Siempre en Marcha
La pistola descansaba sobre la mesa, reflejando en su plástica superficie los últimos destellos de la tarde. No era grande ni imponente, era un juguete inofensivo, pero para Samuel representaba algo más..
A Samuel le llamaban Sami, iba en segundo año de medicina en la universidad, un joven de pocos amigos. No porque fuera tímido, sino porque nunca encontraba razones para quedarse. Siempre estaba en marcha.
La pistola había aparecido en su vida de la forma en que muchas cosas lo hacían: por casualidad. No la compró ni la pidió, simplemente terminó en su mochila una tarde cualquiera, como si el destino hubiera decidido ponerla en su camino.
Todo comenzó en el mercado del barrio, un sitio caótico donde su madre hacía las compras cada sábado. Sami había acompañado a su hermano menor, Mateo, de ocho años, mientras su madre regateaba por el precio de las frutas. Entre los puestos de dulces y juguetes baratos, Mateo encontró la pistola: negra, con detalles plateados y un peso engañoso que la hacía parecer real.
Samuel tuvo una idea, de esas que pasan por la mente en pocos segundos y que, antes de que pudiera cuestionarla, ya había puesto en marcha. Aprovechó un momento de distracción de su madre y compró la pistola. No era cara, apenas un juguete de plástico pintado para parecer real, pero cuando la sostuvo en sus manos, sintió un extraño peso, como si llevara algo más que un simple objeto.
Y allí estaba él, horas después, en su habitación, observando la pistolita bajo la tenue luz de su lámpara. Era tarde, todos en casa dormían… todos excepto él y su madre.
Escuchó sus pasos en el pasillo, el sonido de sus tacones contra el suelo de madera. Rápidamente guardó la pistola en un cajón y apenas tuvo tiempo de girarse cuando la puerta se abrió.
Su madre apareció en el umbral, vistiendo un vestido rojo demasiado corto y con un escote que apenas dejaba lugar a la imaginación. Samuel desvió la mirada, incómodo. No era la primera vez que la veía así, arreglada para salir a esas horas, pero eso no lo hacía menos extraño.
—¿No puedes dormir? —preguntó ella, apoyándose contra el marco de la puerta.
Él negó con la cabeza y forzó una sonrisa.
—No tengo sueño.
Ella suspiró y se arregló el cabello con los dedos.
—No hagas ruido si vas a estar despierto. Que duermas, Sami.
Samuel apretó los puños sobre la sábana. Odiaba ese tono, ese tono cortante que ponía punto final a todo antes siquiera de empezar.
—Mamá… —insistió, con la voz baja pero firme—. No tienes que seguir haciendo esto.
Ella se detuvo un instante, aún de espaldas. Sus hombros subieron y bajaron en un suspiro profundo antes de responder.
—No vamos a tener esta conversación otra vez, Sami. —Su tono era seco, distante, como si ya estuviera cansada de la discusión antes de que realmente comenzara—. Tengo que irme.
Samuel sintió que algo se le atoraba en la garganta. Sabía que no debía insistir, que cualquier intento de hacerla cambiar de opinión solo terminaría en una pelea o, peor aún, en el mismo silencio de siempre.
La vio alejarse por el pasillo, los tacones resonando en la casa dormida. Él seguía allí, con la pistolita aún en su cajón y una sensación fría instalándose en su pecho.
La madre de Samuel, Lorena, pasó luego por las otras dos habitaciones. Primero se detuvo en la de Mateo y Sofía, los más pequeños. El niño dormía abrazado a su viejo oso de peluche, mientras que la niña estaba enredada en sus sábanas, respirando profundamente. Lorena los observó por un momento, con una expresión difícil de descifrar, y luego cerró la puerta con cuidado.
Después caminó hasta la habitación de Andrea y Lucas, los mayores después de Samuel. Andrea dormía de lado, con los audífonos aún puestos. Lucas, en cambio, estaba boca abajo, con un brazo colgando de la cama.
Lorena no dijo nada. Solo los miró, como si quisiera grabarse sus rostros antes de salir. Luego suspiró y siguió su camino.
Abrió la puerta de la casa con cautela, bajó los escalones con pasos rápidos y se subió a su auto. Encendió el motor, echó un último vistazo a la casa en penumbras y, sin dudarlo más, se marchó.
Samuel escuchó el motor del auto alejarse hasta que el sonido se perdió en la distancia. Se quedó quieto por unos segundos, sintiendo la respiración agitada en su pecho. Luego, sin dudarlo más, se puso de pie.
Se vistió con un saco de capucha negra, metió la pistolita en la parte trasera de su pantalón y, cuidando de no hacer ruido, salió de casa. La noche estaba fría, pero él no lo sentía. Caminaba con pasos firmes, su mandíbula apretada, su expresión marcada por la furia.
No dejaba de pensar en su madre. En el vestido rojo. En la forma en que había salido de casa, como si nada importara, como si aquello fuera normal.
Apretó los puños dentro del saco y siguió caminando hasta el paradero de buses. Se detuvo bajo la luz amarillenta del poste y esperó en silencio. Al poco tiempo, llegó el bus que estaba esperando. Subió sin mirar al conductor, pagó el pasaje y avanzó hasta el fondo, donde se dejó caer en un asiento junto a la ventana.
El reflejo en el vidrio le devolvió su propia mirada: fría, tensa, cargada de algo que ni él mismo sabía definir. Solo sabía que tenía que seguir en marcha. Casi una hora después, Samuel se puso de pie y anunció su parada con voz firme. Bajó del autobús en un paradero que quedaba justo sobre un puente, desde donde podía verse el río corriendo en la oscuridad.
Era un sector alejado de la ciudad, un punto de entrada y salida donde los autos pasaban a gran velocidad sin detenerse demasiado. Solo unas pocas viviendas esparcidas a lo lejos proyectaban su luz en el paisaje, junto con las farolas de la amplia avenida. A pesar de la iluminación artificial, el aire era distinto allí, más denso, cargado de algo que no tenía nombre.
Samuel no titubeó. Sabía a dónde debía dirigirse. Se ajustó la capucha y comenzó a caminar por un sendero paralelo al río. Con cada paso, el ambiente se volvía más hostil.
Las casas empezaron a desaparecer, dejando espacio a estructuras más deterioradas, paredes cubiertas de grafitis y callejones oscuros. Se cruzó con algunas personas, muy pocas, pero todas le lanzaban miradas extrañas. No pertenecía a ese lugar, y ellos lo sabían.
A pesar de las miradas inquisitivas, Samuel siguió adelante. El frío de la noche se mezclaba con la rabia ardiendo en su interior. Su respiración era pesada, su mente un torbellino.
Solo un pensamiento lo mantenía en marcha: encontrarla.
De pronto, el camino llegó a su fin. Frente a Samuel se alzaba una cerca de acero, alta y firme, coronada en la parte superior por un enorme alambre de púas en espiral que se extendía a lo largo de toda la estructura.
Se detuvo por un momento, observándola. El frío del metal reflejaba la luz de los faroles más cercanos, dándole un brillo amenazante. Pero Samuel no se echó atrás.
Comenzó a rodear la cerca con pasos lentos y cautelosos, explorando cada rincón, buscando un punto de entrada. Sabía que debía haberlo. Nada era completamente impenetrable.
Mientras avanzaba, sentía la tensión en sus músculos aumentar. El lugar estaba en completo silencio, salvo por el sonido lejano del río y algún murmullo ocasional en la distancia. Cada sombra parecía moverse, cada figura le resultaba sospechosa.
El aire estaba cargado de humedad y un ligero olor a óxido y tierra mojada. Su respiración era pausada, contenida. No tenía miedo, pero estaba alerta.
Entonces, a pocos metros, vio lo que buscaba: un pequeño espacio donde la cerca estaba ligeramente levantada, como si alguien ya hubiera intentado pasar antes. Se acercó con cautela y se agachó para examinarlo.
Era estrecho, pero suficiente.
Samuel respiró hondo. Sabía que después de cruzar ese punto, no habría vuelta atrás.
Samuel sintió el corazón latir con fuerza mientras cruzaba bajo la cerca, haciendo un esfuerzo tremendo para levantarla lo justo y deslizarse dentro. Su ropa quedó manchada de tierra y un par de rasguños ardieron en sus brazos, pero no importaba.
Se incorporó rápidamente y miró su reloj: 10:00 p.m. No podía perder más tiempo.
Lo que vio a su alrededor contrastaba con el ambiente hostil del otro lado de la cerca. Un jardín perfectamente cuidado, con césped recortado a la perfección y árboles alineados con precisión, cubría el amplio terreno. Al fondo, una colina se alzaba como una barrera natural, ocultando lo que había más allá a quienes estuvieran afuera.
Samuel se movió con sigilo, su respiración controlada, sus pasos calculados. Subió por la colina con el cuerpo bajo, apoyando las manos en el suelo cuando fue necesario. Al llegar a la cima, su vista finalmente alcanzó la estructura oculta:
Una casa blanca. Pero no cualquier casa. Era enorme, una mansión de lujo, con ventanales altos y detalles elegantes en la fachada.
Samuel la observó por unos segundos, analizando cada posible entrada. En la puerta principal, un hombre permanecía de pie, mirando su celular. Vestía de negro y tenía la postura relajada, pero un detalle sobresalía: en su cintura llevaba un arma.
No había duda. Ese lugar estaba protegido.
Samuel apretó los dientes. Necesitaba entrar en esa casa sin ser detectado.
Samuel se mantuvo agazapado en la colina, su mirada fija en el guardia. El hombre parecía absorto en la pantalla de su celular, pero Samuel no se engañaba: un movimiento en falso y su presencia sería descubierta en segundos.
No podía entrar por la puerta principal.
Desvió la mirada y examinó la casa con rapidez. La estructura tenía varias ventanas, algunas iluminadas y otras sumidas en la penumbra. La clave estaba en la oscuridad.
Entonces lo vio. Un ventanal lateral, en el segundo piso, entreabierto.
El único problema era llegar hasta allí.
Samuel descendió la colina con la misma cautela con la que había subido. Se deslizó entre los arbustos, manteniendo el cuerpo pegado al suelo. Cada hoja crujiente bajo sus pies era una amenaza.
Llegó hasta el costado de la casa y apoyó la espalda contra la fría pared blanca. Desde ahí, notó una tubería que subía hasta el techo. Era su mejor opción.
Respiró hondo y se aferró al metal, sintiendo el peso de su propio cuerpo mientras ascendía. Sus músculos temblaron por el esfuerzo, pero no había margen para el error. Un resbalón, un ruido fuerte, y todo acabaría en un instante.
Al llegar al segundo piso, se sujetó del borde del ventanal y con un movimiento ágil se deslizó dentro. Sus pies tocaron una alfombra mullida.
Silencio absoluto.
El cuarto en el que estaba era un despacho elegante, con una gran biblioteca de madera oscura y un escritorio impecable. Todo demasiado perfecto, demasiado ordenado.
Samuel avanzó con pasos ligeros. Salió al pasillo y se quedó quieto, escuchando.
Voces.
Débiles, provenientes de una habitación cercana.
Se acercó lentamente, apoyando la palma en la pared para no hacer ruido. La puerta estaba entreabierta y desde su posición, pudo asomarse.
Lo que vio no lo sorprendió.
Ya lo sabía.
Sin embargo, sus puños se cerraron con fuerza, su mandíbula se tensó y la furia ardió en sus ojos como brasas encendidas.
Lorena se encontraba completamente desnuda y arrodillada, con la verga de un hombre entrando y saliendo con violencia de su boca, este hombre tomaba su cabello con las dos manos y marcaba el ritmo de la mamada.
El sonido de la puerta al abrirse bruscamente rasgó el silencio como un trueno en la noche. Samuel no lo había planeado así, pero la rabia nubló su juicio. No podía esperar más.
Las miradas dentro de la habitación se giraron hacia él. Un instante de sorpresa, de confusión… pero en el rostro de Samuel solo había furia contenida.
Su respiración era pesada, sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
El ambiente se congeló.
El hombre soltó a Lorena que cayó de para atrás en el suelo, rápidamente se puso de pie, cubriendo sus grandes tetas con sus manos. Sus ojos se abrieron de par en par por la conmoción y la vergüenza. El hombre aquel, sorprendido solo miraba, sin un mínimo esfuerzo por intentar cubrirse.
—¿Qué mierdas haces aquí Samuel? —Exclamó, agarrando rápidamente su vestido arrugado que estaba en el suelo para cubrirse. Le tiemblan las manos. —¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo llevas mirando? —Su rostro era un reflejo de ira, vergüenza y miedo.
—Así te quería agarrar. —Dijo samuel en el momento que desenfundaba el arma y apuntaba directamente al hombre que hace instantes profanaba la boca de su madre.
Los ojos de Lorena mostraban su miedo, ya no le importaba cubrirse. —Sami. No. ¡Baja el Arma! — Gritando Lorena, parándose entre el hombre y su hijo. —Por favor cálmate, hijo. EL hombre agarro a Lorena por los hombros y la utilizaba como escudo.
—Escucha a tu mamá niño. Podemos hablar de esto. —Dice aquel hombre.
Samuel sintió el agarre firme de dos pares de manos sujetándolo por los brazos. Habían sido más rápidos que él.
Intentó zafarse, pero los hombres eran fuertes. Uno de ellos le torció el brazo hacia atrás, obligándolo a inclinarse. El dolor le recorrió el hombro, pero no hizo ningún ruido.
La pistola cayó al suelo con un golpe seco.
—¡Déjenlo! ¡Por favor, no le hagan daño! —la voz desesperada de Lorena resonó en la habitación.
Samuel levantó la mirada. Sus ojos se encontraron. La escena era exactamente como lo había imaginado en sus peores pensamientos… pero ahora no había forma de apartar la mirada.
Lorena estaba de pie desnuda, su vestido había vuelto a caer al piso, arrugado. Su respiración aún era agitada, su cabello revuelto, su piel brillante de sudor. El hombre junto a ella no tenía prisa por cubrirse. Caminó hacia Samuel con calma, como si la interrupción no le molestara en lo absoluto.
Los dos tipos que sujetaban a Samuel lo inmovilizaron con más fuerza, retorciéndole los brazos hasta hacerle crujir los huesos. Pero el dolor físico no se comparaba con lo que ardía dentro de él.
Lorena extendió la mano hacia él, su rostro desencajado por la desesperación.
—¡Por favor, no le hagan daño! —gritó, con la voz quebrada.
Samuel no la miró. Sus ojos estaban clavados en el hombre que se acercaba a él.
Alto, corpulento, con la arrogancia pintada en su rostro. Ojos fríos y sonrisa burlona.
Se agachó lentamente hasta quedar cara a cara con Samuel, que estaba en el suelo, con el pecho jadeante por la rabia contenida.
El hombre inclinó la cabeza, con una sonrisa maliciosa en los labios.
—Solo estábamos jugando.
Samuel sintió que algo dentro de él se rompía.
Los hombres lo levantaron a la fuerza, sus brazos aún entumecidos por la presión de la inmovilización. Samuel no opuso resistencia. No porque se rindiera, sino porque su rabia lo mantenía en un estado de frialdad aterrador.
—Llévenlo afuera. —ordenó el hombre con calma.
Los gorilas asintieron y lo arrastraron fuera de la habitación. Pero justo antes de cruzar la puerta, Samuel miró hacia atrás.
Lorena y aquel hombre hablaban en voz baja. Sus rostros estaban cerca, su expresión era tensa, había miedo en ella. Samuel vio su cuerpo, su madre era una mujer hermosa, era alta y delgada, sus senos eran demasiado grandes para que estuvieran firmes, también tenía una cola grande.
—Déjenlo entrar.
Los hombres que lo sujetaban se detuvieron en seco.
Samuel alzó la vista. La voz del hombre tenía un tono de entretenimiento cruel.
Los gorilas lo soltaron con un empujón y lo hicieron retroceder de vuelta a la habitación. Samuel sintió el impulso de lanzarse contra ese hombre en cuanto lo vio, pero se contuvo. Sabía que no ganaría nada así.
El hombre totalmente desnudo, con una arrogancia grabada en su expresión.
—He hablado con tu madre. —dijo, cruzando los brazos—. Me ha pedido que tenga piedad contigo.
Samuel no dijo nada. No parpadeó siquiera.
—Tu madre me gusta mucho, chico. Me gusta bastante. —prosiguió el hombre, con una sonrisa burlona—. Así que voy a concederle eso. A ella. Lo hago por ella.
Lorena estaba de pie en una esquina de la habitación, con los brazos cruzados sobre su cuerpo, como si tratara de cubrirse de algo más que el frío. No miraba a Samuel.
El hombre dio un par de pasos hacia él, acercándose con la misma calma con la que uno se acerca a un cachorro rabioso, seguro de que no representa una amenaza real.
—Voy a explicarte algo. —dijo, y su tono cambió, se volvió más serio, más afilado.
Samuel sintió su piel erizarse.
—Tu madre me debe mucho dinero.
El silencio en la habitación se hizo más pesado. Samuel sintió un latido furioso en sus sienes.
—¿Sabes lo que pasa cuando alguien no paga lo que debe, chico? —continuó el hombre, inclinando la cabeza. No esperaba respuesta.
—Así que dime, Samuel… —el hombre sonrió con burla— ¿puedo confiar en que no volverás a pisar este lugar?
Samuel desvió la mirada hacia su madre. La furia ardiente que lo había llevado hasta allí se apagó un poco, dejando tras de sí una sensación más amarga: lástima.
Lorena seguía sin mirarlo, sus brazos rodeaban sus tetas desde abajo, agrandándolas aún más, con la cabeza baja, como si quisiera desaparecer dentro de sí misma.
Samuel apretó los dientes. Por primera vez en mucho tiempo, la vio de verdad.
Vio su cansancio. Vio su miedo. Vio la desesperación detrás de cada decisión que había tomado.
El hombre lo observaba con diversión, esperando su reacción, como si disfrutara verlo desmoronarse.
Pero Samuel no se rompió.
Inspiró hondo y exhaló lentamente.
Samuel sintió que el suelo se le hundía bajo los pies.
El hombre, aún con esa sonrisa burlona, se inclinó un poco hacia él. Su aliento apestaba a tabaco y licor caro.
—¿De verdad creías que la vida es así de fácil, niño? —preguntó con sorna—. ¿Que la universidad, la casa, la comida en la mesa aparecían por arte de magia? Vamos, piénsalo un poco. Si tu madre no trabaja y tu padre se murió dejando puras deudas, ¿de dónde carajos crees que ha salido todo lo que tienes?
Samuel apretó los puños. No quería creerlo. No podía. Pero cada palabra que aquel hombre soltaba hacía que todas las piezas cayeran en su lugar.
El colegio privado, los gastos, la ropa que su madre siempre decía que “un amigo” le había regalado. Las noches en las que ella salía y volvía al amanecer, agotada, con el maquillaje corrido.
Todo encajaba ahora con una precisión cruel.
—Mira esa cara —se burló el hombre—. ¿No es hermoso cuando se te cae la venda de los ojos?
Uno de los gorilas que lo sujetaban soltó una carcajada ronca.
Samuel quería golpearlo, quería gritarle a su madre, quería arrancarse de la piel el asco y la vergüenza que lo estaban invadiendo.
Pero no hizo nada.
Solo se quedó ahí, de pie, tragándose su furia, mientras su madre seguía con la mirada clavada en el suelo, incapaz de mirarlo. Un escalofrío recorrerle la espalda, pero no bajó la cabeza.
—Verás, niño —repitió el hombre, su voz untada de burla—, aquí el que manda soy yo y ustedes son de mi propiedad. ¿Está claro?
Samuel apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un leve dolor en las sienes. Propiedad. Esa palabra le repugnó.
—No somos tu propiedad —espetó entre dientes.
El hombre soltó una carcajada seca y chasqueó los dedos. Uno de los gorilas le propinó un puñetazo en el estómago.
Samuel sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones de golpe. Se dobló sobre sí mismo, jadeando, pero no cayó.
—Mira qué valiente —se burló el hombre—. Pero, muchacho, yo no hablo por hablar. Tu madre lo sabe bien. Pregúntale a ella.
Samuel levantó la mirada hacia su madre. Esperando, exigiendo una negación.
Pero Lorena seguía sin mirarlo.
El silencio de su madre fue más fuerte que cualquier respuesta.
El hombre sonrió satisfecho y se acercó más, inclinándose hasta quedar a pocos centímetros del rostro de Samuel.
—Escucha bien, chiquillo —susurró con una calma escalofriante—. Si yo quiero, te mato aquí mismo. Y nadie hará nada porque nadie da un carajo por ustedes.
Samuel no pestañeó, no se movió.
El hombre soltó una risita y le dio unas palmaditas en la mejilla.
—Pero quédate tranquilo, muchacho. No quiero matarte. Solo quiero que entiendas cómo funciona el mundo real.
—De hecho, zorra, ven aquí. —Lorena camino con la cabeza baja hacía donde estaba aquel hombre, que la volteó mostrando el culo en dirección a Samuel y luego, con un solo movimiento metió uno de sus dedos en el ano de Lorena. Ella emitió un quejido, lagrimas caen por el rostro de Samuel que no puede evitar mirar como el hombre penetra violentamente con su dedo a su madre y en su ano.
—Observa bien niño, para esto es buena tu madre, es lo único que sabe hacer, ser puta. —Saca su dedo y lo pasa por las nalgas de Lorena, sonriendo. Samuel comenzó a forcejear con los hombres que lo sostenían, pero era imposible, eran mucho más fuertes que él.
Luego, el hombre aquel volteó a Lorena, la agarró del pelo y la obligo a arrodillarse, la misma posición que tenían cuando Samuel los interrumpió. Le pidió amablemente abrir la boca y Lorena obedeció dócilmente. No le metió el pene, tan solo se lo acercó y se derramo dentro. Lorena permaneció quieta con la boca mostrando una pequeña laguna blanca en su interior con pequeñas hileras que se le salían por los lados y luego volteo a mirar a Samuel, que ya no pataleaba, solo miraba, con resignación.
El hombre comenzó a vestirse y ordeno a Lorena que se largaran. Lorena se puso el vestido y salió junto a los hombres que en ningún momento soltaron a Samuel, subieron a un vehículo clásico fuera de la casa y arrancaron.
—Hijo. —Habló Lorena. Pero Samuel no contestó, miraba al suelo del carro. Llegaron a casa, cuando bajaron del vehículo uno de los Gorilas le dijo a Lorena
—Sábado puta. El jefe te llevará a una reunión. —Si señor. —Respondió educadamente Lorena.
Subieron las escaleras de la entrada y entraron a una casa en silencio, todos dormían.
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