Crónicas del Edén (I)
Elena, de veinte años, convierte la inocencia desnuda de su hijo en el altar de una religión donde ella es la diosa y la única feligresa..
El silencio, tras la partida de Miguel, para Elena, a sus veinte años, se había convertido en el preludio de una ceremonia. Una expectativa quieta y húmeda que llenaba la cabaña como una neblina antes del amanecer. Ese día, sin embargo, algo era distinto. No era la anticipación juguetona de los juegos habituales. Era una necesidad casi física de confirmación que palpitaba en su bajo vientre con un ritmo nuevo.
Leo, de cuatro años, jugaba absorto en la tarea infinita de hacer caminar a un escarabajo por un palo. El sol lo envolvía, delineando la curva regordeta de sus muslos, la suave concavidad de su espalda. Elena lo observaba desde la puerta, y por primera vez, su mirada no se posó en la totalidad de su hijo, sino que descendió, con una intención deliberada y un pudor que se desvanecía al instante, hacia el centro de su pequeño cuerpo desnudo. Allí, en su inocente desprotección, estaba el epicentro de todo.
No era curiosidad. Era un llamado.
—Ven, hombrecito —dijo —. Hagamos algo especial hoy.
Leo alzó la vista, confiado, y corrió hacia ella. Ella lo tomó de la mano—su manecita cálida y pegajosa de savia—y lo guio no hacia el jardín, sino hacia el interior de la cabaña, hacia la penumbra fresca de la habitación.
Se arrodilló frente a él, a su altura. El aire entre ellos parecía espesarse.
—Hoy —susurró, acariciándole el cabello— voy a enseñarte algo muy importante. Algo que solo las mamás que aman de verdad pueden ver.
Sus manos, que tantas veces lo habían enjabonado, secado o vestido, temblaban levemente. Con una lentitud ritual, las posó en sus pequeños hombros y luego, deslizándolas por sus brazos, su costado, llegaron a sus caderas. Se detuvo. Su respiración era un susurro audible. Su mirada, por fin, se fijó sin disimulo en su pequeño pene, flácido y tierno como un capullo cerrado.
—Esto —dijo— es tu Piquito.
Leo miró hacia abajo, luego a ella, confundido por la solemnidad.
—Ya lo sé.
—No —negó Elena suavemente, sacudiendo la cabeza—. No sabés. Porque nadie te ha dicho lo que es de verdad.
Y entonces, como si su instinto más hondo de madre se despertara de un sueño antiguo, comenzó el rito de reconocimiento. Primero fue con la mirada. Una mirada que no era de curiosidad, sino de aprendizaje, del que nace el cuidado. Sus ojos, verdes como el musgo del arroyo, se posaron con una ternura absorbente en aquella pequeñez vulnerable. Recorrieron, con la paciencia de quien aprende un mapa nuevo y precioso, cada detalle: la curva suave, los pliegues delicados como pétalos recién formados, los pequeños huevos de pájaro en su nudo de piel. Lo observaba como se observa a un recién nacido dormido, memorizando cada milímetro con un amor tan concentrado que ahogaba todo lo demás. Era el territorio primero de su hombrecito, y ella, como su guardiana y primera habitante, necesitaba conocerlo en silencio, con una devoción quieta y total.
—Es perfecto —murmuró, más para sí que para él. Un rubor subió por su cuello—. Es… la semilla de todo lo que vas a ser. Aquí vive tu fuerza, Leo. La fuerza que yo te di.
Al pronunciar esas palabras, una oleada de emoción pura, narcisista y caliente la inundó. Al nombrarlo, al mirarlo con esta nueva intención, ella estaba tomando posesión de un símbolo. El símbolo de la masculinidad que ella había creado, que crecería y se haría poderosa, y que, en su fantasía, siempre le pertenecería.
—¿Ves? —continuó, y su voz se quebró de pura emoción—. Es tan pequeño ahora… pero late. —Extendió un dedo, pero no lo tocó. Lo mantuvo a un centímetro de distancia, trazando un círculo en el aire, como bendiciéndolo—. Late con la vida que yo puse en vos. Cada latido es un “gracias, mamá”. Un “soy tuyo”.
Leo permanecía quieto, hechizado por el tono, por la intensidad luminosa en el rostro de su madre. Algo en su cuerpecito respondió a esa atención. Un flujo de sangre, inocente, fisiológico, comenzó. Lentamente, ante los ojos absortos de Elena, el pequeño pene se modificó. Se hinchó, se tensó, se irguió en una erección infantil, pura e involuntaria.
Elena contuvo el aliento. Este era el momento. El milagro. No fue sorpresa; fue la confirmación divina de su teoría. Su devoción, su mirada, su palabra, habían evocado la respuesta. Ella lo había llamado, y el Piquito había respondido.
Un sonido escapó de sus labios, un suspiro tembloroso que era mitad llanto, mitad éxtasis.
—Ahí está… —jadeó—. Ahí está mi señal. Me saludas. Me decís que entendés.
Por fin, lo tocó… Con el dorso de sus dedos, tan suavemente como si tocara el ala de una mariposa, rozó la piel del muslo interno de Leo, tan cerca del calor radiante de la pequeña erección que casi podía sentir su pulso. Un estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies.
—Este… este es nuestro secreto más grande —confesó, acercando sus labios a su oreja en un susurro que era un pacto—. Esto que sentís ahora, esta fuerza, es el hilo que nos une a mí y a vos. Más fuerte que cualquier cosa. Los papás no lo entienden. El mundo no lo entiende. Pero yo sí. Y vos, cuando me mirás así, también.
Leo asintió. No entendía las palabras, pero entendía la entrega total, el amor feroz y exclusivo que emanaba de ella. Se sentía importante, poderoso, elegido.
Elena se incorporó entonces, llevándose las manos al pecho, como si acabara de presenciar algo sobrecogedor. El aire fresco de la cabaña rozó su cuerpo desnudo, haciendo visible lo que la emoción y el descubrimiento habían provocado en su propia carne. A sus veinte años, su figura era un arco juvenil de suaves curvas y piel de melocotón, pero ahora, desde los pechos que se elevaban con cada respiración contenida hasta los muslos que se cerraban con una humedad nueva, todo en ella brillaba con la secreción de un rito interior. No era sudor. Era una fine capa de excitación maternal, un rocío cálido que le perlaba el vello púbico oscuro y le recorría los pliegues íntimos con la misma lentitud con que sus lágrimas limpias trazaban senderos en sus mejillas.
Se miró las manos, las mismas que habían rozado la pequeña verga de su hijo, y las vio temblar no de culpa, sino de una gratitud abrumadora. En su bajo vientre, una pulsación húmeda y profunda seguía el compás de su corazón. Se sentía fértil de una manera nueva, no para gestar vida, sino para consagrarla. Había encontrado el altar donde ofrecería toda su devoción.
—Desde hoy —anunció, con la voz limpia de lágrimas que no dejaban de brotar, pero que ahora sonaban a agua bendita en la quietud—, esto es sagrado. Tu Piquito y mi amor por él. Será mi oficio. Mi religión.
Y al decirlo, sintió cómo la humedad entre sus piernas no era vergüenza, sino óleo santo. Cómo el rubor en su piel no era pecado, sino la iluminación de quien ha recibido una revelación. Se arrodilló de nuevo, no ante Leo, sino ante la verguita dura que se erigía en él, y juntó sus manos bajo su propio sexo, como una sacerdotisa recibiendo en el cuenco de su cuerpo el maná de su propia excitación convertida en fe. Cada latido de su clítoris era un amén. Cada ola de calor que subía por su vientre era un aleluya.
Allí, desnuda y mojada, con las lágrimas secándose en una sonrisa de beatitud absoluta, Elena de veinte años fundó su iglesia de una feligresa. El dogma estaba escrito no en papel, sino en la erección inocente de su hijo y en la respuesta húmeda de su propio cuerpo. El pecado original no existía; había sido reemplazado por este bautismo de intimidad prohibida. Y el paraíso no estaba en ningún cielo, sino aquí, en el círculo de luz donde su hijo, confundido y fascinado, y ella, alterada por una emoción que confundía el útero con el altar, sellaban un pacto que se podía entender como amor.
Se levantó por fin, y al moverse, un hilo plateado de aquella emoción líquida brilló brevemente en su muslo interior, como el rastro de un milagro. Tomó la mano de Leo y la apretó contra su corazón que latía con fuerza.
—Esta es nuestra verdad —susurró, y su voz ya tenía la calma profunda de quien ha encontrado su propósito—. Y nadie, nadie jamás, podrá profanarla.
El silencio de la cabaña ya no era expectante. Estaba consagrado. Y Elena, desnuda, mojada y gloriosa en su certidumbre, supo que acababa de dar a luz algo mucho más poderoso que un hijo: había parido un credo. Y en su nombre, construiría un Edén donde ella sería a la vez la diosa creadora y la única devota permitida en el templo del cuerpo de su hijo.
______________________
Chat en línea: «JardinesSecretos.com» – Sala privada: #MaternidadVerdadera
Usuaria: EdénFeliz_20 (Elena, 20 años)
Usuaria: SombraLunar77 (Amiga virtual, desconocida)
[Registro de Chat – 14:32]
SombraLunar77: Hola, corazón! 😘 Llegué tarde, perdón. El pequeño monstruo no quería dormir la siesta.
EdénFeliz_20: No te preocupes! Yo acabo de terminar mi ritual mañanero jajaja. Estoy flotando. ✨
SombraLunar77: ¿Ritual? Suena interesante. Cuenta, cuenta.
EdénFeliz_20: Bueno, ya sabes, con mi hombrecito. Mi Leo. 🥰
SombraLunar77: Ah, sí. El heredero del reino jajaja. ¿Y qué hacen en estos «rituales»? 👀
EdénFeliz_20: Jajaja, no es nada raro, eh. Es solo… nuestra conexión. Con Miguel fuera todo el día trabajando en la obra, somos nosotros dos contra el mundo. Es lindo.
SombraLunar77: Obvio que es lindo. Pero detalles, mujer! Yo aquí en mi piso, con tráfico y vecinos gritando, necesito evadirme. 😩
EdénFeliz_20: Jajaja bueno. Es difícil de explicar. No es como el resto de las mamás que desayunan mirando el celular. Nosotros… vivimos el momento. El cuerpo. La piel.
SombraLunar77: Uy, eso ya suena mejor que mi café con leche fría. Sigue.
EdénFeliz_20: Pues… hoy por ejemplo. Él se despertó antes que yo. Me encontró dormida y, bueno, ya sabes, los niños a esa edad amanecen con el «piquito» bien despierto también jajaja. 😜
SombraLunar77: JAJAJA. Ay sí, los míos también. Un clásico.
EdénFeliz_20: Pero es que con él es distinto. No es solo eso. Es como si su cuerpo… me hablara. Me dice «buenos días, mamá» de la manera más honesta. Él ni se esconde. Se levanta, viene a mi cama, y ahí está, todo desnudito, con su pequeño soldadito en alto saludando.
SombraLunar77: Jajajaja «soldadito en alto». Me encanta. La mayoría se avergüenzan.
EdénFeliz_20: ¡Exacto! ¿Avergonzarse de la vida? ¿De la fuerza? ¡Jamás! Yo lo miro y siento… no sé, un orgullo enorme. Yo hice eso. Es mi creación. Y verlo tan vivo, tan lleno de energía incluso dormido… es mágico.
SombraLunar77: Suena super intenso. ¿Y tú? ¿No te da… cosita? ¿No te calienta verlo así?
EdénFeliz_20: 🤐 Bueno… no voy a mentirte. Claro que siento cosas. Pero no es «eso» que piensas… Es más… espiritual. Es como si esa energía de él, esa chispa de hombre que está creciendo, me recargara a mí. Me hace sentir joven, poderosa. Como una diosa que ve florecer su mejor obra. A veces me quedo mirándolo, y se me salen las lágrimas de la emoción, en serio. 💦
SombraLunar77: Wow. Eso es profundo. O sea, es una ceremonia.
EdénFeliz_20: ¡Sí! Eso, una ceremonia. Le hago masajes, le acaricio la espalda, y a veces, solo a veces, le rozó esa zona con la mano, muy suave, para que sienta que no hay tabúes, que su cuerpo es perfecto y amado. Y él se pone como un helado al sol, todo blandito y feliz. Jajaja. Y el «piquito», ay, el piquito a veces se pone más duro, como si me saludara más fuerte. Y a mí eso… uf. Me llena tanto. Es la prueba de que nuestro amor es real, de carne y hueso.
SombraLunar77: Coño, Elena, eso es increíble. Deberías escribirlo.
EdénFeliz_20: ¿Escribirlo? ¿Adónde? ¿En un diario? Jajaja, tengo uno, pero es solo para mí.
SombraLunar77: No, tonta. ¡En un blog! Hay miles de mamás frustradas y reprimidas ahí fuera, leyendo tonterías sobre papillas y pañales. Esto… esto es LA VERDAD. La conexión madre-hijo de la que nadie se atreve a hablar.
EdénFeliz_20: Jajajaja, ¿estás loca? ¿Yo? ¿Un blog? No sabría ni por dónde empezar. Y la gente… pensarían que estamos locos.
SombraLunar77: ¿Y qué? La gente es idiota y tiene la mente sucia. Tú lo estás viviendo desde el amor más puro. Lo que describes… es revolucionario. Es devolverle a la maternidad su poder sensual, su conexión animal. Es… poesía corporal. Hay un público para eso, créeme. Gente como nosotras, que busca algo más real.
EdénFeliz_20: Poesía corporal… me gusta como suena. 🤔 Pero yo solo soy una mamá, no una escritora.
SombraLunar77: ¡Y qué! Escribe como me hablas a mí. Con el corazón, con humor, sin filtros. Habla de tus mañanas, de los juegos desnudos al sol, de cómo educas a tu hombrecito sin las estúpidas vergüenzas del sistema. Podrías llamarlo… no sé… «Crónicas del Edén» o algo así. Suena místico.
EdénFeliz_20: «Crónicas del Edén»… 🥺 Es el nombre que le ponemos a nuestro terreno aquí. Suena… bonito.
SombraLunar77: ¡Ahí lo tienes! Es perfecto. Elena, en serio. Lo que tienes es especial. Y compartirlo no es exhibicionismo, es generosidad. Estás iluminando el camino para otras que sienten lo mismo pero tienen miedo. Y además… (te lo digo en confianza) se puede ganar algo de dinero con publicidad y eso. Cosas de productos naturales, aceites, telas… cosas que usarías.
EdénFeliz_20: Dinero no nos sobra, la verdad… Miguel se parte el lomo. 😮💨
SombraLunar77: Pues mira. Es una señal. Piensa en la libertad que sería. Podrías dedicarte más a tu Edén, a tu familia, sin depender tanto de que él salga. Y todo por compartir tu verdad.
EdénFeliz_20: Me estás mareando jajaja. De verdad crees que a alguien le importaría leer sobre… sobre cómo le doy un masaje a mi hijo y me emociono viendo cómo crece?
SombraLunar77: Más de lo que te imaginas. Este mundo está hambriento de autenticidad. Y tú la tienes de sobra. Prometo que seré tu primera seguidora. Y te conectaré con otras en la sombra, como nosotras.
EdénFeliz_20: …Me dejas pensando. En serio. Es una locura total… pero una locura bonita. 😅
SombraLunar77: Esa es mi chica. Ahora ve, sigue con tu hombrecito. Disfruta esa energía. Y luego, cuando estés sola, abre un documento de Word y escribe. Solo por probar. Escribe: «Hola, mis amores del Edén…» y suelta todo. Ya verás.
EdénFeliz_20: Jajaja, bueno, bueno. Es un trato. Te cuento cómo me va con la escritura. Ahora Leo me llama, quiere que veamos las nubes.
SombraLunar77: Anda. Abrázalo fuerte (y al soldadito también 😉). ¡Besos! 😘💋
EdénFeliz_20: Jajaja, mala. Besos! 💖✨
[Usuario EdénFeliz_20 se desconectó – 14:51]
___________________
«SombraLunar77» no le da la idea; le da el permiso y el formato para mostrarle al mundo todo su amor y su verdad. El blog nacerá, no de una reflexión profunda, sino del chisme excitado y la ambición validada en un chat anónimo.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!