Una monstruosidad que camina al lado
Aoi siempre caminaba un paso delante de Mana. No porque tuviera prisa, sino porque era su forma de andar. Espalda recta, pasos firmes, como si no dudara nunca. Mana la seguía sin pensarlo demasiado. Lo hacía desde hacía años..
Ese día no era un día normal de clases. Era día de gimnasia.
Las dos llevaban el uniforme deportivo de la escuela: sudadera azul oscuro con franjas blancas en los brazos, pantalón cómodo del mismo color y zapatillas claras que ya habían visto demasiados entrenamientos. El pasillo olía a desinfectante y a sudor viejo, y en las paredes colgaban carteles algo torcidos con normas de seguridad y horarios de actividades físicas.
—Llegas tarde —dijo Aoi sin voltearse, mientras avanzaba por el pasillo que llevaba al gimnasio—. Si fuera otra persona, ya estaría cambiada.
—Pero sabes que siempre me atraso —respondió Mana—. Además, tú también llegaste justo.
Aoi no respondió de inmediato. Mana notó algo raro en ella. No caminaba más lento, pero parecía… menos presente.
Entraron al gimnasio. Era un espacio grande, con el piso marcado por líneas de colores para distintos deportes. Las ventanas altas dejaban pasar una luz gris. El cielo estaba nublado, pesado, como si fuera a llover en cualquier momento. Algunos estudiantes ya se cambiaban de ropa, otros estiraban en silencio. No había risas como otros días.
Aoi dejó su mochila contra la pared y se sentó en una de las bancas de madera. No empezó a cambiarse. Se quedó mirando el suelo.
—Hoy me sentí rara —dijo de pronto.
Mana la miró, sorprendida.
—¿Rara cómo?
Aoi se encogió de hombros.
—No sé. Como si todo me costara más. El profesor me habló y tardé en reaccionar. Me llamó por mi nombre y sentí que no era yo.
—¿Te duele algo? —preguntó Mana—. ¿La cabeza?
—No —respondió Aoi—. Es más… aquí.
Se tocó el pecho, sin fuerza.
Mana se sentó a su lado.
—Podrías decirme —dijo—. No tienes que entenderlo para contármelo.
Aoi apretó los labios. Parecía buscar palabras que no encontraba.
—Es como si estuviera… apagada —dijo al fin—. Como si todos los demás estuvieran bien y yo no encajara hoy.
Mana frunció el ceño.
—Eso no suena a ti.
—Eso es lo que me molesta —respondió Aoi, forzando una sonrisa—. Yo no suelo sentirme así.
Una profesora silbó desde el centro del gimnasio, llamando a los estudiantes para formar filas.
Aoi se levantó.
—No importa —dijo—. Se me pasará.
Pero Mana notó que se movía con menos seguridad. Se cambió de ropa sin entusiasmo y durante los ejercicios apenas habló. Cuando terminó la clase, Aoi dijo que se sentía cansada y se fue antes, algo que nunca hacía.
Mana la vio alejarse por el patio, con la sudadera colgada del hombro y la cabeza baja.
Al día siguiente, el asiento de Aoi estuvo vacío.
La profesora pasó lista sin detenerse en su nombre. No hizo comentarios. Una compañera dijo que Aoi “no se sentía bien”, otra que había pedido permiso para faltar. Nadie parecía preocupado. Mana sí.
Las clases se hicieron largas. Mana miraba el pizarrón sin leerlo. Pensaba en el gimnasio, en la forma en que Aoi había hablado, en lo callada que estuvo antes de irse.
Cuando salió de la escuela, volvió a casa caminando despacio. Su calle era tranquila, con árboles viejos que levantaban las baldosas y casas bajas con rejas oxidadas. Al llegar a la puerta entró sin hacer ruido.
Su tío Kitaro estaba sentado en la cocina, con una taza de café entre las manos. Su mirada se posó en Mana con intensidad. Era un hombre de mediana edad, con una presencia imponente y una sonrisa que siempre parecía ocultar algo más. Sus ojos, de un azul profundo, parecían escanear cada detalle de su cuerpo. Su cuerpo, delgado pero musculoso, estaba cubierto por una camisa de manga larga ajustada, que dejaba a la vista la definición de sus músculos. Sus manos, grandes y fuertes, sostenían la taza con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda.
—Hola, Mana —dijo, su voz profunda y cálida, pero con un tono que siempre parecía ocultar algo más.
Mana lo miró un segundo y, sin decir nada, dejó caer la mochila y corrió hacia él. Se le lanzó encima con fuerza, rodeándole el cuello con los brazos y levantando los pies del suelo. Kitaro, en lugar de recibirla con cariño, la sostuvo con una firmeza que la hizo sentir atrapada. Sus manos, que deberían haber sido protectoras, parecían más bien exploratorias, recorriendo su cuerpo con familiaridad.
—¡Tío! —dijo, riendo, aunque su risa sonaba forzada.
Kitaro soltó una pequeña risa y la sostuvo para que no se cayera.
—Sigues haciendo eso —dijo—. Ya no eres tan liviana.
—Me da igual —respondió Mana, sin soltarlo, aunque su mente estaba llena de pensamientos que prefería no expresar.
Se separó al fin y lo miró de cerca. Seguía igual: alto, flaco, despeinado, con esa cara cansada que siempre tenía, como si hubiera viajado mucho aunque no fuera cierto. Sus ojos, sin embargo, parecían más intensos, más penetrantes. Su cuerpo, aunque delgado, tenía una fuerza que Mana podía sentir incluso a través de la ropa.
—¿Por qué estás acá? —preguntó, tratando de mantener la calma.
Kitaro señaló con la cabeza hacia el pasillo.
—Tu amiga está aquí.
Mana frunció el ceño.
—¿Aoi?
—Sí —dijo—. Vino hace un rato.
Mana se quedó quieta.
—¿Sola?
—Sí —respondió Kitaro—. Dijo que quería verte.
Mana dejó la mochila en el suelo.
—¿Y… está bien?
Kitaro se encogió de hombros.
—No sabría decirte. Solo pidió quedarse un rato.
Mana pensó en Aoi sentada en la banca del gimnasio, mirando el piso.
—¿Dónde está?
—En el cuarto de invitados —dijo Kitaro—.
Mana respiró hondo y caminó por el pasillo. Sus pasos fueron más lentos a medida que se acercaba a la puerta. Antes de entrar, pensó en Aoi caminando siempre un paso delante, segura, decidida. Ahora estaba allí, en su casa, esperando.
Aoi era una joven de trece años, como Mana, pero con una belleza que parecía casi etérea. Su cabello, de un negro azabache, caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos delicados y ojos grandes y expresivos. Su cuerpo, aunque delgado, tenía curvas en los lugares correctos, y su piel, de un tono marfil, parecía brillar bajo la luz tenue de la habitación. Sus labios, carnosos y rosados, siempre parecían estar a punto de esbozar una sonrisa, aunque en ese momento estaban apretados en una línea fina, reflejo de su preocupación. Sus pechos, eran apenas dos montañas pequeñas que se movían suavemente con cada respiración, y sus piernas, largas y esbeltas, estaban cruzadas de manera elegante. Su ropa sencilla no lograba ocultar la perfección de su figura.
Mana, por otro lado, era de una belleza más terrenal pero no menos atractiva. Su cabello, de un castaño claro, caía en ondas suaves sobre su espalda, y sus ojos, de un verde intenso, parecían brillar con una luz propia. Su cuerpo, aunque más curvilíneo que el de Aoi, tenía una gracia natural que atraía la mirada. Sus pechos, eran aún más pequeños, imperceptibles con cierto tipo de buzos que tendía a usar, y sus caderas, anchas y femeninas, daban a su figura una sensualidad que no pasaba desapercibida. Sus piernas, largas y tonificadas, estaban cubiertas por la falda escolar.
Mana abrió la puerta del cuarto de invitados y encontró a Aoi sentada en el sofá, con la mirada perdida en el vacío. Su amiga levantó la vista al oírla entrar, y una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
—Mana —dijo, su voz suave y melancólica.
Mana se acercó y se sentó a su lado, tomando su mano entre las suyas.
—Aoi, ¿qué te pasa? —preguntó, preocupada.
Aoi suspiró y apretó la mano de Mana.
—No lo sé —respondió
Mana no dijo nada de inmediato. Se quedó sentada a su lado, sosteniéndole la mano, dándole tiempo. La cercanía de sus cuerpos, la suavidad de la piel de Aoi, y el aroma sutil de su perfume, hicieron que Mana sintiera una mezcla de ternura y deseo que trataba de ocultar. La situación era delicada, pero también había algo en la vulnerabilidad de Aoi que la atraía de una manera que no podía ignorar.
Aoi bajó la mirada, sus largas pestañas proyectando sombras sobre sus mejillas. Sus labios, carnosos y rosados, temblaban ligeramente mientras hablaba.
—Ayer… cuando me desperté, pensé que me había lastimado —empezó—. Había sangre. En serio pensé que algo estaba mal.
Mana no se movió, pero apretó un poco más su mano, sintiendo la suavidad de su piel y la delicadeza de sus dedos. La cercanía de sus cuerpos hacía que cada pequeño gesto fuera más intenso.
—Fui al baño como tres veces —continuó Aoi—. Me lavé, me cambié, y volvía a pasar. No me dolía mucho, pero… no entendía nada. Me asusté.
Hizo una pausa. Parecía avergonzada, pero también había un brillo en sus ojos que Mana no podía ignorar. La vulnerabilidad de Aoi la hacía parecer aún más atractiva.
—Mi mamá estaba apurada —dijo—. Le dije que no me sentía bien y solo me respondió que no exagerara, que tenía que ir igual a la escuela. No quise insistir.
Mana frunció el ceño, sintiendo una mezcla de compasión y frustración. La mano de Aoi en la suya era un recordatorio constante de su presencia, de su fragilidad y de su fuerza al mismo tiempo.
—Por eso estabas rara —dijo.
Aoi asintió, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y algo más, algo que Mana no podía definir pero que la atraía irresistiblemente.
—Todo el día sentía algo incómodo. Como si mi cuerpo no fuera mío. En gimnasia fue peor. Cada movimiento me hacía pensar que se iba a notar, que alguien se iba a dar cuenta.
Aoi se encogió un poco en el sofá, sus pechos moviéndose suavemente con cada respiración. Mana podía sentir el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, y la tentación de acercarse más era casi irresistible.
—No sabía si era normal —dijo Aoi—. No sabía si estaba bien o mal. En mi casa nunca hablamos de estas cosas. Mi mamá se pone incómoda, cambia de tema… o dice que no es apropiado.
Mana respiró hondo, tratando de mantener la calma. La cercanía de Aoi, su vulnerabilidad, y la intimidad del momento estaban jugando con sus emociones de una manera que no podía controlar.
—Aoi… eso que te pasó es tu menstruación. Es normal.
Aoi la miró rápido, sus ojos grandes y expresivos buscando en los de Mana una confirmación que necesitaba desesperadamente.
—¿Segura?
—Sí —respondió Mana, su voz firme pero suave—. Mi mamá me explicó todo hace años. Me dijo que podía pasar de repente, que no siempre duele igual y que al principio confunde mucho.
Aoi se quedó en silencio, sus ojos bajando hacia sus manos entrelazadas. Mana podía sentir el latido de su corazón, la suavidad de su piel, y la tentación de acercarse más era casi irresistible.
—Yo no sabía nada —dijo Aoi—. Solo escuché cosas sueltas. Que era molesto. Que daba vergüenza. Que había que esconderlo.
Mana negó con la cabeza, sintiendo una mezcla de compasión y frustración. La mano de Aoi en la suya era un recordatorio constante de su presencia, de su fragilidad y de su fuerza al mismo tiempo.
—No tiene por qué dar vergüenza. No estás enferma ni rota.
—Cuando me sentí peor, pensé en ti —dijo Aoi—. No sabía a dónde ir, pero sabía que contigo podía decirlo sin sentirme tonta.
Mana sintió un nudo en el pecho, una mezcla de ternura y deseo que no podía ignorar. La cercaníade Aoi, su vulnerabilidad, y la intimidad del momento estaban jugando con sus emociones de una manera que no podía controlar.
—Hiciste bien en venir —dijo—. De verdad.
Aoi se apoyó un poco más en ella, su cuerpo rozando el de Mana de una manera que era casi íntima. La suavidad de su piel, el aroma de su perfume, y la cercanía de sus cuerpos hacían que cada pequeño gesto fuera más intenso.
—Me siento muy ignorante —confesó Aoi—. Como si me hubiera perdido algo importante.
—No te perdiste nada —respondió Mana, su voz firme pero suave—. Simplemente te tocó ahora. Y no tienes que saberlo todo de golpe.
Aoi la miró, con los ojos un poco húmedos, buscando en los de Mana una confirmación que necesitaba desesperadamente. La cercanía de sus cuerpos, la suavidad de su piel, y la intimidad del momento estaban jugando con las emociones de Mana de una manera que no podía controlar.
—¿Y si me pasa otra vez? —preguntó Aoi—. ¿Y si no sé qué hacer?
Mana pensó un segundo, sintiendo la tentación de acercarse más, de sentir la suavidad de su piel, de perderse en la intimidad del momento. Pero sabía que tenía que mantener la calma, que tenía que ser fuerte por Aoi.
—Te explico —dijo—. Paso por paso, si quieres. Y cuando vuelvas a casa, si prefieres, yo puedo hablar con tu mamá contigo. O no. Eso lo decides tú.
Aoi asintió lentamente, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y algo más, algo que Mana no podía definir pero que la atraía irresistiblemente.
—Gracias —dijo—. De verdad.
La habitación estaba en un silencio, solo interrumpido por el suave sonido de sus respiraciones. La luz tenue del atardecer se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras suaves sobre sus rostros. Mana y Aoi seguían sentadas en la cama, sus cuerpos aún cerca, la tensión entre ellas palpable pero no incómoda. La vulnerabilidad de Aoi había creado un lazo invisible que las unía de una manera más profunda.
Mana, sintiendo la necesidad de romper el silencio, decidió hablar primero.
—Aoi, ¿te sientes mejor ahora? —preguntó, su voz suave pero firme.
Aoi asintió lentamente, sus ojos aún un poco húmedos pero con una chispa de alivio.
—Sí, gracias a ti. No sé qué habría hecho si no hubieras estado aquí.
Mana sonrió, sintiendo una mezcla de ternura y algo más, algo que no podía definir pero que la hacía sentir viva.
—Estoy aquí para ti, siempre —respondió, su mano apretando suavemente la de Aoi.
Aoi levantó la mirada, sus ojos encontrando los de Mana. Había una intensidad en su mirada que Mana no había visto antes, una mezcla de gratitud y algo más, algo que la hacía sentir incómoda pero también excitada.
—Mana, hay algo más que quiero decirte —dijo Aoi, su voz temblorosa.
Mana sintió un nudo en el estómago, una mezcla de anticipación y miedo.
—¿Qué es? —preguntó, tratando de mantener la calma.
Aoi tomó una profunda respiración, como si estuviera reuniendo el valor para hablar.
—Desde que te conozco, siempre he sentido algo especial por ti. Al principio, no sabía qué era, pero ahora… ahora lo sé. Me atraes de una manera que no puedo explicar. Y hoy, al estar tan cerca, al sentir tu apoyo, me di cuenta de que no puedo seguir ocultándolo.
Mana se quedó en silencio, su mente corriendo a mil por hora. Sabía que Aoi era especial, que había algo entre ellas, pero nunca había pensado en ello de esa manera. La confesión de Aoi la tomó por sorpresa, pero también la hizo sentir una mezcla de emociones que no podía ignorar.
—Aoi, yo… —empezó Mana, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Aoi, interpretando su silencio como una señal, se acercó un poco más. Su mano, que aún estaba entrelazada con la de Mana, apretó con más fuerza. La cercanía de sus cuerpos, la suavidad de su piel, y la intensidad de su mirada hicieron que Mana sintiera una oleada de calor que la recorrió de pies a cabeza.
—Mana, puedo sentir tu corazón latiendo —dijo Aoi, su voz suave pero firme—. Sé que tú también sientes algo. No tienes que decirlo, pero no puedes negarlo.
Mana respiró hondo, tratando de mantener la calma. La cercanía de Aoi, su vulnerabilidad, y la intensidad del momento estaban jugando con sus emociones de una manera que no podía controlar. Pero sabía que tenía que ser honesta, que tenía que enfrentar sus propios sentimientos.
—Aoi, yo también siento algo por ti —confesó Mana, su voz temblorosa, pero con una chispa de excitación que no podía ocultar. La confesión de Aoi había encendido un fuego dentro de ella, un deseo que había estado reprimiendo por demasiado tiempo. La cercanía de sus cuerpos, la suavidad de su piel, y la intensidad de su mirada hicieron que Mana sintiera una oleada de calor que la recorrió de pies a cabeza.
Aoi, con los ojos brillando de anticipación, se acercó aún más. Sus labios, carnosos y rosados, estaban a solo unos centímetros de los de Mana. La tensión entre ellas era palpable, y Mana no pudo resistir más. Se inclinó hacia adelante y sus labios se encontraron en un beso suave pero apasionado. El mundo a su alrededor pareció desvanecerse, dejando solo el tacto de sus labios, el sabor de sus bocas, y el latido acelerado de sus corazones.
El beso comenzó lento, exploratorio, pero rápidamente se intensificó. Las lenguas de ambas se encontraron, danzando en una coreografía de deseo y pasión. Mana sintió la suavidad de los labios de Aoi, la calidez de su aliento, y la firmeza de su cuerpo presionando contra el suyo. El beso se volvió más profundo, más urgente, y Mana pudo sentir cómo su cuerpo respondía, cómo su deseo crecía con cada segundo que pasaba.
Cuando finalmente se separaron, ambas estaban sin aliento, sus rostros enrojecidos y sus ojos brillando de excitación. Mana, con una voz suave pero firme, comenzó a darle instrucciones a Aoi.
—Aoi, quiero tocarte —dijo, su voz temblorosa pero decidida—. Quiero sentir tu piel, explorar cada rincón de tu cuerpo.
Aoi, con las mejillas sonrojadas y los ojos bajos, asintió lentamente. La vergüenza inicial dio paso a una curiosidad y un deseo que no podía ignorar. Mana comenzó a acariciar suavemente el rostro de Aoi, sus dedos trazando líneas suaves sobre su piel. Luego, sus manos bajaron por su cuello, sintiendo la suavidad de su piel, la delicadeza de su garganta. Aoi cerró los ojos, disfrutando del tacto de las manos de Mana, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada caricia.
Las manos de Mana continuaron su exploración, bajando por los hombros de Aoi y luego, sus manos se movieron hacia sus pechos pequeños, cubiertos por la ropa. Mana los acarició suavemente, sintiendo cómo se endurecían bajo su toque. Aoi, con un gemido suave, se arqueó hacia adelante, buscando más contacto.
Aoi, con las manos temblorosas, comenzó a sacarse la ropa. La vergüenza inicial dio paso a una excitación que no podía controlar. Mana, con una sonrisa suave, la ayudó a quitarsela, dejando al descubierto su piel suave y delicada. Aoi, con las manos cubriendo sus pechos, trató de ocultar su vergüenza, pero Mana la tranquilizó con palabras suaves y caricias gentiles.
—Eres hermosa, Aoi —dijo Mana, su voz llena de admiración—. No tienes nada de qué avergonzarte.
Aoi, con los ojos cerrados, dejó caer sus manos, permitiendo que Mana la tocara. Las manos de Mana exploraron cada rincón de su cuerpo, acariciando sus pechos, sus caderas, sus piernas. La suavidad de su piel, la firmeza de sus músculos, y la calidez de su cuerpo hicieron que Mana sintiera una oleada de deseo que la recorrió de pies a cabeza.
—Aoi, quiero más —susurró Mana, su voz llena de deseo—. Quiero sentirte completamente.
Aoi, con los ojos brillando de excitación, asintió lentamente. Mana, con movimientos suaves y gentiles, comenzó a quitarle el resto de la ropa, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. Aoi, con las manos temblorosas, trató de cubrirse, pero Mana la tranquilizó con palabras suaves y caricias gentiles.
—Aoi, quiero que te toques —susurró Mana, su voz llena de deseo—. Quiero que sientas el placer que tu cuerpo puede darte.
Aoi, con las manos temblorosas, comenzó a tocarse, siguiendo las instrucciones de Mana. La habitación se llenó de suspiros y gemidos, de caricias y besos, de un deseo que no podía ser contenido. Mana y Aoi, en un baile de pasión y excitación, se dejaron llevar por sus sentimientos, explorando cada rincón de sus cuerpos, cada curva, cada secreto. La cercanía de sus cuerpos, la suavidad de su piel, y la intensidad del momento eran suficientes para llenar el silencio, para hacer que cada pequeño gesto fuera más intenso, para hacer que cada palabra fuera más significativa. Y aunque la situación era delicada, también había algo en la vulnerabilidad de Aoi que la atraía de una manera que Mana no podía ignorar.
La habitación se convirtió en un santuario de susurros y sombras, donde el aire mismo parecía espeso, cargado con el peso de la confesión y el perfume de la anticipación. Aoi, acurrucada en las sábanas, era un estudio en vulnerabilidad. Su piel, pálida y suave bajo la luz mortecina, parecía brillar con un resplandor interno. Sus rodillas estaban dobladas, una mano posada con timidez sobre su regazo, mientras la otra, con una vacilación que era a la vez adorable y electrizante, comenzaba su exploración.
Sus dedos eran delicados, casi temerosos. Se deslizaron por la piel lisa de su vientre, trazando círculos imaginarios que se hacían cada vez más estrechos, cada vez más bajos. Mana observaba, con la respiración contenida, cómo la mano de su amiga descendía. No era un movimiento de pura lujuria, sino de descubrimiento, de una curiosidad profunda y urgente. Aoi cerró los ojos, sus pestañas largas formando sombras finas sobre sus mejillas sonrojadas. Su pecho subía y bajaba con un ritmo un poco más rápido, y un pequeño temblor recorría su cuerpo cada vez que sus yemas de los dedos rozaban una zona más sensible.
—Así… —susurró Mana, su voz un bálsamo cálido en el silencio—. No tengas miedo. Siente lo que te gusta. Tu cuerpo te lo dirá.
Las palabras de Mana parecieron darle a Aoi el permiso que necesitaba. Su mano finalmente llegó a su destino, a los suaves pliegues de piel entre sus muslos. Un pequeño gaspe escapó de sus labios cuando sus dedos hicieron el primer contacto, un toque ligero y exploratorio. No sabía qué hacer exactamente, pero el instinto la guió. Comenzó a moverse en círculos lentos, y el efecto fue inmediato. Un calor se extendió desde su centro, una corriente eléctrica que le erizó la piel y le hizo contraer los músculos del estómago. Era una sensación nueva, abrumadora, maravillosa. Sus gemidos eran suaves, casi inaudibles, como los de un gatito, pero para Mana eran la música más excitante que jamás había oído.
Observar a Aoi descubrirse a sí misma era una experiencia increíblemente íntima y poderosa. Mana sintió una oleada de afecto y un deseo tan feroz que casi la doblegó. Sabía que era el momento. Era hora de compartir, de guiar, de mostrarle no solo el placer, sino la confianza que nace de la entrega total.
Con una lentitud deliberada, Mana se sentó junto a ella. Aoi abrió los ojos, atraída por el movimiento, y su mirada se fijó en Mana. Sus dedos se detuvieron, su respiración se cortó en seco. Mana la miró directamente a los ojos, una sonrisa suave y comprensiva en sus labios. No había vergüenza en su mirada, solo una invitación.
—No estás sola, Aoi —dijo Mana, su voz baja y seductora. Y entonces, con la gracia de alguien que se siente completamente en su propia piel, Mana comenzó a desnudarse. Cruzó sus brazos y tomó el borde de su camiseta, tirando de ella hacia arriba y por encima de su cabeza en un solo movimiento fluido. Sus pechos, aúnmás pequeños que los de Aoi, quedaron al descubierto. Sus pezones, de un marrón rosado, ya estaban erectos, como pequeños faros que anunciaban su propio despertar. La piel de su torso era tersa, con la curva suave de su cintura descendiendo hacia sus caderas.
Aoi observaba, boquiabierta. Su mano, que había estado inactiva, volvió a moverse, pero esta vez con una determinación renovada, como si la visión del cuerpo de Mana le hubiera dado un nuevo objetivo, una nueva inspiración.
Mana se levantó de rodillas. Sus dedos encontraron el botón de su falda, y con un chasquido suave, lo desabrochó. La cremallera bajó con un zumbido casi inaudible. Se deslizó la ropa por las caderas, la tela rozando su piel mientras la bajaba por sus muslos y la dejaba caer al suelo. Solo le quedaban sus bragas, un trozo simple de encaje negro que contrastaba con lo pálido de su piel. Se acercó un poco más a Aoi, lo suficiente para que Aoi pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿Ves? —murmuró Mana—. Somos solo cuerpos. Cuerpos que sienten, que desean. No hay nada de qué avergonzarse.
Con una última sonrisa, se quitó las bragas. Ahora estaba completamente desnuda frente a su amiga, expuesta y vulnerable, pero radiante de poder y confianza. Su cuerpo era una promesa de placer, un mapa de sensaciones que estaba a punto de compartir.
Aoi, con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente abierta, absorbía cada detalle. El cuerpo de Mana no era diferente al suyo. Vio la pequeña curva de su vientre, el triángulo perfecto de vello oscuro entre sus piernas, la forma en que sus pezones se asentaban con naturalidad. Era la primera vez que veía a otra mujer de esta manera, y el impacto era profundo. El miedo y la vergüenza se habían disuelto, reemplazados por una admiración reverente y un deseo que la quemaba por dentro.
Mana se recostó junto a ella, sus cuerpos casi tocándose pero sin hacerlo todavía. La proximidad era eléctrica. Extendió una mano y apartó suavemente el cabello de la cara de Aoi.
—¿Puedo? —preguntó Mana, su voz un susurro.
Aoi solo pudo asentir, incapaz de formar palabras.
La mano de Mana descendió, siguiendo el mismo camino que la de Aoi había seguido momentos antes. Pero su toque era diferente. Era seguro, experimentado. Sus dedos sabían exactamente dónde ir, cómo presionar. Cuando sus yemas se encontraron con la humedad sangrantede Aoi, ambas soltaron un gemido al unísono. Mana comenzó a moverse, usando los conocimientos que había adquirido a lo largo de los años.
—Mi tío… —confesó Mana, su voz ronca por la emoción mientras sus dedos trabajaban su magia—. Empezó cuando yo era pequeña. No fue como esto, no era… tierno. Era un secreto, algo oscuro y emocionante. Me enseñó cosas, me enseñó a no sentir miedo, a encontrar el placer incluso en situaciones complicadas. Me enseñó a controlar mi cuerpo, a saber qué me gusta.
La confesión, tan inesperada y cruda, debería haber sido un shock, pero en ese momento de intimidad extrema, solo añadió otra capa a la complejidad de Mana. Aoi entendió. Entendió la fuente de su confianza, de su conocimiento. No era juzgamiento en sus ojos, solo una comprensión más profunda.
Los dedos de Mana eran expertos. Encontraron el pequeño botón de carne oculto y comenzaron a frotarlo con un ritmo constante, una presión que hizo que las caderas de Aoi comenzaran a moverse solas, a empujar contra la mano de Mana. Aoi se sintió perderse en la sensación, una ola de placer que crecía y crecía, amenazando con ahogarla.
—Mana… —gimió—. Siento… algo raro… algo bueno…
—No luches contra ello —suscitó Mana, acercándose más para besarle la mejilla, el cuello—. Déjalo ir. Quiero verte, Aoi. Quiero sentirlo contigo.
Y con esas palabras, la presa se rompió. Un orgasmo recorrió el cuerpo de Aoi como una tormenta eléctrica. Su espalda se arqueó, un grito ahogado escapó de su garganta, y sus piernas temblaron incontrolablemente. Mana la sostuvo, su mano nunca deteniéndose, prolongando el placer hasta que el cuerpo de Aoi se relajó, rendido y jadeante sobre la tela del sofá.
Cuando Aoi abrió los ojos, estaban llenos de lágrimas, pero eran lágrimas de gratitud, de asombro. Miró a Mana, que ahora se recostaba a su lado, sonriéndole.
El aire en el cuarto de invitados era denso, cargado con el olor a sudor, a excitación y a la gratitud desbordada de Aoi. El corazón de Mana latía con una fuerza que le vibraba en los oídos, una mezcla de ternura, posesión y un deseo que no había sido saciado, sino que ahora ardía con más intensidad que nunca. Ver a Aoi, siempre tan perfecta y controlada, hecha un manojo de nervios sensitivos y placer puro, había sido la experiencia más excitante de su vida.
Aoi se recostó sobre los cojines del sofá, su pecho subiendo y bajando con rapidez. Sus ojos, ahora despejados de la confusión, brillaban con una luz nueva, una mezcla de asombro y devoción mientras miraba a Mana. Su rostro, aún sonrojado, era un lienzo de éxtasis.
—Nunca… nunca había sentido nada así —dijo Aoi, su voz apenas un suspiro.
Mana sonrió, una sonrisa que era a la vez tierna y feroz. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos a cada lado de su cabeza, atrapándola en su mirada. El vello de su propio pubis rozaba el muslo de Aoi, enviando una nueva oleada de calor a través de su propio cuerpo.
—Yo tampoco —confesó Mana, su voz un ronco susurro—. Ver así… verte perderte así… me ha vuelto loca.
No era mentira. El control que siempre había ejercido, el conocimiento que su tío le había grabado a fuego en su piel, se desvanecía ante la belleza cruda y receptiva de Aoi. Necesitaba su propio clímax, y quería que fuera sobre ella, con ella, como una marca.
Se deslizó hacia arriba, arrodillándose sobre el sofá y colocando una rodilla a cada lado de la cabeza de Aoi. Desde esa posición, dominante y vulnerable a la vez, podía ver todo el rostro de su amiga: la curva de sus mejillas, la humedad brillante en sus ojos, la forma en que sus labios se entreabrían en anticipación. El olor de la propia excitación de Mana era inconfundible en el aire, un perfume primal que Aoi inhaló con un pequeño estremecimiento.
—Mana… —susurró Aoi, su voz llena de asombro y una sumisión voluntaria.
—Quiero que me mires —ordenó Mana, su voz firme pero temblorosa de deseo—. Quiero que sientas todo.
Con una mano, se apoyó en el respaldo del sofá para mantener el equilibrio. Con la otra, bajó lentamente, su mirada fija en los ojos de Aoi. Sus dedos se deslizaron por el plano de su vientre, sintiendo la tensión de sus propios músculos. Se detuvieron un instante, saboreando la expectación, antes de bajar más, hasta encontrar el calor húmedo y ansioso de su propio sexo.
Aoi observaba, fascinada. Vio cómo los dedos de Mana se hundían en la carne suave, cómo se movían con una familiaridad que era a la vez íntima y salvaje. No había timidez en los movimientos de Mana, solo una búsqueda directa y desesperada de su propio placer. El rostro de Aoi era su espejo, su audiencia, su altar. Mana comenzó a mover su mano, no con la delicadeza que había usado con Aoi, sino con una urgencia feroz. Sus caderas comenzaron a mecerse en un ritmo que coincidía con el embate de sus dedos. Sus ojos se cerraron un instante, perdiéndose en la sensación, pero los abrió de inmediato, obligándose a mantener la conexión visual con Aoi.
—Sí… —gimió, su voz más alta ahora—. Así… mírame…
Aoi, debajo de ella, estaba hipnotizada. Vio cómo el pecho de Mana se tensaba, cómo sus pechos, pequeños y firmes, se elevaban con cada jadeo. Vío el brillo de sudor en la sien de Mana, la forma en que sus labios se apretaban antes de soltar otro gemido. Extendió una mano y la posó sobre el muslo de Mana, no para guiar, solo para sentir, para conectar con la fuerza que la sacudía.
El toque de Aoi fue el detonante. Una descarga eléctrica recorrió a Mana, desde el punto de contacto de la piel de su amiga hasta el centro mismo de su ser. Su ritmo se aceleró, volviéndose casi brutal. El sofá crujía bajo ellos, un ritmo percusivo para la sinfonía de sus jadeos y suspiros.
—Aoi… —soltó el nombre como una plegaria, una maldición—. Aoi, te quiero…
La confesión, brotada del núcleo de su pasión, la empujó al borde. Sintió cómo el placer se acumulaba en la base de su espina dorsal, una ola creciente, imparable. Su cuerpo se tensó, un arco de pura energía eléctrica. Con un grito ahogado que fue más un espasmo que un sonido, el orgasmo la golpeó.
No fue un clímax suave. Fue violento, liberador. Sintió cómo las contracciones sacudían su vientre, cómo una calidez explosiva se derramaba sobre sus dedos. Mantuvo los ojos abiertos hasta el último segundo posible, viendo el rostro de Aoi transformarse en una máscara de asombro y éxtasis compartido, como si ella también pudiera sentir la fuerza que sacudía el cuerpo de Mana.
Y entonces, en el momento cumbre, con su temblor recorriéndole aún todo el cuerpo, Mana se deslizó hacia adelante. Con un movimiento instintivo y de posesión absoluta, bajó la mano y la pasó por el rostro de Aoi. Sus dedos, todavía mojados y calientes con el líquido de su propio clímax, dejaron un rastro brillante sobre la mejilla de su amiga, sobre sus labios entreabiertos.
Aoi no se sobresaltó. No retrocedió. Exhaló una profunda y temblorosa bocanada de aire, y luego, lentamente, con una reverencia que quebró cualquier resistencia que le quedaba a Mana, extendió la lengua y probó.
El mundo de Mana se detuvo. Vio a su amiga, la chica perfecta e inalcanzable, saboreándola, aceptándola, consumiéndola en el momento más íntimo y vulnerable. La ternura que sintió fue tan abrumadora como el orgasmo que acababa de pasar. Se derrumbó sobre Aoi, no con peso, sino con rendición, y la besó. Fue un beso profundo, salado, húmedo, que sabía a las dos.
Se quedaron así, enredadas en el sofá, sus cuerpos pegados por el sudor y el secreto. Ya no eran solo dos amigas. Eran algo nuevo, algo forjado en la confesión, el miedo y el placer. Algo que solo pertenecía a ese cuarto de invitados, a ese atardecer, y a ellas.
El silencio que siguió no fue pacífico. Era denso, pesado, un manto húmedo hecho de jadeos, del olor a sexo y a sudor de dos cuerpos casí infantiles. Mana yacía sobre Aoi, su peso una promesa y una amenaza. El corazón de Mana latía contra las costillas de Aoi como un tambor de guerra que se apagaba lentamente, dejando tras de sí un eco de victoria y un vacío aterrador.
Se había sentido poderosa. En el momento cumbre, al marcar el rostro de Aoi, había sido una diosa, una creadora. Pero ahora, con la adrenalidad disipándose, sentía el peso de lo que había hecho. No era el peso de la culpa, algo que le habían enseñado a sentir como un lujo inútil. Era el peso de la responsabilidad. Había tomado la pureza de Aoi, su confianza ciega, y la había refundido en el crisol de su propio dolor. La había iniciado, sí, pero ¿en qué? ¿En un mundo de placer o en una jaula dorada de secretos y dependencia?
Levantó la cabeza lentamente. Su cabello castaño, pegajoso por el sudor, cayó sobre el rostro de Aoi. La buscó con la mirada, necesitando ver la respuesta.
El rostro de Aoi era una máscara de éxtasis post-traumático. Sus mejillas aún se llevaban el brillo húmedo de la marca de Mana. Sus labios, ligeramente abiertos, brillaban. Pero eran sus ojos los que detuvieron la respiración de Mana. La devoción estaba ahí, sí, una devoción ciega y total. Pero en sus profundidades, algo nuevo parpadeaba. No era miedo, no todavía. Era asombro. Un horror sagrado. Como si un fiel hubiera visto a su diosa desgarrarse la propia carne y se diera cuenta, por primera vez, de que la divinidad está hecha de sangre y huesos. Aoi la miraba como se mira a un fenómeno natural, hermoso y aterrador.
Mana se irguió, apoyando las manos en los cojines a cada lado de la cabeza de Aoi, desprendiéndose de su cuerpo. El aire frío de la habitación golpeó su piel erizada. Bajó la vista, observando el cuerpo de Aoi: la piel de marfil, el pecho que todavía subía y bajaba con rapidez, el pequeño triángulo de vello oscuro entre sus piernas, ahora brillante y desordenado. Era una obra de arte que ella misma había estropeado y perfeccionado a la vez.
Bajó del sofá. Sus piernas temblaban ligeramente. Se quedó de pie, desnuda, sintiéndose expuesta de una manera que el acto en sí no le había provocado. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.
Fue entonces cuando la puerta se abrió por completo.
No había hecho ningún ruido. Estaba simplemente… abierta. Y en el marco, de pie como una estatua tallada en las sombras del pasillo, estaba Kitaro.
No estaba sorprendido. No estaba enfadado. Estaba observando. Sus ojos azules, profundos y sin calor, recorrieron la escena con una lentitud metódica. Vieron a Mana, de pie, desnuda y temblorosa. Vieron a Aoi, en el sofá, manchada. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Era la sonrisa de un coleccionista que contempla una pieza acabada.
—Así que al fin lo hiciste —dijo. Su voz era un murmullo bajo, un zumbido de vibración que pareció sacudir las paredes.
Mana se congeló. Todo el poder que había sentido se desvaneció. Instintivamente, cruzó los brazos sobre su pecho, un gesto inútil y tardío de protección. Aoi se incorporó de un salto, tirando de una manta que estaba doblada en el respaldo del sofá y cubriéndose con ella, sus ojos enormes de pánico y vergüenza.
Kitaro ignoró a Aoi. Su atención estaba fija en Mana. Entró en la habitación, cerrando la puerta silenciosamente detrás de él. Se acercó a Mana, no con prisa, sino con la seguridad de un predador que se acerca a una presa ya acorralada.
—No sabía que tuvieras tanto… talento para la dirección —continuó, su voz cargada de una ironía que solo Mana podía entender completamente—. Siempre eras una buena alumna. Pero esto… esto es otra cosa. Has pasado de ser la actriz a la directora. Me siento orgulloso.
La palabra «orgulloso» golpeó a Mana como un puñetazo en el estómago. Era la aprobación que siempre había anhelado de la forma más retorcida posible. Se sintió sucia, pero también, en una parte oscura y oculta de su alma, validada.
—No… no es lo que crees —balbuceó Mana, su voz un hilo roto.
Kitaro levantó una mano y le tocó la mejilla. Su piel era áspera, fría. El tacto la hizo estremecerse, pero no se apartó.
—Oh, pero creo que sí lo es —susurró, acercándose más, su rostro a solo centímetros del de ella—. Le has enseñado a la muñeca nueva a jugar nuestros juegos. Has compartido nuestro juguete favorito.
Sus ojos se desviaron por un instante hacia Aoi, acurrucada en el sofá, antes de volver a clavarse en Mana.
—¿Te sentiste poderosa, Mana? —preguntó, su voz un susurro seductor y cruel—. ¿Te sentiste viva al marcarla como tuya? Al usar lo que yo te enseñé para crear tu propia pequeña obra de arte?
La vergüenza ardió en las mejillas de Mana, pero una oleada de desafío la recorrió. No iba a dejar que él la humillara, no delante de Aoi. —Ella es mía —dijo, su voz más firme de lo que esperaba—. No es como tú.
Kitaro soltó una risa baja, un sonido que salía de su pecho como una piedra rodando por un pozo profundo.
—Claro que es tuya. Por ahora. Pero lo que tú le has dado, Mana… es un préstamo. Y los préstamos, sabes bien, siempre se pagan. Le has dado el conocimiento, pero yo soy la fuente. Ella ahora sabe que existe un mundo más allá de sus clases. Y la curiosidad, mi pequeña Mana, es un apetito. Y los apetitos siempre tienen hambre.
Se apartó de ella y caminó lentamente hacia el sofá. Aoi se encogió, como si su sola presencia pudiera quemarla a través de la manta.
—Hola, Aoi-chan —dijo Kitaro, su tono cambiando a una cortesía gélida—. Espero que hayas disfrutado de tu… lección particular. Mana es una maestra muy dotada. De herencia familiar, por supuesto.
Se detuvo frente al sofá y se agachó, quedando a la altura de los ojos de Aoi, que asomaban por encima de la manta.
—No tengas miedo —dijo, y por un instante, su voz sonó genuinamente reconfortante, lo que lo hacía aún más aterrador—. Lo que hicisteis es natural. Es hermoso. Es el cuerpo descubriendo su verdad. Mana solo te ayudó a abrir la puerta.
Miró por encima de su hombro hacia Mana, que todavía estaba de pie, paralizada.
—Pero una vez que abres una puerta, ya no puedes cerrarla. Ahora sabes lo que hay al otro lado. Y querrás volver a cruzarla. ¿Y qué pasará cuando Mana no esté aquí para guiarte? ¿Y si un día te sientes sola, con esa… hambre… y solo encuentres a alguien más para que te ayude? ¿O qué pasaría si decidieras que quieres explorar por tu cuenta?
Su mirada volvió a Aoi, y en sus ojos azules había una promesa oscura.
—Si alguna vez sientes que Mana no es suficiente… si tienes curiosidad por conocer al… arquitecto de todo esto… solo tienes que buscarme. Siempre estoy aquí para mis alumnas más aplicadas.
Se levantó, dejando a Aoi temblando bajo la manta. Kitaro se volvió hacia Mana una última vez. Su sonrisa había vuelto, pero ahora era de triunfo absoluto.


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