• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Relatos Eróticos
    • Publicar un relato erótico
    • Últimos relatos
    • Categorías de relatos eróticos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Publicar Relato
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...
Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Reflexión

Esta historia es una exploración psicológica algo caótica, algo que escribí por aburrimiento e inspirado en muchas historias eróticas .
Cuando aquella desconocida apareció en su campo de visión, el aire se le atascó en los pulmones, arrancándole una serie de tosidos.

—¿No me reconoces, hijo? —La voz era un instrumento afinado a la perfección. Demasiado suave para los gritos que lo habían criado, demasiado joven para los susurros cansados de medianoche.

—Mamá… —La palabra le quemó la lengua. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, retrocediendo hasta chocar contra la pared con un golpe sordo. Estaba paralizado por una mezcla nauseabunda de repulsión y fascinación. Aquella piel luminosa, esos labios carnosos, ese vientre plano que ya no llevaba las marcas de su nacimiento… era como si alguien hubiera tomado sus peores fantasías incestuosas y les hubiera dado forma.

—Felipe… hijo… ven, amor… dale un beso a mami…

En su mente se formó una voz que no le pertenecía. Un pensamiento suelto tomó vida propia, adueñándose de su voluntad.

“Mi niño… mi pequeño niño llorando y yo con… con…”

La imagen lo asaltó sin aviso: Felipe a los seis años, acurrucado en un rincón de la cocina, los ojos hinchados de tanto llorar, mientras ella se emborrachaba con un desconocido en la habitación de al lado. El recuerdo le perforó el pecho con un dolor que no existía, pero que se sentía real, atravesándolo de lado a lado.

La sustancia le serpenteaba por las venas, convirtiendo el amor en algo húmedo y posesivo. Felipe la observaba, sin saber qué hacer ni cómo actuar.

—Mamá, no… yo… lo siento. Te hice algo horrible. Perdóname. No podía pensar y tú… no fue tu culpa…

Su voz era la de un adulto, pero para Teresa sonó igual que la de un niño. La misma que escuchaba en sus sueños más oscuros. Antes de que pudiera reaccionar, sus propias manos se abalanzaron sobre él; sus labios buscaron los suyos con una ferocidad que no supo si era maternal o depredadora.

—¡No! ¡Suéltame!

Felipe forcejeó hasta liberarse. Subió las escaleras huyendo, mientras los investigadores observaban con indiferencia.

«¡Le hice algo horrible!» comprendió Teresa, aterrorizada.

El asco le subió por la garganta en una oleada ácida que le quemó la lengua antes de estallar en un vómito violento. Bilis negra y una sustancia lechosa se mezclaron en el suelo, burbujeando. El líquido brillaba bajo la luz del amanecer y, por un instante grotesco, Teresa juró ver su propio reflejo distorsionado en el charco.

El reflejo del espejo habló con su voz, pero los labios no se movían. Eran los ojos los que cambiaban: primero los de una madre agotada, luego los de una adolescente borracha y, finalmente, los de la Teresa de ahora, rejuvenecida y manchada de culpa.

—¡Claro, para ti es fácil! Arruinaste tu juventud por acostarte con el primero que te compró rosas baratas, ¡y ahora lo culpas a él!

—¡Yo… nunca lo culpé! Él es mi hijo y siempre lo respeté hasta…

—Admítelo, te gustó. Y no solo eso: por fin, nuestro pequeño se sintió amado. Pobre de él, solo te pedía migajas: un beso, una sonrisa ante sus dibujos, que le preguntaras por su día… Pero tú, perra egoísta, preferías al maldito taxista de los chocolates rancios.

Teresa golpeó el espejo. El vidrio se fragmentó, pero ninguna esquirla logró herirla. La magia incontrolada de su cuerpo hizo que los pedazos reflectantes quedaran suspendidos en el aire.

—¡Basta! ¡No sabes nada! El trabajo, las noches vacías, las oportunidades perdidas por esta maldita panza de embarazada.

Un espasmo le recorrió el vientre, el mismo que una vez se había estirado para albergar a Felipe. Las estrías ya no estaban, pero el dolor fantasma de su piel desgarrada al parir era más real que nunca. El reflejo le arrojó otro recuerdo: Felipe recién nacido, tan pequeño que cabía en sus dos manos.

—Mamá te quiere… Mamá te protegerá… —murmuró inconscientemente.

—¿Y dónde estaba mamá cuando llorabas solo? ¿Nunca te preguntaste por qué siempre era él quien te recibía? Nuestro pobre y fiel cachorrito… ¡Y tú lo vendiste por horas de silencio! Lo dejaste llorar mientras te follaban en la habitación de al lado. ¿Crees que no escuchaba? ¡Felipe siempre escuchó!

Una nueva voz surgió, la de Alex, el padre biológico nunca reconocido:

—¿Por qué no lo abortaste, como te sugerí? Ignacio nunca fue su padre. Yo sí, y por eso te usé y te abandoné.

Quiso gritar, pero solo le salió un sollozo, el mismo que soltaba a los dieciséis años, cuando Felipe pataleaba en su vientre y ella soñaba con arrancárselo.

—Porque… porque es mi hijo… —gimoteó, mirando sus manos rejuvenecidas, esas mismas que una vez acunaron a un bebé que solo quería amor.

—Él es… tu hijo. Tu carne. Lo construiste tú sola, en tu interior. Y ahora que más te necesita, es tu deber reclamarlo.

Teresa apretó los muslos, sintiendo el eco de la violación reconvertido en placer culpable.

—Eso no borra lo que le hice.

—¿De verdad? Ayer, ese hijo al que abandonaste te dio lo que ningún hombre pudo: placer y culpa en la misma dosis. ¿No es eso lo que siempre buscaste?

—No puedo… hacerle eso.

—¿Por qué no?

—Porque lo amo. Porque… todavía es mi niño.

La voz se partió en carcajadas; había encontrado una grieta en su armadura.

—¿Y qué se les da a los niños, Teresa?

—Leche… Para que crezcan fuertes. Para que cuiden de mamá cuando ella no pueda.

—¿Y a los hombres? Para que no te abandonen por una más joven…

El silencio fue condenatorio.

—Te los coges. Así les recuerdas que tus caricias valen más que las de una puta.

—¿O prefieres que otra lo haga?

Una imagen invadió su mente: Felipe enredado con otras mujeres.

El espejo se silenció. Las ideas nunca habían estado tan claras. Los pedazos distorsionados de cristal se rearmaron en una sola imagen: Teresa pasando su lengua por la comisura de los labios, deseosa de repetir lo vivido la noche anterior. Todo esto mientras los investigadores anotaban resultados; uno de ellos sonrió apenas cuando informó a su supervisor:

—Señor, parece que lo ha aceptado. Intentaremos ahora estabilizarla para futuras pruebas.

Teresa encontró a su hijo mirando por la falsa ventana que tenía dibujado un detallado paisaje.

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Felipe cuando la vio llegar. Teresa sintió un agudo pinchazo en el pecho.

—Lamento que hayamos terminado en esto —se disculpó con voz temblorosa.

Felipe se tensó.

—No es tu culpa que el maldito taxista se metiera en el callejón equivocado.

Eso la destrozó.

—¿De qué hablas? ¿Tú me… tú me seguiste?

Felipe apartó la mirada.

—Olvídalo. Solo me preocupé por ti y, cuando esos hombres aparecieron para llevarte, me fue imposible no tratar de detenerlos.

—Él… —Pensó rápido en una mentira— solo hablamos, nada más. Te juro que las cosas terminaron hace mucho tiempo.

La rabia gobernó el rostro de Felipe. Un recuerdo lo golpeó con la fuerza de un puño.

Era verano. Él había cumplido doce años hacía poco. El calor era una lengua pegajosa que le lamía la nuca mientras se acercaba sigiloso al dormitorio de su madre. La puerta, entreabierta, fue una invitación perversa a la que no supo resistirse. Dejaba escapar sonidos que su mente infantil no lograba descifrar al principio: gemidos guturales y jadeos entrecortados que no sabía si eran de dolor o de placer.

Entonces lo vio

Teresa, desnuda y arqueada sobre la cama, parecía una de esas perras que rebuscaban en la basura. Las estrías de sus senos, esas marcas que él asociaba con su propia infancia, bailaban grotescamente al ritmo de los empujones de un hombre que no era su padre, sino un tipo cualquiera que un día llegó en un taxi. El hombre apestaba a alcohol barato y colonia rancia, y sus manos, gruesas y callosas, agarraban las caderas de Teresa con una brutalidad que le encogió el estómago.

Pero lo peor fueron sus palabras.

—¡Rómpeme, papi! —gritó su madre con una voz que no le pertenecía, áspera y quebrada por el placer.

El colchón crujió cuando el hombre soltó una risa ronca y aumentó el ritmo, sus caderas golpeando la carne de Teresa con un sonido húmedo y obsceno.

Fue entonces cuando, en el espejo del armario, sus miradas se encontraron. Un instante de reconocimiento mutuo. Los ojos de Teresa, vidriosos de placer, se abrieron. Por un segundo, Felipe creyó ver horror en ellos. Vergüenza. Tal vez incluso arrepentimiento.

Pero entonces ella cerró los párpados con fuerza, apretó los labios y siguió moviéndose, fingiendo que no estaba allí. Fingiendo que no existía.

Felipe retrocedió, tragando el vómito que le subía por la garganta. El sonido de sus puños golpeando la ventana lo devolvió a la realidad. El dolor de las cortaduras le importaba poco.

—Siempre fuiste una puta.

Esa fue la puñalada final. Teresa se acercó furiosa y lo obligó a mirarla.

—Tú… no sabes nada y no merezco que me llames así —su voz se quebró—. Lo sé, debí ser más atenta contigo, más cariñosa. Te sentías tan solo y yo te ignoré. ¡Pero nunca más! ¿Me oyes? ¡Nunca más! Mami será solo tuya para…

Felipe la apartó con un empujón.

—De nada me sirve eso ahora. Solo olvídalo.

Teresa no escuchó. Sus muslos se cerraron para evitar que escapara, sus caderas presionando con urgencia. Solo el pantalón evitaba que el acto se consumara.

—Te amo, hijo. Y solo quiero… demostrártelo —murmuró mientras sus dedos desabrochaban sus jeans con destreza experta. El sonido de la hebilla al abrirse resonó como el de una lata de cerveza.

Felipe apretó los puños en las sábanas, defendiéndose de la única manera que podía:

—Solo lo dices por el efecto de la sustancia. Cuando termine, volverás a ser la misma.

—¡No, eso jamás! —El aullido de Teresa hizo temblar los vidrios del laboratorio—. ¿No lo entiendes? Te amo, y preferiría morir antes que perderte.

—¿Y papá? ¿Lo traicionarás otra vez? —La pregunta hizo que Teresa frunciera los labios con desprecio.

—¿Nunca lo entendiste? —escupió, afilando la mirada—. Ese cerdo fue el primero en violarme el alma. Se aprovechó de mí solo para presumirle a sus amigos que me tuvo en su cama. Y luego el malnacido de su hermano me tomó porque necesitaba una esposa. Tú fuiste lo único bueno que obtuve de ellos.

Sus senos se aplastaron contra su boca. Felipe sintió el pezón endurecido rozar sus labios. Un escalofrío le recorrió la columna, tan intenso que no supo si era repulsión o excitación. Aunque no lo admitiera, parte de él quería rendirse. Pero era su madre. El poco respeto que todavía le tenía le impidió corresponder.

—¿Eso justifica a esos otros hombres? ¿Por eso lo hiciste?

La cachetada le dejó el sabor a sangre en la boca. Lo más perturbador fue que, incluso en su furia, los dedos de Teresa no dejaban de acariciar su erección a través del pantalón. Su cuerpo y su mente estaban en guerra, pero el final era inevitable.

—¡Respeta a tu madre! ¿Quién te crees para hablarme así? Yo te parí. Ni siquiera debería preguntarte si quieres… solo tomarte —bufó Teresa, sus propias contradicciones haciéndola temblar.

Felipe apartó la mirada.

—Sigues siendo la misma. Prefieres satisfacer tu placer antes que entender mis problemas —murmuró con asco.

Teresa captó el brillo en sus ojos. Eso bastó para que el ataque cesara, pero no para soltarlo.

—Lo siento, amor. No sé qué me pasa. Esa maldita cosa me susurra ideas… Yo… no quiero hacerte daño.

Las luces rojas y una alarma no le permitieron replicar. Disparos y explosiones se escucharon a lo lejos.

—Son ellas —sentenció Felipe con una sonrisa. La Hechicera capturada se había liberado y estaba desatando un infierno en las instalaciones.

—¡Mamá! Encontré un arma —gritó Felipe, arrojándola sobre la cama.

—No vuelvas a ser tan estúpido de tirar un arma así, hijo —lo reprendió Teresa—. Pudo estar cargada. Piensa antes de actuar…

—Lo siento.

—No podemos distraernos. Hay que escapar de esta maldita cueva de horrores —intentó decir con firmeza, pero su voz se quebró. Sus dedos, aún temblorosos, se aferraron al marco de la puerta.

Felipe negó:

—No podemos. Sellaron las entradas; tendremos que esperar a que ellas vengan por nosotros.

El corazón de Teresa dio un vuelco.

—¡Maldición! Tiene que haber una forma… excavando, quizás…

Una explosión monstruosa sacudió la habitación, interrumpiéndolos. Al correr a los monitores, el infierno se abrió ante ellos: al menos una docena de hechiceras danzaban con escobas, lanzando rayos y maldiciones cantadas que transformaban el paisaje.

—¡Perfecto! —gritó Teresa, eufórica—. Esa es nuestra distracción.

Pero Felipe tenía los ojos fijos en las brujas, mostrando más preocupación por ellas que por los hombres que estaban matando.

—Lucen fantásticas.

Teresa le agarró la barbilla con fuerza.

—No pienso compartirte con… —tragó saliva—. No pienso dejarte con ellas. Vamos, ayúdame con la puerta.

Toda su determinación se esfumó al ver el desfiladero vertical de cientos de metros hacia abajo. No estaban en una cueva, sino en una torre o montaña muy alta.

—Sí… mejor hay que esperar. Ven, busquemos algo de comer, tengo hambre.

—Pequeño idiota —escupió, aunque el tono rozaba la admiración—. Es increíble que salieras de mí.

El cambio fue brusco, violento en su crudeza: del infierno de la batalla aérea, al silencio opresivo de la cocina.

—Nada —resopló Teresa, golpeando la madera—. Ni una maldita migaja. Malditos doctores… No te preocupes, amor. Cuando salgamos de aquí te preparo algo rico, ¿vale?

El estruendo de unos helicópteros sobrevolando el lugar dio esperanzas a Teresa, pero sus gritos fueron ahogados por las aspas. El objetivo eran las hechiceras, que desataban muerte y destrucción indiscriminadamente en busca de sus aliadas capturadas, sin imaginar que una híbrida forzada se encontraba dentro.

—Parece que alguien llamó al ejército. Es raro que respondieran tan rápido —preguntó Felipe.

Teresa rodó los ojos.

—Después de todas las pendejadas que los científicos han hecho en esta vereda, no me sorprende —explicó.

Al final, se sentaron en el balcón: dos espectadores de su propio apocalipsis. El primer helicóptero estalló, convertido en una flor púrpura de fuego por un rayo, disparado en una cadencia de La mayor. La luz danzó en sus rostros, iluminando por un instante sus facciones marcadas por el cansancio.

—Sus protocolos de contención son un chiste. Son Diosas, carajo, Diosas —murmuró Felipe, observando cómo la segunda aeronave se estrellaba contra las montañas. Sus ocupantes fueron licuados por un silbido melódico.

Teresa lo miró de reojo, con la boca torcida.

—Pareces demasiado tranquilo para estar viendo esto, hijo.

Felipe señaló las siluetas voladoras con el dedo.

—Son estrellas. Atrapadas en cuerpos humanos. Alguien aquí me lo explico. La doctora Camila me habló, en parte, de los efectos de la sustancia. Dijo algo sobre magia y voces. ¿Cómo te sientes con eso?

Teresa se llevó una mano al vientre revuelto y vacío.

—Creo que la vomité toda. Las voces ya cesaron. Y la verdad… no me molesta verme más joven. Esa mierda de leche me quitó hasta los dolores de espalda. No sé qué clase de brujería tengo dentro, pero no me molestaría tener ese poder. Ellas parecen ángeles de la muerte que no rinden cuentas a nadie.

Los ojos de Felipe brillaron, extrañados.

—¿De verdad la vomitaste?

—¡Ajá! ¿Y tú no sientes nada? Llevas más tiempo que yo tomándola —quiso saber Teresa.

—La doctora me dijo que no. Solo juventud, y que ahora seré más fuerte que antes, pero nada de magia. Es una putada, la verdad. A mí también me gustaría poder volar —explicó Felipe.

—Sí, te veo más alto —confirmó Teresa, dándole un abrazo. Pero algo perturbó la mente de su hijo: el recuerdo de lo sucedido, el desencadenante. Felipe no necesitaba cerrar los ojos para verlo otra vez: el brillo pegajoso en la piel del taxista, el gemido de su madre y, sobre todo, esos segundos eternos en los que sus miradas se encontraron en el espejo del armario.

—¿Por qué no hiciste nada cuando me viste con ese hombre? —Felipe apretó los puños; la imagen del taxista sudoroso sobre su madre seguía grabada en sus párpados.

Teresa se frotó los brazos, como si el recuerdo la escociera.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Saltar de la cama y taparte los ojos? Ya tenías doce años, no eras un bebé.

Felipe la empujó con violencia, pero ella no retrocedió. Al contrario, se acercó hasta que el aliento de ambos se mezcló.

—¡Podrías haber parado! ¡O al menos… no gemir como una puta! —escupió él, sabiendo que cada palabra la heriría.

—¿Y tú qué sabes de lo que hacía? —su voz sonó áspera, defensiva—. Él al menos me traía chocolates. Tú solo me pedías dinero para el colegio.

El golpe emocional fue visible. Felipe se levantó tan bruscamente que la silla se estrelló contra el suelo.

—¡Te odio! ¡Lo sabías! ¡En verdad te odio! Cuando ellas vengan, les diré que te cuelguen y…

Teresa lo interrumpió con una carcajada áspera.

—¡Carajo! No eres el primero ni el último que ve coger a su madre. Además… —Se frotó los ojos, agotada—. ¿Dónde aprendiste todas esas cochinadas que me hiciste anoche?

—Bueno… internet, ya sabes —contestó Felipe, tratando de disimular la vergüenza que aún le daba hablar de esos temas con su madre, incluso después de todo lo sucedido.

—¿Sabes lo que nos costó a tu papá y a mí comprarte esa maldita computadora? Se suponía que era para estudiar, no para que te la pasaras viendo porquerías… —Se llevó las manos a la cara—. Ay, Dios. Soy una madre terrible.

Memorias invadieron a Felipe: Teresa amasando arepas antes del amanecer, sus uñas sin pintar arañando la masa mientras calculaba gastos. “Come, hijo, para que crezcas fuerte”, decía dándole la porción más grande, aunque su propio estómago rugiera. Las noches que pasaba corrigiendo sus tareas, disimulando miradas al teléfono donde los hombres le dejaban mensajes.

Recordó cuando rompió el espejo del taxi de Juan Carlos defendiéndolo. Cuando Felipe, en un arranque de furia, lo llamó malparido.

“Nadie te grita así”, había dicho ella, limpiándose sangre del labio. Esa noche durmieron abrazados, bajo la promesa de que “ese señor” no volvería.

—Mamá… —la palabra le supo a mentira infantil. Ahora veía no a la santa ni a la puta, sino a la mujer que a veces elegía su hambre sobre la suya, que buscaba en brazos ajenos el amor que no sabía dar.

—¿Te acuerdas de la canción? —Felipe contuvo el llanto para continuar—. La que me cantabas cuando la tos no me dejaba dormir. Antes de que… ellos llegaran.

Un recuerdo los golpeó simultáneamente: Felipe a los cinco años, envuelto en una toalla raída, los pulmones silbando como pájaros heridos. Teresa cantando “Duérmete mi niño” mientras la lluvia repiqueteaba en el tejado de zinc. El último momento puro antes de que el primer amante llamara a la puerta.

Las lágrimas brotaron de inmediato en los ojos de Teresa. Se cubrió con una manta y se sentó junto a él:

—En esa época eras mi tesorito. Luego creciste… y me olvidé de esa canción. Perdóname.

Felipe soltó una carcajada breve al evocar otro recuerdo:

—Claro que… también recuerdo tus cachetadas cuando aprendía las tablas de multiplicar —dijo con media sonrisa—. Todo para que al final igual me equivocara haciendo divisiones.

La risa de Teresa rompió la tensión momentáneamente. Felipe tragó saliva, sintiendo vergüenza por lo que había hecho; era su culpa que su madre se metiera en ese callejón, buscándolo a él.

—Cuando me fui… tu primera reacción fue tratar de encontrarme. ¿Por qué? Si fui yo quien te abandonó.

Teresa bajó la mirada.

—Soy tu madre —dijo con ternura—. Eso hacemos. Lo damos todo. Para que ustedes lleguen más lejos y no terminen como los hijos de mis compañeras… tirados en callejones con agujas en los brazos.

Se acercó y le tomó el rostro entre sus manos temblorosas:

—¡Me aterraba que terminaras así! Te presumía, ¿sabes? Les decía que eras juicioso, que te gustaba dibujar. Y cuando veía envidia en sus ojos… eso me daba fuerzas para seguir.

Felipe la abrazó. Las lágrimas fluían incontenibles. Teresa permitió el contacto, rígida al principio, hasta que sus manos se aferraron desesperadas a sus hombros.

—¿Por qué nunca me lo dijiste, mamá? —sollozó—. No me habría sentido tan solo. No habría guardado tanto odio. No tienes

 

10 Lecturas/10 febrero, 2026/0 Comentarios/por Boltuck
Etiquetas: amigos, colegio, hermano, hijo, madre, mayor, montaña, padre
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
A MIS 12 AÑOS CON UN HOMBRE DE 50
La curiosidad mato al gato y cogio a Sofia
El niño del edificio II
Calentando a mi tio (el inicio)
Ernest, mi repartidor favorito Parte 7
La pequeña Mabel, parte 1
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar Relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.375)
  • Dominación Hombres (4.171)
  • Dominación Mujeres (3.056)
  • Fantasías / Parodias (3.336)
  • Fetichismo (2.770)
  • Gays (22.272)
  • Heterosexual (8.375)
  • Incestos en Familia (18.457)
  • Infidelidad (4.548)
  • Intercambios / Trios (3.173)
  • Lesbiana (1.168)
  • Masturbacion Femenina (1.020)
  • Masturbacion Masculina (1.941)
  • Orgias (2.099)
  • Sado Bondage Hombre (457)
  • Sado Bondage Mujer (188)
  • Sexo con Madur@s (4.397)
  • Sexo Virtual (267)
  • Travestis / Transexuales (2.455)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.557)
  • Zoofilia Hombre (2.232)
  • Zoofilia Mujer (1.677)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba