasta dónde se atrevía.
Swann se inclinó de nuevo, hundiendo la cara entre sus pechos, lamiendo, mordiendo, mientras sus dedos jugaban con la humedad de su coño. Lisa se arqueaba contra él, jadeando cada vez más alto, consciente de que ya no había marcha atrás.
—Mírala, Benjy —dijo Swann, alzando la voz entre gemidos de ella—. Mira bien a tu mujer. Está desnuda para los dos.
Lisa ya no parecía enfadada. En su rostro no quedaba sombra de reproche; al contrario, había un brillo nuevo, ambiguo, difícil de leer. Aparentaba desearlo, como si disfrutara no solo de las manos de Swann, sino también de los cuatro ojos clavados en su desnudez.
Swann la tomó de la cintura y la obligó a recostarse sobre el sofá. Sus muslos quedaron abiertos, la piel pálida iluminada por la lámpara, el coño húmedo y tembloroso, expuesto sin pudor. Benjy se quedó inmóvil, respirando fuerte, los dedos crispados contra su propio pantalón.
El actor se arrodilló frente a ella, como un devoto ante un altar. Con una calma insolente separó más sus piernas, presionando por dentro de sus rodillas hasta que Lisa quedó totalmente abierta para él. La posición era explícita, obscena, pero en su cuerpo no había rigidez de resistencia, sino un temblor de expectación.
Swann hundió el rostro entre sus muslos y succionó de golpe el clítoris, con la voracidad de un hombre que sabe lo que busca. Lisa arqueó la espalda y un grito agudo se escapó de su garganta, mitad placer, mitad incredulidad.
Él no se detuvo: lamía, chupaba, enterraba la lengua en su interior con una pericia cruel, como quien conoce todos los secretos de una mujer.
Lisa se retorcía bajo él, sin cerrarse, al contrario: abría las piernas lo más que podía, ofreciéndose entera a la lengua que la devoraba. Sus manos se aferraban al cabello canoso de Swann, tirando de él, empujándolo contra su sexo húmedo, rogándole sin palabras que no parara.
—Más… —jadeó, apenas reconocible su voz entre los gemidos—. Quiero más…
Cada chupada sobre su clítoris era un estallido, cada embestida de lengua un tormento exquisito que la hacía gritar más alto. Su vientre subía y bajaba, su piel se cubría de un sudor fino. No era posible saber si era placer puro, si era humillación convertida en deseo, o una mezcla peligrosa de ambos.
Benjy, con los ojos vidriosos, contemplaba a su mujer como nunca antes: completamente abierta, completamente sometida, gimiendo bajo el dominio experto de otro hombre. La escena lo partía en dos: un rencor sordo en el pecho, una erección insoportable entre las piernas.
Swann levantó apenas el rostro, con los labios brillantes de humedad, y sonrió antes de volver a enterrarse en su coño.
—Tu mujer es un manjar —murmuró con la voz ronca, para que Benjy lo escuchara bien—. Y todavía no he terminado con ella.
Lisa volvió a gemir, halándole el cabello con más fuerza, como si en ese instante lo único que existiera fuera esa lengua castigándola y el fuego que le encendía por dentro.
Su cabeza, en ese vaivén de placer, quedó apoyada sobre las piernas de Benjy. El marido temblaba, incapaz de decidir entre acariciarle el cabello o apartarse de la escena. Lisa lo miró de reojo, con los labios entreabiertos, como si también lo estuviera invitando a ser parte de esa tortura deliciosa.
Benjy no resistió más. Con un gesto brusco abrió su pantalón, liberando al fin la erección que lo sofocaba desde hacía minutos. El miembro duro y brillante de deseo quedó apenas a centímetros de la boca de su esposa, que jadeaba con cada embestida de lengua en su coño.
El contraste era insoportable: Swann devorándola abajo, y arriba, tan cerca, la verga de su marido palpitando en el aire, rozando incluso su mejilla cuando su cuerpo se arqueaba en espasmos. Benjy se aferró al respaldo del sofá con una mano mientras con la otra comenzó a masturbarse frente al rostro de Lisa, jadeando como un poseso.
Ella gemía cada vez más alto, desgarrada por el placer. El viejo Swann la lamía como un dios cruel, alternando chupadas violentas con lengüetazos lentos que le arrancaban gritos y temblores. Lisa hundía las manos en el cabello canoso, empujando su cara contra su sexo, rogándole más entre suspiros rotos.
—Dios… me muero… —soltó, sin saber si hablaba para Swann, para Benjy o para los dos.
El vientre de Lisa se contrajo, las piernas temblaron abiertas y un grito agudo inundó la sala. Su cuerpo se arqueó entero sobre el sofá mientras el orgasmo la desgarraba, interminable, cruel, exquisito. Swann no apartó la boca, siguió bebiendo cada gota de su humedad como un experto, redoblando la tortura hasta que ella se retorció entre convulsiones.
Benjy, viéndola correrse frente a él, con el rostro transformado por el placer y la boca tan cerca de su verga, soltó un gemido gutural. Se masturbaba con furia, liberando toda la culpa contenida, incapaz ya de pensar en otra cosa que no fuera correrse junto a ella.
Lisa aún temblaba del orgasmo cuando Swann levantó la cabeza de entre sus muslos. Sus labios brillaban con su humedad, su barba mojada y su sonrisa cargada de triunfo. Pero no se detuvo a saborear la pausa: en un movimiento brusco se abrió el pantalón y dejó escapar su verga gruesa, erecta, palpitante, de un tamaño considerable.
—Ahora sí —gruñó, sujetando sus caderas con fuerza—, ahora vas a sentirme de verdad.
Sin más aviso, la penetró de golpe. El grito de Lisa llenó la sala, mezcla de dolor y éxtasis, mientras su sexo lo recibía aún húmedo y sensible. Swann comenzó a embestirla con un ritmo crudo, dominador, cada choque de su pelvis resonando en el sofá. Lisa arqueaba la espalda, atrapada entre sus manos que no le dejaban escapar, la respiración convertida en jadeos rotos.
La posición era obscena: Lisa boca arriba, piernas abiertas sobre los cojines, el viejo actor penetrándola con furia entre gemidos de satisfacción. Y arriba, su cabeza todavía apoyada en las piernas de Benjy, tan cerca de su verga que parecía inevitable el contacto.
Benjy no resistió más. Su mano se movía con desesperación, masturbándose con la visión de su mujer siendo poseída por otro hombre. El miembro hinchado rozaba la mejilla de Lisa en cada vaivén de su cuerpo. Ella lo sabía, podía sentir la piel caliente a un suspiro de su boca, y esa cercanía la enloquecía más que cualquier vergüenza.
—Míralo —gruñó Swann, sin dejar de embestir—. Tu marido se va a correr mirándote mientras yo te follo.
Benjy gimió al escuchar esas palabras, incapaz de detenerse. Su mano se movía frenética, las venas marcadas en su erección, los ojos fijos en el rostro de Lisa. Ella, con la cara enrojecida y los labios entreabiertos, giró apenas la cabeza hacia él, recibiendo su mirada y su sexo al mismo tiempo que la verga de Swann le arrancaba gemidos internos con cada estocada.
El clímax fue inevitable: Benjy gruñó, la espalda arqueada, y una oleada caliente de semen estalló sobre el rostro de su esposa. Las primeras gotas cayeron en su frente, luego en sus mejillas, en sus labios entreabiertos, hasta que la última descarga se derramó por su barbilla. Lisa cerró los ojos, recibiéndolo con un gemido sordo que se mezcló con las embestidas de Swann.
El actor no aflojó; al contrario, al verla bañada en la corrida de su marido, aumentó el ritmo de sus estocadas.
—Así, preciosa… toda tuya, toda nuestra… —rugía, mientras la follaba con más fuerza.
Lisa, cubierta de semen y atravesada por la verga de Swann, parecía disolverse entre dos fuegos: el placer culpable de sentirse deseada por ambos y la humillación ardiente de saberse exhibida. Sus manos se aferraban al sofá, su cuerpo se rendía por completo.
Y los dos hombres la miraban como si ya fuera un tesoro compartido.
Swann no aflojaba. Cada embestida era más dura, más ruda, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la sala. Lisa, todavía cubierta por el semen caliente de su marido, apenas podía gemir entre los sacudones de su cuerpo contra el sofá.
Swann inclinó la cabeza hacia Benjy, sin detener el vaivén brutal de su pelvis.
—Me dijiste muchas cosas sobre ella —escupió con una sonrisa sucia—, pero no que fuera una puta tan caliente.
Benjy lo escuchó con el rostro desencajado, una mezcla de furia y excitación que lo paralizaba. Su miembro, ya flácido después de la descarga, descansaba sobre su muslo. De la punta aún brotaba una gota espesa, que se estiraba en un hilo brillante hasta la mejilla de Lisa, uniéndose con el resto de su corrida.
Ella gemía, sin abrir los ojos, como si el rastro viscoso en su rostro fuera parte de la misma tortura exquisita. Swann la tomó de las caderas con brutalidad, levantándole la pelvis para penetrarla más hondo, arrancándole un grito que resonó como un lamento y una confesión al mismo tiempo.
—Mírala bien, Benjy —gruñó el actor, sudoroso, con la verga enterrada hasta el fondo—. Así es como se disfruta una mujer como la tuya
La escena era insoportable y perfecta: Lisa abierta de par en par, cubierta de semen, poseída con violencia; Swann rugiendo su dominio; y Benjy reducido a espectador culpable, su erección deshecha, el hilo lechoso aún marcando su derrota en el rostro de ella.
Swann se detuvo de golpe, todavía con la verga dura dentro de Lisa. La sostuvo de las caderas, la miró con desprecio satisfecho y luego se retiró lentamente, dejando escapar un chasquido húmedo al salir de su interior.
—Basta por ahora —dijo con la voz ronca, golpeando su polla contra su muslo aún erecta—. A mi edad hay que dosificarse… uno puede deshidratarse con tanto sexo.
Soltó una carcajada seca y la abofeteó en un muslo con la palma abierta, como si marcara su propiedad.
—Ve a traerme un vaso de agua, puta. Y date prisa, que todavía no termino contigo.
Lisa parpadeó, aturdida, y tardó unos segundos en reaccionar. Sus piernas temblaban cuando intentó ponerse de pie; el semen resbalaba por sus mejillas, y su sexo aún palpitaba por la embestida interrumpida. Se pasó las manos por la cara, como queriendo borrar el rastro lechoso de Benjy, pero apenas consiguió esparcirlo más.
Obedeció en silencio, inclinando la cabeza, caminando desnuda hacia la cocina. Cada paso era un desafío: sus muslos aún húmedos se rozaban y el temblor de sus rodillas apenas la sostenía.
De camino, intentaba procesar lo ocurrido. ¿Qué había sido eso? ¿Una humillación intolerable? ¿O un placer tan brutal que su cuerpo lo había recibido sin resistencia? Sus pezones aún estaban duros, su respiración entrecortada. Sentía el ardor de la piel marcada por las manos de Swann y, al mismo tiempo, la vergüenza del semen en su rostro.
El silencio del pasillo la envolvía. Solo se escuchaba el eco de su propia respiración y el recuerdo de las carcajadas de Swann, repitiéndose en su cabeza. ¿Cómo había pasado del enfado inicial a obedecer cada orden? ¿En qué momento había dejado de ser su marido el que la dominaba y se había convertido en espectador impotente?
Lisa tragó saliva, con el vaso de agua ya en la mano, y se obligó a regresar. Cada paso hacia el salón era también un paso más hacia la aceptación de lo que estaba viviendo.
Cuando cruzó de nuevo el umbral, desnuda y temblorosa, Swann la esperaba recostado en el sofá, todavía con la verga erecta, sonriendo con ese aire de dueño. Benjy, a su lado, seguía en silencio, la mirada baja, el miembro flácido descansando entre sus muslos como un símbolo de derrota.
—Muy bien —dijo Swann al ver cómo ella le tendía el vaso con manos trémulas—. Así me gusta. Una mujer que obedece.
Bebió un trago largo, sin apartar los ojos de ella, y luego señaló con el vaso hacia el suelo, entre sus piernas.
—Ahora arrodíllate aquí, y no te limpies más la cara. Quiero ver cómo te queda la leche de tu marido mientras sigues sirviéndome.
Lisa se arrodilló lentamente frente a Swann, el frío del suelo contrastando con el calor húmedo que aún ardía en su entrepierna. Sus manos temblaban cuando apoyó una en el borde del sofá para sostenerse. El semen de Benjy seguía escurriendo por su mejilla hasta llegar a la comisura de sus labios.
Swann la miraba desde arriba, con el vaso en una mano y el gesto satisfecho de un rey que recibe tributo. Dio un sorbo lento y luego apoyó el cristal sobre la mesa.
—Así me gusta… dócil, con la cara todavía pintada de la vergüenza de tu marido. Mira lo patético que está, flácido a tu lado, y aun así tú vienes a mí como una perra bien enseñada.
Con un movimiento perezoso, abrió más las piernas. Su polla erecta, gruesa y venosa, saltó hacia adelante. Lisa abrió los ojos con un sobresalto.
—Dios mío… —susurró, sin darse cuenta.
Era enorme. Mucho más de lo que había sentido en la penetración apresurada de minutos antes. Ahora, frente a sus ojos, lo veía entero: largo, pesado, con un grosor que parecía imposible de contener. La punta brillaba húmeda, aún marcada por el rastro de su propia vagina.
Swann notó su expresión de incredulidad y rió bajo, con un gruñido satisfecho.
—¿Qué pasa, querida? —preguntó, llevándole una mano a la cabeza y obligándola a mirarlo de frente—. ¿Asustada? ¿O fascinada de ver lo que de verdad estuvo dentro de ti?
Lisa tragó saliva. No sabía qué responder. Una parte de ella quería apartar la mirada, negar la evidencia; otra, más profunda, más oscura, sentía un cosquilleo recorrerle el cuerpo al recordar cómo esa misma verga la había llenado minutos atrás.
Swann apretó un poco más su cabello, inclinando su cabeza hacia la base de su polla.
—Admírala bien, puta. Esto no es un juguete de niño como el de tu marido. Esto es lo que te abre, lo que te marca. Y todavía no he terminado contigo.
Benjy, desde el otro extremo del sofá, se encogía más en su asiento, con la verga flácida descansando sobre su muslo. Veía a su esposa temblar frente al monstruoso miembro de Swann y no podía apartar la vista: humillado, derrotado, pero incapaz de dejar de excitarse con la escena.
Lisa, de rodillas, alzó la vista. El contraste era brutal: arriba, el héroe de su marido, ahora convertido en su verdugo; al costado, el hombre con el que amaba, reducido a un espectador inútil. En su interior, la confusión se mezclaba con el ardor de un deseo imposible de apagar.
Swann le acarició la mejilla con el glande húmedo, dejando un trazo brillante sobre su piel ya manchada.
—Mírame a los ojos, Lisa. Quiero que tu marido vea cómo te brillan las pupilas cuando te enfrentas a la verga de un verdadero hombre.
Lisa obedeció. Levantó la mirada, y lo que había en sus ojos no era solo miedo ni vergüenza. Era algo más oscuro, un destello de hambre que ni ella misma quería reconocer.
Swann no le dio opción. Con la mano enterrada en su cabello, tiró de su cabeza hacia adelante, obligando a Lisa a abrir la boca. El glande, brillante y ancho como un puño cerrado, chocó contra sus labios.
—Más —gruñó—. Abre bien, que no te vas a morir.
Lisa intentó acomodarse, pero era demasiado grande. Sus labios se estiraron al máximo y aún así no lograba abarcarlo del todo. El sabor fuerte de su propio sexo la golpeó de inmediato, mezclado con el olor denso de hombre. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Swann no tuvo piedad. Empujó con fuerza, hundiendo más su verga en aquella boca incapaz de recibirla. Lisa jadeaba, ahogándose, mientras intentaba respirar por la nariz. La saliva comenzó a chorrear por su barbilla, escurriendo sobre sus pechos desnudos.
—Eso… trágatela como la puta que eres. Que tu marido vea de lo que es capaz su mujercita.
El sonido era obsceno: succión, arcadas ahogadas, jadeos entrecortados. Cada embestida le golpeaba el paladar, casi hasta la garganta. Lisa apoyó las manos en los muslos de Swann, no para detenerlo, sino para sostenerse en ese vaivén implacable.
Benjy, a un metro de distancia, no podía creer lo que veía. Su mujer de rodillas, con la cara enrojecida, la boca violada por aquella verga monstruosa… y aun así, la dureza volvió a despertar entre sus piernas. Su miembro, flácido hacía instantes, se levantaba de nuevo, palpitante, como si su cuerpo respondiera a pesar de su vergüenza.
Swann lo notó enseguida. Sonrió con malicia sin detener el movimiento de sus caderas.
—Mira, Lisa… —dijo entre jadeos, mientras la seguía empujando contra su polla—. Al maridito le vuelve a gustar. La tiene tiesa otra vez solo de ver cómo te destrozo la boca.
Lisa cerró los ojos, tratando de concentrarse, pero la frase la atravesó. Sentía la carne dura rozarle la garganta, el cuero cabelludo arder bajo la presión de sus dedos, y aun así una corriente eléctrica le recorría el vientre.
Swann tiró aún más fuerte, hundiéndola hasta hacerla toser.
—No pares, trágame la verga entera.
Swann sujetaba con fuerza la cabeza de Lisa, marcando el ritmo salvaje en su garganta. El sonido húmedo de la succión se mezclaba con sus arcadas y el goteo constante de saliva que chorreaba por su mentón hasta sus pechos. De pronto, detuvo el empuje y, sin soltarla, alzó la vista hacia Benjy.
—Amigo… —dijo con sorna, ladeando una sonrisa—. Usa mejor esa herramienta esta vez. No me dejes solo con esta puta.
Benjy tragó saliva. Por un instante dudó, con la verga dura entre las manos, viendo cómo su mujer temblaba de rodillas, la cara roja y los ojos húmedos. El cuerpo le pedía lanzarse, pero la culpa le ataba los pies al suelo.
—Vamos —insistió Swann, tirando un poco del cabello de Lisa para obligarla a mirarlo de reojo—. Mírala bien. Está esperando. No se merece tu compasión… sino que la acabes de usar.
Con pasos torpes, Benjy se levantó. La visión de Lisa arrodillada, con los labios deformados alrededor de la monstruosa polla de Swann, lo paralizó un segundo. Se quedó detrás de ella, solo admirándola: el arco de su espalda, los hombros desnudos, los senos bamboleando con cada sacudida de su cabeza.
El corazón le latía desbocado. La vergüenza y el deseo lo golpeaban al mismo tiempo. Nunca la había visto así, sometida y brillante de saliva, convertida en el centro de una escena que lo incluía y lo expulsaba a la vez.
Swann rió bajo, notando la vacilación.
—¿Qué esperas, idiota? Está con la boca llena, pero todavía tiene un coño abierto y caliente, goteando por ti. Si no la tomas ahora, no mereces llamarla tuya.
Benjy respiró hondo. Sus manos temblaban cuando las llevó a las caderas de su esposa, apenas rozándola. Ella, entre arcadas y jadeos, notó aquel contacto y se estremeció. Por primera vez, su cabeza giró apenas, lo suficiente para que sus ojos se cruzaran con los de él.
En esa mirada había un torbellino imposible de descifrar: súplica, vergüenza… ¿o deseo?
Benjy tragó saliva una vez más. Sus manos, antes temblorosas, ahora apretaban con más firmeza las caderas de su esposa. Podía sentir el calor de su piel, la curva de su trasero empapado por el deseo y los restos del sexo anterior.
Swann lo incitó con una mirada de hierro.
—Hazlo ya, cabrón. Métete en tu puta antes de que me aburra de esperar.
Como obedeciendo a un amo invisible, Benjy se colocó detrás de Lisa, rozando la punta de su polla contra la entrada húmeda y palpitante. Ella gimió entre arcadas cuando lo sintió, un sonido vibrante que se mezcló con el vaivén de la verga enorme que todavía la llenaba por la boca.
Swann empujó su cabeza con brutalidad hacia abajo, hundiéndola hasta la garganta.
—Eso, trágate mi polla mientras tu marido por fin se comporta como un hombre.
Benjy no resistió más. De un solo empuje, la penetró, sintiendo cómo su sexo lo recibía. Lisa soltó un grito ahogado, casi un gemido, con la boca ocupada, mientras su cuerpo se arqueaba entre ambos hombres.
El choque de las caderas de Benjy contra su trasero marcaba un ritmo torpe al principio, pero pronto se acompasó con el vaivén brutal de Swann. Ella estaba atrapada: adelante y atrás, sin respiro, con cada embestida llenando su cuerpo por completo.
La saliva le chorreaba sin control, mezclándose con las lágrimas que se escapaban de sus ojos. El olor a sexo impregnaba el aire, denso y penetrante.
Swann bajó la vista, riendo con desprecio.
—Mírate, Lisa… con la boca ocupada y el coño reventado por tu propio marido. Nunca imaginé que fueras tan puta caliente.
Benjy cerró los ojos, jadeando, con una mezcla de furia y placer. Sentía que se descargaba no solo en el cuerpo de su mujer, sino contra el sexo rutinario que usalmente mantenían
Lisa, en medio, se abandonaba a la vorágine. Cada empuje la sacudía, cada palabra la desgarraba por dentro. Y sin embargo, no podía negar que su cuerpo respondía con temblores cada vez más intensos, como si la humillación misma la estuviera llevando a un borde imposible.
El ritmo se volvió frenético. Benjy embestía con torpeza creciente, a punto de perderse en el calor húmedo de su esposa, mientras Swann hundía la verga en su garganta sin compasión. El cuerpo de Lisa temblaba como una cuerda tensada al límite.
Entonces, de pronto, Swann detuvo todo. Tiró bruscamente de su cabeza hacia atrás, sacando su polla de su boca con un chasquido húmedo. Lisa jadeó con un grito ronco, buscando aire, la barbilla bañada en saliva. Benjy se quedó inmóvil detrás de ella, la verga enterrada hasta el fondo, gimiendo como si lo hubieran detenido en plena caída.
—Basta —ordenó Swann con voz grave, sin perder la calma.
Lisa lo miró con los ojos húmedos, la respiración descompuesta. No entendía. Su cuerpo pedía más, pedía terminar. Benjy jadeaba, a centímetros de acabar, y sin embargo no se atrevía a moverse.
Swann con un gesto soberbio, la verga palpitante aún brillante de saliva. Se pasó una mano por el torso sudoroso, luego la extendió hacia Lisa, con la autoridad de un rey reclamando tributo.
—Siéntate encima de mí. —La orden fue seca, sin opción.
Lisa parpadeó, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Tenía las piernas temblorosas, el sexo lleno de su marido, la boca marcada por Swann…
Swann inclinó apenas la cabeza, con una sonrisa cruel.
—Vamos, preciosa. Quiero sentirte cabalgar esta verga. Hazlo aquí, frente a tu marido, con la cara todavía mojada en su semen.
Lisa tragó saliva. Sus manos buscaron apoyo en el sofá. Sentía las piernas débiles, la piel ardiendo, y aun así una corriente oscura le recorrió la espalda. Se mordió el labio, sin saber si era sumisión, deseo o simple rendición.
Benjy permaneció inmóvil, con el miembro aún rígido dentro de ella, incapaz de decidir si debía apartarse o continuar. Lo único que sabía era que su pecho se agitaba con la fuerza de un animal atrapado.
Swann esperó, paciente, con la verga dura apuntando al cielo, sabiendo que la tensión misma era parte del castigo.
Lisa tragó saliva varias veces antes de moverse. Sus piernas temblaban, la respiración aún agitada, pero la orden de Swann era clara, se separó de Benjy, levantandose y permitiendo que su verga saliera de su cuerpo. Lentamente, se colocó sobre Swann, acomodando su cuerpo, los muslos temblando al tocar la verga palpitante que la esperaba.
—Tranquila —gruñó Swann, sujetándola de la cintura—. No es para doler, pero tienes que cederme todo tu coño. Hazlo despacio, para que ambos podamos disfrutarlo.
Lisa bajó suavemente, y un jadeo escapó de sus labios al sentir la punta enorme entrar. Era un llenado intenso, abarcador, pero no doloroso, solo exigente. Cada centímetro hacía que su respiración se agitara, mientras sus manos buscaban apoyo en los hombros del viejo actor.
Benjy permaneció detrás, la polla aún dura dentro de ella, observando cada movimiento. Sus ojos recorrían la curva de su espalda, su hermosa cola bajando. Era imposible apartar la mirada.
—Eso… eso es perfecto —murmuró Swann, con voz grave y dominante—. Lentamente, como la dueña de tu propio deseo, pero sin olvidar quién manda aquí.
Lisa ajustaba el ritmo con cautela, descendiendo poco a poco, dejando que el enorme miembro la llenara. Cada movimiento era un balance entre excitación y miedo a no poder acomodarse, pero Swann la guiaba, controlando todo, marcando el ritmo.
Benjy jadeaba detrás, con la respiración acelerada.
—Mírala bien —dijo Swann—. Tu mujercita, encima de mí, disfrutando de cada centímetro de lo que un verdadero hombre puede darle.
Lisa cerró los ojos un instante, intentando centrarse en las sensaciones. El estiramiento era intenso, la plenitud abrumadora, pero no dolía. Solo había espacio para el ardor húmedo, los músculos tensos, y la humillación deliciosa de sentirse completamente observada.
—Así, preciosa… así es como se hace —dijo Swann, apretando suavemente sus caderas para guiarla—. Perfecta. Ahora, sigue, deja que te llene hasta el límite, y que tu marido vea lo que significa ser una puta bien usada.
Cada subida y bajada era lenta, medida, llena de un dominio que Lisa podía sentir con cada músculo de su cuerpo. Benjy se mordía el labio, atrapado entre el deseo y la culpa, mientras ella oscilaba sobre Swann, completamente a merced de ambos.
Swann comenzó a mover las caderas con más rapidez, dominando el ritmo mientras Lisa se ajustaba sobre él. Cada embestida era firme, dura, llena de fuerza, haciendo que su cuerpo vibrara y su respiración se entrecortara. Benjy, detrás, no podía apartar los ojos: la excitación le subía por todo el cuerpo mientras la observaba, atrapado entre la culpa y el deseo.
—Eso es, preciosa… —gruñó Swann, con la voz grave y llena de autoridad—. Así te quiero, moviéndote rápido, sintiendo cada centímetro de mí en tu coño. Tu marido… mirando cómo te destrozo mientras él solo puede fantasear.
Lisa jadeaba, arqueando la espalda, los senos subiendo y bajando violentamente. Sus manos se aferraban a los hombros de Swann, mientras la fuerza de cada embestida le cortaba el aliento. Su mente giraba entre el dolor exquisito de la plenitud y la humillación deliciosa de ser observada.
Benjy, incapaz de contenerse, empezó a masturbarse lentamente, el calor de su propio miembro creciendo con cada movimiento de su esposa sobre Swann. Sus ojos no dejaban de recorrerla: los muslos tensos, el culo subiendo y bajando, y la expresión de entrega absoluta mientras era usada sin compasión.
Swann detuvo de repente el movimiento de Lisa. Sujetó sus caderas con firmeza, inmovilizándola completamente. Su verga permanecía completamente dentro de ella, palpitando mientras ella temblaba sobre él.
—No más cabriolas, preciosa —dijo con voz firme, divertida y brutal—. Ahora mira bien.
Con un gesto rápido y decidido, colocó sus manos en cada nalga de Lisa y los abrió con fuerza, dejando al descubierto cada curva, cada músculo tensado, cada detalle de su culo. Lisa gimió, atrapada, sin poder moverse, el cuerpo entero vibrando por la excitación y el terror a la vez.
—Benjy —dijo Swann, inclinándose un poco hacia él—. Dime lo que ves.
Benjy tragó saliva, con la polla dura en su mano, los ojos fijos en su esposa abierta y sometida, humillada y excitada al mismo tiempo. No podía creer lo que veía: su mujer completamente dominada, su propio miembro creciendo mientras la mujer que amaba era usada sin compasión, y Swann, dueño absoluto de ambos, controlando cada detalle, cada respiración, cada gemido.
Lisa, atrapada entre ambos, jadeaba sin poder hablar, su respiración rápida y entrecortada, sintiendo cada centímetro de Swann y cada mirada de Benjy clavada en su cuerpo. La humillación y el placer se mezclaban en una corriente imposible de resistir.
Benjy tragó saliva, incapaz de apartar la vista de su esposa sometida, con la verga monstruosa de Swann dentro de ella. Su respiración se agitaba, la polla firme en la mano mientras finalmente se obligaba a hablar.
—Veo…su coño… está lleno… lleno de tu verga y veo su… su culo, su ano… —dijo, la voz temblando, cargada de culpa y excitación
Swann soltó una carcajada grave y cruel, que llenó la habitación.
—Eso es, Benjy. ¡Úsalo! No seas tímido ahora. Veo que ya no puedes resistirte.
Lisa gimió entre jadeos, la respiración entrecortada, intentando hablar, pero cada palabra se ahogaba en un gemido involuntario. Su cuerpo temblaba, entregado a la penetración doble, atrapado entre dos hombres, entre humillación y deseo.
—Sabes, preciosa —gruñó Swann, apretando sus caderas y hundiéndola contra él—, tu marido ha confesado cosas que tú le negaste antes. Cosas que te pidió y tú dijiste que no.
Lisa intentó protestar, entre jadeos y susurros temblorosos:
—No… no… no…
Pero los gemidos traicionaban cada palabra. Su voz se quebraba mientras sus caderas se arqueaban, buscaban más, y la traición del deseo se le escapaba por cada respiración entrecortada.
—¿No? —repitió Swann con voz grave y burlona, como un depredador disfrutando de la presa—. ¡Pero tu cuerpo dice otra cosa! Escúchalo. Míralo, Benjy. Cada gemido, cada temblor, cada movimiento… dice que quiere más.
Benjy tragó saliva, el corazón acelerado. Su polla, aún firme, se movía sola en la mano, excitada por la humillación y el control que Swann ejercía sobre Lisa.
—No puedo… —dijo Lisa entre jadeos, intentando aferrarse a su voluntad—. No… no…
—Oh, pero sí deberías, preciosa —insistió Swann, clavando sus ojos en los de ella, dominante, burlón—. No hay lugar para “debería” cuando tu cuerpo está lleno, y tu marido… él lo ve todo.
Lisa temblaba, los gemidos entrecortados saliendo como explosiones de su cuerpo mientras Swann apretaba sus caderas con fuerza, hundiéndola profundamente sobre su polla. Cada movimiento era firme, brutal, y controlado. Su respiración se mezclaba con los jadeos de Benjy que se acomodaba detrás de ella, cuya polla aún rígida buscaba la entrada de su ano.
—Eso es, preciosa —gruñó Swann con voz grave, dominante—. Muévete sobre mí… y mira cómo tu marido no puede resistirse mientras te uso de esta manera.
Lisa arqueó la espalda, sus manos apoyadas en los hombros de Swann, entregada por completo, sintiendo la plenitud de su verga dentro de ella. La humillación la quemaba tanto como el placer: La verga de Benjy comenzó a entrar en su culo, cada centimetro resbalaba con facilidad gracias quizas al sudor de ese ano hasta ahora virgen, la hacía consciente de lo completamente dominada que estaba.
Benjy, temblando, empezó a moverse más decidido. Se ntrodujo lentamente, jugando con la entrada trasera de Lisa, excitándose al notar su resistencia disolverse en gemidos y movimientos que lo invitaban a ir más allá.
—Sí… eso… usa todo lo que tengas, amigo —dijo Swann con una sonrisa cruel—. Haz que sienta lo que significa ser totalmente tuya y mía a la vez.
Lisa gimió, arqueando el cuerpo sobre Swann mientras Benjy entraba lentamente, sintiendo la tensión de la doble penetración. Cada centímetro, cada empuje, era un recordatorio de su entrega total: su coño completamente ocupado por Swann, su ano adaptándose al miembro de Benjy. La mezcla de humillación y placer la llevaba a un nivel que jamás había imaginado, la mente atrapada entre la sumisión absoluta y la excitación carnal.
—Sí, preciosa, así —gruñó Swann, sujetándola con fuerza por la cintura y los hombros, mientras sus caderas seguían marcando el ritmo—. Cabalga mi polla, siente cómo tu marido te penetra por detrás… dime que me perteneces, aunque solo sea por esta noche.
Lisa abrió los ojos entre jadeos, atrapada entre ambos, la respiración entrecortada, los músculos tensos y el cuerpo completamente ocupado. Sus manos temblaban, aferradas a Swann, mientras sus gemidos la traicionaban, cada uno un reconocimiento de su entrega y de la humillación de ser observada y usada al mismo tiempo por los dos hombres.
Lisa estaba completamente entregada, con el cuerpo arqueado sobre Swann. La polla enorme del viejo llenaba su coño con cada centímetro, cada empuje firme y profundo que hacía que todo su torso vibrara. Sus muslos estaban tensos, los glúteos comprimidos y extendidos al mismo tiempo, y cada respiración se convertía en un jadeo prolongado de excitación y sumisión.
Detrás de ella, Benjy estaba rígido, la polla palpitando en su ano se movía practicamente al ritmo de las penetraciónes de Swann. La sensación era nueva para Lisa, su entrada trasera contrastando con la plenitud de su coño, haciendo que cada movimiento se sintiera más intenso, más abrumador. Cada embestida de Benjy era medida, pero suficiente para provocar un escalofrío que recorría todo su cuerpo, mezclando placer y sorpresa.
Swann no soltaba ni un instante el control: sujetaba la cintura de Lisa con firmeza, ajustando la profundidad y el ángulo de cada embestida, mientras con la otra mano podía tocar sus pechos, acariciar sus nalgas y mantenerla completamente subordinada a su ritmo. Cada movimiento era deliberado, dictando cómo debía moverse, cuándo acelerar y cuándo permanecer quieta, sintiendo cómo su coño y su ano eran ocupados simultáneamente.
—Siente cada centímetro, preciosa —gruñó Swann, con voz grave y dominante—. Tu coño lleno de mi polla, tu culo abierto para Benjy. Cada gemido, cada movimiento, me pertenece.
Lisa jadeaba, arqueando la espalda, sus manos apoyadas en los hombros de Swann mientras su cuerpo temblaba al sentir la doble presión. Cada entrada de Benjy provocaba que su ano se estirara y se adaptara, mientras la polla de Swann la llenaba por completo, haciendo que todo su cuerpo vibrara en un ritmo imposible de ignorar. La combinación de sensaciones la mantenía en un estado de entrega total, donde la humillación y el placer se fusionaban de manera abrumadora.
Benjy, detrás, observaba cada movimiento, su excitación subiendo con cada centímetro que penetraba en Lisa. Sus ojos recorrían la curva de sus glúteos, el contorno de su espalda arqueada, y la expresión de concentración y placer absoluto que mostraba. Cada jadeo y gemido que salía de Lisa lo encendía más, obligándolo a ajustar la profundidad y ritmo de sus embestidas, aumentando la intensidad del triángulo erótico.
—Eso es, mueve tu culo —dijo Swann, apretando más la cintura de Lisa para guiarla—. Que sienta cómo tu marido te penetra mientras yo lleno tu coño. Cada músculo tuyo, cada gemido, me pertenece.
Lisa se entregaba, temblando, jadeando, moviéndose en el ritmo que Swann marcaba, sintiendo cada llenado, cada presión, cada contacto que la mantenía atrapada entre los dos hombres. La doble penetración no era solo física: era un juego de control, humillación y deseo, donde cada sensación era amplificada por la sumisión y la intensidad de las miradas y órdenes de Swann.
Swann hundía su polla con fuerza en el coño de Lisa, mientras Benjy seguía penetrando su ano. Cada movimiento era intenso, calculado, y acompañado de su voz grave que llenaba la habitación como un martillo:
—Sí, eso es, preciosa —gruñó—. Mueve esas caderas, que tu marido vea cómo te destrozo. Cada gemido tuyo, cada temblor, le pertenece a él y a mí. No olvides quién tiene el control aquí.
Lisa arqueaba la espalda, jadeando entre cada embestida, cada músculo de su cuerpo vibrando, atrapada entre el placer y la humillación. Sus manos se aferraban a los hombros de Swann, mientras los ojos se le llenaban de una mezcla de miedo y deseo absoluto. Cada empuje de Benjy en su ano la hacía estremecerse, los jadeos traicionando su intento de resistencia.
—Oh, Benjy… —dijo Swann, con un tono cruel y burlón—. ¿Ves cómo tu esposa se derrite bajo mi polla y la tuya al mismo tiempo? ¿Qué dices, amigo? ¿No se lo pediste muchas veces y ella se negó? Ahora mírala… tu puta caliente y obediente.
Benjy tragó saliva, la polla palpitando, el corazón desbocado. Sus ojos no podían apartarse de Lisa, de cómo se arqueaba sobre Swann, de cada músculo tenso y cada curva expuesta mientras él la penetraba.
—Más rápido… —jadeó Swann—. Que sienta la fuerza de ambos, que tu culo se estire y tu coño se llene. Cada gemido, cada grito… me pertenece.
Lisa gimió, cada palabra de Swann perforando su mente, mezclando humillación y excitación. Sus caderas se movían con fuerza sobre Swann, mientras su ano cedía a Benjy, y cada sensación la hacía perder un poco más de control sobre su cuerpo y mente.
Swann detuvo de repente la penetración, levantando ligeramente a Lisa, mientras su polla seguía dentro de ella. Con una sonrisa cruel, se inclinó hacia Benjy:
—Amigo, siéntate en el sofá. Quiero ver cómo mi puta se monta sobre ti. Mírala bien, cada movimiento, cada gemido. Y tú, chico, disfruta… pero no olvides quién manda aquí.
Lisa abrió los ojos, jadeando, el cuerpo temblando. Su mente estaba atrapada entre la sumisión y el deseo, mientras obedecía las órdenes, arrodillándose un instante para ajustarse antes de montarse sobre Benjy. Cada músculo vibraba, los glúteos tensos, los senos temblando, el pelo desordenado, la respiración entrecortada. Swann seguía observando con ojos de depredador, disfrutando del control absoluto, mientras ella se preparaba para cabalgar a Benjy, entregada y humillada, lista para un nuevo nivel de excitación y dominación.
Swann se quedó detrás, observando con ojos depredadores. La visión lo excitaba y frustraba a partes iguales; anhelaba colarse en ese interior ahora sensible, sentir el contraste con su propia virilidad, mientras mantenía el control absoluto del ritmo y de la humillación.
—Sí, eso es, preciosa —gruñó Swann, con voz grave y cruel—. Muévete, que tu marido sienta cada centímetro, que vea cómo te entregas por completo. Cada gemido tuyo, cada temblor… es para mí.
Lisa gimió, arqueando la espalda, cada movimiento subiendo de intensidad. Sus glúteos se tensaban con cada vaivén sobre Benjy. Cada gemido de ella, cada arqueo, era un recordatorio de su sumisión absoluta y de la humillación deliciosa de ser observada y usada por ambos hombres.
—Oh, Benjy… —susurró Swann, entre jadeos y risas—. Mira cómo se mueve tu puta. Mira cómo te cabalga … y su culo, todavía abierto. Qué desperdicio sería no aprovecharlo.
Lisa arqueó el cuello, jadeando, con el pelo cayendo sobre sus hombros y su rostro lleno de placer y sumisión. Sus manos se agarraban firmes a Benjy, los muslos apretados alrededor de su cintura, cada movimiento perfectamente sincronizado con el ritmo que Swann dictaba.
Lisa sentía cada músculo de su cuerpo tenso, atrapada entre el peso de Benjy y la presencia dominante de Swann. La respiración le faltaba, cada jadeo traicionando su miedo y deseo al mismo tiempo.
Swann se posicionó detrás de ella con autoridad absoluta. Su mirada de depredador la recorría, cada gesto y palabra cargados de control y humillación.
—No te muevas, preciosa —gruñó—. Abrazala, Benjy. Sujétala bien, que no intente huir. Cada intento de resistencia es mío para romperlo, y tú vas a aprender a disfrutarlo también.
Lisa gimió bajo la orden, su mente mezclando anticipación, miedo y excitación. Sabía que Swann la penetraría, que cada centímetro de fuerza que él ejerciera sería un desafío que no podría resistir.
Benjy obedece y la abrazaba con fuerza, sus tetas se pegan a su pecho y su culo queda en pompa totalmente disponible con la verga de Benjy dentro de su vagina, consciente de que cada movimiento de ella era un reflejo de lo que ambos hombres podían imponerle. Sus manos la sostenían firme, pero sus ojos estaban llenos de miedo, atrapados entre la humillación de la situación y la excitación que la consumía.
Lisa intentó protestar con un hilo de voz, un quejido que combinaba miedo y anticipación:
—M… me romperas…
Swann soltó una carcajada grave, cruel, llenando la habitación con su dominio absoluto:
—Oh, preciosa, cada centímetro será mío. Cada gemido tuyo, cada temblor… todo pertenece a mí. No hay vuelta atrás.
Ella arqueó la espalda, su mente envuelta en la mezcla de placer y humillación, sintiendo cómo su entrega era completa. Cada segundo era un juego de control psicológico, deseo y poder, donde la resistencia se transformaba en excitación y la sumisión se volvía adictiva.
Sentía una presión que iba más allá de lo soportable, como si su cuerpo entero se estuviera doblando hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Su respiración se volvió cortante, entrecortada, y su mente se nubló por el dolor mezclado con excitación y humillación. Cada músculo de sus piernas y glúteos se tensaba involuntariamente, y un sudor frío le recorría la espalda.
—¡Ah… no puedo…! —susurró, su voz temblando, cargada de miedo y deseo.
Swann ejercía fuerza en la penetración anal con firmeza, consciente de cada reacción de Lisa, mientras su mirada la estudiaba con control absoluto. La tensión entre la entrega de ella y la presión que sentía era tan intensa que parecía que el tiempo se había detenido.
Lisa sintió un mareo repentino, sus piernas temblaron y sus manos buscaron apoyo sin lograr aferrarse a nada sólido. Su vista se nubló y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Por un instante, el mundo desapareció a su alrededor: el calor, la presión, la humillación y la excitación se mezclaron hasta que sus rodillas casi cedieron y sintió que podía desmayarse.
Benjy, a su lado, se dio cuenta de su tensión extrema, de cómo sus jadeos se mezclaban con su miedo, y la habitación estaba cargada de una energía eléctrica, donde el dolor, el placer y la sumisión se volvían indistinguibles.
Swann permanecía detrás, observando cada reacción, cada temblor y cada gemido, disfrutando del control absoluto que tenía sobre su cuerpo y su voluntad. Cada gesto de Lisa, cada arqueo y cada contracción le decía que estaba al límite de su resistencia, y esa percepción lo excitaba aún más.
Benjy la sostenía, tratando de mantenerla estable, pero no podía aliviar la presión que la atravesaba. Sus manos temblaban ligeramente mientras la abrazaba, consciente de que cada músculo de su esposa estaba al borde del colapso.
Swann inclinó la cabeza, su voz grave y dominante llenando la habitación:
—Eso es, preciosa… entrégate por completo.
Lisa arqueó la espalda un último instante, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Su vista se llenó de oscuridad, el mundo giró y sus piernas cedieron. Sintió cómo el abrazo de Benjy ya no era suficiente para sostenerla, y su cuerpo, agotado, humillado y completamente entregado, se dejó caer hacia un desmayo inminente, mientras su respiración se volvía un hilo débil y sus ojos se cerraban lentamente.
Benjy la sostuvo con firmeza, sintiendo el peso de su cuerpo entregado, mientras Swann, detrás, mantenía la posición, disfrutando del control absoluto y del efecto que la presión ejercida había tenido sobre ella.
La cabeza de lisa cayó en el cuello de Benjy que no había dejado de abrazarla con fuerza, pero Swann no se detuvo. Su mente se concentró en ella: joven, pequeña, puta. Con un empujón firme, su pene penetró por completo su ano, y Lisa totalmente perdida soltó un quejido apenas sonoro. Sus piernas temblaron apenas, pero su cuerpo se arqueaba, consumido por la intromición severa. Cada estocada hacía que su respiración se entrecortara a pesar de su estado inconsiente.
El ano de Lisa estaba completamente expandido, cada fibra de su interior tensada y brillante por la humedad, adaptándose al grosor de Swann con una resistencia que sangraba. Se podía ver cómo la piel se estiraba al límite, delineando con claridad la forma del pene que lo atravesaba, creando una imagen a la vez extraña y fascinante, casi surrealista: la abertura rodeaba con firmeza y brillo cada centímetro, mientras pequeñas gotas de sudor y lubricación reflejaban la luz del ambiente.
Desde el exterior, su ano parecía un receptáculo vivo, latiendo al ritmo de cada empuje, con la carne abultada y tensa como si quisiera abrazar y contener al intruso por completo. Cada contracción, cada estremecimiento lo hacía más evidente: un espacio íntimo transformado por la presión, humedecido y completamente ocupado, donde el grosor de Swann era imposible de ignorar. La combinación de estiramiento, plenitud y brillo creaba una visión tan intensa y bizarra que resultaba imposible apartar la mirada, mostrando con crudeza la vulnerabilidad y la entrega total de su cuerpo.
Swann no perdió ni un instante; con cada embestida se adentraba más profundo, llenando a Lisa de manera brutal y sin concesiones. Su miembro, grueso y firme, empujaba con fuerza, estirando cada fibra de su ano hasta que la piel relucía, brillante por la humedad y la presión. Cada empuje provocaba un estremecimiento que recorría todo su cuerpo: el ano se abría y se cerraba con un ritmo salvaje, ajustándose alrededor del grosor de Swann como si quisiera absorberlo por completo, mientras cada milímetro era un recordatorio de su dominio.
La tensión era palpable: sus glúteos temblaban con cada sacudida, sus músculos internos se contraían y se relajaban al compás de la penetración, y la presión era tan intensa que cada gemido surgía de lo más profundo de su abdomen.La plenitud extrema del cuerpo de Lisa vibrara con espasmos involuntarios.
Desde fuera, la imagen era cruda y perturbadoramente fascinante: el ano estirado, húmedo y reluciente, abrazando cada centímetro de la verga de Swann, temblando y ajustándose con fuerza, mostrando en cada movimiento la entrega total y la intensidad de la experiencia.
Los dos hombres parecían sincronizarse sin necesidad de palabras. Benjy gimió con fuerza, su miembro latiendo en el interior de Lisa, mientras Swann, detrás, seguía penetrando su ano con una crudeza que hacía temblar cada fibra de su cuerpo. La tensión acumulada llegó a su punto máximo: el calor, la presión, la humedad, todo se concentró en un instante imposible de contener.
Benjy se derramó primero, su semen llenando su vagina con estallidos que se mezclaban con los jadeos involuntarios de Lisa. Cada contracción de su interior absorbía el líquido caliente.
Simultáneamente, Swann alcanzó el límite de su control. Su verga, gruesa y firme, se contrajo dentro de su ano, vaciándose con fuerza en espasadas oleadas que la hicieron estremecerse completamente. Su ano se ajustaba a cada centímetro, temblando, abierto y lleno, mostrando con crudeza la expansión y la plenitud extremas.
Lisa gimió sin abrir los ojos, su cuerpo sacudido por los espasmos simultáneos que recorrían cada músculo, desde el cuello hasta las puntas de los dedos de los pies. Su ano se comprimía y expandía al ritmo de la eyaculación de Swann, mientras su vagina absorbía el líquido caliente de Benjy, creando un contraste brutal y fascinante de sensaciones.
Cuando Swann retiró su miembro de su ano, Lisa pegó un grito largo y tembloroso, un lamento que resonó entre los jadeos de Benjy y el ritmo aún salvaje de su respiración. Como si su cuerpo entero hubiera estado en suspensión y ahora volviera a sentir cada fibra y cada nervio a la vez. Su ano, todavía dilatado y palpitante, se contraía involuntariamente, cada músculo latiendo y temblando por el vacío repentino, y la sensación de plenitud extrema se transformó en un temblor profundo que recorrió su columna.
Al mismo tiempo, su vagina, todavía húmeda y llena del calor de Benjy, se encogía y se expandía en espasmos, absorbiendo cada resto de semen mientras su cuerpo reaccionaba a la pérdida del contacto. Sus caderas se arqueaban, buscando inconscientemente el roce que ya no estaba, mientras sus manos se aferraban al sofá, sus uñas marcando la tela con fuerza. Cada contracción de sus músculos internos la hacía estremecerse, un recordatorio físico de la intensidad brutal a la que había sido sometida.
Su pecho subía y bajaba de manera irregular, los pezones duros y sensibles pulsando con cada respiración agitada. La cabeza le daba vueltas. Cada latido de su corazón parecía amplificar las contracciones de su ano y de su vagina, haciendo que su cuerpo completo vibrara, aún ocupado por la memoria física del grosor de Swann y la plenitud de Benjy.
Lisa permaneció quieta, todavía temblando, mientras algunas lágrimas se escapaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas. Su respiración, aún entrecortada, resonaba con cada latido de su corazón, y sus manos descansaban pesadamente sobre el sofá, incapaces de sostenerse con fuerza después de la intensidad que acababa de atravesarla. Los sollozos se mezclaban con jadeos residuales, un murmullo quebrado que denunciaba que su cuerpo y su mente aún procesaban la entrega absoluta que acababa de vivir.
Swann comenzó a vestirse con calma, el rostro húmedo de sudor y la respiración aún agitada, pero con un dejo de satisfacción en la mirada. Sus manos se movían con naturalidad, como si la crudeza de la escena no hubiera disminuido su compostura. Mientras tanto, Benjy permanecía junto a Lisa, abrazándola con firmeza, como si quisiera mantenerla contenida y protegida mientras su cuerpo se recuperaba. No dejaba de susurrarle palabras suaves, mezclando afecto con un deseo compartido que aún ardía en la atmósfera.
Lisa apoyó la cabeza contra el pecho de su esposo, sintiendo el calor y la seguridad de su abrazo. Sus manos temblorosas se aferraban a él, buscando sostén, mientras su cuerpo todavía vibraba por las contracciones residuales. Cada sollozo se iba suavizando poco a poco, aunque su mente seguía atrapada en la memoria de la crudeza y el placer que había experimentado.
Swann, de pie, los observaba un instante más, sus ojos llenos de intensidad, y luego asintió levemente hacia Benjy, agradecido por la entrega compartida, mientras Benjy continuaba abrazando a Lisa, acariciando su espalda. El silencio posterior estaba cargado de tensión y de satisfacción, como si el aire mismo hubiera absorbido cada estremecimiento, cada pulso y cada espasmo que había recorrido sus cuerpos.
Swann terminó de vestirse, ajustando la camisa y los pantalones con calma, mientras observaba la escena frente a él. Lisa todavía se acurrucaba en el abrazo de Benjy, su respiración entrecortada y su cuerpo temblando ligeramente, señales de los efectos prolongados de su entrega. Swann respiró hondo y, con un gesto casi solemne, se dirigió a Benjy.
—Tienes una excelente puta, amigo —dijo con crudeza, pero con un dejo de admiración en la voz—. Espero volverlos a ver.
Benjy le lanzó una mirada cargada de complicidad y respeto, un intercambio silencioso que reconocía la intensidad del momento que acababan de compartir. Swann sonrió brevemente, ladeando la cabeza, y luego giró hacia la puerta. Cada paso que daba estaba medido, como si quisiera dejar una huella de su presencia antes de desaparecer, y finalmente abrió la puerta y se marchó.
El eco de sus pasos desapareció en el corredor, y el silencio que quedó en la habitación parecía más pesado, más íntimo. Lisa seguía en los brazos de Benjy, sus manos aún temblorosas sobre su pecho, mientras él la mantenía cerca, como protegiéndola y sosteniéndola al mismo tiempo. Sus cuerpos todavía vibraban con la memoria de lo que acababa de ocurrir, y el aire olía a deseo, sudor y plenitud compartida.
Benjy la acarició suavemente por la espalda, susurrándole palabras tranquilizadoras y reconfortantes. Lisa cerró los ojos, apoyando la cabeza en su hombro, mientras dejaba que los últimos temblores de su cuerpo se calmaran, y que la intensidad del momento se asentara lentamente en cada fibra de su ser.
El silencio quedó flotando entre ellos, pesado, casi tangible. Las miradas se cruzaban con un peso distinto, una mezcla de miedo, alivio y algo más profundo, indefinible. Al fin, fue ella quien rompió la tensión.
—Nunca imaginé que… todo terminara así —dijo, la voz quebrada, pero firme, mientras se apartaba de él, sentandose a un lado y reflejando en su rostro el dolor que sentía en su cola.
Él bajó la mirada, sintiendo el peso de su culpa y la extraña necesidad de ser perdonado. Se acercó un paso, y su mano tembló antes de posarse suavemente sobre la de ella.
—No busco perdón —murmuró—. Solo… que me entiendas. Lo que ocurrió quizas no debió pasar, pero paso.
Ella cerró los ojos un instante, dejando que sus palabras calaran, reconociendo la mezcla de error y verdad en cada sílaba. Luego apoyó su frente contra la suya, en un gesto que era a la vez sumisión y entrega, aceptación y desafío.
—Y yo… yo te amo —susurró, con un hilo de voz que reflejaba su dolor




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