Ratón de biblioteca
Las apariencias engañan .
La calle estaba bañada por la luz tenue de un atardecer otoñal, con hojas secas crujiendo bajo los pies de los transeúntes. Entre la multitud, ella caminaba con una presencia que, a primera vista, parecía anodina. Vestida con un jersey de cuello vuelto marrón que abrazaba su figura, una falda beis plisada que caía justo por encima de las rodillas y botas de tacón alto hasta las pantorrillas, parecía la encarnación de la discreción. Su cabello, recogido en un moño severo, reforzaba la imagen de una bibliotecaria solterona, alguien que pasaba sus días entre libros polvorientos y novelas románticas, ajena al mundo vibrante que la rodeaba. Los que se cruzaban con ella apenas le dedicaban una segunda mirada, asumiendo que su vida era tan monótona como su atuendo sugería.
Sin embargo, los detalles contaban una historia diferente, una que solo los más observadores podían descifrar. El jersey, aunque grueso, se adhería a su cuerpo de una manera que delataba su silueta voluptuosa. Bajo la lana, los contornos de sus pechos enormes eran imposibles de ignorar, y los piercings en sus pezones, apenas visibles, rozaban el tejido con cada paso, enviando pequeñas descargas de placer que ella disimulaba con maestría. Sus botas resonaban con un repiqueteo altivo, los tacones de aguja marcando un ritmo confiado, casi desafiante, mientras se dirigía a su cita. Y luego estaba esa sonrisa, apenas un destello travieso en su rostro, un indicio de que tras la fachada de ratón de biblioteca se escondía una mujer que conocía el poder de su cuerpo y no temía usarlo.
Ella sabía que su apariencia era un disfraz perfecto. Nadie imaginaría que bajo la falda no llevaba ropa interior, que sus muslos fuertes y torneados estaban húmedos de deseo, ni que un plug anal de acero, frío al tacto pero cálido por su cuerpo, adornaba su trasero, un secreto que la mantenía al borde del éxtasis con cada movimiento. Su coño, cubierto por un vello oscuro y espeso, estaba empapado, listo para lo que vendría. Pero eso no era todo. Sus pechos, enormes y pesados, no solo eran una maravilla estética; eran una fuente de placer que ella había aprendido a dominar. Desde hacía meses, había inducido la lactancia, y ahora sus senos estaban llenos, casi dolorosamente hinchados, con leche que goteaba ligeramente si no se aliviaba con regularidad. El jersey marrón, aunque grueso, apenas contenía su abundancia, y los piercings en sus pezones, conectados por una fina cadena bajo la tela, intensificaban cada roce.
Su apetito por el placer era insaciable, y no cualquier encuentro podía satisfacerla. Ella anhelaba experiencias que empujaran los límites de su cuerpo, que la llenaran de una manera que la hicieran sentir al borde de lo imposible. No se trataba solo de deseo; era una necesidad de ser desafiada, de sentir una intensidad que pocos podían ofrecer. Cada juguete que usaba, cada preparación que hacía, era un paso hacia esa búsqueda de algo más grande, más abrumador, algo que la llevara más allá de lo ordinario.
Llegó al edificio, un lugar discreto en el corazón de la ciudad, y subió las escaleras con pasos deliberados. El sonido de sus tacones resonaba en el pasillo vacío, como un tambor que anunciaba su llegada. Entró en una habitación tenuemente iluminada, decorada con muebles oscuros y un aire de intimidad prohibida. Allí estaba él, esperándola. Su figura imponente ocupaba el centro de la habitación, y sus ojos se clavaron en ella con una mezcla de hambre y admiración. No era un hombre cualquiera. Su presencia era magnética, y bajo los pantalones ajustados se adivinaba la silueta de un pene gigantesco, una promesa de placer y desafío que ella había anticipado con deleite. Ella lo había elegido precisamente por eso: sabía que él podía ofrecerle lo que su cuerpo exigía, algo que llenara cada rincón de su ser y la llevara al límite.
Sin mediar palabra, ella se acercó a una mesa de madera pulida en el centro de la habitación. Con un movimiento lento y deliberado, se soltó el moño, dejando que su melena castaña cayera en cascada sobre sus hombros, brillando bajo la luz suave. Sus ojos, ahora encendidos con una chispa de lujuria, se encontraron con los de él. Se inclinó sobre la mesa, levantando la falda con una calma provocadora, revelando sus piernas fuertes y torneadas, el vello oscuro de su coño reluciendo con humedad, y el brillo metálico del plug anal que adornaba su trasero. Con las manos, se separó las nalgas, dejando ver el juguete que había preparado su cuerpo para lo que vendría. Había elegido un plug más grande de lo habitual esa noche, uno que la había obligado a respirar profundo al insertarlo, porque sabía que solo algo así podía prepararla para lo que él traía.
«Encula a tu puta,» dijo con una voz baja, ronca, cargada de deseo, mientras lo miraba por encima del hombro con una expresión que mezclaba sumisión y desafío.
Él no necesitó más invitación. Se acercó, desabrochando su cinturón con una lentitud que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Cuando dejó caer los pantalones, su pene, enorme y grueso, se alzó como una columna de carne palpitante, con venas marcadas y una cabeza hinchada que prometía un placer abrumador. Ella sintió un escalofrío de anticipación, su cuerpo temblando mientras sus pechos, aún atrapados bajo el jersey, comenzaban a gotear leche, empapando la tela y dejando manchas oscuras. La sola vista de su miembro, tan descomunal que parecía desafiar las leyes de la anatomía, hizo que su respiración se acelerara. Esto era lo que ella buscaba: algo que la llenara hasta el punto de no poder pensar, algo que la empujara más allá de sus propios límites.
Él se posicionó detrás de ella, sus manos grandes y fuertes recorriendo sus caderas antes de deslizarse hacia el plug anal. Con un movimiento experto, lo retiró lentamente, arrancándole un gemido gutural. Su ano, ya dilatado por el juguete, estaba listo, pero nada podía prepararla del todo para el tamaño de él. Con una mano, él guió su miembro hacia su entrada trasera, mientras con la otra alcanzaba su pecho, levantando el jersey para liberar sus senos. Eran aún más impresionantes al descubierto, enormes, con areolas oscuras y pezones endurecidos por los piercings. Una gota de leche perlaba la punta de uno de ellos, y él no pudo resistirse. Se inclinó, tomando el pezón en su boca, chupando con fuerza mientras la leche cálida y dulce llenaba su paladar.
Ella gimió, arqueando la espalda, empujando sus nalgas contra él. «Más,» suplicó, su voz temblando de necesidad. Él obedeció, succionando con avidez mientras su otra mano masajeaba el otro pecho, haciendo que la leche saliera en pequeños chorros que empapaban su piel y la mesa debajo. La sensación de sus senos siendo ordeñados, combinada con la presión de su pene comenzando a penetrar su ano, la llevó al borde de la locura. Él empujó con firmeza, su miembro abriéndose paso centímetro a centímetro, estirándola hasta un punto que era a la vez doloroso y exquisito. Ella jadeó, sus manos aferrándose al borde de la mesa, mientras su cuerpo se adaptaba al tamaño imposible de él. Cada pulgada que avanzaba era una victoria, un desafío que ella había anhelado y que ahora la consumía por completo.
Cuando estuvo completamente dentro, ella sintió una plenitud que la hizo temblar. Era como si cada parte de su cuerpo estuviera al límite, llena hasta el punto de ruptura pero sin romperse, un equilibrio perfecto entre dolor y éxtasis. Él comenzó a moverse, primero lentamente, dejando que ella sintiera cada pulgada de su grosor. Sus pechos rebotaban con cada embestida, la leche salpicando en todas direcciones, manchando la mesa y el suelo. Ella gritaba ahora, una mezcla de gemidos y súplicas, su coño goteando tanto que un charco se formaba bajo ella. Él alternaba entre sus pechos, bebiendo de uno mientras masajeaba el otro, sus dedos pellizcando los pezones hasta hacerla gritar de placer. El sonido de sus cuerpos chocando, el aroma de la leche y el sexo, llenaban la habitación.
Pero ella quería más. Siempre quería más. «Más fuerte,» exigió, su voz un rugido de deseo puro. Él aceleró, sus embestidas volviéndose salvajes, cada una sacudiendo su cuerpo entero. Sus pechos, hinchados y sensibles, eran el centro de su atención, y él los adoraba, lamiendo, chupando, exprimiendo hasta que la leche fluía como un río. Ella alcanzó su propio clítoris, frotándolo con furia mientras él la penetraba sin piedad, llevándola a un orgasmo tras otro. Cada clímax hacía que su ano se contrajera alrededor de él, intensificando el placer para ambos. Pero incluso en medio del éxtasis, ella sentía esa hambre insaciable, esa necesidad de ser llenada aún más, de ser llevada al límite absoluto de lo que su cuerpo podía soportar.
Finalmente, él gruñó, su propio orgasmo acercándose. Con un movimiento rápido, salió de ella y la giró, empujándola contra la mesa para que sus pechos quedaran a la vista. Tomó su pene, aún resbaladizo por el lubricante natural de su cuerpo, y lo frotó entre sus senos, usando la leche que goteaba para facilitar el movimiento. Ella apretó sus pechos juntos, creando un canal perfecto para él, y él se movió con frenesí, su miembro deslizándose entre la carne suave y cálida. Pero incluso en ese momento, ella no podía evitar imaginar algo aún más grande, algo que la desafiara aún más, que la llenara hasta el punto de no poder contenerse. Con un rugido, él llegó al clímax, su semen mezclándose con la leche que cubría sus senos, mientras ella temblaba con un último orgasmo, su cuerpo convulsionando de placer.
Exhaustos, se miraron, la habitación impregnada del aroma de sus cuerpos y sus deseos satisfechos. Ella, aún con la falda levantada y los pechos goteando, sonrió con esa misma chispa traviesa. La bibliotecaria tímida había desaparecido, reemplazada por una diosa del placer que sabía exactamente lo que quería y cómo obtenerlo. Y aunque este encuentro la había llevado al borde, una parte de ella ya estaba pensando en el próximo, en algo aún más grande, más intenso, algo que finalmente saciara esa hambre que parecía no tener fin.


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