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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Fetichismo

PILI, PUTA ADOLESCENTE (16): MAR, MI PROFE DE LENGUA.

La tutora de Pili mete las narices donde no debe … y se lleva un buen escarmiento..

PILI, PUTA ADOLESCENTE (16)

MAR, MI PROFE DE LENGUA

Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112

E-mail: [email protected]

Durante unos minutos se hizo el silencio. Mar era una de las profesoras más jóvenes del colegio. No sabría calcular su edad, pero no llegaba a los 30. Se decía que era una pija, una niña de papá que había conseguido el puesto nada más acabar la carrera por enchufe. Era guapa. Tenía los ojos azules y el pelo rubio, liso en media melena que le llegaba hasta los hombros. Solía llevar pantalones, casi siempre vaqueros y muy ajustados. Se rumoreaba que varios profesores la pretendían porque a menudo buscaban su compañía en las excursiones y actividades en grupo.

– Tu madre no ha venido a las últimas reuniones – dijo, retomando la conversación – ¿Está bien?

– Es que ha tenido que irse a trabajar fuera de Madrid una temporada – expliqué.

– ¿Adónde?

– Al extranjero.

– ¿Adónde?

– A … a … ¡a Francia! – dije soltando lo primero que se me ocurrió.

– ¿Y a qué se dedica?

– Eh … eh … trabaja para un banco – dije. No podía decirle que mi madre era puta y que estaba alquilada a unos rusos en Marbella para preñarla.

– ¡Vaya! Ha cambiado de trabajo. Me dijo en la reunión de principio de curso que era dependiente de una tienda de ropa. Espero que el cambio haya sido para mejor – dijo, con cierto tono de ironía, insinuando que la estaba mintiendo.

– ¡Ya hemos llegado! – exclamé cuando dobló la esquina de mi calle – Me bajo aquí, Mar. Gracias por traerme.

– ¡De eso nada! – exclamó – Aparco y subo contigo. Voy a hablar con tu padre.

– Es que no está en casa – me apresuré a excusar – Hoy vendrá muy tarde. No quiero hacerte perder el tiempo.

– No pasa nada, Pilar – dijo quitándose el cinturón de seguridad – Te acompaño y así hablamos de por qué estás faltando tanto a clase y de las malas notas que estás sacando este curso. El año pasado sacabas notables y este curso estás suspendiendo cinco asignaturas por trimestre.

– Eh … verás … creo que es mejor que no subas, Mar – dije tratando de inventar alguna excusa convincente – A mi padre no le gusta que lleva a nadie a casa.

– No te preocupes, Pilar – dijo saliendo del vehículo – Yo se lo explico, seguro que lo entenderá.

– ¡Mejor que no! – exclamé, sin poder dar argumentos de mi negativa.

– A lo mejor prefieres que llame a Servicios Sociales … – insinuó poniéndose las gafas de sol – Una menor … con catorce años, haciendo pellas, fumando, vestida como una fulana, su madre en el extranjero, su padre ausente, … no sé, Pilar … tú decides – añadió en tono amenazante.

– Sí … sí … vale … – dije atemorizada por las consecuencias de todo aquello.

¡Dios! ¡En qué lío me había metido! Mi padre me había advertido mil veces de que nadie, absolutamente nadie, podía saber lo que pasaba en casa y, mucho menos aún, en el Club. Subimos en el ascensor sin mediar palabra. Yo me tenía lo peor. No podía dejar de pensar en mi padre preso por corrupción de menores, proxenetismo, posesión de drogas y a saber cuántos delitos más. Y yo metida en un orfanato, asistiendo a terapia y encerrada hasta cumplir los 18.

Metí la llave en la cerradura de la puerta de mi casa temblando. Recé para que mi padre estuviera en casa y se ocupara de inmediato de solventar el problema en que, por culpa de Ruth y sus ocurrencias, nos había metido a todos.

– ¡Papá, ya estoy en casa! ¡Vengo acompañada! – grité al abrir la puerta para advertirle y que no apareciese con la polla fuera de los pantalones o, antes de percatarse de que tenía compañía, me ordenase que le hiciera una mamada. Mar entró inmediatamente detrás de mí, escrutando el salón de mi casa – Creo que mi padre no está.

– Pues habrá que llamarle – dijo de inmediato

Tomé mi móvil y marqué el contacto de mi padre.

– ¿Qué quieres?

– Papi, estoy en casa y está aquí Mar. Es la profe de Lengua y mi tutora de este año – dije de carrerilla para que no pudiese interrumpirme – Quiere hablar contigo en persona.

– ¿Qué has hecho? – preguntó enfadado.

– Nada, papi … luego te cuento – me disculpé – ¿Tardas mucho en venir?

– Estoy en el bar de abajo – me explicó – Dile a la Mar esa que espere, que enseguida subo.

– Vale, papi – asentí, colgando el móvil – Dice que viene en un momento.

– ¡Perfecto! – dijo sentándose sobre el butacón de mi padre – ¡Siéntate, Pilar! Hablemos – me dijo en tono conciliador. Me senté en el sofá, tratando de que la cortísima falda no mostrase más de la cuenta – Dime, Pilar … ¿qué te está pasando este curso?

– Nada, todo va bien – dije – Echo de menos a mi madre – me inventé para intentar justificar mis malas notas. Sabía que ella esperaba alguna explicación de ese estilo, que las hormonas de la pubertad me habían despistado, que había perdido el interés por el estudio, … Cosas así.

Mar me miró fijamente y, a pesar del miedo que sentía por las consecuencias que todo aquello podía acarrear, pude ver la belleza en sus ojos de intensos color azul. Siempre se había dicho de ella que era presumida, coqueta y muy pija. En clase se mostraba distante, pero otras actividades, como salidas y excursiones, era cercana y simpática. Justo en el momento en que iba a decirme algo, sonó la cerradura en la puerta y mi padre entró en casa.

– ¡Buenos días! – exclamó papá, tendiendo la mano a la profesora.

– ¡Buenos días! – respondió Mar poniéndose en pié y saludando a mi padre. Yo también me puse en pie. Mi padre me miró de arriba a abajo al ver mi atuendo. Frunció el ceño, contrariado.

– Pues … usted dirá … – dijo papá.

– Estoy preocupada por su hija – explicó Mar, volviendo a tomar asiento – Lleva días faltando a clase, sus notas este curso son bastante flojas y, para colmo, me la he encontrado en la calle, haciendo pellas, vestida así y fumando.

– ¿Eso es verdad, Pili? – preguntó mi padre, ciertamente sorprendido.

– Me llamó Ruth y … no sé …

– Por lo que deduzco que … – interrumpió Mar – … lo de que venías del médico era mentira …

Ya no sabía qué decir y qué no. Si callar o si inventarme algo. Sentía que cada vez empeoraba las cosas y no sabía si mi padre podría sacarnos del lío en que nos había metido, por culpa de Ruth.

– ¡Explica esto, hija! – exigió mi padre – ¿Quiere beber algo? ¿Una infusión, un refresco, un café …? – ofreció mi padre, cambiando de tema y de tono de voz.

– Una Coca-Cola estaría bien, gracias – respondió Mar.

– De verdad que no he hecho nada malo – dije al quedarme sola de nuevo con Mar. Mi padre había ido a la cocina a por la bebida de mi profesora.

– ¿Te estás drogando, Pilar?

– ¡No! – mentí descaradamente.

– ¿Bebes alcohol? ¿Has probado la cerveza? – preguntó, en forma de interrogatorio.

– ¡No!

– ¿Estás enrollada con algún chico?

– ¡No!

– Sabes que si tienes sexo deberías tomar precauciones, ¿no?

– Sí … quiero decir … ¡no! – dije, confundida – ¡No he practicado sexo!

– ¿Por qué vas vestida así?

– No sé … eh … esto … la ropa no es mía – me inventé – Me la ha prestado mi amiga

– Esa tal Ruth, ¿no?

– Sí.

– ¿De qué la conoces? No va al colegio.

– Va al instituto – respondí.

– ¿De qué la conoces? – insistió Mar.

– Eh … estooo … eehh … – balbucí, nerviosa, sin saber qué inventar – … su padre y el mío son amigos.

– Tome – interrumpió mi padre, entregándole a Mar un vaso de tubo con Coca-Cola – Lo he oído todo desde la cocina.

– Gracias – dijo Mar, dando un largo trago a su bebida.

Mi padre se sentó junto a mí, dándome una palmadita en el hombro. Eso me tranquilizó. Mar hizo un gesto extraño y miró el vaso.

– ¡Qué sabor más raro! – dijo antes de recostarse sobre el butacón.

– Es Coca-Cola, lo que me ha pedido – respondió papá con educación.

Mar dejó el vaso sobre la mesita con cierta torpeza, como si le pesaran los brazos y no pudiese moverse con soltura. Volvió a recostarse y entrecerró los ojos hasta que, pasados unos segundos, se desplomó por completo. Papá le había echado alguna droga en la Coca-Cola.

– ¡Rápido, Pili! – exclamó papá – ¡Coge su móvil y apágalo! – me ordenó, saliendo a toda prisa del comedor.

Había visto a Mar meterse el móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Lo saqué y lo apagué.

– Esos cacharros tienen GPS y localizan la ubicación incluso apagados – dijo mi padre, volviendo a la estancia con varias cuerdas y un rollo de cinta americana – Lo primero es atarla y amordazarla – me indicó dándome una de las cuerdas.

Mientras yo la ataba por los tobillos, mi padre le puso un trozo de cinta aislante en la boca, para que Mar, cuando se despertase, no pudiera emitir ningún sonido. Después, la rodeó por el cuerpo con la cuerda, asegurándola en el butacón para que quedase inmóvil. Por último, al atar sus manos, me explicó que lo que le había echado en la bebida hacía efecto muy rápido pero no era muy duradero.

– ¿Cuánto tiempo estará dormida? – pregunté.

– Una media hora. Algo más, quizás – respondió mi padre, contemplando a Mar, ya completamente atada y amordazada. Cogió su móvil y puso el manos libres.

– ¡Agustín! – respondió Paco, aún ignorante del problema que teníamos entre manos.

– Paco, tienes que venir a mi casa lo más rápido que puedas – dijo papá, de forma atropellada.

– ¿Qué ocurre?

– Tengo a una profesora del colegio de Pili atada – explicó – La he drogado para dormirla y ver qué hacemos con ella, pero no tardará mucho en despertarse.

– ¿Has apagado su móvil?

– Sí, pero habrá que deshacerse de él en otra parte – dijo papá.

– Voy para allá lo más rápido que pueda. ¡No hagas nada hasta que llegue! – le ordenó antes de colgar.

Papá se quedó un momento en silencio contemplando a mi profesora atada en el butacón. Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondo.

– ¡Qué coño has hecho, Pili! – me gritó – ¿Por qué cojones no has ido a clase? ¿Por qué coño vas vestida así? Te he dicho mil putas veces que no podemos llamar la atención, que nadie puede saber lo que hacemos, ¡joderrr!

– Me llamó Ruth … quería salir por ahí un rato – me excuse, al borde del llanto y muy nerviosa.

– ¿Un rato? – preguntó sorprendido – ¿Pero tú eres gilipollas o qué? ¡Que tienes 14 años, subnormal!

– Eso le dije a Ruth, pero me insistió en que lo haría igualmente – traté de disculparme – Y … por no dejarla sola …

– Dos niñatas de 14 años, vestidas como fulanas, fumando por la calle y en pleno horario escolar … ¡Zasss! – sonó el bofetón que me cruzó la cara y me estampó contra el sofá. Lo tenía bien ganado. Había puesto en riesgo todo nuestro modo de vida – ¿Qué más habéis hecho a plena luz del día, zorras estúpidas?

– Ruth robó una botella de vodka en un supermercado – dije, temblorosa.

– ¡Zassss! – sonó una nueva bofetada sobre mi rostro – ¿Qué más, hija de puta? ¿Qué más?

– Nos hemos sentado en un banco de un parque a fumarnos unos porros y a bebernos la botella … – dije, encogiéndome y esperando un nuevo golpe.

– Ahí … en medio de un parque, para que os vea todo el mundo ¡Hay que ser gilipollas! – exclamó papá, deambulando por el salón, muy nervioso y preocupado.

– Ruth quería colocarse y no teníamos maría ni farlopa …

– ¿Y de dónde habéis sacado la maría para los porros?

– Estuvimos hablando con unos chicos y nos dieron un porro.

– ¿Hablando? ¿Y os dieron un porro así como así? ¿Por la cara?

Por suerte, no tuve que contestar porque el interfono sonó.

– Es Paco – dijo papá, pulsando el botón para abrir el portal. Unos segundos después Paco ya estaba en casa.

– A ver … – dijo sofocado. Había subido por las escaleras a toda prisa. Miró a Mar – ¿Cuánto lleva así?

– Te llamé justo después de dejarla grogui – respondió mi padre mirando su reloj – No llega a diez minutos.

– ¿Cómo ha venido? – preguntó Paco.

– Me ha traído en coche – respondí – Me vio en la calle con Ruth y se empeñó en traerme a casa y hablar con mi padre. He intentado quitármela de encima pero no ha habido manera … – expliqué.

– ¿Y por qué vas vestida como una jodida puta callejera? – preguntó de mala gana al advertir mi atuendo.

– Es una larga historia, Paco – atajó mi padre – Ahora no hay tiempo para explicaciones.

– Las llaves del coche, ¡rápido! – exigió Paco, buscando en los bolsillo de los pantalones vaqueros de Mar – ¡Aquí están! ¿Dónde ha aparcado?

– En la acera de esta calle, enfrente – expliqué – Es un coche rojo deportivo.

– Ahora que miro a esta puta … – insinuó Paco – … está bastante buena – añadió sobándole las tetas por encima del polo rosa – ¿Cuántos años tiene? No lleva anillo. ¿Sabes si está casada o tiene novio?

– No sé … tendrá unos veintipico, casi treinta – calculé – Casada no, pero no sé si tendrá algún novio.

– ¿Tienes caballo en casa, Agustín?

– Sí – respondió papá.

– Vamos a meterla una sobredosis hasta que le reviente el corazón – explicó Paco – Ahora voy a llevar el coche a Villaverde Bajo. Lo dejaré allí con su móvil. Llamaré a Arturo, a ver si puede venir a por mí. No hagáis nada hasta que regrese, que nos vamos a pegar una buena fiesta con esta putita metomentodo antes de liquidarla.

Paco salió de casa con las llaves del coche y el móvil de Mar. Hasta ese momento no me di cuenta de las implicaciones que tenía mi descuido. Iban a matar a mi tutora, a mi profesora de Lengua y Literatura de 3º de ESO. Ella no había hecho nada malo, solo preocuparse por mi y tener la mala suerte de cruzarse conmigo aquella mañana. No merecía morir. Pero era ella o nosotros. Si salía viva de allí, contaría lo que sabía. Pensé que mi padre se había precipitado drogándola. Aún estábamos a tiempo de dar algunas evasivas y que nadie metiera las narices en nuestros asuntos. Por otra parte, es cierto que Mar me había amenazado veladamente sobre alertar a Servicios Sociales. Y parecía el tipo de mujer que en cuanto saliese de allí se iría directa a la policía.

La espera fue tensa. Los minutos parecían horas. Era vital deshacerse del coche y del móvil para que nadie la relacionase conmigo aquella mañana. Si el GPS del coche o la geolocalización del móvil apuntaba a su presencia en algún momento en mi casa, siempre podría decir la verdad, que me había visto por la calle y se ofreció a llevarme a casa.

Después de un rato, con mi padre nervioso e impaciente, merodeando de una lado a otro de la casa e insultándome por haber sido tan estúpida, el móvil de papá sonó.

– Ya vamos para allá – dijo Paco – Arturo me ha recogido. ¿Ya se ha despertado?

– Aún no.

– Prepara la heroína.

– Vale, Paco – obedeció papá.

Las notificaciones de mi móvil habían sonado durante ese rato, pero estaba tan nerviosa y preocupada que no los había hecho caso. El saber que Paco ya se había deshecho del coche y del móvil de Mar me tranquilizó, y miré los mensajes.

– Ruth: Jajaja!!! Valla pillada que te han hecho, perra!!!

– Alba: Qué ha pasado?

– Ruth: Aún estás en clase, Alba?

– Alba: Acabo de salir.

– Ruth: Ná, Pili y yo hemos hecho pellas y la ha pillado una profe de su cole.

– Alba: Qué marrón!!!

– Ruth: Se la ha llevado en su coche a su casa. Jajaja!!! Tenías que ver la cara de susto que tenía Pili. Jajaja!!!

– Yoli: Jajaja!!!

– Ruth: Ha tirado el cigarro al suelo y se ha puesto a temblar

– Mamen: Jajaja!!! Qué pillada!!!

– Yoli: Y qué habéis hecho toda la mañana por ahí, perras?

– Ruth: Poca cosa. Fumarnos un canuto en un parque y bebernos un botella de vodka

– Alba: Qué suerte!!! Y yo en clase … qué envidia!!!

– Mamen: Y qué ha pasado con la tía esa?

– Ruth: Ni puta idea. Era una vieja de treinta años. Pili, dinos algo. Qué ha pasado con la zorra esa???

– Yoli: Seguro que la ha dejado en su casa y se ha ido. Pili estará mamándosela a Agustín, supongo.

– Ruth: Qué hacéis vosotras?

– Alba: En cuanto llegue a casa me fumo un porro y me bebo una birra.

– Mamen: Yo acabo de salir de la ducha. Ayer tuvimos una sesión de puta madre.

– Ruth: Tuvisteis jaleo??

– Yoli: No tanto como tú, perra. Ya me ha contado tu hermana lo de Canalla?

– Ruth: Qué coño dices de Canalla?

– Yoli: Subnormal, que así se llama el caballo de ayer.

– Ruth: ¡Hostia puta! No lo sabía

– Mamen: Yoli y yo nos lo hemos follado un par de veces. Lo conocemos bien.

– Ruth: Fue increíble. ¡Qué pollón, Diossss!

– Alba: ¡Qué bien, Ruth! Con las ganas que tenías de probarlo. Yo me estreno con uno el Jueves. A lo mejor es el mismo bicho, el Canalla ese.

– Mamen: No, porque esto fue en Toledo y tú vas a la Sierra, que me lo ha dicho mi padre.

– Ruth: La pena es que la zorra de mi hermana se tragó toda la leche del bicho, no pude casi ni probarla.

– Yoli: Jajaja!!! Ya me ha contado Sole.

– Ruth: Y vosotras qué?

– Mamen: Mi padre nos llevó a una nave de un polígono. Dónde era?

– Yoli: Ni puta idea.

– Mamen: Estaba genial. Puso unos colchones en el suelo, en una especie de oficina.

– Yoli: Mi padre nos dijo que era un cliente y fueron ocho.

– Ruth: Joder, qué suerte!!!

– Mamen: Iban con gafas de sol y pasamontañas para proteger su identidad.

– Yoli: Pero como estamos con lo de quedarnos preñadas solo nos follaron por el culo.

– Alba: Qué envidia!!! Yo me pasé la tarde en casa viendo porno, bebiendo cerveza y fumando porros. Se la mamé a mi padre por la mañana y luego por la noche me echó un polvo.

Por más que estuviera enfadada con Ruth, y preocupada por la situación, aquellas chicas siempre me sacaban una sonrisa. Había estado a punto de echarlo todo a perder por un descuido imperdonable. ¡Cómo podría vivir sin todo aquello! ¿Qué sería de mi vida si perdía a mis amigas y al Club? Por suerte, y pese a la gravedad de los acontecimientos, parecía que la situación podía resolver sin consecuencias para nadie, excepto para Mar. No quería que sufriese ningún daño, pero era ella o nosotros. Y no estaba dispuesta a que nada ni nadie cambiase mi mundo y mi estilo de vida.

Un cuarto de hora después, Paco y Arturo se presentaron en casa. Mi padre se había tranquilizado bastante desde la llamada de Paco y ya había preparado sobre la mesa del comedor los utensilios necesarios para inyectar a Mar la heroína y provocarle un paro cardíaco por sobredosis.

– ¡Despierta, hija de puta! – dijo Paco arreándole un par de bofetadas a Mar, aún desplomada sobre el butacón – ¡Zass, zass!

– ¡Vamos, zorra! – dijo Arturo sobándole las tetas y tocando su entrepierna por encima de los vaqueros – Está buena, la muy hija de puta.

– Me dan ganas de llamar a los rusos a ver si pueden hacer de ella una puta de provecho – explicó Paco, mirando a Mar detenidamente, mientras ésta comenzaba a despertar.

Aturdida, Mar fue recobrando el conocimiento. Tardó unos minutos en darse cuenta de dónde estaba y por qué. Cuando lo hizo, quiso gritar. Pero la cinta sobre su boca se lo impidió. Sus ojos se abrieron como platos, aterrorizada. Miró sus manos, atadas por las muñecas, una contra la otra.

– ¡Zassss! – sonó la bofetada que Arturo le propinó. Apenas había recibido tres hostias y ya tenía las dos mejllas coloradas.

– Ohhh, si se ha ruborizado la muy puta – dijo Paco riendo – A ver, zorra … ¡cálmate! ¿Vale? – le dijo a escasos centímetros de su bello rostro – Respira … y relájate – le susurró.

Mar se contrajo al respirar hondo. El aire entró en sus pulmones y todo su cuerpo tembló cuando lo hizo. Tras varias exhalaciones, pareció comprender la situación, sin dejar de estar aterrorizada.

– Mira, puta … – explicó Paco – … tienes dos opciones. La primera es que no colabores y que hoy sea tu último día. La segunda es que, sepas lo que sepas y veas lo que veas, cierres el pico y no cuentes a nadie lo que va a pasar ahora. Mueve la cabeza para saber qué eliges. ¿Quieres la primera?

Mar movió la cabeza de lado a lado, negando.

– ¿Quieres la segunda?

Mar asintió, con los ojos muy abiertos para que quedase claro cuál era su elección.

– Has elegido callarte la boca y no contar nada. Si vas a la policía o a Servicios Sociales, te mataremos. ¿Entiendes?

Mar volvió a asentir.

– Pili, nena … ¡ven aquí! – me ordenó Paco. Obedecí – Quiero que respondas a mis preguntas con total sinceridad para que tu profesora se entere bien de lo que haces y de lo que eres. ¿De acuerdo?

– Sí – asentí, confundida por las intenciones de Paco.

– A ver … ¿por qué vas vestida así?

– Eh … estooo … eh … – balbucí, aún sin saber si podía ser totalmente sincera o se trataba de uno de los jueguecitos que tanto le gustaban. Al dudar, me tomó con violencia por la nuca y levantó la mano para darme un tortazo, pero se detuvo antes de dármelo.

– ¿Agustín? – preguntó, levantando la mirada. Parecía que le pidiese permiso.

– ¡Hóstiala! – dijo papá.

– ¡Zassss! – la gruesa mano de Paco me cayó sobre la cara y me volteó la cabeza – Que digas la puta verdad.

– Eh … ehhh … esto … Ruth y yo hemos hecho pellas – dije al entender que era mejor sincerarme.

– ¿Qué más, zorra? – intervino Paco.

– Ruth ha robado una botella de vodka de un supermercado – dije.

– Esta Ruth … – dijo Paco sonriendo – ¿Qué más?

– Nos la hemos bebido sentadas en un banco de un parque.

– ¡Más! – exclamó Paco, furioso.

– Hemos fumado un porro – añadí.

– ¿Por qué cojones vas vestida así? – preguntó Paco.

– Ruth me pidió algo de ropa de mi madre. Yo le dije que no, pero me insistió y … yo solo quería acompañarla – me excusé.

– ¡Qué puta está hecha esta Ruth, joderr! – exclamó Arturo.

– ¿Vas a comentarle esto a alguien del colegio o de servicios sociales? – preguntó Paco a Mar, que negó con la cabeza de inmediato.

– Muy bien, profesorita – dijo Paco, satisfecho – Pili, ¡cuéntale a tu profe qué hiciste ayer por la tarde!

– Ayer tuve mi primer cliente – expliqué mirando a Mar.

– ¿Tu primer cliente? ¿Acaso eres puta? – preguntó Paco.

– Sí, lo soy.

– ¿A qué edad empezaste a follar?

– A los 13, en cuanto me bajó mi primera regla – respondí, ante la sorprendida mirada de Mar.

– ¿Te gusta follar?

– Mucho.

– Cuéntale a tu profe … ¿cómo dices que se llama?

– Mar.

– Cuéntale a Mar qué más cosas sabes hacer …

– Chupar pollas, lamer culos, tragar semen, tragar pises, … – enumeré. Mar abría los ojos como platos, tan sorprendida como aterrorizada.

– ¿No te lo crees, Mar? – le preguntó Paco.

Mar se encogió de hombros, sin saber cómo reaccionar. Por su mente estarían pasando tantas cosas que lo que yo supiera hacer no era su prioridad. Paco la miró muy serio y, de pronto, se aflojó los pantalones y se sacó la polla, totalmente empalmada.

– ¡Chupa! – me ordenó.

Me clavé de rodillas en el suelo y me metí la polla de Paco hasta la garganta, mamando todo lo mejor que sabía. Arturo se bajó los pantalones y arrimó su polla a mi cara, golpeando mis mejillas.

– ¡La mía también, puta! – ordenó Arturo.

De inmediato, mamé la polla de Arturo, sin dejar de menear la de Paco. Alterné una y otra en mi boca ante la atenta mirada de Mar.

– ¿Has visto lo que sabe hacer esta putita? – preguntó Paco a Mar – Esto no lo ha aprendido en el colegio … ¿Tú has hecho esto alguna vez?

Mar asintió moviendo la cabeza de arriba a abajo.

– No me refiero a mamar una polla, sino a chupar dos al mismo tiempo – especificó Paco – ¿Has hecho tríos?

Mar volvió a asentir.

– ¡Andaaaa, mira con la putita de Mar! – exclamó Paco, sorprendido pero complacido, – ¿Y por qué no enseñas a mamar pollas en el colegio en lugar de las gilipolleces esas que les hacéis estudiar?

Mar se encogió de hombros, sin perder detalle de la doble mamada que le estaba haciendo a Paco y a Arturo. Mi padre permanecía inmóvil y callado.

– ¿Te gusta, Pili?

– Mucho – pude decir, sacando el pollón de Arturo de mi boca durante un instante.

– ¿Qué más te gusta?

– Que me follen – dije.

– ¿Por dónde?

– Por el culo es donde más me gusta – respondí.

– Anda, Arturo … hagamos que la nena disfrute como Dios manda – le sugirió.

– Sí, esta puta está pidiendo a gritos que se le metan por el culo – exclamó sacándomela de la boca y colocándose detrás de mi. Me subió la faldita hasta la cintura, apartó el tanga de hilo y, de un golpe seco y brusco, me metió su cipote gordo y duro en el ojete. Di un respingo al sentir cómo se deslizaba dentro de mí – Esto te gusta … ¿eh, puta?

– Me encanta – susurré, olvidando por completo la difícil situación en que había comprometido a todo el Club. ¡Qué fácil era olvidarse de los problemas! Una polla en la boca y otra en el culo y cualquier preocupación desaparecía – Gracias por follarme … gracias … – logré susurrar, presa de la excitación.

– ¿Ves qué puta es tu alumna, Mar?

Mar asintió nuevamente con un movimiento de cabeza.

– ¡Mira cómo disfruta, la muy puta! – dijo Paco – Mar … ¿tú crees que Pili disfruta leyendo poesía?

Mar negó con la cabeza.

– ¿Y haciendo comentarios de texto?

Mar negó con la cabeza nuevamente.

– Entonces, ¿por qué la obligas a que lea libros, analice frases y aprenda gilipolleces cuando ella lo que quiere hacer es chupar y follar?

Mar, aterrorizada, miró a Paco sin saber qué decir.

– Estarás de acuerdo, entonces, que sería un desperdicio que una chica con estas habilidades pierda el tiempo con las tonterías del colegio, ¿no?

Mamen dudó un momento.

– ¡Zasss! – sonó el bofetón sobre la cara de Mar – ¿Estás de acuerdo o no?

Mar asintió. El pelo revuelto le cubría el rostro enrojecido por las bofetadas.

– Entonces, ¿te parece bien que no vaya más a tus clases donde la obligas a aprender gilipolleces que no sirven para nada? – preguntó Paco.

Mamen asintió.

– ¿Eres su tutora?

Mar volvió a asentir, con los ojos llorosos y las mejillas rojas.

– Eres una chica guapa y seguro que muy lista – dijo Paco – ¿Podrías hacer que si esta perra se quedase preñada, no fuese a clase en todo el curso que viene?

Mar abrió los ojos, tan sorprendida como horrorizada, cuando comprendió lo que se proponían hacer conmigo.

– ¿Estás sorda, hija de puta? – gritó Paco exigiendo una respuesta.

Mar dudó por instante, como si tratase de imaginar cómo podría lograr que una alumna faltase a clase durante todo un curso. Finalmente, asintió.

– ¡Chica lista! – dijo Paco, meneándose la polla mientras succionaba su capullo – Si te quitamos la cinta de la boca, ¿gritarás?

Mamen negó con la cabeza, sabeedora de que debía colaborar si quería salir con vida de aquella situación.

– ¡No! – interrumpió mi padre – No hagamos tonterías que luego podamos lamentar.

– Oh, venga … Agustín. ¡No seas aguafiestas! – exclamó Arturo, sin dejar de bombear en mi trasero.

– Claro, Agustín … habrá que ver si la putita está de nuestra parte o no – explicó Paco, con tono sarcástico – Necesitamos que nos cuente cómo va a conseguir que tu hija no aparezca por clase durante un año entero para que puedas sacarla todo el rendimiento que la muy putita puede dar – explicó – No querrás que pierda el tiempo yendo al colegio, ¿no?

– ¡Esperad! – espetó papá, saliendo rápidamente de la habitación y volviendo unos segundos después con un martillo en la mano – Si grita o intenta algo, se lo estampo en la cabeza.

– ¡Buena idea! – exclamó Arturo, sin parar de follarme el culo.

Paco me la sacó de la boca y se puso junto a Mar, con el martillo que le había entregado mi padre.

– Mira, zorrita … de tí depende salir con vida de aquí hoy – le advirtió a escasos centímetros de su rostro, mirándola fijamente – Si colaboras, vivirás. Si no, ni los del CSI de la tele van a poder identificar los trocitos que vamos a hacer contigo – añadió mostrándole el martillo – ¿Has entendido, Mar?

Mar, muy asustada y temblorosa, asintió con la cabeza. Mi padre se colocó tras ella, con el martillo en lo alto, dispuesto a incrustárselo en la cabeza. De un golpe seco, Paco le quitó la cinta adhesiva que tapaba su boca. Mar hizo un gesto de dolor y apretó los dientes al sentir el tirón. Después, respiró hondo.

– Haré lo que me pidáis, de verdad … pero no me hagáis daño … os lo suplico … haré lo que sea – dijo con voz temblorosa a punto de echarse a llorar.

– ¡Suplica por tu vida, puta! – ordenó Arturo, visiblemente excitado y con su polla a punto de estallar dentro de mi culo.

– Por favor, os lo suplico … – gimió Mar – … haré lo que sea … de verdad … lo juro … os ayudaré en todo lo que pueda … – añadió. Rompió a llorar – … pero no me hagáis nada … por favor … – suplicó ahogando la voz en su propio llanto.

– Tienes pinta de ser una de esas zorras que van jodiéndole la vida a los hombres – dijo Paco, sonriendo ante las patéticas súplicas de Mar – Seguro que has roto muchos corazones, ¿eh, zorra hija de puta? Seguro que presumes con tus amigas de todos a los que has rechazado, ¡puta empoderada de mierda!

– No … de verdad … lo juro … no contaré nada … os ayudaré … – gimió.

– ¿Qué hacemos con esta puta, Agustín? – preguntó Paco.

– Yo no me arriesgaría, Paco – respondió mi padre, empuñando el martillo por si Mar gritaba o pedía auxilio – Yo la mataría y que vengan los rusos a deshacerse de ella. Nadie la relacionará con nosotros, Paco – explicó – Seguro que si sale de aquí irá a contarlo o nos denunciará a la Policía. No podemos correr riesgos. Será otra puta más que desaparece sin volver a saberse de ella – concluyó.

– ¡No, por favor! – exclamó Mar aterrorizada – ¡Os juro que no diré nada! Conseguiré que Pilar no vaya más a clase, convenceré a quien sea y yo la pondré sobresalientes, … os ayudaré, de verdad. ¡Lo juro!

– ¿Por qué deberíamos creerte, puta? – inquirió Arturo, sacándomela del culo y centrándose en la conversación con Mar. Volví al sofá.

– Porque si no hago lo que decís, me mataréis – trató de explicar Mar para salvar la vida – Si me dejáis ir y voy a la policía, me mataréis igualmente. Por lo que he escuchado, sois más y solo os conozco a vosotros tres …

– Llevas razón, ¡jodida perra! – atajó Paco – Somos muchos y todos sabrán de ti, de tus padres, de tus amigos, de dónde vives y de dónde das clase – explicó amenazadoramente – Si nos detienen a nosotros, el resto tendrán orden de ir a por tí y todos los que te rodean.

– ¡No os miento! Haré todo lo que pidáis y no hablaré jamás de nada de esto … Por favor, ¡creedme! – suplicó – Sé que si cuento algo moriré yo … y mis padres … joder … – volvió a echarse a llorar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y el rimmel se le había corrido por toda la cara. Paco, Arturo y mi padre se miraron.

– Creo que esto exige una reunión de urgencia – dijo Paco – Llamaré al resto – añadió saliendo del salón, mientras mi padre seguía con el martillo en alto.

Arturo se sentó junto a mí, en el sofá.

– ¡Chúpamela un rato, Pili! – me ordenó.

De inmediato, que arrodillé entre sus piernas y comencé a mamar su rico pollón. El silencio se apoderó de la estancia. Tan solo podían escucharse los leves sollozos de Mar mientras yo se la mamaba a Arturo. Al cabo de unos minutos, Paco volvió al salón.

– Vienen para acá – dijo.

– Sería prudente que esta zorra no viese a nadie más – sugirió papá – Llevémosla a la habitación donde mi mujer atiende a los clientes, está insonorizada. Así podremos reunirnos aquí.

Entre los tres auparon el butacón con Mar y lo llevaron a la estancia donde mi madre ejercía la prostitución, la tercera de las habitaciones de mi casa, con una gran cama redonda y un espejo en el techo.

La siguiente media hora fue tensa. Mi padre, Arturo y Paco entraban y salían de la estancia, fumando y bebiendo whisky. Por momentos, me quedaba sola con Mar. Yo sentada en la cama y ella, frente a mí, atada al butacón. Agachaba la cabeza, evitando mirarme. Quería decirle algo, pero no sabía el qué. Su vida estaba en riesgo por un descuido mío y no encontraba qué palabras podrían aliviar su angustia. Cuando el timbre sonó, Paco entró en la habitación y le puso a Mar un pañuelo en los ojos, para impedir que viese al resto de los miembros del Club.

El primero en llegar fue Marcial. Entró en la habitación y observó a Mar.

– Evitemos los nombres – sugirió mi padre.

– ¿Qué te parece? – preguntó Paco.

– La típica pija creída – dijo, observándola con detenimiento – ¿Cuántos años tienes, perra?

– 27 – dijo Mar.

– No sé … – valoró Marcial – ¿Seguro que no se irá de la lengua? Ahora podría decir cualquier cosa para salvar el pellejo. Estás zorras son mentirosas por naturaleza …

– ¡No miento! – exclamó Mar – Haré lo que me pidáis, ¡lo juro!

– No sé si merece la pena tanto riesgo – añadió Marcial – Está buena … sí. Podrían darnos veinte o treinta mil por ella. ¿Has hablado con los rusos?

– Sí – respondió Paco – Pero solo les he dicho que teníamos un pequeño problema.

– ¿Qué quieres hacer con ella?

No dio tiempo a responder porque el timbre sonó nuevamente. Esta vez eran Antonio y Fernando, que venían juntos. Observaron a Mar y se les planteó la cuestión de qué hacer con ella. Ninguno de los dos tenía claro si merecía la pena arriesgarse. Los únicos que parecían más interesados en mantener con vida a Mar y tratar de aprovecharse de ella eran Paco y Arturo.

Por fin llegó el último miembro fundador del Club que faltaba, Pepe. Trajo a su hija, que me miró haciendo un gesto de no saber aún de qué iba todo el asunto. Los cinco miembros fundadores, más Arturo, se retiraron al salón. Albita y yo nos quedamos a solas con Mar.

– ¿Pero qué ha pasado, tía? – me dijo Albita, desconcertada.

– Es mi tutora del colegio – expliqué. Mar podía escucharnos, pero no vernos, ya que Paco no le había quitado el pañuelo de los ojos – Me ha reconocido en la calle. Iba con Ruth …

– ¿Por eso vas vestida así? – me dijo mirándome de arriba a abajo, sorprendida por mi vestimenta.

– Sí … es una larga historia …

– Por culpa de Ruth, ¿no? – preguntó Alba.

– Sí, ya he leído el chat. Y encima se ríe.

– Le va a caer una buena – dijo Alba – Su padre no se anda con tonterías. Después del regalo de ayer … ¡y mira hoy lo que hace! – exclamó.

– Está muy colgada – asentí.

– Pilar … por favor … diles que no diré nada – suplicó Mar, interrumpiendo nuestra conversación – ¿Qué gano yo yendo a la policía? – preguntó retóricamente.

– Mar … yo no quiero que te hagan nada – expliqué – Pero tienes que entender que es arriesgado. Estás suplicando por tu vida … pero soy yo quien te suplica a tí que no digas nada. Si lo haces, meterán a todos en la cárcel y a nosotras en un orfanato.

– No diré nada … de verdad … – suplicó.

– Creo que no se van a contentar con que no denuncies – dijo Albita – Te pedirán que hagas cosas …

– ¿Qué cosas?

– No lo sabemos – dije – Pero sí han dicho que les pareces guapa. Supongo que querrán sacarte partido.

– ¿Sacarme partido?

– Sí, las mujeres tenemos del deber de complacer a los hombres, obedecer en todo y ser rentables para que ellos no tengan que trabajar – explicó Albita.

– ¿Tú quien eres? ¿Cuántos años tienes? – preguntó.

– Me llamo Alba y tengo 13 años.

– ¿Y piensas que por ser mujer debes obedecer?

– No es que lo piense, es que es así – replicó Albita, con su vocecilla infantil – Son los hombres los que deben decidir qué hacer con nosotras. Como ahora están haciendo contigo.

– ¿Te refieres a …?

– Sí, se refiere a que ellos decidirán qué hacer contigo – expliqué – Si haces lo que te piden, te juro por mi vida que no te arrepentirás – ¿Verdad, Alba?

– Sí – respondió de inmediato – Yo ya no podría vivir de otra manera. Somos afortunadas de haber nacido mujeres y de tener los padres que tenemos.

– ¿Afortunadas? ¿Llamas afortunada a que te violen cuando les apetece?

– No valemos nada, Mar – expliqué – Gracias a ellos tenemos algo de valor, que es el de complacerlos. Sin eso, no tendríamos nada.

– Seguro que piensa que por tener una carrera, un coche y un sueldo a fin de mes es mejor que nosotras … ¡bah! – dijo con desprecio Alba.

– Mar, no imaginas lo felices que somos – dije – Follamos, bebemos, fumamos, nos drogamos, vemos porno, … nuestros padres no nos exigen buenas notas, ni hacer clases extraescolares, ni estudiar en casa, … Vivimos para el placer, para darlo y recibirlo. ¿No te parece eso maravilloso?

– ¡No tratéis de convencerme! – exclamó Mar al oír nuestras palabras – El caso es que me da igual, que no diré nada … podéis seguir con vuestras vidas y hacer con ellas lo que queráis. ¡No diré nada!

– Te suplico, Mar, que les hagas caso, por favor – rogué. Te cargarás nuestras vidas y la de nuestros padres – ¡Haz lo que te pidan!

– Lo haré, lo haré … no quiero morir – susurró tomando nuevamente conciencia de su situación.

En ese momento, todos los hombres entraron en la habitación. Paco, como siempre, llevaba la voz cantante. Alba y yo nos sentamos sobre la cama, expectantes.

– Bien … Mar, hemos decidido darte una oportunidad. Pero antes haremos unas fotos y unas grabaciones de vídeo contigo, Pili y Alba – explicó – Harás todo lo que digamos que hagas. Sonreirás a la cámara cuando te lo ordenemos. ¿De acuerdo?

– Sí … haré lo que sea … ¡os lo juro! – suplicó nuevamente Mar.

– Alba tiene 13 años y Pili 14 – explicó Paco – Vas a follar con ellas. Te grabaremos y te sacaremos fotos. Después, pagarás por follar con ellas. Me he tomado la libertad de coger un bolso que había en tu coche, con interesante información, cómo dónde vives, dónde viven tus padres, … y también había 100 Euros en efectivo en una cartera. Te grabaremos pagando por practicar sexo con dos menores de 13 y 14 años. ¿Entiendes?

– Sí, pero no hace falta chantajearme con eso … no diré nada. ¡Lo juro! – dijo descompuesta.

– Llámanos desconfiados pero … por si acaso – dijo Paco, con sarcasmo.

– Después – intervino Arturo – te llevaremos a tu coche y te devolveremos el móvil y la documentación.

– Te vigilaremos y si vas a la policía y vemos algo sospechoso … ya sabes – insinuó Paco.

– Haz tu vida normal a partir de mañana – añadió Arturo – Estaremos en contacto contigo a través de Pili, a la que seguirás viendo en clase hasta el fin de este curso. Ve pensando en cómo vas a hacer que no tenga que ir al colegio el año que viene.

– Sí … sí … sí … haré lo que sea … lo haré, de verdad – sollozó Mar.

– Pil, Alba … ¡iros desnudando! – ordenó Paco.

Me quite la faldita y la blusa, quedándome solo con el tanguita de hilo. Los zapatos de plataforma hacia tiempo que me los había quitado, para no acabar torciéndome un tobillo. Alba se quitó también su ropa, un chándal de algodón gris y una camiseta de color rosa. No llevaba bragas. Ninguna llevábamos sujetador, ya que nuestras tetitas aún eran pequeñas para necesitarlo. Paco hizo un gesto con la cabeza y, de inmediato, Pepe, Marcial, Antonio y Fernando se pusieron unos pasamontañas para ocultar su identidad. A papá, Paco y Arturo ya los había visto, así que esconder su rostro no tenía sentido.

Cuando les vi con el pasamontañas, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Recordaba un vídeo de las mellizas follando con un tipo así y me hacía ilusión que alguno de ellos pudiera follarme de esa manera aquella tarde.

Finalmente, entre Paco y mi padre, le quitaron a Mar las ataduras y el pañuelo de los ojos. Mar miró a su alrededor mientras se dolía de las muñecas por el el roce de la soga.

– Ahora, ¡desnúdate! – ordenó Paco.

Muy lentamente, Mar se quitó las zapatillas y los calcetines, que apartó a un lado. Después se quitó el polo de color rosa, mostrando una potente delantera con un sujetador de color carne. Después se quitó los pantalones vaqueros mostrando su torneadas piernas, impecablemente depiladas. Llevaba una tanga de color negro.

– ¡Todo! – exigió Paco.

Mar hizo un gesto de resignación y se desabrochó el sujetador, dejando al aire dos tetas grandes y blancas, con pezones rosados. Miré a Arturo, que se relamió cuando aquel par de trozos de carne vieron la luz. A continuación, y agachándose ligeramente, se quitó el tanga, mostrando una entrepierna depilada.

– ¡Vaya con la tutora! – exclamó Paco, asombrado por los tesoros ocultos de Mar – ¿Qué os parece, chicos?

– Es buena hembra – dijo Pepe, al que distinguí por la voz, pese al pasamontañas.

– Podría ser muy rentable – apuntó Marcial.

– ¡Vamos, puta! – ordenó Paco – ¡Ya sabéis qué hacer!

Alba se acercó a Mar y, sin mediar palabra, comenzó a chupar un pezón. La imité mientra acariciaba su depilado chumino. También acaricié su trasero y, como anunciaban los pantalones ceñidos que siempre llevaba, se trataba de un culo redondo y carnoso.

Sentí cómo alguien nos grababa con el móvil, después supe que el encargado de hacerlo fue Fernando.

– ¡Di que te gusta follar con tus alumnas! – ordenó Paco.

– Eh … ehh … me gusta follar con mis alumnas – susurró Mar.

– ¡Di que merecen el precio que pagas! – ordenó alguien.

– Merecen el precio que pago – obedeció Mar.

– Luego borramos nuestras voces con el programa de edición – explicó Fernando que, acercó el móvil a mi rostro – ¡Di tu nombre y tu edad! – me ordenó.

– Me llamo Pili y tengo 14 años – dije sonriendo a cámara – Mi tutora de Lengua, Mar Alonso, paga para que tengamos sexo con ella.

– ¡Bien dicho! – exclamó Paco.

– ¡Ahora tú! – le ordenó Fernando a Alba.

– Soy Alba, tengo 13 años y Mar Alonso paga por tener sexo conmigo – dijo Alba.

– ¡Ahora tú, puta perra! – le ordenó a Mar.

– ¿Qué digo? – preguntó desconcertada.

– Que te gusta follar con tus alumnas, … ¡Inventa algo convincente, zorra estúpida!

– Soy Mar Alonso, profesora de Lengua y Literatura del Colegio El Pinar de Santa María y pago por follar con mis alumnas – dijo, mirando a cámara, tratando de mostrarse colaboradora – Les prometo buenas notas para que me coman el coño y me den placer … y les pago dinero si lo hacen bien – añadió, mirando a los hombres del Club, como preguntando si lo había hecho bien.

– ¡Muy bien, perra asquerosa! – exclamó Paco, dando palmas – Me gusta que cooperes. ¡Ahora seguid a lo vuestro!

Alba tenía un dedo metido en su coño. Lo sé porque cuando fui a meter uno yo me encontré con el suyo ya dentro de Mar. Seguíamos lamiendo sus pezones. Alba y yo jugamos con nuestra lenguas y las tetas de Mar, al tiempo que la penetrábamos con los dedos. La cogí de la mano y la lleve a la cama. Se tumbó sobre ella y separé sus piernas para que Fernando grabase bien su depilado conejo. De rodillas en el suelo, su entrepierna quedaba a la altura de mi rostro, así que comencé a lamer su coño. Alba se acomodó sobre Mar, en cuclillas sobre la cama, dejando caer el culo sobre la cara de mi tutora.

– ¡Come coño, Mar! – exclamó Albita. Ella obedeció y, de reojo, pude ver cómo Mar lamía el chochito de mi amiga.

Todo era muy sensual y erótico. Lamí el coño de Mar, capturando su aroma y bebiendo el flujo que soltaba. De pronto, sentí presión en mi trasero y cómo una polla se deslizaba dentro. Alguien me estaba follando. Me giré y, a pesar del pasamontañas, pude distinguir a Marcial dándome por el culo.

Continuará …

Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112

E-mail: [email protected]

7 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por agosto10
Etiquetas: amiga, amigos, colegio, hermana, hija, madre, padre, sexo
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