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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Reflexiones Final

Este sería el final ha la historia que venido desarrollando. Si veo que está historia tiene acogida igual y la continuó.
Al pasar por una tienda de tecnología, una punzada de culpa le recordó a Felipe. Se detuvo, considerando comprarle algo, pero nada de lo que veía se ajustaba a lo que sabía de su hijo. La verdad hizo que su rostro se contrajera: no tenía idea de qué le gustaba. Conocía sus miedos, sus debilidades, incluso cómo hacerlo gritar de placer… pero ignoraba aquellas cosas simples que podían arrancarle una sonrisa.

Después de comprar deliciosa comida china para el amor de su vida, Teresa, con una determinación repentina, empujó la puerta de una tienda de artículos íntimos.

—¿Busca algo en específico? —preguntó la empleada, una mujer con uñas negras y un piercing lingual, que observaba el contraste entre el cuerpo juvenil de Teresa y su voz curtida.

—Algo que… le guste a los jóvenes —respondió Teresa, forzando un tono casual—. Como para una primera vez.

La empleada señaló un estante con lencería temática: colegialas.

“No, poder verme como una, pero no soy una jovencita” pensó.

Un traje de cuero ajustado para convertirse en una dominatriz.

“Tampoco, mi niño merece algo más tierno”

Un traje de gatita sexi.

“Ni loca”

Le llamó la atención el traje de sirvienta, un diseño simple que convertía las labores cotidianas en algo erótico y que, de manera inconsciente, le recordaría el pecado que estaban cometiendo.

“Sí, este. Llevo veinte años siendo su Diosa. Es momento de que se lo recuerde”

—También tenemos juguetes, ya sabe… por si se siente creativa —susurró la empleada, deslizando un folleto donde se veía una amplia gama de consoladores.

Teresa arrugó el rostro al imaginar el frío plástico entrando en ella, cuando ya conocía la carne de su hijo, mucho más cálido y vivo. Sin embargo, el apartado de dilatadores anales y cremas relajantes sí le llamó la atención.

Un castigo bien merecido, pensó, mordiéndose el labio.

—Asegúrese de no sobrepasar su límite. Vaya poco a poco —le advirtió la empleada—. Estoy segura de que su pareja lo disfrutará.

Afuera, el viento azotó las bolsas contra sus piernas. Pero el peso de las compras se aligeró al imaginar la noche que les esperaba: Felipe desnudo bajo el traje de sirvienta, sus músculos relajados por la crema, esos ojos oscuros brillando entre el odio y el deseo que tanto la encendían.

Se apresuró a volver, pero fue interceptada por un camión militar.

Algunos soldados desviaban la mirada hacia su cuerpo, pero eran reprendidos de inmediato. Teresa, aprovechando ese breve interés, se detuvo a preguntar:

—Oigan, chicos, ¿qué es todo este escándalo?

—Estamos buscando guerrilleros, señorita —contestó uno de ellos, un tipo de acento marcado—. Esos desgraciados atacaron los montes de aquí cerquita, volaron casas, mataron gente, tumbaron helicópteros… mejor dicho, dejaron esa zona como un campo de guerra. Pero no se preocupe, que su Ejército Nacional está aquí pa’ que esos carechimbas no le hagan daño. Eso sí, si puede, no salga a la calle.

Teresa soltó una pequeña risa al recordar que las verdaderas culpables de la masacre eran entidades de otro mundo.

—¿Seguros de que no fue otra cosa? Unos amigos me hablaron de brujas, no sé.

El soldado bufó, con un gesto entre burla y fastidio.

—Eso es que su amigo le mete duro al guaro. Lo que sabemos en la tropa es que hay que registrar el pueblo buscando sapos de esa gente o pelados que se dejaron meter el dedo en la jeta con esas ideas pendejas del comunismo.

Esa forma de hablar le recordó a Teresa las historias de horror que le contaba su madre sobre épocas como la “Violencia”.

—¿Y cómo piensan interrogar a esos jóvenes, si se puede saber?

—Ya sabe… con mano dura. Aquí no se viene a mamar gallo. Pero tranquila, que a una señorita como usted la tropa no la toca… a menos que usted quiera, claro —agregó con una sonrisa torcida.

Teresa respondió con una sonrisa forzada para despedirse.

—Mejor cuide que no le metan un pepazo por andar de distraído.

Devuelta en el hotel, Teresa le tendió la comida china, observando cómo sus ojos se iluminaban ante el pollo glaseado. Pero no fue suficiente para evitar que su hijo la mirara con reproche.

—Te tardaste —le escupió con calculada lentitud—. ¿Qué pasó? ¿Tuviste algún problema…?

Teresa arrugó el rostro, consternada por la acusación.

—Nada de eso, hijo. Es solo que el pueblo está lejos y me tomó tiempo comprar las cosas. Además, intenté buscar información… por si alguien sospechaba de nosotros.

Felipe frunció el ceño, dudando de sus palabras, pero continuó comiendo en silencio hasta terminar. Teresa también se dedicó a sus tallarines, pensando ingenuamente que eso bastaría para calmar las angustias de su hijo.

—¿Qué pudiste averiguar? —preguntó Felipe, cuando terminó de comer, con un tono gélido.

—Nada nuevo. Solo que el mundo está jodido. ¿Qué te parece si tú y yo nos arrunchamos un rato? Tengo un par de regalitos para ti.

Felipe la miró con desdén. Su boca se torció al ver en los ojos de Teresa la luminiscencia inconfundible de la magia.

—¿Sabes? Lo que más me destrozaba no era imaginarte abriendo las piernas para otros —el temblor en sus labios delataba la tormenta interior—. Era el sonido del taxi alejándose. Ese maldito motor que se hacía más pequeño… y más pequeño… hasta desaparecer. Yo… yo temía que alguien te hiciera daño. O peor… que encontraras a alguien mejor y decidieras no volver.

Teresa quedó muda. El mundo pareció detenerse mientras Felipe revelaba su vergüenza más profunda:

—Había días en los que me escapaba del colegio y recorría todas las cantinas que conocía… con la esperanza de llevarte a casa. Ahora que lo pienso… nunca supe qué haría si realmente te encontraba. Cuando creía verte, me quedaba fuera hasta que llegaba la hora de volver a casa.

Teresa sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Las cosas ahora son diferentes —logró articular.

La risa de Felipe estaba cargada de reproche.

—¡Claro! Porque te hicieron beber ese veneno extraño. ¡Dos días! Solo dos días sentiste el pánico que yo arrastraba cada vez que ese puto taxi llegaba.

Teresa bajó la cabeza. Rápidamente sacó la botella de whisky y bebió un largo sorbo. Sabía que las próximas palabras dolerían, y quería aplacar algo del tormento.

—Dime algo, mami… ¿Habrían cambiado las cosas si esa maldita improbabilidad no me hubiera sucedido?

—Lo siento.

Las palabras de Teresa le parecieron insuficientes, pero fue lo único que pudo arrancar de su garganta.

—La verdad es que no me hace feliz que te sientas obligada a esto. Quiero saber si esta eres tú… y no un sueño del que algún día voy a despertar.

Teresa bebió otro largo trago de whisky y se acostó sobre el pecho de Felipe, escuchando el latido de su hijo sin más intención que demostrarle que se sentía cómoda a su lado.

—Ódiame todo lo que quieras, pero yo jamás voy a dejarte. Te amo demasiado. Dime, ¿qué necesito hacer para demostrártelo?

Felipe le dio un beso. Uno rápido y tierno, libre de perversión o maldad. El mismo que le daba siempre que ella llegaba cansada del trabajo.

Acarició su cabello y negó con la cabeza.

—No puedo odiarte. Tú… reuniste dentro de ti los átomos necesarios para mi existencia. Me tejiste célula por célula, hueso por hueso, pensamiento por pensamiento. Me construiste en la oscuridad de tus entrañas, sacrificando tu sangre, tu estabilidad… todo.

Su voz se quebró por la tristeza de reconocer todo aquello.

—Y cuando por fin salí, cuando escapé de ese bello interior tuyo, causándote tanto dolor… lo único que supe hacer fue pedir más. Más leche. Más calor. Más amor. Nada más que leche y amor. Pagándote con pañales sucios y llanto vespertino.

Una lágrima le recorrió la mejilla. Teresa estaba tan fascinada por sus palabras que la dejó caer sin intentar contenerla.

—Y ahora te he atrapado en esta danza perversa, tan esclava de mis deseos como de las voces que te susurran al oído. Estoy condenado… pero qué dulce es la condena cuando se canta en falsete.

Teresa soltó una carcajada ebria.

—¿Y crees que tú no me diste nada? No sabes nada sobre ser madre. Parir es solo la parte fea, junto con los berrinches y los pañales. Luego lo ves jugando por ahí… y la felicidad que sientes es tan grande, que vale la pena despertarse a las tres de la mañana para ver qué le pasa al estúpido de tu bebé…

—Perdón por no entenderte. Por juzgarte sin saber. Por…

Teresa suspiró, cortando sus palabras. Luego subió más por su cuerpo hasta que sus caderas presionaron las suyas.

—Oh… mi pequeño poeta. Aún recuerdo la época en que me dejabas trozos de papel con mensajitos en mi cartera. Igual de hermosos que tus corazoncitos recortados. No necesitas decirme más. Porque sin importar cuánto falles, mamá siempre va a estar ahí para ti.

Sus ojos se posaron en el traje de sirvienta. Cuando intentó levantarse, sintió cómo la erección de su hijo presionaba contra su pelvis. Teresa volvió la cabeza para mirarlo.

—No necesitas eso para gustarme —murmuró Felipe—. Para mí ya eres perfecta, mamá.

Madre e hijo se desnudaron con urgencia. Teresa, interesada en recibir el castigo que creía merecer, se puso en la misma posición que mostraban los folletos: arqueada como una gata en celo. Él la tomó desde atrás, pero no se atrevió a ir más allá.

—No, amorcito. Por el culo. Quiero que te desahogues conmigo.

Felipe dudó.

—No quiero lastimarte.

Teresa ahogó una risa.

—Rómpeme, papi.

La frase lo transportó al pasado de inmediato y nubló su juicio con ira. Con brusquedad, trató de penetrarla a la fuerza. Al no conseguirlo, buscó en las bolsas. Teresa se estremeció cuando sintió la fría crema untarse en su piel. Cerró los ojos y ahogó un grito cuando Felipe la penetró.

Ella no estaba acostumbrada a hacerlo. El dolor recalcitrante le hizo ver estrellas, pero no se permitió que su hijo lo supiera. Cuando él buscó sus ojos, igual que aquella vez, simplemente sonrió y, al borde de romper en lágrimas, afirmó:

—Los sacrificios que hago por ti.

El vaivén de las caderas le seguía arrancando gritos ahogados. Cuando creyó desfallecer, ver la sonrisa satisfecha de su hijo, la felicidad que irradiaba con cada movimiento, le devolvió el ánimo. Entre tanto, Felipe estaba fascinado, no solo por la lascivia del momento, estaban en éxtasis, sino porque con cada empujón los ojos de su madre se iluminaban de un verde fosforescente, lo que convertía el acto en un espectáculo de colores vibrantes.

Cuando todo terminó y Felipe dormía plácidamente sobre su pecho, Teresa lo acostó con sumo cuidado para no despertarlo. El gesto le recordó aquellos días en que lo encontraba dormido frente a la puerta, esperando su regreso.

—Uno nunca deja de ser madre —susurró con voz cargada de nostalgia—. Yo también te amo. Mi niño ha vivido demasiadas pesadillas. Es hora de que tenga dulces sueños.

Ella tuvo que tomar aire y recuperarse del dolor residual que había quedado. Al final, se vistió y fue a buscar a la doctora Camila en busca de información sobre ese supuesto portal. Había tomado una decisión: este mundo ya no le debía nada.

45 Lecturas/13 febrero, 2026/0 Comentarios/por Boltuck
Etiquetas: amigos, colegio, culo, hijo, hotel, madre, militar, puto
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