PILI, PUTA ADOLESCENTE. CAPÍTULO 14: MI PRIMER CLIENTE
Con 14 años me prostituí por primera vez. Por fin era una puta de verdad..
PILI, PUTA ADOLESCENTE.
CAPÍTULO 14: MI PRIMER CLIENTE.
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Apenas quedaban unos minutos para las siete, hora en que llegaría a casa mi primer cliente. Sentía cómo el corazón me latía de impaciencia y nerviosismo. A mis 14 años ya había follado con diez hombres distintos, todos y cada uno de los miembros del Club, incluido mi padre. Pero esta vez era distinto, era mi primer cliente, mi primer servicio como puta. Me sentía una privilegiada y deseaba complacer a aquel desconocido más que nada en ese momento. Imaginé su cara de satisfacción cuando se la chupase y sus elogios por verme tan profesional y experimentada, a pesar de mi corta edad.
Estas cavilaciones fueron interrumpidas por la irrupción de mi padre en mi habitación.
– ¿Aún estás así? – preguntó extrañado.
– ¿A qué te refieres? – respondí dando una calada profunda a mi porro.
– ¡Vístete! – me ordenó – ¿No has visto cómo mamá recibe siempre a sus clientes?
– Eh … no sé … siempre me has dicho que debo estar desnuda en casa – respondí, sorprendida por aquella nueva información.
– Eso es para mí y los miembros del Club – explicó papá – Pero para los clientes, salvo que indiquen lo contrario o ya sepamos sus gustos, hay que vestirse con ropa adecuada. ¡Anda, ve al ropero de tu madre, que algo encontrarás! – me ordenó.
Aquello era totalmente nuevo para mí, pues en mi adiestramiento durante más de siete meses, siempre se me había impuesto la obligación de ir desnuda y descalza por casa para que mi padre pudiera usarme a su antojo cuando le apeteciese. Encontré varias prendas que me servían y me decidí por una minifalda muy corta, de color negro y un top rosa ajustado que marcaba mis pezones. Eliminé de la ecuación cualquier prenda íntima, tipo tanga o sujetador. No había tiempo para eso, bastaba con ponerme cualquier cosa. Elegí unos zapatos de plataforma negros y, una vez que me subí sobre ellos, me miré al espejo. ¿Parecía más puta ahora que desnuda?
No hubo tiempo para más porque el timbre del portero automático sonó, anunciado la tan deseada llegada de mi primer cliente. Corrí hacía el salón, para estar presente cuando entrase por la puerta. Lo hice no sin cierta dificultad, pues los taconazos de los zapatos no resultaban tan manejables como cuando se los ponía mi madre, muchos más acostumbrada a ese tipo de calzado. Casi me doblo un tobillo al recorrer el pasillo.
– ¡Hola … bienvenido! – exclamó mi padre, recibiendo a un hombre de unos cincuenta años, alto y bien parecido. Tenía el pelo algo canoso y una tímida barba cubría su cara. Ojos oscuros, bajo unas gafas de fina pasta. Pantalones vaqueros y camisa de color claro, arremangada hasta los codos, mostrando unos brazos fuertes y viriles. Mi padre le estrechó la mano, bajo el umbral de la puerta, invitándole a pasar.
– ¡Hola, Agustín! – respondió el hombre con voz grave.
– Esta es mi chica – dijo papá, al tiempo que cerraba la puerta.
– ¡Hola! – exclamé, aún sin saber muy bien cómo comportarme. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al presenciar al hombre que iba a hacer de mí una puta de verdad por primera vez.
– ¡Siéntate, ponte cómodo! – invitó mi padre, antes de que él pudiera responder a mi saludo. Se sentó sobre el butacón de mi padre, donde solía mamarle la polla cada tarde al volver del colegio.
El hombre me miró fijamente, de arriba a abajo, escrutándome. Sus ojos se encontraron con los míos durante un segundo. Sonreí. Quería agradarle, gustarle y complacerle. Por un momento sentí una tremenda responsabilidad. Debía satisfacerle para que deseara contratarme más veces y así poder ganar dinero para papá. Solo así sería una verdadera puta y solo así mi padre estaría orgulloso de su hijita.
– Bueno … os dejo solos – dijo mi padre – Estaré en mi habitación por si necesitáis cualquier cosa.
– De acuerdo, Agustín – dijo el hombre.
– Ya sabes … puedes hacer con ella lo que quieras. No hay reglas ni límites. Ella hará cualquier cosa que te apetezca – concluyó papá saliendo del salón.
Se hizo el silencio durante unos segundos, mientras aquel hombre me miraba una y otra vez, de arriba a abajo, como si no diera crédito a lo que tenía delante.
– ¿Cuántos años tienes? – preguntó, rompiendo el incómodo silencio.
– 14.
– Pareces mayor. ¡Demuéstramelo!
Me acerqué al mueble de la televisión, donde en un cajón mi padre guardaba mi documentación. Lo abrí y saqué una carpeta. Dentro estaba mi partida de nacimiento, mi pasaporte, algunos boletines de notas del colegio, mi tarjeta sanitaria y mi DNI. Lo tomé y se lo entregué.
– María del Pilar Ramírez Montoya, hija de Agustín y María Lucía, nacida el 20 de Septiembre de 2.009 en Madrid, … – leyó lentamente – Así que cumpliste 14 el pasado mes de Septiembre … – añadió dejando mi DNI sobre la mesita.
(Tengamos en cuenta que estos hechos ocurrieron en Marzo de 2.024, ahora ya tengo 16 años. Cumplí los 14 en Septiembre de 2.023).
– Así es – asentí – ¿Quiere que me desnude? ¿Se la chupo? – ofrecí, impaciente por entrar en acción.
– Antes, ¡siéntate en mis rodillas! – me ordenó. Obedecí.
Sin mediar palabra, me acarició las tetas por encima de la camiseta con una mano, mientras metía la otra entre mis muslos, desnudos por la cortísima minifalda. De inmediato, buscó mi boca con la suya. Sentí sus labios entreabiertos dejando asomar la lengua para introducirla entre los míos. Busqué el contacto entre nuestra lenguas. En seguida sentí el sabor a tabaco y su cálida saliva. Nos morreamos durante un rato, mientras una de sus manos avanzaba entre mis muslos. Separé la piernas para dejarle llegar hasta mi chochito.
La tela de la minifalda cedió colocándose por detrás de mis caderas. El hombre restregó la palma de su mano en mi coño, húmedo por la excitación del momento. Metió un dedo dentro. Al momento otro. Y comenzó a follarme con ambos dedos dentro de mi joven chumino.
– Lo hace muy bien – le alabé, recordando los consejos de Sonia en cuanto a elogiar a los clientes, hicieran lo que hicieran – ¡Me gusta!
– Eres una guarrita deliciosa, Pili – dijo, lamiéndome el cuello y sin dejar de follarme con los dedos – Tienes el coño mojadito.
– Sí, es que soy muy puta.
– Ya lo veo, Pili … ya lo veo.
Decidí tomar la iniciativa. Estaba deseando comerle la polla y, después, que me follara. Le toqué el paquete, por encima de los pantalones. El bulto era evidente, en señal de su excitación. Al notar mi mano, dio un respingo.
– ¿Se la chupo? – pregunté con gesto ingenuo.
– Es la segunda vez que me lo preguntas – advirtió – Veo que lo estás deseando.
– Sí, me apetece mucho meterme su polla en la boca y mamársela – respondí.
El tipo sacó los dedos de mi conejo, se abrió la bragueta de los pantalones y se sacó la polla. Era de tamaño medio, circuncidada y con un glande cabezón. En realidad, me daba igual cómo fuera su polla. Me gustan todas y mi propósito en la vida es satisfacer a todas las que pueda.
– Y dime … Pili de 14 años, ¿cuántas pollas te has comido en tu vida?
– Diez.
– ¿Sólo? Qué pocas, ¿no? – dijo con cierto sarcasmo.
– Lo sé – dije avergonzada – Mis amigas han chupado muchas más, pero es que usted es mi primer cliente – expliqué – Espero que en no mucho tiempo pueda decir que he chupado 100 ó 200 pollas – dije mientras comenzaba a meneársela.
Me la metí en la boca y succioné el capullo. Después babeé cuanto pude para llenar la polla con mi saliva. Lamí sus huevos peludos, sin dejar de menearla y volví a metérmela en la boca, esta vez hasta que noté el glande tocando mi garganta.
– ¡Qué gusto, zorrita! – exclamó.
Mamé su polla durante unos minutos, preocupándome en no acelerar demasiado el ritmo y provocar que su leche caliente brotase. Quería que probase todos mis agujeros y dejarle muy satisfecho.
– ¡Quiero tu coño! – exclamó, con la mirada perdida de placer.
Me senté sobré él, subiéndome la faldita por detrás de las nalgas, y me metí su polla ensalivada en el coño.
– ¡Ahh! – gemí al sentirme empalada. Comencé a cabalgar al tiempo que me quité el top y lo lanzaba al suelo. Quería que disfrutase de mis tetitas mientras me follaba. Se las puse en la cara y él lamió mis pezones. Me agarró el culo con fuerza mientras me deslizaba por su polla, arriba y abajo.
– ¡Puta … para o me correré! – me ordenó – Y quiero probar tu culo antes de que eso pase.
– Como desee – obedecí, quedándome parada sobre él, a horcajadas, con su polla dura dentro de mi conejo.
– Sabes follar, zorrita – me dijo apretando mis pezones con sus manos – ¿Qué más sabes hacer?
– Si quiere parar un rato, puedo colocarme con usted – sugerí, sin saber muy bien qué decir.
– ¿Colocarnos? – preguntó extrañado.
– Sí, fumarnos un porro o meternos una rayita de coca …
– ¿También te drogas?
– Mi papá dice que una puta debe ser muy viciosa – le expliqué, montada sobre su dura polla, pero quieta – Le puedo servir una copa también, si lo prefiere. Mi propósito es complacerle como usted me pida.
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Mientras tanto, en una nave de un polígono industrial a las afueras de Madrid.
– Papi, ¿por qué nos traes aquí? – preguntó Mamen al acceder a la nave, mirando a derecha e izquierda.
Se trataba de una nave grande, con los techos altos, de unos 4 ó 5 metros. Había herramientas tiradas por el suelo, bidones e incluso dos coches abandonados, desvencijados y polvorientos. Parecía haber sido un taller mecánico o algo similar. En una esquina de la nave rectangular, se levantaba una pequeña construcción acristalada.
– Porque he citado aquí a algunos clientes – explicó Marcial, de mala gana.
– ¿Y dónde vamos a follar? – preguntó Yoli.
– ¡Allí! – dijo Marcial señalando la pequeña construcción interior de la nave – En la oficina.
Los tres caminaron hacia la oficina. Las gemelas llevaban puesta su capa del Club, que las cubría desde el cuello hasta los tobillos y una chanclas en los pies. Una vez dentro, se trataba de una pequeña estancia de unos 15 metros cuadrados. Había algunas estanterías junto a las paredes con carpetas, libros de cuentas y albaranes. También una mesa y un par de sillas.
– ¿Aquí, papi? – preguntó sorprendida Mamen.
– ¡Sí! – atajó Marcial empujando la mesa hacia el extremo opuesto hasta que hizo tope con la pared. A continuación, tomó las sillas y las volteó poniéndolas sobre la mesa. Después, miró el espacio que quedaba – Será suficiente.
Marcial salió de la oficina y se dirigió hacia unos estantes de la nave donde había trastos viejos y polvorientos. Los apartó como pudo y sacó un viejo colchón, que llevó a la oficina y tiró en el suelo. A continuación, repitió la operación con un segundo colchón, tan viejo y raído como el primero.
– ¡Dos colchones! – exclamó – ¡Qué más queréis!
– Ya, papi … pero están sucios – se quejó Mamen – Hay tanto polvo que casi no se puede respirar.
– ¡Zassss! – sonó el bofetón en la cara de Mamen – Pero bueno, ¡tú qué te has creído! – exclamó levantando la mano anunciando un segundo golpe – ¿Ahora qué eres, decoradora de interiores?
Las gemelas permanecieron en silencio, mientras Marcial trataba de empujar algunos trastos hacia a pared para hacer más hueco.
– Ahora os molesta el polvo … pero el que os metéis todos los días por la nariz, ese no os parece mal, ¿eh, zorras? – refunfuñó – Para pedirme farlopa no tenéis tantos remilgos.
De pronto, se escucharon las ruedas de un coche en la calle. De inmediato, un claxon.
– ¡Ahí está el primero! – exclamó Marcial – ¡Vamos, nenas! – dijo dando un par de palmadas para que las gemelas ebspailaran – ¡En pelotas y cada una en un colchón a cuatro patas!
Yoli y Mamen obedecieron. Se quitaron la capa del Club y se pudieron en cuatro sobre los colchones.
– ¡Ah … y que no os la metan por el coño! – advirtió – A ver si ahora os va a preñar cualquier fulano desconocido – concluyó saliendo de la oficina.
Casi al momento, Marcial regresó con dos hombres. Llevaban puesto un pasamontañas en la cabeza para ocultar su identidad.
– Aquí están – dijo Marcial en referencia a sus hijas – No podéis follarlas el coño, ¿vale?
– ¿Por qué? – preguntó uno de ellos.
– Eh … veréis … un tipo me paga un dineral por dejarlas preñadas y lleva unos días intentándolo – mintió – Así que para evitar que se queden embarazadas de otro, evitamos el folleteo por el coño hasta que el embarazo esté confirmado – explicó – ¿Entendéis?
– ¿Y dices que tienen 14? – preguntó el otro.
– Sí, mirad – dijo mostrándoles los DNI de sus hijas.
– Vale – dijeron ambos tras comprobar sus fechas de nacimiento.
Marcial cerró la puerta, quedándose fuera. Los dos tipos se bajaron los pantalones. Uno de ellos se lanzó sobre Mamen, dándole manotazos en las nalgas. El otro le acarició la entrepierna y escupió en su ojete.
Unos segundos después, Yoli y Mamen tenían las pollas de aquellos dos desconocidos encapuchados en la boca. Mientras mamaban, pudieron ver a través de la cristalera cómo otros dos tipos entraban en la nave junto con Marcial, también con sus rostros cubiertos.
Mamen y Yoli se miraron de reojo, sin dejar de atender las pollas de los dos hombres. Se sonrieron con la mirada. Aquello iba a ser un ir y venir de hombres a los que servir. Se sintieron afortunadas y felices.
Después de la mamada, ambos se colocaron tras ellas y empezaron a darlas por el culo, con fuerza y vigor.
– ¡Qué putas niñatas! – exclamó uno.
– Tienen el ojete bien abierto, las muy zorras – apuntó el que se follaba a Yoli.
– ¿Vais a seguir follando cuando os preñen, putas? – preguntó el que follaba a Mamen.
– ¡Por supuesto! – dijeron ambas al unísono – Cuando tengamos unas buenas barrigas pagarán más por follarnos.
– Yo quiero follaros cuando estéis de siete meses – dijo uno.
– Habla con nuestro padre y que te apunte en la lista – dijo Mamen.
– ¡Que zorras, joderrrr! – exclamó el que follaba a Yoli, a punto de correrse.
Los dos encapuchados propusieron un cambio de parejas, así que se fueron turnando con Mamen y Yoli, entre alabanzas y elogios a sus habilidades. Unos minutos después, ambos se corrieron en las bocas de las gemelas, que degustaron con glotonería hasta la última gota. Después, salieron del cuartucho. Las gemelas pudieron ver con claridad, a través de la cristalera, cómo cada uno de ellos entregaba a su padre dos billetes de 50 Euros.
– ¿Cuánto más crees que vendrán? – preguntó Yoli, despatarrándose sobre el raído colchón.
– De momento hay fuera veo a otros cuatro – respondió Yoli, que se había puesto de pié y podía ver con mayor claridad el exterior de la oficina. De inmediato, imitó a su hermana y se tumbó sobre su colchón – Ahí vienen.
– ¡Nenas, ahora de dos en dos! – exclamó Marcial, abriendo la puerta.
Los cuatro encapuchados pasaron a la oficina y se emparejaron de dos en dos con cada una de las gemelas. Casi sin mediar palabra, se bajaron los pantalones y empezó la acción. Durante unos 20 minutos los cuatro hombres penetraron el culo y la boca de Mamen y Yoli, en diferentes posturas y alternándose en sus agujeros. Uno a uno fueron corriéndose en sus bocas.
A continuación, dos hombres más pasaron a la oficina y comenzaron a dar por culo a las gemelas, mientras su padre contaba los billetes. A cien pavos por polvo, Marcial había ganado 800 Euros en menos de una hora. Las gemelas vieron a su padre a través de la cristalera con el fajo de billetes en la mano, mientras los dos desconocidos encapuchados las follaban por el culo. Se sintieron felices y orgullosas de ser unas putas tan rentables para su padre.
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Entre tanto, en casa de Agustín.
– ¡Sniiiffff! – sonó al meterme la raya de coca que había preparado, justo después de que mi cliente esnifara otra.
Aquel hombre me miraba embelesado. No creo que jamás hubiera pensado en la existencia de una joven de 14 años tan puta y tan viciosa como yo. Para complacerle, le había preparado un cubata de ron con Coca-Cola. Le dio un trago largo, sentado sobre el butacón, al tiempo que le meneaba la polla suavemente, sentada en el suelo, entre sus piernas.
– Me parece increíble que exista alguien como tú, Pili – me confesó, sonriente, como si un sueño se hubiera convertido en realidad – Tengo que recomendarte a mis amigos, eres todo un descubrimiento.
– ¿De qué conoce a mi padre? – le pregunté mientras me ofrecía beber de su cubata. Cogí el vaso y le pegué un trago.
– De una timba de póker a la que vamos todos los Jueves por la noche – me confesó.
– Ah, por eso llega tan tarde a casa los Jueves … – susurré pensativa.
– Hace meses que me habla de chicas jóvenes que hacen de todo, pero no le creí.
– Son mis amigas – le expliqué – Algunas son más jóvenes que yo.
– Si son la mitad de buenas que tú, también me gustaría conocerlas algún día – dijo dando otro trago a su bebida.
– Ellas son mejores, tienen más experiencia – comenté – Espero que en poco tiempo pueda estar a su altura, pero para eso necesito tener más clientes como usted.
– Te prometo que te recomendaré – concluyó – ¡Ahora ponte a cuatro patas que quiero probar tu culo!
Obedecí y me puse como me pedía, sacando el culo hacía atrás y separándome las nalgas para que viera el grado de dilatación de mi ojete. Él se colocó detrás de mi, de rodillas y con los pantalones bajados hasta los tobillos, apuntó su polla hacia mi trasero y me la fue metiendo lentamente.
– ¡Ah, qué gusto tener su polla en mi culo! – exclamé al sentir cómo se deslizaba en mi interior hasta que sus huevos chocaron contra mi coño.
– ¡Qué culo tienes, perrita! – exclamó comenzando el mete-saca, cada vez con más ritmo y energía.
– ¿Le gusta follarme? ¿Le gusta mi culo? – pregunté simulando ingenuidad.
– ¡Me encanta, puta! – exclamó aumentando la intensidad de la follada – Me has puesto muy cachondo y me correré enseguida …
– Si quiere parar otro rato …
– ¡No, zorra! ¡Quiero darte mi leche ya! – exclamó bombeando sobre mi culo – ¡Ahhh, ahh, ahhh! ¡Me corro!
Sentí cómo su polla se convulsionaba en mi recto y, de inmediato, los disparos intermitentes de lefa.
– ¡Qué gusto su leche caliente dentro de mí! – dije.
– ¡Qué puta eres, qué puta … qué puta! – susurró mientras me apretaba las nalgas, aún con su polla en mi interior.
Después de unos segundos, me la sacó y se desplomó sobre el butacón. Se encendió un cigarrillo y bebió otro trago del cubata. Al momento, intentó subirse los calzoncillos y los pantalones. Me anticipé.
– No puedo permitir que se guarde la polla sucia de mis flujos – le dije, arrodillándome entre sus piernas y metiéndomela en la boca.
– ¡Joder, Pili … qué buena eres! – exclamó, complacido con mi actitud servil.
– ¡Glurrrp, glurrp, glurrrp! – mamé lentamente para sacarle brillo a su rabo – Así mejor, ¿no? – dije mirando la polla, morcillona aún, y recogiéndosela primero en los calzoncillos y, acto seguido, en los pantalones.
– Pili, me has hecho muy feliz – me confesó, poniéndose tierno – Eres muy buena y quiero verte todas las semanas. ¿Cuánto me costaría?
– Usted sí que me hace feliz – respondí de inmediato – Complacerle es mi único propósito. Y a mí también me encantaría que nos viésemos todas las veces que usted quiera, pero eso tiene que hablarlo con mi padre – le expliqué.
– No me llames de usted, Pili – me susurró – Después de lo de hoy, creo que hay confianza como para que me tutees. Me llamo Alfonso.
– Como quieras, Alfonso – dije con el mayor servilismo del que fui capaz, mientras me ponía en pie – Voy a llamar a mi padre, ¿vale?
No hizo falta, porque mi padre debía de estar atento a todo, quizás escondido desde el pasillo, escuchándolo todo y, de pronto, apareció.
– ¿Cómo vais por aquí? – preguntó entrando en el comedor.
– Tu hija es la caña, Agustín. Mucho mejor de lo que imaginaba – alabó Alfonso, poniéndose en pie y finiquitando su cubata – Me gustaría verla más a menudo.
– ¿Cuándo?
– ¿Este Martes?
– ¿Pasado mañana? ¿Tan pronto?
– ¡Joder, es que es muy buena!
– Llámame mañana y te confirmo – dijo papá, invitándole con un gesto a abandonar nuestra casa.
– Eh … esto … me has dicho que esta vez, por ser la primera, era gratis … – dio tímidamente Alfonso – … pero la bebida y la coca tendré que pagarla, ¿no?
– Hoy no. ¡Invita la casa! Pero la próxima vez te costará 150 pavos.
– Tu hija los vale – dijo Alfonso, ya en la puerta – Bueno … Pili … ¡hasta la próxima!
Escuchar los elogios de mi primer cliente me hizo tan feliz que, en lugar de despedirme de él con un simple adiós, me acerqué y le besé en los labios, rozando mis pezones contra su cuerpo y acariciándole ligeramente el paquete con la mano.
– Estoy deseando volver a verte, Alfonso – le susurré al oído, con picardía.
Sonrió, complacido. Y salió de casa. Mi padre cerró la puerta.
– ¡Enhorabuena, hija! Has estado genial – dijo emocionado, abrazándome – Tu madre estaría muy orgullosa de ti. Ya eres toda una puta.
– Gracias papi. Lo he hecho lo mejor que he podido – dije aferrada con los brazos a él.
– Lo he visto – añadió sin deshacer el abrazo.
– ¿Lo has visto? – pregunté extrañada.
– ¡Por supuesto! – exclamó soltándome – Y le he grabado. A esta gente hay que tenerla pillada por los huevos, no vaya a ser que se arrepientan y se vayan a denunciarme a la policía – me explicó.
– ¡Qué listo eres, papi! – exclamé admirada por su inteligencia.
– Ahora ve a ducharte que voy a salir un rato. Cuando vuelva, quiero follarte. ¿Vale, cariño?
– Sí, papi – asentí – Voy a llamar a Sonia y a contárselo todo – dije recogiendo la ropa y los zapatos, desperdigados por la estancia.
Estaba tan feliz que ni siquiera me di cuenta de que no me había corrido. Pero, ¿qué importaba eso ahora? Me había prostituido. Por fin iba a ser rentable a mi padre. Iba a compensar todo su esfuerzo y dedicación para adiestrarme. Pensé en el Club, en que la mitad de lo que generase serviría para su continuidad y para el adiestramiento de futuras chicas, seguramente nuestras propias hijas. Todas las integrantes estábamos en deuda con nuestros padres y con el Club. Nos habían dado un futuro inmensamente mejor que el de cualquier chica de hoy en día. Nos habían dado un propósito en la vida. No habían dado la felicidad más plena que se pueda alcanzar. Ni aunque ganásemos millones de Euros para ellos sería suficiente para devolverles todo lo que nos habían dado.
Continuará …
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