Fantasía en el gimnasio
De cuando dos chicos me poseyeron en el baño de un gimnasio.
Esta historia comienza un viernes a la tarde, una tarde en la que, como en cualquier otra, fui al gimnasio a entrenar y a relajarme. Me tocaba la rutina de piernas, la que más se sufre, pero la que más me gusta hacer.
Debo admitir que, cuándo voy a gimnasio, me gusta excitar y calentar a otros hombres. La música de bad bitch, mi actitud sobradora y, sobre todo, llevar una tanga diminuta debajo de mis short, me ayudan a crear un ambiente y a creérmela un poco. Sacar culo en cada sentadilla, ponerme en 4 haciendo peso muerto, y gemir en cada repetición de cada ejercicio, así como terminar con las piernad temblorosas, me hace terminar de alimentar la fantasía. Lo que nunca hubiese imaginado es que esa fantasía se iba a hacer realidad esa tarde.
El chico al que más intentaba provocar es Ariel: un pibe rubio, de ojos claros, musculoso, ante el que definitivamente vale la pena arrodillarse. Pero quien dio inicio esta aventura fue su amigo Matías, un muchacho menos corpulento, morocho, con el que Ariel andaba todo el tiempo dentro del gimnasio. Mis miradas e insinuaciones siempre iban para Ariel, pero Matías, que estaba al lado, se ve que las tomo para sí. Fue para mi sorpresa que, después de terminar una serie, y mientras cargabs agua en el dispencer, Matías se acercó y, sin mediar palabras y con poco disimulo, me la apoyó.
¡Qué caliente me puso! La fantasía que había estado alimentando por años, de repente, se hacía realidad. y esa falta de aire y esos nervios inexplicables previo a hacer una travesura, eran incontenibles. En mi mente pasaban dos ideas opuestas. La primera, hacer un escándalo, escracharlo y dejar pasar la oportunidad. La segunda, dejarme llevar y averiguar por fin qué de siente tener una pija dura y grande –con solo sentirla de espaldas alcanzó para saber que adí era– para chupar, oler, sentir y poseer.
Tuve que decidir en una milésima de segundo, y aunque tenía un poco de miedo, decidí aprovechar. Después de todo, cuando iba a poder intentarlo. Para no levantar sospechas, decidí darle una señal a matías. Todavía de espaldas, metí como pude mi mano en su pantalón y le acaricié la pija. La sentí tan dura y caliente que todavía no entiendo como no se la empecé a chupar ahí mismo.
Me aguanté, lo miré sensualmente, y pasé el baño a esperarlo. Tenía miedo que dude o que no se anime, pero llegó inmediatamente. Ni bien entró, lo miré, y la verdad no sabía qué hacer. Pero por suerte, el tomó la iniciativa. Me agarró del cuello. y mientras me miraba, medio furioso y agresivo, se bajó el pantalón y el boxer para sacar la pija. Se empezó a masturbar, y me agarró del pelo, tirando hacia abajo para acercarme a ella. Yo sentía mil sensaciones: la satisfacción de estar siendo dominado por un hombre, la duda de no saber si me iba a arrepentir, el nerviosismo de estar en una situación tan extrema. Pero, sobre todo, sentía unas ganas terribles de chuparlo.
De rodillas, lo vi de cerca y me impresionó: su grosor era enorme, su largo era aterrador, y tenía muchísimas venas que lo hacían más imponente. Su olor era fuerte, se sentía la transpiración y el entrenamiento. Y toda la zona estaba depilada. Se me hacía agua la boca. Pero no hubo tiempo de chuparlo voluntariamente. Fue él quien tenía el control: me agarró de la cabeza y me la metió bien profunda, casi hasta tocar la campanilla, y retrocedía solo para tomar impulso y meterla más fuerte, mientras repetía «seguí haciéndote la trola ahora» y demás vulgaridades que me encantaba oir.
Mi boca de repente se llenó de saliva, costaba respirar y empezaba a sentir arcadas, pero no quería que pare de usarme así. Empecé a gemir, a gimotear, a derramar baba, pero el seguía y seguía con mucha agresividad. Cuando al fin la sacó me sentí aliviado y respiré después de dejar caer la saliva que tenía acumulada, pero él inmediatamente la metió de vuelta, cada vez con más facilidad. Me puso contra la pared, agarró mis dos manos y simplemente movía su cadera. Yo sentía cómo se ponía cada vez más dura, como palpitaba, cómo entraba, bien profundo hasta mi garganta. No exagero que habrá tenido dieciocho centímetros y al menos dieciséis entraron en mi boca. Suficiente con decir que sentía sus huevos rebotando en mi mandíbula.
Empecé a sentir olor a saliva. Mi boca era un desastre, y la baba caía sin parar. A él se lo veía enojado, como dándome una lección por haberlo provocado. Pero ay, a mi me encantaba estar así, sumiso, entregado, con la boca llena de su increíble pija. Sólo la sacaba para golpearme con ella en la cara y exparsir así mi saliva, haciendo más grande el desastre. No tuvo compasión ni cuando tenía náuseas ni cuando gritaba –en vano, porque el sonido no tenía cómo salir–.
Pero se detuvo cuando escuchamos un ruido cerca del baño. Creí que se había terminado, y la verdad me puse triste de no haber tenido mi recompensa. Pero no fue así. Había llegado Ariel, dispuesto a sumarse. «Vení, vení, vamos a darle a esta puta lo que merece», le dijo Matías. ¡Por favor! Pendé yo. Ariel me miró. despeinado, ultrajado, con dificultad para respirar. con toda la boca, la cara y el cuerpo empapado de saliva. No sé si por pena o porque era más respetuoso, pero me preguntó si se podía sumar. Desafiante, le dije: «sacala».
Ni bien la sacó me arrastré hacia ella para poder darle el pete que esa verga merecía. Ariel era menos dominante. por lo que pude intentar algunos movimientos. Jugué con el contacto visual, ya que ver su abdominales trabados y sus pectorales inflados desde abajo me enloquecía. Le pase la lengua en cada centímetro, le chupé la cabecita y me la metía bien profundo aguantando la respiración. Sentir cómo latía dentro de mi boca y sacarla después de una arcada, escupiendo mi saliva sobre ella, le volvía loco. Y a mi más.
Así jugueteamos un rato. Ariel más relajado, Matías más dominante. Ida y vuelta, saboreando al máximo sus vergas. Y los dos se acercaban a un mismo final. «Voy a acabar» dijo Matías. Lo apartó a Ariel (a quien se la estaba chupando en ese momento), me acercó a él y me hizo abrir la boca, y empezó a pajearse aprovechando la lubricación que mi pete le había dejado. El ruidito de su paja y sus crecientes gemidos me hacían desear esa leche. Asíque abrí la boca, saqué la lengua, y esperé que llegue la carga lamiéndole la punta.
Los primeros shots se sintieron calentitos en la cara. Los demás, menos fuertes, enteaban mayormente en la boca, qué estaba rebalsada por lo que tuve que escupir. Cuando terminó la escurrió algunas veces en mi boca, dándome hasta la última gota, y la metió profunda en la garganta por última vez. La mezcla de semen y saliva en mi boca, y la satisfacción de haberlo hecho a acabar con un terrible pete, me dejaron extasiado. Pero aún faltaba Ariel.
Tenía dudas si le iba a dar asco o no lo que me acababa de hacer su amigo. Así que descancé un poco la boca y le agarré la pija con la mano para empezar a pajearlo, mientras le pedía que me de toda la leche con el tono más sendual que tengo. Poco a poco empezó a gemir, la empecé a sentir que se endurecía cada vez más, y cuando creía que estaba por acabar, me frenó para sentarse en el inodoro.
Fue el momento en el que Ariel se puso dominante. Sentado, me agarró de la cabeza, y me la puso hasta el fondo de la garganta, mientras empujaba con su pelvis y empujaba mi cabeza. Cuando más adentro la tenía, empece a sentir un cálido fluido, espeso, mientras su pijs palpitaba. Quería mantenerlo en la boca, pero la verdad, estaba colapsada: tenía toda la pija adentro y acabó un montón. Cuándo la sacó, tuve una arcada con waska, que me dio asco pero me hizo sentir más trola de lo que nunca me había sentido. Aún así, quedó mucho semen en mi boca, asíque lo miré, abrí la boca, tragué y abrí la boca nuevamente, para mostrarle que mi tarea estaba teeminsda. Él se paró, y sonriente me dio unos golpecitos con sus pija ya adormecida en mi cara, a modo de despedida.
Los chicos se fueron y yo me quedé unos minutos para recuperarme, dimensionando lo bien que la iba pasado, saboreando el gusto a sexo que me había quedado en la boca, y sorprendiéndome del hermoso enchastre que habíamos hecho. Y sin enjuagarme la boca, aunque lavámdome la cara y secando mi remera, salí radiante a terminar mi rutina, a terminar de entrenar esa cola que espero que algún día mis chicos visiten.


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