Relatos de un Perro en casa ajena
Siempre fui directo con las mujeres, sin rodeos ni dulzuras innecesarias. Mi rudeza nunca significó falta de educación; al contrario, mi manera de hablar, mi cultura y mi seguridad parecían despertar un interés especial en ellas. Supongo que mi físico también ayudaba..
Ahora tengo 35 años, pero lo que voy a relatar ocurrió hace cuatro. En ese entonces, ya había perfeccionado mi estilo: rudo, directo, pero siempre con clase. No buscaba impresionar a nadie, simplemente era quien era. Aquella historia comenzó en una noche cualquiera, aunque pronto me daría cuenta de que no sería una noche más.
Vivía solo en un apartamento, llevando una vida de encuentros fugaces, sin ataduras ni compromisos. Hasta ese momento, todo había sido un ir y venir de mujeres, ninguna lo suficientemente importante como para quedarse. Aquella noche, un día cualquiera entre semana, bajé a la tienda de comestibles junto a la portería de mi conjunto residencial. Y fue ahí donde la vi a ella.
Estaba comprando no sé qué cosas, distraído en mis pensamientos, cuando la noté. Su rostro me llamó la atención de inmediato: tenía los ojos hinchados, la mirada perdida, signos evidentes de haber llorado por horas. No era algo que soliera importarme, pero había algo en ella que me hizo detenerme un segundo más de lo habitual. Pagando lo mío, salí de la tienda sin más, pero al volver al conjunto residencial, me di cuenta de que ella caminaba justo frente a mí.
Llevaba puesta una pijama sencilla: una pequeña pantaloneta y una blusa suelta. A la luz tenue de la calle, su figura se dibujaba con cada paso, tenía un gran culo que remataba con unas piernas que hacen voltear a cualquier hombre que pasé a su lado, y por un instante, no pude evitar admirarla. Caminábamos en la misma dirección, ella unos pasos adelante, ajena a mi mirada y a todo lo que la rodeaba, sumida en sus propios pensamientos.
Giró la cabeza y me sorprendió mirándola. No aparté la vista ni fingí distracción; al contrario, sostuve la mirada y, con naturalidad, la saludé. Ella pareció dudar un segundo, como si no esperara esa reacción, pero terminó respondiendo con un leve gesto, aún con ese aire de tristeza marcado en su rostro.
Se detuvo frente a una torre antes de la mía. Asumí que vivía allí. Al pasar a su lado, demasiado cerca como para ser casualidad, apoyé suavemente una mano en su espalda y, en un susurro, le dije: ‘Espero que todo esté bien’. Mi intención era seguir mi camino, dejar la frase en el aire y desaparecer, pero sentí su mano sujetar mi brazo. Me había detenido
—¿Quieres un café? —me dijo, con una voz suave pero cargada de algo que no supe descifrar en ese momento.
No lo pensé demasiado.
—Por supuesto —respondí, con una ligera sonrisa.
Al entrar, noté que su apartamento era similar al mío: dos habitaciones, espacios justos, pero bien distribuidos. Ella caminó directo a la cocina, dejó las bolsas sobre el mesón y, con un gesto tranquilo, me indicó la sala.
—Siéntate, ponte cómodo —dijo, mientras sacaba lo necesario para preparar el café.
Obedecí sin prisa, observando el lugar con discreción. Era un espacio acogedor, con detalles que hablaban de su personalidad, aunque aún no podía descifrarlos del todo.
Al volver con el café en la mano, la observé de nuevo, esta vez de frente. Su figura se marcaba con cada paso, y aunque lo hacía con cierto disimulo, no me importaba demasiado si notaba mi mirada lasciva, no llevaba sujetador y el contorno de sus tetas se notaba por su blusa, estaban separadas, se notaban naturales, de un tamaño mediano casi pequeño, sin embargo lo suficientemente atractivas para mí.
Ella lo hizo.
Se acercó con una sonrisa tímida, casi fingida, y extendió la taza.
—Espero que te guste —dijo, con una voz suave.
Aproveché el momento para presentarme, extendiendo la mano con naturalidad.
—Por cierto, soy Miguel.
Ella dejó escapar una risa, esta vez más auténtica, menos forzada.
—Yo soy Mariana —respondió, aceptando el apretón con una calidez inesperada.
Apartó un mechón de cabello de su cara y dio un sorbo a su café, la imité.
—Está muy buena, la tasa de café. —Le dije mirándola de arriba a abajo.
Por unos segundos, estuve a punto de romper el hielo con algún comentario sugestivo, como siempre hacía, como me divertía hacer con las mujeres. Pero esta vez, no lo hice.
En lugar de eso, me acerqué. Me senté a su lado, la miré a los ojos.
Ella no dijo nada.
Bajé la mirada a sus labios, al escote que se formaba en su blusa con su respiración pausada.
Y ella… tampoco dijo nada.
—¿Estás bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
Ella pestañeó un par de veces, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa. Sus dedos rodearon la taza de café con fuerza, jugueteando con el borde mientras desviaba la mirada hacia la mesa.
—Sí… bueno, no sé —murmuró, con un tono que delataba todo lo contrario.
Esperé, dándole su espacio. Sabía que, si hablaba demasiado pronto, podía cerrar la puerta que sin querer había abierto.
Suspiró y bebió otro sorbo de café, esta vez más lento, como si intentara ordenar sus pensamientos.
—Ha sido un día… difícil —continuó, finalmente.
—Se nota —respondí, sin sarcasmo, solo con honestidad.
Levantó la vista y me miró. Sus ojos seguían enrojecidos, pero ahora había algo más en ellos, algo entre agotamiento y vulnerabilidad.
—No quiero hablar de eso —confesó, con una leve sonrisa que intentaba ser fuerte, pero no lo lograba del todo.
—No tienes que hacerlo —le aseguré, encogiéndome de hombros.
Ella inclinó la cabeza levemente, observándome con curiosidad, como si no supiera qué pensar de mí. Luego, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
—Gracias.
No pregunté por qué me daba las gracias. No hacía falta
Sin decir nada, levanté la mano con suavidad y la pasé por su mejilla. Su piel estaba tibia, aún con rastros de la tristeza que la había acompañado todo el día.
Ella no se apartó.
Mi dedo rozó sus labios, apenas un contacto leve, casi imperceptible, pero suficiente para notar cómo su respiración se detenía un instante.
Sus ojos se clavaron en los míos, y por un momento, el silencio entre nosotros pareció hacerse más denso. No había prisa, no había palabras innecesarias, solo aquel instante suspendido en el tiempo.
No me aparté.
Y ella… tampoco
Mi mano descendió lentamente, rozando la suavidad de su barbilla antes de deslizarse por su cuello. Sentí su pulso acelerado bajo mis dedos, el leve temblor de su piel en respuesta a mi contacto.
Ella cerró los ojos por un segundo, como si estuviera procesando la sensación, como si estuviera decidiendo qué hacer. Pero no se apartó.
Mi pulgar recorrió con sutileza la línea de su mandíbula mientras su respiración se volvía más profunda. El silencio entre nosotros no era incómodo, era intenso, cargado de algo que aún no se decía, pero se sentía en cada centímetro de distancia que se desvanecía entre ambos.
Esperé.
Ella abrió los ojos y me miró, su expresión ya no era la misma. Y supe que no había vuelta atrás
Mi mano continuó descendiendo, metiéndose debajo de su blusa, por su escote, agarrando firmemente una de sus tetas, era suave, la aprete. Ella abrió la boca como respuesta su jadeó suavemente, arqueó la espalda como invitándome a continuar. Sus pezones se endurecieron bajo mi toque.
Cuando saque mi mano, el tirante de su blusa se había bajado por su brazo y el pecho que había masajeado estaba visible. Luego lleve mi mano hacia abajo, la metí por su pantaloneta y toque su vagina, sentía los bellos rasparme los dedos, lo que me dio a pensar que llevaba un par de días sin depilarse. Su Vagina estaba cerrada, pero la abrí con mis dedos y comencé a metérselos en su interior, cuando sus jadeos se hicieron más sonoros y su pecho comenzaba a subir y bajar con el aumento de la respiración, me incliné y comencé a besar y chupar su cuello. Su s caderas se desplomaron del sofá, colocó una de sus manos, la derecha sobre mi brazo que estaba follando su vagina. Poco a poco notaba que mis dedos se movían con mayor facilidad en su interior. El lugar fue llenándose del su olor íntimo.
Su mano izquierda intento tocarme, el bulto en mi pantaloneta era evidente, pero nunca he permitido que las mujeres con las que me acuesto lleven el control, así que en ese momento retiro mi mano y le ordené desnudarse por completo.
Inmediatamente ella se levantó y dejo caer su pantaloneta al suelo, dejándome ver esa vagina brillante, brillante por mis caricias, luego saco por encima de su cabeza su blusa, y ahora veía a la perfección esas pequeñas tetas, sus pezones eran grandes y de un color café claro.
Luego frente a ella hice lo mismo, primero deje mi torso desnudo y luego me quite la pantaloneta, para mostrarle la gran verga que se comería esa noche. Debió haberse sorprendido, porque miro con los ojos muy abiertos, se tumbo de rodillas, se lo permití y extendió su mano para envolver mi pene, acariciándolo suavemente. Sacó la lengua para lamer la punta.
En ese momento la tome del cabello, y ella tumbó su cabeza hacia atrás mirándome, la escupí, la saliva le cayó justo a un costado de su boca y luego con mi mano derecha le lleve mi verga hacia dentro de su boca, no hubo compasión comencé a follarla fuertemente. No parecía ser muy experta con vergas grandes, porque mi verga solo llegaba hasta un poco más de la mitad, luego se comenzaba a doblar, y entraba yo en el dilema entre la molestia que esto me causaba y la excitación de los ruidos de ahogamiento cada vez que se la metía.
Mi mano izquierda no había dejado de agarrar su cabello, dominaba por completo el ritmo de la follada bucal. Podía usarla a mi antojo. Tuvo varios intentos de vomitar, y era cuando bajaba el ritmo, pero al recomponerse nuevamente se la metía fuerte, la saliva se arremolinaba s los costados y bajaba por su barbilla.
—Escúchame bien puta, vas a abrigar solo la punta de mi verga dentro de tu boca y vas a tragar todo lo que salga, asiente si entendiste. —Así lo hizo, sus manos descansaban en sus piernas y la punta de mi verga permaneció dentro de su boca, respiraba agitadamente por su nariz.
Comencé a expulsar chorros intermitentes de orina, con la intensión de no ahogarla. Aún así, se atragantó un poco, no se apartó, era dócil y sumisa como me gustan. Se tragó lo que iba saliendo con avidez, con los ojos llorosos. Observo como comienza a masturbarse a medida que voy llenando su barriga con mi orina y eso me excita. Su humillación y degradación solo me excitan más.
Ella solo encogió los hombros, un gesto sutil, casi ambiguo. No se apartó, no dijo nada, pero tampoco me detuvo.
Su mirada se mantenía fija en la mía, como si buscara leer mis intenciones, como si esperara a que yo decidiera el siguiente paso.
Mi verga permaneció ahí, sintiendo el calor de su boca. Su respiración era pausada, pero no tranquila.
—¿Ahora estás bien? —pregunté de nuevo, esta vez en un susurro.
Ella ladeó la cabeza levemente y, sin sacarse mie pene de su boca, con un sonido me hizo saber que lo estaba.
Luego tomo la iniciativa y nuevamente se lo permití, después de estar inundada en mi orina retomo la mamada, ella misma intentaba meterse hasta el fondo mi verga, pero era una tarea imposible, quizás con tiempo y esfuerzo lo lograríamos, pero no sería hoy.
Disfrutaba enormemente el esfuerzo que hacía esta solitaria mujer.
Saqué mi verga de su boca y ella aprovecho para tomar una bocanada de aire y escupir en el piso la acumulación de saliva que tenía, sin embargo, no era mi intención que descansara, me acerque, colocando cada pierna a su costado y mis bolas descansaron sobre su boca, con su cabeza inclinada hacia atrás. Sentía su lengua como colchón y luego como la movía pasando de una bola a otra. Chupaba suavemente.
Con mi mano me masturbaba, estaba a punto de correrme y la idea era llenar su cara, que ella hundía desesperada entre mis bolas. Un grito de sorpresa salió de su boca cuando el primer chorro de semen caliente golpeó su frente, luego se ajustó para atrapar el resto con su boca. Más y más semen salió disparado, cubriendo su cara y llenando su boca. Mariana tragó con avidez, y continuó chupando los restos que quedaban pegados a mi verga, ordeñando hasta la última gota. Cuando me di cuenta ella estaba teniendo su propio orgasmo, cos sus dedos clavados en lo más profundo de su interior.
Mariana se puso de pie con su cara cubierta de semen y saliva. Me miró con ojos vidriosos, con el pecho agitado. Con un dedo, limpiaba lo que podía de su rostro y lo llevaba a su boca sin dejar de mirarme, extendió su mano y la puso sobre mi mejilla, se acercó y me dio un pequeño beso en los labios. Se lo permití y luego comencé a vestirme.
El tiempo pareció desvanecerse en aquella sala iluminada apenas por la tenue luz del apartamento. Nos dejamos llevar por el momento, por la necesidad mutua de compañía, por el calor compartido en medio de una noche que no estaba destinada a ser solitaria.
Cuando todo terminó, permanecimos en silencio por un instante, escuchando solo nuestras respiraciones acompasadas. Mariana se mantuvo desnuda sentada en el sofá.
—Vivo con mi mamá —murmuró de repente, rompiendo el silencio.
Bajé la mirada y la observé. Su expresión era tranquila, pero en sus ojos aún quedaban rastros de algo más, algo que no había querido contarme del todo.
—¿Sí? —pregunté, invitándola a seguir.
—Sí… llega todas las noches cerca de la medianoche —continuó, alzando la vista hacia el reloj de la pared.
Seguí su mirada. Eran las 11:32 p.m.
Sonreí con diversión, comprendiendo lo que no había dicho explícitamente.
—Entonces, creo que debería irme antes de que aparezca.
Ella asintió con una sonrisa ligera, pero no hizo ningún esfuerzo por moverse todavía.
Pasaron unos minutos más antes de que finalmente me levantara. Mariana me siguió hasta la puerta, apoyándose en el marco mientras me veía calzar mis zapatos.
—Gracias por el café —le dije con un guiño.
Ella rió suavemente y negó con la cabeza.
—Gracias a ti… por quedarte.
Nos quedamos mirando un segundo más. No había promesas, ni planes a futuro, solo el eco de una noche inesperada que nos había unido en un momento de vulnerabilidad compartida.
Le di un último vistazo antes de salir y ella cerró la puerta con suavidad.
Al bajar por las escaleras, sentí el aire fresco de la madrugada y sonreí para mí mismo. No sabía si volveríamos a vernos en otro contexto, si habría un «después» para nosotros, pero en ese instante, no importaba.
Solo quedaba la certeza de que, por unas horas, habíamos sido exactamente lo que el otro necesitaba
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