Reflexión segunda parte
Aquí continuó la historia que propuse en el capítulo anterior, aquí se sigue explorando la psicología de ambos personajes .
Memorias invadieron a Felipe: Teresa amasando arepas antes del amanecer, sus uñas sin pintar arañando la masa mientras calculaba gastos. “Come, hijo, para que crezcas fuerte”, decía dándole la porción más grande, aunque su propio estómago rugiera. Las noches que pasaba corrigiendo sus tareas, disimulando miradas al teléfono donde los hombres le dejaban mensajes.
Recordó cuando rompió el espejo del taxi de Juan Carlos defendiéndolo. Cuando Felipe, en un arranque de furia, lo llamó malparido.
“Nadie te grita así”, había dicho ella, limpiándose sangre del labio. Esa noche durmieron abrazados, bajo la promesa de que “ese señor” no volvería.
—Mamá… —la palabra le supo a mentira infantil. Ahora veía no a la santa ni a la puta, sino a la mujer que a veces elegía su hambre sobre la suya, que buscaba en brazos ajenos el amor que no sabía dar.
—¿Te acuerdas de la canción? —Felipe contuvo el llanto para continuar—. La que me cantabas cuando la tos no me dejaba dormir. Antes de que… ellos llegaran.
Un recuerdo los golpeó simultáneamente: Felipe a los cinco años, envuelto en una toalla raída, los pulmones silbando como pájaros heridos. Teresa cantando “Duérmete mi niño” mientras la lluvia repiqueteaba en el tejado de zinc. El último momento puro antes de que el primer amante llamara a la puerta.
Las lágrimas brotaron de inmediato en los ojos de Teresa. Se cubrió con una manta y se sentó junto a él:
—En esa época eras mi tesorito. Luego creciste… y me olvidé de esa canción. Perdóname.
Felipe soltó una carcajada breve al evocar otro recuerdo:
—Claro que… también recuerdo tus cachetadas cuando aprendía las tablas de multiplicar —dijo con media sonrisa—. Todo para que al final igual me equivocara haciendo divisiones.
La risa de Teresa rompió la tensión momentáneamente. Felipe tragó saliva, sintiendo vergüenza por lo que había hecho; era su culpa que su madre se metiera en ese callejón, buscándolo a él.
—Cuando me fui… tu primera reacción fue tratar de encontrarme. ¿Por qué? Si fui yo quien te abandonó.
Teresa bajó la mirada.
—Soy tu madre —dijo con ternura—. Eso hacemos. Lo damos todo. Para que ustedes lleguen más lejos y no terminen como los hijos de mis compañeras… tirados en callejones con agujas en los brazos.
Se acercó y le tomó el rostro entre sus manos temblorosas:
—¡Me aterraba que terminaras así! Te presumía, ¿sabes? Les decía que eras juicioso, que te gustaba dibujar. Y cuando veía envidia en sus ojos… eso me daba fuerzas para seguir.
Felipe la abrazó. Las lágrimas fluían incontenibles. Teresa permitió el contacto, rígida al principio, hasta que sus manos se aferraron desesperadas a sus hombros.
—¿Por qué nunca me lo dijiste, mamá? —sollozó—. No me habría sentido tan solo. No habría guardado tanto odio. No tienes idea de cómo me ahogaba la rabia…
—Pensé que lo sabías. Que no hacía falta decirlo. Me daba vergüenza que supieras que eras mi única esperanza. No quería presionarte. Me bastaba verte en casa. Me confié… Nunca imaginé que te irías. Mi niño, el que me abrazaba cuando llegaba cansada…
Felipe la sostuvo, sintiendo en sus brazos el temblor de ese amor desesperado. Teresa lo abrazaba, apoyando la frente en su hombro.
Felipe alzó la vista. Una nueva comprensión brillaba en sus ojos:
—Soy un hijo despreciable. No debí decirte todas esas cosas horribles. Eres mi madre. Debí ser consciente de que tú también te sacrificabas por mí.
Teresa respiró hondo. Sus dedos se posaron sobre el primer botón de la blusa. La tela crujió al desgarrarse un poco más, revelando la piel pálida de sus pechos.
—Ven aquí —su voz tenía la cadencia de una orden—. Esto es lo que realmente quieres, ¿no?
Felipe contuvo un sollozo que le quemaba la garganta. Por un instante, dudó. ¿Era esto real? ¿O solo otro truco de la sustancia, una ilusión más para hundirlo en el pozo de su propia degradación? Pero entonces, vio los ojos de Teresa. No había perversión en su mirada. Solo una determinación sincera, una necesidad de consolarlo. Se abalanzó.
Su boca encontró el pezón con urgencia, chupando con la misma desesperación con la que había mamado de recién nacido, cuando el mundo era apenas calor, oscuridad y el ritmo constante del corazón de Teresa.
El sabor, salado y apenas dulce, lo colmó de una calma tan profunda que no notó la textura, a pesar de lo incestuoso del momento. La piel seguía siendo suave. Cedía bajo sus dedos como masa de pan recién horneado. Y el pezón, aunque erecto, no era una punta de deseo, sino un botón de carne que se hundía con facilidad.
Los dedos de Teresa se internaban en su cabello, peinándolo con ternura. Cuando sus uñas arañaban el cuero cabelludo, Felipe sentía que los pensamientos se le desvanecían en una corriente eléctrica, adormecedora, que lo envolvía en una paz profunda. De nuevo, ese silencio que solo ella podía brindarle: el mundo reducido a los latidos compartidos.
—Lamento de verdad que tuvieras que ver eso —murmuró Teresa, con la voz quebrada—. Ese inútil no tenía ni para un hotel. Se me hizo fácil llevarlo a la casa.
Un escalofrío le recorrió la espalda al recordarlo: la puerta entreabierta, los ojos oscuros de Felipe observando desde las sombras, su propio gemido mezclado con los jadeos de un hombre que no mereció ni un uno por ciento de ella, pero que dejó entrar por pura desesperación, para no sentirse tan sola.
—Escúchame bien, hijo. Eso nunca volverá a suceder. ¡Nunca más! El próximo hombre que intente tocarme y no seas tú… lo mataré.
Los ojos de Teresa no temblaban. Estaban seguros de cada palabra. Sintiendo esa urgencia que ya lo dominaba, tomó la mano de Felipe y la guio hasta su intimidad, con el fin de sellar con carne esa promesa.
La puerta de acero reforzado que los retenía se abrió de golpe. Por ella no entró una bruja, sino un hombre: el taxista, el mismo que había escapado ese día en el callejón y que habían capturado junto a Teresa.
La escena lo paralizó: Felipe, aferrado al pecho desnudo de Teresa, una de sus manos explorando bajo la falda. Ella gimiendo para él, mientras acariciaba su cabello con una contradictoria ternura maternal.
Los ojos de madre e hijo se abrieron, aterrados por sentirse descubiertos en medio de su pecado. La vergüenza se convirtió en desesperación.
Felipe se separó del pezón con un chasquido húmedo. Juan Carlos, al verlo, no pudo evitar retorcerse. Los ojos del muchacho buscaron una excusa, cualquier cosa, aunque su mente aún estaba demasiado impactada para formular palabra alguna.
Teresa se abrochó la blusa con dedos que temblaban de furia. Su mirada no mostraba vergüenza, solo la frustración de sentirse interrumpida.
—¿Qué está pasando aquí? —les exigió Juan Carlos.
—¿Y tú por qué mierda tardaste tanto? —escupió Teresa, con tal furia que el hombre se contrajo por un segundo.
—Vengo a rescatarlos. —Juan Carlos soltó una risa seca, incrédula—. Pude escapar gracias a la doctora. ¿Pero quiero saber qué está…?
—Entonces hay que largarnos de una puta vez. ¡Rápido, pendejo!
La voz de su madre sonó tan segura que el hombre, paralizado por el terror, obedeció sin rechistar. Con el arma cargada, Teresa se asomó por la ventana. El viento le agitaba el cabello como un estandarte de guerra. Disparó tres veces solo para llamar la atención de las brujas, para que se acercaran a las instalaciones y les prestaran asistencia.
Los ojos de Teresa, usualmente apagados por el cansancio y el desencanto, brillaban con una lucidez feroz. Sus labios, agrietados y teñidos de un rojo barato, se cerraron en una línea firme que no tembló ni siquiera cuando las brujas, con un canto, hicieron que el edificio temblara.
Felipe no pudo evitar sonreír, una mueca torcida que apenas alcanzó a formarse. Allí estaba: su madre, sucia y vibrante, la mujer que tanto desinterés le había mostrado, ahora defendiéndolo con su vida de lo que eran prácticamente deidades. Pero entonces miró a Juan Carlos. La mandíbula rígida, la camisa empapada de sudor pegada a la espalda, el tic nervioso en el párpado izquierdo.
“El mismo que me regaló ese juego de carreras. El que me dejaba quedarme dormido en su taxi mientras ellos gemían tras la puerta. El que después me sonreía”
El dolor en su pecho se intensificó, por el odio: puro, cristalino, quemándole la garganta.
“Ya no sonríes, ¿verdad, cabrón?”
Luego de bajar un sinfín de escalones, por fin llegaron al vehículo de escape. Allí estaba la doctora Camila, que al verlos llegar los condujo rápidamente al interior. Encendió el vehículo y el motor rugió antes de fundirse con el eco del camino montañoso.
La batalla ya había terminado, pero no estaba claro quién había ganado. Solo que el aire seguía cargado de cierta estática.
Teresa miraba por la ventana con los dedos apretados. Afuera, el paisaje se desdibujaba en manchas verdes y grises.
—¿Alguien me explica qué mierda pasó allá arriba? —gruñó Juan Carlos, ajustando el retrovisor para clavarle los ojos. Sus nudillos blancos delataban la presión sobre el volante.
—Que te lo explique la puta doctora —escupió Teresa.
Camila bajó la mirada y explicó:
—Lamento lo que sucedió. Estuve en desacuerdo desde el minuto uno —Miró por el retrovisor a Teresa—. Pero los efectos desaparecen luego de 24 horas, cuando el cuerpo y la mente asimilan la transformación. Las voces desaparecen antes. Solo no las escuches.
El silencio se tensó con el crujido de los asientos. Felipe hizo los cálculos, pero los números no le daban. Teresa giró hacia ella con los ojos dilatados.
—Las voces, sí, claro. Ya está todo bien. Olvidamos el asunto, ¿sí?
La doctora no estaba de acuerdo.
—Aún pueden quedar rastros en tu organismo. Además, las intervenciones quirúrgicas… no sabemos cuánto afectarán tu psique. Necesitamos hacer pruebas.
Juan Carlos, recordando su propia experiencia dentro del plantel, afirmó:
—Teresa, tienes que callar esas putas voces. Y si no aguantas las ganas… bueno, podemos resolverlo tú y yo —dijo con una media sonrisa nauseabunda.
La insinuación fue tan vomitiva que Teresa desenfundó la pistola y se la puso en la sien.
—Tú me tocas y yo te mato. ¿Nos entendemos?
Felipe contuvo la respiración. El cañón temblaba, pero la mirada de su madre no.
—Tranquila, solo estoy tratando de ayudar —farfulló Juan—. Sé lo que es. Yo intenté matarme por esas voces. Los impulsos son atroces. Solo quiero que después no te arrepientas de… hacer eso a tu hijo.
Teresa bajó el arma, pero su mirada seguía siendo odio puro. Juan Carlos se centró entonces en Felipe.
—¿Y usted qué, hermano? ¿Está todo bien?
Felipe respondió seco:
—Sí, todo bien. ¿Tienes un plan o solo estás quemando neumático?
Juan Carlos se encogió de hombros.
—Hay que poner distancia y luego podemos pasar la noche en un motel o algo. Si nos quedamos callados, quizás nos dejen volver a nuestras antiguas vidas.
La doctora no estaba de acuerdo.
—No, no podemos solo olvidar lo que pasó en las instalaciones. Tenemos que informar a la prensa, hacer más pruebas…
Teresa afiló la mirada.
—¿Para qué son sus putas pruebas? ¿Por qué nos hicieron esto?
—Yo… Es complicado.
El arma se puso en su sien.
—Descomplíquelo y explíquese.
Camila tardó unos minutos en pensar.
—El mundo, nuestro mundo, está acabado. Es cuestión de tiempo para que una crisis, una guerra, una pandemia… lo destruya todo. Pero tal vez haya una oportunidad: el lugar de donde ellas provienen. Hemos enviado equipos, pero la mayoría no regresa. Descubrimos que ellas son, en parte, máquinas. Por eso las operaciones.
Felipe fue perspicaz:
—Están tratando de forzar híbridos. Y todo para arruinar otro puto planeta —Mirando directamente a Juan Carlos, continuó—. Nuestra especie se merece la extinción. Somos unos simios asquerosos que destruyen todo lo que tocan. Deberían aceptar que todo está jodido; al menos así buscarían soluciones en lugar de solo escapar de los problemas.
Juan Carlos, sintiéndose aludido, bufó.
—Jum… simios asquerosos serán otros. A mí esa joda del portal y el otro planeta me da dolor de cabeza. Yo lo único que quiero es que Teresita esté bien —Volteó a verla—. ¿Estás segura de que puedes controlarte?
Ella asintió. Juan Carlos continuó:
—Mi amor, vea… yo le juro que voy a arreglar un par de chanchullos que tengo por ahí, y luego podemos empezar nuestra vida juntos, como teníamos planeado. ¿Lo recuerdas?
Felipe apretó la mandíbula y empuñó las manos. Teresa, al notarlo, lo abrazó.
—Por ahora mi hijo es mi prioridad. La única razón por la que te contacté fue para poder encontrarlo.
Juan Carlos chasqueó la lengua.
—Teresita, mi amor, mira… yo sé que esta experiencia fue lo más terrible que nos haya pasado, pero te prometo que será mejor si la enfrentamos todos juntos que por separado —sonrió y trató de buscar apoyo en Felipe—. ¿Sí o qué, hermano? Verdad que tengo razón.
—¿Por qué no te vas bien a la mierda, ah? —respondió Felipe, enojado.
—¡Uy, pero qué! Tranquilo, hermano. Vea, en cuanto lleguemos al próximo pueblo hablamos las cosas, ¿listo?
Felipe apartó la mirada. Ya sabía cómo iba a terminar todo: con Juan Carlos manipulando a su madre, y con ella abandonándolo.
La doctora Camila buscó unos frascos en la guantera.
—Tengan. Esto evitará que ellas puedan encontrarnos.
El hedor a gardenias enfureció a Felipe. Tomó ambos frascos y los arrojó por la ventana.
Juan Carlos, al notarlo, estalló. Detuvo el vehículo con un frenado seco.
—¡Mierda, Felipe! ¿Por qué hiciste eso?
El grito fue suficiente para que Teresa volviera a ponerle el arma en la cabeza. Felipe se encogió de hombros.
—Perdón. Voy a salir a buscarlos —dijo, antes de abrir la puerta y tomar la mano de Teresa para que lo siguiera.
Juan Carlos se bajó tras ellos, frustrado.
—¡Felipe, hermano, carajo! Venga para acá, ¿a usted qué le pasa?
Felipe se detuvo, pensativo. Exhaló un largo suspiro y volteó a verlo.
—Nosotros seguimos solos.
Juan Carlos torció la boca, furioso. No iba a permitir que la mujer de su vida se esfumase, menos cuando el peligro seguía tan cerca.
—¡Teresa, mi amor! Controla a tu hijo. Tú sabes muy bien que este lugar no es seguro —El hombre se llevó una mano al puente de la nariz—. Debe ser la sustancia. No escuchen las malditas voces. Solo vuelvan al auto y ya resolvemos lo demás por el camino.
—¿Y cómo es «resolverlo», ah… malparido? Usted lo que quiere es una noche fácil y luego que ah… —lo acusó Felipe.
—¿Luego? Pues ya veremos. Usted, de todas formas, tiene a su papá. Deje que su mamá sea feliz, ya está grandecito.
Camila también intervino:
—Todavía estamos en su perímetro, y ya dejé de escuchar disparos. Tenemos que movernos.
Teresa lo miró, después a Felipe. Al ver que su hijo agachaba la cabeza, temeroso de lo que ese hombre pudiera hacerles, negó lentamente.
—Ya hiciste suficiente. Ahora, largo.
Juan Carlos se echó las manos a la cabeza y dio algunos pasos en dirección a Teresa y Felipe, dispuesto a obligarlos a subir por la fuerza. La pistola se alzó en su dirección.
—No quiero hacerles daño.
Teresa disparó. Pero Juan Carlos también había sido mejorado. Acortó la distancia con un solo movimiento y desarmó a la mujer con un golpe. Felipe, al ver a su madre en el suelo, se abalanzó sobre la pistola, pero Camila lo interceptó y lo retuvo el tiempo suficiente para que Juan Carlos se hiciera con el arma.
—Cuando las brujas nos encuentren, les diré que te cuelguen de los intestinos —prometió Felipe—. Para mí, solo eres otro cerdo que se metía al cuarto de mi mamá a escondidas. Me das asco.
Esas palabras bastaron. Juan Carlos le propinó un golpe seco.
Teresa se enfureció. Ver la sangre en la boca de su hijo desató una rabia primordial. Sus ojos se encendieron con un resplandor verdoso. También su garganta se iluminó, y antes de que Juan Carlos pudiera procesarlo, un grito lo hizo volar por los aires. El cuerpo se estrelló contra un árbol.
Teresa no dejó de gritar. El sonido era puro castigo, una vibración que aplastaba, astillaba carne y hueso contra la corteza. Los huesos del hombre crujieron, su carne se contrajo en un espasmo grotesco y, de pronto, estalló. Pedazos de él salpicaron el costado del árbol.
El aire se llenó del olor a cobre y vísceras frescas, mezclado con el aroma rancio del tabaco barato que Juan Carlos siempre llevaba en el bolsillo. Aquella melodía fue, para Felipe, la más dulce canción.
Sus músculos faciales se tensaron sin permiso y, por un instante fugaz, sus labios se torcieron en una sonrisa: la satisfacción de un animal que ve caer al depredador que lo ha cazado durante años.
Porque Juan Carlos no era solo el amante de su madre. Era el hombre que le robaba los sábados, cuyas risas ebrias y gemidos ahogados, filtrándose bajo la puerta, le recordaban que Teresa podía ser dulce, podía ser cálida… pero nunca con él. Era el tipo que, en una de esas raras veces en que Felipe se atrevió a llamarlo “tío”, le había palmeado la espalda con demasiada fuerza y dicho:
—No te hagas ideas, chamaco. Tu mamá y yo solo somos… compañeros de desahogo.
Lo mejor era que ahora ya no existía. Solo era carne esparcida sobre el polvo. Lo único que lamentaba era no haberlo matado él mismo, y ese era un remordimiento que cargaría el resto de su vida.
Teresa ni se inmutó ante la muerte de su amante. Sus brazos se cerraron alrededor de Felipe con una fuerza que lo dejó sin oxígeno. Lo aplastó contra el asiento de la camioneta, como si su cuerpo pudiera ser un escudo contra todo el horror que ella había desatado.
Camila, aterrada, simplemente quedó pasmada en el lugar. Teresa la arrastró hasta el interior del vehículo y la obligó a conducir hasta el pueblo cercano, donde se refugiaron en un motel barato, de esos que no hacen preguntas ni piden cédula para acceder a sus servicios.
Allí, con el dinero de la doctora, compraron algo de medicina y unos chicles, cosa que ayudó a estabilizar la magia de Teresa, dependiente del azúcar.


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