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Dominación Mujeres, Incestos en Familia

Seda y Sombras

Esa fue la noche en que supe a qué se dedicaba mi madre..

No lo supe porque me lo dijera. Los adultos casi nunca dicen esas cosas. Lo supe porque esa noche nadie me mandó a dormir temprano y porque me dejaron quedarme en la fiesta, sentada en el suelo, como si yo fuera invisible.
La fiesta era lejos de la ciudad, donde las casas están separadas y las luces cuelgan de cables largos. Había música, pero no era fuerte, y las personas hablaban bajito, como cuando no quieren que alguien escuche. Yo jugaba con una tapa de botella y la hacía girar, mientras miraba los zapatos de la gente pasar frente a mí.

Mi madre llevaba un vestido bonito. No era como los que usaba para trabajar, pero tampoco como los que usaba en casa. Sonreía distinto. Más despacio. A veces miraba a un hombre que estaba siempre cerca de ella. No se tocaban mucho, pero cuando alguien se acercaba demasiado, él se movía primero, como si supiera dónde ponerse.

Yo pensé que tal vez era su nuevo novio. No me lo dijo, pero él me sonrió una vez, como si ya me conociera.

Alguien pidió un brindis. Todos levantaron sus vasos. Mi madre también, pero lo hizo tarde, como si estuviera pensando en otra cosa. El hombre no levantó el suyo. En lugar de eso, sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre la mesa. Era una servilleta doblada.

La servilleta me llamó la atención y me acerqué gateando. La toqué con un dedo. El hombre me miró, después miró a mi madre. Ella no dijo nada. Solo asintió un poquito, casi sin mover la cabeza.

En ese momento entendí que la fiesta no era solo una fiesta. Era otra cosa que yo todavía no sabía nombrar.

Mi madre se acercó y me acomodó el cabello detrás de la oreja. Estaba tranquila. No parecía asustada ni apurada. El hombre se inclinó un poco hacia ella, demasiado cerca para alguien que acababa de conocerla. Ella no se apartó.

La música siguió sonando. Alguien se rió fuerte. Nadie me dijo que me levantara del suelo.

Cuando nos fuimos, mi madre me tomó de la mano. Caminamos juntas hasta el auto. El hombre se quedó atrás, hablando con otros, pero antes de irnos levantó la vista y me hizo un gesto pequeño con la cabeza, como una despedida secreta.

La luz tenue del amanecer se filtraba por la cortina rota y dibujaba rayas en la pared. Yo abrí los ojos antes que mi madre, porque los pájaros hacían ruido y porque todavía tenía la música de la noche metida en la cabeza, como si no se hubiera ido del todo.

Ella estaba acostada de lado, dándome la espalda. Respiraba despacio. Su vestido de la fiesta colgaba de una silla y parecía otra persona, alguien que ya no estaba allí. Me levanté con cuidado para no despertarla y fui a la cocina.

Había vasos sucios en el fregadero y un olor raro, mezcla de perfume y humo. Me subí a la silla para alcanzar el pan. Mientras masticaba, pensé en el hombre de la fiesta y en cómo se había inclinado hacia mi madre, como si compartieran un secreto. No me dio celos. Me dio curiosidad.

Cuando ella se levantó, ya se había cambiado. Llevaba la ropa de siempre. El pelo recogido. Me miró como si quisiera saber si yo recordaba algo.

—¿Dormiste bien? —me preguntó.

Asentí.
Mi madre preparó té. Sus manos se movían rápido, como cuando tiene prisa, pero no llegábamos tarde a nada. Afuera, el cielo empezaba a ponerse claro y los autos pasaban despacio, como si también estuvieran despertando.

—Hoy tengo que salir un rato —dijo, sin mirarme—. ¿Te quedas con la vecina?

Yo asentí otra vez. Entonces me animé a preguntar:

—¿El señor de anoche es tu amigo?

Ella se quedó quieta un segundo. No mucho, solo lo suficiente para que yo lo notara. Después sonrió.

—Es alguien que me cuida —dijo.

No pregunté más. Entendí que esa era la respuesta completa.

Antes de irse, me peinó con cuidado. Me dio un beso en la frente y tomó su bolso. Al abrir la puerta, la luz del amanecer entró de golpe en la casa y todo se volvió amarillo por un momento.

A la vecina la conocía desde que tenía memoria, era quien siempre me cuidaba cuando mamá tenía que salir. Olía a jabón fuerte y a café recién hecho. Me preguntó si ya había desayunado y me acomodó el vestido, como si estuviera torcido aunque no lo estaba.

—Mamá tiene un amigo nuevo.

No lo dije para contar un secreto. Lo dije porque las cosas nuevas se cuentan, como cuando aparece un perro en la cuadra o cuando cambian el sabor del jugo.

La vecina se quedó quieta con la mano en el aire, sosteniendo una taza.

—¿Un amigo? —repitió.

—Ajá. Estaba en la fiesta de anoche —dije—. Se quedó cerquita de ella todo el tiempo.

La vecina apoyó la taza despacio, como si pesara más de lo normal.

—¿Cerquita cómo?

Pensé un poco.

—Así —dije, acercándome a su lado—. Como cuando usted se pone delante de mí para que no me empujen en el mercado.

La vecina frunció la boca. No parecía enojada. Parecía pensando.

—¿Y qué más hacía ese amigo?

—No brindó —dije—. Todos levantaron sus vasos, menos él. Sacó una servilleta y la puso en la mesa. Mi mamá lo miró y dijo que sí, pero sin hablar.

No supe por qué dije eso último. Tal vez porque lo recordaba muy claro.

La vecina me miró como si yo hubiera dicho algo que no se le cuenta a los niños. Se acercó a la ventana y miró hacia la calle, aunque no había nada.

—¿Era elegante? —preguntó.

—No mucho —respondí.

La vecina suspiró. Se pasó la mano por el delantal y negó con la cabeza.

—Tu mamá siempre ha sabido escoger amistades… —murmuró, sin terminar la frase.

Con el pasar de los días comencé a notar que mamá estaba más feliz. No era algo grande, como cuando se ríe fuerte, sino algo chiquito, como cuando tararea mientras se pone los zapatos o cuando no se enoja si se le quema el arroz. Llegaba a casa con bolsas nuevas y de ellas salían cosas que brillaban: una blusa que nunca había visto, unos zapatos que no sonaban rotos al caminar, un vestido para mí que olía a tienda y no a jabón.

Eso me hacía feliz. Me gustaba verme al espejo con ropa nueva y que mamá dijera que me quedaba bien. Me gustaba cuando me peinaba despacio y no con apuro, como si el tiempo no la estuviera empujando por la espalda.

Pero había algo que no me gustaba.

Ahora pasaba más tiempo con la vecina.

No es que la vecina me cayera mal. Me daba comida rica y me dejaba ver la televisión más de lo normal. Pero yo quería estar con mi mami. Antes, aunque llegara cansada, siempre estaba conmigo. Ahora salía más seguido, y yo me quedaba esperando, sentada en la ventana, contando los autos.

Cada vez que salía, se arreglaba más. Se miraba en el espejo dos veces. Se pintaba un poquito los labios. Elegía la ropa con cuidado, como si fuera una fiesta, aunque no lo fuera. Yo pensaba que se veía linda, pero también pensaba que se veía distinta, como cuando una casa cambia de color y ya no parece la misma.

—¿Vuelvo pronto? —me decía.

Yo asentía, porque no sabía decir otra cosa.

Poco a poco me fue quedando claro que mamá se ausentaba para estar con su amigo. Al principio no lo pensé mucho, pero después empecé a reconocer las cosas, como se reconocen los juegos que siempre se repiten.

Cuando ella salía, yo me asomaba por la ventana. A veces veía un carro estacionado un poco más adelante, no justo frente a la casa. No era un carro bonito como los de la televisión, pero siempre era el mismo. Ya lo conocía. Sabía que, cuando estaba ahí, mamá no tardaba en volver a peinarse ni en ponerse los zapatos buenos.

Él nunca entraba. Esperaba afuera. Mamá salía rápido, como si no quisiera hacerlo esperar. Yo pensaba que eso era raro, pero también pensaba que así eran los amigos grandes.

Con el tiempo entendí que ese amigo nuevo se la llevaba para estar con ella. Yo no sabía a dónde iban. Solo sabía que mamá volvía distinta. No cansada. Más suave. Como si el día no le pesara tanto.

También volvía con cosas. A veces eran bolsas pequeñas, otras veces sobres doblados. Yo no preguntaba. Ella tampoco explicaba. Pero muchas de esas cosas eran para mí: cuadernos nuevos, zapatos que no me apretaban, un helado cuando no era domingo.

Eso no me molestaba. Al contrario. Me gustaba cuando llegaba con algo escondido en el bolso y me decía que cerrara los ojos. Yo los cerraba fuerte y pensaba que, tal vez, ese amigo no era tan malo.

A veces, mientras jugaba con algo nuevo, miraba a mamá guardar lo que sobraba en un lugar alto, donde yo no alcanzaba. Su cara se ponía seria por un momento, como cuando piensa mucho. Después me miraba y sonreía.

 

Y yo entendía, sin que nadie me lo dijera, que ese amigo era parte de nuestra casa, aunque nunca entrara en ella.

Pero hubo un día en que la vecina no me pudo cuidar.

Lo supe desde temprano, porque mamá habló con ella en la puerta y la vecina movía mucho las manos, como cuando explica algo difícil. Yo estaba sentada en el suelo, armando figuras con botones, y escuchaba mi nombre de vez en cuando. Cuando la puerta se cerró, la casa quedó muy callada.

Pensé que entonces mamá no saldría.

Ella se quedó un rato de pie, sin hacer nada, mirando la ventana. Después se sentó a mi lado en el piso y me jaló despacito hasta que quedé acurrucada contra su pecho. Olía a jabón y a ese perfume suave que solo usaba cuando salía con su amigo.

—Mina —me dijo—, hoy tengo que ir a un lugar.

Yo levanté la cabeza y la miré. No me gustaba cuando decía “un lugar” en vez de decir dónde.

—¿Y yo? —pregunté.

Ella me pasó la mano por el cabello, una y otra vez, como si me estuviera peinando sin peine.

—Hoy vas a venir conmigo.

Eso me sorprendió. No me dio miedo, pero me hizo cosquillas en la panza, como cuando uno se sube muy alto.

—¿Es lejos?

—Un poco —dijo—. Pero no es peligroso.

Yo pensé en el carro del amigo, en las bolsas nuevas, en la forma en que mamá se arreglaba. No dije nada. Ella siguió hablando, bajito.

—Necesito que te portes muy bien —me dijo—. Que no corras, que no preguntes cosas en voz alta y que no te alejes de mí.

Asentí rápido. Yo siempre podía portarme bien.

—Va a haber gente —continuó—. Personas que no te conocen. Así que si alguien te habla, tú me miras primero a mí, ¿sí?

—¿Puedo hablar? —pregunté.

Ella sonrió un poquito.

—Solo si te hablan bonito. Y solo poquito.

Me abrazó más fuerte.

—Esto es importante para mamá —dijo—. Y tú eres lo más importante que tengo.

Yo apoyé la cara en su cuello. Sentí que respiraba hondo, como si estuviera juntando aire.

—¿Vamos a una fiesta? —pregunté.

—No exactamente.

—¿Va a estar tu amigo?

Ella tardó un segundo en responder. No mucho, pero yo lo noté.

—Sí —dijo—. Él va a estar.

Eso me tranquilizó un poco, aunque no sabía por qué.

—Mina —dijo entonces—, pase lo que pase, tú te quedas conmigo. Si te digo que cierres los ojos, los cierras. Si te digo que me tomes la mano, la tomas fuerte. ¿Entendido?

—Sí, mami.

Me levantó el mentón con un dedo para que la mirara.

—Y si alguien te pregunta algo raro —añadió—, tú dices que estás cansada.

Yo repetí la palabra en voz baja, para no olvidarla.

—Cansada.

Mamá sonrió, pero sus ojos no sonreían igual. Me dio un beso largo en la frente y me ayudó a ponerme los zapatos buenos, los que solo usábamos cuando salíamos juntas.

El auto del amigo llegó puntual, como siempre. No era un coche raro, era muy normal la verdad. Era negro y sus vidrios eran tan oscuros. No se detuvo frente a nuestra puerta, sino un poco más allá. Mamá me tomó de la mano, y su palma estaba húmeda. Caminamos hacia él, y mis zapatos nuevos hacían un ruidito seco y alegre en el asfalto, un sonido que no pertenecía a ese silencio.

La puerta del conductor se abrió y él bajó. Era más alto de lo que pensaba, y no llevaba traje como la vez de la fiesta, sino una camisa de un color azul oscuro y unos pantalones que parecían cómodos pero caros. Cuando nos vio, su cara cambió. No fue una sonrisa pequeña, como la de la otra noche. Fue una sonrisa grande, que le abrió todo el rostro y le hizo aparecer arrugas alrededor de los ojos que no había visto antes. Se arrodilló, dejándose estar a mi altura.

—¡Mira quién está aquí! —dijo, y su voz era más fuerte de lo que imaginaba, cálida y llena de una alegría que parecía de verdad—. ¡La pequeña dama! Me dijiste que era una niña linda, pero no me dijiste que era la más guapa de la ciudad.

Mamá apretó mi mano un poco más. Él me extendió la suya, abierta, como si quisiera que se la diera. Dudé, mirando a mi madre. Ella asintió con la cabeza, un gesto casi invisible. Puse mi mano en la suya. Era grande, áspera en algunos sitios, cálida. No la apretó, solo la sostuvo por un segundo.

—Un placer, Mina. Soy un amigo de tu mamá. Y a partir de ahora, también un amigo tuyo.

Abrió la puerta trasera del coche para nosotros. El interior olía a cuero nuevo y a ese perfume de mamá, pero más fuerte. Me subí primero y me deslicé hasta el fondo del asiento, que era como un sofá grande y mullido. Mamá se sentó a mi lado y cerró la puerta, y el sonido fue seco y definitivo, como si nos hubiéramos encerrado en otro mundo.

Mamá llevaba un vestido nuevo. No era de fiesta, pero tampoco era de todos los días. Era de un color verde oscuro, y brillaba un poco cuando se movía. Tenía tiras finas que le cruzaban los hombros y se veía su espalda por completo, hasta donde empezaba la curva de su cintura. El vestido se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, y cuando se sentó, la tela se subió un poco, mostrándome sus rodillas. Se había pintado los labios de un rojo oscuro, casi como mora, y se había hecho un moño alto en la cabeza que le dejaba el cuello largo y desnudo. Parecía una actriz de película.
A mí me había hecho poner un vestido también. Era blanco, con lunares rojos pequeños. Tenía un lazo grande en la espalda, que ella misma me había anudado con mucho cuidado. Era un vestido de niña buena. Pero mientras me miraba antes de salir, me había dicho: «Hoy tú eres mi lucky charm. Mi amuleto de la suerte». No supe qué significaba, pero me sentí importante.

El coche se movió sin hacer ruido. No íbamos por las calles que conocía. Pasamos de las casas con sus luces a calles más anchas y más oscuras, donde los edificios eran más altos y no había gente caminando.
Él no hablaba mucho. Conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios. De vez en cuando, me miraba por el espejito y sonreía. Mi madre, en cambio, estaba muy quieta a mi lado. No miraba hacia afuera. Tenía las manos juntas en su regazo y sus dedos jugueteaban con el anillo que siempre llevaba. Su respiración era suave, pero yo sentía que estaba contenida, como si estuviera contando hasta diez una y otra vez.

El viaje duró lo que cuesta cantar una canción larga dos veces. Luego, el coche giró y entró en un lugar con muchas plantas y un portero que nos saludó con la cabeza. No era un edificio de departamentos. Era una casa, pero una casa tan grande que parecía un palacio pequeña. El coche se detuvo delante de una puerta grande y de madera oscura.

Él apagó el motor y se giró en su asiento. —Bueno, damas. Hemos llegado.

Mamá me tomó de la mano otra vez. —Recuerda, Mina. Quédate conmigo.

Él abrió nuestra puerta y bajó primero, como si quisiera recibirnos. La casa parecía vacía y silenciosa.

Caminamos hacia la puerta grande. Él no tocó el timbre. Sacó una llave y la abrió. El sonido de la cerradura al girar fue el único ruido. La puerta se abrió hacia un interior oscuro. No entró primero. Se hizo a un lado y le hizo una seña a mi madre.

—Por favor.

Mi madre apretó mi mano con más fuerza y dio el primer paso. La atraje conmigo hacia la oscuridad. Dentro, el olor era diferente. Olía a madera pulida, a perfume caro y a algo más, a un olor dulzón y denso que no pude identificar. La puerta se cerró detrás de nosotros con un eco sordo. Estábamos dentro. Y afuera, el mundo se había acabado.

El amigo de mamá nos guió, pero no tomándonos de la mano. Caminaba unos pasos por delante, como un explorador que abre camino en un territorio desconocido. No encendió ninguna luz, pero la casa no estaba a oscuras. Pequeñas lámparas de pie, con pantallas de cristal de colores, estaban encendidas en los rincones, arrojando manchas de luz azul, ámbar y verde en las paredes y en el suelo de mármol. Era como caminar dentro de un acuario. Mis zapatos hacían un eco diminuto, un «clic-clic» que parecía molestar en el silencio.

Llegamos a un espacio enorme, un techo de cristal por el que se veía el cielo. Y en el centro, había una fuente. Era redonda y grande, y en medio había una estatua de un ángel. No era un ángel con espada, sino uno con las alas plegadas y la cabeza gacha. De su boca salía un chorro de agua que caía sin hacer ruido, un hilo de plata líquida que se rompía en la superficie y formaba ondas perfectas. Me quedé mirándolo, hipnotizada. Era lo más lindo que había visto en mi vida.

—Es bonito, ¿verdad, Mina? —dijo el amigo, notando que me había detenido. Se arrodilló a mi lado—. Es un ángel que cuida la casa. Como tu mamá te cuida a ti.

Mi madre me tocó el hombro. —Vamos, mi amor.

Seguimos caminando, pasando al lado de la fuente. El aire estaba más húmedo aquí, y olía a agua y a noche. Al otro lado del gran salón, había una puerta de cristal abierta que daba a un jardín. Adentro, había dos hombres. Estaban de pie, cerca de unos arbustos altos, y en sus manos sostenían copas como las de la fiesta de la otra noche. El hielo chocaba ligero dentro de los vasos. Vestían trajes oscuros, muy elegantes, con camisas blancas muy blancas y corbatas de seda que brillaban bajo las luces del jardín. Uno de ellos era más viejo, con el pelo canoso y la cara arrugada, pero sonreía. El otro era más joven, con el pelo oscuro y peinado hacia atrás, y no sonreía. Solo escuchaba.

Cuando nos vieron, dejaron de hablar. El amigo nos hizo una seña con la cabeza para que nos acercáramos. Mi madre soltó mi mano por un segundo, y su cuerpo se irguió. Su forma de caminar cambió. Se acercó a ellos con una sonrisa lenta, la misma sonrisa de la fiesta.

—Disculpen la espera, caballeros —dijo, y su voz sonaba más suave, más melosa.

Se acercó primero al hombre más viejo. Él le sonrió ampliamente, y ella se inclinó y le dio un beso en la boca. No fue un beso rápido en la mejilla. Fue un beso largo, con los labios bien pegados. Luego se giró hacia el hombre más joven. Él no sonrió, pero la miró con una intensidad que me hizo sentir frío. Ella también se inclinó y le dio un beso en la boca, igual de largo que el anterior. El hombre más joven levantó una mano y le posó los dedos en el cuello, mientras la besaba, un gesto que era a la vez tierno y dueño.

Cuando se enderezó, mi madre volvió a mi lado y tomó mi mano. Su palma estaba sudada de nuevo.

—Caballeros —dijo, y su voz tembló un poquito, casi nada—. Les presento a mi hija, Mina.

Los dos hombres me miraron. El más viejo sonrió de nuevo, una sonrisa de abuelo amable. —Encantado, pequeña. Eres tan bonita como tu madre dice.

El más joven no sonrió. Me miró de arriba abajo, con sus ojos oscuros y fijos. No era una mirada de enojo, ni de amabilidad. Era una mirada de… aprecio. Como cuando uno mira un cuadro o un objeto bonito en una tienda. Me sentí como mi vestido de lunares rojas, como una cosa para ser vista.

—Es una réplica exacta —dijo el hombre más joven, y su voz era baja y grave—. Tiene los mismos ojos.

Mi madre apretó mi mano con fuerza. —Es mi alegría.

El amigo de mamá intervino entonces. —Mina es una chica muy tranquila. No molesta para nada. Viene a acompañarnos un rato.

—Qué bueno —dijo el hombre mayor—. Una presencia femenina siempre alegra el ambiente. ¿Quieres algo de beber, preciosa? ¿Un jugo?

Mi madre respondió por mí. —Ella no va a tomar nada, gracias. Solo está aquí conmigo.

El hombre más joven dio un paso hacia nosotros. Se arrodilló, como lo había hecho el amigo, pero su forma de hacerlo era distinta. No era para estar a mi altura, era para examinarme. Me olisqueó el pelo, como si fuera un animalito.

—Huele a niña —dijo, y luego miró a mi madre—. A niña limpia. Me gusta.

Se levantó y le susurró algo al oído a mi madre que no pude oír. Ella pálida un poco, pero asintió. El hombre mayor le pasó un brazo por los hombros a mi madre. —Bueno, ya que estamos todos aquí, ¿por qué no empezamos? El negocio espera.

El amigo de mamá se dirigió a mí. —Mina, mira que lindas flores hay por allá. ¿Por qué no vas a verlas? Quédate donde te alcance la vista.

Me señaló un rincón del jardín, lleno de rosas blancas. Era un lugar bien iluminado, pero lejos de donde ellos iban a estar. Miré a mi madre. Ella me dio una mirada que me dijo que obedeciera. Asentí.

—Vete, mi amor. No te alejes. Yo te veo.

Me soltó la mano y me empujó suavemente hacia el rincón de las rosas. Caminé hacia allí, pero me detuve al lado de una gran maceta, desde donde podía verlos y ellos no podían verme muy bien. Vi cómo los cuatro se sentaban en unos sillones de mimá que estaban alrededor de una mesa baja. El amigo de mamá sacó algo de su bolsillo, un sobre pequeño y marrón, y lo puso sobre la mesa. El hombre mayor lo tomó. El hombre joven, en cambio, no miró el sobre. Miraba a mi madre.

Mi madre se sentó en el borde de su sillón, erguida, con las manos en el regazo. Parecía una reina en su corte. Pero yo vi cómo su pierna temblaba, un temblor mínimo, casi invisible, que solo yo podía ver porque era mi mamá. Y entendí. Entendí que estábamos ahí por ese sobre. Y que mi presencia, mi vestido de luneras rojas, mi cabello peinado, era parte de lo que ellos estaban comprando. No era un amuleto de la suerte. Era un testigo. Y mi trabajo era ser bonita y callada. Y mientras yo observaba desde mi escondite entre las rosas, mi madre se inclinó hacia el hombre joven y él le acarició el pelo, y el negocio comenzó a hacerse en voz baja, entre susurros y caricias, bajo la luz de las estrellas y la sombra del ángel que lloraba agua.

Me quedé detrás de la maceta, con las hojas de un arbusto rozándome la cara. El olor de las rosas era dulce y pesado, casi enfermizo. Desde mi escondite, veía todo. Veía la mesa, los sillones de mimá, las copas brillando bajo la luz tenue del jardín. Veía a mi madre, una mancha de color verde oscuro en medio de los tres trajes oscuros.

El hombre mayor, el de las canas, abrió el sobre marrón. No lo contó. Solo lo miró, asintió para sí mismo y lo deslizó dentro del bolsillo de su chaqueta. Ese fue el final del dinero. El principio de lo otro.

—Muy bien, Elena —dijo el hombre mayor, y su voz ya no era la del abuelo amable. Era una voz de negocios, plana y cortante—. Siempre un placer.

Mi madre no respondió. Solo inclinó la cabeza, una aceptación silenciosa. Entonces, el hombre joven se levantó. Se acercó a mi madre desde atrás, como un animal que acecha. Puso sus manos sobre sus hombros, y vi cómo mi madre se tensó, cómo los músculos de su cuello se marcaron bajo la piel del vestido verde. Él began a masajearla, pero no era un masaje para relajar. Era un masaje de inspección. Sus dedos apretaban, recorrían la línea de sus huesos, bajaban por sus brazos. Era como si estuviera midiendo su mercancía, palpando la tela y lo que había debajo.

—Levántate —dijo el hombre joven, no a ella, sino al aire, como una orden que no esperaba respuesta.

Mi madre obedeció. Se puso de pie lentamente, y el vestido se ajustó a su cuerpo. El hombre joven se paró frente a ella. La miró de arriba abajo, con la misma mirada de antes, la del objeto en la tienda. Levantó una mano y le pasó el pulgar por el labio rojo, borrando un poco el color. Mi madre no se movió. No parpadeó. Era una estatua.

—Gira —ordenó.

Ella giró, lentamente, como una muñeca en un escaparate. Cuando le dio la espalda, el hombre joven puso sus manos en su cintura y la atrajo hacia él. Apoyó su cabeza en el hombro de ella y la olió, inhalando profundamente el perfume de su cabello y de su piel. Su otra mano bajó por la tela del vestido, hasta su trasero, y la apretó. Vi cómo los dedos se hundían en la carne, una posesión brutal y silenciosa. El hombre mayor observaba desde su sillón, tomando un sorbo de su bebida, su cara inexpresiva. El amigo de mi madre se había sentado un poco aparte, mirando hacia otro lado, como si lo que estaba pasando no tuviera nada que ver con él.

El hombre joven encontró la cremallera del vestido, en la espalda. La bajó con un solo movimiento largo y lento. El sonido del metal deslizándose fue el único ruido, agudo y definitivo. El vestido verde se aflojó, y mi madre quedó con la espalda desnuda bajo la luz del jardín. Su piel parecía brillar, blanca y suave. Él se apartó la corbata, desabrochó los botones de su camisa. No se la quitó. Solo la abrió, revelando un vello oscuro en su pecho y una piel pálida. Se acercó a ella y presionó su pecho contra la espalda desnuda de mi madre. Vi cómo ella tembló, una sacudida pequeña que le recorrió todo el cuerpo.

Él rodeó su cintura con un brazo y con la otra mano comenzó a bajarle las tiras del vestido, una por una. La tela se deslizó por sus hombros, cayendo lentamente. Primero, sus pechos quedaron al descubierto, pequeños y pálidos, con los pezones oscuros y erectos. Luego, el vestido continuó su camino, pasando por su cintilla, por sus caderas, hasta caer en un montón de tela verde a sus pies. Quedó allí, en medio del jardín, desnuda excepto por sus zapatos.

El hombre mayor se inclinó hacia adelante, su interés despertado por fin. El hombre joven empujó a mi madre suavemente, obligándola a arrodillarse sobre el césped. Ella se arrodilló, sin resistencia, con la espalda recta y la cabeza erguida. Él se arrodilló detrás de ella, desabrochándose el cinturón y el pantalón. No se quitó la ropa. Solo bajó lo suficiente para sacar su miembro, ya duro y pesado en su mano. Se lo frotó contra las nalgas de mi madre, contra el surco profundo que había admirado antes. Mi madre cerró los ojos.

Y entonces entró en ella. Con un movimiento lento y profundo. Vi cómo el cuerpo de mi madre se lanzaba hacia adelante con el embite, cómo una mueca de dolor o de placer, no supe cuál, cruzaba su cara. Él comenzó a moverse, con un ritmo lento y constante, empujándola con cada embestida. Sus manos estaban en sus caderas, controlándola, usándola. El hombre mayor se había levantado y se acercó, desabrochándose también los pantalones. Se paró frente a mi madre, le tomó la cara y la obligó a mirarlo. Le metió su miembro en la boca.

Y entonces entendí todo. Entendí por qué tenía que portarme bien. Por qué tenía que ser invisible. Estaban usando a mi madre. La estaban usando por delante y por detrás, como un objeto, como un juguete. Y el dinero en el bolsillo del hombre mayor era el precio. El precio de su boca, de su sexo, de su dignidad.

Yo no debía ver eso. Yo debía estar mirando las rosas. Pero no pude. No pude apartar la mirada. Vi cómo la cabeza de mi madre se movía hacia adelante y hacia atrás, guiada por las manos del hombre mayor. Vi cómo su cuerpo se balanceaba al ritmo del hombre joven. Veía sus pezones oscuros y duros balanceándose en el aire. Veía sus piernas temblando, sus manos apoyadas en el césped para no caerse. Y en medio de todo eso, yo estaba ahí. Escondida, con mi vestido de lunares rojos, sintiendo un nudo frío y duro en mi estómago. El jardín ya no era un lugar lindo. Era un escenario. Y mi madre era la actriz principal de una obra horrible que no tenía final.

El hombre joven se movía con una brutalidad tranquila, un ritmo constante que empujaba el cuerpo de mi madre hacia adelante, hacia el otro hombre que la usaba por la boca. Veía las lágrimas silenciosas correr por las mejillas de mi madre, lágrimas que se mezclaban con el sudor y con el brillo del jardín. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de esfuerzo, de sumisión. Era un animal aguantando una carga, y vi cómo sus rodillas se hundían más en el césped, cómo sus manos se aferraban a la tierra.

El hombre mayor se rio, un sonido bajo y gutural. —Mira qué bien la usa, Jorge. Tiene buena boca.

Y en ese momento, algo dentro de mí se rompió. No era el nudo frío de mi estómago. Era algo más fuerte, un cable que se tensó hasta el máximo y luego se partió. Ya no era una espectadora. Era su hija. Y nadie, ni siquiera un hombre con traje caro, podía hacerle eso a mi mamá delante de mí.

Salí de detrás de la maceta. Corrí, con mis zapatos nuevos haciendo un ruido estridente contra la piedra. Corrí directamente hacia ellos, gritando.

—¡Dejen de hacerle daño! ¡No le hagan daño a mi mamá! —grité, y mi voz sonó chillona y pequeña, un grito de niña en medio del silencio pesado de los adultos.

Se detuvieron. Los tres. El hombre joven se quedó dentro de ella, inmóvil. El hombre mayor soltó la cabeza de mi madre. Se giraron hacia mí, con una expresión de sorpresa, como si un perro hubiera empezado a hablar. Mi madre me miró, y por primera vez vi el pánico en sus ojos. Un pánico puro y absoluto.

—Mina, no… —susurró, su voz rota—. Mina, vete.

Pero no me fui. Me quedé allí, temblando, con los puños cerrados, desafiándolos con mi vestido de lunares rojos.

El hombre mayor fue el primero en reaccionar. Se rio, pero esta vez no fue una risa de burla. Era una risa de asombro, casi de afecto. Se arregló los pantalones y se acercó a mí, caminando lentamente. Se arrodilló, como lo habían hecho los otros, pero su rodilla tocó el césped con respeto.

—Hola, pequeñita —dijo, y su voz era suave, como la de un abuelo de verdad—. Vienes a defender a tu mamá, ¿eh? Eres una chica muy valiente.

Me pasó una mano por el pelo, con una delicadeza que no esperaba. Su toque fue cálido.

—No te preocupes. Nosotros no le hacemos daño. A tu mamá le gusta esto. Es nuestro juego. Un juego de mayores. ¿Lo entiendes?

Negué con la cabeza, con los labios temblando.

—Es que es un juego muy especial —continuó, y me miró a los ojos—. Y tú, al venir, lo has hecho aún más especial. Eres la sorpresa de la noche.

Mi madre, con el rostro demudado, se había enderezado un poco, el cuerpo del hombre joven todavía dentro de ella. —Por favor, Eduardo… —dijo, su voz un susurro suplicante—. llévatela de aquí.

El hombre mayor, Eduardo, se giró hacia ella. —No, no, Elena. No hay problema. Que la niña mire. Debe aprender de dónde viene el dinero de sus vestidos nuevos, ¿no crees?

Sonrió, y esa sonrisa me heló la sangre. Se levantó y se acercó a la mesa. Metió la mano a un bolso que hasta ahora no había visto y sacó un manojo de billetes. No eran solo unos pocos. Eran muchos. Volvió hacia mí y me los lanzó al aire, como si fueran confeti.

Los billetes cayeron a mis pies, sobre el césped verde y brillante. Dinero. Mucho dinero.

—Un regalo por tu valentía —dijo Eduardo—. Por ser una buena guardiana.

Miré a mi madre. Su rostro ya no mostraba pánico. Mostraba… nada. Estaba vacía. Sus ojos estaban fijos en los billetes a mis pies. Asintió, una vez, lentamente. Era la rendición final. La aceptación de que yo ya no era solo su hija. Era parte del juego.

Eduardo se giró hacia el hombre joven, Jorge. —Bueno, ya que tenemos una audiencia tan especial, ¿por qué no le mostramos algo más impresionante?

Jorge sonrió por primera vez. Era una sonrisa cruel, de dientes blancos y filosos. Se retiró de mi madre con un movimiento brusco, haciéndola gemir. Bastó un empujón para que se apoyara en sus manos y sus rodillas, con el trasero en el aire, ofrecido como un sacrificio.

—No… —susurró mi madre, mirando hacia mí, su rostro una máscara de terror—. No, por favor… no delante de ella…

Pero Eduardo ya estaba junto a mí. Se agachó y me susurró al oído, como si fuera un secreto entre nosotros. —Mira, Mina. Esto es lo que hacen las mujeres fuertes por las personas que quieren. Esto es amor. Un amor que duele. No mires con miedo. Mira con orgullo.

Se quedó a mi lado, una mano en mi hombro, asegurándose de que no me moviera. Jorge se arrodilló detrás de mi madre. Escupió en su mano y se la frotó en su miembro, que estaba duro y brillante. Luego, lo posicionó en el lugar equivocado. No en el lugar por donde había entrado antes, sino un poco más arriba, en ese lugar oscuro y cerrado que nadie debería tocar.

Mi madre gritó. Fue un grito corto, agudo, lleno de un dolor tan puro que me partió el alma. Trató de moverse, de escapar, pero Jorge la sujetó por las caderas con una fuerza de hierro.

—¡Quédate quieta, perra! —siseó él, y empujó.

Vi cómo mi madre se doblaba, cómo su espalda se arqueaba en un ángulo imposible. Vi cómo el cuerpo de Jorge se hundía en ella, en un lugar que no estaba hecho para eso. Sus nalgas se abrieron, y su ano se estiró hasta un punto que parecía imposible, tragándose el miembro de Jorge pulgada a pulgada. Era violento, antinatural, horrible.

Eduardo apretó mi hombro. —Mira, Mina. No apartes la vista. Esto es lo que vale. Esto es lo que paga tus vestidos y tu comida y tu techo.

Y yo miré. No pude hacer otra cosa. Miré mientras Jorge la follar por el culo, con embestidas cada vez más profundas y más rápidas, mientras mi madre lloraba sin hacer ruido, con la cara enterrada en el césped, con el cuerpo temblando bajo el asalto. Miré el dinero a mis pies, los billetes de colores que parecían flores venenosas. Y entendí. Entendí el precio de mi vestido de lunares rojos. Entendí el precio de la felicidad de mi madre.

Vi cómo se hundía, y el cuerpo de mi mamá se hizo una bola, como si quisiera desaparecer. Gimió, un sonido bajito y agudo, como el que hace un gatito cuando lo pisan. Sus manos se abrieron y cerraban, agarrando pedacitos de césped, arrancándolos de la tierra. El lugar donde él entraba era muy chiquito, un puntito oscuro que se abrió, se estiró y se rompió. Se veía la piel tirante, roja alrededor de él, como si estuviera a punto de sangrar. Era como ver a alguien meter algo duro en un lugar blandito, y mi panza se revolvió como si me fuera a vomitar.

Jorge se movía adentro de ella, empujando y jalando. Cada vez que empujaba, mi mamá daba un golpecito con la cabeza contra el suelo. Sus nalgas, que eran redondas y bonitas, ahora estaban abiertas de una forma fea, y se veía todo lo que él le hacía. El hombre de las canas, Eduardo, seguía agarrándome del hombro. Su mano era como un clavo que me clavaba en el suelo.

—¿Ves, Minita? —me dijo al oído, y su aliento olía a la bebida de su vaso—. Ese es su agujerito secreto. El lugar donde guarda sus tesoros. Pero Jorge es bueno encontrando tesoros, ¿sabes? Y tu mamá es muy generosa.

No entendí lo que quería decir con tesoro. Solo veía dolor. Veía cómo el miembro de Jorge, que era grande y blanco con venas azules, entraba y salía de ese lugar rojo y pequeño de mi mamá. Cada vez que salía, se veía más brillante, más mojado. Y cada vez que entraba, mi mamá temblaba toda.

Eduardo soltó mi hombro. —¿Quieres tocarla? —me preguntó, y sus ojos brillaban como los de un gato en la oscuridad.

Moví la cabeza. No quería.

—Claro que quieres —dijo él, y me tomó la muñeca. Su mano era fuerte y seca—. Es tu mamá. Está bien tocarla. Es para que aprendas.

Me jaló hacia adelante, arrastrándome por el césped. Estábamos ahora muy cerca, tan cerca que podía oler el sudor de mi mamá y el olor raro del sexo. Podía ver los detalles. Veía cómo el ano de mi mamá se abría y se cerraba alrededor del miembro de Jorge, cómo la piel se estiraba hasta parecer que se iba a romper. Veía las gotas de sudor correr por la espalda de mi mamá y caer en el hueco de su espalda.

—Tócala —dijo Eduardo, y empujó mi mano hacia el trasero de mi mamá—. Tócala la espalda. Dile que estás aquí.

Mi mano temblaba. La acerqué lentamente y la puse sobre la espalda de mi mamá. Estaba caliente y mojada. Sentí cómo temblaba bajo mis dedos, un temblor profundo que venía de adentro. Mi mamá no me miró. Solo siguió con la cara en el césped, llorando en silencio.

—Así se hace —dijo Eduardo, satisfecho—. Ahora, pon la otra mano. Ponla aquí.

Tomó mi otra mano y me la guio hacia abajo, hacia el lugar donde se unían. Me la puso justo al lado del miembro de Jorge, sobre la piel de mi mamá. Sentí el calor, sentí cómo la piel de mi mamá se movía con cada embestida de Jorge. Sentí la dureza de él a través de la piel blanda de mi mamá. Era una sensación extraña, caliente y dura y viva todo junto. Me dio mucho asco, pero no la saqué. Estaba paralizada.

Jorge se rió. —La niña tiene buena mano —dijo, sin dejar de moverse—. Ya va aprendiendo.

—Claro que sí —dijo Eduardo—. Tiene que aprender el oficio. Es la herencia de su madre.

Jorge empezó a moverse más rápido. Más fuerte. Mis dedos sentían cada golpe, cada embestida. El cuerpo de mi mamá ya no temblaba, se sacudía. Sus piernas empezaron a patinar en el césped, como si quisiera escapar pero no tuviera fuerzas.

—Apúrate, Jorge —dijo Eduardo, y su voz sonaba impaciente—. Termina ya.

Jorge apretó las caderas de mi mamá con tanta fuerza que sus dedos se blanquearon. Dio un último empujón, muy fuerte, muy hondo, y se quedó quieto. Vi cómo sus testículos se contraían. Un gruñido bajo salió de su garganta. Se estaba corriendo adentro de mi mamá, en ese lugar feo y roto. Se quedó así un rato, temblando, y luego se retiró lentamente.

Cuando él salió, vi el agujero de mi mamá. Ya no era un puntito. Era un agujero abierto, rojo y húmedo, y de él salía una cosa blanca y espesa, la misma cosa que él había metido. Se le escurría por la pierna, pegajosa y brillante a la luz del jardín. Mi mamá se quedó así, con las nalgas al aire, llorando, sin moverse.

Eduardo se levantó. Me soltó la mano. —Buen trabajo, Mina. Eres una buena alumna.

Se acercó a mi mamá y le dio una palmadita en el trasero, justo donde estaba todo mojado. —Gracias, Elena. Fuiste perfecta, como siempre.

Se arregló el pantalón y se fue hacia la casa, sin mirarnos más. Jorge se quedó un rato, mirando a mi mamá tirada en el suelo. Se rió y le dio una patada suave en la pierna. —Limpia eso, perra. No lo dejes tirado.

Luego también se fue, caminando con paso tranquilo hacia la casa. Y nosotras dos nos quedamos solas en el jardín. Mi mamá, tirada en el césped, sangrando y llorando. Y yo, de pie, con mi vestido de lunares rojos, con la mano todavía caliente por el sudor y el dolor de mi madre, y con los billetes de colores brillando a mis pies como flores venenosas. El olor a sexo y a dinero era lo único que respiraba.

Cuando los hombres se fueron, el jardín se quedó muy callado. Solo se oía el llorido de mi mamá, un llorido chiquito y ahogado, como si le doliera el pecho. Yo me quedé quieta un rato, mirándola tirada en el césped. Luego me agaché y me senté a su lado. La acaricié el pelo, que estaba todo mojado y pegado a su cara.

—Mamá… ¿estás bien? —pregunté, y mi voz sonó muy bajita.

No me respondió. Solo siguió llorando. Mi mano bajó de su pelo a su espalda, que seguía temblando. La seguí bajando más, hasta la piel de sus piernas. Estaban calientes. Mis dedos pasaron por el interior de sus muslos, y sentí algo pegajoso. Era la cosa blanca que había salido de ella, la cosa del hombre. Me llené la mano de eso. Era caliente y un poco espeso. Mi curiosidad me hizo seguir subiendo la mano, hasta donde el dolor había sido. Mis deditos rozaron el lugar que estaba rojo y abierto, el ano maltratado de mi mamá. Ella se estremeció toda y gritó un poquito, como si la hubieran pinchado.

Se enderezó de golpe, sentándose en el césped. Se apartó de mí, como si tuviera miedo. Me miró, y sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas. Su cara era una máscara de dolor.

—Mina… —dijo, y su voz era un susurro roto—. Ay, mi Mina… Perdóname. Perdónamelo, mi vida. Te lo ruego.

Se abrazó a las rodillas y empezó a sollozar, con todo el cuerpo. No entendía por qué me pedía perdón.

Justo entonces, el amigo de mamá vino. Caminó hacia nosotros, con paso tranquilo. Se arrodilló frente a mi mamá, pero no la tocó.

—Elena… ¿estás bien? —preguntó, y su voz no era ni buena ni mala. Era una voz de trabajo.

Mi mamá levantó la cabeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. —Sí —dijo, aunque su voz temblaba—. Estoy bien.

—¿Necesitas un momento?

—No. ¿Cuánto tiempo falta? —preguntó mi mamá, y su voz sonó cansada, como si no le importara la respuesta.

—Un par de horas, Elena. Todavía falta —dijo él.

Mi mamá cerró los ojos y asintió, como si aceptara una sentencia. Luego me miró. Vio mi mano, llena de la cosa blanca y pegajosa. Sus lágrimas volvieron a salir, pero esta vez no lloró fuerte. Las lágrimas solo se deslizaban por su cara.

—Mina… recoge los billetes del suelo —me dijo, y su voz era suave, como una orden de mamá—. No los dejes ahí.

Me agaché y empecé a juntar los billetes, que estaban arrugados y un poco húmedos por el rocío de la noche. Mi mamá se acercó a mí. Me tomó la mano, la mano que estaba sucia. La miró un segundo, y su cara se hizo toda chiquita y triste. Entonces, hizo algo que nunca me imaginé. Se llevó mi mano a su boca y empezó a lamerla.

Lamió mis dedos, uno por uno. Lamió mi palma. Su lengua era caliente y suave, y limpió toda la cosa pegajosa, la cosa del hombre. La lamía como si fuera medicina, como si estuviera curando mi mano. No me miraba a los ojos. Solo me lamía la mano, mientras las lágrimas seguían cayendo sobre mi piel. Cuando terminó, mi mano estaba limpia y caliente de su saliva.

—Te esperamos dentro —dijo el amigo de mamá desde la puerta.

Mi mamá se levantó. No se puso el vestido verde. Se quedó desnuda, con su cuerpo marcado y su cara llena de lágrimas. Me tomó de la mano, la mano que ella acababa de lamer, y me llevó hacia la casa.

Entramos y la puerta se cerró detrás de nosotros con un sonido sordo. La casa adentro era más cálida. Estábamos en una sala grande, con alfombras gruesas y sofás de cuero oscuro. Jorge estaba allí. Estaba completamente desnudo. Su ropa no estaba por ningún lado. Estaba recostado en uno de los sofás, con una pierna levantada. Su cuerpo era blanco y tenía vello en el pecho. Su miembro estaba flojo ahora, descansando sobre su muslo.

Eduardo estaba en un sillón, seguía vestido con su traje elegante, pero su pantalón estaba desabrochado y su pene estaba afuera. Estaba duro, muy duro, parado hacia arriba como un dedo señalando al techo. Lo tenía en una mano, frotándolo despacio, mientras nos miraba llegar.

—Ah, aquí están las chicas —dijo Eduardo, y su voz sonaba contenta—. Elena, ven aquí. Y trae a tu muñeca.

Mi mamá me soltó la mano y caminó hacia él, con la espalda recta y la mirada fija en el suelo. Se arrodilló frente a él, entre sus piernas abiertas. Él le pasó una mano por el pelo.

—Has sido muy buena —le dijo—. Pero la noche no ha terminado.

Él miró hacia mí. —Y tú, Minita. Ven aquí. Siéntate en el suelo, al ladito de tu mamá. Es hora de que aprendas el segundo juego.

Mi mamá se arrodilló frente a Eduardo, y yo me quedé quieta, como una estatua, mirando. Él le acarició el pelo, como si a una perrita. —Muy buena, Elena. Muy obediente. Pero te has ganado un descanso. Hoy, la estrella eres tú —dijo, y miró hacia mí.

Mi corazón se paró. Sentí como si todo el aire se me saliera del pecho.

—Jorge —llamó Eduardo, sin dejar de mirarme—. Ven a disfrutar de tu premio. Tómate a la madre.

Jorge se levantó del sofá. Estaba completamente desnudo, y su cuerpo se movía con una seguridad que me daba miedo. Se acercó a mi mamá, que todavía estaba arrodillada, y le tomó la cabeza con las dos manos. La obligó a mirarlo. Mi mamá no tenía nada en la cara. Estaba vacía. Él sonrió y la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Luego, metió su miembro, que ya no estaba duro pero era grande y oscuro, directamente en la boca de mi mamá. Mi mamá cerró los ojos y lo dejó hacer. Empezó a mover la cadera, embutiéndoselo hasta el fondo. Yo veía cómo el cuello de mi mamá se hinchaba cada vez que él empujaba. Era un juego feo, un juego de ahogarla.

Eduardo me hizo una seña con su dedo. —Ven aquí, Minita. No tengas miedo. Tu turno.

Mis pies no querían moverse. Estaban pegados al suelo. Pero mi mamá, con la boca llena de él, me miró y movió la cabeza un poquito, como diciéndome que fuera. Que obedeciera. Di un paso, y luego otro, como si caminara sobre cristales rotos. Me paré a su lado, en la alfombra suave y oscura. El olor aquí era más fuerte, a perfume, a sudor y a algo salado.

Eduardo abrió más sus piernas. Su pene estaba parado, muy duro, con la piel tirada y un puntito brillante en la punta. Tenía venas gordas que subían por el costado, como raíces.

—Sabes cómo hacer esto, ¿verdad? —me dijo—. Lo has visto. Tu mamá es una maestra. Tú tienes la misma sangre.

Me tomó de la nuca y me acercó. Su miembro me rozó la mejilla, caliente y duro. —Ábrela, pequeñita. Abre la boquita.

Yo no quería. Tenía la boca cerrada con todas mis fuerzas. Pero él apretó mi nuca y el dolor me hizo abrir la boca. En cuanto la abrí, él la llenó. Me la empujó adentro, y el sabor fue horrible. Era salado, un poco amargo, y olía a Eduardo. Ocupaba todo mi espacio, me tocaba el paladar, me hacía falta aire. Empecé a ahogarme, a lagrimear.

—Así se hace —dijo él, con una voz de felicidad—. Usa la lengua. Limpialo bien.

No sabía cómo. Moví la lengua despacio, por donde pude. Él empezó a moverse en mi boca, adentro y afuera, como le hacía Jorge a mi mamá. Yo sentía cómo me dolía la mandíbula, cómo las lágrimas me caían por la cara. A un lado, veía a mi mamá, con los ojos cerrados, mientras Jorge la usaba como un trapo. A mí me estaba usando Eduardo, el viejo.

—No te olvides de los huevos —dijo Eduardo, y se retiró de mi boca.

Me agarró la cabeza y me la empujó hacia abajo. Ahí estaban sus testículos, una bolsa arrugada y peluda. —Lámelos. Chúpalos. Uno por uno.

Me frotó la cara contra ellos. Eran suaves y calientes. Olían más fuerte que su pene. Me los metió en la boca, uno primero y luego el otro. Eran grandes y me llenaban la boca, no sabía si respirar o morder. Él se reía, un bajito ronroneo. —Sí, así… así se cría a una buena hembra.

Después de un rato, me soltó. Me empujó un poco hacia atrás. Yo pensé que ya había terminado, que el juego feo se había acabado. Pero me equivoqué.

—Ahora lo mejor —dijo Eduardo, y su voz era un susurro excitado—. La coronación.

Se levantó del sillón. Se retiró por completo sus pantalones. Se giró y se agachó, poniendo las manos en sus rodillas. Me dejó ver su trasero, grande y blanco. Y en el medio, entre sus nalgas, vi su ano. Era un puntito oscuro, arrugado, rodeado de pelos. Se giró un poco para mirarme.

—Ahora tú, Minita. Tú eres la elegida. Ven y dame un beso especial. Un beso en mi tesoro escondido.

No podía creerlo. Miré a mi mamá. Ella me estaba mirando también. Sus ojos estaban abiertos de par en par, y por primera vez esa noche, vi algo en ellos que no era vacío ni dolor. Era pánico. Un pánico tan grande que parecía que le iba a salir por los ojos. Movía la cabeza, un poquito, un no silencioso que solo yo podía entender.

Pero Eduardo ya me tenía agarrada de nuevo. Me jaló hacia él. Mi cara quedó a un centímetro de su trasero. El olor era intenso, a piel, a sudor, a algo sucio y profundo.

—Besa —ordenó.

Cerré los ojos y apreté la boca. Él me apretó la nuca con tanta fuerza que grité. En el momento en que abrí la boca para gritar, me empujó contra su ano. Mis labios tocaron la piel arrugada y caliente. Sentí el sabor salado y feo en mi lengua. Él me frotó la cara contra él, moviendo mi cabeza de un lado a otro.

—Sí… sí… así… lámelo, perrita chiquita… láme a tu amo.

Yo no lloraba. Ya no tenía lágrimas. Era como si mi alma se hubiera ido a otro lugar y solo mi cuerpo estuviera ahí, siendo usado. Sentí su mano en mi cabeza, empujándome, y mi lengua, sin querer, entró un poquito en ese agujero oscuro y caliente. Él gimió, un sonido de animal satisfecho.

A mi lado, mi mamá había dejado de succionar a Jorge. Él la tenía agarrada del pelo, obligándola a mirarnos. La obligaba a ver lo que me hacían a mí. Y en ese momento, mientras mi lengua estaba en el ano de Eduardo, y mientras mi mamá me miraba con un horror que no podía gritar, entendí que ya no éramos madre e hija. Éramos dos cosas, dos juguetes en un juego de hombres, y nuestro dolor era su diversión. Y el dinero estaba pagando por esto, por este beso feo y oscuro que me estaba robando el alma.

Eduardo se enderezó lentamente, y yo caí hacia atrás, sobre la alfombra. Mi cara estaba mojada, no de lágrimas, sino de él. Olía a suciedad, a su olor, y sentía un sabor amargo en mi boca que no se me iba. Me limpié la boca con el dorso de la mano, pero el sabor seguía ahí, como si me lo hubiera bebido.

Jorge soltó a mi mamá. Ella cayó de lado sobre la alfombra, tosiendo, con los hilos de saliva colgando de su boca. Estaba hecha un trapo, con los ojos vidriosos y el cuerpo temblando.

—Bueno, eso fue un aperitivo delicioso —dijo Eduardo, arreglándose el pantalón. Parecía contento, como después de una buena comida—. Pero el plato fuerte está por llegar. Jorge, trae la caja.

Jorge asintió y salió de la sala. Volvió un minuto después, cargando una caja de madera oscura. No era una caja grande, parecía una caja de música, pero no tenía nada de bonita. Era pesada y simple. La puso en la mesa de centro, en medio de la sala.

Eduardo me miró. —Ven aquí, Minita. La estrella de la noche tiene que ver su regalo.

Me levanté, con las piernas temblando. Me paré al lado de él, frente a la caja. Mi mamá también se había arrastrado hasta allí, y se arrodilló en el suelo, con la cabeza baja, como si supiera lo que venía.

Eduardo levantó la tapa de la caja. Dentro, sobre un terciopelo rojo, había cosas. No eran juguetes. Eran cosas raras, de metal y de cristal. Había una cosa que parecía un pajarita de plata, con pinzas en los extremos. Había otra cosa que parecía un pene de metal, pero liso y muy gordo. Y había una cosa más pequeña, con forma de perla, que brillaba bajo la luz.

—¿Ves, Minita? —dijo Eduardo, señalando la cosa de plata—. Esto es para hacer que tus pechos se pongan bonitos. Para que siempre se acuerden de nosotros.

La tomó con cuidado. Las pinzas parecían dientes pequeños. Se agachó frente a mi mamá. Elena, sin que se lo dijera, se enderezó y empujó su pecho hacia adelante, ofreciéndomelo a mí. Eduardo me miró. —Tú. Tú lo haces. Tú le pones la joya.

Me puso la cosa fría en la mano. Me acercé a mi mamá. Su pecho estaba justo frente a mi cara. Su pezón era oscuro y duro. Con la mano temblando, abrí la pinza de plata y la acerqué a su pezón. No sabía cómo hacerlo. Eduardo me guió la mano. Aprieté. Mi mamá gritó, un grito corto y agudo, y su cuerpo se arqueó hacia atrás. La pinza se quedó allí, colgando, un peso de plata tirando de su piel. Eduardo me dio la otra. Hice lo mismo con el otro pecho. Mi mamá lloraba en silencio, con dos lágrimas de plata colgando de ella.

—Perfecto —dijo Eduardo, admirando su obra—. Ahora, la segunda joya.

Tomó la cosa de metal, gorda y lisa. La pasó por mi entrepierna, sobre mi vestido. —Esto va en tu tesoro, Minita. En tu boquita chiquita de abajo. Para que te acostumbres a estar llena.

Mi mamá levantó la cabeza, y sus ojos tenían una súplica tan grande que me dolió. —No… por favor… no a ella… —murmuró—. Háganme a mí lo que quieran, pero no a ella.

Eduardo la miró con frialdad. —Cállate, Elena. Es su turno. Su iniciación. Acuéstate y abre las piernas para que tu hija aprenda.

Mi mamá me miró, y en su vi toda la rendición del mundo. Se acostó de espaldas en la alfombra, con las piernas abiertas. Su sexo estaba frente a mí, rojo y húmedo. Eduardo se agachó y me tomó la mano. —Metele el dedo. Primero uno, luego dos. Ábrela bien.

Con los ojos cerrados, metí un dedo en el sexo de mi mamá. Estaba caliente, mojado y blando. Metí otro. Eduardo me empujó la mano, metiéndome los dedos más adentro. —Ahora, ponle la joya.

Tomé la cosa de metal. Era fría y pesada. La puse en la entrada de mi mamá. Eduardo me empujó la mano, y la cosa de metal entró lentamente, abriéndola, llenándola. Mi mamá gimbió, un sonido bajo y largo.

—Bien —dijo Eduardo, satisfecho—. Y ahora, la última sorpresa.

Tomó la perla pequeña y brillante. Se agachó y se la metió a mi mamá en el culo, en el agujero rojo y dolorido. Mi mamá gritó y todo su cuerpo se tensó.

—Ahora —dijo Eduardo, mirándome a mí—. Tú vas a sacarlas. Con la boca. Una por una.

Me miré las manos. Estaban sucias. Olían a mi mamá. —Primero la de abajo —dijo él.

Me obligué a agacharme, a poner mi cara entre las piernas de mi mamá. Con los labios, agarré la cosa de metal que sobresalía un poquito. La jalé con los dientes. Salió con un sonido húmedo y feo. La dejé caer en la alfombra. Olía a mi mamá, a su dolor, a su interior.

—Ahora la otra —dijo Eduardo.

Giré a mi mamá, que estaba temblando sin parar. La besé en el culo, en el lugar donde estaba la perla. La jalé con los dientes, y salió fácilmente. Era pequeña y resbaladiza.

—Y por último… las joyas de los pechos —dijo Eduardo, con una voz de emoción.

Fue lo más difícil. Tuve que subir sobre mi mamá, poner mi cara en su pecho. Con la boca, jalé de una de las pinzas de plata. Salió de golpe, y mi mamá gritó y un chorro de leche salió de su pezón, cayéndome en la cara. Era caliente y dulce. Me sorprendió. Hice lo mismo con la otra. El mismo grito, el mismo chorro de leche.

Cuando terminé, mi mamá y yo estábamos bañadas en sudor, lágrimas y leche. Las tres joyas brillaban en la alfombra.

—Qué espectáculo —dijo Eduardo, aplaudiendo despacio—. La madre y la hija, unidas por el dolor y el placer. Es una obra de arte.

Se agachó, tomó la perla y el pene de metal. Pero se quedó con la pinza de plata. Me la dio. —Para ti, Minita. Un recuerdo de tu primera noche. Guárdala bien.

La cerré en mi mano. Estaba fría y pesada. Era una joya fea, hecha de dolor. Pero era mía. Y de alguna manera extraña, me sentía orgullosa. Había sobrevivido. Había hecho lo que me dijeron. Y ahora tenía una prueba. Una prueba de que ya no era una niña.

La pinza de plata estaba fría y pesada en mi mano. No era una joya bonita. Era una cosa con dientes. La miré, y vi cómo la luz de la lámpara brillaba en sus puntas afiladas. Mi mamá yacía en la alfombra, como una muñeca rota, con sus pechos goteando leche y su sexo abierto y vacío. Estaba llorando, pero sin hacer ruido, solo con el temblor de su cuerpo.

Eduardo se quedó mirándonos, con una sonrisa de orgullo. Pero luego miró hacia abajo, a su pene, que todavía estaba duro y parado, como si no se hubiera dado cuenta de que el juego había terminado.

—Pero bueno… —dijo, como si hablara solo—. El artista todavía tiene su inspiración. Y la obra maestra no está completa.

Se acercó a la mesa y tomó la cosa de metal, la gorda y lisa. La sostuvo en su mano, y pareció más grande y más amenazante que antes. Me miró a mí.

—Minita… te prometí una joya para tu tesoro escondido. Una joya que te acompañará siempre.

Mi mamá se incorporó de golpe. Se sentó, con las piernas cerradas, y me cubrió con su cuerpo, como una gallina que esconde a su pollito. —¡No! —gritó, y su voz fue fuerte y clara, llena de un miedo que nunca había oído—. ¡Por favor, Eduardo, no! Es una niña. Es mi niña. No la toques. Te lo ruego.

Jorge, que estaba recostado en el sofá, se rió. —Qué dramática, Elena. Siempre tan teatral.

Eduardo no se rio. Su cara se puso fría. —Cállate, perra. Ya no decides tú. La niña es mía esta noche. Es el pago final.

Se agachó y me tomó del brazo. Su fuerza era increíble. Me jaló hacia el centro de la alfombra, lejos de mi mamá. —Quítate ese vestido —me ordenó—. Quiero ver a la niña, no a la muñeca.

Mis manos temblaban tanto que no podía encontrar los botones. Eduardo perdió la paciencia. Agarró el cuello de mi vestido y lo rompió. Lo desgarró hacia abajo, y los botones saltaron por el aire, haciendo un ruido como de granizo. Quedé desnuda, temblando de frío y de miedo. Nunca nadie me había visto así. Mi cuerpo era chiquito y delgado, sin curvas, con mis pezones planos como botones.

—Mira eso —dijo Eduardo, con una voz de hambre—. Una tela en blanco. Perfecta.

Me empujó y me tiró en la alfombra. Me abrió las piernas con fuerza. Mi mamá se arrastró hacia nosotros, llorando y suplicando, pero Jorge la agarró por el pelo y la tiró de vuelta al sofá. —Tu turno ya pasó, puta. Ahora disfruta el espectáculo.

Eduardo se arrodilló entre mis piernas. Miró mi sexo, un lugar que nadie había tocado nunca. Era solo un pliegue chiquito de piel. Pasó su dedo por ahí, y yo sentí un escalofrío. Era una sensación extraña, no de dolor, sino de… invasión.

—Virgen —murmuró él, como si probara una palabra deliciosa—. Virgen y pura. Qué desperdicio dejarla así.

Tomó la cosa de metal y la pasó por mi entrepierna. Estaba fría y me hizo estremecer. La puso en la entrada de mi sexo. No la metió. Solo la apoyó ahí. —Ahora vas a sentir algo, Minita. Algo que te cambiará para siempre. Vas a sentir cómo te abres. Cómo naces de verdad.

Y comenzó a empujar.

La cosa de metal era dura y no se doblaba. Mi piel se estiró, se estiró más de lo que creí posible. Sentí una presión inmensa, como si me estuvieran abriendo con un cuchillo. Luego, sentí un pinchazo, un dolor agudo y seco que me recorrió todo el cuerpo como un rayo. Grité. Grité con todas mis fuerzas, un grito de animalito que lo matan.

Y entonces, algo se rompió adentro. La cosa de metal entró de golpe, llenándome, desgarrándome. El dolor fue tan grande que me quedé sin aire, sin voz. Sentí como si me estuvieran partiendo en dos. Eduardo la metió hasta el fondo, hasta que su mano tocó mi piel. Me quedé allí, con los ojos muy abiertos, sin poder moverme, con una cosa fría y dura enterrada dentro de mí, en un lugar que ahora estaba ardiendo en dolor.

—Sí… —sopló Eduardo, con los ojos cerrados, como si estuviera saboreando mi grito—. Así se hace. Ya no eres una niña. Ahora eres una mujer.

Empezó a mover la cosa de metal dentro de mí, adentro y afuera. Cada movimiento era un nuevo pinchazo, una nueva ola de dolor. Yo no lloraba. Ya no podía. El dolor era demasiado grande para lágrimas. Era un fuego que me consumía por dentro.

Mientras tanto, en el sofá, Jorge se había excitado de nuevo viéndonos. Le había dicho a mi mamá que se pusiera a cuatro patas en el suelo, frente a mí. Se arrodilló detrás de ella y la folló otra vez, con fuerza, mientras me obligaba a mirarme a los ojos. Mi mamá me miraba, y sus ojos eran dos pozos de dolor y de vergüenza. Veía mi dolor, y eso le dolía más a ella que lo que le estaba haciendo a él.

Eduardo seguía moviendo la cosa de metal dentro de mí, más y más rápido. El dolor se estaba mezclando con otra cosa, con un calor extraño que me subía por la panza. No me gustaba, pero no era solo dolor. Era algo más, algo confuso y feo.

—Estoy cerca… —gimió Eduardo—. Cerca…

Jaló la cosa de metal de mí con un movimiento brusco, y el dolor me hizo gritar de nuevo. Se arrodilló sobre mi pecho, apuntándome su pene a la cara. —Abre la boca, mi obra de arte. Recibe tu bautismo.

Yo no podía. La tenía cerrada, temblando. Entonces, mi mamá gritó desde el sofá: —¡Mina, hazlo! ¡Hazlo, mi amor, por favor!

Con el corazón hecho pedazos, abrí la boca. Eduardo la llenó de una vez, y con un rugido profundo, se corrió. Sentí cómo la cosa caliente y espesa me llenaba la garganta, me ahogaba, me obligaba a tragar. Era salado, amargo, y olía a él. Me corría por los labios, por la barbilla, cayendo sobre mi cuello y mi pecho chiquito.

Cuando terminó, se levantó y me miró. Estaba bañada en él, en su semen, con mi sexo sangrando y mi alma rota. Sonrió. —Ahora sí. Ahora la obra está completa. Eres mía, Minita. Para siempre.

El amigo de mamá me alzó en sus brazos. No era como cuando mamá me levantaba. Él era más fuerte, pero sus brazos eran como una jaula de madera, no me apretaban, pero no me dejaban caer. Me sentía pesada, como si me hubiera llenado de agua por dentro. La cabeza me colgaba hacia atrás y veía el techo alto de la sala, con sus luces que parecían estrellas tristes. Jorge todavía estaba detrás de mamá, moviéndose como un perro que no se cansa. Oía los golpecitos, el sonido de su piel contra la de ella, y el resuello de él, como si estuviera corriendo.

—Estás bien, Mina? —me preguntaba el amigo de mamá, una y otra vez. Su voz era baja y no tenía emoción. Era como cuando la vecina me pregunta si quiero más galletas. Solo era algo que se dice.

No le contestaba. No sabía qué decir. ¿Estaba bien? Mi cuerpo dolía en un lugar que ni sabía que existía. Mi boca tenía un sabor feo, como a sal y a cobre. Mi cara estaba pegajosa. Pero lo que más dolía no era el cuerpo. Era un hueco frío en medio de mi pecho, como si me hubieran arrancado el corazón y lo hubieran dejado tirado en la alfombra con las joyas de metal. Así que solo movía la cabeza un poquito, para que se callara.

Finalmente, Jorge hizo un ruido fuerte, como de animal, y se quedó quieto. Mamá se derrumbó hacia adelante, como si le hubieran quitado todos los huesos. Él se retiró de ella, y vi cómo su cosa, que estaba mojada y blanda, salía con un sonido chiquito y feo. Se paró, se estiró y se fue caminando hacia la casa, sin mirarnos. Como si ya no fuéramos interesantes.

Mamá se quedó en el suelo, un montoncito de piel temblando. Después, se movió. Se levantó de a poquito, como si le costara mucho trabajo. Buscó su vestido verde, que estaba hecho una bola en el césped. No se lo puso. Lo sostuvo en sus manos, mirándolo, como si fuera de otra persona. Caminaba despacio, como si estuviera aprendiendo de nuevo.

Ya no lloraba. Su cara estaba seca, pero sus ojos estaban rojos y vacíos, como los ojos de los muñecos que tienen la pintura gastada. No miró a Eduardo, que ya no estaba. Tampoco me miró a mí. Se acercó, con el vestido en una mano y los zapatos puestos, y me extendió los brazos.

—Dámela —le dijo al amigo de mamá. Su voz no tenía llanto. No tenía nada. Era plana.

Él me pasó a sus brazos sin decir nada. Mamá me sostuvo contra su pecho. Olía a sudor, a Eduardo, a Jorge, a mí. Su piel estaba caliente, pero no era un calor de abrazo. Era el calor de la fiebre.

—Podemos irnos? —le preguntó a él, mirando por encima de mi hombro.

Él asintió. —Sí. Ya pagaron. Pagaron muy bien.

Mamá no dijo nada a eso. Solo me apretó un poquito más y empezó a caminar hacia la puerta. El amigo de mamá iba detrás de nosotros. No me vistieron. No tenía ropa. Mi vestido de lunares rojas estaba roto en el suelo de la sala, como una piel de serpiente que se cambió. Así que salí de la casa desnuda, en brazos de mi mamá, con la cabeza en su hombro y mis piernas colgando en el aire frío de la noche.

El coche nos esperaba, oscuro y silencioso. El amigo de mamá abrió la puerta trasera y mamá se metió conmigo. Se sentó en el medio y me acomodó en su regazo, como cuando era chiquita y me asustaba un trueno. Cerró la puerta y el mundo de afuera desapareció otra vez.

El amigo se sentó al lado del conductor. No arrancó el coche de inmediato. Se giró un poco para mirarnos.

—Fue una noche buena, Elena —dijo—. Muy buena. El dinero es excelente.

Mamá no lo miraba. Me acariciaba el pelo, una y otra vez, con los dedos pasando lento por mi cabello. Era el mismo movimiento con el que me peinaba cuando estaba tranquila, pero ahora no me transmitía tranquilidad. Me transmitía tristeza, una tristeza tan grande que no cabía en sus ojos y se le salía por las manos.

—Les encantó la niña —siguió diciendo él, y su voz sonaba un poco contenta, como cuando uno vende algo caro—. Dijo que era la mejor inversión. Que quiere verla otra vez. Pronto.

Mamá se detuvo. Su mano se quedó quieta en mi cabeza. Sentí cómo se le ponía la piel de gallina, aunque dentro del coche hacía calor.

—No —dijo mamá, y su voz fue un susurro, pero era un susurro fuerte—. No a ella. A mí lo que quieras, pero a ella no.

El amigo se rio. No fue una risa grande. Fue una risita chiquita, que me hizo sentir más frío que el aire de la noche.

—Elena, Elena… ya no decides tú. ¿No lo entendiste? Tú ya no eres el producto principal. Eres la muestra. Ella es la mercancía. El futuro. Su virginidad valía una fortuna, y ahora que está rota, su formación vale el doble. Eduardo es un hombre de negocios. Invierte en el futuro.

Mamá apretó la mandíbula. Vi cómo un músculo saltaba en su mejilla. Me abrazó tan fuerte que me costó respirar. Yo sentía su corazón latiendo rápido, un tambor de miedo en su pecho.

El amigo dejó de reír. Su cara se puso seria.

—Sabes lo que pasa si te portas mal. Y ahora ya no es solo contigo. Piensa en ella. En lo que le pueden hacer si tú no estás ahí para protegerla.

Eso la calló. Porque era verdad. Ahora él tenía algo más para lastimarla. Tenía mi cuerpo.

El amigo arrancó el coche. Nos movimos en silencio por el camino oscuro, lejos de la casa. Yo estaba en el regazo de mamá, desnuda, y sentía cómo el cuero frío del asiento me pegaba en la espalda y en las piernas. Mamá seguía acariciándome el pelo, pero ahora sus dedos temblaban un poquito. Cerré los ojos. No quería ver nada. Quería desaparecer.

Pero no podía desaparecer. Porque podía sentir el dinero. El amigo de mamá tenía un sobre en el portaguanteras. Lo sacó y lo abrió con el dedo. No lo contó. Solo miró dentro y luego lo miró a mamá.

—Te dije. Es una fortuna.

Mamá no levantó la vista. Pero yo sí. Miré el sobre. Era gordo, lleno de billetes. Billetes de colores. Billetes que olían a nuevo y a viejo, a poder y a mí. Billetes que habían pagado mi dolor, la sangre de mi sexo, el sabor de mi boca.

Mamá me miró con lastima. No con lástima por lo que me había pasado. Con lástima porque sabía que ahora entendía. Entendía el precio de todo. El precio de los zapatos nuevos, de las blusas brillantes, de la comida en la mesa. Todo se había pagado esta noche. Con mi cuerpo. Con mi alma.

Llegamos a nuestra casa. El cielo ya empezaba a ponerse gris, como un trapo sucio. El coche se detuvo un poco más lejos, como siempre. El amigo se giró.

—Mañana a las nueve. Tengo un nuevo cliente para ti. Solo para ti. Necesitas estar bonita.

Mamá asintió, sin decir nada.

—Y a la niña… déjala que descanse. Por ahora.

Subimos las escaleras en silencio. Cada paso de mamá en el piso de madera sonaba como un latido de corazón en una casa vacía. No encendió ninguna luz. La luna, que ya no estaba tan redonda, entraba por la ventana del pasillo y dibujaba fantasmas en la pared. El aire de la casa olía a cerrado, a polvo, a normalidad, y ese olor me dolió más que todo lo demás.

Fuimos directamente al baño. Mamá me dejó parada en el centro del piso de baldosas frías.

Se acercó a mí y, por primera vez esa noche, me miró de verdad. Miró mi cara, mi pelo, mi pecho, mis piernas. Sus ojos se llenaron de agua, pero no se le cayeron. Se quedó así, mirándome, con la cara desencajada.

—Ay, mi niña… mi niña bonita… —susurró, y su voz se quebró como un vaso de cristal.

Se arrodilló frente a mí. Me tocó la mejilla con la yema de los dedos, muy suavecito. Sentí cómo se le pegaba el semen seco.

—Estás toda… toda sucia, mi amor. Vamos a limpiarnos, ¿vale? Vamos a quitarnos todo esto de encima.

Mientras decía eso, empezó a desvestirse. Se quitó el vestido verde que sostenía en la mano y lo tiró a una esquina, como si fuera basura. Estaba desnuda igual que yo. Vi su cuerpo en el espejo, marcado por moretones que yo no conocía, por líneas rojas en sus caderas. Supe que no eran solo de esta noche.

Abrió la ducha y el agua empezó a caer con un ruido fuerte que llenó todo el silencio. Me tomó de la mano y me metió debajo de la regadera. El agua estaba caliente, casi quemando, y me hizo gritar un poco. Pero era un buen grito. El agua caliente me golpeó la cara, los hombros, el pecho, y sentí cómo la mugre se empezaba a deshacer. El semen pegajoso de mi pelo se licuó y empezó a correr, junto con mis lágrimas, que al fin salieron.

Mamá se puso detrás de mí y con sus manos empezó a fregarme. No era como cuando me bañaba antes, con juguetes y espuma y canciones. Era como si quisiera arrancarme la piel. Usó el jabón, frotó mi pelo con tanto fuerza que me dolió el cuero cabelludo, limpió mi cara, mi cuello, mi pecho, mis piernas. Y mientras me lavaba, lloraba. Lloraba en silencio, con la cara apoyada en mi espalda, y sus lágrimas se mezclaban con el agua caliente y mi sangre.

—Lo siento —decía una y otra vez, entre sollozos—. Lo siento, Mina. Lo siento, mi vida. Perdón. Perdón.

Cuando mi cuerpo ya no olió a nada más que a jabón, me sentó en el borde de la bañera y se sentó en el suelo, con el agua chorreando por su pelo y su espalda. Me tomó las manos, que estaban arrugadas por el agua.

—Tengo que contarte, Mina. Tienes que saberlo todo. Porque… porque ahora ya estás dentro. Y no hay salida.

Yo la miré. Tenía los ojos tan rojos y tan tristes que parecían dos heridas.

—Empezó mucho antes de que nacieras tú. Tu padre… se fue. Y no dejó nada. Ni dinero, ni comida, ni amor. Y yo tenía hambre, Mina. Tenía tanta hambre que me dolía el estómago todo el tiempo. Un día, una mujer en el mercado me ofreció dinero por… por estar con un hombre. Solo una vez. Dijo que era fácil. Y lo hice. Pensé que sería solo una vez. Para comprar leche, para pagar el alquiler.

Se detuvo, secándose una lágrima con el dorso de la mano.

—Pero no fue solo una vez. Una vez se convirtió en dos, y dos en diez. Y me di cuenta de que podía comprar cosas bonitas. Podía vestirte bien, podíamos comer en restaurantes, podíamos vivir en una casa limpia. La gente me miraba y me decía qué buena madre era, qué bien te tenía. Y yo les creía. Me engañaba a mí misma pensando que esto era amor, que esto era cuidarte. Que te estaba dando una vida mejor.

Apretó mis manos.

—Me llaman puta. Los hombres, las otras mujeres… hasta yo me lo digo a veces en la noche cuando no puedo dormir. Soy una puta, Mina. Eso es lo que soy. Una mujer que vende su cuerpo para sobrevivir. Para darte a ti una vida que yo nunca tuve.

Me miró con tanto miedo, con tanta vergüenza, que mi corazón se hizo más chiquito. Ella, mi mamá, que siempre era tan fuerte, parecía una niña asustada.

—Y yo… yo era tan estúpida. Pensé que podría mantenerte a ti apartada. Pensé que mi mundo y tu mundo no tenían que tocarse nunca. Pero el dinero… el dinero nunca es suficiente. Siempre quieren más. Y ahora…ellos… Eduardo… él dijo que el dinero era por ti. Dijo que eras una inversión. Y yo lo dejé pasar. Yo te dejé pasar. Yo te vendí, Mina. Yo soy la peor de las putas, porque vendí a mi propia hija.

Se echó a llorar de nuevo, con la cara entre las manos. Su cuerpo entero temblaba. Y en ese momento, no sentí rabia. No sentí asco. Sentí una pena tan grande por ella que casi no podía respirar. La vi, a mi mamá, sola en el suelo de un baño, desnuda y rota, y supe que ella también estaba muerta por dentro.

Me agaché y la abracé. La abracé fuerte, como me había abrazado ella en el coche. Le besé la cabeza, que estaba mojada y olía a jabón.

—No llores, mamá —le dije, y mi voz sonaba más ronca de lo que pensaba—. No llores.

Ella levantó la cara, sorprendida.

—¿Cómo no voy a llorar si… si yo…?

—Está bien —la interrumpí—. Está bien, mamá.

La miré a los ojos. Tragué saliva, que todavía tenía un sabor feo.

—Si tú eres una puta… entonces yo también quiero ser una puta.

Mamá parpadearon, sin entender nada.

—¿Qué dices, mi niña? No digas esas cosas.

—Lo digo en serio —insistí, y sentí que mis palabras eran las más verdaderas que había dicho nunca—. Prefiero ser una puta contigo. A que me dejes sola. No quiero que me dejes sola, mamá. No quiero que vayas a esas casas y yo me quede aquí esperando. Si ser como tú es el precio para estar contigo, entonces yo lo pago. Quiero estar contigo. Siempre.

Mamá me miró, y sus ojos se abrieron tanto que parecían dos lunas llenas. El llanto se detuvo. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Y entonces, me abrazó. Me abrazó tan fuerte que casi me rompe, me apretó contra su piel mojada y lloró, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de… no sé qué. Alivio, quizás. O amor. Un amor tan grande y tan feo y tan doloroso que nos estaba matando a las dos.

Nos quedamos así, abrazadas en el suelo del baño. Y en ese momento, supe que mi vida había cambiado para siempre. Que ya no era una niña. Que éramos nosotras dos, mi mamá y yo, contra un mundo que nos quería rotas. Y que lo haríamos juntas. Como putas. Como madre e hija. Como todo lo que nos quedaba.

El abrazo duró hasta que el agua de la ducha se puso completamente fría y nuestros cuerpos empezaron a temblar, no de miedo, sino de frío. Mamá se apartó primero. Me miró con los ojos hinchados, pero ya no había pánico en ellos. Había una calma extraña, como la que viene después de una tormenta muy grande.

—Vamos, mi amor —dijo, y su voz era suave, casi un susurro—. Vamos a secarnos.

Nos secó a las dos con una toalla grande y áspera, como si fuera un ritual. Me frotó con cuidado, como si mi piel fuera de papel de arroz. Luego me envolvió en ella y me llevó en brazos, como si volviera a ser un bebé, fuera del baño y hacia mi habitación. La puerta estaba entreabierta y la luz gris de la mañana entraba, iluminando el polvo que danzaba en el aire.

Me acostó suavemente en mi cama, sobre las sábanas de lunares que ahora parecían de otro mundo. Ella se sentó a mi lado, con la toalla envuelta alrededor de su torso. Me miró un rato, sin decir nada, y yo la miré también. Por primera vez, nos veíamos iguales. Dos mujeres desnudas, marcadas, en la luz de un nuevo día que no prometía nada bueno.

—Mina… —empezó, y se aclaró la garganta—. Tengo que… tengo que mirarte. Para asegurarme de que… de que estás bien. ¿Me dejas?

Asentí con la cabeza. No entendía bien, pero si ella lo decía, tenía que ser.

Me pidió que abriera las piernas. Lo hice, sin pensar, confiada. Me sentí vulnerable, expuesta, pero no con ella. Con ella estaba segura.

Se inclinó, con el pelo mojado cayéndome sobre los muslos, y me separó suavemente los labios de mi vagina con los dedos. Su tacto era clínico, cuidadoso. No era el toque de Eduardo. Era el toque de mamá. Su respiración se cortó.

—Ay, Dios mío… —murmuró, y vi una lágrima solitaria caer sobre mi muslo—. Te hizo daño, el cabrón.

Me quedé quieta, mirando el techo. Sentía sus dedos explorando, con una delicadeza que me ponía la piel de gallana.

—¿Aun te duele, mi vida? —preguntó, sin levantar la vista—. Dime la verdad. ¿Duele mucho?

Un poco —dije, y mi voz sonaba como la de una persona ajena—. Arde. Un poquito.

—Sí, tiene que arder… —suspiró—. No me lo puedo creer. No me lo puedo creer que haya pasado. Un vibrador… no puedo creer que un vibrador haya entrado en tu vaginita de cinco añitos. Mi bebé… mi vaginita…

Yo la escuché, tratando de entender la palabra. «Vibrador». Sonaba raro, como el nombre de un juguete de esos que brillan y hacen ruido. Pero la forma en que lo decía, con tanto asco y dolor, me hizo sentir curiosidad.

Levanté la cabeza y la miré.

—Mamá…

—Sí, mi amor.

—¿Qué es un vibrador?

Elena se quedó quieta. Levantó la cara y me miró, con los ojos muy abiertos. Se le olvidó el dolor, se le olvidó mi herida. Por un segundo, solo parecía confundida.

—¿Un… un qué?

—Un vibrador —repetí, más despacito—. ¿Qué es? ¿Es como un cohete?

Se enderezó, sentándose en la cama. Se pasó una mano por el pelo mojado y me miró como si acabara de caer del cielo. Una sonrisa triste y extraña se dibujó en sus labios.

—Un cohete… no, mi amor. No es un cohete. Es… es una cosa. Un juguete. Para adultos.

—¿Un juguete? —pregunté, intrigada—. ¿Como mis muñecas?

—No. Nada que ver. Es… es de plástico, o de metal. Tiene la forma de… bueno, la forma de la cosa de los hombres, pero más liso, más bonito a veces. Y… y vibra.

—¿Vibra?

—Sí. Se mueve solo. Hace «brrrrrrrr» —hizo un sonido con sus labios, imitando una vibración—. Es para que las mujeres… para que nos sintamos bien. Para darnos placer.

Me quedé pensando en eso. Un juguete que se movía solo y que daba placer. No lo entendía. El placer que yo conocía era el dulce de fresa, o un abrazo de mamá, o ver los dibujos en la tele. Esto sonaba diferente.

—¿Y… y por qué te pones triste si es un juguete? —le pregunté, con toda la inocencia de mis cinco años—. Si da placer, ¿no es bueno?

La sonrisa de mamá se convirtió en una mueca de dolor. Me tomó la mano y me la apretó.

—Porque no es para niñas, Mina. Es para cuerpos de mujeres. Cuerpos que ya están crecidos. Cuerpos que eligen usarlo. Tú… tú no elegiste. Él te metió ese juguete en tu cuerpo sin preguntarte. Lo usó para hacerte daño, no para darte placer. Lo arrancó. Por eso es malo. Por eso no es un juguete, es un arma.

Ah. Ah, ya entendía. Era como cuando mi vecino me quitaba mi pelota y la usaba para romper mis ventanas. La pelota era mi juguete, pero en sus manos era una cosa mala que hacía daño. El vibrador era el juguete de las mujeres, pero en las manos de Jorge era un arma que me había roto por dentro.

Asentí, satisfecha con mi propia conclusión.

—Ah. Ok.

Mamá me miró, asombrada por mi calma, por mi capacidad de entender lo inentendible. Volvió a inclinarse, pero esta vez no para mirarme mi herida. Esta vez me dio un beso en la frente. Un beso largo, húmedo, que olía a jabón y a lágrimas.

—Tú eres mucho más fuerte que yo, Minita —susurró—. Mucho más.

Se quedó ahí, con la cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón latir, un ritmo pequeño y firme que decía: sigo aquí. Sigo aquí. Y yo le acaricié el pelo, como ella había hecho conmigo en la ducha. En ese momento, en mi cama, con la mañana entrando por la ventana, no éramos una puta y su hija. Éramos dos supervivientes. Y por primera vez desde que todo empezó, sentí que quizás, solo quizás, podríamos sobrevivir juntas.

A la mañana siguiente, el sol entró por mi ventana y por un momento creí que todo había sido una pesadilla. Pero luego sentí el dolor sordo y ardiente entre mis piernas, y el sabor amargo en mi boca, y supe que era real. Mamá se movió por la habitación como un fantasma, vestía un robe de seda gastada y sus ojos tenían ojeras oscuras. No me miró mucho. Me preparó cereal con leche y me senté en la cocina, comiendo en silencio mientras ella tomaba un café negro, mirando un punto en la pared.

A las nueve en punto, sonó el timbre. Era la vecina, doña Carmen, una mujer gorda y sudorosa que siempre olía a ajo y a perfume barato. Mamá le sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Carmen, te agradezco mucho que me cuides a la princesa hoy. Tengo que… ir a trabajar.

—Claro que sí, Elena, para eso estamos las vecinas —dijo doña Carmen, metiéndose en la casa como si fuera suya—. ¡Pero qué niña tan bonita! Ven aquí, mi angelito, vamos a ver caricaturas.

Mamá me agachó y me dio un beso en la frente. Su piel estaba fría.

—Portate bien, mi amor. Te quiero.

—Te quiero también, mamá —dije, y me fui con doña Carmen sin mirar atrás.

Ese día fue raro. Por unas horas, volví a ser una niña normal. Vimos caricaturas en su sofá pegajoso. Me hizo sándwiches de jamón con queso que tenían mucho mayonesa. Y, como siempre, después del almuerzo me sacó sus cuadernos de la universidad, que eran un desastre de manchas de café y tachones.

—Ay, Minita, tú que eres tan lista —me dijo, pasándome una hoja llena de números raros—. Ayúdame con esto, por favor. ¿Qué significa esta cosa de «derivadas»? Es que este profesor no sabe explicar y se reía

Me senté en la alfombra con un lápiz y miré los símbolos. No sabía qué eran, pero me gustaba cómo se veían. Empecé a dibujarlos en un papel aparte, uniéndolos como si fueran trenes. Doña Carmen me miraba, asombrada.

—¡Mira, ya lo estás entendiendo mejor que yo! Eres una genia.

No era una genia. Solo era una niña aburrida que encontraba patrones en el caos. Pero me gustó que me lo dijera. Me gustó sentirme útil, sentirme normal.

Cuando mamá volvió, ya casi era de noche. Doña Carmen me había dado de comer un plato de lentejas con chorizo, y estábamos viendo una película donde un perro hablaba. La puerta se abrió y mamá entró. Se veía cansada, pero su maquillaje estaba impecable. Llevaba un vestido negro ajustado y tacones altos. No olía a sudor ni a miedo. Olía a perfume caro y a algo más, a un olor dulzón y metálico que reconocí.

Doña Carmen se fue, murmurando sobre lo tarde que era. Mamá cerró la puerta y se apoyó en ella, suspirando. Se quitó los tacones con un gemido de alivio.

—Hola, mi vida. ¿Estuviste bien?

—Sí —dije, corriendo a abrazarla

Me abrazó, pero el abrazo fue corto. Me soltó y me miró de arriba abajo.

—¿Te portaste bien? ¿Comiste?

—Sí. Y tú, mamá, ¿cómo te fue? —pregunté, con el corazón latiéndome deprisa—. ¿Me vas a contar todo?

Se quedó paralizada. Su sonrisa se congeló en sus labios. Me miró como si no me reconociera. Pero luego, algo cambió en sus ojos. Una chispa. Una sonrisa pícara y retorcida se dibujó en su boca. Una sonrisa que no había visto nunca.

—¿De verdad quieres saber, mi pequeña pervertida? —dijo, y su voz era un susurro bajo y excitado—. ¿Segura?

Asentí con toda la fuerza de mi cabeza.

Me tomó de la mano y me llevó al sofá. Se sentó y me subió a su regazo, como cuando era pequeña, pero esta vez era diferente. Sentía el tejido áspero de su vestido y el calor de su cuerpo a través de mi pijama.

—Fui a un hotel, hija. Muy lujoso, todo de oro y cristal. Y el cliente era un muchacho, bastante joven. No tenía ni veinte años, pero me miraba con unos ojos de lobo. Y tenía el cuerpo duro de un atleta.

Hizo una pausa, disfrutando mi atención.

—Y su verga, Minita… su verga era enorme. Más grande que la de Jorge, más gorda y más larga. Era una obra de arte, oscura y con venas gruesas como gusanos.

Me estremecí en su regazo, no de miedo, sino de una curiosidad febril.

—¿Te lo metió por la cola, mamá? —pregunté, casi sin aliento—. ¿Como Jorge?

Mamá rio, una risa baja y gutural que me vibró en la espalda.

—Oh, no, mi amor. Primero fue por el sitio de siempre. Me tiró en la cama de seda y me la metió a fondo de un solo golpe. Casi me desmayo del gusto. Me folló como si quisiera romperme por dentro, me daba la verga hasta que me salían los ojos de las órbitas. Gritaba, me llamaba su puta, su zorra… y yo le pedía más, siempre más.

Me apretó contra ella.

—Y cuando estuvo a punto de terminar, me la sacó, toda mojada de mi coño y de su baba, y me la puso en la cara. Me la frotó por mis mejillas, mis labios, mis ojos. Y entonces me la metió por el culo. Sí, mi amor, como a Jorge. Pero él lo hizo con cuidado. Este muchacho me la clavó como un cuchillo. Me abrió en dos. Me dolía, pero era un dolor tan rico, tan prohibido… me sentía sucia y santa al mismo tiempo.

Cerré los ojos, imaginando todo. La imagen era nítida y vibrante en mi cabeza.

—¿Y… y el semen, mamá? —susurré—. ¿Dónde lo echó?

—Ah, el semen… —dijo ella, y su voz se volvió soñadora—. Se corrió dentro de mi culo, mi amor. Lo sentí caliente, llenándome por dentro, un río de leche espesa y caliente. Y cuando se la sacó, me quedé ahí, con el culito roto y goteando su leche. Se rió y me dijo que era un desastre.

Abrió los ojos y me miró con una intensidad que me quemó.

—Y entonces vino lo mejor, mi pequeña cerdita. Lo mejor de todo. Se paró sobre mí, con su verga todavía goteando, y me dijo: «Abre la boca, perra». Y yo la abrí, como una buena niña. Y me orinó en la boca.

Me quedé sin respirar.

—Sí. Me llenó la boca de su orina. Estaba caliente, un poco salada, me quemó la garganta. Me hizo tragar, me obligó a beberlo todo mientras me llamaba su inodoro, su cubo de basura. Y yo lo tomé todo, Minita. Se lo bebí todo. Y cuando terminó, me besó, probándose su propia orina en mi lengua.

Se quedó callada, acariciándome la espalda. El silencio era denso, cargado de los olores y los sabores que ella acababa de describir.

—Ahora tú dime —me susurró al oído, con la voz ronca de excitación—. ¿Te excitó, mi amor? ¿Se te mojó la cosita al escuchar todo lo que hizo tu mamá?

No supe qué decir. Sentía un calor húmedo creciendo en mi pijama, un hormigueo en mi panza que bajaba hacia mi herida. Asentí, sin palabras.

Ella rio otra vez, satisfecha.

—Bueno. Ya ves. No es tan malo ser una puta. A veces… a veces es hasta divertido.

39 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, hija, madre, mayor, mayores, padre, sexo, vecina
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