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Dominación Mujeres, Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Pagando la renta

Mi mamá termina pagando la renta con cuerpo.
Me llamo Ulises, tengo 18 años, soy de familia humilde y vivo con mi mamá, Violeta. Ella tiene 38, es delgada , de cabello castaño, tiene la piel blanca, senos grandes y muy suaves, y sus pezones coloreados se ven bien. Tiene la cintura estrecha y las caderas anchas, una figura linda para vivir en un lugar tan malo como este. (falto describir su trasero)

Mi mamá trabaja en una zapatería en el centro de la ciudad y yo me dedico a lo que pueda. Vivimos en una vecindad vieja, nos alcanza para un cuarto, una cocina chiquita y un baño. El lugar está en pésimo estado, se cae la pintura de las paredes y hasta la única ventana tiene el vidrio roto.

El dueño de la vecindad es Don Raúl, un viejo de 50 años, calvo, desalineado y con sobrepeso. Siempre está sudando y se pasa un pañuelo en la cara para secarse. Por su condición física, le cuesta muchísimo subir hasta el último piso de la vecindad, por lo que hace muchas pausas para descansar y luego sigue subiendo.

Cada mes, es muy puntual en aparecer en la puerta, con la mano extendida en espera de ver el dinero. Con los hombres es muy estricto, no tiene misericordia; si se atrasan en el pago, los saca de ahí. Pero con las mujeres es diferente, es un pervertido. siempre busca  algún favor, les da más tiempo para pagar  o hasta se olvida del dinero dependiendo el tipo de favor.

Dentro de nuestro hogar solo teníamos una sola cama donde dormía yo y mi mamá, un sofá viejo, una mesa de madera y una estufa con un pequeño refrigerador. Por el día, todo era lo mismo, pero por las noches, ya que compartíamos la cama con mi mamá, empezaron a pasar cosas raras en mi cuerpo. Empecé a sentir sensaciones que no tenía ni idea qué eran. Me gustaba mucho abrazarla, meterme bajo sus brazos y dormirme pegadito a ella, como si fuera mi refugio.

Por las noches, ya que la cama era pequeña y compartíamos el espacio, yo dormía pegado a ella. Cuando hacía frío, sentía que ella temblaba un poco y yo la abrazaba más fuerte para darme calor. La verdad es que me gustaba mucho verla dormir; me agachaba un poco para ver cómo se movían sus senos con cada respiro y eso me ponía nervioso. Me pasaba noches enteras mirando eso. Me despertaba a medianoche y  la empujaba un poco más hacia mí para darle unos arrimones. Ella nunca me dijo nada, para ella yo era su bebé y no pensaba nada malo con lo que yo hacía.

Me encantaba verla cuando salía de la ducha. Llevaba una toalla grande cubriéndole el cuerpo, pero luego se ponía su tanga por debajo de la toalla y hacía lo mismo con el sostén para luego dejar caer la toalla y quedarse medio desnuda frente a mí. Para ella no había nada raro, era algo normal, solo éramos madre e hijo en esa habitación. Luego se acercaba a buscar ropa limpia y se inclinaba, dejándome ver su hermoso trasero. Después de tomar las prendas se vestía. Incluso cuando yo me bañaba en el baño, ella entraba como si nada, porque la puerta del baño solo era una  cortina vieja. A veces solo me avisaba que saldria o me preguntaba cualquier cosa, como si nada mirándome mientras me bañaba.

Creo que se puede decir que estábamos súper unidos, yo y ella. Siempre ha sido así, siempre estuvimos juntos. Ella nunca volvió con ningún hombre y yo nunca he tenido novia, así que siento que eso deja nuestra relación súper única. La verdad es que a veces, viéndola o estando con ella, he llegado a tener fantasías más íntimas con ella, cosas que se te cruzan por la cabeza cuando pasas tanto tiempo con ella.

Incluso llegué a pensar si podríamos ser más que madre e hijo, pero mi mundo de colores se iba a romper pronto. Una tarde llegué a la casa y me sorprendió ver a mi mamá sentada en la cama. Esperaba que estuviera trabajando. Entré al cuarto y la vi llorando. Le pregunté: «¿Qué pasa, mamá?». Ella dijo: «Nada, hijo, cosas de adultos». Eso me molestó un poco. Le dije: «Mamá, ya soy adulto». Quería que me viera como tal. Me dijo que tenía razón. Y luego me soltó la bomba: la zapatería la van a cerrar por lo cual se quedaría sin trabajo. No sabe cómo va a pagar la renta ni la comida. Le dije: «Tranquila, mamá, yo le ayudo». Me dio las gracias y dijo que buscaría trabajo al siguiente día.

Pasó una semana y logró conseguir un empleo en una tienda de 24 horas, pero desafortunadamente no ganaba lo suficiente. La veía muy estresada y cansada, luchando por pagar la comida, la luz y el agua, pero no nos alcanzaba para cubrir la renta completa. Mi mamá pensaba que si ganaba un poco más, no habría drama.

Llegó el día en que Don Raúl llegó a cobrar. Tocó la puerta. Mi mamá salió a hablar con él. Estuvieron afuera un rato largo y yo estaba en la cama esperando a que entrara. Como tardaban mucho, me acerqué a la ventana rota para ver qué pasaba. Ahí vi cómo Don Raúl le acariciaba la mejilla a mi mamá y ella estaba llorando. Él le tomó el dinero que tenía en la mano y se marcho.

Mi mamá se secó las lágrimas con su mandil y entró. Le pregunté: «¿Qué pasó?». Me dijo que por esta vez no había problema, pero me enteré de que el siguiente pago ya tenía que traer el faltante de este mes.

Otro mes pasó volando y las cosas seguían mal. Una vez más no logramos juntar la renta. Mi mamá dijo que hablaría con Don Raúl, estaba optimista, que él la entendería. Llegó el día en que pasaba Don Raúl. Mi mamá estaba esperando, caminando de un lado a otro, súper nerviosa.

De pronto tocaron a la puerta, salió a hablar con él. Don Raúl la escuchó con atención. Parecía tranquilo, pero algunos gestos que hacía decían lo contrario. «Entiendo señora Violeta, pero debe comprender que ya son dos meses. Si sigue así, va a seguir juntando una deuda y la verdad no rento por caridad», dijo.

«Lo sé Don Raúl, pero han sido días malos», le dijo mi mamá. «Le pido una prorroga más».

«¿Cómo sé que me va a pagar esta vez?», preguntó Don Raúl, mientras le tocaba el hombro a mi mamá. «Al menos debería incentivearme para darle otra prorroga».

«No tengo nada de valor que pueda darle», dijo mi mamá.

«Yo creo que sí», respondió Don Raúl, «solo es cosa de que le busque bien». Mientras lo decía, mi mamá notó que Don Raúl la miraba de arriba para abajo. «Debe haber algo con lo que pueda convencerme», sonrió Don Raúl.

Mi mamá de inmediato supo a qué se refería. «¿Qué es lo que quieres que haga?», preguntó mi mamá apartándose un poco pensativa.

«¿Qué puede ofrecer?», preguntó Don Raúl acercándose más a ella. mi mamá se quedó callada mientras Don Raúl le acariciaba el hombro sin dejar de mirarla de forma morbosa

«De acuerdo ya se por donde va», dijo mi mamá, «pero queda saldada mi deuda». pregunto ella,

«Eso lo veremos», respondió Don Raúl sonriendo. «Una vez que me demuestre que tan dispuesta estás».

Mi madre entró en la casa de golpe y me miró fijamente. «Hijo, metete al baño». Le pregunté qué pasaba, pero ella me lo ordenó con una voz más fuerte: «haz lo que te digo, metete al baño y no salgas hasta que yo te diga».

Hice lo que me mandó, pero me quedé detrás de la cortina vieja mirando qué pasaba. Ahí vi entrar a Don Raúl después de mi mamá. Él dejó sus cosas sobre la cama y se acercó a ella. Ella llevaba puesta una blusa verde y una falda larga blanca. Don Raúl se le arrimó y la volteó por los hombros, dejándola de espaldas a él. De inmediato, el hombre empezó a acariciarle y apretarle los senos por encima de la blusa.

Mi mamá se quedó parada ahí, fija, como paralizada, mientras Don Raúl le manoseaba el pecho sin parar. La vi que le costaba mucho respirar y que sus ojos se le cerraban un poco mientras él apretaba con más fuerza. Don Raúl, con esa sonrisa mala, le dijo: «Me encantan tus tetas además, veo que se te han puesto más grandes últimamente». Ella no respondió, solo se quedó callada, con la cabeza agachada y el cuerpo rígido. Él la jaló un poco de la cintura para que se pegara más a él. «Ven, vamos a la cama que aquí no es lugar». Ella apenas soltó un suspiro y se dejó llevar hacia la cama vieja.

Don Raul la empujó hasta que sus pies quedaron al borde del colchón viejo. Con las manos, le arrancó la blusa verde y luego se desató el sostén, dejándolas tetas al aire, blancas y suaves, brillando por la poca luz. Ella intentó cubrirse un poco, pero él se las apartó de la cara y le sonrió malicioso.

«No las escondas», le dijo. La tiró de golpe al colchón y se subió encima de ella, con ese peso pesado encima de su cuerpo. Don Raul le sujetó las manos al lado de la cabeza y le dijo: «Ahora vamos a ver si valen la pena estos favores». Bajó la cabeza y empezó a chuparle los pezones con fuerza, haciendo que ella gritara de sorpresa y luego se soltara en un gemido ahogado.

«Si valen la pena», susurró él mientras mordía el pezón derecho con avidez. mi mamá arqueó la espalda y soltó un «ay» que se le mezcló con una queja suave. Sus manos, que antes estaban sueltas, se aferraron a los hombros de Don Raul, apretando la tela de su camisa.

«No tan fuerte», jadeó ella, pero él no la escuchó. «Tienes que pagar, señora», le dijo él levantando la cabeza un segundo para verla, con una sonrisa llena de malicia. «Y debo cobrarme el interés», añadió él,  se levantó. «Venga, zorra, ponte en cuatro», le gritó a mi mamá. Ella lo miró y no se movió al principio, pero él se molestó: «¿Qué haces? Ponte en cuatro». Finalmente, ella se giró y se puso a cuatro patas sobre la cama.

Él levantó la falda hasta la cintura y le arrancó la tanga amarilla de un tirón. Luego se inclinó a lamerle la vagina. La vi ahí paralizada mientras él se la comía sin parar. Después, se puso de pie, se desabrochó los pantalones y sacó su pene. Lo llevó a la entrada de mi mamá y con un golpe se lo metió adentro. Empezó a empujar fuerte, de golpe en golpe, y vi que sus tetas se movieran frenéticamente.

Don Raul parecía que en cualquier momento iba a desmayarse o tener un paro cardiaco. Respiraba como un pollo asfixiado, pero no paraba, seguía follando a mi mamá con toda su fuerza. Yo me sentía súper frustrado al ver que mi mamá, a quien amo, estaba siendo follada frente a mis narices por otro hombre, pero por alguna razón me excitaba muchísimo. Así que mientras ellos follaban, me bajé el pantalón y me puse a masturbarme mirándolos.

«Venga, ya me cance», dijo Don Raul mientras le corría el sudor por el cuerpo y se dejaba caer pesado sobre el colchón. Le ordenó a mi mamá: «Sube arriba de mí».

Ella obedeció y se subió encima de él. Se bajó lentamente mientras el pene de Don Raul entraba de nuevo adentro de ella. «Ahora muévete, zorra», le gritó él golpeándole la cadera. Mi mamá, con los ojos bajados y jadeando, empezó a moverse sobre él, subiendo y bajando con dificultad.

Don Raul estaba sudando a mares y sus puños apretaban las sábanas, mientras sus ojos chispeaban de placer. mi mamá seguía subiendo y bajando, y él no dejaba de gemir. «¡Mírala, qué rico! ¡No te detengas!», gritaba él, apretándole los glúteos.

De repente, sus músculos se tensaron por completo. «¡Ugh! ¡Voy a correr!», grito mientras mi mamá seguía montándolo y sintiendo cómo el pene se llenaba de calor dentro de su cuerpo. Él quedó quieto unos segundos, jadeando, pero ella continuó moviendo sus caderas un poco más, sintiendo el calor, hasta que él soltó un grito ahogado y se corrió adentro de ella.

«¡Ya basta, zorra!», dijo él finalmente, empujando suavemente sus caderas para que se detuviera y se apartara de encima de él. Se quedó exhausto en la cama, con los ojos cerrados, sudando como un cerdo, mientras mi mamá se apartó de él limpiándose con su falda el semen que salía de su vagina.
Don Raul se incorporó con dificultad, todavía jadeando, y se puso de pie. Se ajustó los pantalones con un gesto brusco y le dio una palmada en el trasero a mi mamá.

«Bueno, eso fue por lo que me debes», dijo él con esa sonrisa, sacó su billetera del bolsillo. «Esto es para que te tomes algo para prevenir el embarazo» .dijo lanzando uno billetes a la cama, Se dio vuelta y se fue caminando pesadamente hacia la puerta, dejando sola a mi mamá en la cama.

Ella se quedó sentada unos segundos, con la cabeza baja. Salí del baño y me miró, sus mejillas se pusieron rojas. «Vaya…», dijo ella, bajando la voz. «Ayúdame a levantarme, por favor, Ulises». Yo aun con mi pene duro me acerqué a ella para ayudarla a ponerse de pie; ella notó mi erección, pero era lo que menos le importaba. Se fue al baño y escuché cómo caía el agua de la regadera. Cuando salió, me pidió que no hablemos del tema.

Cuando salió de ducharse, tomó los billetes que dejó Don Raul en la cama y los guardó en la caja donde juntábamos el dinero. Los días pasaron y me di cuenta de que mi mamá cambió totalmente después de eso. Por las noches, lloraba, pero luego se iba al baño y comenzaba a escuchar sus gemidos. Un día me levanté con cuidado y miré por la cortina: estaba sentada en el inodoro mientras se masturbaba con las piernas abiertas mientras se penetraba con una banana. Así pasaron los días hasta que llegó otro día de paga. Mi mamá estaba nerviosa nuevamente, y esa vez solo traía puesta una vieja bata de dormir. En cuanto tocaron la puerta una vez más, me mandó al baño.

Esta vez, de inmediato en cuanto Don Raul abrió, dijo: «Vamos al grano, no tengo para pagar, así que ya sabe lo que tiene que hacer». Mamá se abrió la bata y la dejó caer al suelo, quedando desnuda frente a él.

Don Raul no perdió ni un segundo. Entró al cuarto, cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y se soltó los pantalones, dejándolos en el suelo. «Así es, zorra, así es», dijo mirándola de arriba abajo con esa sonrisa de maldad que siempre me daba asco. Mi mamá estaba ahí parada, apenas con la bata en los pies, sus senos expuestos al aire y su cuerpo temblando un poco de frío y nervios. «No te pongas así si no vas a usarlo», le dijo él acercándose despacio, rozándole el pecho con las manos sucias. «Vamos», ordenó y la tiró del brazo hacia la cama. Yo seguía ahí en el baño, con mi mano en mi pene duro, mirando por la cortina, esperando ver qué haría.

Una vez que ella cayó en la cama, él se la subió encima. «Bueno, veamos si este mes es tan bueno como el otro», dijo él. «A ver si te acuerdas cómo hacerlo, ¿eh? No quiero que me defraudes». Ella solo lo miró y abrió las piernas, dejándolo entrar de nuevo. «Así está mejor», dijo él, «Abre bien las piernas, zorra, que quiero meter todo», dijo él con la voz ronca y el sudor cayéndole en la frente. mi mamá gimió y se apretó las sábanas con las manos.él comenzó a embestir fuerte, moviendo las caderas rápido, como si fuera un loco.

Don Raul no daba tregua, golpeaba el colchón con tanta fuerza que parecía que se fuera a partir. Estaba en posición de misionaria, él encima, con las piernas de ella en el aire, abiertas totalmente. La piel de mi madre, blanca, chocaba contra la piel bronceada y sudorosa de él con un sonido húmedo y pesado, slap, slap, slap.

«Ay… ay… don Raul… más lento…», jadeaba ella, sus dedos enredados en su cabello mientras él le acariciaba la espalda y luego bajaba a chuparle el cuello. «No seas mala, zorra», le dijo él mordiéndole la oreja con fuerza, «tienes que servir bien a tu dueño.».

Después de un rato, Don Raul se apartó y dijo: «Ahora vamos a ver si te gusta esto». La volteó como si fuera una muñeca, la tiró de espaldas y luego la volteó de nuevo, poniéndola de cuatro patas sobre la cama, con su culo al aire. «Qué rico culo tienes», dijo él, separando sus nalgas para ver su vagina abierta. «Ahora vamos a ir al grano». Se puso detrás de ella, agarrando sus caderas y hundiendo su verga de golpe hasta la base. La posición era de trasero, él controlando el ritmo, y ella no podía hacer más que agarrarse al colchón y gemir.

Sus nalgas blancas chocaban contra la piel oscura y sudorosa de él con un sonido húmedo y pesado, slap, slap, slap, mientras él se aferraba a sus caderas con fuerza, marcándolas con sus uñas.

«¡Ay! ¡Dale más despacio!», pedía mi mamá entre gritos, sus dedos enterrados en las sábanas viejas, desgarrándolas. «No seas tan duro, por favor», lloriqueó, pero él no la escuchaba ni hacía caso. «Callate zorra», le dijo él con una sonrisa malvada, y le dio una palmada fuerte en el culo, dejándolo rojo y brillante. » ¿Sabes quién es el jefe aquí?»

Él seguía embistiendo fuerte,pero se detuvo por un segundo, separándose de su vagina sudada. «Ahora vamos a ver si estás lista para esto», dijo él, su voz bajando a un tono más grave y peligroso. Sin avisarle ni dejándola prepararse, él se colocó suavemente pero firmemente contra el anillo de su ano. «¿Qué haces? ¡No, no, espera!», gritó ella, sintiendo que se abría de golpe, y el dolor fue inmediato. Mi madre se tensó como una piedra, sus ojos se abrieron de golpe y soltó un chillido agudo.

Él no se detuvo, solo entró más, empujando suavemente pero con la firmeza de quien manda. «Relájate, zorra, es solo un poco», dijo él mordiéndole el lóbulo de la oreja, mientras su mano se movía a un lado para acariciarle el clítoris, intentando que olvidara el dolor. «Si no aguantas, no tienes dónde vivir», le dijo, y sus manos se aferraron a sus caderas, separándolas más para tener mejor acceso. «¡Aguanta, zorra!», gruñó él, y comenzó a moverse, primero lento y doloroso, y luego más rápido una vez que entró por completo. «¡Qué rico se siente!», soltó él, con los ojos cerrados de placer, dándole un golpe en la espalda con el talón.

La posición era una devastación para ella. Él estaba detrás de ella, dándole duro por el ano, rompiéndola desde atrás. Ella abría y cerraba los ojos, los dientes apretados hasta que le salió espuma, un rastro de saliva caía de su boca mientras ella luchaba por no gritar más fuerte. La piel de su espalda se veía estirada y roja donde él la golpeaba al moverse, y sus caderas temblaban por el esfuerzo.

Ver a mi madre sufrir ese dolor y seguir adelante era lo más caliente que había visto en mi vida, una mezcla de vergüenza y una erectitud brutal. «Mírame, Violeta», dijo él, y ella gimió y giró la cabeza hacia atrás, sus labios abiertos buscando aire, sus ojos llenos de lágrimas de dolor y placer. «¿Te gusta que te duela? ¿Sabes qué te mereces?».

Él estaba en control total. La posición era una tumba para ella, pero ella se dejaba llevar, moviendo sus caderas al ritmo de él, aunque le doliera. «Me gusta… me gusta», balbuceó ella entre gemidos ahogados, sus caderas moviéndose solas, buscando más. «¿Qué te gusta? ¿Que te haga daño?», preguntó él, y le dio una nalgada en el culo, haciéndola saltar hacia adelante. «¡Dale! ¡Dale! ¡Más fuerte!», gritaba ella, como pidiendo más, como si el dolor fuera su alegría.

Él aumentó la velocidad al máximo, golpeando su ano con fuerza, el sonido de su sexo chocando contra su culo llenaba el cuarto, un sonido sucio y grosero. «¡Voy a correr!», soltó él, y el sonido de su grito se mezcló con un gemido de mi madre. Sus caderas se sacudieron violentamente y él se quedó inmóvil, soltando un gruñido profundo mientras se corría dentro de su ano, una explosión de calor que ella podía sentir adentro de sí.

Se desplomó pesadamente sobre ella, su peso aplastándola, mientras ella seguía sintiendo los estremecimientos dentro de su ano, el semen derramándose de nuevo. Él se apartó lentamente y dejó salir un chorro de semen que manchó las sábanas y su piel. «Bueno, eso es por el mes que viene», dijo él, con la respiración agotada y roja, y se puso de pie para vestirse, dejándola ahí, jadeando, con el culo rojo y hinchado, incapaz de moverse.

No pude aguantar más. Ver a mi mamá así, con el culo dilatado y roto, con el semen de Don Raul saliendo de ahí, me volvió loco. Me desnudé en un segundo y me subí sobre ella, detrás de ella. Ella se movió un poco, sorprendida, pero yo ya tenía mi pene apuntando directo a su vagina húmeda y caliente. Sin pensarlo mucho, empujé hacia adentro, llenándola de golpe con mi verga.

La sentí respirar fuerte, suspiros jadeantes contra la almohada. «Ulises… no… estás bien?» preguntó, pero no me detuve. Empecé a mover mis caderas, sentí cómo mi piel chocaba contra la suya, suavemente a pesar del dolor que debía tener. Estaba montándola, controlando el ritmo, mientras mi pene se hundía en ella hasta el fondo, sintiendo la humedad que mezclaba sus propios jugos con los de Don Raul.

Vi ese culo, abierto y brillante, la piel roja y hinchada donde el otro hombre le había marcado la propiedad. Me excitó la idea de que ella estuviera llena de él y empecé a impulsarme más fuerte, deseando llenarla de mi semen también. «Mami, qué rica estás», le dije mientras la sentía acoplarse a mis movimientos, a pesar de que ella parecía cansada.

Seguí empujando sin piedad, sintiendo la presión de sus paredes vaginales apretándome, a pesar de que estaba llena de fluids de otro. La sentí gemir y suspiros jadeantes contra la almohada mientras yo la poseía por detrás, mis caderas golpeando suavemente contra sus glúteos. «Mami, qué rico te siento», le dije, y ella solo logró soltar un gemido ahogado, su cuerpo temblando levemente a cada embestida. La estaba follandó bien, entrando y saliendo, disfrutando de ese calor que parecía no terminar nunca, mezclándome con el semen de Don Raul que salía de su vagina con cada movimiento.

La posición era excelente, yo arriba, ella abajo permitiéndome penetrarla profundamente. Me agarré de sus caderas con fuerza, marcándolas, y empecé a ir más rápido, queriendo llenarla de mi propia esencia. Ella se aferró a la cama, sus uñas rasgando las sábanas viejas, pero no me detuve. «Mami, mira lo abierta que estás», le dije bajándome para ver cómo mi pene salía de ella, manchado de sus jugos y leche del otro hombre. 

Saqué mi pene y lo puse en su ano, ya abierto y goteando por Don Raul. Ella se dio cuenta y se tensó de repente. «¿Qué haces, Ulises? No… no ahí», dijo ella, intentando separarse de mí, pero yo la sujeté por la cintura. «Déjame, mamá, solo quiero sentirlo», le pedí, y sin esperar su respuesta, me coloqué en la entrada de su ano. 

Al intentar meterlo con fuerza, ella dio un grito agudo, como si le hubieran dado una patada. «¡Ay! ¡Para! ¡Duele!», chilló ella, su cuerpo retorciéndose para escapar de mí. «No, hijo, no puedes, está roto, me duele mucho», lloraba ella, intentando empujarme para que me alejara. «Cálmate, mamá, solo va a durar un poco», le dije intentando convencerla, pero cuando metí la cabeza, sentí que se tensó en exceso.

Ella se negaba a seguir, sus ojos llenos de lágrimas y terror. «Está mal lo que haces, hijo, me estás lastimando», decía entre sollozos, su cuerpo temblando violentamente. «Por favor, detente, no puedo más», pidió, pero yo estaba decidido a terminar. La sujeté con más fuerza y empujé de golpe hasta el fondo, rompiendo la resistencia de su ano que ya estaba irritado y dolorido. El dolor fue brutal para ella; sentí cómo su músculo anal se contraía violentamente, rechazándome, pero yo no me paré.

La sentí gritar de nuevo, un sonido agudo y desgarrador, mientras yo continuaba moviéndome dentro de su ano dolorido. «¡Dale más duro!», le grité, y ella gimió, su cabeza cayendo al colchón. «¡No! ¡Para! ¡Me duele tanto!», lloraba ella, sus manos golpeándome la espalda, pero yo no la escuchaba. La estaba destrozando por detrás, la posición era la misma, pero el dolor era tan intenso que ella parecía no poder respirar, su piel se veía blanca y pálida de tanto esfuerzo.

«Mami, por favor…», jadeaba ella, su voz quebrada por el llanto. «Es demasiado, hijo, es demasiado dolor», decía, mientras sus caderas se movían solas, buscando alivio, pero yo no la dejaba descansar. La estaba follando dolorosamente, sintiendo cada milímetro del camino, y ella se negaba a seguir, diciendo que era malo, que lo que hacíamos estaba mal. «Sí, me gusta verte sufrir», le dije, y ella soltó un gemido de frustración.

Yo seguía empujando, ignorando sus súplicas, deseando llegar al final. «¡Voy a correr, mamá!», grité, y ella se arqueó hacia atrás, sintiendo mi verga gritar dentro de su culo dolorido. Me corri dentro de ella, derramándome caliente, y ella soltó un suspiro de alivio y dolor al mismo tiempo. Me quedé sobre ella, agotado, sintiendo su cuerpo temblando por el esfuerzo y el dolor que le había causado. «Lo siento, mamá», le dije, pero ella solo se quedó ahí, recuperándose del golpe brutal que le acababa de dar.

Después de aquella noche, ella me dejó de hablar por casi cinco días. Solo me hablaba para decirme que fuera a comer. De noche, yo me quedaba despierto escuchando como se masturbaba después de llorar..

Pero con el tiempo, las cosas se suavizaron. Ella empezó a acercarse a mí, a tocarme el brazo o a ponerse frente a mí cuando le hablaba. Un día de esas, sin avisar, me invitó a sentarme en la cama. Yo no dije nada y me lo pasé besándola, y poco a poco volvimos a tener relaciones. Empezamos a tener sexo casi todos los días. 

Don Raul, por su parte, seguía cobrando la renta follandosela. Con el tiempo, mi mamá quedó embarazada ella y Don Raúl terminaron juntándose de verdad, como pareja. yo por mi parte seguía follándome a mi mamá en secreto y cuando él no estaba. Pasaron los nueve meses y ella dio a luz a un bebé varón. La vi en la cama del hospital, llorando de emoción, y yo estaba afuera, preguntándome si el niño sería mío.

Un año después de que naciera el niño, me dijo mi mamá «Hice la prueba a la criatura. Resultó que tú eres el padre». 

662 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por lordlunatico
Etiquetas: anal, baño, follando, hijo, madre, padre, semen, sexo
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