Reflexiones tercera parte
Aquí la historia que he venido desarrollando continúa hacia su fin inevitable .
Las tablas del suelo crujieron cuando Teresa empujó a Felipe contra la cama. Escapar los tenía rendidos; ahora solo pretendían procesar todo lo ocurrido. Camila tuvo que pagar otra habitación; ambos querían privacidad.
—¿Duele? —preguntó Teresa, revisando su labio perforado
Felipe negó, pero un gemido se le escapó al rozarlo con el alcohol desinfectante.
—Mentiroso —susurró ella, sonriendo. Sus labios se curvaban con dulzura juvenil, pero sus ojos eran fríos y analíticos, los de una adulta.
En ese momento de vulnerabilidad extrema, cada detalle de Teresa se amplificó hasta lo doloroso:
La falda de seda, tan corta que revelaba gran parte de sus muslos, resaltaba las curvas de su cuerpo. El escote se movía con cada respiración, mostrando ese camino prohibido entre sus senos, esponjados hasta casi escapar de la tela que los contenía. El chicle que masticaba con ritmo constante hacía brillar sus labios, teñidos de un rojo intenso que no necesitaba labial para existir. Parecía una extraña que olía a menta, de una belleza tan inmaculada que resultaba artificial.
Y, por encima de todo, era su madre. La misma que horas antes no había dudado en matar para protegerlo y asegurar su bienestar.
—¿Mejor? —Sus dedos siguieron moviéndose, trazando círculos innecesarios—. Recuérdame hacerte lo mismo mañana…
Felipe tragó saliva y cerró los ojos, tratando de reunir el valor para las palabras atrapadas en su garganta.
—Dime la verdad, mamá —su voz sonó ronca—. ¿Desde cuándo la operación y las voces dejaron de afectarte?
El silencio que siguió fue tan espeso que Felipe pudo escuchar el crujido del chicle entre los dientes de su madre. Teresa desvió la mirada hacia la ventana, donde el sol se filtraba entre los claros de la cueva, dibujando líneas de luz sobre la cama.
—Te digo de lo que me acordé…
Felipe frunció el ceño, confundido. Teresa, al notarlo, sonrió.
—…de la canción que te cantaba de niño.
El crujido del chicle cesó. Teresa escupió la goma y se abalanzó, rompiendo el escote de su vestido. Felipe sintió cómo el pánico se mezclaba con esa antigua necesidad infantil de ser abrazado y protegido.
—Duérmete, niño, duérmete ya… —canturreó, ahogando su protesta con el pezón—. …o vendrá el lobo y te comerá.
Felipe se debatió bajo el peso sofocante de esa falsa ternura materna. Cada músculo de su cuerpo se tensó en rebelión instintiva, sus labios sellados herméticamente contra el pezón que se cernía sobre ellos como una amenaza. Sabía con certeza visceral que sucumbir sería firmar su propia condena, aceptar esa dinámica perversa que lo reduciría para siempre al papel de niño eterno.
El aire se le escapaba de los pulmones cuando, con cruel precisión, los dedos de Teresa encontraron el puente de su nariz. La presión aumentó gradualmente. Felipe sintió que las lágrimas brotaban involuntariamente mientras su cuerpo, traicionado por su propia necesidad de oxígeno, forzaba sus labios a separarse en un jadeo desesperado.
En ese instante de vulnerabilidad fisiológica, Teresa atacó. Su boca descendió con una lascivia que dejó sus labios contaminados por el hedor a menta.
Tres veces repitió el ciclo cruel.
Hasta que, finalmente, con un gemido de súplica, sus labios se cerraron alrededor del pezón materno. El sabor lechoso que recordaba vagamente de su primera infancia estaba ahora adulterado con el sudor salado y los químicos del chicle que su madre había masticado.
Este ritual no era nuevo. La forma en que Teresa ajustaba el ángulo de su cuerpo, la presión exacta de sus muslos contra sus costillas, la manera en que susurraba las palabras justo cuando él intentaba recuperar el aliento… Todo hablaba de una coreografía ensayada, perfeccionada a lo largo de incontables repeticiones.
—Esto siempre funcionaba cuando te ponías rebelde con mamá —soltó una risa cortante—. Dejé de hacerlo cuando, a los cinco, me acusaste con tu maestra. La perra me dijo que eso te traumaría, pero veo que nunca olvidaste los besos de mamá.
Felipe, totalmente agotado, se rindió. Dejó de luchar y se entregó por completo. Las palabras le llegaron lejanas, pero su significado lo hizo chupar con más fuerza. Ella continuó:
—¿Quieres saber desde cuándo mami siente cosas por ti? Fue cuando te encontré con una de mis tangas —hizo un movimiento con la mano—. Jalándote la cosita.
Teresa esperó la reacción de su hijo ante ese recuerdo. Felipe, a los trece años, con las hormonas a flor de piel y la confusión de tantas noches escuchando a su madre tras paredes delgadas.
—Sí, vi esos mismos ojitos cuando te atrapé en plena paja… ¿Sabes lo que hice después de regañarte y enviarte a tu cuarto sin cenar? Me masturbé hasta tener el orgasmo más intenso de mi vida. Ninguno de los hombres que llevé a mi cama antes o después me hicieron sentir lo mismo. Nadie, excepto tú, cuando anoche me entregué por completo al placer… y al deseo.
Felipe ya buscaba la intimidad de Teresa cuando ella apenas terminaba de contarlo. Teresa movió las caderas ligeramente, haciendo que sus dedos se hundieran más en su carne.
—¿Quieres saber la verdad? La leche no tuvo nada que ver con lo que tú y yo hicimos. ¿Qué dices, amorcito? ¿Quieres ayudar a mami a sentirse plena y satisfecha?
Felipe asintió lentamente. Su mano seguía atrapada en la humedad cálida de su madre. Ella le bajó los pantalones de un movimiento y se ensartó en él, cabalgando al mismo ritmo que usaba con sus amantes.
Cuando el éxtasis llegó, Teresa enterró su rostro en su pecho, sofocando un gemido que resonó familiar en los oídos de Felipe: el mismo sonido que alguna vez escuchó tras puertas entreabiertas durante las largas ausencias nocturnas de su madre.
—Descansa, papito. Ya vengo —murmuró Teresa mientras se acomodaba la falda con ese movimiento de caderas que a él le revolvía las entrañas.
Felipe se encogió. Sus ojos se oscurecieron al reconocer la escena: las veces que la había encontrado así, desarreglada y jadeante, y aun así lo abrazaba con fuerza, llenándolo de besos extrañamente largos. Él los aceptaba porque eran de las pocas migajas de cariño que le lanzaba de vez en cuando.
—¿Te demoras? —preguntó, con los labios temblorosos.
Teresa se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo. A Felipe le resultó aterradora. Un filo de abandono le atravesó el pecho, un miedo que anegó sus ojos de lágrimas.
—No, papito. Es que se me acabaron los chicles —afirmó, sin notar el terror que invadía a su hijo—. No me tardo. Tanto correr debió darte hambre, voy a traerte algo rico de comer.
Cuando la puerta se cerró tras Teresa, el cuarto pareció encogerse. Felipe cerró los ojos, pero no pudo evitar ver las imágenes que su mente conjuraba: su madre subiendo a un auto desconocido, alejándose para siempre, dejándolo a merced del silencio de la habitación. El miedo lo paralizó más que cualquier hechizo.
Felipe rompió en lágrimas. Todo lo sucedido, la muerte de Juan Carlos, las revelaciones inesperadas, la actitud amorosa de su madre, que se fuera después de confesarle que el trauma era más profundo y antiguo que solo un amante ocasional, cayó sobre él en una avalancha de dolor acumulado. Camila, al escucharlo, entró para reconfortarlo.
La doctora dejó que se expresara en silencio, abrazándolo. Sabía que ese desahogo era necesario y que las palabras sobraban. Felipe lo rompió con una pregunta dolorosa:
—Doctora, ella… ¿volverá a ser la misma?
—Eso no lo sé. Nunca un sujeto mostró tanta aceptación por la operación y el psicofluido. La mayoría perdía la cabeza o quedaba con secuelas físicas irreversibles. Tu madre, en cambio, es como si algo en su interior se negara a morir, sin dar pelea.
—Carajo, eso… eso me hace sentir orgullo de ella. Siempre fue una mujer muy fuerte y luchadora. Me siento extraño aceptando en lo que ella se ha convertido.
—Estoy segura de que, si conseguíamos acceder a un laboratorio en condiciones, podríamos revertir en parte los efectos alucinógenos del psicofluido.
—Estoy cansado de las agujas y las pruebas médicas. Volveremos a casa, o al menos intentaremos alejarnos lo más posible de los laboratorios. Lo siento, doctora.
—¿Qué hay de tu padre?
Felipe agachó la mirada.
—Él siempre fue una sombra inconstante en mi vida. Lo veía dos veces al día: al desayuno y cuando llegaba cansado del trabajo. Pero aparte de eso, nos pegaba a mi madre y a mí por cualquier cosa, siempre humillándonos por dinero. No era nuestra culpa que no alcanzara, ni que todos sus negocios fracasaran. Pero ya no importa.
—Bueno, pero no podemos solo permitir que esto suceda. Es amoral.
Felipe ahogó una carcajada.
—Mucho más de lo que ustedes hacían. Vi los cadáveres, Doctora. Sus manos están manchadas de sangre. Es mejor que se vaya antes de que mamá vuelva.
La doctora Camila no dijo nada por unos minutos. Luego salió de la habitación. No estaba claro si abandonaba el hotel; solo que la habitación contigua se abrió y se cerró.
La vereda polvorienta crujía bajo sus zapatillas mientras caminaba, su nuevo cuerpo joven moviéndose con una gracia que hacía girar cabezas. Los pitidos de los autos eran como moscas zumbando a su alrededor. Uno se detuvo junto a ella con un chirrido de frenos.
—Hola, mi amor. ¿A dónde va tan solita? —dijo el conductor, un tipo con olor a cerveza rancia y sudor de mediodía—. Yo la llevo, y de paso me echo un gustico mirando a una mujer tan berraca.
Teresa no frenó su paso. Solo giró ligeramente la cabeza y se alzó el vestido con gesto sensual, dejando ver el cañón de la pistola.
—A donde su puta madre —respondió, furiosa.
El auto arrancó, dejando marcas de goma en el asfalto. Teresa suspiró. Había olvidado lo tedioso que era lidiar con los deseos baratos de los hombres. Cada mirada lasciva, cada comentario estúpido, eran como piedras en sus zapatos: pequeñas, pero constantemente irritantes.
El pueblo era un conjunto de casas destartaladas y negocios al borde de la quiebra. Entró en un supermercado de poca actividad; la amenaza de guerra tenía a la gente desconfiada y temerosa. La mayoría se afanaba en comprar todo el papel higiénico disponible, ignorando latas de comida y otros artículos más esenciales.
Su carrito se llenó rápidamente: doce cajas de chicles, condones (para evitar que la pasión dejara consecuencias) y una botella de whisky, para celebrar su nueva juventud y la muerte de los hombres que la usaron solo para calmar su deseo.
Teresa se detuvo frente a la pantalla de un televisor, las bolsas de plástico marcándose en sus dedos hasta enrojecerlos. Las imágenes borrosas mostraban a una mujer flotando y aterrizando con la misma soltura que había visto en las hechiceras, pero sin la precaución que las mantenía alerta ante cualquier enemigo. Una tropa de niños y adolescentes la rodeaban, algunos con lágrimas en los ojos, abrazándola desesperados de que su presencia desapareciera.
El presentador, con una sonrisa condescendiente y dientes demasiado blancos, atribuyó el video a efectos especiales de una nueva película llamada El Vuelo de la Promesa. Pero Teresa conocía el brillo de la magia real, y eso no era CGI.
—Están cazando a los miserables. —concluyó—Pero no creo que entiendan el precio de tenernos como sus diosas.
Lo que realmente le heló la sangre fueron las otras noticias que se sucedían en un macabro carrusel:
Un huracán arrasando costas, con cifras de muertos que evocaban plagas bíblicas. Las imágenes mostraban cuerpos hinchados flotando en aguas marrones. Una guerra en un país desconocido, tan saturado de bombas que las ciudades parecían cementerios. Un reportero enmascarado señalaba edificios reducidos a escombros mientras, al fondo, un perro escarbaba lo que parecía un brazo infantil.
Campos de concentración modernos, escondidos en ranchos con fachadas pintorescas. Las cámaras ocultas mostraban jaulas, herramientas oxidadas y paredes manchadas con patrones que revolvieron el estómago de Teresa: salpicaduras en abanico, miles de zapatos olvidados y fosas comunes llenas de esqueletos.
Pandemias brotando cada pocos años como maldiciones cíclicas. Primero los ancianos, luego los niños, después los que quedaban atrapados entre el miedo y la incertidumbre. Las bolsas de plástico le quemaban los dedos al notar que todos esos horrores eran solo la nota del día en un noticiero cualquiera.
“Quizás Camila tenga razón” pensó, observando a un grupo de borrachos que la silbaban desde una esquina. Sus caras rojas brillaban bajo el sol, las camisas empapadas de sudor y alcohol. Uno de ellos, con barba rala y ojos inyectados en sangre, le gritó:
—¡Ey, mamacita! ¿Por qué no vienes y te tomas una? Ya sabe, para la sed. Yo la invito.
Las risas que siguieron fueron agudas, como chillidos de ratas.
Pero esta vez no sintió ese viejo cosquilleo de necesidad afectiva que la habría empujado a inclinar el codo, a dejarse llevar por cualquier hombre que le prometiera calor, aunque fuera a cambio de golpes. Solo asco. Un asco tan profundo que le hizo apretar las bolsas hasta que los nudillos le crujieron.
“Tal vez lo mejor sea dejar este mundo de mierda a su suerte” se determinó, mientras se alejaba de aquel vulgar espectáculo.
Un mundo donde nadie la reconociera. Donde Felipe pudiera ser algo más que un inadaptado, y ella, la madre que merecía ser. La mujer que siempre quiso: una dispuesta a enfrentar el peligro con el rostro en alto, y no con la pasividad de su cuerpo. El viento arrastró un periódico viejo hasta sus pies. La portada mostraba a la presidenta del país de los campos de concentración y las fosas comunes, sonriendo junto a un titular que rezaba:
“Nuestras estadísticas de seguridad han mejorado un 85%.”
Teresa lo pisó, sintiendo cómo el papel se deshacía bajo su zapato.
“Y luego nos llaman enfermos a quienes nos dejamos llevar por el deseo, cuando cosas peores ocurren a diario”


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